De tal palo, tal astilla:27

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De tal palo, tal astilla
Capítulo XXVII: Lo que encubrió la noche

de José María de Pereda


Muchas horas después de este suceso, Fernando se paseaba en el cuarto de estudio de su padre. Revelaba tranquilidad, aunque era ésta muy semejante a la que tienen en sus comienzos algunas tempestades de verano: ni un soplo de aire, ni el ruido de una mosca, la quietud y el silencio reinan en la naturaleza; pero hay celajes siniestros, tintas en el horizonte que parecen manojos de centellas, aire que asfixia, monstruos que la fantasía dibuja en los plúmbeos nubarrones... Nada sucede en aquel instante; pero toda conflagración es posible al menor choque entre los aletargados elementos.

A la luz que alumbraba la estancia, el doctor leía, o aparentaba leer; porque es lo cierto que más atentos estaban sus ojos al ir y venir de Fernando, que a las páginas del libro: siendo muy de notar que no había tanta alarma como curiosidad en las miradas furtivas del viejo Peñarrubia.

Había visto por la mañana llegar a casa a su hijo en el estado de exaltación en que nosotros le vimos salir de Valdecines; y había logrado, a fuerza de fuerzas y al cabo de muchas horas, reducirle a la calma y a la reflexión. Entonces hablaron. La conversación era la válvula por donde el doctor se proponía desahogar aquel pecho y aquel cerebro henchidos de tumultos. Supo que no era Águeda la causa de ellos; pero no supo la verdad entera, que Fernando cuidó de ocultarle por no afligirle más.

-Pues ahora me toca a mí -dijo el doctor cuando halló a su hijo dócil a sus reflexiones-. Voy a Valdecines.

-¡Guárdate de ello! -respondió Fernando.

-¿No quedó así convenido entre nosotros? -le preguntó el doctor con extrañeza.

-Sí; pero el nuevo giro que han tomado los sucesos hacen hoy inútil y hasta peligroso para mí ese paso... Dale mañana...

-¿Estás seguro de que mañana no me dirás lo mismo que hoy?

-¡Te juro -dijo Fernando- que no me opondré mañana a ninguno de tus deseos!

-Enhorabuena -repuso el doctor-. Y como en garantía de la sinceridad de tu promesa, acompáñame al jardín. A los dos nos conviene ahora un poco de trato íntimo con la madre Naturaleza.

Salieron juntos, y aún hubiera jurado el padre que su amago de chanza había obtenido otro amago de sonrisa de los labios de su hijo.

Hasta la hora muy avanzada de la noche en que volvemos a hallarlos reunidos, no tuvo a los ojos del doctor el menor retroceso el alivio moral de Fernando. De aquí su relativa tranquilidad cuando nosotros hemos comparado la del enfermo a la que precede a las grandes explosiones de la Naturaleza.

-¿Supongo -dijo Fernando, deteniéndose en una de sus vueltas y en tono medio de chanza- que no te habrás propuesto que pasemos la noche de esta manera?

-Hombre, no -respondió el doctor con la mayor naturalidad-. Pero estaba tan entretenido en la lectura, y te creía tan bien hallado con esos higiénicos paseos...

-Pues si te parece -añadió Fernando-, nos recogemos. Siento que me ronda el sueño, y quisiera escribir unas cartas antes de acostarme.

-Nada más acertado, hijo mío, que esa determinación. El sueño es el bálsamo que cura todas las llagas del espíritu. Vamos a descansar.

-¡Descansemos, pues..., que ya es hora! -dijo Fernando, y pagó el abrazo que le dio su padre con otro tan fuerte y detenido, que éste, al salir suspirando de aquellas apreturas, exclamó, como en los mejores tiempos de sus bromas:

-¡Cáspita, qué fuerzas te ha dado el ejercicio de esta noche!

Respondió Fernando con triste sonrisa; salieron juntos padre e hijo de la estancia, y momentos después cada cual se encerraba en su respectivo dormitorio.

