Del frío al fuego: 16

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Capítulo XV
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Boga tranquilamente el Reus, como por un anchuroso lago, frente a las costas paradisíacas que desde el amanecer nos envuelven en perfumes. Son siempre un bajo y mullido bosque de vegetación asombrosa, cuyos festones de fronda rompen airosamente penachos de cocos y palmeras. «Un bosque de nardos, de gardenias, de magnolias, según se aroma el mar» -ha dicho Lucía. Y hemos comprendido el pleno Oriente, aquí.

Del lado del agua, jalonan la extensión, con espaciados enormes, un monitor... un vaporcillo... un transatlántico italiano que nos muestra su bandera verde, roja y blanca... otro pequeño buque que apenas se distingue... una fragata que pierde en el azul la mancha leve de sus velas... Por tierra, grandes aves de purpúrea pluma pasan entre las gaviotas, y una ondulación suave de los festones verdes, más distantes cada vez, juega con dilatada gracia a ir fundiendo sus intensos tonos con el diáfano amatista de una barrera de montes que apenas destácase del cielo.

Volvemos los gemelos a la proa, hacia Colombo.

Hunde su blancor en una curva inmensa de tranquilas aguas llena de embarcaciones. Lucía busca el pico de Adán. Alberto no duda, como afirma un libro de la vieja y menguada biblioteca de a bordo, que aquí estuvo el Paraíso.

-¡Si no estuvo, debió estarlo! -dice ella.

Hay efectivamente algo de pérfida inocencia que emborracha de vida y de perfumes en esta isla encantadora. Conforme nos acercamos, vamos viendo a la ciudad desbordarse de sí misma en villas sepultadas por la tropical frondosidad... Y un enojo se nos causa: paramos y echamos anclas a lo mejor del camino. Esperábamos que atracaría el Reus a los muelles, llenos de buques. Pero explica un oficial: no tendremos que tomar carbón, embarcado en Aden abundante: sólo víveres, frutas frescas, agua... El espectáculo nos place. Todo es nuevo. No se parece el puerto a los europeos. El olor a limos y mariscos, es fragancia de azucenas; los barcos empiezan a acudir, así que parte la vapora sanitaria. Son estrechas piraguas de obra muerta primorosamente construida sobre un labrado tronco, que lanzan esbeltas de una banda el flotador y curvan inclinadas su vela puntiaguda. Parecen heridas aves que arrastran un ala por el mar y alzan la otra a la brisa.

Trato de instalarme en una, aprovechando la confusión de mercaderes que ya invade la cubierta. He decidido visitar a Colombo sin la traba de Port-Said con las señoras. Nos colocamos treinta, de proa a popa, uno a uno en cada tabla de las que cruzan la estrecha nave como cristales de un tímpano... Parte la ringlada de viajeros.

La piragua vuela. Nos cruzan otras como flechas. Son simplemente conocidos, los que me acompañan. Mis rodillas, contra toda voluntad, van dando en la cintura de la gruesa señora de un teniente; es una mujer que sería guapísima si no fuese un monstruo de gordura. Lucía la llama Boule de suif, en honor de física semejanza con la célebre de Maupassant. Y debo confesar que otra de las principales razones de mi afán de venir solo, estriba en comprarle a Lucía el alcohol.

Bajo un desembarcadero cubierto, donde parece fuerza que concurran las piraguas, un policeman vigila para que no cobren los barqueros demás ni un penique. Es talludo y grave, este inglés, con su casco blanco. Cuando yo he puesto las monedas necesarias en la mano del barquero, él limita, con el extremo de su pequeño látigo..., y el negro recélase a la proximidad del látigo como una bestia.

Dejo a mis combarcanos partir. Contemplo la explanada. Un ancho quai de palacetes rientes, separados por jardines. La Custom-House aduana, a juzgar por los fardos y bocoyes, bello edificio monumental, da buena idea de Colombo. Rehúso un charolado car, que me ofrece un negro sirviéndole a un tiempo de cochero y de caballo, y sigo la afluencia de gente, de ingleses, de blancos ingleses con casco y cogotera, hacia una ancha calle perpendicular al puerto,

No es la calle de Port-Said, cuajada de sastrerías, sino una avenida hermosa, con filas de árboles, donde la luz reverbera en la británica limpieza de las fachadas. Las casas, poco altas, lucen en sus arquitecturas modernas graciosas concesiones a los estilos de Oriente.

