De deporte

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De deporte


Todos los juegos son simulacros de combates, representaciones atenuadas de la esencia misma de la vida: la guerra. Entre ellos, los deportes expresan más agudamente la lucha. Los ingleses, tenaces hombres de acción, llaman también deporte al boxeo sin guantes. El desarrollo de los deportes es por lo común beneficioso, porque despierta y disciplina los instintos fundamentales del animal humano: la audacia, la astucia, la resistencia, la crueldad. Mediante el ejercicio de sus músculos, el individuo se convierte en una unidad útil, puesto que se hace temible.

Las campañas modernas, moviendo enormes masas de soldados y de material y exigiendo preparativos incalculables, se resuelven en meses, en semanas. Las campañas antiguas, en años, en siglos. Constituían un estado nacional cuasi normal; eran la sola carrera de los nobles y su ocupación corriente. Así el deporte se cultiva por los nobles de hoy, es decir, por las clases ricas. Reemplaza al viejo oficio de las armas. La lanza y la armadura se sustituyen por la inofensiva pelota de fútbol y el jersey de grueso estambre. Antes se llevaba al cinto la afilada hoja de Toledo. Ahora se la despunta y se la cuelga en la sala de esgrima. El drama ha pasado de la realidad al escenario. Mas no deja de ser idéntica su psicología y semejantes sus ventajas.

¿Por qué? Por la facilidad con que se vuelve del escenario a la realidad. La gente de teatro gesticula fuera de él con entusiasmo parecido, y sus pasiones suelen ser tumultuosas. Goncourt, en su extraño libro La Faustin, cuya base documentaria se advierte a la legua, nos pinta a la gran actriz copiando maquinalmente los gestos de su amante moribundo. El artificio cubre la verdad, y acaba creándola. Un duelista, quizá muerto de miedo, repite automáticamente las estocadas aprendidas en los asaltos, y hiere a su adversario. La ficción lo salva de un peligro positivo.

Pero tal vez el ejemplo está mal puesto. Un duelo se combina de antemano. Las horas de idea fija disuelven al cobarde y fortifican al valiente, que en una noche tiene tiempo para dar las últimas órdenes a su organismo y poderlo lanzar a la pelea bajo la libertad de juicio y la serenidad. No es raro que un principiante venza en duelo a un maestro. Aquí el deporte no sirve de mucho. Su papel es capital en las sorpresas. La necesidad urgente de hacer algo pierde al no sportman, al contemplativo que requiere juzgar para decidirse. La inminencia lo inmoviliza. Su sistema nervioso no está canalizado, y su energía se estanca contra el obstáculo de la torpeza física. El sportman obra inmediatamente, por la fuerza del hábito. La estupefacción misma de la sorpresa le es favorable, libertando al mecanismo muscular que funciona por sí solo. La cobardía, si la tiene, le es fatal únicamente a la larga.

Se cree que el deporte cura a las personas y reforma las razas. Según: la moda del deporte ha sacrificado a muchos infelices, para los cuales atletismo significa tuberculosis. Hay casos en que la higiene mata. La opinión de que los griegos fueron grandes por hacer gimnasia, resulta pueril. Al contrario: hacían gimnasia porque les sobraba vitalidad. La barra y el disco son para los robustos; la salud individual o colectiva, como la inocencia, no se recobra nunca del todo, y el deporte es una cataplasma poco eficaz para torcer el destino de los pueblos.

La belleza no ama al deporte. Hemos concentrado la poesía en el matiz y en la penumbra sugestiva. Preferimos la elocuencia de las frentes pálidas, de los ojos profundos y de las amargas sonrisas, a la gallardía vulgar de los clásicos bíceps helenos. Encontramos la inteligencia solitaria superior a los populares Juegos Olímpicos. Por eso el deporte reciente, a pesar suyo, empieza a penetrar en regiones vírgenes. Evoca la eterna obra de conquista sobre la naturaleza, y se vale de las admirables máquinas imaginadas por la ciencia actual. La bicicleta y el automóvil, dignificando al deporte por medio del riesgo, le proporcionan el dominio de la velocidad, elemento incomparablemente más espiritual que la potencia impulsiva. Colocado en la cúspide de los Juegos Olímpicos Modernos, Santos Dumont es un deportista sublime.


Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 8 de agosto de 1906.