De tal palo, tal astilla:28

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De tal palo, tal astilla
Capítulo XXVIII: Lo que descubrió el día

de José María de Pereda


Y aconteció que al amanecer el siguiente, un hombre de Valdecines que tenía negocios en Perojales, entró cantando en la hoz. Cantando seguía sin cerrar la boca, y mirando tan pronto al río como a las peñas de lo alto, cuando cátate que, hallándose junto al asomo más descarado del sendero que llevaba, fáltanle de repente la voz y movimiento, y quédase con los ojos tan abiertos como la boca, y hasta se le muda el color y se le encrespa la greña debajo del sombrero.

-¡Mil demonios -se dijo cuando el espanto le dejó libre el uso del entendimiento-, si aquello no es tan persona humana como yo mesmo!

Y en esto retiraba el cuerpo hacia la montaña y avanzaba la cabeza sobre el abismo.

-Dígote que no marra, ¡carafles!... ¡Que lo es!... ¡Vaya si lo es! Aquello es pata, como la pata mía... y la otra también; y el cuerpo, cuerpo de veras... con su brazo por acá... y su brazo por allá... el matorral le tapa la cabeza... ¡Y el ropaje es bueno si los hay, o yo no veo pizca desde aquí!... Y el hombre no mueve ni pie ni mano... ¡Qué ha de mover, carafles, si quedaría redondo!... Porque, a mi cuenta, se despeñó anoche por aquí abajo.

Miró a sus pies, y vio al borde del precipicio césped resobado y arbustos rotos.

-¿No lo dije? -pensó estremecido el buen hombre-. Por aquí se esborregó el venturao... ¡El Señor le cogiera en gracia!... ¿Y qué hago yo en esto? ¿Paso o no paso?... ¡Que pase mi abuela!

Dijo y se volvió a Valdecines, pálido, aturdido y jadeante. Su primer intento fue dar parte a la Justicia; pero a la Justicia se la teme de lumbre en tales casos: «A buena cuenta -pensó-, me echará mano, por si he tenido yo la culpa; y después... ¡vaya usté a saber en qué para ello, teniendo yo, como tengo, cuatro terrones y un par de bestias!». Pero también si callaba y acertaba a saberse que él había vuelto al pueblo sin llegar a Perojales, y al mismo tiempo se descubría lo tapado, por boca más atrevida que la suya, ¿qué pensar de su silencio y de su espanto? Ocurriósele, en esto, una idea muy atinada; y fue la de referir el caso al señor cura, bajo el secreto de confesión. Y así lo hizo. El cura, después de enterarse de que el supuesto cadáver se hallaba en término de Valdecines, dio parte al alcalde; éste se le endosó al juez municipal; el juez municipal quiso endosárselo al juez de primera instancia, que residía a más de cuatro leguas de allí; acudióse al pedáneo también, so pretexto de que el caso se rozaba, hasta cierto punto, con el ramo de policía, orden y buen gobierno; el pedáneo puso el grito en las nubes y echó la farda a don Lesmes, como forense nato, por su cargo de facultativo titular de la municipalidad; don Lesmes alcanzó el cielo con las manos, y protestó contra el endoso por improcedente... En fin, que se puso en conmoción a todo el pueblo en menos de dos horas. Al cabo se acordó que fuera a levantar el cadáver el Ayuntamiento en masa, con su pedáneo y alguacil, el juez municipal y el cirujano titular don Lesmes; y lo acordado se llevó a efecto en aquella misma mañana.

Lleváronse a prevención cuerdas, hachas y azadones con la gente necesaria para manejarlos, por si había que labrar algún sendero en la montaña para bajar hasta el sitio en que se hallaba el muerto; y se prohibió a los particulares que acompañasen a la comitiva.

Partió ésta de Valdecines, entre la general curiosidad, y llegó al sitio indicado al cura por el descubridor del cadáver.

-¡Lo es! -dijo don Lesmes en cuanto se asomó al despeñadero.

-¡Lo es! -repitieron los circunstantes, asomados también al precipicio.

