De tal palo, tal astilla:5

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Mientras el doctor se acercaba a su casa por el camino de la hoz, por el opuesto subía, con igual rumbo, otro viajero, también a caballo. Hubiéranse hallado frente a frente en lo alto de la meseta, pues casi a igual distancia de ella caminaban, si no lo hubiera impedido un grupo de árboles y malezas que ocultaron al doctor al acabarse el recuesto que iba subiendo poco a poco. Así es que cuando apareció en lo despejado, el otro, sin haberle visto, estaba apeándose en el patio del caserón o, como si dijéramos, dentro del rastrillo de la fortaleza. Era el tal viajero, gallardo mozo, ligeramente moreno, pálido, con el pelo, los ojos y el bigote negros como una endrina, y los dientes blancos como la porcelana; cabeza, en una palabra, de árabe de teatro, hasta con su desdeñosa melancolía. Vestía un elegante y cómodo traje de camino, y a la legua se echaba de ver que no eran las rústicas asperezas de Perojales las que producían tantos refinamientos y gallardía en una sola pieza.

Llegó el doctor en esto; y en cuanto le conoció, arrojóse del caballo que montaba, no sin que el joven le viera y se lanzara a su encuentro. Abrazáronse estrechamente.

-Pero ¿qué milagro es éste? -dijo al punto el mozo-. ¡Tú viajando!... ¡y a estas horas!

-De vuelta ya... ¿Qué te parece, Fernando? -respondió el doctor sin acabar de desprenderse de los brazos de su hijo, pues no era otro el recién llegado. Luego continuó-: ¿Y qué me dirás cuando sepas que anoche no he dormido en casa?

-¡Eso más, calaverón!

-¡Resabios, hijo de la mala vida pasada!... Pero ya trataremos de esto. Por de pronto, subamos y hablemos, si es que acierto, pues te aseguro que desde que te marchaste, siete meses ha, no he cambiado hasta anoche diez palabras con el género humano, en el supuesto de que no pertenece a él ni mi epicena servidumbre.

Subieron asidos del brazo padre e hijo, como dos alegres camaradas; entraron en la sala de estudio del doctor, único punto de la casa en que éste se hallaba completamente a gusto, por lo cual había reunido en él lo mejor y más útil de las casas de abolengo, y mucho procedente de su casa de Madrid. Quiero decir que abundaban allí los tallados sillones de vaqueta en estrecha amistad con las muelles butacas de tapicería, los cuadros vetustos de familia, interpolados con las flamantes acuarelas, las cornucopias tradicionales, reflejando mal en las empañadas lunas los étagères de caoba y las ménsulas pulidas sosteniendo bustos de sabios de hogaño; y así lo demás. Ocupa la bien provista librería uno de los lienzos de la sala, que era muy espaciosa; y en el centro de ésta había una ancha mesa sobrecargada de libros, periódicos, revistas y papeles de todas clases. En medio de aquel desorden estudiaba y escribía el doctor, y en otra mesita contigua se desayunaba cada día, y muy de continuo comía y cenaba. En invierno, porque la habitación, cuyo suelo cubría una alfombra, estaba muy abrigada; en verano, porque desde sus balcones se descubría un hermoso panorama, y porque era muy fresca con las puertas abiertas a los dos vientos a que correspondían sus fachadas.

Antes de sentarse, dijo a Fernando su padre:

-Supongo que no te habrás desayunado.

-Muy bien supuesto -contestó Fernando-, porque reservaba el hambre para quitarla en tu compañía.

-Delicada fineza, a la cual correspondo almorzando hoy dos veces. Arrastro una indigestión por ti. ¡Mira si te quiero!

Llamó el doctor, y pidió el almuerzo de costumbre para los dos. Sentáronse padre e hijo, y éste dijo al primero:

-A lo que parece, te han tratado bien anoche.

-A cuerpo de rey, hijo. ¡No lo hubiera creído a no verlo!

-¿Por qué?

-Por la fama que tengo en el país..., digo, que tenemos. En virtud de esa fama, lo procedente era darme solimán, y servido con pala, desde lejos.

-¡Qué exageración!

-¿Lo crees así?

-Y lo pruebo con tu mismo testimonio: te han tratado a cuerpo de rey.

-Es que me necesitaban; y además, hay criterios y criterios.

-¿Sabes que estás excitando en alto grado mi curiosidad?

-¿Sí? Pues castigo tu pecado reservando la historia para después. Ahora, hijo mío, hablemos de ti... y de mí..., de nosotros, ¿entiendes?, de nosotros, ¡de lo único que me interesa en el mundo! Quédense sus miserias y sus pompas para las almas piadosas y las cabezas vacías... y, por de pronto, señor doctor, venga esa mano a estrechar la que te ofrece este viejo colega jubilado.

