Del frío al fuego (Versión para imprimir)

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Prólogo
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Del frío al fuego Felipe Trigo


A Consuelo Seco y Fabre


Muchas de las impresiones que forman este libro, fueron sentidas por nosotros dos juntos, sobre el mar. Tú pasaste bajo los cielos anchos incognoscida, poderosa.

Sea el libro la consagración de aquella rara vida intensa nuestra, enorme. Él tiene quizás rayos de sol, del sol de fuego; él tiene acaso fantásticos rayos de luna.

Y tiene sólo una verdad perenne: tu verdad.


Felipe Trigo


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Capítulo I
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Al saltar al bote siento la transcendencia de mi resolución y comprendo las conmemoraciones. Mandaría esculpir en esa grada del embarcadero: «POR AQUÍ SALIÓ AL OTRO LADO DEL MUNDO ANDRÉS SERVÁN»... Mi madre, mis hermanas, alguna mujer acaso bien querida, podrían venir a ver en Barcelona la última piedra que pisé de España -si no volviese.

-¿Al Reus?

-Al Reus.

Juega el timón y orienta el esfuerzo del remero por entre dos bergantines. La negra mole del buque se destaca no lejos, coronada de humo. Permanece en mitad del puerto, donde lo dejé por la mañana, sólo que ha vuelto a la ciudad la banda izquierda y le rodean más lanchas.

Todo igual. Tronchos y algas flotantes en las sucias aguas, olor a limos y a sardinas, vaporcillos y velas que cruzan, grandes barcos llenos de cordajes por la extensa línea de los muelles... El viejo patrón rema con la misma indiferencia que reinaron otros paseándome por las bahías en Cádiz, en Santander... sino que esta vez no seré yo el que se queda envidiando a los que van a surcar el Océano; voy también a los países del oriente, del sol y la hermosura, del fuego y de la guerra... habiendo bastado para ello una instancia al Ministerio escrita en una hora de mayor aburrimiento y con idéntico fastidio que el parte de la guardia.

Ahora está hecho: el mar me recoge por suyo. Tiene algo de temerario este rompimiento con mis hábitos y mis cariños, fatalmente provocado por aquella firma, y que continúa realizándose de pequeñez en pequeñez...; la real orden, el tren, las fondas, este barco que me espera: todo ello bien simple, y en conjunto lo extraordinario. Asómbrame lo que puede contener de irremisible consecuencia un acto baladí, como aquel de mi instancia de aburrido y lo que existe de inadvertido y fácilmente invitador por las sendas que conducen a lo heroico... ¿afrontaría nadie lo grande, lo extraordinario, lo heroico, si no hubiese llegado insensiblemente a la situación irremediable de afrontarlo?...

Tal la mía. El buque me atrae, esfinge monstruosa de la suerte. Me irrita un poco el pensar que ya no podría dejar de ir a él aunque quisiese. Según me acerco lo veo más negro y enorme, más enmarañado de mástiles y jarcias, más seductoramente siniestro, para mi enojado amor, con sus ruidos y cabrías bajo el humo de las anchas chimeneas. Luego, percibo su bandera de correo en la popa, y en la borda muchos pasajeros, damas también, que miran hacia el bote. Esto me restituye el orgullo y la responsabilidad de la empresa: con un acto, en suma, de libre voluntad la he determinado.

No causa mal efecto mi uniforme de capitán de Artillería... Miro el reloj: las cuatro; media hora aún para zarpar. Sin duda llego el último.

En la escala, rodeada de pequeñas embarcaciones, que danzan con el oleaje manso, encuentro únicamente marineros que suben cajas y maletas. Me saluda arriba el sobrecargo, recordándome. Por la próxima galería, desde el portalón, disimulando entre la gente mi perplejidad, me dirijo al camarote..., por hacer algo -tal vez con el fin de investigar qué compañeros tendré. Está al pie, precisamente. Y en esto, me equivoco. El segundo de este lado, en este piso que corresponde a la baja cubierta, es el 34, y el mío el 3. Voy a la otra banda... ¡es tan fácil desatinarse en un palacio que a lo mejor da la vuelta!