Y, en efecto, era un cadáver lo que había allá abajo, muy abajo, tendido sobre la angosta braña, poco más ancha que el cadáver mismo, entre el río y la montaña.

Se buscó una bajada posible aun para aquellos hombres avezados a los precipicios, y se halló en un recodo que mucho más arriba formaba la ladera. Estribando en los peñascos y agarrándose a los arbustos, fueron bajando uno a uno los señores de la Justicia y acompañantes. No fue cosa fácil ni placentera; pero al fin llegaron al temeroso lugar. Adelantóse don Lesmes por orden del alcalde. El cadáver estaba tendido boca abajo y con la cabeza oculta entre unas zarzas. El cirujano dispuso, a su vez, que se le diera vuelta. Hiciéronlo así dos hombres. Éstos, don Lesmes y la Justicia en masa, dieron un salto hacia atrás en cuanto el muerto apareció boca arriba. Todos conocían, cuando menos de vista, a Fernando, y todos conocieron su cadáver en aquel que estaban contemplando allí, no obstante las heridas y destrozos, que había en su cara.

-¡Se despeñó! -dijo el alcalde, medio atolondrado.

-No -respondió don Lesmes, pálido y conmovido-; si eso fuera tendría la tapa de los sesos hundida! pero miren ustedes que la tiene levantada... ¡Y harto será que no haya salido por ella lo que entró por este agujero que hay al ras del pasapán!

En esto, uno de los hombres, que reconocía el terreno y se fijaba mucho en los bardales aplastados de la ladera, entre el camino y el sitio en que se hallaba el muerto, encontró una pistola.

-¡Con esa debió ser! -dijo don Lesmes al verla.

-Pero entonces, ¿cómo estaba tan lejos del cadáver? -observó el alcalde.

-Porque..., porque no lo sé -repuso don Lesmes, cada vez más trémulo.

-Pues él debió de bajar rodando por aquí -dijo el que había hallado la pistola-. Estos ramajos quebrados y la sangre que hay en esta peña... ¡Como no se arrimara el tiro allá arriba, y bajaran después él y la pistola!

-Cuéntate que eso fue -replicó el alcalde.

-Si es que no lo hizo todo una mano alevosa -observó don Lesmes.

-Eso es lo que ha de averiguar la Justicia -replicó el alcalde-; y a buena cuenta, vamos a registrar al muerto, por si topamos con algún aquel de luz sobre el particular.

Registrósele en el acto, y se hallaron en sus bolsillos tres cartas: una «para la Justicia»; otra «para el doctor Peñarrubia», y otra «para la señorita Águeda Rubárcena».

El juez abrió la primera, que decía así:

«Declaro que me quito la vida por mi propia voluntad, y ruego a la Justicia que recoja mi cadáver, que haga llegar a sus respectivos destinos las dos cartas que hallará con ésta en mi bolsillo.-
Fernando Peñarrubia».


-Y la fecha es de ayer -añadió el juez-. Pues con esta declaración acabó la presente historia. Y bien mirado, más vale así.

Los circunstantes oyeron estupefactos la lectura del papel, y ni una palabra se oyó allí contra el desdichado a quien el día antes hubieran arrojado a pedradas de Valdecines.

Alguien, más en son de lástima que de vituperio, acertó a decir:

-Quien mal anda...

Pero no llegó a acabar el proverbio, pues el alcalde le atajó con estas expresiones:

-Esa es cuenta de Dios, que le ha juzgado ya... A nosotros no nos toca más que tenerle compasión, cumplir su última voluntad y darle sepultura. ¡Desventurado de él, que por su delito no puede recibirla sagrada!

Y no obstante, por un sentimiento de caridad, aquellos hombres rudos se descubrieron la cabeza, se hincaron de rodillas e imploraron, en fervorosa oración, la divina misericordia para el alma de aquel cuerpo manchado por el mayor de los crímenes.

-Falta -dijo luego el alcalde, hablando siempre en nombre del juez, no muy ducho en tales procedimientos- identificar la persona, vamos al decir, el cadáver.

Llamó al alguacil y al pedáneo.

-Tú -dijo primero-, vas a ir volando ahora mismo a Perojales. Entregarás esta carta a quien reza el sobre, y dirás a esa persona que se le espera aquí, para..., para los efectos consiguientes.

