De Cartago a Sagunto : 19

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Mayor interés que los toques proféticos que acabo de colocar a mis lectores tiene en la Historia la noticia siguiente: cuando a partir hacia Logroño me disponía, con el grueso del Ejército de Concha, volvió a presentárseme Chilivistra, ya restituida felizmente a su prístino estado de compostura y arreglo personal. No era ya la figura luctuosa, mísera y lastimera de los días anteriores. En su rostro advertí los discretos afeites que comúnmente usaba. Venía risueña, aliviada o quizás totalmente restablecida del dolor en que la sumergieron sus deslices escandalosos con el Administrador de Rentas. ¿Fue todo ello una farsa, un caso más de las aberraciones histéricas? Las personas atacadas de este mal inventan historias lúgubres, aflictivas, y acaban por creérselas.

El lenguaje y actitud de la que fue mi costilla falsa eran de una perfecta tranquilidad de espíritu, con ráfagas de alegría. Habíase colocado de nuevo en el terreno de sus primitivos afanes, y ansiaba continuar conmigo la odisea romántica en busca del errante marido y de la inocente criatura. No quise contrariarla por temor a que saltase de la mansedumbre a la cólera, mostrando una vez más el labio temblicón que tanto miedo me inspiraba. Con buenas palabras la entretuve, y acompañándola hasta su casa, allí la dejé asegurando que volvería por ella. Mi vuelta fue la del humo... Apresuré mi partida para librarme de aquella desdichada cuyos desvaríos morbosos no podía yo remediar, y me agregué a las primeras fuerzas que salieron en dirección a la Rioja. Iba con el temor de que Silvestra se lanzara en mi seguimiento, y adelanteme todo lo posible fiado en que, confundido entre las tropas, no podría fácilmente encontrarme la que había venido a ser enemiga de mi tranquilidad.

En Logroño supimos que los carlistas, rehaciéndose con tenaz esfuerzo del descalabro de Bilbao, reorganizaban y fortalecían sus huestes para salir al encuentro de Concha, en Navarra. Faltos de recursos, apelaban a la munificencia de las Diputaciones Forales y al patriotismo de los realistas pudientes; esquilmaban a los pueblos, y decididos a no perdonar medio alguno para adquirir dinero, llegaron al extremo increíble de afanar los fondos de la Santa Cruzada. Sin hacer caso del Obispo, que puso el grito en el cielo al tener noticia de la exacción sacrílega, conminaron a todos los párrocos a que aflojaran sin demora los parneses de la Bula, alegando que se trataba de defender la Religión y que ya ajustarían ellos sus cuentas con el Papa.

En tanto, a espaldas de Concha surgían diferentes cabecillas aguerridos y ligeros de pies, que asolaban las tierras de Burgos, Palencia y Santander, mientras otros se corrían hacia el Alto Aragón. Tranquilamente organizaba nuestro General en Jefe un poderoso Ejército, con innúmeros batallones, muchas piezas de artillería Plasencia y Krupp, y formidable contingente de caballería. Después de varias marchas y contramarchas, que el mareo de mi cabeza no me permite referir, me encontraba yo en el lugar de Allo hacia el 20 de junio. Me alojé con mis amigos de Saboya y Ciudad Rodrigo en el mesón de La Jarra, plaza del Ayuntamiento. Nunca vi una casa más divertida, por el sinnúmero de viajeros que salían y entraban durante el día y la noche. La guerra aumentó la caterva de huéspedes: tan pronto invadían la posada los oficiales carcas como los guiris, que con tal nombre eran conocidos en Navarra los liberales.

En el poco tiempo que allí estuve me sentí contento de la vida, gozando de mi libertad sin ningún enojo, rodeado de muchachos simpáticos y valientes a quienes miraba como a hermanos. Bestial apetito se despertó en mí, y en todo el día no cesaba de meter algo en el estómago. Muy tempranito me servían el desayuno: sopas de sartén con torreznos. A las diez me regalaban con media pinta de vino y una escudilla de aceitunas. Al filo de las doce ya estaba en la mesa la sacramental sopa de ajo; después el riquísimoChilindrón, un guiso de cordero con pementonicos de cuerno de cabra; luego las magras con tomate, y de postre los blandos roscos y el mostillo dulzón.

Por la tarde me iba con los oficiales guiris al casino de la placeta, conocido por el de la Mormoña. En él tomábamos café, coñac y algún piscolabis, para conservar las fuerzas hasta la hora de la cena. Ésta empezaba con la ensalada al uso navarro; seguía el abadejo en ajo arriero, y el lomo con pementones picantes. Y vengan pintas y más pintas para remojar y reblandecer el suculento comistraje, que terminaba con gran acopio de frutas secas y del tiempo.

