De tal palo, tal astilla:17

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De tal palo, tal astilla
Capítulo XVII: Mar sin riberas

de José María de Pereda


Amaneció el día encapotado y brumoso. Las nubes acumuladas sobre los más altos picos descendían lentamente, como si las montañas tiraran de ellas para cubrirse los pies; y así fueron arrebujándose poco a poco en la densa envoltura, hasta desaparecer por completo debajo de ella. Luego comenzó a caer sobre el valle una llovizna tenue y sosegada, como espeso rocío. Recibiéronla los prados, sedientos con el calor de la víspera, con la fruición voluptuosa del chino que fuma su pipa cargada de opio; hasta que, saturados de ella, como verdaderos borrachos, inclinaron la cabeza soñolientos, y fueron acostándose las verbenas sobre el llantén, el trébol sobre las verbenas, y las centauras sobre el trébol. Una hora después apareció, sin saberse por dónde, un remusguillo juguetón que la emprendió con las nieblas del valle; y soplando aquí y allá, hízolas refugiarse en la montaña; abrió por las cimas más altas algunas rendijas en las densas veladuras; introdujo por ellas sus rayos el sol; y a su contacto, los dispersos jirones blanquecinos reuniéronse en fantásticas moles, y fueron rodando monte arriba, sobre brañas y barrancos, hasta desvanecerse detrás de las cordilleras en el azul intenso del espacio. Entonces aparecieron los campos como desperezándose bajo un pesado velo de perlas y diamantes; y a medida que el sol iba bebiéndole, levantaban las flores la cabeza y abrían el rico broche de sus perfumes, que el blando terral esparcía por todos los ámbitos del valle, en cuyas arboledas entonaban sus mejores cánticos los ruiseñores y los jilgueros; y brillaban aún las trémulas cristalinas gotas de la pasada llovizna.

En tal hora dejó Fernando los blandos colchones de su lecho, y se vistió con la pulcritud que en él era una necesidad, si bien con la holgura propia del lugar en que se encontraba. Desayunóse apenas, y salió al campo a disipar la lobreguez de sus pensamientos con la fragancia y el esplendor de un día tan hermoso.

Ya sabemos que para él no había más que un camino en aquella porción del mundo: el camino de Valdecines. Ese camino tomó, no con ánimo de llegar al pueblo, sino porque sentía la necesidad de moverse y de respirar aire libre y oxígeno puro.

Desde la altura del parque de su casa le pareció que estaría a sus anchas en las sombrías arboledas de la embocadura de la hoz. Abrió la sombrilla, porque el sol calentaba ya, y enderezó lentamente sus pasos hacia aquel sitio. Cuando llegó a él se encontró demasiado a solas con sus negras cavilaciones. Las tintas de su melancolía tomaban allí unos matices que rayaban en desconsuelo. Luz y calor le pedía el alma, presa de la negra cárcel de sus dolores. Pero no se le ocurrió volver atrás para buscarla, sino meterse en la hoz y llegar por ella a la sierra del otro lado, donde los horizontes se ensanchaban y la naturaleza se sonreía.

Durante su tránsito por aquella enorme rendija de la tierra, ¡qué pensamientos tan extraños le asaltaron! ¡Qué ideas le conmovieron! ¡Qué fuerzas tan misteriosas e incontrastables dirigían sus pasos y dominaban su voluntad! ¡Cuántas veces, sin darse cuenta de ello, se detuvo al borde del precipicio! ¡Con qué avidez contemplaban sus ojos el fondo donde el río era más negro y las peñas del cauce más ásperas y sombrías! En el rumor de aquellas aguas, enroscándose, como rabiosas serpientes fugitivas, a los obstáculos que hallaban en su tortuoso camino, oía él gritos y lamentos, súplicas, protestas de amor, repulsas inexorables... y hasta sentencias de muerte; y siempre era su voz la que se lamentaba, y la de Águeda la que le repelía.

La vista sufría allí también fascinación, como el oído. Un tronco seco y desnudo, tendido junto al cauce del río, parecíale la palpable y fiel representación de una idea que ya germinaba en su agitada mente. Cuerpo sin vida, quizá fue desgajado de lo alto por la furia del huracán; y antes fue verde y lozano, y se meció al blando soplo de las auras de abril. Cuando la tempestad le eligió por víctima, gemirían sus ramas azotadas por el viento y crujirían sus raíces al desprenderse de la tierra; pero cayó, al fin, y rodó hasta el fondo, que era su sepulcro, su paz y su descanso. ¡Tras los furores de la Naturaleza y las tempestades del corazón, la muerte siempre! Y la muerte veía hasta en las piedras medio ocultas entre juncos y hortigales, porque le remedaban osamentas descarnadas por los cuervos y emblanquecidas por la intemperie. Después medía con los ojos la altura desde el río a la angosta cornisa en que asentaban los pies. ¡Ni un solo obstáculo en todo el horrible camino!

