Del frío al fuego: 03

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Capítulo II
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Del frío al fuego Felipe Trigo


He despertado temprano.

Un sueño reparador mecido amorosamente.

Recordando las dos horas de tedio en la noche, cuando echados de arriba por el frío tuve en el fumadero que estar mirando las partidas de cartas que improvisaron algunos, me felicito de haber traído en mi repuesto de novelas Die Graefin Pataski y el diccionario alemán. Traduciré largos ratos.

Dejando en el camarote mareado al húsar y al señor de las elegantes maletas, he subido a buscar sobre cubierta un rincón para mis libros. La encuentro llena, por todas partes; llena de estos mismos cuerpos tendidos y de estas caras pálidas que miran con displicente horror al mar, como sus prisioneros engañados, irritados, resignados... Muy pocos andamos firmes, pasado el peligro de perder la cabeza y el estómago.

Los niños, en brazos de sus madres, o al lado, en los sillones, me dan lástima.

-Oh, ya los verá usted saltar, con mar llana. ¡Son los mareómetros de a bordo! -me afirma el doctor.

No he contado, al concebir el proyecto de trabajo, con esta dificultad de aislarme.

Bajo al fumadero; hay gente; dos que juegan al tute. Bajo más, al comedor: los mozos ponen la mesa.

Resuelto a buscarme un rincón, salgo por el pasillo de mi camarote a la baja cubierta. Deténgome a ver los tanques de agua y las provisiones vivas; jaulones de gallinas, de pavos, de terneras...; todo para vomitarlo en pocos días.

Subo a la proa. Entre dos ruedos de maromas y las cabrias de las anclas, que cuelgan fuera enormes a ambos lados, junto a las letras doradas del nombre, CONDE DE REUS, no hay nadie; pero sopla con molestísima violencia el viento de la contramarcha...

En seguida vuelvo a bajar la escalilla, de espaldas, según he advertido que hacen para mayor comodidad los marineros, y entro nuevamente por la galena izquierda, recto, recto; es decir, recto en lo que buenamente puede mi intención, abriendo los pies, vigilando los balances y sin perjuicio de ir alguna vez a las paredes... A la izquierda, la serie sin fin de puertecillas; a la derecha, a lo último, los cuartos de baño, los retretes...; y saliendo a otro gran trecho libre, en cuyo centro alza un palo hacia lo azul su maraña de cruces y de cuerdas, contemplo por las dos abiertas escotillas de dos bodegas la negra profundidad donde todavía ordenan los marineros la carga, trasladando fardos y cajas a su fondo.

Empieza inmediatamente otra galería larguísima, de la cámara de segunda. Ya lo advierto, en el menor brillo de los barnices, de los dorados, y en la menor limpieza proveniente de la concentración de los servicios incómodos: las cocinas y despensas dan su tufo de grasas; el botiquín, de éter la barbería, de pomadas rancias; la panadería y la entrada de las máquinas su ruido y su calor. Parece todo esto una ciudad, una inmensa fonda que alguien ha apretado y reducido entre las manos hasta dejar por estancias estas celdillas de un panal enorme. Hay carbones por el suelo, y en el comedor, más pequeño que el nuestro, un simple mobiliario con tapicerías de crines plomo, sin una maceta, sin un adorno... Los pasajeros que encuentro son pocos, modestos, criadas del pasaje de primera, algunos hombres...; una vistosa dama, también, con traje claro, francesa, que me llama vivamente la atención.

-¡Buenos días!

-«¡Bonjour, monsieur!» -ha dicho pasando.

Por último, salgo a la popa, entre soldados y emigrantes acampados en montón. Diríase que traigo por el interior del buque un paseo de horas que estoy a una legua de mi camarote, adonde no sabré volver.

Trepo al castillo de popa, y veo el espumaje de la hélice y la cuerda de la corredera, que hundiéndose en la estela, gira y mide la marcha. Las maniobras de la marinería no abundan tanto en esta parte; decididamente mi mejor retiro, junto al cañón, calmado el viento al resguardo de todo el laberinto del buque.

Lo miro y me parece por sus cubiertas interminable. Bajo el humo que huye en densas bocanadas nublando el sol, álzase la blanca balumba de ganchos, de botes, de escalas, de tubos, de lumbreras, de ventiladores, de barandas, de cables, de maromas, de poleas..., causándome la caprichosa impresión de un inmenso canasto rebosante de loza rota, entre los tres mástiles enormes cuyas finas puntas oscilan allá arriba armadas de pararrayos...

Sobre un arcón, entre dos bocoyes, me arrellano cómodamente.

Abro el libro, apercibo el diccionario y el cuaderno, y empiezo: Der Buckkalter das Kräslige Haus in KoIhen und Eisen Wittwe und Sohn...

