De pié los muertos (Versión para imprimir)

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A Bélgica[editar]





–¿He de pasar? te dijo el soberano

teutón –es menester, ¡abre la puerta!

Y tu puerta crujió bajo su mano

repulsiva como una garra abierta.


Y continuó: si cedes, un tesoro

de beneficios regaré en tu casa;

te pagaré... tendrás oro..., mucho oro,

y tú gritaste: ¡no, no, no se pasa!


–¡Ay! de ti, ¿si en abrirla no consientes?

rugió el Emperador– A tierra vino

tu puerta a tajos de uñas y de dientes.


Y pasó el Káiser... Pero aquel felino,

no abrió la brecha al triunfo de sus gentes,

¡fue a su derrota a la que abrió el camino!



A Grecia[editar]





No es la «neutralidad» lo que detiene

a tu rey en el único camino

salvador que seguir hoy le conviene

y que decidirá de tu destino.


No es tu existencia, no, lo que le importa

en este instante al frágil soberano

que tu presión y súplicas soporta

mientras el cetro tiembla entre su mano.


Es solamente un interés mezquino

el que lo aparta, mientras más arrecia

el inconmensurable torbellino.


¡Quién sabe! Acaso él mismo se desprecia,

pues lo cierto es que el pobre Constantino

ama más a su esposa... que a ti, ¡Grecia!



A Rumania[editar]





Tú resucitarás de tu ceniza.

Arrostrando amenazas y dicterios,

y falta de vigor, fuiste a la liza,

en contra de los dos grandes imperios.


Si en la lucha te ha sido el hado adverso,

no importa, él es, como los tiempos, vario;

complacido mañana el universo,

verá a tus pies rodar a tu adversario.


Entonces tu denuedo y tu hidalguía,

resaltarán ante los turbios ojos

de las naciones que, con alma fría,


de la humana cultura los despojos

¡ven sangrar en brutal piratería,

en vil matanza y en incendios rojos!



Al Papa[editar]





¿Qué hiciste de tus ígneos anatemas?

¿qué del sonante látigo que un día

blandió el manso Jesús? ¿A dónde remas,

oh, Pescador, en noche tan sombría?


El Teutón y el Austriaco en pavoroso

desbordamiento arruinan los santuarios

donde se adora al ¡Todopoderoso!

Y tú... ¡sigues rezando tus rosarios!


¡Ni un grito aún de divinal coraje,

ni un encendido apóstrofe siquiera

que estigmatice el proceder salvaje!


No una fugaz reprobación cualquiera

es lo que aguarda, tras de tanto ultraje,

la humanidad... ¡Tú fallo es lo que espera!



Al Rey Alberto[editar]





Que suba el humo azul de mi incensario

¡Oh, Rey, a ti, como aromada ofrenda;

a ti que has sido el héroe necesario,

el gran monarca de la gran contienda!


¿Quién más noble que tú, ni más propicio?

¿más pulcro, más gallardo y más severo?

Tu lealtad, tu valor, tu sacrificio,

de lo humano traspasan el lindero.


Reino perdiste y vida regalada

por cumplir tu deber; ejemplar modo

de nimbar tu cabeza coronada.


A recoger diamantes en el lodo

preferiste, señor, no tener nada,

ir a la proscripción... ¡perderlo todo!



Dice el 42[editar]





Cortijo que en la ubérrima llanura,

de agreste aroma y de silencio avaro,

del labrador recatas la ventura

bajo el azul de un cielo siempre el claro.


Torre que hacia el cenit marcas el rumbo

de la oración y de tus bronces huecos

al aire das el vibrador retumbo

que se prolonga en desmayantes ecos.


Alcázar señorial que en las ciudades

enseñas en tus mármoles cautivos

la borrosa visión de otras edades.


¿Sois gratos?... sois augustos? Sois altivos?

¿Alegráis las humanas soledades?

¡Despareced bajo mis explosivos!



El avión[editar]





Desnudo de traición, en pleno día,

luchas hasta morir. Tus altos vuelos

son como los del águila que espía

su festín desde el fondo de los cielos.


Das y recibes ante el sol de la muerte;

tu arriesgada misión honra la altura;

en el espacio el vendaval convierte

en arpa voladora tu armadura.