El 3. -Cae mi litera bajo la ventana. Sobre las de enfrente hay, en una, una teresiana de húsar, y en la de encima un maletín de fina piel, que sólo me indica el gusto de su dueño. Inspecciono la estrecha estancia. Cerrado el vidrio, flota en ella un cáustico olor a pinturas agrias y a no aireadas gutaperchas. Las paredes, barnizadas de blanco como el techo, continúanse abajo con retablos de caoba llenos de tiradores: los hago jugar descubriendo los lavabos de portland, provistos de sus grifos y depósitos. Entre los espejos empotrados se ostenta un cilindro de latón con este aviso:

EN CASO DE INCENDIO DERRÁMESE
ESTE LÍQUIDO INCOMBUSTIBLE POR EL FUEGO.


Bien. Fuera, pude leer esta mañana las prohibiciones de tener cerillas, alcohol...

Salgo, y me interno en la galería, fisgonamente, aprovechando el estar arriba todo el mundo. Puertas en fila. Una se cierra de un golpe, no sin haberme permitido vislumbrar el tono rosa de un corsé y el tono blanco de una enagua. Sonrío. Sigo adelante. Deben de ser irremediables las indiscreciones en tal vida de compacta vecindad. -Salvando un pasadizo, a la derecha, me encuentro en un rellano de escalera de partidos tramos y balaustrada elegante. Agrádanme la discreta luz y el tibio confort del buque, sobre alfombras, aunque me persigue por todas partes el olor acre a fiambres y a carbón de piedra, a maderas guardadas, como sándalos y cedros. Otro cartel me para:


INSTRUCCIONES PARA CASO DE INCENDIO

O DE NAUFRAGIO.


El reglamento de lo espantoso. Lo leo entero. Señala el puesto y el deber de cada uno, tripulación y pasaje, en las catástrofes. Procuraré no olvidar que siendo el 3 mi camarote, me corresponde el salvavidas 27 y el bote 6, de la banda de estribor... ¡Estribor?... derecha?... me informaré. Por lo pronto, lo importante es dejar sabido que, siguiendo ante la muerte la cortesía que en un baile, se deberían embarcar primero los niños, después las señoras, y por último los hombres.

Un poco me crispa de delicioso horror esta noción de peligro, bien hallada con mi idea del viaje. Y me complace la suma previsión... Nada hay que me asuste más que lo imprevisto. He creído muchas veces que sería capaz de matar un toro si el toro me dejase meditar delante de él.

Con esta idea, subo la escalera pensando que mis actos, mis movimientos, son quizá todos voluntados, pasados por el cerebro..., sin que esté muy cierto de que ello sea para mí una ventaja... Y siempre el temeroso pasquín:

SE PROHÍBE TERMINANTEMENTE A LOS SEÑORES

PASAJEROS TENER CERILLAS A BORDO.


Debajo un buzón de petitorio:

SOCORRO
PARA LA SOCIEDAD DE SALVAMENTO

DE NÁUFRAGOS.


¡Bravo! Por esta vez deberán echar los otros, por si el náufrago soy yo. Y no entiendo bien cómo pudiesen ir a salvarme a mitad del Océano.

Penetrado de la importancia de aquellas otras precauciones contra el fuego, arrojo al agua la caja de cerillas, así que llego a la cubierta.

En una ringlada de canapés y sillones de lona y de bejuco, reconozco el mío, mandado embarcar por la mañana, con sus iniciales. Está desierto este lado. Un marinero pasa.

-¡Oiga!, ¿la banda de babor es la derecha?

-No, ésta, señor -contesta sin detenerse.

«Babor, izquierda; babor, izquierda...» repito para fijarlo, marchando a la de estribor por el descansillo de la escalera que se abre a ambas. Mas al encontrar tanta gente, desisto de buscar mi salvavidas 27 y el bote 6. Me acerco a la borda.