Conociendo mi carácter comprenderá el lector que una de mis primeras ocupaciones en el simpático pueblo de Allo fue echarme una novia: tocole la vez a una linda muchacha, llamada Ruperta, hija del Nuncio, nombre con que es allí conocido el pregonero, que anda de calle en calle anunciando al redoble de un tambor de llegada y venta de pescado fresco, y dando publicidad a los edictos de la Alcaldía. Mostrábase la moza blanda y accesible, y tales ventajas brindó el amor mío a su loca imaginación que desdeñó los obsequios y la palabra de casamiento que le había dado el Ministro, remoquete con que designan en aquellas tierras al alguacil de Ayuntamiento.

En fin, señores míos; las delicias de Allo, no menos gratas aunque sí más breves que las delicias de Capua, terminaron bruscamente con el son guerrero de cajas y clarines en la madrugada del día del San Juan, cuando aún ardía en la plaza del pueblo la enorme hoguera donde hacen chocolate las mujeres, a las doce de aquella noche, para celebrar la tradicional festividad.

La columna, división o lo que fuera se puso en marcha, y no me preguntéis el derrotero que yo seguí caracoleando en mi Babiecaporque la mente del buen Tito no dominaba todavía la fácil comprensión de los movimientos militares... Sólo supe de cierto que el General Concha emprendió la marcha después de organizar en Tafalla una numerosa hueste con la mar de batallones, que según después supe ascendían a cuarenta y ocho con los que le mandaron de Bilbao, de Medina de Pomar y de ambas Riojas. Las piezas de Artillería con que contaba eran, según oí, veinte Plasencias y treinta y tantos Krupp. Del número de caballos se hacían cálculos que me parecieron hiperbólicos.

El temporal de lluvias nos entorpeció algo el camino, y el 25 estábamos, según creo, en las estribaciones del monte Esquinza. En mis cortos alcances comprendí que se trataba de ocupar las entradas de Estella, donde estaba Dorregaray con veintiocho batallones. Unidos al grueso de la división de Martínez Campos escalamos sin dificultad las alturas del monte, que tenían los carlistas abandonado. Seguimos nuestros movimientos, y tras penosa marcha pernoctamos en Alloz. Otras fuerzas de nuestra división quedáronse en Lácar. Según oí, las tropas de Echagüe ocuparon a Murillo, y las de Rosell a Villatuerta y Arandigoya, después de desalojar de allí a los carlistas. El General en Jefe no debía estar lejos.

En una parada que hicimos entre Allo y el monte Esquinza, tomé a mi servicio a un viejo muy despabilado, ágil, parlero y de carácter jovial, ajustándole por ocho sueldos diarios (léase reales) como asistente o espolique. Llamábase de nombre Fermín y de apodo El Sargentico. Pronto eché de ver sus buenas cualidades: era un andarín fabuloso, conocía palmo a palmo el suelo navarro, y daba razón de todos los habitantes de los pueblos que recorríamos. Para que me fuera más simpático figuraba entre los pocos guiris que en tal terruño existían. En los descansos cuidaba al Babieca como si fuera hijo suyo; en las lentas marchas me daba conversación, cautivándome con su charla donosa; indicábame los nombres de los montes, pueblos y ríos que encontrábamos al paso.

En Alloz, divagando por las calles, me dio cuenta minuciosa de todas las chicas bonitas del pueblo, sus familias y viviendas. Ya me había descubierto el flaco, y queriendo halagarme me ilustraba en todo lo referente al bello sexo. Seco y avellanado, insensible al cansancio, así como al frío y al calor, no llevaba más equipo que la camisa de lienzo, el chaleco de pana, faja, calzón, peales, y en la cabeza el zorongo, que es un pañuelo de colores ceñido a estilo aragonés. Cuando se le apagaba el cigarrillo a medio fumar se lo ponía detrás de la oreja.

Salimos de Alloz y marchamos por terreno quebrado horas y horas, entre pueblos cuyos nombres me iba diciendo mi espolique con la puntualidad de un experto geógrafo. No me pidáis, lectores míos, que os dé cabal noticia de los complicados movimientos tácticos de aquel nutrido Ejército en extensión tan considerable. Estas complejas acciones de guerra las describen los historiadores después que han sucedido, valiéndose de planos y documentos guardados en los archivos del Estado Mayor Central. A priori y en el curso de los sucesos no hay quien puntualice los varios accidentes marciales.

