Del frío al fuego: 26

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Capítulo XXV
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Días vanos -ayer, anteayer. No ha podido Sarah hacer mejor. No he vuelto a verla: mareada (¡ella!) en su camarote. Sigue mareada, en su prisión voluntaria de odio -aun hoy que quiere el mar despedirnos menos bravo enfrente de las tierras filipinas.

Mareado Alberto (él sí), pidió a sus celos ridículos la fuerza para estar constantemente al lado de Lucía; y sigue constituido en tardío y fosco vigilante que la irrita, dentro de la inalterable cortesía con que ella le habla a todos... a mí también.

Un barco que llega es una casa en mudanza. Se despierta y no se piensa más en ese arraigo de profunda intimidad que está en la habitación. Han hecho las camas, las camareras; mas por las puertas abiertas las he visto inundadas de cajas, de maletas, de cabás que aguardan allá abajo mientras aquí arriba esperamos con el espíritu fuera del mar.

Se recoge cada cual a su egoísmo. Las caras y los trajes son otros. Diríase que otra vez la mayoría nos desconocemos, relegada anticipadamente a recuerdo transitorio esta familiar comunidad de un mes, ante la vida nueva presente a nuestros ojos.

Sólo restan los afectos mantenidos de esperanza: la india con su relojero -que ya han hablado de boda, casi; Aurora junto a la condesa, cuya amistad quiere sin duda conservar para Manila... Amistad de la gobernadora... nuevo afán de otros capitanes de a bordo y de otros Enriques que la afirmen «en la buena sociedad», puesto que éstos irán el uno a España, el otro, a la isla de Joló. Han terminado afablemente «sin trompada», la pescadera y Enrique: él no charla hoy con Pascual, sino acá y allá con el grupo volante de hombres donde ahora está don Lacio.

También, más triste, la pobre Pura, sola con su madre, se da cuenta de cómo a cada instante los arreglos de equipaje apartan de su lado al tenientito; en el grupo de don Lacio brinda ahora cigarrillos el despierto tenientito, de su pequeña pitillera de frac, con monograma... Hay cosas de un viaje de un mes que no puede olvidarse en una vida.

Yo, igualmente las llevo: ardientes y penosas como la de esa Sarah infeliz, que allá abajo llora y odia mis noblezas, y vagas e infinitas como las de esta mujer con el nombre de Lucía, que ha pasado por mi lado en fantasma de intangible felicidad...

Acércaserne el comandante. Estalla de risa. Viene de donde don Lacio, con fúnebre gravedad, le está proporcionando una maravilla de negocio a un comerciante, excompañero de tresillo. El comandante me lo cuenta interrumpiéndose con carcajadas. Consiste en explotar la producción de lanas, sin dehesas, ni ganados ni pastores... «Una ganadería de perros de lana». Sabe don Lacio que abundan en Manila, y no tendrán más que comprar... quinientos, seiscientos... poniéndoles un local donde acudan por la noche... soltándolos de día a fin de que se mantengan al merodeo por las calles...: y cada tres meses... ¡zas! la esquila.

Voy con el comandante, que no cesa de reír.

Don Lacio informa a su interlocutor, que escucha como un bobo.

-El toque en los negocios, don Cástor, es inventar... ¡lo nuevo! y esto no se le había ocurrido a nadie... El huevo de Colón. ¿Me quiere decir por qué no ha de aprovecharse en trajes la lana de los perros?

-Tendrán ustedes que sacar patente -interviene el tenientito.

Las risas acaban de escamar al comerciante, y se escurre, se nos deshace la reunión... Se desliza con su calma figurita de besugo y su gorra de ensaimada y su negro bigotito de caricatura tudesca.

Pasamos con frecuencia cerca de islotes desiertos, llenos de bosque, como macetas flotantes, que no nos llaman la atención. Apenas si distraen un rato nuestro afán del término del viaje en que empezará otra vida...

La campana llama al comedor. Última comida la de esta tarde, triste como todo lo último.

Bajo. No falta un pasajero, y adviértese no obstante esa disociación de los espíritus que no anima las conversaciones. El capitán llega a la mitad. Yo observo. Pura apenas toca los platos, junto al novio: he visto una lágrima en los ojos de ella... Es Aurora la que está posesionada de toda su importancia, llevando el tono de la charla alrededor nuestro, con aires de princesa de zarzuela. Hasta Pascual se permite sus intervenciones.