Barcelona se espacía frente al extenso puerto, cerrándolo con sus altos edificios, detrás de los embarcaderos y escolleras que pueden seguirse en líneas quebradas a lo lejos como un vaporoso seto de mástiles. El sol de Diciembre, ya poniente, alumbra con fríos tonos de naranja la entrada de las Ramblas, destellando en la gran bola de Colón. Corta sombrío el Montjuich a la izquierda (babor-recuerdo) las lejanas costas, y sobre el agua ondulada continúan danzando las lanchas y los vaporcillos -en torno al inconmovible Reus, clavado como un peñón; en torno asimismo a otro gran vapor con bandera verde y a un crucero de guerra. Sírveme la observación para esperar que estos grandes trasatlánticos no se moverán tampoco en la mar demasiado... Mal viaje el mío, si no: sin salir de la bahía me he marcado un poco en días de Sur, en Santander..., verdad que con olas respetables.

Se me observa. Me pongo a observar -a intervalos fugaces de la atención múltiple y despierta que nos domina a todos. Nadie quiere perder detalles del embarque. De tierra adentro, como yo, la mayoría, y muchos seguramente mirando el mar por vez primera, esta vida tan nueva de a bordo cáusanos extrañeza.

Las grúas que chirrían izando de las barcadas grandes bultos, un remolcador que acaba de llegar trayendo pavos y hortalizas, los oficiales sonando sus silbatos, los grumetes en los palos, el capitán que pasa, la limpia cubierta espaciosa como la terraza de un hotel, la brisa, la humedad, las gaviotas...

Y sin embargo hay curiosidad muy principal para nosotros mismos. Trueca cada cual por un talante digno su absorta admiración al sorprenderse contemplado... ¡Desconocidos que llegamos al buque como a un desierto islote para formar la íntima sociedad de un mes, donde deberá conquistarse su rango cada uno, donde pronto tendrán que ser determinadas las categorías, las jerarquías, las simpatías!...

He de confesar que me desilusiona el conjunto. Predominan las caras ordinarias y los estúpidos aspectos. Estas barcadas para la guerra, no han de ser de grandes de España, precisamente. Mucho sargento recién ascendido a oficial, con sus mujeres algunos, todavía sargentas. Tipos como de tenderos, familias como de enriquecidos menestrales; y entre unos y otros, este y aquel matrimonio distinguido, que hace corro aparte con sus chicos y sus amas, y tales cuales jóvenes y señoritas elegantes. Los chiquillos son plaga, y me humilla que tantos niños y niñeras, y tanta gente del montón, haya de formar mi compañía en el viaje... heroico.

Hacia el puente, donde abundan más las fachas estimables, dos rubias con sombreros salmón, en un grupo de otras señoras, me dan cuando paso sus fragancias de gardenia, de trébol... Una gran dama, enlutada en sedas opulentamente, departe en otro grupo con un respetable señor...

De improviso, ronca e imponente, suena larga la sirena, por dos veces, con rugidos que alcanzarán dominadores los ámbitos del puerto y la ciudad. Se produce un movimiento de prisas: es el segundo toque de marcha. -La escala se llena, hacia los botes, de gentes que temen ser arrebatadas a los mares...

Abajo, a lo largo del negro costado del Reus, que veo luciente y lleno de redondos agujeros como el murallón de un fuerte, quedan pronto sueltas las lanchas, en la ansiosa terquedad de los pañuelos contestados desde arriba.

Se alejan las gabarras, de las grúas, ya ociosas. El barco-aljibe termina su descarga de agua dulce. Se ve acercarse un esquife de guerra cuyos ocho remos se alzan a compás, con honores de almirante. Los anteojos lo asestan. En sus bancos de popa, alfombrados de rojo, y entre maletas y cabás de fulgentes níqueles, vienen un joven, demasiado joven para poder ser alto jefe de tal consideración, y una joven vestida de gris con simplicísimo buen tono.

Han atracado.

Ambos son altos, esbeltos, de indudable porte aristocrático -sobre todo, ella. Ni la falta absoluta de parecido, ni la extrema cortesía con que él, incierto en la insegura escala, le da la mano al subir, los revela como hermanos: recién casados, sin duda.