-La mano es poco -dijo Fernando levantándose y siguiendo el humor de su padre-; los brazos quiero, no del colega, sino del sabio maestro a quien respeto y admiro.

-¡Adulador! -respondió Peñarrubia, estrechando contra su pecho al joven-. Esa lisonja te honra; pero al cabo, no pasa de lisonja.

-¡Remilgos, y a tus años! ¿Ahora te da por hacerte el pequeñito?

-O por no consentir en que te desprendas de lo que en justicia te pertenece.

-Ahora me adulas tú.

-Nada de eso. Estoy contentísimo de ti, y éste es el momento más oportuno para decírtelo. Lo mismo lo aprovechara para reprenderte, si, en mi concepto, lo merecieras... ¡Por remate de tu carrera, dos campañas gloriosísimas!... ¡Napoleón sin Waterloo! Fue un hermoso atrevimiento tu tesis doctoral; pero la proeza del Ateneo, por más ruidosa, fue más radiante. ¡Y qué asunto para un orador de tus bríos, en los días que corremos! «La conciencia es una serie de fenómenos en el tiempo...; los hechos materiales y espirituales son producto de una fuerza única; todo se reduce a sensaciones: el milagro es imposible». ¡Magnífico! Te admiré y te aplaudí, dudando si excedió la magnitud de la causa la valentía de la defensa ¡Dígote que honrarás el nombre que llevas o no habrá justicia en el mundo!

-¿Olvidas, lisonjero, lo que pesa ese nombre en la profesión que voy a ejercer?

-¡Vamos, señor modesto, que buenas espaldas tiene para pasearle en triunfo por la faz de la anchurosa tierra!... Te advierto, para tu tranquilidad, que no soy celoso.

-¡Gran virtud!

-¿Te burlas de ella? Pues no abunda.

-Conoces lo que vales, y te juzgas invencible.

-Respeta mi fuero interno, muchacho; que no es oro todo lo que reluce.

Siguió el diálogo todavía un buen rato sin elevarse a cosa de más importancia, hasta que entró en la sala un mocetón, exótico por la traza, con el desayuno pedido, en la amplia bandeja de latón que al oro remedaba por el color y lo reluciente. Sirviéronse mutuamente padre e hijo, en sendos tazones de porcelana, café y leche a la medida de los respectivos gustos; y mientras revocaban ambos con la dorada manteca del país las tibias rebanadas de pan, habló así el viejo doctor.

-Puesto que hemos convenido en que sea hoy para nosotros el día de las grandes claridades, dígote, hijo, que no fui exacto al declarar que estaba contentísimo de ti.

-¿Esas tenemos ahora, padre cruel?

-Sí, hijo descaminado, esas tenemos.

-Y ¿cuál es mi pecado?

-Tus cartas.

-¡Mis cartas! ¿A quién?

-A mí.

-¿Y qué hubo en ellas que te desagradase?

-En las mías te lo dije: demasiada formalidad: algo como propensión a la melancolía; síntoma de un cambio de carácter que no me agrada. Prefiero el desenfado y la despreocupación que te han acompañado hasta ahora. Esto revela equilibrio en los humores; lo otro acusa un malestar peligroso... Entiende que te quiero despierto y profundo; pero no sabio y quejumbroso.

Fernando se echó a reír, y luego dijo:

-¿Todavía insistes en ese tema?

-Todavía.

-Pues yo insisto en que te vas haciendo viejo.

-¿Por qué me juzgas aprensivo?

-Y hasta visionario.

-¿Quieres que leamos algunas, y las cotejemos con las de tiempo atrás?

-¡Vea usted lo que son estas eminencias fuera de su especialidad! Mortales de tres al cuarto. ¿Olvidas, doctor ilustre, lo que tantas veces has alegado a la cabecera de tus enfermos, por causa mediata de determinados padecimientos? ¿Olvidas, en fin, que los años no pasan en balde?

-¡Los años... y acabas de cumplir veinticinco!

-Por eso no juego al trompo como cuando tenía diez.

-Pero podías pensar como pensabas hace ocho meses. Y por cierto que entonces, y en este mismo sitio, te pregunté en vano por la causa del primer síntoma que en ti noté de esa real o supuesta enfermedad. Atribuíla a meditaciones propias de las tareas a que te dedicabas en aquellos días, o a la nostalgia de la corte; y no di importancia al fenómeno. Pero fuiste a Madrid, saliste airoso del empeño del doctorado, y más tarde adquiriste un ruidoso triunfo en el Ateneo; y, sin embargo, la tinta de melancolía que dio en empañar aquí tu regocijado semblante, continuó velando las forzadas bizarrías de tus cartas.

