De tal palo, tal astilla:14

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De tal palo, tal astilla
Capítulo XIV: El fondo del abismo

de José María de Pereda


Ya he dicho que Fernando fiaba mucho en la fuerza de sus convicciones filosóficas para desvanecer los reparos de Águeda. Que le dejaran hablar, discutirlos, y el triunfo era infalible. Porque, en su concepto, las ideas religiosas de aquélla no tenían base ni arraigo; eran, más bien, reflejo de las ideas de su madre, que quizá tampoco las tuvo propias acerca de ese punto. Faltaba ya la madre y, por consiguiente, no existía el doble influjo de su autoridad y de su talento; y Águeda le tenía extraordinario, y además le amaba como nunca; porque el mismo obstáculo que entorpece los proyectos, hace que se acrecienten los deseos... De todas maneras, no podía resignarse a perderla, y no la perdería.

«¡Si parece -pensaba- que el mundo está lleno de ella! ¡La siento, la veo en el aire que respiro, en el agua que corre, en la hoja que se mueve, en la nube que cruza el espacio, en el viento que la empuja, en la luz que ilumina y fecunda la Tierra, en mi pensamiento, en mi voluntad y en todas las aspiraciones de mi alma! Unidos están nuestros corazones, acordes nuestros deseos, una misma fuerza nos da vida... ¡Sólo nos separa una palabra, expresión confusa de una idea más vaga todavía!... ¿Cómo es posible que este grano de arena obstruya tan ancho camino?».

Y, a pesar de lo pequeño que a sus ojos era el obstáculo, cuando la serenidad le enfriaba un poco el entusiasmo, dudaba y temía y el pan le amargaba, y el sueño le encarecía con exceso sus halagos.

Águeda, por su parte, también meditaba y discurría, de día y de noche, despierta y soñando; y la quintaesencia de sus meditaciones y discursos podía reducirse a estos sencillos términos:

«¡Por qué diversos modos y caminos vienen aparejadas las grandes desventuras de la vida!... La sed ardiente, el agua junto a los labios, y luego el conocimiento de que en sus transparentes cristales hay ponzoña que mata. ¡La muerte bebiendo; la muerte resistiendo la sed! En la edad de los sueños floridos; cuando nacen las esperanzas, y los horizontes del deseo no tienen límites, y la imaginación es cuadro maravilloso en que se pinta el mundo poblado de armonías y fragancia, para mí sólo hubo penas y tristezas. Dios quiso que en medio de ellas brotara en mi pecho el amor, que es fuente de consuelo y de fortaleza. Dios quiso también que aquello mismo que yo había recibido como prenda segura de mi felicidad se trocara súbitamente en instrumento de martirio... ¡Y qué martirio!... Las deslealtades se olvidan, las tibiezas se perdonan, porque el amor lo suple y lo engrandece todo; pero la causa de esta tribulación, ni admite indulgencia por su índole, ni por su arraigo deja esperar que algún día se desvanezca. Le pierdo y se pierde. ¡Con estos dos filos hiere el puñal de mi pena, dándome con un solo golpe dos muertes!».

Hacíansele a Fernando siglos las horas que pasaban sin realizarse la acordada entrevista, porque todo lo esperaba de ella; al revés que Águeda; alas veía ésta en el tiempo, porque todo lo temía de la misma ocasión. Llegó al cabo, mucho antes de lo que la infeliz quisiera, y mucho después de lo que convenía a las impaciencias del otro.

Lanzó Fernando a la conversación el punto dificultoso. Pero ¡con qué remilgos, miramientos, tanteos y perífrasis! Como el hambriento que adquiere inesperado manjar y, con el temor de que se le concluya pronto, más bien le aspira que le muerde, economizaba el enamorado joven la materia de la porfía para conseguir dos fines a la vez: prolongar todo lo posible la entrevista, y no agravar las dificultades con locas intemperancias. Así es que a la historia detalladísima del mutuo amor, que salió de nuevo a relucir, siguió un discurso melancólico sobre las contrariedades en general; a éste, un razonamiento, dividiéndolas en especies y clasificándolas por trascendencias; al razonamiento, una disertación sobre cada una de las clases establecidas; a la disertación, una memoria bastante minuciosa sobre la diversidad de cultos y creencias del género humano..., hasta que no hubo más remedio que pisar el dedo malo de la cuestión. Pero allí esperaba Águeda abroquelada con su fe inconmovible. Ni saltos ni ardides ni sorpresas lograron hacerla retroceder un paso. La punta de su espada aparecía junto a los labios de su enemigo cada vez que éste se disponía a herir con sutilezas y comentarios lo que para ella era sagrado e indiscutible como la palabra de Dios. En lo demás, dejaba a Fernando despacharse a su gusto, y rara vez le contradecía. Al cabo, perdió éste la serenidad, porque iban faltándole las esperanzas de la victoria.

