Del frío al fuego: 25

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Capítulo XXIV
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Del frío al fuego Felipe Trigo


El mar de la China recobra sus fueros de mal genio y mueve nuestro barco, dejando de ser el cristal inconmovible que hemos corrido casi sin cesar desde la Arabia. Sin embargo, lo mueve discretamente, como para advertirnos nada más, como para volver al bello azul cobalto de Sicilia diciéndonos que siempre es uno y el mismo. Los celestes presagios de tormenta, se han borrado, y el sol traza su senda de luz en las olas.

He vuelto yo también esta tarde a desear lo sencillo, tras el sueño inquieto de la mañana entera en que ha rendido la fiesta al pasaje. Enrique acaba de contarme que a las tres «durmió a Pascual, y que terminó la noche... con aurora». Hubo además sus borracheras, sus escándalos, sobre cubierta -lo supo él, que es el hombre de las observaciones: dos se pegaron, y en la saleta, a obscuras, parece que llegaron a entrar Pura y el tenientito, encontrándose allí dolorosamente sorprendidos con un durmiente que había vomitado las trufas y el champaña...

He vuelto a desear lo sencillo con el instintivo asco profundo que en la fatiga de vinos y deseos dejan las báquicas lascivias de los demás. Casi una repugnancia de cada átomo de mi ser en ansia de purificaciones..., y huyendo de las gentes, de Sarah, de la niña-mujer que fue asimismo en la hipócrita bacanal mi tentación y mi martirio, he buscado en este extremo de la popa, junto a mi limpio cañón enfundado, al pie de la corredera que sigue dando vueltas en la estela, otras castas y anchas compañías de las verdaderas almas de niña que son las olas en sus rumorosos juegos del silencio... Ellas bullen, saltan, se tocan, se lanzan espumas...

He traído tal vez la esperanza de Lucía, en sus diarias visitas a la rubia. Algunas tardes las he visto juntas aquí, mirando cómo el sol despliega sus crepúsculos grandiosos. Me hiciera bien hablar con ambas de las aguas y del cielo..., me hiciera bien hablar con ella noblemente de lo que ella ¡la humana! querrá quizás reprocharme del brindis de Traviata...

Y me admira, viendo cómo la corredera da vueltas, sin haber perdido una mientras marcha el Reus, mientras dormimos nosotros, como igualmente según su condición son inmutables e incesantes las tendencias en las almas: la misma, Lucía, a través del medio corruptor del buque, que el día que la vi arribar en el blanco esquife en Barcelona: la misma, sonriosa y gentil... imperturbable -como esta corredera, como esta hélice tampoco fatigada en su girar, como este pobre corazón que todos llevamos en el pecho y que late segundo por segundo en sueños y en las vigilias desde el nacer hasta la muerte... ¡La misma, como un cuerpo de alma que guarda en sí propio la firmeza de su fin y su destino!

¡Pobre corazón!... tú lates... lates... en tanto cruza el alma los mares varios de la vida... Yo querría verte ahora y tocarte con mis labios, diciéndote que sigas, que no te canses aún, que no haces vivir en mí completamente a un miserable...

Doblo hacia él la frente y quédome pensando, aquí abrumado sobre el ruedo de maromas, que no me será ya muy difícil eludir, en los cuatro días que de viaje restan, la estúpida provocación de Sarah. Cáusome a mí propio el efecto, en el vuelo de pesares nobles, de la cansada ramera que resiste por hastío y por una mezcla de desprecio y de piedad la testaruda invitación de un jovencillo al cual puede darle desdicha sin recibir nada nuevo... ni la poesía de su pudor. -Sarah, ese jovencillo; y su pasión, vicio procaz bien limitado, bien exaltado por mi indiferencia de hombre, de «ramera», a su aparente niñez... Son iguales nuestras ansias cuando ella me las infunde con la boca... Y ambos quedaríamos probablemente en el mismo tedio después de los abrazos... Sí; noto ahora, con horror de ese alma de muñeca, que ni un momento hase preocupado del porvenir..., de boda..., de adónde iré... de todo eso que teme y trata de afirmarse siquiera en juramentos la amorosa que se entrega...

