De tal palo, tal astilla:23

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De tal palo, tal astilla
Capítulo XXIII: La moral de aquel caso

de José María de Pereda


No es fácil cosa describir el cuadro de ideas encerrado en la mente de Águeda mientras fue desde su casa a la de don Sotero. Había en él sombras y contornos terribles; esbozos de colosales figuras; tintas indecisas y vagas; confusión, desorden, ruidos extraños que la aturdían y amedrentaban; pero ni una sola concepción detallada y en reposo en qué fijar la atención y dar rumbo al pensamiento. En tal estado de aturdimiento entró en el viejo caserón y llegó, conducida por el atento y comedido mayordomo, a la alcoba en que la hallamos encerrada cuando el tío y el sobrino hablaban de ella, según queda puntualizado más atrás.

Agarrada con ansia a su mano, y medio envuelta entre los pliegues de su vestido, la acompañó Pilar, mirando horrorizada cuanto había que ver en la vetusta guarida de aquel hombre que se llevaba a las dos huérfanas, como si fuera amo y señor de ellas y no su servidor asalariado. Jurara la pobre niña, cuando llegó al estragal y fue subiendo la derrengada escalera, y atravesó el tortuoso y oscuro pasadizo, y luego el desamparado salón, y por último, se vio encerrada en la alcoba, que todo aquello que le sucedía era la realidad de una pesadilla que más de una vez le había atormentado durmiendo. Era frecuente en ella soñar con casas muy grandes, muy viejas y muy solas, llenas de rendijas y de lamparones, con los techos negros ahumados y cubiertos de telarañas, en las que se bamboleaban, cabeza abajo y mirándola con ojos de basilisco, enormes murciélagos; los suelos, medio devorados por la polilla, inundados de ratones, que corrían por todas partes sin hacer ruido; cuartos entreabiertos y oscuros como la noche; desvanes sin fin atestados de muebles viejos muy raros y con las patas hacia arriba, figurando ladrones y difuntos y almas en pena; y por último, allá en el fondo de todo este conjunto de cosas espantables, un hombre, como don Sotero, andando siempre, y sin llegar nunca, hacia la pobre niña, que ya se daba por muerta y comida de ratas y culebrones..., hasta que el exceso del espanto que sentía la despertaba. Pues casi todo esto que tantas veces había soñado, tenía entonces en realidad y verdad delante de los ojos; ni siquiera faltaba el hombre negro y gordo; no mudo, silencioso y a lo lejos, como en la pesadilla, sino a media vara de distancia, con voz que se oía y pies que sonaban al andar, y una intención que sólo Dios podía penetrar en aquel instante.

Y eso que ni el mismo lector que la vio días atrás, conociera la casa de don Sotero cuando las huérfanas entraron en ella. Estaban las paredes de la alcoba y las de la sala recién blanqueadas; tan recientemente, que aún se veían en el suelo y en las puertas los regueros de la lechada, y se olía la cal húmeda, como si acabara Bastián de extenderla con la escoba; y las mayores aberturas del tillado estaban medio tapadas con listones en bruto, sí, pero bien afirmadas con clavos trabaderos; se había barrido la alcoba y sacado de ella el arcón viejo; la mesa no tenía encima más que el tapete y la palmatoria; en la cama había almohadas con funda limpia y una colcha en buen uso y por último, arrimadas a la pared, hasta dos sillas útiles.

-Están ustedes en su casa -dijo don Sotero en cuanto introdujo en la alcoba a las dos aturdidas huérfanas-. No es un palacio, como el que merecen los ilustres huéspedes que la honran; pero hay lo necesario en ella, y sobre todo, una voluntad sin límites para complacer a ustedes en este humildísimo y reconocido servidor.

Águeda y Pilar, sin oír a don Sotero ni fijarse en los pormenores del cuarto, se sentaron maquinalmente en las dos sillas.