El capitán los recibe gorra en mano, y los guía por sí mismo al interior.

-Es la hija del contraalmirante Ruiz, recién casada -me dice el doctor del buque; -él, creo que va de juez a Filipinas.

Han cruzado entre dos filas de curiosos. Se comprende desde luego que son lo más chic del pasaje.

Pero, en esto, una campana da las cinco, a dobles; se percata todo el mundo de que el portalón se cierra, y se les olvida, con la atención a esta postrera maniobra, de levantar la escala y recoger las anclas. La sirena resuena de nuevo formidable, largamente, y bajo su ruido sin fin y las bocanadas de humo, siéntese pronto trepidar el barco y empezar a removerse alrededor el agua aceitosa en que resbala la espuma... Avanza ya el vapor, virando, dejando atrás en su oleaje las lanchas en que vuelven a agitarse los pañuelos... Pasa cerca de otros buques...

Esto es hecho... marcha... marcha, enfilando la boca del puerto, donde larga al fin un cañonazo a la vista del mar libre...

-¡Adiós, Barcelona! ¡Adiós, España! ¡Adiós...

Pronuncian nombres mis labios. El vello erízaseme en la espalda, a un calofrío que debe de recorrer a todos con esta brisa fuerte que nos da de proa...


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La borda ha sido largo rato una batería de anteojos de tres tubos, de gemelos de campaña, de gemelos de teatro... Y cuando debajo del sol se esfuma por fin completamente Barcelona en la apoteosis de un cegador polvo de oro, me doy cuenta de que el ruido de la hélice es más rápido y vibrante, de que el agua pasa por las bandas cortada con velocidad, de que el buque se lanza bravamente al desierto de las aguas, y de que el suelo de madera me hunde y alza como si fuesen mis pies en el dorso de un cetáceo cuyo respirar profundo aumentase en su hendir las olas cada vez más encrespadas.

Hace frío. Asusta lanzarse en pleno invierno a este baño de tristes humedades infinitas.

-¡Señorito, al comedor!

Suenan una campana..., timbres... Los mozos vienen personalmente advirtiendo que esto llama a la mesa. Por la cubierta hay menos gente. Guiado al comedor a través de pasillos y anchas escaleras alfombradas y ornadas de macetas, que parecen con sus bajos techos las del foyer de un teatro, ocupo el primer sillón giratorio que encuentro. Están las mesas llenas, principalmente las pequeñas, laterales, situadas perpendicularmente desde la central hasta ambos costados de buque -pues coge su ancho la espaciosa cámara.

-¿Y los niños? -pregunto a un camarero de frac y guante blanco.

Pienso que se hayan quedado en el puerto, propio no más este viaje de corazones esforzados. Aquí, bajo el rico artesonado de caoba, entre las columnas, los dorados y las flores, no veo chiquillos ni tanta cara tosca.

Los niños comen después, señor; es costumbre. Además, no cabrían ahora. Están los cien puestos ocupados.

Entra el capitán. Se sienta en el testero de la gran mesa, contra el piano. Como veo sitios sin nadie junto a él, voy a uno. Calculo que por allí será más puntual el servicio. Además, el capitán, un bilbaíno con quien ya he hablado en las oficinas de la Compañía, es hombre de cincuenta años cuya corta barba gris, cuidada con esmero, le da a la faz morena simpática expresión. Lo mismo deben de reflexionar unos cuantos reflexivos, porque cambian también de puestos inmediatamente -entre ellos la gentil pareja de recién casados.

Empieza la comida fríamente etiquetera; sobre todo, en torno al capitán. En resumen se han instalado alrededor suyo gentes gratas. A la izquierda, el joven matrimonio, un cómodamente de Estado Mayor y una rubia cubana -una rubia escandalosamente teñida, con su marido y una polluela a quien nombran Sarah. A su derecha, yo, la familia de un coronel de Ingenieros, con dos hijas de figuras insignificantes, y un poco más lejos un teniente de Caballería (que debe ser el de mi camarote) y una mamá andaluza con una preciosísima joven, que ya de serlo da fe al haberse atraído alrededor buen golpe de solteros...