Oigo la hélice, y veo su palpitación de espuma. Percibo con mi mano diestra mi corazón. Mi corazón y la máquina van moviendo en mi ser y en el buque la misma monstruosa confusión de cosas y de almas... Yo también llevo un rincón de Lucía, de altezas, en el pecho casi ridículo entre tanta escoria de la carga.

Éntrame el afán de ver las máquinas, ya que no puedo mi corazón. Una curiosidad que no había tenido en veinticinco días de a bordo, cuando tantas necedades me absorbieron.

Bajo a la entrecubierta.

Entro en la galería.

El foso de las máquinas tiene frente a un almacén su acceso, cerca de las cocinas. Paso a él.

En la baranda de la escalera de hierro que va descendiendo adosada a sus paredes de cisterna, deténgome a considerar la negra profundidad. La inflada manga de lona de un ventilador baja oscilante por el hueco, desde la lumbrera de la cubierta de segunda. Abajo, entre el rojo resplandor de luces artificiales, veo una biela poderosa que hace girar un volante...

Y vuélvome de pronto. Me llaman desde el pasillo. Llega a mí la vieja camarera de las cartas... con otra.

-¡De parte de la señorita!

Vase furtivamente la camarera, y rompo el sobre:

«Esto es horrible. Ni ayer ni anteayer hablamos. Ven a la biblioteca».

¡Oh, Dios!

Una impresión francamente repulsiva me toma con la idea de esta chiquilla errante y sola por el barco como una gata atormentada de lujuria.

Mi impulso es no ir.

¡Sarah! ¡Oh, escondido cuerpo grácil de estatua... ¿qué importa tu material pureza si te faltan la gracia del amor y la inocencia..., si aun para ser aquella otra india estatuilla te faltan hasta su docilidad y su dulzura cuanto te sobran el descaro y la doblez?...¡Ah, sí, sí tú me haces sentir, rara virgen, la infamia de la ramera -que al menos tiene una moneda por disculpa-, con tu limitada solicitación de placer en mi carne!... Siento bien lo que es ceder sin voluntad, en tu asedio repugnante..., y debes conformarte, sin saberlo, con haberle dado a un hombre, acaso la primera, esta extraña sensación!

Pero... ¿por qué sin saberlo?... La imagen de Lucía pasa en niebla llamándome cobarde... Al menos realizaré este empeño, de la empresa alta, en la biblioteca... ¡Sabré decirle a Sarah cómo es horrible, esto sí, una flor de virginidad abriendo en vicio!...

Desisto de las máquinas. Salgo y cruzo galerías. Está arriba todo el mundo. Huele siempre en nuestra cámara a las flores que enloquecen... sampaguitas. -Vacilo en el comedor, tomo el pasillo de la izquierda del piano y reconozco la biblioteca enfrente, por dos pequeños estantes.

Las tres puertas de camarotes del pasillo están cerradas. La «biblioteca» es un tabuco a cuyas cuatro paredes se aspa con los brazos. Tiene como una docena de libros. Los miro: El arte de creer, de Augusto Nicolás, ¿Se opone la fe a la razón?, por X, La Europa salvaje, por Flit... Comprendo que los pasajeros la ignorásemos. En otra tabla están las obras de Julio Verne, y al lado ¡menos mal! una lujosa edición de La Divina Comedia... Alcanzo el tomo del Infierno y hojeo los magníficos grabados de Doré: el texto, a dos mitades, está en español y en italiano...

Un ruido, me torna; una puerta, del camarote de al pie, ha sido abierta... Y Sarah, de un salto cae en mi pecho.

-¡Mi Andrés!

No me ha dejado decir ni su nombre..., me estrecha, me estruja, me busca la boca... se muere estremecida en el beso ávido, largo, interminable...

-¡Sarah!... por... Dios... que pueden venir...

-¡No! ¡Nadie!