-No he puesto -prosiguió el santo hombre- más que una cama, porque supuse que ustedes querrían estar juntas el poco tiempo que yo tengo la honra de hospedarlas en mi casa... Sobre esta mesa hay cerillas y vela para cuando necesiten luz... En cuanto a comida, Celsa, mi ama de llaves, tiene orden de darles cuanto pidan y necesiten y a las horas que lo deseen... Con media voz que se le dé desde esta puerta, acudirá en un instante... No es un primor de belleza pero sí muy servicial y cariñosa... Por esta ventana entra, desde media tarde, un aire fresquísimo y sano; y asomándose a ella se descubren hermosas vistas... Excuso decir a ustedes que, como toda la casa, esta sala, tan espaciosa y desocupada, está a su disposición. Con la puerta del balcón entreabierta, es un hermoso paseo de verano... En aquella alcoba de enfrente duermo yo... No teman molestarme llamándome siempre que de mi utilidad necesiten... En fin, señoritas, repito que están ustedes en su propia casa; y añado que me creería venturosísimo y pagado con usura, en lo que al desinterés y noble objeto de esta mi determinación se refiere, si lograra yo infundirles un poquito más de confianza, siquiera hasta verlas risueñas y descuidadas, como quien llega al hogar de su mejor amigo después de verse fuera en grave riesgo de muerte.

En vano esperó don Sotero una sola palabra por respuesta a todas estas suyas, dichas casi con lágrimas en los ojos. Águeda parecía la estatua de la tristeza, y la inocente Pilar, la imagen del espanto.

-En vista de lo cual -añadió don Sotero, aludiendo sin duda al silencio de las huérfanas-, tengo el honor de despedirme de ustedes por ahora, para dar algunas disposiciones relativas a su mayor comodidad.

Hizo una profunda reverencia, y salió de la alcoba, dejando la puerta cerrada con el pestillo.

En cuanto las dos hermanas se quedaron solas, Pilar se abrazó a Águeda y le dijo llorando:

-¡Ay, Águeda, qué miedo tengo!... ¡Vámonos de aquí!

La joven recogió entonces sobre la cabeza el velo de su manto y dejó ver el hermoso rostro pálido desencajado. Besó a su hermana, abrazándola también estrechamente, y la respondió:

-Tranquilízate, hija mía, que nada malo puede sucedernos. Ya sabes a lo que hemos venido; y tengo la seguridad, porque Dios me la infunde, de que antes de pocas horas hemos de volver a nuestra casa... Para que se te hagan más breves, reza al Ángel de la Guarda, pídele de todo corazón que no te abandone un momento.

-¡Si ni siquiera me acuerdo de esa oración, Águeda, con el miedo que tengo!

-No importa; que con el corazón se reza, y no con las palabras. Inténtalo y verás cómo lo consigues.

Pilar, sin separarse de su hermana, cruzó sus blancas manecitas, y cerrando los ojos llorosos, por no ver lo que la rodeaba, comenzó a poner por obra el consejo de su hermana, entre suspiros de angustia y estremecimientos de espanto.

Águeda quiso rezar también, pero no pudo lograrlo ni con la intención. Tenía mucho más miedo que la niña, aunque lo disimulaba mejor, y no seguramente a los ratones ni a los fantasmas del otro mundo. Desde que se sentó en la silla que en aquel instante ocupaba, la confusión de sus pensamientos fue disipándose rápidamente. A los turbios celajes del crepúsculo sucedió la viva luz del día; y las montañas se perfilaron sobre el horizonte, y los cerros se alejaron de las montañas, y el valle no podía confundirse con el cerro. Cada cosa estaba ya en su sitio, con la forma, el color y el tamaño que debían tener. Había cesado la alucinación, y la realidad aparecía delante de los ojos de Águeda.