En la mañana del 26 me encontré, sin saber cómo ni por qué, en el Cuartel General de don Manuel de la Concha. Éste tenía todo dispuesto para dar la batalla; pero hubo de retrasarla por la tardanza de un convoy que le era indispensable para racionar y municionar debidamente a las tropas. La impaciencia y malhumor del General en Jefe se comunicaron a cuantos estaban cerca de él. Por fin, a las tres de la tarde, en vista de que el convoy no llegaba, ordenó atacar al enemigo. Yo me retiré a retaguardia porque no había ido a la campaña con miras heroicas. El Sargentico, que todo lo sabía o lo adivinaba, me dijo que la línea carlista se extendía desde Dicastillo hasta el puerto de Eraul, y que el pueblo que atacaban los nuestros era Abárzuza. Hubo un momento en que estuve muy cerca del General Concha; le vi a caballo, revestido de su impermeable, echando los anteojos al lugar del combate.

No bien empezaron a disparar los cañones, estalló en los aires una horrísona tempestad de truenos, rayos, centellas y demonios coronados. El espectáculo que daban juntamente el cielo y la tierra, confundiendo su furor y estruendo, pertenecía ¡vive Dios!, al orden de las cosas más sublimes que pueden verse en la vida. No sabré yo deciros que mis ojos percibieron los pormenores de la lucha, ni tampoco preciso el tiempo que duró. Sólo sé que después de abrasar con incesante fuego a los pueblos enemigos, lanzáronse contra ellos en frenética legión las tropas de los Generales Echagüe y Martínez Campos. Al anochecer eran nuestros los lugares de Abárzuza, Zurucuáin y Montalbán.

Llegada la hora del reposo, que tan bien habían ganado los esforzados combatientes, consulté yo con mi espolique a dónde iríamos a repararnos del cansancio, del hambre y la mojadura, y el buen Ferminico me dijo guiñando el ojo: «Señor; vámonos a Zurucuáin, donde tenemos la posada de mi primo Matías, que nos dará un trato superior. Además, para que usted se alegre un poco, le diré que en ese pueblo hay chicas mucho guapas».

Ni sosiego ni comodidad tuve en la posada de Zurucuáin por causa del gran gentío que la invadió aquella noche, y en cuanto a las lindas mozas de que me habló El Sargentico declaro a fe de buen galanteador que no las vi por ninguna parte. De madrugada supimos que el convoy que esperaba el General Concha había llegado a Murillo, y que se habían circulado órdenes a todo el Ejército para el combate del siguiente día.

En la mañana del 27, las tropas de Martínez Campos rompieron el fuego amenazando con coronar la sierra de Estella, que domina el pueblo de Zurucuáin. Mi amigo Palazuelos me dijo que el General en Jefe había dado orden de no consumar la operación hasta que la columna que estaba en Abárzuza tomase Murugarren y el caserío de Muru. La misma orden se dio a los que atacaban al pueblo de Grocín. Martínez Campos repartió entre su gente las primeras raciones del convoy, y los que operaban en Abárzuza no pudieron ser racionados a tiempo. Por esta contrariedad, se pasó la mayor parte del día sin hace otra cosa que entretener en fuego a los carlistas mientras hacía sus preparativos el grueso del Ejército liberal.

Por fin, a las cuatro de la tarde, comenzó el ataque. Don Manuel de la Concha (y esto lo aseguro como historiador de visu, pues no estaba yo lejos de él) se situó con dos batallones y los Regimientos de Caballería Numancia, Pavíay Talavera, en una excelente posición alta, donde se habían emplazado treinta cañones Krupp para batir los atrincheramientos de Muru y Murugarren. Se rompió el fuego y la artillería, corregida el alza, causó enormes estragos en las trincheras carlistas. A galope tendido corrían los oficiales de Estado Mayor con órdenes a las columnas que luchaban en Abárzuza, Villatuerta y Zurucuáin, previniéndoles que sostuvieran el fuego sin tirarse a fondo sobre el enemigo. Los carlistas tuvieron que abandonar sus trincheras varias veces por el horrendo destrozo que en ellos hacían nuestras granadas. Espantosa confusión se produjo en el campo enemigo. La terrorífica escena ponía los pelos de punta.

El General Concha dio a sus edecanes breves y fulminantes órdenes. Éstos las transmitieron con la velocidad del rayo al Brigadier Blanco y al General Reyes. Momentos después, las masas de Infantería se lanzaban como avalancha impetuosa en dos columnas, la una contra Murugarren, la otra contra el caserío de Muru. Eran doce los batallones que avanzaban, seis en cada columna. Los carlistas, sólo en Murugarren, tenían catorce batallones.