Y en la huida de mis labios, los busca otra vez, con los suyos, colgada de mi cuello... sin término, sin fin... Luego, a su peso y a la dulce cobardía de que va llenándome el ardiente contacto de su cuerpo, caemos desfallecidos en el beso sobre el pequeño diván... Artera, o realmente por la violencia desbrochada, veo su garganta y la curva de su seno moreno y firme... Me doblo y lo muerdo..., y entonces grita, en grito ahogado, quedándose desmayada en abandono...

-No, mira, Sarah... -digo de pronto levantándome, trémulo, frenético-, arriba, en el camarote, ¿sabes?... Tengo la llave en el mío... ¡Sube después de comer!

Ella, solloza y suspira, la espalda contra el respaldo... Tiene el pelo en madeja, y un blanco peinador lleno de gasas la cubre.

-¿Sabes? -insisto.

Y cogiendo el tomo del Dante, por precaución de disculpa, salgo.

Pero me alcanza, ligera, y me da otro breve beso de dominio, diciéndome aprisa en seguida: -Baja la llave, y ponla en un candelabro del piano. Avísame tocando el vals que tocas tú... ¿Qué número es?

-El 15.

En cuanto cierra el camarote, donde he visto una dorada cama igual que la del de arriba, subo a la cubierta en busca de Enrique, que está con un grupo de hombres. Llámole aparte y le digo que «han soltado a la francesa... en furia»; que vengo de hablarla y de quedar con ella para la alta noche en el... si el... «¡Buena guardia!» -me interrumpe en lenguaje militar, dándome el llavín. Vuelvo a bajar y lo pongo en el piano... en un hueco del dorado candelabro cuyos colgantes de vidrio vibran unas notas de mi vals...


No pienso..., y sin embargo, existo. Todo para lo brutal, ciego y loco, sin que haya otra reflexión que me dé vueltas sobre las vagas impresiones de las láminas del Dante, que hojeo aquí en el solitario sitio de nuestras tertulias de la noche, más que ésta: «¡Qué más da!... Selo tú, si ha de ser alguno el primero fatalmente»... Y una confusa y baja conciencia en donde está también desnuda Sarah, según la vi en la ducha, como estas bellas condenadas de Doré, me afirma ahora con bestias complacencias que ella intacta vale más que la francesa, que Aurora, que Pura, que la estatuilla de Colombo y que la egipcia de Port-Said... Bastante más que todas estas hembras de placer del Reus y de los puertos... en la gama tan diversa de mujeres en cuyo centro están las vírgenes tontas del coronel y en cuyo extremo de idealidad y excelsitud está Lucía. De una mujer a una mujer hay, pues, más diferencia que de un sapo a una Diosa. Por eso se puede decir de ellas todo lo necio y lo grande con razón.

«Lasciati ogni speranza».


¡Oh! ¡Es simbólico para mí también ahora el libro de los símbolos!

Bien, sí: io lascio... -buena o mala, he aquí la aplicación de mi acústico italiano a la boca de otro infierno de indignidad.

Y sigo mirando los santos del Infierno. Compláceme también mentalmente con escarnio el calambur.

La campana.

A comer.

Llego el primero. Van llenándose pronto las mesas.

Sarah no está. Nadie hace caso... Claro, oh... «la chiquilla!»... Pura, enfrente, muestra hoy singular melancolía al lado del teniente. Esto, de ésta, sí, parece preocupar a las amables malicias.

Yo pienso que tal vez las dos vírgenes locas del pasaje han venido en misteriosa competencia por dejar de serlo..., ¡y que no se han ganado mucha delantera!

Sarah, llega. Nadie la hace caso. Solamente el comandante la coge en mimo por la barba.

-¿Dónde andas?

-Oh... ¡ahí!... acabando de arreglarme.

