De tal palo, tal astilla:19

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De tal palo, tal astilla
Capítulo XIX: Lo que llegó a decirse

de José María de Pereda


Poco después que Fernando, salió de la misma casa el ama del cura, viejecita muy limpia, muy fiel y muy cariñosa, pero fisgona incorregible y charlatana impenitente. Deslizóse a lo largo de las tapias, y muy arrimadita a ellas, encorvado el espinazo y muy diligentes los pies, en un credo llegó a la guarida de don Sotero; alzó la aldabilla de la puerta y entró.

Ya sabía el negro personaje que Fernando había estado en casa de Águeda, y lo que más en alarma le ponía, que había salido por la puerta del jardín; hecho inusitado y por todo extremo ocasionado a gravísimas conjeturas. Pero no sabía más, porque con saber eso sólo se conformó el soplón que se lo dijo.

Traíale el caso con grandes escozores en el espíritu; pero aún le producía mayor desasosiego otro particular de este mismo asunto. Dos días llevaba el hombre cavila que te cavila, midiendo horas, pensando inconvenientes y saboreando propósitos y resultados; y como nunca lograba armonizar por entero los múltiples registros de sus proyectos, sudaba la gota gorda, ¡y eso que era pez de buenas agallas!

Paseábase en el largo y desamparado salón que conocemos, con las manos enlazadas sobre los riñones, carraspeando a veces, bufando muy a menudo, y siempre con la faz cargada de centellas, mientras Bastián, derribado sobre una silla vieja arrimada a la pared, con las zancas extendidas cuanto eran de largas, las manos en los bolsillos del pantalón, la nuca contra el respaldo, la bocaza y la vista vagando por el techo, lamentábase en silencio de la reclusión en que se le tenía desde la noche de los palos; rascábase las ronchas de cuando en cuando, y no olvidaba un punto a Tasia ni se le apartaba de la memoria Macabeo, causas primordiales de aquel nocturno siniestro y de la creciente intranquilidad de su espíritu desde entonces.

Como en la sala reinaba el más completo silencio, porque al acompasado ruido que producía el ir y venir de Don Sotero estaba ya tan hecho que no le oía, sus meditaciones llegaban a presentarle las cosas como se ven en una pesadilla: reales y verdaderas. Así es que en ocasiones, cuando soñaba con los palos, se quejaba recio, y al meditar sobre el motivo, balbucía frases enteras. En uno de estos lances mordióle más fuerte que de costumbre el gusanillo de los celos, y pensando si sería fábula inventada por Tasia lo del viaje de su rival, exclamó con toda su voz:

-Pero ¿por qué ella no quiso decirme adónde iba Macabeo aquella tarde? ¡Dios!

Detúvose repentinamente don Sotero al oír esta exclamación de su sobrino, y le preguntó, mirándole con terrible ceño:

-¿De qué viaje estás hablando, animal?

Desperezóse Bastián sobresaltado, como si realmente saliera de un sueño por la virtud de un garrotazo como los de marras, y respondió a su tío:

-Del de Macabeo.

-¡Un viaje de Macabeo!... ¿Cuándo le hizo?

-Aquella tarde de los trancazos.

-¿Adónde?

-Eso preguntaba yo a la que lo sabía, cuando usted me solfeó las costillas.

-Pero ¿hacia dónde tiró Macabeo? ¿No sabes ni siquiera eso?

-Sí, señor; valle afuera.

-¿Quién te lo dijo?

-Yo le vi.

-Pedazo de bestia..., ¡y te acuerdas ahora de decírmelo!... ¿Por qué no me lo has dicho antes, animal?

-¡Otra!... ¡Dios! Y a usted ¿qué le importa que Macabeo entrara o saliera?

-¿No te tengo dicho que me des cuenta de todo cuanto veas y oigas en el pueblo, estúpido?

-¡Buena memoria me dejó usted aquella noche con la zurribanda que me sacudió, para que yo me acordara otro día de ese encargo! ¡Dios!

Don Sotero ya no oía a Bastián. Volvió a pasearse, pero con febril agitación.