Al cabo de una hora abrió el suyo cautelosamente el doctor, y observó desde lejos que del de Fernando salía luz por las rendijas de la puerta; se acercó a ella, y oyó hasta el suave chasqueo de la pluma sobre el papel.

Volvióse tranquilamente a su cuarto. Antes de acostarse salió otra vez de él para observar el de su hijo. Éste había apagado la luz. Entonces se acostó el médico y apagó también la suya.

-¡Se da a partido! -decía para sí-. ¡Pobre muchacho! Que logre él dominar esos arrebatos peligrosos, como los de esta mañana... y lo demás corre de mi cuenta.

Momentos después dormía, y hasta roncaba, el buen doctor Peñarrubia.

Entre tanto, su hijo, de codos sobre el alféizar de la ventana de su cuarto, paseaba la vista errabunda y anhelosa por el inmenso desierto del espacio, donde brillaban las constelaciones como vivos y eternos testimonios de la grandeza y del poder de Dios. Hundíase la tierra en un abismo de sombras y de misterios, y recortábase la línea de sus montañas en el azul confuso del horizonte. A menudo se pasaba el joven la mano por la ardorosa frente; frotábase los ojos como si intentara apartar de ellos desagradables visiones, y volvía a pasearlos desde la inmensidad del firmamento hasta la negra pequeñez del agujero en que él, mísero gusano, se retorcía atormentado y expirante.

-¡Si hubiera infierno -pensaba-, y en él un demonio mil veces más astuto y maléfico que el inventado por el místico fanatismo, no fuera capaz de disponer las cosas en mi daño con tan ingenioso artificio como las ha dispuesto mi negra desventura!... ¡Todo lo había arriesgado ya en este trance! ¡Todo lo sacrificaba, porque era mío!... A este precio adquirí una esperanza, aunque remota. Lancéme con ella a lidiar de nuevo en esta horrible batalla, y se atraviesa en mi camino el único obstáculo que podía detenerme: mi honra; es decir, mi fe, mi religión..., lo que no es mío, sino del mundo que me ve y me juzga. O pisarla o morir. Morir, sí; porque morir es retroceder en esa senda, ¡la única que existe para llegar a lo que había de darme la vida!... Y retrocedí... es decir, decreté mi propia muerte... ¡Vivir sin Águeda!... ¡Intentarlo siquiera!... ¡Qué locura! ¡Desde que se ha hecho imposible para mí, raya en idolatría la fe con que la adoro! Mil vidas que yo tuviera me parecerían poco para sacrificarlas en este singular conflicto. Y entretanto, mis penas son su martirio, y mi muerte acarreará la suya... y yo, que sé todo esto, no puedo detenerme un punto en la pendiente en que me hallo. ¿Habrá suplicio que se iguale a este suplicio?

¡Calumnia! La lengua que la produce y la arroja a la voracidad de las muchedumbres, ¿por qué no se gangrena en la boca del infame y se ve arrastrada en jirones por inmundas bestias? ¿Cómo el veneno que destila y da la muerte no mata al calumniador? ¡Víboras humanas! ¿Quién puede calcular el alcance de vuestra ponzoña? Esos pobres campesinos, inficionados de ella, vanla propagando sin saber el daño que causan; antes creen que obran como los buenos, porque desenmascaran al impostor. Pero la calumnia llamará a las puertas de Águeda y aunque ella no se las abra, algo quedará allí como el hedor de la peste, que corrompa un día su corazón; mala semilla que llegue a dar siquiera frutos de sospechas. Y si tal ocurriera, ¿qué sería de mí entonces? Y sólo con el temor de que pueda suceder, ¿quién que se llame honrado no retrocede como yo? Y retrocediendo, ¿por qué otro camino la busco, si todos van a parar a ese que me está vedado?... ¡Me empujan los huracanes y estoy cercado de abismos, y aun discurro y pienso en que he vivido! ¡Qué necedad!

Alzó otra vez la cabeza y volvió a clavar los anhelantes ojos en la bóveda celeste.

