Del frío al fuego: 14

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Capítulo XIII
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Vuela el buque.

Como mirando al estribo en la ventanilla de un tren parece que es la tierra la que huye bajo el coche trepidante, paréceme también, mirando a ras del casco, que es el Reus una mole quieta y temblorosa en mitad de una viva corriente de molino...

Corre, pasa veloz y ondulada el agua rasando el casco, que armado de mangueras en todas las ventallas, semeja ahora mejor un fuerte labrado en un peñón y erizado de cañones... Trescientas veinte, trescientas cincuenta millas cada singladura... cien leguas por día... Y nunca, en este tremendo correr, vemos que avanzamos. Constantemente el breve círculo de mar cupulado de cielo, que nos tiene al centro. Son las olas, son las islas y las costas, es España la que se ha ido alejando de nosotros, hundida ya a mil quinientas leguas... ¡andando una, yo sentí mayor entre fatigas y jarales la sensación de distancia en mis cacerías de muchacho!

Cruzamos por el Índico. A la otra banda, siento como cercana el Asia en el horizonte igual. A ésta, tiendo la mirada por la extensión redonda y pienso con asombro cuántas otras vastas rodelas solitarias tendríamos que encontrar abiertamente hasta salvar el Ecuador, hasta salvar el paralelo de la punta de África por sus orientales costas, hasta llegar al polo Sur por el líquido desierto formidable...

¡Oh, el mar!... qué pequeño en su grandeza; qué vario en su monotonía. Gris opaco en Barcelona, azul plomo en Sicilia, azul cielo en los lagos, en Aden, luz de calma de plata... -y aquí azul intenso, un bello, azul de talco que el sol cayente riega de oros.

Tienen inmensa fuerza de oración estos morires del sol sobre el mar. El sol del Asia es un viejo rey poeta decadente: muere con más pompa que nace.

Ya empiezan las nubes bajas a formar el suntuoso pavés que él pronto tintará de púrpuras. Mientras, derrámales sus miríadas de áureas flechas al mar -al mar azul, azul de talco, llano, redondo, corrido por las brisas... corrido también por sus tandas golondrinas en esta suerte de primaveral estío que nos ha brindado tras los hornos de la Arabia.

Salen a bandadas sus golondrinas. Surcan ligeras, rectas, el aire, por la arista de las olas. Unas veces surgen del agua como espantadas del buque, y se alejan volando, volando al confín, para hundirse nuevamente. Otras veces chocan contra el buque. Una nos cayó ayer en la cubierta a los pies... ¡Pez con alas!

-¡Jámala-ja!, Pontífice. ¡Ala-cok!

Es don Lacio. Salúdame con palabras del ángel persa. Yo he logrado con mi fe formar la religión del sol, a bordo, y se me ha aclamado entre los heliófilos gran Pontífice. Lucía es la gran sacerdotisa selénica.

Entre ambos exaltamos un culto sabeísta, cuyo rito se realiza cada tarde, cada noche, en esta batida abandonada. Gracias a los nuevos canapés como camas que hemos venido comprando en los puertos, aleccionados por la necesidad de dormir bajo estrellas, no hay que transportar los de la tertulia diurna para la yacente adoración a este otro lado.

Van llegando los fieles.

-¡Buena puesta esta tarde!

-¡Buena puesta!

Lucía. Charo. -Se tumban.

Ha confesado al fin la cubana que no hay en Cuba tan espléndidos crepúsculos. Ha comprendido, como hemos comprendido todos, que pueda adorarse al sol en este oriente donde reina tan soberbio.

Empieza el astro a ocultarse en el borde de las nubes.

Van llegando el coronel y su familia, Aurora, Enrique, Pascual... el comandante...

Éste ocupa el canapé inmediato a la condesa. Hablan. Han parado los dos en una amistad de cascabeles, descontados poco a poco sus lúbricos inicios. Diríase que el comandante, desde sus cuarenta y ocho años, le habla en juego de recuerdos a los cincuenta de Charo... Deben contentarse, a cierta altura, con nadas de sombra de pecado las pasiones... -porque eso sí, diríase también que son amantes satisfechos de haberse dado en intención. Inocencias de retorno. Don Lacio funda en ellas sin duda su descuido con la esposa. ¿Por qué no entrar por un limbo infantil en la vejez, estas mujeres que han sido niñas siempre?...