-Fue el mismo día en que yo hablé con ella -murmuraba, sin dejar de moverse como un poseído-. Entraría en sospechas... Habrá querido cerciorarse... Necesariamente había de suceder algo de esto... Hay cosas que no tienen compostura... Lo imperdonable ha estado en mis vacilaciones... ¡Ira de Dios!... Pero todavía no es tarde... Van tres días hasta hoy... Aun suponiendo que todo le salga a pedir de boca..., y ellos vengan a buen andar y sin tropiezo, quedan dos días... Lo que no cabe en ese tiempo es una vacilación... La salida no la veo aún tan clara como yo quisiera; pero lo demás es de éxito seguro..., y sobre todo, no hay otro recurso a mano, ni tiempo para buscarle... Y ¡qué demonio! La fortuna, o Lucifer, que me ha sacado de otros lances de mayor apuro, no ha de faltarme en éste.

Detúvose otra vez, y comenzó a pasear su mirada fulminante por toda la sala; acercóse a su alcoba y la recorrió también con la vista. Luego se volvió hacia Bastián y le dijo, haciéndole estremecer con el horrible sonido de su voz:

-Inmediatamente, ¡en el aire!, vas a hacer un encargo que yo te dé. ¡Ay de ti si tardas un instante más de lo necesario, o hablas una palabra, fuera de las precisas!

En esto apareció en la sala, jadeando, el ama del cura.

-¡Grandes noticias, señor don Sotero! -dijo al entrar con voz temblona y desentonada...

-¡Como traídas por usted! -respondió el hombre negro, a quien hizo un efecto endemoniado aquella visita intempestiva.

-¡Noticias para que con ellas se rechupe las uñas un hombre como usted, que tanto se interesa por la gloria de Dios y el bien de las almas!

-¡Vaya usted con doscientos mil demonios! -dijo con desdeñoso y áspero ademán don Sotero, incomodado con lo que juzgaba impertinencias de la buena mujer.

-¿Sí? -repuso ésta muy segura de su triunfo-. Pues escuche usted el cuento... y escúchale tú también, Bastián, que es de los que merecen andar en letras de molde.

Acomodóse, porque estaba muy fatigada, en la silla que había desocupado Bastián; metió las dos manos, palma con palma, entre las rodillas; echó el enjuto tronco hacia adelante y dijo, alargando la jeta rugosa y siguiendo con la vista a don Sotero en sus vueltas de zorro enjaulado:

-¡Sépase usted que acaba de estar en nuestra casa el hijo de Pateta el herejote!

Oírlo don Sotero y dar una vuelta en redondo hasta quedarse mirando a la viejecilla, fue obra de un solo momento.

-¿A ver, a ver? -díjola, clavando en ella sus pupilas de fuego, y hasta parecía que también los dientes.

Sonrióse la noticiera, y añadió, gozándose en el éxito de su noticia:

-¡Cuando yo decía que el caso tenía que oír!...

-¡Cuando digo que no se la puede aguantar a usted por habladora y destripacuentos! -concluyó don Sotero, carcomido por su impaciencia-. ¿Quiere usted decirme sin rodeos ni pespuntes, a qué iba a casa del señor cura ese mequetrefe?

-Eso mismo me pregunté yo cuando le vi entrar..., porque desde que usted me lo enseñó una vez, por lo que pudiera ocurrir, le conozco como si le hubiera parido; ¿a qué viene aquí ese niquitrefe?... Y fuime arrimando, arrimando a la puerta de la sala, según que él se iba metiendo poco a poco en la alcoba del señor cura... Ya usted sabe que de este modo escucho yo en la casa hasta los pensamientos de los que entran en ella para hablar con aquel santo varón. Pero, hijo de Dios, cátate que, a lo mejor del saludo y otras cortesías, sale el señor cura y cierra las dos puertas. ¿Qué hago yo entonces? Abro la de la sala, como si fuera de algodones, y sin que ni las moscas me sientan, arrimo la oreja derecha a la cerradura, porque de la izquierda ando un poco torpe, como usted debe saber por otros relatos míos...

-¡Si fuera usted sutil de entendimiento como es charlatana insoportable!... ¿Qué mil demonios es lo que usted oyó escuchando por la cerradura con la oreja derecha?

-Pues oí..., ¡bendito y alabado sea el Señor de cielos y tierra, por todos los siglos de los siglos!... Oí que Patetuca, vamos al decir el hijo de Pateta el judío, el herejote..., pide iglesia, señor don Sotero..., ¡pide iglesia!

-¿Cómo que pide iglesia, alma de Dios?

-¡Que quiere convertirse..., aprender la doctrina y cuanto el señor cura crea conveniente enseñarle para su salvación!

-Vamos..., usted no está hoy en sus cabales.