Hízose notar a la digna autoridad que era el golpe harto recio para dado sin advertencia ni contemplaciones.

-Cierto -respondió el alcalde-. Por dura que ese hombre tenga el alma, ha de llegarle muy adentro la noticia, y compasión me da de veras, aunque no la merezca; pero la justicia no debe tener entrañas y la ley es ley... y ya estás andando..., quiero decir de vuelta, porque aquí queda esperando la autoridad.

Y el alguacil, sin chistar echó a gatas por el sendero a cumplir lo mandado.

-Tú -dijo entonces el alcalde al pedáneo-, pica también monte arriba y no pares hasta Valdecines con esta carta, que entregarás en propia mano, con la finura y aquel del caso respective al genial y prosapia de la señora que ha de recibirla. Y ahora -añadió, volviéndose al juez, mientras el pedáneo tomaba el mismo sendero que el alguacil-, hay que escribir todo esto que está pasando y ha pasado, con el ítem más de la declaración del señor facultativo, en la solfa conveniente al resultante; pero como el caso pide buena pluma y mucho sosiego, se hará la diligencia y competente sumaria en la casa consistorial como si hubiera sido hecha de cuerpo presente, y procederemos en su hora al sotierre, que bien puede ser aquí, ya que está prohibido que sea en el camposanto..., si otra cosa no dispone el interesado que ha de reconocer al muerto...

Habrá notado el lector que el bueno de don Lesmes habló muy poco durante las narradas ceremonias. No hay que extrañarlo. Andaba el hombre tan sin tino ni serenidad, que a pique estuvo de desmayarse cuando se le dijo que había que proceder a la autopsia del cadáver. Disfrazó su natural repugnancia a semejantes carnicerías con el aserto de que le faltaba corazón para descuartizar al hijo de su muy querido amigo y condiscípulo el doctor Peñarrubia, y convínose en dar por cumplido este requisito en el expediente que había de formarse. Con lo cual se tranquilizó no poco, y hasta comenzó un discurso sobre lo innecesarias que eran esas «barbaridades» en la mayor parte de los casos en que se empleaban; y perorando estaba, mientras los hombres agregados a la justicia abrían una fosa cerca del muerto, cuando apareció en lo alto del camino de Perojales, a todo correr del caballo que montaba, el infeliz doctor Peñarrubia.

Enmudeció el cirujano a la vista de aquel horrible dolor en cuerpo y alma, y hasta los que más le aborrecían por impío se condolieron de él por padre sin ventura.

No quiero atormentar al lector con el relato de lo que allí pasó poco después. Si no desea ignorarlo, imagíneselo, cosa no difícil para él, pues conoce al padre, ha visto lo que queda y ¡cómo queda! del hijo, y es cristiano y tiene corazón y caridad.

Debo no obstante, y para ayudar a su imaginación, ofrecerle un dato importante. Cuando los criados del doctor le dijeron que habían hallado abiertas las puertas de la casa y la del corral, lanzóse el infeliz, en un movimiento instintivo de su amor, al cuarto de Fernando. Encontróle vacío, vio su cama intacta y se estremeció. Sin atreverse a oír lo que le decían sus propios pensamientos, mandó a sus sirvientes en busca de su hijo en varias direcciones, y él mismo tomó la de Valdecines, por juzgarla más llena de esperanzas.

En la hoz estaba ya, y muy adentro, cuando le encontró el alguacil que le llevaba la carta consabida. Detúvole, entregándoselo, sin miramientos ni precauciones; leyóla el otro, más con el corazón que con los ojos; pidió luego como deben pedir la muerte los que no pueden con la vida, ¡más noticias!, y el alguacil le refirió cuanto sabía, que no era poco. ¡Tan reciente era la que llevaba el doctor clavada en el pecho como un puñal de cien puntas, y tan inhumanamente se le había dado la puñalada! Ahora podrá ver el lector a su verdadera luz la escena que tuvo lugar poco después en el fondo del precipicio.


De tal palo, tal astilla de José María de Pereda

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