Diez veces leo la misma cosa.

El espectáculo del mar, me distrae.

Pero me distrae y me sigue sorprendiendo con su sencillez inverosímil; el cielo limpio, cortado en redondo por un círculo gris, que siempre nos tiene en el centro, y a cuyo límite dijérase que se puede alcanzar de una pedrada. Ni una nube, ni una vela para referir y desenvolver lejanías. Daba mejor cualquier puerto la idea de la llanura inmensa...

Der Buchhaller das Kräslige Haus in Kolhen und Eisen Wittwe...

Pero algo rechaza en mí tal desilusión de pura óptica, y acércome a la banda, procurando ver y mirar con los ojos y con el pensamiento...

Así, sí. Pasan las olas rozando el buque, veloces, deshechas; su oleaginosa transparencia piérdese en tenebrosidades de abismo; y dentro, allá dentro, todo otro mundo extraño, fabuloso: me figuro los humanos esqueletos de los náufragos, los buques rotos y hundidos, por encima de los cuales cruzarán lentos y negros los marinos monstruos como fatídicas aves.

Levantando al cielo la vista, me sueño en el fondo de otro océano de aire cuya etérea superficie surcarán esquifes de ángeles, de seres de la luz, por mi ceguedad tan ignorados como yo mismo por los pulpos de estos fondos.

¿Cuánto tardaría en llegar yo, cabeza abajo, al fondo del mar?

Sonrío, y estremecido al fin de grandezas y misterios, lanzo a distancia la mirada, de ola en ola, admirándome de su bullir inquieto, de su jugar de espumas, de su rumor de movibles sedas, por todos lados...

Parecen niñas.

No concibo, últimamente, cómo puedan seguir jugando y moviéndose y rumorando besos y alegrías, luego que, dejadas atrás por nuestro barco, no tengan ya quien las oiga...

¡Oh, la bulliciosa y enorme soledad!.... ¡son tan incomprensibles el ruido y la alegría sin oídos y corazones que los sientan! No hay un pájaro en los aires; no hay nada más en torno, que este saltar, mecerse, hervir, cubrirse unas a otras de blancas gasas, las olas... Hácenme el efecto espectral e infinita y suavísimamente triste, de almas de niñas eternamente condenadas a ignorar su gozo y su belleza, en un limbo de claras vidas muertas alumbrado por el sol.

Tan sólo atrás, la estela deja un plano camino recto desde el horizonte, como de olas destrozadas, como de olas aplastadas que no volverán a levantarse...

Sea que el hábito se establece, o que el mar se riza menos, empiezan por la tarde a no verse tantos de aquellos cuerpos yacentes, como de condenados que aguardasen con fosca resignación; y después de la comida, se inician grupos de tertulia en la cubierta.

Tal vuelta a la vida, devuelve también los conceptos del pudor y de la ajena propiedad. Las señoras no enseñan las piernas, y mi largo canapé, pesado como una antigua carabela, con sus cercos y cestillas en los brazos para el tabaco y el café, se encuentra respetado al pie de la camareta de señoras.

Toda esta zona abrigada al socaire en la banda de estribor, ha sido egoístamente asaltada. Coge desde la oficina del sobrecargo hasta el final de la toldilla; es decir, buena mitad de la cubierta de primera; y como es disputada sin reparo a amontonarse, punto menos que sin atención a molestarse en la estrechez unos a otros, pronto queda en dominio de los más... ¿qué diré? de los más inaprensivos.

A partir de ellos, otros se ordenan con mayor espacio hasta la entrada de la escalera; y desde allí hasta el antepuente, sólo resta, contra la cámara del capitán y la lucera del fumadero, un pequeño trecho abiertamente batido por el viento de la proa.

Mi canapé está respetado, pero inaccesible entre la gente.

-Haga el favor. Coja aquella silla larga -le encargo a un mozo.

-Tenga la bondad de llevármela a estribor -le suplico cuando la trae en alto.

Echo delante. Paso a la banda opuesta por junto a las chimeneas. No hay nadie, y aunque da el sol, sopla el viento, insoportable.

-Va usted a tener frío, mi capitán -me avisa el mozo.

-No importa.

-Y además -añade con timidez de humilde profesor-, la banda de estribor es la otra, la izquierda.

«Estribor, izquierda; estribor, izquierda...» -me quedo yo de nuevo repitiendo.

Nunca lo aprenderé. ¿Por qué hay conceptos y palabras que declaran su incompatibilidad con mi memoria?... Desertor... pornografía... Teólilo...; para decir desertor, titubeo, vacilo siempre, y o me detengo a buscar, o digo remontado, escapado, cualquier cosa menos desertor; antes que pornográfico se me ocurre indecente, lujurioso..., y a Teófilo, un amigo de Madrid, le llamaba de un modo fatal Teólimo o Timoleo.

