Del frío al fuego: 21

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Capítulo XX
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Del frío al fuego Felipe Trigo


¿Me quieres?

-Mucho.

-¿Cuánto?

-Como... desde aquí a Barcelona.

-¡Bah! Yo a ti, como... desde aquí a Barcelona dándole seis vueltas al mundo. ¿Cuántas veces piensas en mí al día?

-Muchas. ¿Y tú?

-Una.

-¡Oh!

-Sí, no interrumpida, dormida y despierta. Sueño contigo. Si vieses anoche, ¡qué sueño!

-Cuenta.

-¡Cá! ¡imposible!... ¡loco el sueño!

Alza los ojos en una traviesa evocación. Coqueta, espera mi curiosidad -que yo domino. Temo sus escapadas de anoche a lo osado (con que en ésta empieza) en el diálogo que quise eterizarle de alma... La veo tras el cristal, alumbrada por el reflector de aceite de la lampistería. El sitio es toda una elección de experta, como cuanto piensa, como cuanto dice -dándose el caso de parecer yo el inocente conducido por sus mañas.

Tumbado en el canapé, sin más que retrepar un poco la cabeza al respaldo; tumbada o sentada ella en el diván del interior, hablamos por las dos listas de persiana, viéndonos por el vidrio desde las narices. Menos mal que he comprobado que el vidrio no se puede descorrer; es un ventanillo poco más grande que el del fondo de los coches, donde encuádrase la faz de Sarah como un vivo retrato fantástico.

La veo languidecer de su emoción dichosa y dejar pegada al vidrio la mejilla. En seguida, vuelve la boca y aplasta sus labios al cristal...

Es un beso... son largos besos mirándonos... Así se me despidió anoche también.

-¿Ves?... -díceme luego- ¡A través del cristal, ¡sin romperlo ni mancharlo!

Y suspira.

Pide más -liberada de impurezas con el catecismal recuerdo. Yo consiento. Juego nuevo -besos nuevos que tienen una infantil travesura digna de una excitadora exquisita. ¿Cómo no confesar que me marean?... El vidrio se entibiece entre las bocas mientras los ojos se clavan..., parece que tocan en él, los labios, otros labios entregados y prohibidos... que tocan en su tersura marfil de dientes...

Pero una vez, cuando ella aguarda con los rojos labios en capullo, ávidamente pegados al plano diáfano, tras de haberlo limpiado los dos del velo de aliento que acaba siempre anublándolo, al ir a acercarme retírase lenta y queda sólo en el cristal el pico agudo de la lengua, más roja que los labios...

-¡Ah!... ¡Sarah!!

Un desencanto indifinible se apodera de mí, haciéndome abatir al respaldo la cabeza. Una ilusión, nacida apenas, ha muerto: la de este juego que me estaba al menos pareciendo el de la espontaneidad de los instintos en una vida salvajemente virgínea...; y han roto mi encanto la voluptuosidad aprendida..., lo artificioso, lo perverso, lo monstruoso en una niña de falda corta...

Ella toma mi esquivez por un desfallecimiento de dulzores, y bajando a la persiana, me habla. El ruido del agua, del barco, se confunde con el soplo de su voz. Yo no sé lo que me dice, y la corto al fin:

-Tú... Sarita... ¿has besado muchas veces?

-¡Oh! ¡yo!! -respóndeme enojada, al exabrupto.

Sorprendida de la pregunta -enojada y sorprendida más, acaso, del diminutivo del nombre que he vuelto a darla en una rabia.

Y en otra rabia, en otra inverosímil e histérica violencia irritada, dulce sin embargo su irritación, como resarcida de antemano por el daño que va a hacerme, como contenta si no ¡yo qué sé!... de darme un argumento contra su puerilidad... me arroja:

-Pues, sí... ¡he besado!... tú podrás creerme siempre una chiquilla... ¡Sarita!

Enmudece, y una exasperada curiosidad me invade por esta alma extraña; le pregunto y... pónese a referirme en dulce tono, que tiene fierezas mal ocultas en el gesto humilde por hacerse perdonar, una historia cínica. Miro casi espantado sus ojos inclinados, caídos al borde del vidrio mientras cuenta... fue hace un año. Al salir de Cuba. Un francés -dueño de un ingenio inmediato a la finca donde vivían ella y su madre, en tanto el padre en Madrid. Observaba Sarah que miraba él desde el balcón de su casa, con gemelos. Además, era visita. Cuando iba a verlas el francés, frecuentemente, la madre, obstinada sin cesar en seguir tratándola como muchacha por no vestirla de largo, la echaba de la sala..., y ella marchábase a esperarle al jardín... Así, poco a poco, se fueron encontrando... se hablaron... se besaron...