¿Por qué le dominaban tan extrañas preocupaciones? ¿Por qué hallaba deleite en entregarse a ellas?

De pronto se estremeció con espanto y apartó los ojos del precipicio. Después huyó, casi a la carrera, de aquel lugar que le fascinaba y le atraía. Cuando llegó a la sierra se encontró fatigado y jadeante, no por lo largo de la jornada, que era una parte de su ordinario paseo, sino por lo rudo de la batalla que había sostenido con sus pensamientos.

Éstos, sin dejar de ser tristes, fueron más apacibles y sosegados en cuanto su vista se extendió por el hermoso panorama que se descubría desde aquel paraje.

Bañaban los rayos del sol en torrentes de luz los montes y la llanura; y al soplo continuo y halagüeño de una brisa refrigerante y embalsamada, ondulaban las praderas del valle y se mecían entre cambiantes peregrinos, como las aguas de un lago. El pueblo, con sus casitas dispersas, pero orientadas todas ellas al Mediodía, abría sus puertas y ventanas y hasta por huecos y rendijas parecían sonreírse y aspirar la vida y el regocijo que pródiga derramaba en aquel instante la naturaleza. Allí se alzaba, descollando sobre las demás, la casa de los Rubárcenas, y en ella clavaba su vista Fernando, y en ella tenía sus pensamientos, porque allí estaba el norte del imán de sus aspiraciones. ¿Qué enamorado no taladra los muros más espesos con los ojos del corazón, y no oye a largas distancias los rumores más leves cuando piensa en la mujer amada?

En Fernando se producía este fenómeno como en ningún otro enamorado, por la misma singularidad de sus contrariedades. Creía ver el esbelto talle de Águeda discurrir por salas y pasillos, y su blanca y delicada mano en cada puerta que se movía; llegaba claro a sus oídos el rumor del breve pie al hollar el limpio y bruñido suelo; y cuando consideraba que podía estar contemplando el camino de la sierra detrás de las vidrieras entreabiertas, veía sus ojos azules y rasgados, y jurara que de ellos, y no del sol, nacía la luz esplendorosa que inundaba el pueblo y el valle y las montañas. ¡Y aquella mujer le amaba, y por él padecía dolores sin consuelo..., y sin embargo, le cerraba las puertas de su casa!...¡A él, que la adoraba y que sólo vivía por ella y para ella! ¡Y por qué ese terrible contrasentido, por qué! Jamás le parecieron tan pequeñas las causas de su desdicha... Hasta llegó a creer que Águeda había ido en sus rigores más allá de sus propósitos, o trataba de someterle a una prueba decisiva. ¡Si la casualidad volviera a reunirlos!... ¿Cómo era posible que mujer tan buena y tan enamorada le condenara a horrible muerte por el delito de adorarla! ¡Si llegara a hablar otra vez con ella!... Pero ¿en dónde y cuándo? Le había prohibido volver a su casa, y él no se expondría a sufrir una nueva puñalada con otra nueva negativa. La insinuación debía partir de ella... y partiría. ¿Cómo dudarlo?

Así pensaba Fernando, mientras lentamente iba bajando a Valdecines..., por supuesto, con la protesta de que lo hacía por alargar un poco más el paseo que tanto necesitaba.

Y ya en el pueblo, hallóse, sin saber cómo ni por qué delante de la portalada de los Rubárcenas. Estaba abierta. ¿Por qué estaba así? Lo que él creía curiosidad le acercó todavía más a ella; y algo que no tenía forma ni color, pero sí mucha fuerza, le hizo entrar en la corralada.