En lo más recio del combate llegó un aviso del Brigadier Beaumont comunicando que las fuerzas de su mando eran furiosamente atacadas por los facciosos, los cuales habían abandonado sus trincheras para caer contra Abárzuza. Con ayuda de un mal catalejo y por las explicaciones de mi espolique, yo me daba cuenta de estas terribles peripecias. Los doce batallones que avanzaban contra Murugarren y Muru fueron embestidos del mismo modo que la columna Beaumont. El choque fue tremendo, como una pelea de gigantes furiosos. Al cabo, los nuestros retrocedieron, acuchillados a la bayoneta.

Los treinta cañones empleados en la altura escupían a torrentes la mortífera metralla. Concha, con gesto de rabia y ronco acento imperioso, daba órdenes y más órdenes. La formidable Artillería logró al fin contener el ímpetu de los valientes realistas, obligándolos a buscar el refugio de sus trincheras. Por segunda vez treparon nuestros soldados con increíble arrojo por las fragosidades de Murugarren y Muru, y de nuevo fueron atajados en su avance. Descompuestos retrocedieron hasta la carretera. Pero los cañones, vomitando fuego, pusieron nuevamente a raya a los bravos batallones de don Carlos. En tanto, hacia Zurucuáin y por las líneas Villatuerta-Arandigoyen y Murillo-Grocín, oíamos fuerte tiroteo. Eran las columnas allí destacadas, que entretenían a una parte de la legión absolutista hasta que se les ordenase realizar acción más decisiva.

Atento a los incidentes de la lucha, el General en Jefe ordenó que las columnas de Reyes, Blanco y Beaumont se concentraran en una sola. La concentración tardó en efectuarse por estar harto diseminadas estas fuerzas. Pasaba el tiempo, caía la tarde, la artillería empezaba a sentir escasez de municiones, apuntaban en nuestro Ejército síntomas de desaliento, y el combate seguía sin resultado práctico.

Cansado de esperar a los batallones del General Reyes, se decidió Concha a intentar el esfuerzo supremo. Dejó los tres Regimientos de Caballería en la altura donde estaban emplazados los cañones, para que protegiesen esta posición y aseguraran el flanco derecho. Llevose consigo los dos batallones de Infantería y con ellos se unió a los diez y ocho que acababan de reconcentrarse. Al frente de estas fuerzas se lanzó al asalto, cuando ya el sol, enrojeciendo las nubes de Occidente, se hundía en el horizonte. Arreció el combate con creciente furia. Las tropas de Reyes no llegaban. Concha enviábale de continuo órdenes apremiantes para que acudiera pronto en apoyo de sus movimientos. Y decidido a jugar el todo por el todo, ascendió al frente de sus tropas hacia las trincheras carlistas.

Ante el soberano arrojo del caudillo enardeciéronse los soldados, y seguían a su General como si no hubieran sido arrollados momentos antes. Yo, moviéndome a impulsos de una fuerza magnética, fui detrás de los combatientes. Concha trepaba impertérrito, unas veces a pie y otras a caballo, según los accidentes del terreno. Al llegar a cierta altura, el General y los demás Jefes tuvieron que dejar los caballos al cuidado de los ordenanzas. Con éstos quedé yo, teniendo de la brida a mi Babieca. Me uní a Ricardo Tordesillas, asistente de don Manuel de la Concha, y ambos nos pusimos al amparo de unos árboles donde creíamos librarnos de las balas enemigas.

La artillería continuaba teniendo a raya a los carlistas, que ya no se atrevían a salir de sus trincheras. El avance de Concha fue tan rápido que llegó a cincuenta metros del enemigo cuando aún no se le habían incorporado los batallones del General Reyes. Por falta de este apoyo no se pudo dar fin y remate al supremo esfuerzo. A las siete y media de la tarde, Concha no tuvo más remedio que aplazar el ataque definitivo, dando por frustrada en aquel día la operación. Empezó a descender, dirigiéndose con los demás Jefes a donde aguardaban los caballos.

Llegó el General donde estábamos Tordesillas y yo, ocultos a la vista de los demás asistentes por un matorral espeso. Con voz displicente dijo a su ordenanza: «Ricardo, el caballo». Éstas fueron las últimas palabras que pronunció en el mundo de los vivos... En el momento de cruzar la pierna derecha por la grupa del caballo, una bala, que lo mismo pudo venir del cielo que del mismo infierno, le atravesó el corazón. Con débil gemido expiró el primer soldado español de aquellos maldecidos tiempos.



Episodios Nacionales : De Cartago a Sagunto de Benito Pérez Galdós

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