-Es tan cierto como la luz que nos alumbra y no vea yo la de la mañana si miento en una tilde... Palabra por palabra podría yo repetir todas las que se cruzaron en la conversación. ¡Pues poco asombro recibió el señor cura al oír la explicativa al mozalbete!... ¡El Señor me valga, qué garrido es, y qué caballero! Bien dije yo siempre que estampa tan maja no podía ser bocado del demonio. ¡Alabada sea por sinfinito la misericordia divina!

Don Sotero comenzó a revolverse de nuevo en la sala y a lanzar el bufido que temblaban las paredes.

-¿Y en qué paró la entrevista? -preguntó iracundo a la vieja, rascándose la cabeza a dos manos, sin dejar de pasearse.

-Pues paró, señor don Sotero... Yo no sé en qué, porque cuando oí que la cosa iba muy seria y que estaban de acuerdo los dos en punto de hacer entrambos los posibles al auto de la conversión, retiréme sin esperar a la despedida, temiendo que me cogieran en el garlito... ¿Y qué me quedaba que oír ya, bendito sea Dios, después de lo que oí?... ¡Siglos, señor don Sotero, siglos se me hacían los minutos que pasaban hasta venir a dar a usted un alegrón como éste!

-¡Pues entienda usted -dijo don Sotero hecho una pólvora- que le recibo como un dolor de tripas!

-¡Ya me estaba a mí dando en qué pensar -replicó el ama del cura- la poca satisfacción que le salía a usted a los ojos, según yo iba haciendo el relato! ¿Y en qué puede consistir, señor don Sotero, que cosa tan en servicio de Dios no le regocije a usted de alma?

-¡En que la tal cosa tiene más de una cara, y en que usted sólo la ve por la más reluciente...! -dijo el ex-procurador resobándose las mal afeitadas barbas y temblando de ira hasta por las ventanillas de la nariz.

En esto se acercó hasta la puerta del salón y gritó con voz descompasada y rugiente:

-¡Celsa!

Y Celsa apareció en seguida, ahumada, sucia y medio descalza. Se cruzó de brazos al entrar en el viejo páramo; se arrimó a la pared, cerca de la puerta, y desde allí saludó con un gruñido y un gesto diabólico al ama del cura, que respondió en idéntico lenguaje. Colocóse Bastián entre las dos mujeres; y don Sotero, después de medir tres o cuatro veces con agitados pasos lo largo de la sala en medio del mayor silencio, dijo al ama del cura:

-Repita usted, en las menos palabras que pueda, lo que acaba de contarme a mí.

Obedeció la buena mujer, muy descorazonada con el fatal éxito que había alcanzado su noticia, y cuando hubo concluido, dijo don Sotero con la mayor solemnidad:

-Público y notorio es en Valdecines que en vida de doña Marta Rubárcenas fue ese hombre, que había logrado trastornar a Águeda la cabeza, despedido de aquella casa por hereje.

-Verdad es que así se ha dicho -murmuró Celsa.

-Algo he oído de eso -añadió el ama del cura.

-Pues yo ni pizca -balbuceó Bastián.

-Muerta doña Marta -prosiguió don Sotero, taladrando a su sobrino con una mirada-, ese hereje volvió a entrar en la casa... ¡Señal de que le abrieron las puertas manos que debían continuar cerrándoselas! De buena o de mala gana se le ha hecho saber que no puede lograr sus propósitos mientras no se lave las manchas de sus herejías; y hete aquí que el muy sinvergüenza acude al cura de Valdecines haciendo la pamema de que se convierte para casarse con Águeda y llegar a ser dueño de uno de los primeros caudales de la provincia.

-¡Válgame Dios, qué picardía!

-¡Si parece imposible!

-Tengo pruebas irrecusables de que es la pura verdad -exclamó don Sotero con el mayor aplomo; luego añadió-: Ahora bien; Águeda es una joven sin experiencia y, quizá, quizá, enamorada: él es un lagarto madrileño, con todos los ardides y fingimientos de los de su calaña. El resultado se toca y se palpa: esa infeliz, si la criminal farsa continúa, se verá un día cogida, como la mosca en la tela traidora. Yo, como hombre honrado y temeroso de Dios en primer lugar, y en segundo, como encargado por la difunta santa mujer de velar a todo trance por la salvación de las almas y de los intereses mundanos de sus hijas, estoy en el deber imprescindible de oponerme a los criminales intentos de ese miserable... ¡Miserable, sí! Porque habéis de saber que, además de impío, tiene contraídos grandes méritos para estar arrastrando un grillete en el presidio de Ceuta...

