De tal palo, tal astilla:16

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De tal palo, tal astilla
Capítulo XVI: Raya en el agua

de José María de Pereda


No daba el doctor Peñarrubia dos adarmes de peso a los motivos de la angustia de Fernando; pero no desconocía que el grano de pólvora que, inflamado al aire libre, no mueve una paja, oprimido entre obstáculos levanta una roca. Aun suponiendo en Águeda todos los atractivos imaginables, su amor, con obstáculos y todo, no podía causar estragos en un pecho avezado a esa clase de impresiones y abierto al aire libre de las vulgares corrientes peripecias de la vida galante. Pero en Fernando, el mismo caso ofrecía muy graves peligros. Era, por naturaleza, lo que comúnmente se llama juicioso; es decir, reflexivo, incapaz de encariñarse, y mucho menos de entusiasmarse, con aficiones pasajeras ni con frivolidades pueriles. Podía equivocarse en la elección de una senda; pero se equivocaba en buena ley, es decir, poniendo en sus meditaciones, antes de decidirse, cuanto cabía en su discurso. Así, era entusiasta sin dejar de ser frío. El caudal de sus ideas, buenas o malas, lo formaba adquiriéndolas poco a poco y saboreándolas; y una vez pertrechado de esta suerte, iba hasta el fin de sus proyectos, sin arredrarle los peligros, que antes le enardecían cuanto más inesperados eran y mayores.

Tenía su padre bien conocidas y comprobadas estas y otras análogas condiciones de carácter; y he aquí por qué, no obstante la pequeñez real del motivo, en opinión del doctor, andaba éste sin hora de sosiego, aunque cosa muy distinta aparentaban sus zumbas de dientes afuera.

Muchas veces intentó reanudar la conversación tan bruscamente interrumpida por Fernando, a quien no perdía de vista un momento. No lo pudo lograr. Desde que el mozo se convenció de que en su padre no había lo que él necesitaba para salir del ahogo, todo lo esperaba del aislamiento y de la meditación. Pero tardó dos días en recobrar el equilibrio de sus ideas, y cerca de tres en ser dueño de toda la fuerza de su discurso. Probóla en la contemplación de sí mismo, y vio que la borrasca había pasado; pero que quedaban los estragos de ella. Los examinó con serenidad, y le parecieron enormes. Había que proceder inmediatamente a su remedio; es decir, a ver qué podía alcanzarse del único conocido.

Entretanto, andaba el doctor esparciendo las nieblas de su ánimo con las brisas, el silencio y la fragancia de sus arboledas.

Fernando extendió, como si dijéramos, sobre la mesa junto a la cual se sentaba en su habitación, todo el caudal de sus recursos para la empresa que iba a acometer.

La fe católica, según él la había estudiado y combatido, le ofrecía el siguiente cuadro: Una nube de curas ignorantes y egoístas socavando la sociedad por el agujero del confesonario y con la fábula del purgatorio. Otra nube de frailes groseros, holgazanes, comilones y lascivos, saqueando los hogares, perturbando la paz y mancillando el honor de las familias. Otra nube de jesuitas ambiciosos, intrigantes y envenenadores, corruptores de las conciencias y opresores de los Estados; una gusanera de monjas rebelándose contra las leyes de la naturaleza, y cantando con voz gangosa salmos en latín contrahecho; un tropel de beatas chismosas, haraganas y soberbias; otro rebaño de creyentes invadiendo los templos para dar culto a su fanatismo, y poblando a otras horas las casas de juego, los salones de baile, la plaza de toros, los lupanares... y la Inclusa; muchos obispos disipando, entre los relumbrones ostentosos del cargo, parte del botín de las rapiñas de curas y frailes; y un Papa en Roma, tres veces coronado, sobre esplendente solio, cobrando en oro de buena ley el perdón de todas esas iniquidades, y derrochándolo en orgías y bacanales con la turba corrompida de los purpurados personajes de su corte. Como ornamentos, y para la debida entonación de estas figuras palpables y de todos los días, una mina de horrores históricos de multitud de calibres y de otras tantas cataduras, en la cual mina entraban, por supuesto, Juana la Papisa, Alejandro VI, la matanza de los hugonotes, Felipe II, María Tudor, todas las chamusquinas de la Inquisición, el arzobispo Carranza, fray Froilán Díez, los quemaderos de aquí y de allí..., hasta el «secuestro» del niño Mortara y el suplicio de Monti y Tognetti, y cuanto sabe de cartilla el pío lector, mucho mejor que yo, y tan bien como Fernando, que además sabía, como resumen concluyente y arpegio arrebatador, que el «catolicismo, conjunto de estas repugnantes indignidades, había sido negra mazmorra del entendimiento humano en los tres últimos siglos, y aún trataba en el presente de ser rémora a todo progreso legítimo, desvirtuando así los generosos alientos del espíritu democrático del 'Filósofo' de Judea».

Que la cosa iba pintada de este modo, jamás lo dudó el fogoso sustentador de la idea nueva, puesto que salvas de aplausos y bosques de laureles fueron, de continuo, el premio de esta lucubración y de aquellas pinceladas.