-¡Allí -se dijo con burlona sonrisa-, allí dicen que está, detrás de esa ilusoria techumbre, el sostén de los débiles, el consuelo de los atribulados..., el supremo Juez de la conciencia humana, el árbitro Señor de vidas y almas..., la caridad..., la misericordia!... ¡Y yo, su hechura y su imagen, perezco aquí abajo, mofa y escarnio de la desdicha; y esa fuerza no me ayuda, y esa misericordia no me alcanza!... ¿Por qué? Porque no se baña mi espíritu en los resplandores de una luz fantástica que no llega nunca a los ojos de mi razón... ¡Mentira! -añadió con sacrílega soberbia-. ¡Cuanto veo y toco es fuerza que agita y mueve a la materia: materia agitada y movida por la fuerza! Una ley incontrastable y eterna rige y gobierna a la Naturaleza, y lo inmutable y perpetuo de esa ley excluye lo sobrenatural!... Giran esos astros, porque la fuerza les da movimiento; la fuerza fecunda la materia y produce toda generación y toda destrucción. De la nada no se crea nada. Nada se crea, ni nada se pierde. Todo se transforma y todo es movimiento eterno y continuo. El átomo busca al átomo, y el polvo al polvo. Todo está sujeto a la evolución; y la conciencia humana no es más que el término de esa evolución misma... Y este pensamiento me abrasa la mente y me esclaviza al rigor de mis propias ideas, ¿qué es sino una excitación nerviosa, una secreción de mi cerebro? ¡El espíritu!, ¡fantasma de la razón sometido al dogma, grillete de la libertad de la conciencia... palabra vacía de sentido!... ¡Y la virtud y el vicio, el bien y el mal, cosas convencionales, dependientes del clima, del temperamento y de la educación!

Como en este hervor de conceptos hubiera más atrevimiento, más ira, más desesperación que convicciones, Fernando se sintió poseído de una agitación nerviosa, como si se hubiera empeñado en una disputa ardiente y apasionada. Tuvo necesidad de dar reposo a su espíritu, y volvió a apoyar su cabeza entre las manos. Momentos después tornó a su tema, y el delirio le dio bríos para elevar su desquiciada mente a lo más alto. Asustábale algo que en aquel supremo instante sentía sin entenderlo ni penetrarlo, y quería apartarlo de su conciencia, como el ladrón arroja de su memoria, al cometer el crimen, el recuerdo del juez que puede castigarle.

-¡Dios! -continuó diciendo-. ¿Y qué es Dios sino el ideal, la forma que va tomando en cada edad histórica el contenido de la conciencia; el nombre que da la humanidad a lo que concibe como más grande y perfecto? ¿Quién podrá demostrarme que ese ideal concebido por la fantasía y acariciado por el sentimiento llegue a convertirse nunca en realidad?... ¡Sombras de la imaginación... visiones del fanatismo!... ¿por qué no os disipa la clara luz de la razón humana? ¿Por qué no alumbra hasta el fondo de ese misterio tenebroso?

Y el insensato, en lugar de aplicar esta declaración de su impotencia a aquel blasfemo atrevimiento de su locura y de su ignorancia, lanzóse más a ciegas en el foco de su falsa luz que le deslumbraba. Sintió crecer sus angustias, y exclamó, con una resolución digna de mejor causa, y como si acabara de resolver un gran problema:

-Sólo hay una cosa que no tiene fin, eterna e invariable: el dolor. ¿Quién sabe si él es la fuerza inconsciente, la voluntad ciega, que lo gobierna todo?... Pero es indudable que el reposo está en la muerte, en la aniquilación... Dormir en los brazos de la madre Naturaleza es el apetecible término de la lucha de la vida... ¡Caiga de mis hombros esta pesada carga que me agobia y descansemos de una vez!

Retiróse de la ventana, trémulo por la agitación de sus ideas, y pocos minutos después era una sombra que se movía entre la oscuridad del jardín; y luego en la relativa claridad del camino que iba a unirse al de la hoz, un gusanillo más que se arrastraba sobre la costra de la tierra.


De tal palo, tal astilla de José María de Pereda

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