-Y después de todo -exclamó enardecido, al intentar el asedio por otro flanco, único recurso que le quedaba-, y aun concediéndote que la religión que profesas sea la mejor de todas las conocidas, la verdadera y única, como tú dices, ¿qué tiene que ver el amor con eso?

-¿A qué llamas «eso»?

-A tu religión, con su carácter divino y sus dogmas indiscutibles.

-¡Qué tiene que ver el amor con esa religión! ¿Y qué es un hombre sin ella? ¿Qué es un hogar sin esa luz y sin ese calor? ¡Cielo santo! Yo me imagino una familia que jamás invoca el nombre de Dios. ¡Qué cárcel!..., ¡qué lobreguez! Aquellos dolores sin consuelo; aquellas contrariedades sin la resignación cristiana; aquellos hijos creciendo sin mirar jamás hacia arriba; aquellos niños sin el culto a la Virgen; aquellos labios de rosa mudos para la oración al Ángel de la Guarda..., ¿en qué se emplean? Porque, ¿qué puede enseñar una madre a sus hijos en esa edad, si no les enseña a rezar?

-Todo eso es muy bello, Águeda; pero como cosa de niños, al fin no pasa de una bella puerilidad.

-¡Puerilidad! Y mañana esos niños crecen; y como en su corazón no había semilla alguna, nada fructifica en ellos; y vienen las pasiones y las luchas; y la razón sola no alcanza a sobreponerse a los conflictos. Después llega el desaliento, y el temor a los respetos humanos, que cada uno entiende a su manera y, por último, la desesperación. ¿Te parece el cuadro más serio así?... Pues con amores sin religión se forman las familias de esa especie.

-No extrememos el asunto, Águeda. Al decirte que le juzgo sin conexión alguna con la religión no pretendo que arrojes la tuya de casa al entrar yo en ella, sino que des culto a tus creencias sin reparar en las mías. Déjame como soy, y sé tú como eres; yo no me meteré en tu conciencia; respeta en cambio la mía.

-Aunque eso fuera posible, que no lo es, pues creo que con una obcecación como la tuya no hay salvación para el alma fuera de la fe que profeso, y con esta creencia no cabe acuerdo, en negocio tan grave, con hombres de tus ideas, ¿qué sería mañana... de tus hijos?

-Como yo no me opondría a que su madre los educara a su modo...

-¿Y el ejemplo de su padre? Entre mis enseñanzas y tus impiedades, ¿qué pensarían cuando la razón se sazonara en ellos?

-Elegirían lo que mejor les pareciese.

-Y yo tendría que decirles, para que no se fueran contigo: «Vuestro padre es aquí piedra de escándalo: huid de su ejemplo». ¡Hermoso cuadro de familia!

-¿Por qué habías de decirles eso?

-Porque así cumpliría con un deber de conciencia y con un mandato de mi corazón; porque creo que con mis enseñanzas estarían dentro de la ley de Dios, y que con las tuyas se perderían irremisiblemente. Ya ves cómo es imposible toda avenencia entre nosotros en ese punto.

-No hay imposibles, Águeda, cuando hay amor; el amor es la ley suprema en el mundo; todo lo allana y lo purifica. Eso que tú llamas imposible, es el fanatismo que te ciega.

-Hacíaseme que tardaba en llegar esa palabra, y ya que vino, veamos quién de los dos la merece más. ¿Robarías tú por transigir con quien no viera en el robo cosa censurable?

-No es el caso enteramente igual.

-No lo es, en efecto; en tu ley, todo es convencional y mudable, porque es humano; y no hay razón para que el robo no llegue, con el tiempo, a ser, para alguna secta, o para todas ellas, una virtud. En mi fe todo es permanente y eterno. Esta es la gran diferencia que hay entre ambos casos. Sin embargo, no hay que pensar en que tú puedas transigir robando; y pretendes que yo, faltando en ello a un precepto divino, viva en perfecta tranquilidad con un hombre... rebelde a la ley de Dios. ¿Quién de nosotros es el verdadero fanático?

-Tú, Águeda, aunque creas lo contrario, fascinada por el brillo de un sofisma corriente; causa inverosímil de que aún subsista en todo su vigor el conflicto en que tú y yo nos vemos ahora, conflicto que es el oprobio de la sociedad que le respeta.