Veo con pena que no vienen las dos rubias de los sombreros salmón, ni la dama opulentamente enlutada.

Pero el comedor, con todos sus ramos y su silencio de festín solemne, se mueve como un restorán-zaranda que tuviese un diablo socarrón entre las manos. Los haces del poniente sol, tendidos por toda su extensión desde los circulares ventanillos de una banda, oscilan en barras paralelas a cada cabeceo del buque, arrancando chispas y mareadores centellazos a la cristalería, paseándonos su luz por los ojos, por los platos... Creo que se les debe buena parte de la seriedad casi fúnebre de los comensales... Algunos se marchan...

Terminada la sopa, se han clareado las mesas por notable modo.

Son inciertas figuras que salen como fantasmas escalera arriba.

El calor, en pleno Diciembre, aquí abajo, sofoca.

El calor, y el olor insoportable a hullas, a flores, a maderas.

Se empieza a comprender.

A cada nueva defección, el capitán sonríe. Observa luego de reojo a los que nos obstinamos en mantenernos junto a él a todo trance...

El marido de la hija del almirante, pálido, «olvidado de un pañuelo», va por él con urgencia sospechosa.

Mi presunto compañero, el húsar, sale disparado en demanda de aire libre; y la joven andaluza, Pura -que la nombró su madre-, un tanto desencajadas las facciones, ríe, sin embargo, bromeando ya con sus vecinos, que se han permitido los primeros comentar las escapadas.

-¿Qué tal, capitán? -me interroga el del barco.

-Oh, bien, capitán, -le replico dominando mi cierta revolución interna.

Me ha mirado sutilmente burlona la hija del almirante, esperando la respuesta.

Esta mujer tiene una serenidad singularísima en los ojos. La única que conserva el natural sonrosado en las mejillas. Más que bella aún, es inteligente su faz, distinguida con una suprema distinción su figura toda.

Un apuesto teniente de Cazadores parte a escape del lado de Purita.

-¡Pienso que la dejan sola! -dícele a ésta mi vecina con discreta gentileza.

-¡Ah, sí!..., ¡y a usted! -devuelve con agradecida arrogancia sin notar que hay en la frase un matiz de compasión a su lividez y a su esfuerzo de dominio. -¡Su marido también cayó!... ¡Qué hombres!, ¡no sirven para nada!...

Esto generaliza la conversación.

Por no aumentar con mi persona el ridículo desfile, yo no sé lo que daría.

Me esfuerzo, me sereno río, bromeo también... Y en esto, oyendo detrás de un macetón las descuajantes arcadas de uno que no ha tenido tiempo de alejarse, Pura, cuya madre ya no está hace rato, lívida y perlada su frente de sudor, se alza impulsiva, cruza como otro fantasma hasta una columna, primero, y después a la escalera, desviada en zis-zás su indecisa marcha por un bamboleo del barco, y sube por fin aferrándose a la balaustrada con ambas manos.

Todos nos reímos afablemente, piadosos con la flaqueza humana que desvela el mar lo mismo en los humildes que en los altivos y tocados de etiqueta.

Una rápida y condescendiente confianza tiéndese entre todos los que habíamos ido llegando al comedor con aire de cancillerescos convidados.

Quedamos a los postres doce o catorce personas.

El capitán, mi bellísima vecina, la familia de Cuba, yo...

-Oh, capitán, ¿y lo mismo todo el viaje?

-No, mi valiente artillero -díceme jovial-; ¡este golfo de Lión es de lo más bailadito, siempre!

Me consuelo. Sin embargo, siéntome tan débilmente seguro de mí propio, que apenas sale mi aristocrática vecina en busca del marido, parto a la cubierta.

Hay para formarse de la travesía un detestable concepto por estas primeras impresiones

¡Qué otro el cuadro! Por las sillas, por los canapés, no se ven más que cuerpos como muertos, y caras como la cera. Nadie hace caso de nadie. Varias señoras enseñan las piernas, sin reparo maldito, desplomadas, torcidas por el vómito de mortales agonías. Acá y allá, los mozos recogen del piso con cubos y escobones lo poco que se ha comido abajo...