Mas, si tal ante el feo y fino comandante piensa don Lacio de su cónyuge, a pesar de todo el pelo de oro y todas las medias encarnadas, tampoco y menos deberá de ser la electa misteriosa del capitán... ¿De quién la horquilla, entonces?

Llega el capitán, precisamente marcial, con su traje blanco, con su gorra de anclas:

-Ala-cok?

-Ala-cok! -le contestó.

Se sienta. A bordo es un rey, y sabe llevar su cetro mundanamente afable. Yo no sé que tienen sus ojos, algo rojos y oftálmicos del sol, del mar y del yodo de las brisas, que cuando miran a una mujer creyérase que la penetran como a las nieblas, creyérase que la desnudan...

Ayer. ¡ah, el viejo lobo galante!... ayer me ha expresado bien una rara sensación que estaba en mí sin forma, y que me convenció, por lo tanto. Mirábamos desde la borda al húsar, junto a Aurora y Pascual, en una parte, y a Pura, entre la madre y el novio, más lejos... Es decir, miraba él a Pura, con su mirada singular.

«¡Lástima de muchacha -exclamó-, con esa madre! Yo, relojero, no podría casarme con ella y abrazarla sin pensar que abrazaba a la mamá... ¿Se ha fijado usted?... un parecido estupendo, en caricatura, en herpético, en ridículo... ¡Oh, no, no podría besarla sin figurarme a la madre!... Recuerdo que tuve así que dejar de chico, en Málaga, a una novia que era propiamente su hermano el mayor -un chulo antipático!»

Sorprendido quizás de explicarme la vaga repulsión que me ha inspirado Pura desde luego, aproveché la oportunidad para mis indagaciones, no sin recordar, a mi vez, que una magistral caricatura de un periódico me tornó repugnante para siempre a cierta actriz famosa (y no eran más que los levísimos defectos, gracias en ella, exagerados como los de Pura en su mamá, grotescamente); señalé a la pescadera y me permití decir:

«No así aquélla, sin hermanos, sin mamá.»

El capitán la miró y su gesto fue incoerciblemente nauseoso:

«Aquélla... Tiene por otro estilo una cosa peor de ovocaciones: el marido. ¿Cómo olvidar a ese pedazo de gaznápiro?... Yo me lo imagino... un burro... un burro... ¿sabe?...»

«¡Ah, capitán!... A cuántas hartas de gaznápiros...» -le repliqué.

«¡Ah, querido!... ojos que no ven...» -me contestó.

Y yo no dudo, no eludo ya: explícame el desdén actual del capitán, a Aurora, el desencanto adquirido en la breve intimidad pasada, según él fue despojando del engaño de los cuellos la estampa bruta del conserje.

Pero estas sutilezas del capitán, esta sonrisa de Lucía, que las estima indudablemente, que le oye ahora encantada contar cómo en un viaje llevó fuego en la bodega desde Quito a Río Janeiro, sin que se lo dijera al pasaje por no alarmarlo, y teniendo al fin que inundar el estanco del latente incendio con un barreno, en el puerto; estas sutilezas, esta sonrisa en que hay un poco de admiración a la serena valentía del casi viejo de barba gris mantenido heroico y ágil como un joven por su brava lucha con los mares, fúndensele esta vez en sospecha vehemente a luces menos absurdas.

¿Podrá ser?... ¡Ella!... ¡Lucía!... ¿Por qué no?... Habría en ello la infamia que se quisiese, más dueña esta mujer de sí misma que otras, más consciente y responsable; mas no por eso tosca la aventura con un hombre capaz de haberla conducido romancescamente... con este romanticismo legendario y bravo de los mares...

Despójome de mis rencores, pensándolo, claro es -no puedo hacer más.