-Besos al pasar -concluye Sarah-; porque mamá no quería que yo quisiese al francés, que era un hombre como tú, de treinta años... Y además porque... porque... ¡yo no sé!... ¡él iba siempre en las siestas!... porque tendría celos...

-¡Tu madre!

-...¡Sí, yo creo que aquel francés era el «novio» de mamá!

Este final, me aturde más que si la hubiera oído que se dio al francés ella misma. No he visto tal afable carencia de sentido moral en nadie.

-Sí, lo creo -insiste-, ¡mamá me odia desde entonces!... ¡si tú supieses cuánto sufro!

Múdame el asombro en rápida piedad el asomo de dolor. La desgracia de la niña sin ternuras, con esta condesa arlequina, háceme pensar cuánto en su vida pasional concentrada podría una dulce dirección haber creado una alma hermosa. La figura del padre se me aparece en su perpetuo sarcasmo de burla, como la de un vencido..., como la de un vencido por la idiotez de Charo. Es la niña con quien hablo un híbrido engendro monstruoso..., sí, sí, decididamente monstruoso -del gran corazón de don José y de la nunca bien reída muñeca con medias escarlata... Y cae en mi mente con plena imposición el tremendo error de los hombres que desdeñan y aun condenan toda intelectualidad en la mujer, en las madres que han de darles a sus hijos herencias de educación bien fatales. ¡Cuánta razón siempre Lucía!

Sólo que está Sarah demás hecha a su desgracia para que puedan inquietarla sus dolores, y plácida, contenta, diríase, de la oportunidad de confianzas lascivas en que la ha lanzado la confesión del francés, díceme volviendo a nuestros besos:

-Díme, Andrés... ¿y por qué me preguntabas eso?... Ya ves, a ti ¡por el cristal!... Se conoce que eres listo.

Sonríe en la sombra. Mi curiosidad se cruza del afán de recorrer la extensión de arrestos de este espíritu, al que no podrán llevarle ya los más feroces diletantismos del mío ninguna perversión.

Doy por sabida de ella mi respuesta, e interrogo, nada más, sencillamente:

-Oye... ¿no hicisteis el francés y tú... más que besaros?

-¡Oh!

¡Qué me oyó!

Brusca, se ha separado del cristal, en el ímpetu que fulminan su boca, sus ojos. Ha sido tremendo el efecto. Llora. La veo casi perderse en las tinieblas, agobiarse sobre el blanco pañolillo que sus manos alzan... Y veo por último acercarse al vidrio el pañuelo delante de sus ojos, mientras se lamenta herida:

-¡Oh! ¡Andrés!... ¡tú no me quieres!... ¿Por qué, di, entonces, me lo has dicho? ¿Por qué subiste aquella mañana a buscarme?... ¿te llamaba yo? ¡Pudiste haberme dejado en paz con mi pena... y no para decirme ahora eso... eso!... ¡como a una sinvergüenza!!

Llora más, agitada de sollozos, sin mirarme... Siento remordimientos y empiezo una sentida arenga de idealismos, entre disculpas y protestas, gozoso de haber tocado un átomo de alma bajo la concreción horrible de indiferencias rotas de un mazazo. Mas, cuando mi fe se inflama en su silencio, juzgándolo dominio mío logrado al fin; cuando mi discurso va llegando casi a una sentimental elocuencia, la faz de Sarah reaparece sonriente en el cristal, y escucho:

. -¡Comprendo que hubieses pensado eso por ti, porque te adoro! ¡te adoro!... ¡Ah, qué listo tú!.. pero al francés... y mira, te voy a decir una cosa que se me ocurrió esta mañana. Verás. Como me gusta hablarte viéndote los ojos, y como con tanta gente en la cubierta tú no podrías entrar sin peligro aquí (donde además estaríamos a obscuras, y no debe ser, claro está), pensé que podremos hablar solos de día en la biblioteca. No sé si habrás reparado: la biblioteca cae al frente del pasillo de mi camarote... el de la izquierda del piano, ¿sabes?... Nunca hay nadie. Un cuchitril. Tu puedes ir a buscar libros cuando mi madre esté arriba. La camarera, ya ves, nos guardará; es la que nos lleva las cartas... ¿quieres?