Tampoco le faltaban pruebas de que ni en los aplausos ni en las coronas entraba pasión de bando, ni cosa que lo pareciera. Un cura sin licencia ni sotana, pero con manceba, gran frecuentador de los centros en que nuestro joven peroraba, defensor impertérrito del cristianismo sin «alto clero», ni Papa; un aristócrata tramposo, divorciado de su mujer y podrido por los vicios, pero sostenedor incansable de las «prerrogativas del Altar y del Trono»; algunos jóvenes ilustrados, que en pago de la honra que él les otorgaba saludándolos en público y dejándolos acercarse a oírle cuando oficiaba de pontifical, le referían las comedias que se veían precisados a representar, en bien de la paz doméstica, ya comprando por un vaso de aguardiente al sacristán de la parroquia la cédula de comunión en Semana Santa, ya asomándose cada domingo a la puerta de la iglesia para poder decir al fanático papá de qué color era la casulla del cura, en testimonio de que habían oído misa; porque los pobres chicos tenían la desgracia de pertenecer a familias estúpidas que se confesaban de cuando en cuando y oían misa todos los días de precepto; dos distinguidas marquesas, protectoras de quince cofradías, rezadoras infatigables, caritativas a voces; pero que lo mismo pedían para los gastos de una novena que para regalar un estoque cincelado al torero de moda, y con igual empuje hendían la masa de fieles para oír de cerca en el templo a un orador de fama, que el tropel de locos o borrachos en un baile de máscaras, para dar un bromazo a Pepe Canija o a Ñico Pulgares, calaveras de la aristocracia, muy dados al merodeo llano; un «honrado obrero» que tuvo la dignidad de separarse de la «Iglesia romana», porque el cura de su parroquia no le admitió por padrino en un bautizo, por el único delito de haber declarado el disidente que tenía a mucha honra no saber jota de la doctrina cristiana, y estar a la sazón «un poco bebido»; tres seminaristas resellados de demagogos; una dama virtuosísima que se veía en la dura necesidad de no volver al confesonario desde que una vez le negaron la absolución..., y un sinnúmero de ejemplares por el estilo, a cual más católico, unos con elogios, otros con declaraciones, y todos con su conducta, demostraron a Fernando que el fustigador de la vieja fe estaba en lo firme; y que los aplausos y los laureles consabidos eran fiel expresión de la justicia; la voz del mundo entero que protestaba contra la tiranía de esa secta, escándalo de la civilización y oprobio de la humanidad.

Todo esto estaba bien; ¿pero en qué se parecía a Águeda ni a lo que Águeda decía ni al modo de conducirse de Águeda, ni a lo que en casa de Águeda pasaba? ¿Qué datos eran los que él poseía para buscar el primer eslabón de esa cadena infinita de testimonios, entre un cúmulo de siglos y generaciones, enlazando, en sus múltiples rumbos, mártires y profetas, pueblos y civilizaciones, ciencias y poesía, artes e historia, y cuyo otro extremo, término y origen a la vez, se elevaba hasta la mente sublime de Dios? ¿Qué libros, si es que existían, dignos de crédito, trataban de esas cosas, y dónde se hallaban?

Y nada sacaba en limpio de estas cavilaciones, y no sacándolo, ni su incipiente escepticismo filosófico, ni el recuerdo del muy viejo de su padre, ni sus propias impresiones adquiridas delante de la causa de sus desvelos, eran parte a evitar que el orgullo sectario se le rebelase y le indujese a creer que la culpa de la oscuridad no estaba en su ceguera, sino en Águeda, que, a pesar de su talento, creía en brujas todavía.

Con lo cual, si su razón ganaba un punto, perdían la partida sus deseos. ¡Y vuelta a empezar, y vuelta a no salir del atolladero!

Una idea le asaltó de pronto la mente. La acogió con afán, y se lanzó como un cohete al cuarto de estudio de su padre. Se acercó a la librería, como el sediento a la fuente; clavó los ojos anhelantes en aquellas apretadas filas de volúmenes de todos tamaños y colores, y fue leyendo, uno a uno, todos los rótulos de sus tejuelos. ¡Nada faltaba allí! A los tratados heréticos de Arnaldo de Vilanova y Miguel Servet, médicos entrambos, seguían los materialistas del siglo pasado: Dupuis, Holbach, La Mettrie y Cabanis, y a éstos y a otros tales, los positivistas contemporáneos como Comte, Littré, Stuart Mill, Bain, Herbert Spencer y algunos más ejusdem fúrfuris; y en lugar preferente y más al alcance de la mano, ostentábanse la Antropogenia, de Haeckel; la Historia del desarrollo intelectual y los Conflictos, de Draper; Fuerza y Materia, de Büchner; Pensamientos sobre la muerte, de Feuerbach, y La razón pura, de Kant, con otras razones no menos al caso, de otros tales filósofos críticos.

¡Hermoso acopio de viento para las llamas que estaban devorando al pobre chico! ¡Ni por curiosidad había allí un libro medio ortodoxo!

Maldijo la ocurrencia de su padre y renegó de las herejías de toda su casta.

-¡Eso -dijo, pensando en lo grave de su empeño- es tan imposible como hacer una raya en el agua!

Y como, al revés de lo que dice el proverbio, por Roma iba a todas partes, fuese con el pensamiento a Valdecines, de donde rara vez le separaba, y con el cuerpo insensible y perezoso al retiro de su habitación.


De tal palo, tal astilla de José María de Pereda

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