De pronto se mueve una de las colgaduras cerca del piano y aparece Sarah..., llega, se sienta. La hablan, y responde con su niña melancolía de enferma, con los ojos bajos. Yo me inquieto, pero acaba por parecerme su presencia menos violenta que su sillón tétricamente vacío. Luego come ávidamente, sin haberme mirado ni una sola vez. La chiquilla... ¡la mujer tan horriblemente desairada! se engañó... ¡oh, comprendió! al encontrarme con Lucía. -¡Comprendió quizás en su horror y en su instinto de celosa más de lo que nosotros comprendíamos de nosotros mismos!

¿He inspirado realmente a Lucía... -¡Oh, cómo su serenidad me desorienta! He creído aún que mira si miro a Sarah... ¡prohibitiva, ansiosa!... y no hace más que sonreír su faz tranquila y cortés igual que el día aquel que aquí comimos la primera vez al salir de Barcelona.

El coronel, Alberto, el comandante, se informan de hoteles. El capitán da como indiscutiblemente mejor el Hotel de Oriente, en un hermoso barrio de extramuros, y luego, mas ya en inferior categoría, la Fonda de España, al extremo de la Escolta. Todos muestran, naturalmente, preferencia hacia el mejor.

-¿A cuál irá usted, capitán? -pregúntame Alberto.

Su pregunta es tan inopinada, tan brusca..., que yo sorprendo las más secas y toscas tenebrosidades de sus torpes celos. Quiere saberlo para ir a otro. Podría jugar fácilmente con su argucia, pero la idea de forzar a Lucía a una mala fonda, o de aparecer en la de ellos prolongándole esta mortificación casi injuriosa del marido en mi proximidad, me hace contestar sincero, ante la atención un punto a mí suspensa de Sarah, de Lucía -que me están ambas mirando:

-A cualquiera, menos al de Oriente.

Paréceme en seguida haberme ceñido con sobrada displicencia, casi de menosprecio, a la fiscal pregunta del fiscal, y explico:

-¡La misma concurrencia excesiva suele hacer incómodos los grandes hoteles!

He acertado con una sonrisa de indiferencia o de humildad que place a Alberto.

Dícenos el capitán que vamos cruzando los promontorios de entrada de la bahía... Muchos van a las ventanas, otros a la cubierta. No se espera al fin el café, por ver Manila. Solo que a dos o tres, que no nos hemos movido, nos noticia el capitán que aún no veríamos nada: la bahía es enorme, y habremos de navegar horas todavía antes de descubrir el puerto, y aun las costas de estribor...

-De la derecha; ¿sabe? -búrlaseme don Lacio.

Como Sarah permanece, retardándose en los postres, después que han partido su padre y el capitán, yo hago tiempo, tomando café a cucharaditas. Desea sin duda una explicación que yo no debo esquivarle sin rayar en lo implacable..., tal vez una reconciliación... Mas, no. He aquí que parte hacia su camarote sin mirar, saludando sólo al comandante con una inclinación de cabeza.

¡Me odia! Es cuanto deseaba decirme, y me lo ha dicho así.

No volvería jamás a obtener sus amabilidades.

¡Y qué extraña cosa tiene este absoluto de lo jamás que ahora me entristece!

Sin embargo, subo a la cubierta, y mi pena, de la misma laya pero enormemente más honda y ancha, se me aumenta a la vista de Lucía. Casi no he osado acercarme a la fila donde la hace centinela Alberto...; me he quedado a la otra punta. Quiero hablarla, oír un rato su voz por última vez, y no hallo la frase de trivial galantería que pudiese disculpar mi aproximación, un tanto expresa, por detrás de ambos en la hilera de la borda... Esta necesidad de buscar motivos, disculpas, ¡oh! revélame al fin que siento por esta extraordinaria mujer más que amistad... ¡sí, sí, de una vez y bien sentido con mi dolor de arrancamiento!... ¡que yo la adoro!! -¿Atorméntala quizás la misma lucha?... No habla apenas. Llévase a los ojos con frecuencia los gemelos, como para esconder ternuras de llanto... Me interesa vivaz la observación y veo efectivamente ante nosotros la línea desierta de las aguas, en la bahía extensísima...; sólo detrás quedan ya lejanas las costas de su acceso; una pregunta, un problema -de tortura: -«¿alza tanto el anteojo por ocultar en realidad ternuras de sus párpados... o es que sencillamente se busca más aquello que aún no se ve y que se espera?» Por la justa respuesta a la pregunta simple creo que daría años de mi vida..., y no puedo encontrarla, y me atormento... Y veo volar el buque por la bahía tranquila donde le quisiera parar... ¡Ah Sarah, Sarah, si sufres... ¡harto te está vengando el amor!