Pájaro gigantesco y formidable:

cuando, herido, a través de lo insondable,

roto y envuelto en llamas te deslizas,


finges, en tu descenso hacia el planeta,

con tu caudal de fuego y de cenizas,

¡el carro centellante de el Profeta!



El submarino[editar]





Como acerado pez te hundes o sales

a flote, y ágil y seguro y pronto,

rompes los epilépticos cristales

y las espumas cándidas del Ponto.


Cual un pensante ser buscas la presa,

y al ojo observador el lomo esquivas;

cuando tu mole el líquido atraviesa

¡apártanse las olas.... pensativas!


Pensativas.... acaso piensan que entre

la oquedad misteriosa de tu vientre

va la asechanza, y rememoran ellas


las veces que arrastraron silenciosas

a manera de lirios y de rosas,

¡tiernos niños y púdicas doncellas!



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(De pié los muertos)

¡Humanidad misérrima! Hasta cuando

¿irás tras de la soga del verdugo,

dócil al peso del odioso yugo

que estás ha tantos siglos soportando?


¿Por qué al paso del César que te engaña

alzas de admiración sordo murmullo?

si él es grano de arena y tú montaña,

¿por qué postergas a sus pies tu orgullo?


¿Hasta cuándo el chacal, la hiena, el lobo,

te arrastrarán lo mismo que a un cordero

sobre la inmensa redondez del globo?


¡Si eres cobarde y gustas del acero,

de zarpa y diente y de homicidio y robo,

bien haces en marchar al matadero!



Joffre[editar]





Como robusto roble centenario

que al rayo y a la ráfaga se enfrenta,

te yergues en el hórrido escenario

donde crepita la mundial tormenta.


Yo tu pujanza olímpica celebro;

para alabarte anulo la distancia:

traigo toda la Francia a mi cerebro

y en él te alojo a ti... ¡que eres la Francia!


Ella que hoy en tu espíritu respira

y en el ramal de tus arterias late

como en las cuerdas de animada lira,


de tu tesón espera su rescate.

¡Quien admira la Francia a ti te admira

porque toda la Francia en ti combate!



La neutralidad[editar]





Los neutrales... ¿con qué dignas razones

del Gran conflicto explicaran su ausencia,

si hoy la neutralidad de las naciones

sólo es miedo, egoísmo o conveniencia?


Hoy la neutralidad es un sarcasmo,

una injuria velada a la justicia;

es la complicidad hecha marasmo

en pro del desenfreno y la codicia.


Cuando se trata de salvar al mundo

de una casta feral y de un demente,

cuando los pueblos destrozados gimen


bajo el rigor de un déspota iracundo,

¡es la neutralidad el más ingente,

sordo, cobarde y despiadado crimen!



Oh Cristo[editar]





¿En dónde está tu redención? ¡Oh Cristo!

El hombre actual, no es hombre, es una

fiera,

más que una fiera, un monstruo: está

provisto

mejor que el oso, el tigre y la pantera.


Un instante, Señor, detén tus ojos

en campos, en aldeas y en ciudades;

¿los ves? ¡Todos están de sangre rojos,

y ennegrecidos todos de maldades!


Hace ya dos mil años que trajiste

la nueva ley, y el hombre siempre triste

va, de fe escaso, sin saber a dónde.


Como nunca, después de haberte visto,

mata, roba y padece. ¡Oh, Jesucristo!

¿En dónde está tu redención? ¡Responde!



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(De pié los muertos)

Hoy que el mundo –la patria del poeta–

todo sangriento y enlutado gira,

debe exhalar sonidos de trompeta

y sollozos de océano la Lira!


Hoy del bardo la voz debe ser grito

de conmiseración y de protesta,

trueno que repercuta en lo infinito

como el del Tequendama en la floresta.


Hoy el poeta que ante el gran combate

como asustado ruiseñor abate

alas y arpegio en el blandor del nido,


que no descarga a modo de piqueta

su verso, y calla ante el mundial rugido

de indignación, ¡ni es hombre... ni es poeta!


II


El verdadero vate en esta hora

negra, de excepcional desasosiego,

debe pulsar la cuerda vengadora

que silba como un ¡látigo de fuego!


Debe entonar el canto que apostrofa

y que la maldición lleva consigo,

y convertir la orquesta de la estrofa

en somatén, y ¡el númen en castigo!