Éntraseme, como en la carne, una sensación del imperio de comodidades. Entre las cornisas de áticos templetes y las torretas chinas, corren verandahs cubiertos con tapices persas; y los egipcios ventanales y los ajimeces moros, se cubren lo mismo de europeas persianas que de toldos y voladas cortinas japonesas, turcas... Son tantas, que hace la ancha vía el efecto de estar engalanada con gallardetes y banderas esperando a un rey...

Chocan el orden y el silencio. Dijérase que la amplitud de las aceras respétase para los ingleses. Los orientales, con sus vestimentas teatrales, marchan bajo los árboles, al borde de la calzada en que corren libremente los cars y las gentes que llevan carga.

Juzgando por los pasantes, no sabría decir en cuál país estoy: árabes todavía, de peladas testas y enfajadas túnicas; turcos de vistosos zaragüelles y encarnados gorros; nubios gigantescos; hércules abisimos con turbante; fofos, hinchados chinos... Pero la raza..., la raza ¡oh! ¡sin duda es ésta de los negros casi en cueros! Negros que no son negros, sino sencillamente morenos de un moreno de cocido barro y de una belleza de cuerpo y de rostro escultural.

Me sorprende, sobre todo, en las mujeres. Poco aficionado a geografías ni crónicas de viaje, no es talmente crasa mi ignorancia, sin embargo, que no pueda memorarme de que me hallo en la tierra de las bayaderas, en este Ceilán indostánico donde es fama que alcanza la línea humana su máxima perfección. Quisiera recordar, además, dónde he visto delicadísimas muchachas como éstas, alguna vez, con sus telas leves y colgantes que les dejan descubiertos los senos y las piernas... ¡Sí! ¡en todos los escaparates de Madrid! ¡en estatuillas!. Yo he tenido una en mi despacho. Mas, ¡qué diferencia cuando las estatuillas andan y enseñan los blancos dientes al reír!

Veo algo que me irrita; que me hace, no obstante, comprender por qué los ingleses dominan, reciamente dueños lo primero de sí mismos: una de las estatuillas, que trae a la cabeza una arandela de plátanos, ha rozado leve con una hoja colgante el hombro de un policeman... que le ha dado un latigazo; la infeliz ha huido al centro de la calle con terror de esclava, y le ha dado un nuevo fustazo otro inglés que a poco la atropella con su Lady en un car.

Daría por una de estas muchachas... ¡Londres!

Tienen una admirable singularidad: todas parecen jóvenes y todas se parecen, igualmente finas y bonitas -como las alondras de un bando. Ellas serían las diosas si fuésemos los amos de Ceilán los latinos -los españoles, los portugueses, los franceses, los italianos... ¡oh carinas!

Pasan, pasan... con el nudo alto de su pelo y sus túnicas ligeras que les dejan libres los senos, las piernas.

En un bar, los stores de junco medio levantados déjanme vislumbrará los ingleses que se emborrachan con cerveza guardando al fresco un silencio panteónico. Miran simplemente hacia la calle, meditando sus negocios, a los efluvios del alcohol...

Y no, aquí no hay sastrerías. Por las puertas, por las cornisas, por los entrepaños de las ventanas, abundan las muestras de cristal y los dorados letreros que pregonan el industrialismo de Colombo; pero son, las que voy viendo, ricas vitrinas de joyistas, lujosas sederías y suntuosos bazares donde los turcos queman en pebeteros de bronce resinas perfumadas. Detrás de los grandes vidrios con el rótulo en inglés, se tienden pieles de tigre y de pantera, jarrones, kakímonos con ibis, maques con deliciosas figurillas de marfil, elefantes de macizo ébano, sombrillas...

La calle, el aire... todo huele a sándalo, a gardenia.

Un gótico templo protestante se alza a la mitad de la vía. Los cars, ocupados por sires, por parejas de ladyes, siguen cruzando al trote de los negros. Son sin duda los burros de punto, que dijo en Egipto don Lacio.