¡Jaas... chés! ¡jaas...!

Estornudo. Me alzo el astracán de la pelliza.

Pero, dijo bien el mozo. Hace frío. Mi cigarro se lo fuma el aire.

Levantándome, arrastro el canapé a la otra banda, por delante.

¡Oh, sorpresa! Animados de igual horror al barullo, mis vecinos de mesa han formado un corro, en este único espacio libre contra el puente -no tan desapacible como el que acabo de dejar. Viéndome tan bravamente remolcar mi canapé, se me recibe con ¡hurras!...

Me siento, instado por el capitán. -Están, además de la rubia cubana y su marido y su hija Sarah, Lucía y el suyo (Lucía, este nombre de la aristocrática joven, no se me olvida) y el coronel de Ingenieros con su mujer y sus hijas, serias o insignificantes. Me alegra que una razón de incomodidad haya servido para distanciarnos de la turba del pasaje. Nos separa la puerta de la escalera, de todos los demás. Y tratan de ello; el capitán sostiene con la sutilísima burla de hombre educado a las intemperancias de los otros:

-El sitio mejor. Dentro de tres días el calor hará esta brisa deseable, y envidiarán a ustedes. Afirmen, para entonces, su derecho al sitio.

Sigue hablando de los desengaños de a bordo. Los matrimonios, salvo los que por pagar los de lujo o por tener familia para tres literas llenan un camarote (en uno u otro caso están todos los del grupo), tienen que separarse: las esposas a camarotes de señoras, con otras; los maridos a los de hombres...

-Y pueden figurarse... un mes, ¡los pobres matrimonios! -añade conteniendo su malicia por respeto a las tres tiernas jovencillas.

Pero yo advierto en Sarah una perspicacísima sonrisa de ojos bajos, mientras las del coronel, mayores que ella, siguen contemplando inocentemente al capitán.

-¡Ah, por cierto, aquéllos! -exclama éste indicando discreto a una pareja que cruza-. Tuvo que oír la de sus ruegos ayer! El pobre señor, decía que es diabético..., que tiene que darle sellos por la noche su señora!

Se sientan, no lejos. [texto no legible] marido al de mi litera de enfrente, al del oloroso maletín. Un hombre recio, tosco, para cuya facha de pasmado buey parece que los ojos grandes de su hermosa mujer piden disculpa. Ella, peripuesta y presumiendo con su abrigo bronce y sus enormes perlas, probablemente falsas, debe ser la que le fuerza a la tiesura del cuello blanco y brillador contra el cogote peloso; ella debe ser la que le ha surtido del maletín, de las babuchas bordadas y de los flamantes estuches de peines y tijeras que luce en el camarote.

Participo estos detalles, y los reímos. Sin duda van a poner tienda de chorizos en Oriente. Se le advierte a la gallarda esposa su estirpe de pescadera a quien le duele parecerlo lejos del mostrador...

Estas bromas, a costa de algún desdichado, estrechan la confianza que acaba de pactarse entre nosotros al descubrirnos una suerte de comunidad de relaciones: Lucía es amiga de marinos a quienes yo traté en Cádiz; su marido, Alberto, hijo también de militar, amigo de generales a quienes el coronel y yo conocemos de Madrid; Charo, la cubana, que halla modo de decirnos, apoyada en el heráldico camafeo de un broche, su calidad de condesa de Fuentefiel, trató en la corte gentes aristocráticas (Berta, Lulú, Margot...) de la intimidad de Lucía...

Y son sobre todo encantadores, dislocantes, esta Charo, esta condesa de Fuentefiel pintadísima, y su genial marido, que todo lo toma a beneficio de inventario, incluso los desplantes y las pinturas de su cónyuge. Cuenta ella su vida, sus correrías en la Habana, sus largas villeggiatures en un fresco ingenio del Norte...

-¡Del Norte!... ¡del norte de Cuba! -comenta él-, ¡fresco propiamente como el Sahara!

-¡Bueno, bien! ¿qué sabes tú?... que diga Sarah...

-¡No, si digo el Sahara!

-Y yo digo nuestra hija.

-Pues tampoco. No es tuya. Es mía y de aquella negra del ingenio... ¿La ven ustedes? mulata; ¡comprenderán cuán imposible es que proceda de esta rubia mitad mía, y cuánto tendría aquel sol de corruscante!

Reímos. Charo, sin descomponerse, se incomoda conmigo porque no tuteo a Sarita, como el coronel, como los demás... ¡digo, una chicuela de trece años!...