Ya no podía creer ésta que la exigencia de don Sotero de llevar a su casa a la inocente niña reconociese por motivo el que él había manifestado, estando para llegar de un momento a otro don Plácido, que nunca aprobaría un exceso de celo y de precaución semejante. Éste, aun creyendo a don Sotero tan escrupuloso como él se pintaba a sí propio, pero teniendo de él la idea que Águeda tenía y sabiendo los esfuerzos que había hecho para que el otro testamentario ignorase lo ocurrido, como lo sabía ella con entera evidencia, por declaración de Macabeo, ¿cómo dudar que en los ya realizados propósitos del aborrecido administrador había una intención oculta? Y ¿qué intención era ésta? Aquí se perdía Águeda en un montón de conjeturas y supuestos; pero temblaba de espanto, porque siendo evidente la intención, debía ser infernal cuando el siniestro personaje se atrevía, guiado por ella, a cometer un atropello que podía llegar a ser escándalo y motivo de una gravísima responsabilidad para él. La imaginación de Águeda, con la espuela de tales pensamientos, volaba de horror en horror; y para que ningún tormento le faltase, su conciencia le acusaba entonces de no haberse defendido bastante contra la osada decisión del hipócrita. ¿Por qué temió la amenaza de que acudiendo a la Justicia en demanda de amparo contra el atropello se pondría su buena fama en tela de juicio? ¿No había quedado ella sirviendo de madre a la inocente huérfana? ¿No era ésta la amenazada y perseguida? Y siéndolo, ¿podía Águeda creer que cumplía con sus estrechos deberes sólo con resolverse a correr el mismo peligro que su hermana? ¿No debe una buena madre sacrificar honra y vida por salvar a su hija de un grave riesgo? Y ¿qué había hecho ella, en suma, sino conducir por su propia mano la oveja a la guarida del lobo?

Esta idea la aterró como ninguna otra; y por un instante se halló resuelta a salir a todo trance de aquel calabozo horrible con su hermana; pero oyó toser a don Sotero y se sintió sin fuerzas para moverse de la silla.

Cuánto tiempo duraron estas meditaciones tumultuosas, cuando las abandonaba un momento para consolar a su hermana, que a ratos la abrazaba, presa del mayor desconsuelo, ni ella misma lo supo. Volvió a perder la noción clara y precisa de las cosas; y el tiempo, y Pilar, y don Sotero, y Fernando, y aquella casa y los peligros que en ella pudiera correr, confundiéronse en un nuevo montón de sombras impenetrables, que ofuscaron el horizonte de sus ideas y fueron poco a poco estrechándolas, hasta oprimirlas y asfixiarlas, como asfixian y oprimen los plúmbeos lazos de una horrenda pesadilla.

Comenzaba a anochecer cuando don Sotero pidió permiso, con los golpecitos de siempre y su dulzura acostumbrada, para entrar en la alcoba. Recorríala entonces Águeda con febril desasosiego, mientras Pilar miraba a la calle, maquinalmente, por una rendija de la ventana, cansada ya de llorar, de temer y hasta de preguntar sin obtener respuesta.

Entró el hombre, a una breve y nerviosa indicación de Águeda.

-Vengo -dijo, suave y humildemente- a tomar las órdenes que tengan ustedes a bien darme.

-Nada se nos ofrece -respondió Águeda volviéndole la espalda, mientras la niña corría hacia ella y se agarraba a los pliegues de su vestido.

-En ese caso -añadió don Sotero-, réstame sólo advertir a ustedes, para su gobierno, que mientras es hora de cenar, y siguiendo con ello mi vieja y piadosa costumbre, voy a la iglesia a rezar un poco. Celsa queda en casa para servirlas en cuanto se les ofrezca y cuidar de la puerta de la calle, cuya llave recogerá cuando yo salga. Dios nuestro Señor las acompañe a ustedes.