He llegado a una gran plaza que se abre hacia mi izquierda. Su paseo central, adornado con gazón, a la inglesa, naturalmente, sombréase de cactus colosales, de palmas y de tamarindos. El olor a gardenia sigue, embriagador. Bajo la espaldera de un helecho, donde hay un banco cerca de un cuartel de flores, descansa en el suelo, sin embargo, una familia cingalesa compuesta de un matrimonio y un niño. Me siento en el banco, a fumar y a ver las flores y el niño. Tiene tres años y está en cueros. Al acercarme se ha enfoscado, dejando de jugar para acogerse a su madre.

Es bello, gordito, con una delicada belleza de hoyuelos; su rizada cabellera se enmaraña en cortos bucles alrededor de su noble frente, de su cara dulce. Pienso que habríalo modelado un escultor copiando en clara plombagina el más lindo angelillo. Forma con la madre gentil grupo.

Me mira. Sonríole y se esconde más, sin quitarme ojo. Pero tengo afán de darle un beso, y me acerco. Llora y se oculta, aterrado. Le doy el beso, que recibe últimamente serio y suspenso, a un grito imperativo del padre, mientras pugna la morena mujer por alzármelo en sus brazos...

Dejándole una moneda, me alejo, para ahorrarle susto... ¡pobrecillo! Como a nosotros nos espantaban de chicos: «¡que viene el negro!», a ellos les dirán: «¡que viene el blanco!»... Mas no sé por qué me ha parecido leer en la sonrisa de la hechicera muchacha que no se amedrenta de un blanco como su hijo.

Plaza atrás, tomando luego por otra calle que cruza a la que he traído, camino lento, pensando que estos negros, que estas negras, tienen facciones de griega corrección. Si aquí nació Eva, y fue, india, no hemos tenido los caucásicos mala suerte en perdurar siendo también sus nietos predilectos. Quédome con este consuelo bíblico de parentesco ceilanés, ya que no me consienten mejores disquisiciones mis etnologías... Al tenderme el muchacho, irguiendo rectamente la joven madre el busto, he visto por su escote, como una hechicería de perla plomo, su cintura fina y sus pechos estatuales. Una tristísima saudade de las cingalesas me quedará toda la vida. Los rectos ingleses inspíranme ahora un sombrío rencor con la rigidez de sus costumbres, que no consienten siquiera la orquesta de Port-Said. Vale más olvidar, no mirar...

Trato de comprarle a Lucía el alcohol. Empiezo a revisar comercios.

Ninguno tiene traza de droguería... Salvo calles al azar, sin cuidado de extraviarme: un puerto se encuentra siempre; además, me gusta andar a la ventura en una desconocida ciudad. Un comercio de jabonería y perfumes, me invita. Entro. Dos pebeteros arden junto al mostrador.

-¡Alcohol! -digo suponiendo que la palabra es de todos los idiomas.

El turco respóndeme en inglés.

-¡Alcohol! -repito yo, involuntariamente más alto-. Un frasco... un flacon d'alcohol.

No comprende. No dice nada. Parece en realidad un sordo. Hago todas las posibles variaciones de chapuz políglota con mi francés, con mi alemán, cada vez más fuerte... de l'alcohol... esprit du vin, sabe?..., spiessglas... haben Sie?... ¡fú, fú, que flambe!

Inútil. Tengo que salir.

Encuentro en otra calle otra tienda parecida donde despacha un griego. Debe de saber francés, como aquellos sastres; pero no habla más que inglés y repítese la escena. Ganoso de complacerme, saca peines, cepillos, frascos de esencia... según yo indico la cabeza o la pomería, haciendo juegos con las manos...

Nuevamente en las calles, cerciórome con horror da que todos los letreros son ingleses, de que todas las bocas silban o emiten acentos extraños. Mi poco de francés, que yo creía universalmente salvador; mi menos de alemán, no sirven para nada. Me acude a la memoria Pascual, rodando seguramente por Colombo con su inútil cuestionario... Creerá que le hablan gabacho y que me he burlado de él. ¡No, no, bien sabe Dios que mido por mí mismo su triste condición de aislado entre la gente!

Menos mal; tropiezo al paso el edificio del correo, reconocido por sus buzones -en un chaflán. Deposito las cartas, que no había querido dejar en el del buque.