¡Ni me atendía! Mientras yo peroraba elocuente, dialogaba ella con sus antojos de niña-mujer que se muere por besos de unos labios sin estorbos de cristales. Me invade entonces la rabia del ridículo, y la persuasión absoluta de mi impoderío para el bien; y me gana al mismo tiempo, desde el corazón a la frente, el ansia de ser malvado, de ser feroz en lo perverso, de ser la esencia misma de la monstruosidad canalla ante lo inocentemente monstruoso. -A partir de aquí, yo no sé ni lo que hablo ni de qué hablo, ni qué demoniaco espíritu me presta su charlar de fácil seducción que hechiza a Sarah. Sólo sé que, entre palabras muy dulces, galantísimas, bien sonoras, hemos rehusado ella y yo, por baladíes, las entrevistas en la biblioteca, y hemos hablado del camarote 15... cuyo llavín tendré yo. Sólo sé que, al separarnos esta noche, ella me despide con este coloquio de llanezas estupendas:

-Y dime, ¿no es mejor anochecido? Por la siesta nos verían.

-Sí. Tienes razón. Anochecido. Entonces, pasado mañana, cuando hayamos pasado Singapoore.

-¡Ah!... Y dime, ¿piensas bajar en Singapoore?

-¿Por qué no?

-¿Como en Port-Said? ¿como en Colombo?... ¿por tu cuenta?... Pues no, niñito.

-¿Por qué no? ¡Qué tontería!

-Sí, tontería. Te lo prohíbo. Si bajas, con nosotras. Tú te piensas, Andrés, que no oí...: la orquesta, la egipcia de Port-Said..., la tú sabrás qué de Colombo... ¡Tontería! y en tanto ¡justo!, nosotras en el vapor, como de palo... ¡Buena tontería nos dé Dios, y qué... poca tenéis los hombres!

Pone un beso en el cristal, y escapa. No sé por dónde. Ni la siento abrir, ni pasar por las cubiertas.

Salgo poco después de mi escondrijo, y como veo gente en tertulia hacia el puente, acércome a la borda, dando tiempo a que partan las señoras... El espectáculo del agua, batida por la marcha, me distrae... las fosforescencias magníficas de este golfo de Bengala.

La noche es obscura, pero el mar se alumbra por sí propio. Flores de plata suben de su fondo, y tiemblan y se deshacen en estrellas. Arde en cada arista del oleaje una llama. Salta luz. Parece que el mar, tranquilo, sereno en torno, es un manto negro que va rasgando a su marcha el Reus..., rasgándolo en jirones que descubren antros de fantástica y ardiente argentería... Las madejas de luz surgen, flotan, se destejen a los lados... A veces toda la banda corre por una onda de lívido fuego azul, que da la ilusión de un buque salamandra corriendo por un incendio de luna...

Las damas se han marchado. Sigue insólitamente la tertulia de hombres. -Decídome a ir en busca de mi ancho canapé de sueño, recordando que el capitán nos anunció, a la salida de Colombo, el cruce con otro trasatlántico de la Compañía, el Isla de Mallorca, próximamente para la media noche, antes de la llegada a Singapoore. Sin duda esperan éstos comprobar hasta qué punto fue preciso el augurio del capitán.

Les oigo hablar, cuando llego; mas no de barcos... El camarero me tiene solícito la almohada en un canapé, y yo me tumbo, escuchando. Es un picoteado de frases agrias entre el relojero y el tenientito, de frente uno a otro en el corro de sillones donde veo también al indio, al comandante, al doctor de a bordo, al señor que hace el gallego del Margaux, a Enrique tomando un chin-cocktail. Por la lumbrera sube la claridad de los que juegan al tresillo. Se habla de Pura. Se habla de la madre Pura.

Se habla de las dos con un cruel desgarrar de tigres.

-¡Por supuesto, la dio usted el beso! -dice el comandante.

-¡Oh, no, no! -salta en galán el tenientito, que encuentra un poco fuerte el descaro-; me va usted a perdonar, mi comandante, pero no la di el beso. Es que así, en el velador, al doblarme... como ella tiene tan hueco el pelo en la oreja...

-¡Vaya, señor!... Y como la madre no estaba...

-Que no, mi comandante.

-¿La madre?... ¡Bah! -vuelve a intervenir el relojero mortificado aunque habla en la alegre confidencia-. La madre no estorba, ¡qué diablo!

El tenientito se agita, intranquilo... Se tose en el corro. Hay aquí lo que suele en los corros darse con frecuencia; dos impulsivos y uno que se divierte en excitarlos -y es éste el comandante. Aprovechando el silencio hostil, por malignidad o curiosidad, o por ambas cosas juntas, anima al relojero:

-La chica debe ser también de oro..., y nadie como usted para saberlo, amigo.

-¡Regular! -responde el aludido petulantemente.

-Una mañana -insiste el comandante- le he visto a usted vagar por junto a su camarote.