Parto de aquí. Me alejo por la cubierta. Un premioso antojo de adiós a estos sitios que he recorrido con ELLA, me lleva a bajar escalas, a subir escalas, hacia la popa... Por aquí la he conducido del brazo... Ya no está la joven viuda en la cubierta de segunda, sino allá, en la nuestra, esperando el desembarco al lado de la condesa de Fuentefiel.

La pobre corredera, sigue; sigue dando vueltas, y la hélice, y también mi corazón. El cañón está desenfundado, y un marinero al pie, dispuesto al disparo de arribada en cuanto divise el puerto. Contemplo largo rato cómo izan las grúas, de las bodegas abiertas, los racimos de baúles. Ya no es para volverlos a guardar, como los sábados, cuando los sacaban a fin de surtirnos de ropa las maletas.

Recuerdo repentinamente que en la mía debo de haber encerrado el libro de D'Annunzio anotado por Lucía en inglés, y miro al cielo en gratitud del motivo que por fin me proporciona para hablarla. Parto como un rayo. Cruzo el barco. Llego al camarote y pierdo justa media hora en revisar el equipaje. Últimamente, hallo el libro, en la caja del ros.

Subo. Es tal vez la última vez que subo esta escalera... ¡Ah, cómo me persigue horrible el concepto último... su sensación!

Lucía y Alberto se han sentado con los demás, por última vez, en el sitio habitual de la tertulia. Lucía está en el centro, con la condesa y Aurora.

-¡Oh Lucía! Un libro de usted. He estado a punto de robarla.

Me mira, y yo no sé qué sorpresa y quizás qué miedo de doble sentido halla en mi frase ingenua. Ha sido un instante de íntimo terror de gratitud en que me ha pasado su alma. Baja los ojos y dice:

-¡Ah! ¡era igual!... Gracias, Andrés.

Suena en sus labios mi nombre... a caricia.

No dice más. Yo me siento. Alberto le coge el libro y lo hojea. En el semblante de Lucía sigo mientras sus emociones... si no es la ilusión de las mías lo que sigo: ha temido un instante ella que yo pueda haber puesto algún imprudente papel entre las hojas; ha confiado inmediatamente en mí, y hase puesto a hablar con Charo de trajes... perfectamente dominada, serena... No tengo luego ni tiempo de reprocharme esta estúpida tendencia mía a pensar que tenga ella que dominarse... Como Charo háceme intervenir en su conversación de modas, Alberto se levanta y toma casi brutal a Lucía del brazo:

-¡Ven, hay que acabar de arreglar las maletas!

Y se la lleva.

El húsar, en cambio, me lleva a mí.

-¡Tiene celos! -me dice. -¡Vamos, que la francesa de aquella noche!...

-¡Por Dios, Enrique! -le atajo. -No he dicho jamás a esta mujer nada. Palabra de honor ¡mi palabra! -repito golpeándome el pecho, según me ha parado el disgusto.

Y él no duda. Ha visto brotar en mis labios nuestro juramento militar, por segunda vez, como bajo una bandera.

Pensando a continuación que hallamos podido también Lucía y yo ser la hablilla del buque, se lo pregunto:

-No. Nadie. Antes Sarita... ya sabe, con su beso. Y habríasela yo computado al 15... si no fuese una bebé.

-¡Bah!

Descubrimos las costas, por los faros.

Media hora después, suena el cañonazo..., que conmueve y pone al pasaje en movimiento. Hay quien sube sobre cubierta sus maletas, como si se tratase de bajar de un tren en cuanto pare.