Sonríe, con los ojos bajos, dejándose agitar la barbilla por el paternal comandante. Por mucho que sea de éste el perverso agrado en su paternidad, no podrá comprender el sentido del «acabando de arreglarme»... dicho para mí. Viene tan perfumada, que desde el frente de la mesa me ha dado el olor de su chipre, de su ilán, aun en este comedor que sofoca de perfumes. Y no la miro, por complacerla no viéndola más en traje de chiquilla; por seguir imaginándola como en la ducha; por recordar mejor la brava esquela que volvió con la camarera a enviarme hace un rato:


«He visto el camarote. Tarda tú un poco en ir. Yo estaré dentro, encerrada. Para no exponerme a contestar o abrirle a otro, llama con las uñas. Quiero que me encuentres de mujer, para que hablemos sin que te parezca más la chiquilla. Llevaré ropa de mamá, y la diadema... como en Chateau Margaux. ¿Te gusté?... Tendré que vestirme dentro: por eso te digo que tardes..., pero no mucho. Rompe esto.»


Sin mirarla, la observo, la siento: no cesa de beber agua con hielo. Siento además a Lucía, como si me contemplase grave a intervalos: me ha dirigido la palabra y he debido contestarla torpe...

Pasa junto al piano el doctor Roque al terminar la comida, con dos botellas, una copa y tres cucuruchos de papel, anunciando que va a hacer el escamoteo del agua y el vino, y otros que no le salieron anoche. Hay quien desfila, pero queda, entre muchos, la gente de nuestra tertulia, invitada con predilección... Unos minutos después, no veo a Sarah. Y yo me escamoteo también y voy a esperar en la cubierta.

Pésame en seguida, porque dudo si la reunión del comedor la entorpecerá al tener que pasar ocultando la bata del Chateau Margaux, o si ya la habrá subido esta tarde... En la duda, aguardo un rato más. Estoy realmente temblando como un ladrón. Nunca he sido hábil para estos subterfugios..., temo que van a vernos... Y llega don Lacio, renegando del doctor y de sus juegos y hablándome después de la cuestión del día: Purita. -Sus bromas tienen la amarga compasión inmensa con que parece cruzar por la vida, jocoso y resignado..., tienen en esta hora para mí, sobre todo, un filo de acero que me toca el corazón... Afortunadamente vienen a llamarlo de parte del doctor que quiere que le vea sus juegos.

-No le invito... ¡Feliz, querido!-me dice. -¡Pídale a Dios que acorte mi tormento!

Va.

¿Es que en las situaciones horribles hay frases con un sentido de adivinación dolorosa o es que mi angustia se lo encuentra a lo insignificante?... El ruego en broma, me llena de amargor... Yo puedo, en verdad, librarle de posibles tormentos harto más reales que el del médico... Mi voluntad parece que va a determinarse al asesinato de una honra de más valía que la de Sarah..., al frío y aleve asesinato de la honra de un vencido donde yo asestaré la puñalada final.

Y sin embargo, me levanto, marcho, voy al fin... aunque no va ya en mi cuerpo tembloroso el amante... más que debajo del miedo y la ignominia del ladrón y el asesino. Llego a la puertecilla de la escalera...

-¡Oh!!

-Qué... ¡Andrés!

Lucía y yo acabamos de encontrarnos.

Nunca sabré decir por qué he tenido este pánico de sorpresa... ante ella... Nunca sabré decir qué ha leído en mi semblante... Ella, en la puertecilla, yo un paso atrás, en la cubierta, nos miramos. Luego sonríe indulgente, investigando alrededor cualquier otra silueta fugitiva, adivinando mínimamente lo que le sería imposible concebir en toda su inverosímil realidad.

-¡Oh, Andrés!... ¿qué tiene?... Diríase que soy... una conciencia.

-¡Lucía!

Ella sigue, con su alma valiente y generosa:

-... aquélla... ¡a quien no ha querido usted continuar hablándole de Sarah!... Adiós -añade buena aún, amiga, hermana, consejera; déjela bajar... hay ya ojos en el salón que echan a ustedes de menos.

-¡Ah!... ¡yo... Lucía...! ¡Sarah no está aquí!

Y como ella se encamina a los sillones donde con pérfida alegría veo aún, abierto bajo la ampolla de la luz el tomo del Dante, yo la sigo, y nos sentamos.

He logrado recogerme a la astucia, en el trayecto breve.

-Mire -digo-: leía esto.