Debe azotar con cláusulas bravías

a aquellos que, con ínfulas de guías

excelsos, consumaron el desastre:


monstruos a quien nada les importa

que miseria y dolor el mundo arrastre,

ya que el mundo los ama... ¡o los soporta!



A España[editar]





I

¿Qué aguardas, noble Iberia, que no acudes

a la lid a favor de tus hermanas?

¿Que hiciste de tus bélicas virtudes,

honra y prez de las huestes castellanas?


¿No vez que el tiempo, como el gamo, corre?

Que mañana, si llegas, ¿será tarde?

Por no dejar tú marfilina torre,

¿no habrá quien te moteje cobarde?


¿Has muerto a Don Quijote de la Mancha,

el desinteresado caballero

cuyo prestigio, sin cesar, se ensancha;


y cambiando tu antiguo derrotero

por la vía más próspera y más ancha,

comienzas a inspirarte en su escudero?


II


¡No, Madre España, no, tu eres la misma

de tus gloriosas épocas lejanas;

tu corazón magnánimo se abisma

en el mar de dolor de tus hermanas!


¡Sólo que la actitud de tu gobierno

pesa en tu voluntad... no en tu pericia;

y acometer al trágico Guillermo

no puedes aunque invoques la justicia!


Eres la misma, tú, la misma España

del Cid, de don Pelayo y Carlos Quinto

cuyo lustre jamás el tiempo empaña.


¡Firme tu torre en inmutable plinto,

en aurora inmortal su aguja baña

mientras canta la Gloria en su recinto!



A Italia[editar]





¡En la viva esmeralda gigantesca

del mar, como una solitaria ondina,

hundes tu carne, luminosa y fresca,

saturada de púrpura latina!


¡Y en tanto que, sobre las olas miras,

pasar la procesión de tus bajeles,

cantan tus triunfos de anuncianas liras,

pintan tu gloria angélicos pinceles!


No hay sol como tu sol cálido y rubio,

Ni azul como tu azul. La sabia Grecia

volcó en tu ser su espiritual efluvio.


Nación ninguna, como tú, se precia,

de ostentar un fanal... ¡como el Vesubio,

y una acuática flor... como Venecia!



Al Kaiser[editar]





I


Tú desencadenaste la tormenta,

la tormenta de fuego y sangre y llanto

que ha visto el hombre con mayor espanto

desde que el hombre sobre el mundo alienta.


Con tu bronco turbión de iniquidades

pasas dejando tenebrosas huellas;

rasgas y violas, matas y atropellas

pactos y leyes, hombres y ciudades.


Y hablas de Dios... y lo unces a tu carro

lúgubre, y cual si fuese de tu barro

lo proclamas tu cómplice en la guerra.


Y en vez de reducirte al manicomio

tu Pueblo, alucinado, hace tu encomio,

¡Oh bárbaro... el más grande de la tierra!


II


¡A miriadas tus súbditos arrojas

a hecatombes sin fin y sin ejemplo,

y palacio y hogar, fábrica y templo,

a tu voz vuelan como exangües hojas!


Lívido como un muerto te paseas,

tras de tus bayonetas y cañones

o bajo el ala gris de tus aviones,

en espera del triunfo... ¡No lo creas!


¿No triunfarás, no triunfarás, es vana

tu desazón; no escuchas como ruge

el orbe entero de dolor y encono?


Némesis, justa, se erguirá mañana,

y rodarás, oh, Kaiser, a su empuje,

envuelto en los residuos de tu trono.


III


Diezmas la humanidad, talas el mundo,

tronchas la fortaleza de tu imperio;

Europa es un magno cementerio

donde forma la sangre un mar profundo.


Y no cesa el rodar de tus convoyes,

ni el fúnebre desfile hacia la muerte

de los que van a decidir tu suerte.

Y hay un estruendo de alaridos... ¿Oyes?


Qué vas a oír; la cólera te embriaga,

la ambición te subyuga, la demencia

te ensordece; en tu ser hay una llaga,


una gran llaga cuya pestilencia

mortal por todo el universo vaga.

Oh, Kaiser, esa llaga... ¡es tu conciencia!


IV


¿Y tu ideal? –el servilismo infame,

el cuartel, que a tu férula se ajusta,

el silencio humillado... ¡pues te gusta

más que la lengua que habla, la que lame!