De todos modos, mi oferta a Lucía constituye un empeño de honor que habrá de realizarse. Dejo atrás calles y calles. En una explanada que da al campo, encinturada a lo lejos por el perenne boscaje de arbustos, deténgome a ver maniobrar un regimiento de Infantería. La mitad ingleses, la mitad indígenas, con iguales uniformes y cascos blancos. Algunas humildes casas de palo, acogidas en los senos de la fronda, indícanme que empiezan quizás aquí dispersas las indias barriadas.

Vuelvo atrás. Colombo es grande. Si las calles no aparecen siempre suntuosas, tienen esta recta y limpia espaciosidad de avenidas de jardín. Son frecuentes los edificios aislados por verjas, entre flores. -Bendigo luego la fortuna de leer en un tendido transparente: «Pharmacy»... Ya dentro, deploro mi olvido del latín; este farmacéutico inglés lo sabrá, puesto que rezan las verdes etiquetas: «Acquae fontis»... «Oleum serpentorum terrarum»...

-¡Alcohol!... un demi-litre d'alcohol!

¡Pas plus, mon Dieu! -reniego en lengua de Zola. Un infiernillo me salva...: lánzome a su lamparita y señalo: ... «de ça... voilá... alcohol... fú, fú!»

-¿No basta? «¡Alcohol! ¡Alcuail!» -varío la frase por si se pronuncia como el jai lai de mi dominio.

-¡Eh, yes... veriguell... Antimoni!... ¡spirits of wain! -le escucho.

-Yes, yes... spirits of wain! -me apresuro ansioso a recoger.

-¡Yes, yes... alcohol!... yes...

El hombre va al estante, coge un frasco... Y me pasma leer en él, sin que le falte una letra: «ALCOHOL»... ¿Por qué, pues, no me entendían? ¡oh!... Con otro frasco bien taponado y envuelto en coquetón papel flordelisado tórtola, vuelvo triunfal a la calle. Miro el reloj; las nueve. Temprano para almorzar. Hemos madrugado a bordo con el alba.

Sigo Colombo adelante. Tomo la probable dirección de la playa, que vi por una esquina poco ha. Mas no he caminado cien pasos, cuando oigo a grandes voces roncas, cual podría gritársele a un buey desmandado:

-¡Eh! ¡mi capitán! ¡mi capitán!

Trátase del fornido teniente de la reserva que en la noche de la tempestad le hizo guardia de navaja al salva-vidas. Con la contera de un garrote, toca el hombro del negro. Va en un car. 1o para, ya pasado.

-¡Hola mi capitán, a la orden! Digo que si no ha almorzado usted, pregunte por el... Hotel Europa. ¡Tenga la tarjeta!... A mí no me la vuelven a dar de misas, ¿sabe?... Le pregunté al sobrecargo. Intérprete y todo. ¡Da gusto! Aquí me tiene usted como un inglés, de vuelta al buque. ¿Se viene?

-Gracias. Es temprano. No zarparemos hasta la tarde.

-Sí, a las cinco. Pero en fin... vi antes pasar como hacia el puerto unas vaquitas, que milagro no sean para nosotros, muy cucas, con joroba... ¡yo me voy! ¿Quiere que le lleve eso?

-¡Hombre! ¡al pelo!... ¡sí!.. procure que no se rompa. Es cristal.

-Venga.

Le entrego mi frasco, y toca al negro con la contera del garrote, arreando tras un chasquido de lengua;

-¡Arsa!...

Mi buen teniente se bambolea, en efecto, alegre como un inglés. Continúo. Tiro la tarjeta. Nada de Hotel Europa, que estará probablemente invadido por gentes del barco; riada de intérpretes en la bella desconocida Colombo. Querría encontrar ya, sin el estorbo del alcohol, a mis amigos, a Lucía... en cualquier restorán confortable... pero ¿en cuál?

Poco después, doy en la playa. Muchas caseta-sillas, y pocos bañándose. Advierto que se halla recogida la elegante concurrencia en el amplio verandah de un TEA-HOUSE, según dice bajo el chinesco tejado. Entro y pido vermouht, ya que tiene en la mano la botella el camarero. El sitio es grato. Estoy, no obstante, harto del mar -y preferiría otro para el almuerzo. Viejas inglesas beben groods, fumando cigarrillos; otros grupos de jóvenes, charlan. Son feas en general. Largas, distinguidas... con una sosería de efebos en los rostros. Pago, salgo, y tomo a la puerta un car diciéndole al indio con el brazo en dirección a la ciudad... «¡por ahí!»