La admirable mujer, serena siempre, no estima mis palabras. Yo no oso insistir, en vergüenza que háceme bajar los ojos... Va a decirme algo y le temo..., le temo a su solemne pausa de compulsaciones.

-Andrés... perdóneme si intervengo en cosas cuya mayor responsabilidad es al fin mía, determinada por mi inducción en la voluntad de usted hacia una chiquilla insensata... Sería yo mala amiga si no le advirtiese lealmente lo que ni usted ni ella pueden advertir; lo que nunca advierten hasta el momento irremediable aquellos a quienes les importa; lo que no han advertido tampoco de ellos Pura y su novio, aunque como usted sabe lo comenta en torno de ambos todo el barco... Pues, bien, el escándalo del día, no es uno, son dos, a bordo: Sarah también... Anoche, tras el telón del fondo, alguien les vio a ustedes... la vio a ella tomarse confianzas excesivas...

-¿Quién?

-La india, desde la escena misma, donde Sarah retrasó su entrada. La que hoy se lo ha dicho a todo el mundo.

Un bochorno inmenso me invade. No me queda otra mental actividad que la memoria, para recordar que ella me dio efectivamente el beso al salir, junto a la bandera replegada de la puerta... Por no caer ante Lucía de rodillas, por no decirla si no en una brusca confesión dónde y cómo me está Sarah esperando, prefiero confiarme a un expiativo silencio, y exclamo, anonadado, extinguido:

-¡Lucía!... ¡Oh, Lucía!... ¿me cree usted muy despreciable?

-No -responde amarga-. Antes yo la imprudente, que le lancé a una empresa imposible con una chiquilla loca... ¡con una loca indomable! Sin mí, Andrés, ella habría rabiado a su solas, mas no estaría en evidencia: quiso usted no hacerla caso... ¡Y habría sido mejor!

Alzando la frente, que se ha inclinado también hacia su pecho, me mira dulce y pregúntame, recogiendo para sí la misma desolación de mi alma:

-¿Me cree usted muy imprudente, Andrés?

-¡Oh!

No he podido contestar más, con un calofrío de asombro a la inmensa bondad y a la amplísima comprensibilidad de esta mujer. Con mi exclamación ha ido mi mano a coger la suya, estrechándola, de dorso, sobre el bambú del sillón que ella tiene empuñado... No me doy cuenta del contacto, más que como de una caricia infinita y apasionadamente fraternal que ella acepta con llaneza... Sólo después de algunos segundos desliza de bajo la mía la mano, y dice vaga:

-Por fortuna la edad de ella, y el respeto quizás a su padre, y a usted mismo, Andrés, han contenido la murmuración en los límites de una pueril ligereza..., de una precoz perversidad de la muchacha frente a la pasiva perplejidad de un hombre puesto por la inconsciencia en situación difícil... Sin embargo, me atrevo a aconsejar a usted que no prolongue estas dobles ausencias de usted y de Sarah entre las gentes... La maledicencia está ahora mismo allí abajo más despierta contra Sarah que para las prestidigitaciones de doctor.

Nada digo.

Lucía insiste:

-¡Haga usted, Andrés, que Sarah baje!

-¡Oh, Lucía!... Sarah... no estaba aquí... no está en la cubierta- ¡Y como es la única parte de verdad que puedo decir de lo indecible, lo he dicho firmemente!

-Baje usted, al menos. Es lo mismo.

Voy a obedecer... pero vuelvo a sentarme. He tenido el impulso de pedirla que me acompañe también... como guardia de la débil voluntad y de la vida miserable que bien podrían torcer su marcha desde el comedor al camarote... ¡Ah, únicamente al lado de esta luz de alma podré sustraerme a la atracción del cuerpo en fuego que va de cierto sufre y llora en su misteriosa prisión! Sí, yo querría ir siquiera a avisarla... ¡Y no sabría resistir sus besos mi débil voluntad, mi vida miserable!...