Me acerco a la borda. Enciendo un cigarro, con mecha. Puesto el sol, ya no se divisa tierra. El Reus sigue hundiéndose de proa a popa y las olas grises se estrellan contra él. Sopla un airazo seguidote y fresco... que es, de tanta desolación, lo menos desagradable.


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Capítulo II
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Del frío al fuego Felipe Trigo


He despertado temprano.

Un sueño reparador mecido amorosamente.

Recordando las dos horas de tedio en la noche, cuando echados de arriba por el frío tuve en el fumadero que estar mirando las partidas de cartas que improvisaron algunos, me felicito de haber traído en mi repuesto de novelas Die Graefin Pataski y el diccionario alemán. Traduciré largos ratos.

Dejando en el camarote mareado al húsar y al señor de las elegantes maletas, he subido a buscar sobre cubierta un rincón para mis libros. La encuentro llena, por todas partes; llena de estos mismos cuerpos tendidos y de estas caras pálidas que miran con displicente horror al mar, como sus prisioneros engañados, irritados, resignados... Muy pocos andamos firmes, pasado el peligro de perder la cabeza y el estómago.

Los niños, en brazos de sus madres, o al lado, en los sillones, me dan lástima.

-Oh, ya los verá usted saltar, con mar llana. ¡Son los mareómetros de a bordo! -me afirma el doctor.

No he contado, al concebir el proyecto de trabajo, con esta dificultad de aislarme.

Bajo al fumadero; hay gente; dos que juegan al tute. Bajo más, al comedor: los mozos ponen la mesa.

Resuelto a buscarme un rincón, salgo por el pasillo de mi camarote a la baja cubierta. Deténgome a ver los tanques de agua y las provisiones vivas; jaulones de gallinas, de pavos, de terneras...; todo para vomitarlo en pocos días.

Subo a la proa. Entre dos ruedos de maromas y las cabrias de las anclas, que cuelgan fuera enormes a ambos lados, junto a las letras doradas del nombre, CONDE DE REUS, no hay nadie; pero sopla con molestísima violencia el viento de la contramarcha...

En seguida vuelvo a bajar la escalilla, de espaldas, según he advertido que hacen para mayor comodidad los marineros, y entro nuevamente por la galena izquierda, recto, recto; es decir, recto en lo que buenamente puede mi intención, abriendo los pies, vigilando los balances y sin perjuicio de ir alguna vez a las paredes... A la izquierda, la serie sin fin de puertecillas; a la derecha, a lo último, los cuartos de baño, los retretes...; y saliendo a otro gran trecho libre, en cuyo centro alza un palo hacia lo azul su maraña de cruces y de cuerdas, contemplo por las dos abiertas escotillas de dos bodegas la negra profundidad donde todavía ordenan los marineros la carga, trasladando fardos y cajas a su fondo.

Empieza inmediatamente otra galería larguísima, de la cámara de segunda. Ya lo advierto, en el menor brillo de los barnices, de los dorados, y en la menor limpieza proveniente de la concentración de los servicios incómodos: las cocinas y despensas dan su tufo de grasas; el botiquín, de éter la barbería, de pomadas rancias; la panadería y la entrada de las máquinas su ruido y su calor. Parece todo esto una ciudad, una inmensa fonda que alguien ha apretado y reducido entre las manos hasta dejar por estancias estas celdillas de un panal enorme. Hay carbones por el suelo, y en el comedor, más pequeño que el nuestro, un simple mobiliario con tapicerías de crines plomo, sin una maceta, sin un adorno... Los pasajeros que encuentro son pocos, modestos, criadas del pasaje de primera, algunos hombres...; una vistosa dama, también, con traje claro, francesa, que me llama vivamente la atención.

-¡Buenos días!

-«¡Bonjour, monsieur!» -ha dicho pasando.

Por último, salgo a la popa, entre soldados y emigrantes acampados en montón. Diríase que traigo por el interior del buque un paseo de horas que estoy a una legua de mi camarote, adonde no sabré volver.