De buena o de mala gana, Fernando soltó una ruidosa carcajada al oír esto. Su padre, después de contemplarle unos instantes, le dijo:

-¿Olvidas que soy médico viejo?

-¿Por qué me lo preguntas?

-Porque no me equivoco jamás en achaques de carcajadas.

-¿No acabas de reprenderme por serio y meditabundo? Pues ¿cómo me quieres?

-Franco y desengañado.

-¿Volvemos a la manía? ¡A que acabas por ponerte serio, tú que te ríes hasta de la muerte!

-¿Quieres que te diga la verdad, Fernando?

-¿No es hoy día de decirlas? ¿Por qué me pides permiso?

-Pues óyeme ésta más: desde que te has reído de mis reparos a tus cartas tengo el convencimiento de que no soy visionario.

-¡Verás, doctor obcecado, cómo al fin me haces cojear, empeñándote en que cojeo!

-No es ese mi propósito, sino otro muy distinto... Y, sobre todo, hijo mío, entiende que si muestro tanto empeño en revolver los fondos de tu corazón, no es a título de juez severo, sino de amigo cariñoso. ¡Jamás te perdonaría que me hicieras el agravio de olvidarte de mí en las grandes crisis de la vida!

Como al hablar así se conmoviera un tanto el doctor, Fernando se levantó presuroso y le dio un estrecho abrazo.

-Bien está eso -le dijo su padre dejándose abrazar-; pero no basta... Toma un cigarro de éstos, ¡cosa buena! Los he reservado para ti.

-¡Hola! -exclamó Fernando después de recibir el cigarro-. ¿Apelas al soborno también? A fe que el cebo es tentador.

-Ahora lo veremos... Conque, un poco de resolución, y venga tu conciencia al anfiteatro para que la hagamos la autopsia... ¡y digo! entre dos doctores. ¿Qué más honra puede apetecer la muy pícara?... ¡Ah!, no olvides que soy confesor de ancha manga; ni tampoco que, según oí decir a mi madre (y creo que anda en vigor la ley entre la gente negra), es un pecado enorme el ocultar el más leve en el tribunal de la penitencia.

-¿A qué eres capaz de negarme la absolución sin haberme arrodillado a tus pies, confesor sin entrañas?

-Verás qué chasco te llevas si te arrodillas.

-¡Ea!, pues por arrodillado.

-Perfectamente. Y dime ahora: ¿qué demonio te sucede; qué te pasa? ¿Tienes, como dicen los inocentes trovadores, el corazón cautivo? ¿Existe por allá alguna mujer que te haya hecho pensar que vale el sexo para otra cosa que estudiar en él un ramo de las bellas artes, o la anatomía?... ¿Amas con la pulcra e inmaculada pasión de los Lenios y Ricardos?... No cuadra eso mucho que digamos con tu profesión; pero es la edad, y transigiré... ¿Devórate el impuro fuego de la codicia de la mujer ajena? ¿Es libre, y soltaste por armas de ataque promesas que deseas recoger después de la victoria?... ¡Qué diablo!, no te apures en ninguno de los casos: lances son, hijos legítimos de la pícara condición humana. Su ley y la de las conveniencias sociales son incompatibles; a una de ellas hemos de faltar necesariamente. En la duda, opta siempre, hijo mío, por lo más cómodo, y ríete de los caballeros andantes que te motejen, pues todos son locos en este siglo que corren... ¿No va por ahí el conflicto?... ¿Es de otro género?... ¿Deudas quizás, por el empeño de brillar un poco más de lo que se puede?... Más debe el Gobierno, y es un caballero muy respetable... ¡y eso que no paga! ¿Has jugado? Pasión es que envilece siempre que se juega por el ansia de ganar, pero en fin, no deshonra cuando se juega con lealtad. Lo que deshonra es la estafa; y de este caso de presidio no hay para qué hablar entre caballeros... Sigo investigando con otro rumbo. ¿Sientes eso que llamamos alma soledosa y acongojada? ¿Alcanzóla alguna chispa del fuego divino? ¿Abrúmala el peso de las herejías de toda tu casta? ¿Te sientes llamado hacia la buena senda, por la gracia teológica? Carne flaca somos tú y yo, Fernando, como el más estúpido, y de todo se ha visto... ¡Ja, ja, ja!, ¡qué cara de penitente se te ha puesto!... Una de dos: o me oyes como quien oye llover, o te ha dado el tiro en medio de la conciencia.