-También es del oficio esa palabra, Fernando, y tampoco resuelve la dificultad. Ese conflicto no es más ni menos inevitable que otros muchos que existen, han existido y existirán mientras exista el género humano. Lo absurdo, lo insensato, está en el empeño de pedirle cuenta de él a la sociedad que, en todo caso, dispondría de su propia conciencia, pero no de la mía.

-No hay otro que se le parezca.

-Todos son menos respetables que él. Un hombre, ayer rico y poderoso, en los azares de la guerra padece hambre, frío y desnudez, y hasta la muerte, por ser fiel a su bandera. Este es un conflicto, y no raro. ¿Es, en tu concepto, imputable como una afrenta a la sociedad que no le evita y le consiente y hasta le aplaude so pretexto de que es una virtud sacrificarse al honor y al patriotismo?

-No hay paridad, Águeda, entre ese caso y el nuestro.

-Puedo citarte mil. Si en tus propósitos entrara el de asociarte a otra persona para llevar a cabo una empresa de gran importancia para ti, y cuando más te halagaran las esperanzas del lucro, averiguaras que aquella persona no era honrada, ¿qué harías en tal conflicto? ¿Retroceder inmediatamente, renunciando sin vacilar al lucro prometido antes de exponerte a manchar tu honra en semejante compañía, o volverte airado a la sociedad que te lo aconsejara, para reprenderla porque no enseña a los hombres a transigir en tales pequeñeces? No necesitas decirme cuál de los dos partidos adoptarías; pero yo te pregunto ahora: en la necesidad de que haya conflictos, porque es imposible que los negocios del mundo vengan ordenados a los humanos deseos, ¿por qué han de ser dignos de respeto los que proceden de los azares comunes de la vida, y no los que son hijos de un mandato de Dios?

-Fatigas en vano tu hermosa inteligencia, Águeda... Tus razonamientos son lógicos y concluyentes; pero son castillos en el aire, puesto que proceden de un principio falso a mis ojos. ¿Dónde está escrito y comprobado ese mandato de Dios? ¿Cómo se creen esas cosas que tú tienes por verdades indiscutibles?

-Con la razón natural.

-Con ella me he hecho incrédulo buscando la verdad.

-¿Dónde la has buscado?

-En el único sitio donde puede hallarse: en el examen.

-La has buscado entre los hombres que no creen, y en los libros que empiezan por negarla, no en los que enseñan a creer: has mirado al cielo para estudiar la ley por que se rigen sus maravillas, no para conocer al Legislador.

-No te he dicho jamás que yo le desconozca.

-Ni quiero que me lo digas: harto sé con saber que no crees en un Dios justiciero y misericordioso, que tomó carne humana para morir por los hombres en un madero afrentoso.

-Distingos sutiles que a nada conducen.

-Esos distingos lo son todo, sin embargo: empezando por desdeñarlos, se acaba por negar a Dios... Y dejemos aquí ese punto que yo, pobre mujer, no debo ni puedo dilucidar... ni a ti te conviene tampoco que se dilucide.

-¿Por qué?

-Porque a cada paso que damos en él, descubro mayores profundidades en la sima de tus errores, y no quiero, al perderte para siempre, perder conmigo la esperanza de tu salvación.

-¿Luego te resignas a perderme?... -preguntó aquí Fernando, con la angustia pintada en sus ojos.

-¿Y qué otro recurso me queda? -respondió Águeda en el mayor desconsuelo-. Si al verte tan apartado de la verdad, hasta dudo de la honradez de tus propósitos.

-¡Águeda!

-Yo creyente y tú descreído, empezarías engañándome al unir tu mano a la mía.

-¡Engañarte yo!...

-Sí, Fernando: y si no, dime, ¿crees en la necesidad del Sacramento para formalizar el matrimonio?

-No.

-Luego ¿qué papel sería el tuyo delante del sacerdote que uniera nuestras manos? ¿Qué pensar del sí que pronunciaras, invocando a la fuerza un Dios a quien desconoces? Y el que en tan solemnes momentos es desleal a su conciencia, ¿por qué no ha de serlo a sus deberes en el curso de la vida?

-¡Si me amaras como te amo, Águeda, no clavarías en mi alma el puñal de esa sospecha!

-¿Y qué amor es el tuyo, al fin y al cabo, si le falta la abnegación, que es la virtud que le engrandece?

-Tú, que crees poseer esa virtud, dime qué debo pensar de quien con ella me quita a una pasión generosa el más bello de sus ideales. ¡A menudo, Águeda, se confunde la obcecación con el deber!