Trepo al castillo de popa, y veo el espumaje de la hélice y la cuerda de la corredera, que hundiéndose en la estela, gira y mide la marcha. Las maniobras de la marinería no abundan tanto en esta parte; decididamente mi mejor retiro, junto al cañón, calmado el viento al resguardo de todo el laberinto del buque.

Lo miro y me parece por sus cubiertas interminable. Bajo el humo que huye en densas bocanadas nublando el sol, álzase la blanca balumba de ganchos, de botes, de escalas, de tubos, de lumbreras, de ventiladores, de barandas, de cables, de maromas, de poleas..., causándome la caprichosa impresión de un inmenso canasto rebosante de loza rota, entre los tres mástiles enormes cuyas finas puntas oscilan allá arriba armadas de pararrayos...

Sobre un arcón, entre dos bocoyes, me arrellano cómodamente.

Abro el libro, apercibo el diccionario y el cuaderno, y empiezo: Der Buckkalter das Kräslige Haus in KoIhen und Eisen Wittwe und Sohn...

Diez veces leo la misma cosa.

El espectáculo del mar, me distrae.

Pero me distrae y me sigue sorprendiendo con su sencillez inverosímil; el cielo limpio, cortado en redondo por un círculo gris, que siempre nos tiene en el centro, y a cuyo límite dijérase que se puede alcanzar de una pedrada. Ni una nube, ni una vela para referir y desenvolver lejanías. Daba mejor cualquier puerto la idea de la llanura inmensa...

Der Buchhaller das Kräslige Haus in Kolhen und Eisen Wittwe...

Pero algo rechaza en mí tal desilusión de pura óptica, y acércome a la banda, procurando ver y mirar con los ojos y con el pensamiento...

Así, sí. Pasan las olas rozando el buque, veloces, deshechas; su oleaginosa transparencia piérdese en tenebrosidades de abismo; y dentro, allá dentro, todo otro mundo extraño, fabuloso: me figuro los humanos esqueletos de los náufragos, los buques rotos y hundidos, por encima de los cuales cruzarán lentos y negros los marinos monstruos como fatídicas aves.

Levantando al cielo la vista, me sueño en el fondo de otro océano de aire cuya etérea superficie surcarán esquifes de ángeles, de seres de la luz, por mi ceguedad tan ignorados como yo mismo por los pulpos de estos fondos.

¿Cuánto tardaría en llegar yo, cabeza abajo, al fondo del mar?

Sonrío, y estremecido al fin de grandezas y misterios, lanzo a distancia la mirada, de ola en ola, admirándome de su bullir inquieto, de su jugar de espumas, de su rumor de movibles sedas, por todos lados...

Parecen niñas.

No concibo, últimamente, cómo puedan seguir jugando y moviéndose y rumorando besos y alegrías, luego que, dejadas atrás por nuestro barco, no tengan ya quien las oiga...

¡Oh, la bulliciosa y enorme soledad!.... ¡son tan incomprensibles el ruido y la alegría sin oídos y corazones que los sientan! No hay un pájaro en los aires; no hay nada más en torno, que este saltar, mecerse, hervir, cubrirse unas a otras de blancas gasas, las olas... Hácenme el efecto espectral e infinita y suavísimamente triste, de almas de niñas eternamente condenadas a ignorar su gozo y su belleza, en un limbo de claras vidas muertas alumbrado por el sol.

Tan sólo atrás, la estela deja un plano camino recto desde el horizonte, como de olas destrozadas, como de olas aplastadas que no volverán a levantarse...

Sea que el hábito se establece, o que el mar se riza menos, empiezan por la tarde a no verse tantos de aquellos cuerpos yacentes, como de condenados que aguardasen con fosca resignación; y después de la comida, se inician grupos de tertulia en la cubierta.

Tal vuelta a la vida, devuelve también los conceptos del pudor y de la ajena propiedad. Las señoras no enseñan las piernas, y mi largo canapé, pesado como una antigua carabela, con sus cercos y cestillas en los brazos para el tabaco y el café, se encuentra respetado al pie de la camareta de señoras.