La última entrevista que con Fernando tuvo Águeda causó en el alma y en el cuerpo de ésta profundísimos estragos. Hasta entonces no había perdido la esperanza de que aquél llegara a colocarse en la única senda en que podrían encontrarse los dos. Cuando el deber la obligó a cerrarle por última vez las puertas de su casa, y se vio abandonada de aquel débil amparo, tuvo miedo de su propio valor. Los quehaceres domésticos, las obras de caridad, el recuerdo de su madre, su fe inquebrantable, la oración fervorosa..., todo era poco para fortalecerla y alentarla en la tremenda lucha en que la empeñaba la rigidez de su conciencia. Hasta entonces no había logrado medir la intensidad del amor que sentía por aquel mancebo, con quien la naturaleza había sido tan pródiga en dones, y a quien el cielo mismo no había querido negar una de sus más ricas dádivas: el talento; Águeda, aunque mujer fuerte, era al cabo tierra miserable que se conmovía al calor de una pasión humana. ¡Qué días y qué noches! ¡Qué batallas entre su corazón y su conciencia! Saliéronle al rostro las huellas de estos combates, y publicaron los cárdenos cercos de sus ojos las negras tempestades de su alma.

Pisando andaría Fernando las primeras callejas de Valdecines, cuando Águeda, no pudiendo con el peso de sus angustias aquel día, dio por terminada la lección de su hermana, y mientras ésta corría a solazarse entre la fragante espesura del jardín, ella acudió en vano al auxilio de otros cuidados para luchar contra el enemigo que la asaltaba con furia desconocida. Representábase a Fernando poseído de una exaltación febril, buscando a tientas y al borde de un precipicio los fantasmas de su locura sin consuelo.

«¿Adónde -pensaba la infeliz-, adónde le conducirá la desesperación, si su buen sentido no la vence? Le falta la fe, que es la fortaleza. ¡Y yo, que le atribulo, le dejo solo y abandonado! Si el dolor le mata, yo seré la causa de su muerte..., ¡yo, que le amo y acepté su amor como un don del cielo!... Pero su falta es enorme, y Dios no me perdonaría si viéndole aún esclavo de ella, alentara sus esperanzas... ¿Por qué nos conocimos?... ¿Por qué nos amamos?... ¿Decretaríalo Dios para someter mi fe a esta prueba espantosa? ¡Oh, sí!... ¡Veo el cáliz lleno de amargura junto a mis labios, y el deber me exige apurar hasta la última gota!».

Entonces la carne, la pícara carne, el corazón, golpeaba sin descanso en su pecho y la decía a gritos: «¡Levántate, Águeda, y aparta de tus labios esas hieles, que Dios no quiere imposibles. Llámale a tu lado, aliéntale, fortalécele, perdónale, que también la caridad es virtud de los cielos. Si nieblas y tempestades le arrojaron en el escollo en que ahora se agita y perece, la luz de tu fe, iluminándole, le conducirá a puerto seguro. Su vida es tu vida... ¡No le pongas en riesgo de perderla!».

Después se alzaba la losa de un sepulcro, y del fondo de él, entre los pliegues de un sudario, aún no roído por los gusanos, le decía una voz que la hacía estremecer:

«¡Acuérdate, Águeda, de que por impío le arrojé yo de tu casa! Si impío vuelves a admitirle en ella, la maldición de tu madre pesará sobre ti por todos los días de tu vida, y no te abandonará ni a las puertas de la eternidad».

La voz de la fe tampoco callaba:

No es lícito -decía- trato alguno de esa especie con gentes contaminadas del error, pero es obra de caridad, y hasta deber cristiano, poner los medios para conducir al redil la descarriada oveja. ¿Puedes hacerlo tú sin graves riesgos para tu alma? ¿Estás segura de triunfar en la empresa? Si se malogra, ¿serás capaz de retroceder en ella sin extraviarte tú misma, o sin dejar en las espinas del camino jirones del cendal de tu buena fama?».

Y Águeda, como en respuesta a todas estas voces y mandatos, sólo sabía exclamar, atribulada y desfallecida:

«Sí, sí..., os siento, os oigo... ¡Pero le amo, le adoro con todo mi corazón! ¡Dios mío! ¡Que no vuelva, que no me hable; porque si le veo y le escucho, me faltará valor para arrojarle otra vez de mi lado! ¡Señor... tengo fe; pero en este trance amarguísimo vacilo en la senda de mis deberes, porque soy mujer y tengo amor! ¡Fuerzas, Dios mío, fuerzas te pido para no caer!».

En este instante anunciaron a Águeda la llegada de Fernando, y su deseo de hablar con ella.

-¡Jesús! -exclamó la desdichada-. ¡Si esto no es ordenado por el cielo, yo no sé qué es la evidencia! ¿Cabe prueba más terrible? ¿Habrá suplicio más espantoso?