-Ni lo uno ni lo otro -respondió Fernando saliendo de la preocupación, o del aburrimiento en que lo habían hecho caer las palabras de su padre-. Te oigo, como debo oírte esa sarta de conjeturas enteramente caprichosa que, por convenir a muchos, no puede interesar a nadie.

-Eso se llama huir del enemigo.

-No, pero capitulo si quieres; y eso, por terminar cuanto antes este ocioso altercado que nos roba un tiempo precioso.

-No es mucho conceder, pero es algo. ¿Condiciones?

-Que me refieras la aventura de anoche..., se entiende, si licet...

-¡Oro molido que fuera, ángel de Dios! Y ¿qué ofreces tú?

-Ponerte la conciencia en la palma de la mano, a su tiempo y sazón.

-No se hable más del caso, y firmemos la paz.

-Con un abrazo -dijo Fernando levantándose.

-Y será el cuarto -concluyó el doctor abrazando a su hijo.

Vueltos a sentar, se expresó de este modo el susodicho Peñarrubia:

-Sábete que ayer, no bien anocheció, recibí con un propio una carta llena de lágrimas. Firmábala una hija, cuya madre se hallaba en peligro de muerte, e imploraba el auxilio de mi ciencia y de mi experiencia para salvarla. La sencillez del lenguaje, la profundidad del sentimiento en él reflejado, la hora, el estado de mi ánimo, o todo esto junto, o una veleidad de mi naturaleza, en ocasiones mal avenida con el rígido aislamiento a que la tengo sometida diez años ha, inclináronme a responder afirmativamente. Mandé ensillar un caballo y púseme en seguimiento del hombre que me había traído la carta... ¡y cuidado que la noche estaba poco seductora! Llovía a mares, y comenzaba a tronar. Cuando llegarnos a la hoz, ¡qué espectáculo, Fernando! Aquello parecía el fin del mundo. Hora y media tardamos en atravesarla. Por fin, llegamos a Valdecines...

-¿A Valdecines?

-A Valdecines. Cierta señora, de apellido Rubárcena, estaba agonizando.

-¿Doña Marta?

-Ese era su nombre. Moríase, por de pronto, de una pleuroneumonía agudísima; y digo «por de pronto», porque sospecho que también la mató la asistencia de cierto romancista que pretende curarlo todo con zaragatona.

-Es decir, ¿que se ha muerto esa señora? -exclamó Fernando.

-A las dos de la madrugada.

-¿Y quien a ti te llamó para asistirla fue su hija?

-Ya te lo he dicho... Por cierto que es una rubia preciosa.

-¡Trascendental suceso! -murmuró Fernando, como si respondiera a sus propios pensamientos.

-¿Y qué sabes tú de eso? -le preguntó su padre con acento de extrañeza-. Pero ahora noto que te llega muy a lo vivo el cuento... ¿Por qué?

-Porque conocía y trataba a esa señora.

-¡Hombre, si dicen que era una beata de todos los demonios!

-¿Y eso qué?

-Que no cabían alianzas entre sus ideas y las tuyas.

-No obstante, la traté mucho, y tuve ocasión de apreciar su buen talento, muy de continuo turbado por hondas cavilaciones.

-¿Y dónde la conociste y la trataste?

-En Santander, adonde la llevó la necesidad de los baños de mar, como a mí.

-¿Y también a su hija?

-Su hija la acompañaba: cosa muy natural.

-¡Demonio! ¿Si irán por ahí las corrientes que yo busco?

-¿Otra vez la manía? -dijo Fernando ocultando mal la preocupación en que había caído-. ¿Acabamos de firmar la paz, y ya quieres romper los tratados?

-Tienes razón -respondió su padre, nada resignado.

-Pues mira -añadió aquél levantándose-, para que no vuelvas a caer en semejante tentación, voy a dejarte solo por un rato. ¿Lo permites?... Considera, implacable doctor, que necesito también descansar un poco de las fatigas del viaje que acabo de hacer.

-Es muy justo. Pero antes de marcharte, y sin que esto trascienda siquiera a intento de revisión de tratados, declárame que en lo de marras no he sido un visionario.

-¿Y eso te satisface, viejo fisgón?

-Por ahora.

-Pues declarado... y lo afirmo con otro abrazo, con el cual serán...

-Cinco, si no erré la cuenta -concluyó el doctor abrazando otra vez al gallardo mozo.

-¿Hasta luego, padre tirano? -díjole éste por despedida, desde la puerta, volviendo el rostro bañado en una sonrisa.

-¡Hasta siempre, hijo mío! -respondió el padre contemplándole embelesado.


De tal palo, tal astilla de José María de Pereda

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