Del frío al fuego: 19

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Capítulo XVIII
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Del frío al fuego Felipe Trigo


En verdad que se ha animado el barco, con la fiesta. A la mesa se habla siempre de música y teatro, y empiezan los ensayos en cuanto anochece. Siendo mi cargo el de director de escena, aquí en la saleta de señoras, Sarah no me deja bajar al comedor, ni aun cuando ella canta -teniendo que atender a ambas secciones -su Seade melancolique:


Ma fenétre, helas, est fermée,
et ne s'ouvrira que pour lui...
pourquoi ne t'emue point ma tendresse?
elle-est si grande, mon chéri!...
Bien aimé
ne t-en fuis!


En cambio, de que Lucía termina abajo su aria Il riso, y sube a vernos, Sarah, mi novia... ¡mi novia! háceme salir. ¡Oh, tirana microscópica!

Aquí estoy, fuera, temeroso más que obediente a sus gestos. Me aterra la histérica muchacha. Sería capaz de delatarle a Alberto toda su fantasmagoría celosa. Es el único peligro que tendré que conjurar: yo no puedo renunciar a mi amistad con Lucía. Domaré a la fierecilla.

En sólo veinticuatro horas, resuelta, antes que por mi deseo expreso, por su antojo, al secreto de nuestro amor, ha sabido encontrar el modo de escribirme cinco esquelas, de hablarme, de tutearme lanzándome un «¡te adoro!» en el cruce de un pasillo, de estrecharme la mano contra su corazón... Y vive Dios que encima de él, ingenua o hábil, debajo de su blusa de chiquilla, supo también hacerme instantánea advertir elástica blandura cual dulce y no dudosa fe de bautismo de sus diez y seis años.

¡Ah, Sarah! Es una actriz nerviosa, punzante, harto expresiva. Anoche, a pretexto de ensayar en carácter su dama del Chateaux Margaux, desapareció de la mesa y se nos presentó luego vestida de mujer, con un traje de su madre. Fue un triunfo. Yo mismo la desconocí con su peinado alto, con sus botas de tacón, con su talle mórbidamente moldeado en el corsé. Fue admirable cómo nos pareció a todos más alta, tan alta como cualquier señorita de regular estatura..., más alta que Charo... fue admirable la suelta coquetería con que manejó la falda... Y Charo, al fin, corrida un poco de que la bebé de trece años llenase mejor que ella el vestido, le prohibió terminantemente volver a ponérselo... hasta la fiesta, si acaso... ¡Qué importaba! Ya Sarita había podido sonreírme, triunfadora de la prueba solemne y terminante que me daba de no estar siendo una muñeca sino «por capricho de mamá»...

-¡Bravo! ¡bravo... condesita! -habíala saludado también en dama el capitán, entrando a última hora.

Hoy ha vuelto a su melena a la espalda, a su floja blusa de niña, a sus reíres aturdidos de alegría infantil que no habíamosla escuchado desde el principio del viaje. Está contenta. Luce y vuela sus ropas de martirio con el callado triunfo gozoso y casi perverso de saber que sé que dentro tiene un cuerpo de esbelteces y elegancias... No la inquietan, pues, estas sobrias y castas plegaduras de túnica de ángel, de peplo, con que cae su traje, ni la morena y pálida enjutez bella de su cara engañadora.

Y a mí, en cambio, me inquieta toda esta diestra osadía con tanto de rebelde, de pérfidamente violento, de misterioso... porque dudo de si me será posible hacer recibir a tal indómita vida concentrada, ardiendo sólo en sus instintos, la benéfica influencia de calmas y delicadezas recomendada por Lucía. Tal vez ésta se engañó. Al menos, el papel de educador de alma que me ha conferido, es superior a mis fuerzas... Mi última carta a Sarah, de esta tarde, ha sido insípida, llena de vulgaridades, por cumplir, en rápida renuncia del afán de noble dominador con que llené ayer mismo para ella dos pliegos -en desorientada respuesta a su 1arga esquela última, tan viva de voluptuosidad, de carnal voluptuosidad, más encerrada en la intención y el sentimiento que en el valor mismo de las frases, que la rompí, por no tener que mostrarle con ella a Lucía mi derrota.

¡Claro está que lo mismo le oculté el encuentro del pasillo!... Pero mi empeño persiste. No es por Sarah, es por Lucía, que ha puesto en mí para la muchacha una empresa digna de Lucía. El fracaso hubiera de humillarme ante la alta amiga que también lo juzgó digno de mí.

Medito, vuelto al mar. Es la borda el eterno balcón de todas nuestras preocupaciones. El pasaje está repartido entre el comedor y la saleta, en cuyas abiertas ventanas se agolpan los que no caben. Me llega al oído el recitado de Sarah... de mi novia... (¡oh, no me acostumbro!... ), en diálogo que Enrique no lleva mal. Abajo, por las mangueras del comedor, suena el violín del relojero.