-¡No, mamá!, ¡diez y seis!

-¡Niña! -riñe el papá cómicamente; -¡a tu mamá no le conviene! ¡trece!

Haciendo bocina al corro con las manos, añade:

-¡Ha cumplido veintiuno!

Y como parece disponerse a computar las fechas de su boda, «Pasados ya por Charo los cuarenta y no habiendo tenido él de la negra esta niña hasta seis después...»; según lo cual le van resultando a Charo cerca de setenta años... Charo acaba pellizcándole y mandándole a buscar su partida de tresillo. Él lo está deseando, y se larga.

Todos lo sentimos. Pero este hombre, que va de gobernador a Manila, sabe motivar hasta sus antojos, por lo visto, en gentil con deseen delicia. Es alto, de barba rala, de cara ictérica y triste, de ojos grandes, melancólicos, con mucho blanco sobre el párpado inferior, en los que su eterna broma adquiere por contraste mayor fuerza. Lleva con desgarbada soltura un amplio chaqué, y posee, a no dudarlo, don de gentes. Antes de diez minutos, volvemos a verle cruzar con el doctor de a bordo y otros dos señores, que ha buscado a escape, sin saberse a dónde, para la partida.

Queda a sus anchas la condesa, y continúa relatándonos con su lengua semiandaluza y su volubilidad deliciosa, lances de su vida, a propósito del buen humor de Pepe, Don Lacio, como en festiva venganza le llama. Contará ella, efectivamente, sus cincuenta años; mas no quiere representar por encima de treinta y ocho o treinta y nueve, de seguro. Sus labios, carmín auténtico; sus mejillas, bermellón; su pelo, seda de oro gracias a la alquimia...; y sus ojos negrísimos, parecen más ardientes en el exagerado blancor albayaldesco que seguramente tapa la cara de aquella negra del ingenio, pequeña y desmedrada, sin que contra esto le valgan mañas. Fina y no muy alta tampoco, Sarah, la vivaracha chicuela, es linda e intensa de rostro, con su verdosa tez y sus sombríos ojos profundos -todavía la blusa suelta en el talle, la trenza a la espalda y la falda a media bota.

¿Qué edad tiene, por fin?... lo han dejado en el misterio; mas aunque pase de los trece, que desea su madre, y no llegue a los ansiados diez y seis años, harto se advierte en ella, con la precocidad de América y con ese bajo mirar de coquetería púdica, a la mujercita pesarosa de su apariencia infantil. Cuando yo insisto en que debo llamarla de usted, me lo agradece con una mirada apasionada, inmensa.

Enciéndense las eléctricas bombillas en la tolda.

Charo continúa embelesándonos con sus cuentos peregrinos. Una vez, a ella ¡tan rubia! ¡tan blanca! le dio por ponerse negro el pelo, morena. Parecía otra. Salió con Pepe por la Habana y poco después recibió un anónimo ella misma «advirtiéndola que Pepe la era infiel»...

Los demás, reímos, callamos. Sólo el capitán y el coronel y Lucía le hacen el juego. El marido de ésta quiere intervenir de tiempo en tiempo, pero torna a dejarse caer en su sillón y a cerrar los ojos; no es su silencio, indudablemente, hábito de poco hablar, como en la grave familia del ingeniero; sino restos de mareo, aún. Le va a ser muy poco grato el viaje.

A ratos, cuando su agradabilísima mujer, sin perder el dominio inteligente de sí propia en el ambiente jovial, dícele a Charo bromas, o con respecto de Charo cruza con el coronel o el capitán algunas que a él le parecen excesivas, yo le observo mirarla severamente y removerse y quererla llamar al orden con toses y con gestos.

Es un feroz celoso, de fijo. Además, recojo bastantes detalles para poder afirmar entre ambos una diferencia de educaciones lamentable. Lucía ostenta la firme despreocupación de una mujer habituada al gran mundo. Alberto parece en cambio resumir todos los burgueses conceptos de conveniencias y de virtud, hechos en la clase media de hipócritas limitaciones. No recién casados, sino casados hace un año, según han respondido a ingenuas preguntas de Charo, tal vez ha bastado el breve plazo para que le pierda ella la estimación. De todos modos, un hombre inferior, absolutamente vulgar, junto a una mujer de alto mérito. No tienen más que equivalencias externas: sus gallardías, sus estaturas, la misma belleza diferenciada viril y femeninamente en los trazos de sus caras...

Y llaman al comedor, la campana... los timbres.

No se piensa más que en comer, todo el día. Una obsesión. A las siete, desayuno. A las diez, almuerzo fuerte. A las dos, refrescos y fiambres. A las cinco y media, la comida. A las nueve, ahora, té con pastas...


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