El hombre hecho motor o buey de carga,

muerta la libertad, tú, solo dueño

de la tierra; ilusión; tu dulce sueño

transformaráse en pesadilla amarga.


El águila imperial, presa en el nudo

asfixiador de tus acciones malas,

romperá el lazo en forcejeo rudo;


pero al huir del hálito que exhalas,

moribunda del cerco de tu escudo

descenderá a tus pies, –rotas las alas.



Al pueblo alemán[editar]





Pueblo de atletas! El hercúleo cuello

¿por qué, sumiso, doblegaste al yugo,

y te prestaste a deshojar el bello

y amplio verjel del viejo Víctor Hugo?


¿Por qué asaltaste a la pequeña Servía?

¿por qué violaste a Bélgica, la hermosa,

en vez de hacer pedazos la soberbia

del que al lanzarte al mar cava tu fosa?


¿Qué te faltaba, –¿gloria?? ¡la tenías!

¿Oro? ¡tus arcas reposaban plenas!

¿Poder? ¡en todas partes te imponías!


Abre los ojos, torna a tus faenas,

más, antes, prueba bien tus energías:

¡Sacúdete... y quebranta tus cadenas!


II


Ciego fuiste a la lid... y a los desmanes,

bajo una disciplina deprimente,

cuando más compensaba tus afanes

en libro y surco la mejor simiente.


¡Cuando era más selecta tu abundancia,

cuando tu austeridad era un ejemplo,

y cuando en muelle paz era la Francia

de ciencia y arte esplendoroso templo!


Sano Pueblo viril: piensa en ti mismo,

es tiempo aún: ¡libértate del blondo

autor de este espantoso cataclismo!


El abismo que abre él será tan hondo...

¡que el que llegue a rodar en ese abismo

ni aire hallará, ni claridad... ni fondo!


III


¿La patria? ¡no!, tu patria era temida;

–que la verdad por sobre todo irradie–

Nadie atentó contra su fértil vida,

Nadie atentó contra tu patria, nadie!


Fue tu señor el que en fatal momento,

del antiguo invasor tras de la pista,

lanzóse con el ímpetu del viento,

a la más loca y pérfida conquista.


¡La patria defended! (frase estupenda)

gritó el Cesar con tono imperativo,

y tú lo secundaste en la contienda:


Sin pensar que él ha sido y es la insania

y que tu patria no es tu convulsivo

y torvo emperador... ¡sino Alemania!



Albión[editar]





Porque al ver a la virgen, desvalida,

y atropellada –respetando un pacto–

a costa de tu oro y de tu vida,

defendiste a la víctima en el acto,


porque te sublevaste, ante el dominio

del invasor en extranjera tierra,

y para refrenar el exterminio

que siembra Thor guerra haces a la guerra,


¡te odia y te insulta el agresor divino

que del brazo de Dios un torbellino

de fuego va regando furibundo....!


Más, tú, impasible, ¡apagas sus hogueras

y sigues derribando sus trincheras

con el aplauso unánime del mundo!



Dios Mio![editar]





¿Por qué hiciste, Señor –¡oye mi queja!–

al tigre que, famélico, del risco

abrupto baja al sosegado aprisco

a hundir su garra en la apacible oveja?


¿Por qué, Señor, creaste la serpiente

que oculta en un recodo del camino

hinca en el descuidado peregrino

su largo, agudo y venenoso diente?


Ah, todo puede ser... pero, ¡Dios mío!

Por qué formaste al hombre, ese sombrío

ser más feroz que el tigre y la serpiente;


¡como él junta al instinto de la fiera

La reflexión, sobre el planeta impera,

refina el mal y lo hace omnipotente!



El gran turco[editar]





Matador de cristianos sempiterno,

hoy al terrible emperador adicto,

mofándose del cielo y del infierno

hace su agosto en al actual conflicto.


Desangrando cristianos en Armenia

y en donde quiera que los halla, acaso

piense que así, por medio de la anemia

podrá parar del cristianismo el paso.


El Kaiser ha jurado guerra a muerte

a la Iglesia Católica... y se advierte,

sin embargo, que abriendo un hondo surco


de extrañeza en las almas, ¡hay cristianos

que aplauden con los pies y con las manos

las victorias del Kaiser y del Turco!