Sólo que mientras ella sonríe, escuchándole, a la luz perla del crepúsculo, que se acentúa esplendoroso -yo me esfuerzo vanamente por hallarla en la sonrisa, en la mirada, algo que yo no haya visto igualen sonrisas y en miradas para mí... Serenidad, confianza, tranquilo imperio,... ¡imperio que tanto le sirve tal vez para esconder su alma!... Y lo mínimo que puedo disculparle a mi rencor, es que hierva hondo en el pecho viendo el bello cuerpo, al menos ostensible, tendido en el canapé con elegancia y lineado por las ropas.

Apoya un pie en la cubierta, y otro suspéndese en el aire, un poco. Córrele de uno a otro, al borde de la falda, una ligera fimbria de sedas pálidas, de encajes. Sus muñecas finas concuerdan con sus tobillos finos, y recuerdo su pierna esbelta. Dibújale un muslo vigoroso la batista. La he oído ponderar su afición al ciclismo en larga temporada, en París...

Debe ser gentil hechicería cada tono y cada trazo de este cuerpo. Yo, imagino. Tiene sin duda la clave de todos sus escondidos encantos la cara de una mujer. La curva dulce y audaz de su mejilla, de su mentón, afirman en ésta la dulce audacia del pecho; sus cejas decisas y arqueadas, sus labios, su breve nariz, su ancha frente, el suave y limpio nacimiento del cabello en la sien... ¡qué de otros tesoros de gracia y de pudor no pregonan!

Ella corta mi observación de improviso, señalando al occidente:

-¡Ah, miren, qué hermoso!... ¡Gran teatro esta tarde!

En efecto, deslumbra el resplandor, nos sume en su luz refleja como un escenario esplendente en un gigantesco teatro. El buque no es más que un palco en el fondo. El mar llano, la vasta sala vacía -y arriba el cielo, la bóveda limpia y colosal del cielo en un mimoso azul de turquesa.

El cortejo del sol son nubes como liladas banderas rotas que lo velan de trofeos. Nubes flotantes en gloria de oro, densas y celosas ante el ígneo disco, que las rompe y cruza con la abrasante explosión de sus rayos, de sus lanzas encendidas... Síguenle por lo alto, a su descanso triunfal, otras nubes tenues, tímidas en la magnificencia del oro polvillado, como coros de almas heliotropo, como almas de vírgenes esclavas... Y abajo, sustentando y esperando toda aquella etérea apoteosis de brillanteces que rasgan en transparencias que tiemblan, extiéndese enlazada sucesión de cortinajes, de morados terciopelos que pliegan acá y allá sus cayentes y pesadas puntas tras el mar, mostrando infinitos interiores de alcázares en nacáreas claridades de naranja. Morada, sucesión de pesantes colgaduras que se tiende, que se abre en despilfarro de sedas por la línea redonda de las aguas..., que se dirían recta y uniformemente prendidas todas ellas en la barra fulmínea y apenas vacilante con que el astro las frangea rasándolas en lumbre.

Formas que no se sabe de dónde acuden, que se condensan y crecen como arcadas de la ignota lejanía profunda, van juntando poco a poco las siluetas de un violáceo ejército de guerreros vistos de frente con sus potros y sus cascos..., inmóviles al fin y más negros, recortados en clarores ambarinos de una fluidez infinita. El sol sigue descendiendo tras su trono de lilas festoneado por sus llamas... Es una fastuosidad insolente que llena el cielo.

Asoma aún, más abajo. Vemos su paso de dios grande y borracho de victoria, desde el dosel al pavés. Se oculta. Los morados terciopelos, ondeados de oro, toman delante carmíneas traslucencias, purpúreos pliegues, velos de amatista.

Debajo sangre, hoguera, en el alcázar. Ya se ha hundido el sol. El trono se deshace en velos en rojas pedrerías... -contra el lago de gualdas magias de alga en cuya serena infinitud las almas heliotropo de vírgenes esclavas se han vuelto cisnes, y el ejército de violáceos caballeros cárdenas rocas y tritones y monstruos... Suelta guirnalda majestuosa y lúgubre por encima de la cual es de otra verde diafanidad fantástica el cielo que derrama hacia la altura sus palores en azul.

Dura poco todo esto. Son breves los asiáticos crepúsculos.

Minutos después no cuelgan del horizonte de ópalo más que los negros crespones.


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