-¡Sí... recuerdo!...¡me saludó usted!... Pero, no, ¡nada! -añade importante y perdonador el relojero-, en los camarotes de señoras solas... no se entra... no debe entrarse... está prohibido.

-Hombre bueno, ¡no digo que... tanto!

Vacila, el novio desdeñado. La duda le enardece, en la atención general. Prorrumpe últimamente:

-¿Tanto?... Mire usted, quizás no...; pero, quién sepa por quién; en Colombo comimos juntos... la madre, la niña y yo... Y admitido que la madre... ¡igual que una marmota!... En fin, a qué hablar, mi comandante..., ¡me da asco, asco... lo que se dice asco, de las dos!

Ha hecho un movimiento, tirando la punta de un puro, cuya lumbre se esparce al choque en la cubierta, y se ha vuelto con arrogancia en el sillón, como quien definitivamente huye de indiscreciones molestas... Mas, no ha contado con que, lento, extrañamente firme y amenazador en el tranquilo aspecto de su figurita menuda, se ha levantado el teniente y le toca el hombro con dos suaves palmadas:

-Conque, asco, ¿eh... amigo relojero? -le dice.

-Pues, oiga... mal se compagina -añade calmando con un ademán el de los demás de levantarse-, mal se compagina, que la señorita Pura... tan despreciada por usted... le hayan mandado a freír espárragos en cuanto se me puso en la frente. La señorita Pura... Porque ha de saber usted que ella es una «señorita», en toda la extensión de la palabra, y usted... ¡un perfecto mamarracho, querido relojero!

Ahora sí, nos hemos levantado todos, al insulto proferido seco y fuerte...; todos, menos el relojero... que aplanado en su sillón y pálido como la paja... limítase a balbucir:

-¡Ah, usted!... ¡oh, usted... dice!... no sé a qué viene... ¡yo!...

-Digo -termina el tenientito retirándose-, que no le doy a usted una bofetada, porque me da asco... asco... así, literalmente.

Entonces, al tornarse el jovencillo a su asiento, es cuando el relojero hace, siquiera por mínima respuesta a la indignación de los demás ante tanta vileza y cobardía, una leve intención de irse a él...; pero basta a contenerle el brazo del indio, que interviene con bufas recomendaciones de paz...

Calla la reunión, vuelto cada cual a su sitio. El tenientito saca con tranquilidad la conversación del Isla de Mallorca, que va, por lo que advierto, debían de estar viéndolo éstos en el horizonte, rato hace.

Mi mudo entusiasmo por la conducta de mi colega en armas, se entristece un poco, luego, cuando la trama del pensamiento me lleva a imaginar que, ciertamente, tendrá más que temer la honra de Pura en las probables contingencias de sus relaciones con este defensor audaz y caballeroso, que si las hubiese seguido con el hueco e inhábil relojero y a pesar de sus difamaciones estúpidas... Brota ante mí la triste sombra de la mujer padeciendo igual escarnio bajo el tiránico poder del caballero y del canalla, y veo por un segundo al tenientito como un símbolo de la horrenda confusión social en muchas cosas. Esto que ha mentido en intención el uno, de la hija infeliz de la madre inocente, lo hará el otro sin mentirlo y sin decirlo -y todos le seguirán estrechando la mano, allá, en Manila, cuando ellas lloren...

Una congoja de menosprecio a mí mismo se me alza en el pecho con la imagen de «mi novia», y me prometo respetarla, contra toda su procacidad maligna, no menos cándida, en el fondo, que esta ingenua «pesca del marido» de estas Purita y su madre. Las citas de la biblioteca, y menos las del camarote -¡ah!, ¡qué intentaba yo!-, no deben llegar nunca, pese a mis arranques necios de ganarle en ceguedades locas a tal loca criatura. Habrá de conformarse con la lampistería, y habrá de seguir siendo una inversa conquista difícil, original, la mía en Sarah: la de la pureza forzosa a través de todas sus ansias insensatas por dejar de serlo.

Y otra imagen aún se me aparece en resplandores: ¡Lucía! -Lucía, que podrá haberse equivocado al elegir al hombre de su amor, que podrá quizás, quizás, no haber podido elegir, en la social limitación femenina, al que en realidad la mereciese...; pero que es la mujer noble, la mujer inteligente, la mujer fuerte, dueña de sí propia y de su suerte y en sí propia consolada en su desdicha..., ¡nunca por sus instintos a merced de los demás!

Media hora más tarde, desfila ante nosotros el Isla de Mallorca, como un castillo agujereado de luces.

El Isla de Mallorca y el Reus se saludan con sirenas, con faroles que suben y bajan allá por la obscuridad del mar...


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