-Lucía... ¿quiere usted que no nos preocupemos más de esa chiquilla?... Ni para forzarme yo ahora mismo en dar inútiles satisfacciones... ¿a qué? Yo estoy con usted... con Aquélla a cuyo lado se está siempre en ambiente de respeto... Y mire, me están viendo: también hay gentes aquí... allá... allá...

Confía en mi decisión, después de lo que ella cree fracaso de las suyas, y yo, míseramente dichoso del alto concepto que de mí conserva con sólo haber sabido callar, la oigo en triste y sencilla complacencia hablarme del mar, de la luna que vemos por tercera vez menguante en nuestras noches del viaje, como un arete que no alumbra, perdida entre luceros. Luego conversamos del término del viaje mismo: hemos visto pasar tantos pueblos y tantas gentes y tantas cosas desde la borda, que se diría que estamos en otro mundo... en otro mundo fabuloso de este extremo de la Tierra adonde vamos llegando, habiendo en suma andado menos, que en cualquier tarde madrileña de paseo por el Retiro. La paradoja de lo simple nos abruma, y adquirimos la noción de que le hemos tornado afecto al barco, que tendremos que dejar ya dentro de tres días... Hay una melancolía de todo lo que acaba, que nos lleva, pudiera decirse, con sorpresa, a reparar en nuestros destinos diversos... ella va a Iligan, en la isla de Mindanao, no a Ilo-Ilo como me dijo no sé quién en Barcelona...: yo iré a las órdenes del general Rey, a quien vengo recomendado, no, sé adónde... mas ¿por qué no quizás a Mindanao, centro de la guerra también con los moros y los indios?... Nos hace callar no sé qué dilatada visión de tristezas, de guerra, de peligros... de lo terrible y lo heroico que veo por fin en este instante ante la proa del Reus.

La campana de a bordo da las siete y media. Crúzame lejana, hundida, la imagen de la desesperada esperando. La había olvidado ya.

¡Sarah!

Partió de la mesa a las seis. Llorará... se habrá cansado... En el comedor suena música hace rato. A nuestra espalda, por la lumbrera del fumadero, sube alguna vez el tintineo de las monedas del tresillo.

-¿Qué leía usted? -díceme Lucía rompiendo su abstracción y tomando del inmediato canapé el enorme libro abierto.

Bajo el papel de seda que protege cada lámina, veo el hermoso grabado en que Doré presenta plenamente desnuda una mujer.

-¡Oh, Dante! -dice Lucía volviendo el transparente para mirar el pasaje de Francesca.

He dominado un ademán de volver las hojas, cual si la contemplación del blanco cuerpo, que coge toda la plana, pudiese revelarle cómo evocaba yo el de Sarah en la ducha... La artística desnudez de los amantes está impregnada todavía, para mis ojos, de lujuria; pero no la contempla Lucía así, en su alma altísima: le evoca a ella arte, nada más.

-He visto en París -la oigo- el famoso cuadro con este mismo asunto, de Archer Ary. Paolo toca más delicadamente aún a Francesa, ante el negro torbellino que arrastra sus desesperaciones... Aquí también está, precisamente, la estrofa más hermosa del poema.

-Sí... «Caí como un cuerpo muerto cae».

-¡Oh, pero en italiano!... Oiga. Usted lo entiende:

«Cuando leggemmo il disiato riso
esser bachiato da cotanto amante,
questi, che mai da me mon fia diviso,
la bocca mi bació tutto tremante:
Galeotto fu'l libro è chi lo scrisse:
quel giorno piá non vi leggemmo avante
Mentre che l'uno spirto questo disse,
l'altro piangeva si, ché di pietade
i'venni men cossi com'io morisse
è caddi, come corpo morto cade.»


-¡Ah!! -he exclamado alzándome del libro, casi del hombro de Lucía, casi de haber sentido su aliento, en el encanto del nada sentir; con la avidez también de aquellos versos pronunciados en tutto tremante canto de entusiasmo por la boca divina que no he visto...; y al reclinarme atrás llevando en el corazón en congoja un dardo de arte... del arte del poeta, y del arte de la intérprete de su sentir, maravillosa..., otro ¡Ah! de una brusca emoción indefinible arranca en mi garganta la blanca y calma silueta diabólica que está detrás mirándonos a ambos... ¡Sarah!!