El hombre-caballo ha comprendido y me interna al centro. Suda su espalda. De rato en rato cambia el trote por el paso -cuando cruza ante un cuartel, ante una pagoda india, ante un paseo... y en uno de éstos, yo, que desespero al fin de hallar al grupo de mi gente, que busco nada más algo con traza de aceptable fonda, hágole parar ante una verja que muestra detrás de la arboleda un palacete y encima este letrero repetido en dos faroles y en el arco:


ALEXANDRA HOTEL


No me ha engañado, en cuanto a confort, su risueña perspectiva. El piso bajo, dividido en tres salones, tiene un comedor grande y fresco. Temprano aún; nadie está en las mesas. Forman tertulias y leen periódicos los huéspedes, en las otras dos salas del fondo. Almuerzo. Mi hábito del barco tiéneme con hambre. Los pankás no cesan de abanicar, sobre mi cabeza. Como frutas, especialmente bananas, piña, chirimoya... Paso luego a tornar el café en la tertulia.

Acomodado en el hueco de una ventana, miro a dos señoritas y un caballero que juegan al billar. Tantas veces como ellas tienen que estirarse un poco sobre la pequeña mesa, enseñan las pantorrillas con una casta despreocupación que me recuerda a Lucía. Serán estas inglesas elegantes... pero ¡oh! no son guapas... como Lucía, que lo reúne todo, como Pura, como Aurora, como Sarah... ¡como estas cingalesas ideales! Una acaba de cruzar el jardín.

De éste, llegan rubias damas, señores solos, o parejas, paseando. Todo un parque, todo un bosque. Oigo pequeños disparos y creo entrever por el ramaje un tiro al blanco. Como hay también veladorcillos fuera, indícole al negro camarero, cuando llega con la taza, que me sirva en los jardines.

Quedo instalado en una especie de enorme glorieta cenador abovedada de follaje, a cuya sombra una familia inglesa distráese tirando con carabina de salón contra cascarones de huevo que danzan en surtidores de agua. Un cerco de sillas y veladorcitos los rodea, al borde de los troncos. Entre algunos de éstos se ven hamacas, y desde una contempla el tiro una miss.

Pocos estacionan en las sillas. Van desfilando al edificio, bien porque se les acerca la hora del almuerzo, ya por que la brisa ha cesado y el calor es bochornoso aun en la tupida sombra. Rato después no queda nadie, aburridos también los tiradores de no hacer blanco jamás. La jovencilla de la hamaca bájase, ríe, corre y cae con la punta de la sombrilla los cascarones, burlándose de sus hermanas, yéndose tras ellas.

Han dejado una revista ilustrada en un velador. Me levanto, la cojo yo, voy a una hamaca, miro los grabados... fumo... creo que me duermo...


Me despierta un vuelo de catalas. El silencio es imponente, una vez que cesa el ruido de alas en los árboles. El calor, tremendo en la siesta. Huele a pantano, a flores, a selva, en veneno delicioso. Una bandada de mariposas voltigea sobre mí.

Parece que duerme el parque, el hotel, el mundo. Y además estoy desorientado. Creyendo ir hacia la casa, encuéntrome, al cruzar por la espesura, frente a un lago que tiene en la opuesta orilla un pabellón arabesco. A sus bordes bajan del ramaje velos de verdor por todas partes, velos como de sauces, de enredaderas, en picadas hojas, cruzados de bejucos. Está llena el agua de juncos, de espadañas, de... lotos... ¡lotos!

¡Oh el auténtico indio loto azul!

Él hace a los extranjeros olvidarse de su patria.

Su fama detiéneme a mirarlos. Realmente, son, robando su matiz al cielo, los nenúfares de España; pero en su decoración grandiosa de selva tropical. Álzanse con místico embeleso, del lago quieto, sobre el pavés de sus hojas, entre las que las pompas del fondo rompen sonoras el silencio.