Dijo y salió, hecha la indispensable y acompasada reverencia. Se oyó el ruido de sus pasos alejándose, después la de la puerta principal, que rechinaba al moverse, y el de la llave al trancarla..., y después, ni el aleteo de un mosquito. El silencio y la oscuridad reinaron en la casa, como dueños y señores de ella en aquel instante. Pilar se hubiera vuelto loca de espanto, y Águeda poco menos, si alguna que otra vez no llegara a sus oídos el eco lejano de los cantares de la gente que se encaminaba a la hoguera, y el sonido armonioso de las campanas.

Sin estos rumores del mundo, donde había seres libres y contentos, las tristes prisioneras se hubieran creído sepultadas en las profundidades de un calabozo subterráneo.

Pilar recordó a su hermana que había fósforos sobre la mesa. Águeda, a tientas, dio con la caja y encendió la pringosa vela de sebo. Pero aquella luz sólo servía para hacer más patente a los ojos de las prisioneras el pavoroso cuadro de su prisión. Pilar, considerando que estaba expuesta a pasar allí toda la noche, volvió a llorar amarga y copiosamente; y Águeda conoció que había contado con fuerzas que no tenía cuando se resolvió en su casa a correr en la de don Sotero cuantos peligros pudieran amenazarla.

En esto vio la pililla colgada de la pared y la cruz que tenía pintada en medio.

-Aunque profanada -dijo a su hermana-, aquí hay una cruz; hinquémonos delante de ella y recemos para pedir a Dios fuerzas y amparo... Ven, hija mía, arrodíllate junto a mí; cabalmente es la hora en que rezamos todas las noches el rosario a la Virgen.

Y uniendo la acción a la palabra, puso a Pilar a su lado; y ambas, después de arrodillarse, comenzaron a rezar, delante Águeda y respondiendo la niña. Pero ésta en quien, por su edad, no penetraban las pesadumbres como en Águeda, trabajada, por tantos y tan nuevos sobresaltos, y cansada de llorar, respondiendo tarde y confusamente a su hermana, acabó por rendirse a los asaltos del sueño, que jamás se olvida de amparar a los niños con sus alas.

Cuando Águeda la vio plegarse sobre sus rodillas y abatir la rizosa cabecita, sentóse en el suelo y la acomodó en su regazo; y después de observar que estaba profundamente dormida, la cogió con sumo cuidado y, no sin dificultades, la tendió sobre la cama. Luego volvió a arrodillarse, y continuó rezando en silencio largo rato.

Entonces debía hallarse la hoguera en su grado máximo de bureo, a juzgar por el ruido que de hacia allá venía, y el silencio que reinaba en la vecindad y, sobre todo, en la casa.

Este era tan absoluto, que Águeda, cuando acabó de rezar, no se atrevió a moverse del sitio en que se hallaba. ¿A quién llamar? ¿Quién la defendería si en aquella espantosa soledad se veía amenazada de algún peligro? Y si no había peligro que temer, ¿por qué y para qué estaban ellas encerradas allí?

De pronto oyó ruido en el portal: después, en la cerradura; luego, el rechinar de la puerta.

-Será don Sotero -pensó tranquilizándose un poco-. Pero -se dijo en seguida temblando- don Sotero a estas horas y en tal ocasión, ¿no es el mayor enemigo que yo puedo temer? ¿De qué no será capaz ese hombre?

Pronto conoció que no era don Sotero quien subía dando golpes y haciendo mucho ruido en la escalera, como el que anda a tientas en camino extraño y escabroso.

-Será Bastián -pensó la joven-. Si es él, -¡cómo vendrá, Dios mío!

Además de los golpes, se oían interjecciones y bramidos. Águeda tiritaba de miedo. Los bramidos y los golpes iban acercándose a la sala poco a poco. ¡Y don Sotero no había vuelto todavía, y a Celsa no se le oía en casa! ¿Qué horrible conjunto de casualidades era aquél?