-¡Santa Bárbara bendita!

-¡Quién lo creyera!

-¡Esa es más gorda...! ¡Dios!

-¡En Ceuta, sí! -continuó el piadosísimo varón-. En Ceuta dije, y no me arrepiento. Hace un año le persiguió la policía por una estafa que había cometido en Madrid, asociado a otro como él. Por buena compostura se echó tierra al asunto pagando los seis mil duros que importaba la cantidad robada. Las pruebas de este crimen las tengo yo en mi poder; porque... hay que decirlo todo, aunque mi cristiana humildad se rebele contra ello: yo fui quien le dio ese dinero para librarle del presidio... ¡Bendito sea Dios que me puso en ocasión de ejercer, con ese vil y despreciable metal, uno de los más grandes actos de caridad!

Mientras decía esto y caminaba con los ojos en blanco, y las manos alzadas al cielo, hacia su alcoba, los oyentes estaban consternados, y al ama del cura se le caían las lágrimas pensando en el acto generoso de don Sotero.

El cual apareció a poco rato con un papel en la mano.

-Para que veáis que no exagero -dijo-, aquí está el recibo que me dejó, comprometiéndose a pagarme... ¡cuando herede a su padre! ¿Habéis visto escarnio mayor de los santos vínculos de la familia y hasta de los sentimientos del corazón humano?

Sabía leer el ama del cura y se llenó el cuerpo de cruces cuando pasó la vista por aquel documento, que también ojeó Bastián, y palpó Celsa por no conocer la O.

-Ya lo veis -prosiguió el humildísimo don Sotero, guardándose en el bolsillo de su chaquetón el papelejo-. El crimen no puede estar más comprobado. ¿Cómo no había de saberme a hieles la noticia de la conversión de ese tunante? Todos los que me escucháis tenéis una conciencia y sois cristianos como yo; es preciso que me ayudéis a desenmascarar al impostor para librar de su yugo abominable a esa honrada familia, tan querida de mi corazón; ¡es indispensable hasta que el pueblo le apedree si persiste en sus criminales intentos!...

-¿Y qué hay que hacer para eso? -preguntó el ama del cura, tan llena de buena voluntad como vacía de malicias.

-Una cosa muy sencilla -respondió don Sotero-. Desde este instante, usted y cada uno de nosotros debemos ocuparnos en divulgar lo que yo he referido..., pero sin descubrirme a mí..., ¡mucho cuidado con esto! ¡Que corran las noticias como si el viento las llevara, y que no quede cocina en el pueblo donde no entren antes de la noche!... Por lo que respecta a la interesada y al señor cura, queda de mi cargo instruirlos en tiempo y modo convenientes. ¡Que no sepan por nosotros ni una palabra siquiera, o la buena obra se desgraciara, en flor! ¿Me entendéis? ¡Guerra a muerte al impío, al sacrílego impostor! ¡Os la impongo como un deber de conciencia! ¡Guerra sin cuartel! ¡Guerra hasta el exterminio!

Y no dijo más el santo apóstol; pero con un ademán muy expresivo, dejó limpia de gente la sala, como si la hubiera barrido con una escoba.

No por la gravedad que a sus ojos revestía este incidente, olvidó el que tanto le preocupaba cuando llegó el ama del cura; antes le prestó mayor atención todavía que al principio, porque, en su concepto, se enlazaban en gran manera los dos. Así es que llamó a Bastián a la sala, y con parecido preámbulo al que conocemos, le dio el recado que entonces no pudo darle.

Salió Bastián a la carrera; y don Sotero se encerró en su alcoba, con el gorro sobre el cogote, crispados sus pocos pelos descubiertos, reluciente el cuero bruñido de su faz, y saltándosele de las órbitas los ojos sanguinolentos.

Dos horas después, la biografía del pobre Fernando, hecha sobre los apuntes que conocemos, andaba de boca en boca, corría todas las del lugar y, a medida que se propagaba, iba adquiriendo nuevos y más peregrinos rasgos.

Cuando el runrún llegó a la botica y cayó sobre él la bocaza del maestro, el hijo del doctor Peñarrubia era ya un indultado de presidio, en el cual estuvo nueve meses por robo y envenenamiento.

Aquella noche no hubo palos allí, porque el pedagogo era un cobardón, y a don Lesmes le agarró el bastón el boticario, saltando sobre la mesa cuando el cirujano le enarbolaba para cascar las liendres al deslenguado.


De tal palo, tal astilla de José María de Pereda

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