El loto duerme, el lago duerme; duermen las alagartadas sanseviras en sus bordes; duérmense por las grutas de ramaje los laureles, los rosales, las latanias, las plicatas, a la sombra de los plátanos; duermen las parásitas orquídeas en los altos troncos de los ébanos, en las flecosas lianas... Lléganme a mí no obstante algunas flechas de sol, y quiero ir a contemplar los lotos desde un banco rústico de enfrente, donde es más densa la umbría.

Al ir dando la vuelta, una india se aparece... ¿otra? ¿la de antes?.. ¿por qué son todas lo mismo?... Viene descalza, sin ruido, con un ánfora de carmíneo barro. Ha surgido entre la fronda, y viéndome, se detiene, tuerce su ruta, se acerca... me habla, sonríe... ¡no la entiendo! -Tal vez me dice que no se puede pasar... Tal vez son estos cuartos del pabellón los de los huéspedes... Los ha señalado, como preguntando si vengo a alguno.

Se aleja. Es como las demás, divina. Yo no he hecho más que admirar su menuda boca, sus dientes blancos, sus hombros desnudos, ideales... Lleva en el pelo un loto. Aturdido, pienso que acaba cruelmente el loto de herir de sortilegio al extranjero para que olvide su patria, el buque, el mar... todo menos este rincón letal de paraíso cruzado en su sombra y su silencio por el amor sin esperanza. Siéntome en el banco. Miro con odio los azules lotos.

Pero... ¡vuelve!... La estatuilla reaparece en los colgantes velos de la fronda. Su ánfora mojada, que brilla en los claros del sol, gotea en la túnica heliotropo que hincha su cadera cayendo en pico que le arrastra por la arena junto a un pie... La otra pierna descúbresele hasta la rodilla. Se acerca, pasa... parece que quiere aún hablarme... Advierte mi muda adoración, y sigue con los ojos bajos.

La llamo y le pido agua.

«¡Oah!»... Comprende mi gesto, y corre por una copa de cristal. En el breve instante que abrió una puerta, he visto que son cuartos de baño los del pabellón. Echa el agua en la copa, mas yo la deseo en el ánfora, sostenida por sus manos... Y humilde, pasiva, amable, lanzando grifillos un poco medrosos de pájaro, accede... Mientras bebo, veo la luz extraña, acérea, de sus ojos, su sonrisa -atenta, a no mojarme...

Saco un dollar..., y ella lo rehúsa, sorprendida..., con aire dulce de inocencia que no quiere comprender.

En efecto, me ha cruzado como un fuego la intención, y ella lo ha visto, de darla un beso, ocurra lo que ocurra en mi exabrupto..., ¡por no tener toda la vida el dolor de haber pasado sin un beso por la tierra de las mujeres más bellas de la tierra! Pero su actitud me contiene y guardo avergonzado la moneda...

Entonces, la divina criatura me perdona, interrogándome respetuosa, con su mímica vivaz y expresiva, que siempre acompaña de leves gritos, si vengo a bañarme... Digo que sí. Trato de preguntarla dónde está el bañero... si lo es ella... Engendran nuestros gestos algún equívoco, al señalarla yo, al señalarme y señalar el pabellón... Y debo de tener en la faz tal grave, nerviosa expresión contrariada, que veo a la seductora muchacha ante mí con un miedo esclavo de entrega de voluntad que me recuerda los latigazos de la calle a aquella otra...

Invadido de compasión, me levanto, brusco..., y ella se estremece... Espera quizás el latigazo... Ha cruzado las manos, y aterrada, «antes que le pegue», me brinda el beso... Yo...

¡Se lo doy! Ah, sí, sí,... ¡Se lo doy!... ¡Es un largo beso de amor y de piedad! ¡Lo siente la infeliz en la ternura de mis labios y mis ojos! Los suyos van cambiando el espanto en gratitud... Y como la dejo de pronto, alejándome en sentido opuesto al pabellón, ella lanza otro pequeño grito de hechizo que me para y que me vuelve.

La veo ahora sonreír con alma..., la veo explorar la soledad mirando alrededor las frondas sobre el lago...

Dícenme sus ojos de maga de la selva, que quiere amar al primer hombre que no toma a latigazos sus caricias.

Sonríe.

Me guía al baño...


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