Distráenme las fosforescencias del mar. Son de llama, son de plata encendida en cuanto se las hiere, estas aguas del golfo de Bengala. -Pero noto que ha cambiado al gallego la voz que dialoga con Sarita, y veo a Enrique, que se acerca:

-Director, ¿y Aurora?... ¿la ha visto?

-No, querido. Yo no la dirijo.

-Sí, por eso; porque no tiene ella papel ni dirección en estas direcciones. ¿Dónde está?... ¿Ha visto usted al capitán?...

-Tampoco.

Hace un ademán de querer partir escapado. Se detiene.

-¡Bien, bah! ¡que los zurzan! -dice invitándome a un cigarro.

Y tan pronto como le doy fuego, se apoya junto a mí, y prosigue:

-Ese Pascual está ahí hecho un asno... Hay novedades, ¿sabe?... Pues, sí, más valía que buscase a su señora el bueno de Pascual.

Chupa. Suelta el humo. Cerciórase alrededor de que nadie nos escucha, y sonriese maligno:

-¡Hay novedades!... Pero novedades, ¡qué diablo!... ¿Dónde estuvo usted ayer, y hoy todo el día, que no hemos podido echar un párrafo?... Paréceme... que vais chalando a Lucía...

-¡Ah, Enrique, por favor! -le suplico...

-Bueno, bueno, sí... merece la reserva. ¿Ve?... inconvenientes de picar tan alto... ¡yo nada digo!... ¡Pues, sí... en cambio!... ¡qué caramba, Andrés... de estas cosas la mitad es que lo sepan los amigos!... se convenció... se convenció la dulce pescadera... Camarote 15, anteanoche, caro.

-¡Demonio!

-Y es una bestia, Andrés: ni siente ni padece... ¡vale que me importa un pito!... mejor... Hasta el alba... fue de ver. Ya sabe que ella tiene el camarote también en el pasillo... el 18. Todo convenido. Todo bien. Mi compaña al matrimonio, hasta el de ella, a las once...; quédase; ¡adiós, que ustedes duerman!...; Pascual y yo, al nuestro. A las once y media, Pascual roncando... a pleno órgano. Yo que salgo, yo que me cuelo en el 15..., y ya mi Aurora, a quien di el llavín, en el tálamo dorado... esperándome, desde las once y diez, sin más que fingir con las señoras del suyo haber bajado por un pañuelo... si es que las halló despiertas. ¡Y éste es el primer capítulo, la primera entrega de la historia!

-Bravo, bravo... mi húsar vencedor... Buscaba sin duda ahora la segunda entrega...

-¡No!... fue lo gracioso... la segunda, anoche, que si segunda con respecto a la mía, quién sabe la cuántas para... para... En fin, Andrés, un horror... ¡una chai!... ya se lo dije....: yo también, si no fuese mirando a que es... tan pescadera... Sólo que viene mejor callarse. ¿Qué más da?... Anoche, anoche... Verá usted: estábamos esta mañana sentados allí los tres: Aurora, Pascual y yo...; de pronto aparece por la puerta esa Rosario del teniente... esa señora gorda...

-Bola de sebo.

-Bola de sebo, es verdad..., que es compañera de camarote de Aurora. Creyó ésta, por lo mismo que nunca se reúne con ellas, y por si acaso, que debía decirle cualquier amabilidad, y la saludó sonriendo: «Muy buenas, Rosario!... ¡qué calor! ¿ha visto?»... «¡Sí, qué calor!... es ahogarse -contestó bola de sebo-; bien hizo usted anoche en no bajar hasta el día». -¡Cuadro!... -«¡Cómo, hasta el día?» -inquirió cuernos en alto el marido, tan pronto como pasó la otra y viendo turbarse a la señora... Por suerte, impulsivo, más sereno, yo acorrí: «¡Oh, hasta el día!..., ¡pobre tenienta... se duerme con las gallinas de la jaula!... cuando bajamos a las once se le debe figurar que sale el sol!»... -Mi observación pareció bastarle al minotauro, que hizo un «¡ah!» tragando saliva... Mas he aquí que cuando ya, satisfecho de mi maña, recibía la gratitud de la mirada de Aurora, caigo en la cuenta ¡rediós!... de que mi noche con ella no había sido anoche, sino anteanoche...; y como no había que soñar que Pascual hubiese sido el agraciado... ¡zás, un rayo!... bajo, tomo la horquilla, la famosa horquilla subo otra vez y se la presento: «Perdón, había olvidado que la otra tarde, Aurora, encontré y guardé esta horquilla de usted»...

-¿Y lo era?