Las pisadas, los carraspeos y los bufidos llegaron a oírse junto a la puerta de la alcoba. Águeda se abalanzó a ella y quiso trancarla; pero no tenía llave la cerradura: intentó afirmar el pestillo y no vio a su alcance con qué. Ocurriósele amarrarle con el pañuelo al tosco retenedor, y así lo hizo con cuanta fuerza halló en sus trémulas manos. Hubo en la sala unos instantes de silencio. Águeda aprovechó aquella tregua para entreabrir la ventana que daba a la calle. Pilar, en tanto dormía profundamente. Volvieron a oírse rugidos e interjecciones, y la puerta de la alcoba fue violentamente sacudida. Águeda creyó en aquel instante que se convertía en escarcha toda la sangre de sus venas. Pilar despertó con el ruido, y al ver el espanto de su hermana, se arrojó del lecho y se abrazó a ella.

-¡Silencio, por Dios! -la dijo Águeda al oído mientras la estrechaba contra su corazón.

-Pero ¿qué es?... ¿qué pasa? -preguntaba muy bajito la pobre niña.

-Nada, hija mía... Nada de particular... Creí haber oído...

Otra sacudida más fuerte que la anterior dada a la puerta, dejó sin voz a Águeda y aterrada a la niña. Ésta creyó oír al mismo tiempo ruido en el corral. Díjoselo a su hermana que, al oírlo se lanzó a la ventana y gritó con todas sus fuerzas:

-¡Socorro!...

A este grito, las sacudidas de la puerta de la alcoba redoblaron; pero el pestillo no cedió. Confiada Águeda en esta defensa, volvió a asomarse a la ventana, y de nuevo pidió socorro. Entonces se oyeron fuertes golpes a la puerta de la calle. Lejos de amedrentarse con ello el que pugnaba por entrar en la alcoba, insistió con más bríos, y Águeda temió que el pestillo cediera o que la puerta saltara hecha astillas. Apretó más los nudos del pañuelo y permaneció sujetándola con las pocas fuerzas que le quedaban. Pilar, sin voz y medio accidentada, seguía todos estos movimientos con ojos de espanto. La resistencia de la prisionera parecía enfurecer al hombre de la sala. Crujían a sus golpes los inseguros entrepaños, y a cada golpe acompañaban amenazas y blasfemias.

A veces, las embestidas eran con todo el cuerpo, y entonces temblaba hasta el tabique y el retenedor del pestillo se removía. El nudo de la torcida batista iba a ser inútil. Cuando Águeda cayó en ello, perdió las pocas fuerzas que le prestaba su desesperación.

-¡Virgen María -exclamó lívida de espanto-, tu piedad me ampare, que yo no puedo más!

Se abrazó a su hermana, y las dos se acurrucaron entre los pies de la cama y la puerta. Tembló ésta en aquel instante de arriba a abajo con sordo estruendo, como si hubiera caído sobre ella toda la casa; rechinó el roñoso hierro, saltó la hembrilla del marco hasta la pared frontera, y apareció en medio de la alcoba Bastián con las greñas sobre los ojos, éstos ensangrentados y centelleantes, la bocaza reseca, negros los labios y manchada de vino y sudor la arrugada pechera de su camisa.

Al ver aquella horrible aparición, Águeda y Pilar lanzaron un grito, grito para el que no hay lugar en la escala de los imaginables sonidos, y sólo cabe en la garganta de quien muere cosido a puñaladas.

Tomóle Bastián por norte de su rumbo, porque al abrirse la puerta quedaron medio ocultas a sus ojos las dos hermanas; y embravecido por la no esperada resistencia que hizo acrecentar sus bestiales deseos, atrevióse a poner sus groseras manazas sobre el talle virginal de Águeda. Mas no bien lo hubo hecho, dos tremendos bofetones le tendieron de espaldas en el suelo y dos brazos de hierro le sujetaron por la garganta en aquella postura.

-¡Macabeo! -gritaron a una voz Águeda y Pilar, abrazándose a las rodillas del bravo espolique.