Las luces de Manila se divisan, y los barcos anclados... Es una hermosa noche, soberana, de estrellas como fuegos, de aromas como mieles. Cuando suenan las cadenas del Reus, y nos dejan inmóviles, suben de las lanchas, en vez de aquellos mercaderes del camino, jóvenes y señoritas españolas, cuyos trajes, completamente blancos, les da una elegancia ligera, de mariposas... Sólo traen a la cabeza, ellos, sombreritos de paja o gorras blancas, también, según no son o son militares; ellas pamelas adornadas con rosas... Son las diez. Vienen a recibir el buque de España, paseando, sin conocer a nadie... Apenas algunos saludan al capitán, y un grupo a don Lacio y su familia... en cortesana recepción del gobernador que ha vuelto a la respetabilidad de su saqué negro, como los demás a nuestros uniformes. Le veo serio por primera vez, grave... Y son los primeros que desembarcan, en bote especial, con algún carruaje que les espera para conducirlos al Gobierno...

-¡Adiós! ¡Adiós!

En la prisa, en el barullo, en mi permanencia de estatua junto al portalón, insensible a cuanto no sea volver los ojos en busca de Lucía..., noto tarde, cuando ya el bote se aleja de la escala, que no sé cómo Sarah habrá pasado junto a mí sin saludarme, sin que sea la suya una de estas manos que yo he estrechado maquinal.

Espero. Los agentes de desembarco van reclutando gente. No quiero ser yo el que se separe de Lucía como de mí Sarah. He de verla. «¡Adiós! ¡adiós!»... Y estrecho manos. «Se queda aún... ¡adiós, capitán!»... La india, el relojero... Dos tenientes... el tenientito... «¡Adiós!»... Arriba he visto a Pura abrazando a su padre. Sale otro bote. Va en él la familia del coronel. La afluencia crece. Las cajas y maletas lo entorpecen todo, alrededor, por la escala... Miro enfrente los faroles del muelle, del río... el Pasig. El doctor de a bordo me dice que son de la Luneta, un hermoso paseo de la playa, las hileras de luces que contornean la ciudad.

-Hasta después, hasta mañana, hasta pronto -me dice Enrique, que al partir me abraza, en este buque de nuestra afectuosa amistad- ¿se empeña usted en no ir al Oriente?

-No sé. ¡Veremos! -le digo. -Realmente tengo ganas de soledad, tras el barco.

Baja Enrique.

En la portada de la galería aparecen Lucía y Alberto. Ella mira, buscándome entre la confusión. He elegido mal sitio. Van a pasar al otro lado de la gente. ¿Debo ir?... ¡Ah! de pronto me ve Alberto y vuelve la cabeza; su ademán, casi su tirón de fuga, advierte a Lucía de mí... Es ella ¡brava!... la que se ha desenlazado del marido y se me acerca... serenísima, tendiéndome la mano:

-Adiós, ¡Andrés!

-Adiós, ¡Lucía!

No hemos dicho más, antes que llegue el marido, pero su mano, mi mano, se han estrechado... ¡oh, Dios mío, con qué rápido afán de angustia se han estrechado nuestras manos!

-Capitán, ¡hasta más ver! -díceme en seguida Alberto con una frialdad que me subraya el cariño... la amistad valerosa de Lucía.

Miro, y aún la veo abajo saludarme con el pañuelo, breve.

El bote sale. Un bote expreso para los dos.

¿Por qué la sombra de la noche me la roba tan pronto?...Veo en el agua la silueta obscura del bote... confúndese con otras después... Miro y ya no sé dónde está... dónde estará nunca... ¡nunca!


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-Adiós, capitán... y usted perdone si en algo hemos faltado.

No es a mí, es al del buque... es Pascual que se despide. Mi capitán ha tenido la atención de acompañar al portalón a Aurora. Pascual añade:

-Ya sabe usted: Hotel de Oriente... por si nos quiere mandar.

No me ha visto, y quédome envidiando a este idiota Pascual que va al Hotel de Oriente... que aún podrá mirarla... que aún podrá comer en la misma mesa que ELLA algunos días,...


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