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¡Sarah, rígida, terrible con su impasibilidad violenta, a un paso de nosotros!

Lucía se ha apartado de mí con un instinto de terror.

-¿Leyendo? -dice Sarah.

La chiquilla nos domina. Se acerca y mira, sobre la falda de Lucía, la estampa de Doré.

-¡Oh! -hace a su vez cubriéndose púdica la cara entre las manos.

Y sin decir nada más, absolutamente nada más... gira, marcha lenta el poco espacio que hay a la escalera, en su actitud de niña avergonzada... Y desaparece...

Yo la he seguido en la sombra de los ojos todo el odio... todo el odio de su impávida faz sonriente, de trágica, de cómica increíble...

-¡Oh, Andrés! -exclama Lucía solamente, interrogándome, aterrada de mi espanto, más que del suyo.

-¡Sí!... -le confieso; ella esperaba... me esperaba. ¡Ah, la chiquilla!...

-¿Dónde?

-Me esperaba, me esperaba... Desde que usted llegó... cuando yo iba miserable a... ¡me esperaba!

Y mientras yo callo y lucho y voy tal vez a resolverme a contar dónde esperaba, para darle a Lucía la franca idea de mi situación, y acaso del peligro de calumnia para ambos por los celos de la horrible..., oigo vagamente la voz de Sarah, por la lumbrera abierta, entre los ruidos del buque... Me levanto y miro...: está de pie, junto a la mesa donde juegan Alberto y su padre... Le habla a éste desde enfrente... Y no puedo entender... La indiferencia del diálogo en las sonrisas, en el seguir don Lacio mirando y echando sus cartas, podría tranquilizarme, pero... De pronto ha dicho ella algo a Alberto, y sale. -Algo muy astuto y tremendamente inocente... puesto que él se ha alterado... Y termina trémulo su baza... Y se levanta al fin...

-Oh, Lucía... ¡Adiós!... Viene... ¡viene!

-¿Quién? -pregunta la que ha seguido con desorientado afán mis ansias.

-¡Él!... ¡Alberto!... ¡su marido!

-¡Ah!!

-Ella le habló... no sé qué maldad... que haya... ¡adiós!

Pero Lucía me detiene, casi por el brazo:

-¡Siéntese!... ¿qué nos importa?

Yo obedezco... Oírnos en la escalera pisar. Se ha inclinado ella al libro y vuelve a leer, serenamente, con una tranquila dignidad a la que en vano querría restarle un ápice lo que tiene de mañoso, esta repetición de la lectura:

«...questi, che mai da me non fia diviso, la bocca mi bació tutto tremante...


Y se interrumpe para mirar a Alberto, para decirle «¡hola!»... Y termina:

«Galeotto fu'l libro è chi lo scrisse:
quel giorno piu non vi leggemmo avante.»


-¡Qué lees!

-Dante. El Infierno.

Él se inclina tratando de comprender en lo escrito el sentido que no pudo coger del todo en la voz. En seguida ve el grabado, y clava en mí una mirada rabiosa.

-Oh, qué estampas... ¡qué libro!... ¿De usted?

-No, del barco -respondo. -¿No lo ha leído?

El simple hecho de no ser mío, parece calmarle un poco.

-De todos modos -dice en severa reconvención a su mujer, desdeñando contestarme- no me parecen estas láminas las más propias para... para... Ven, Lucía; haz el favor... ¡con el permiso de usted!

Quítale el libro, que deja en el sillón; la alza, y llévasela del brazo por la escalera.

«¡Con el permiso de usted!» -ha repetido ella poniendo en la frase toda la digna cortesía que él me trocó en desprecio.

Esto, al menos, me confía en que confía ella en su honradez y en su altivez para no temerle...; me borra al instantáneo impulso de seguirlos... ¡ah, porque si este hombre tocase a esa mujer... no sé... yo no sé...!

Sólo sé que sé ahora, como Bécquer, «¡por qué se muere y por qué se mata!»...


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