Quiso responder al recado, y no halló movimiento en su lengua, ni voz en su garganta. Padeció, luchando un solo momento, más que había padecido en tantos días de incesantes batallas. El corazón le puso un sí entre los labios; pero al primer grito de su conciencia le devoró con vergüenza de su debilidad; acogióse al recuerdo de su madre y a las advertencias de su fe, y con un esfuerzo sobrehumano, y entre los gritos de su amor despedazado negóse resueltamente al deseo del infeliz amante. Pero en aquellas pocas palabras creyó haber dictado una sentencia de muerte.

Aún esperó algunos instantes, inmóvil y anhelosa, porque cabía en lo posible que Fernando replicara que venía convertido, o siquiera en camino de estarlo; pero el recado no llegó. Ni ¡cómo llegar! ¡Cómo obrarse en tan pocas horas tan grande transformación! Comprendiólo así, y consternada y trémula de dolor y de espanto, se halló sin fuerzas para tenerse en pie.

Si con sus palabras creyó haber dictado una sentencia de muerte, no en otro sentido las recibió Fernando de la persona que se las transmitió. Un frío glacial recorrió todo su cuerpo, y llegó a creer el desventurado que el luminar del día se había cubierto de una nube de sangre y de negros crespones. Retrocedió desalentado y desfallecido, y en su aturdimiento, extravióse en el camino; y cuando creyó salir al encachado portal, encontróse en el jardín del otro lado. Pilar corría allí detrás de las mariposas, sin dejar por eso de leer de cuando en cuando en un librejo que tenía en la mano.

Detúvose sobresaltada cuando vio a Fernando, y éste la dijo, después de besarla y acariciar sus rizos suaves y desordenados:

-Me extravié en el corredor. ¿Quieres abrirme la puerta del jardín?

-¿Viene usted de arriba? -le preguntó la niña, escondiendo el libro con una mano y separando con la otra una madeja de rizos que le caía sobre los ojos-. ¿A que estaba llorando Águeda?... ¡Es más llorona!...

Sonrióse tristemente Fernando y preguntó a Pilar:

-¿Y por qué llora tanto?

-Eso no me lo dice a mí... Y cuando llora, está muy triste... Yo creo que es porque se murió mamá y nos quedamos las dos solitas en el mundo.

Como al decir esto se estremeciera la niña, Fernando volvió a besarla en la frente, y le preguntó, por distraerla y por distraerse:

-¿Qué libro es ese que leías?

-El de confesión.

-¿Luego ya te confiesas?

-Dos veces cada año desde que cumplí siete. Y como me toca hacerlo mañana... También comulgo ya, no crea usted.

-¡Hola!... ¡Grandes pecados tendrás!

-Muy grandes, muy grandes, no señor; pero si no me confesara, puede que los tuviera.

-Así y todo, buen miedo pasarás cuando te confiesas.

-Ni siquiera una pizca... Por ésta que es cruz de Dios. ¡Si es más bueno el señor cura!... Viejecín, viejecín... Lo mismo que un santito del altar. ¡Dice unas cosas tan bien dichas y con cariño!... Yo creo que, si no fuera por él, se había muerto Águeda de pena. Y luego, sabe... ¡madre de Dios! Una vez pasó por aquí un francés que era muy malo... ¡con una mujerona!... Engañó a medio pueblo y robó a la otra mitad... Eran herejes de los peores. El alcalde quería ahorcarlos; pero el señor cura dijo que no... Y va y se los lleva a su misma casa. ¿Qué le parece a usted? Y teniéndolos en su casa a qué quieres boca, les enseñó la doctrina, y les predicó tanto, que devolvieron todo lo robado..., y luego iban a misa de por sí solos, y se confesaban. Ahora están en unas minas ganando buenos dineros.

-¿Con que tan sabio es el cura? -preguntó a la niña Fernando, repentinamente asaltado de una idea que, aunque le hizo sonreír, pensó poner en ejecución sin tardanza.

-¡Muy sabio! -respondió Pilar dando al superlativo toda la exageración posible con la boca, los ojos y los ademanes.

Tornó a acariciarla Fernando, y momentos después salió del jardín, cuya puerta le abrió la misma niña, poniéndose de puntillas para alcanzar, con su mano blanca y diminuta, la palanquita del picaporte.

Al tomar el joven el rumbo de la iglesia, después de permanecer indeciso unos instantes junto a la verja, exclamó para sí, triste y desalentado:

-¡El último esfuerzo!


De tal palo, tal astilla de José María de Pereda

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