-En ti se está viendo ahora palpablemente. Hallas un obstáculo en tu camino, parécete mucho trabajo destruirle, y te empeñas en saltar sobre él a todo trance, para que tus propósitos no se malogren ni se detengan un momento. Nada te supone que ese proceder sea incompatible con mis deseos. Con tal de que los tuyos se cumplan, ¿qué importa el sacrificio de mi conciencia?

-En situaciones como la nuestra en este instante, las reflexiones de una dialéctica fría como la tuya, sólo sirven para acrecentar el martirio. ¡No te complazcas, Águeda, en escarbar la herida que me mata, y dime, si puedes, qué amor es el tuyo que así razona y escrupuliza, cuando el mío es incendio que me devora!

-No lo sé... Pero sé que daría mi vida porque creyeras.

-Entonces, ¿qué fuerza misteriosa es esa que te da alientos para sacrificarle por aquello mismo que, hallado por mí, haría inútil el sacrificio?

-¡Cómo has de verla, ciego!... Tu alma está a oscuras... ¡Cree!

-¡No puedo, Águeda: mi razón se resiste a ello!

-La razón va por donde se la conduce.

-Y si el destino quiere que yo no llegue a creer, aunque lo intente, ¿por qué me ha de costar, eso que tú llamas desventura, la más irremediable de perderte?

-Porque así debe ser.

-¿Y mi corazón, Águeda?... ¿Y este amor que me enloquece?

-¡Tu corazón!... ¡Si pudieras ver el mío!...

-¡Esta pasión es mi vida; ahogarla es matarme!...

-He ahí la mejor prueba de lo que vale esa razón que es tu orgullo. Atrévese altanera con el mismo Dios, y la abate, y la humilla, y la vence una simple contrariedad.

-¡A este conflicto llamas simple contrariedad!

-Sí, Fernando; porque no la hay tan grande en la vida humana, que no pueda ser vencida por la reflexión, cuando ésta se inspira en la fe que te falta.

-¡Otra vez la fe!...

-¡Otra vez, y siempre! Un mismo sol alumbra todos los rincones del mundo. ¿Adónde irás con los ojos abiertos sin que los hiriera su luz?

-Resueltamente, Águeda, no cabe inteligencia entre nosotros, si no desciendes de esas alturas ideales.

-O si tú no subes a ellas.

-Yo no hago imposibles.

-Pero los exiges.

-¿Es imposible lo que te propongo?

-¿Aún no te convences de ello?

-¡No, y mil veces no!

-Hemos llegado al fin que yo temía. Caminamos ya en un círculo de hierro, y nos fatigamos ociosamente.

-¡Dogal es que oprime mi garganta!

-Te dije que sería inútil esta entrevista. ¡Mira cómo no me equivoqué! No sueñes siquiera en otra: hablamos por última vez.

-¡Por última vez, Águeda! ¡Y eso te dicta la caridad! ¿Por qué, puesto que conoces mi mal, no intentas su curación antes de abandonarme inclemente? ¿O temes el contagio?

-No lo temo; pero sé que mis fuerzas no bastan para tan grande empresa, y que cuanto más avanza la gangrena, más poderosa es la operación de cortar por lo sano. Eso es lo que vamos a hacer, por mutua conveniencia, ahora mismo, dando por terminada esta ociosa contienda que me mata.

-Con mi despedida. ¿No es eso lo que quieres?

-Eso mismo.

-¡Puede ser eterna, Águeda!

-¡Quién sabe!... -dijo ésta sonriendo amargamente.

-¡Pero es muy cruel -exclamó Fernando exaltado- esa conformidad con que me condenas a no verte más!

-Ya sabes cuál es el camino por donde se llega hasta mí, y no ignores con qué llave se abren estas puertas.

-¡Si no la poseo, Águeda!

-¡Intenta siquiera buscarla, obcecado; y eso tendré que agradecerte!

Fernando, febril, pálido y desalentado, no quiso insistir en su lucha contra aquella roca inconmovible. Levantóse trémulo, y dijo, acercándose más a la joven.

-Estoy al borde del abismo que nos separa; te opones a que pase sobre él, y no puedo retroceder, porque no quiero ni sé volver a lo que fui. Tengo que hundir en el negro fondo mis ojos y mi pensamiento... Si el vértigo me arrastra, no olvides que tú dictaste la sentencia.

Después salió como debe salir de la capilla el reo que ha perdido la última esperanza de perdón.

Águeda no podía más. Había gastado todas las fuerzas de su espíritu en la terrible lucha sostenida entre su corazón y su conciencia. Lloró y oró mucho. Para saber qué súplicas elevó al cielo, sería preciso conocer la magnitud de la tribulación en que estaba sumida aquella alma pura, recta... y enamorada.


De tal palo, tal astilla de José María de Pereda

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