En el paroxismo de su terror, no le habían visto entrar en la alcoba por la ventana. Verdad que el abrirse ésta y el saltar el hombre dentro, y el llegar hasta ellas fue obra de dos segundos.

-¡Daca la entraña, tuno!... ¡Daca la vida, perro! -decía Macabeo a Bastián, mientras le tendía y le sujetaba.

-¡La Virgen te envía en nuestro socorro! -exclamaba Águeda en el colmo del regocijo.

-Bien podrá ser, señorita -respondió Macabeo sin soltar a Bastián- pero algo hay que agradecer también al breval de la esquina, por onde subí al tejado de Antón Roderas..., porque el pasar de éste al de Sico Ñules y luego al balcón, no tiene cencia maldita.

En esto se oyó una voz en el portal, que llamaba a Macabeo.

-¡Sin novedá, caráspitis! -respondió éste a gritos-. Y aguántese un credo, que allá vamos todos.

-¿Quién te llama, Macabeo? -preguntó Águeda anhelosa.

-Pues ¿quién ha de ser -respondió Macabeo-, sino el mismo señor don Plácido en cuerpo y alma, que nos espera abajo?

-¡Dios mío! -exclamó Águeda cruzando las manos-. ¡Y yo que me creía sola y abandonada del cielo y de los hombres!

Y mientras corría hacia la ventana, y Pilar la seguía saltando de gozo y llamando a su tío, y ambas pretendían bajar a reunirse con él sin saber por dónde, Bastián, en un momento en que el dogal opresor de su garganta aflojó un poco:

-¡Que me ahogas, Dios! -dijo balbuciente a Macabeo.

-¿Onde está la llave de la puerta, bribón?

-Puesta la dejé al subir, Macabeo... ¡Mira que yo no me acordaba de esto!... Él me metió en el cantar... ¡Dios! Por su consejo me emborraché... ¡Brrrrrfff!... ¡Entre tus manos debiera verse ahora, y no yo!

-¿De quién hablas, animal?

-De ese hombre, ¡Dios!

-¿Quién es ese hombre?... ¡Dilo o acabo de ahogarte!

-¡Mi tío, Macabeo!

-¡Me lo temí, caráspitis!

Águeda, que había oído estas palabras de Bastián, se acercó a Macabeo y le dijo asaltada nuevamente de los horribles temores:

-¡Vámonos!... Salgamos inmediatamente de aquí... y perdona a ese desgraciado, como yo le perdono.

-Le dejo -respondió Macabeo soltando a Bastián- porque usté me lo manda, y porque ya ha dicho cuanto yo deseaba saber.

Se quedó un momento observando al muchachón, y al ver que se hallaba muy a gusto en aquella postura, libre de las ligaduras que antes le oprimían, cogió la vela que ardía sobre la mesa y dijo a las jóvenes que se habían arrimado a él, llenas de miedo al saber que don Sotero había sido el instigador de Bastián:

-Nada tienen ustedes que temer ya de los hombres; síganme, si les parece bien, y salgamos de esta cueva. Yo me encargo del lobo, si le topáramos escondido en dáque rendija.

Afortunadamente, no hubo necesidad de que Macabeo esgrimiera el garrote que sólo había soltado de la mano para derribar a Bastián. Las dos prisioneras salieron de la horrible cárcel sin nuevo percance, aunque con mucho miedo, y hallaron en el portal al bueno de don Plácido que, por de pronto, las recibió entre sus brazos y en seguida las condujo a casa, llevando a la niña de la mano y dando el otro brazo a Águeda, mientras Macabeo, después de estrellar la vela contra el poste del portal, iba cubriendo la retirada de los tres, con harto sentimiento por no haber hallado a don Sotero en las encrucijadas del caserón.

Entonces llegaban a la corralada los primeros vecinos de ella, que volvían de la hoguera. El atentado de Bastián no produjo el escándalo imaginado por don Sotero.


De tal palo, tal astilla de José María de Pereda

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