El zeppelín[editar]





En el mar de la atmósfera de un cetáceo

descomunal, avanza, oscila, sube,

y boga en el crepúsculo violáceo

de la tiniebla en pos, como una nube.


Es un enorme Zeppelín, – ¿invento

prodigioso del hombre? Aérea nave

acreedora al azul del firmamento,

asombro de aquilón, pasmo del ave.


En su marcha espectral no deja rastros;

¿a donde va? ¿Tal vez a las inmensas

y recónditas playas de los astros?


¡Ay! ¿Que respondan los humanos seres

que habitan las ciudades indefensas:

los ancianos? ¿los niños? ¡las mujeres!



Francisco José[editar]





–¡Dame tu orgullo! ¿a Serbia le dijiste?

con un acento cavernoso en cuyo

fondo ardía el rencor; y Serbia, triste,

miró tus zarpas... y te dijo: ¡es tuyo!


¿No es suficiente? ¿murmuraste? dame

tu honor también; ¿no quiero dejar trunca

mi petición? y a tu exigencia infame

respondió Serbía, exasperada: ¡¡nunca!!


Entonces, tú, feroz, clavaste en ella

como en corza gentil, joven y bella,

tu diestra de jaguar, híspida y ancha.


Ese tu triunfo... pero Serbia, ahora,

revuélvese con furia arrolladora

y va altanera ¡en pos de la revancha!



La guerra[editar]





Desbocado partió por entre el monte

el huracán –corcel de la borrasca–

llevando hacia el confín del horizonte

un denso remolino de hojarasca.


La lluvia torrencial arrasó el campo

y bramo el mar y desbordóse el río,

y la centella con su rojo lampo

como un puñal atravesó el vacío.


Y la noche llegó –fosca y profunda

como el dolor sin esperanza –¡Oh, Guerra

ciclón humano!– tu explosión rotunda,


Más que el fragor de la borrasca aterra,

Pues la borrasca, al destellar, no inunda

De sangre y llanto, ¡como tú, la tierra...!



Montenegro[editar]





Nuevo David, ante el Goliat moderno,

el péndulo agitaste de tu honda,

por estrechar el círculo fraterno,

y descansar bajo la misma fronda.


¡Mas el guijarro que lanzaste, apenas

dejó en la faz de un cíclope un rasguño;

el gigante te asió por las melenas

y aún te aprieta en su crispado puño!


Fuiste audaz siendo débil. Tu venganza

no tardará: la mano que se cierra

sobre tu cráneo en la pueril confianza


de hacerte suyo al cabo de la guerra,

aflojará... ¡perdida la esperanza

de poder atrapar toda la tierra!



¡Oh Francia![editar]





El Kaiser asalto tu territorio,

roturándolo a golpe de metralla;

en polvo y humo convirtió el emporio

y la campiña ¡en campo de batalla!


Recio hacedor de escombros y desiertos,

inexorable segador de vidas,

abona con pirámides de muertos

tus extensas comarcas combatidas.


Pronto, de nuevo, allí, sembrará el grano

que ayer no más dejo bien satisfecho

su exhausta troje... El próximo verano


dorará el trigo en la región deshecha;

Sí, pero entonces... el Nerón germano

sabrá ¡cómo se pierde una cosecha!


II


¿Oh Francia, –espejo colosal del mundo?

mira: pendientes todas las naciones

están de tu heroísmo sin segundo,

como de tus reveses y aflicciones.


¡A manera de un vivo acantilado,

la teutónica mar ronca y enhiesta

rechazas hoy con brío inusitado,

rígido el puño y pálida la testa!


Ya la idea es legión temible: ahora,

que ante la avilantez del enemigo

y ante su corpulencia destructora,


paras el reto armada del castigo,

la Democracia entera se incorpora

para triunfar... ¡o perecer contigo!



Rusia[editar]





Albo de nieve el oso moscovita

vino al encuentro del león germano;

gruñe el león, el oso se encabrita

y alza el felpudo ariete de su mano.


Hiere el oso al león, truena un rugido,

cae el león sobre la blanca fiera;

la sangre corre; el oso, mal herido,

parte, torna a sus témpanos... y espera.


Hoy vuelve el oso –ya cicatrizada

la martirizadora dentellada–

en busca del león; al verlo apenas,


¡salta sobre él con redoblado brío.

El león se retuerce hosco y sombrío...

le está arrancando el oso las melenas!