-¡Oh, Andrés!... «Gracias -me replicó tomándola-, precisamente estaba loca de buscarla, por no poderme poner la compañera»... Le digo a usted que, si como está Pascual delante, no está Pascual -lo que él dice-, le suelto una trompada. ¡Grandísima... raposa!

-¡Hola!... ¡ella, la del capitán!...

-¡Gran zorro, también... camarote 16... Y mucho aparentar que no le tiene con cuidado que hablemos... ¡tapándole!... Por supuesto, que yo le largo a ella la trompada, por Pascual, antes de Manila... Así como así, mejor... ¡dos engañados! ¡ésta tiene para veinte!... Nuestro viejo capitán no se pensaría que yo iba a llegar a mayores... La torna como yo ¡de viaje!

-Señorito -nos interrumpe un mozo-, que vaya usted, de parte de la señorita Pura, que va a ensayar.

Parto en cumplimiento de mis artísticos deberes. Esta Pura es torpe y sosa de verdad. Antes de alejarme, me dice Enrique:

-Fíjese, luego, cuando suba la interfecta... si no están ahora de 16 y vuelven a perdérsele... ¡Tiene puestas las horquillas con toda la gracia del mundo!

Efectivamente, las tiene, muy requetepeinada, aquí mirando el ensayo en un diván, entre Charo y las simples y borrosas y angélicas hijas del coronel. No estaba, pues, de 16. Los celos, de mi loco amigo son un poco injustos. Es ella ahora la que me pregunta por el húsar... En tanto, Sarita, cambiándome una rapidísima mirada, en que me da, con toda su pasión, todas las seguridades de su sagacidad increíble para esquivarla de las gentes, cesa de hacer un papel que está haciendo para que lo aprenda la andaluza, y viene a mí cándidamente, echándose atrás la negra melena lanosa con ambas manos, vuelta niña:

-¡Usted, señor Serván! Yo dirigía en su ausencia.

-¡Vaya! ¡si es usted una profesora! -reclama Pura bobamente.

-¡Cuando no está el profesor! -replica la cubanita con una humildad llena de gracia, yendo a sentarse junto a Lucía.

Tomo el libreto. Frente a la mesa tengo a Pura y el teniente. Prefiero apuntar, por darle siquiera a la detestable actriz el tono. En ademanes no hay que pensar. Sus brazos son cosa muerta. Quiere abanico, por tener algo entre las manos, y se lo dejaré, aunque la escena finge un frío con chimenea de mil diantres... Únicamente cuando se acerca al maridito, al tenientito, para hacerle mimos, cobra una sindéresis y una verdad extrañas...

-¡Así! Así... ¡bravo!... ¿no ve usted? -la aplauden en uno de esos momentos.

-¡Si no hay más que ser natural! ¡Como si fuera cierto que usted se muere por besarle!

Esta observación de don Lacio hace sonreír a todos, incluso al tenientito, que abre los brazos replicando... «Bien, venga el beso... déjame estudiar»... Yo veo, sin embargo, detrás de ellos, una figura torva: el relojero... Ha subido, al concluir abajo la música, y está en otro diván del fondo, junto a la joven filipina.

-«¡Pepito!»

-«¡Qué!»

-«¡Pepitoóo!»

-«¡Qué, mujer!»

-«¡Tú no me quieres, Pepito!»

-«¡Mucho, mujer... más que a mis ojos!»

Igual que en tantas comedias, se juega en ésta, debajo, otra de realidad. ¿Por quién han empezado los celos? ¿son las miraditas aquellas de la india al violinista en el piano..., las miraditas del violinista a los claros diamantes de la india, en comparación (y repeso de posibles bodas) con las pobres amatistas de a diez pesetas de la novia..., o son en la linda novia despertadas preferencias al salado y desdeñoso tenientín de cazadores?

Probablemente todo junto, sin que los mismos interesados puedan ya darse cuenta más que de sus mudas rabias...

-«¡Pepito!»

-«Qué.»

-«¡Nada, Pepito... ya debías figurártelo... que quiero un beso!»

-«Bueno, mujer... otro...; es que tengo que estudiar...»

-«Pues no haberse casado...; pues no haberse escapado conmigo... ¡Jí... jí...!»

-«Bueno, mujer... allá voy... No llores. ¡Toma!...»

Y esta vez, yo creo que se lo planta en la oreja, el truchimán del teniente, -según está Pura fingiendo llorar de bruces contra el velador.

Yo no lo he visto, porque ha tenido el actor buen cuidado de volverse hacia la sala... pero lo han visto, han debido verlo aquellos dos de atrás, a juzgar por su impresión: el relojero se ha levantado y ha salido de la saleta, bufando; la filipina ha abierto el abanico delante de la cara, y ríe, o no sé qué.

El público aplaude.

-¡Bravo! ¡bravo!

Continúa el ensayo.


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