Toda esta zona abrigada al socaire en la banda de estribor, ha sido egoístamente asaltada. Coge desde la oficina del sobrecargo hasta el final de la toldilla; es decir, buena mitad de la cubierta de primera; y como es disputada sin reparo a amontonarse, punto menos que sin atención a molestarse en la estrechez unos a otros, pronto queda en dominio de los más... ¿qué diré? de los más inaprensivos.

A partir de ellos, otros se ordenan con mayor espacio hasta la entrada de la escalera; y desde allí hasta el antepuente, sólo resta, contra la cámara del capitán y la lucera del fumadero, un pequeño trecho abiertamente batido por el viento de la proa.

Mi canapé está respetado, pero inaccesible entre la gente.

-Haga el favor. Coja aquella silla larga -le encargo a un mozo.

-Tenga la bondad de llevármela a estribor -le suplico cuando la trae en alto.

Echo delante. Paso a la banda opuesta por junto a las chimeneas. No hay nadie, y aunque da el sol, sopla el viento, insoportable.

-Va usted a tener frío, mi capitán -me avisa el mozo.

-No importa.

-Y además -añade con timidez de humilde profesor-, la banda de estribor es la otra, la izquierda.

«Estribor, izquierda; estribor, izquierda...» -me quedo yo de nuevo repitiendo.

Nunca lo aprenderé. ¿Por qué hay conceptos y palabras que declaran su incompatibilidad con mi memoria?... Desertor... pornografía... Teólilo...; para decir desertor, titubeo, vacilo siempre, y o me detengo a buscar, o digo remontado, escapado, cualquier cosa menos desertor; antes que pornográfico se me ocurre indecente, lujurioso..., y a Teófilo, un amigo de Madrid, le llamaba de un modo fatal Teólimo o Timoleo.

¡Jaas... chés! ¡jaas...!

Estornudo. Me alzo el astracán de la pelliza.

Pero, dijo bien el mozo. Hace frío. Mi cigarro se lo fuma el aire.

Levantándome, arrastro el canapé a la otra banda, por delante.

¡Oh, sorpresa! Animados de igual horror al barullo, mis vecinos de mesa han formado un corro, en este único espacio libre contra el puente -no tan desapacible como el que acabo de dejar. Viéndome tan bravamente remolcar mi canapé, se me recibe con ¡hurras!...

Me siento, instado por el capitán. -Están, además de la rubia cubana y su marido y su hija Sarah, Lucía y el suyo (Lucía, este nombre de la aristocrática joven, no se me olvida) y el coronel de Ingenieros con su mujer y sus hijas, serias o insignificantes. Me alegra que una razón de incomodidad haya servido para distanciarnos de la turba del pasaje. Nos separa la puerta de la escalera, de todos los demás. Y tratan de ello; el capitán sostiene con la sutilísima burla de hombre educado a las intemperancias de los otros:

-El sitio mejor. Dentro de tres días el calor hará esta brisa deseable, y envidiarán a ustedes. Afirmen, para entonces, su derecho al sitio.

Sigue hablando de los desengaños de a bordo. Los matrimonios, salvo los que por pagar los de lujo o por tener familia para tres literas llenan un camarote (en uno u otro caso están todos los del grupo), tienen que separarse: las esposas a camarotes de señoras, con otras; los maridos a los de hombres...

-Y pueden figurarse... un mes, ¡los pobres matrimonios! -añade conteniendo su malicia por respeto a las tres tiernas jovencillas.

Pero yo advierto en Sarah una perspicacísima sonrisa de ojos bajos, mientras las del coronel, mayores que ella, siguen contemplando inocentemente al capitán.

-¡Ah, por cierto, aquéllos! -exclama éste indicando discreto a una pareja que cruza-. Tuvo que oír la de sus ruegos ayer! El pobre señor, decía que es diabético..., que tiene que darle sellos por la noche su señora!

Se sientan, no lejos. [texto no legible] marido al de mi litera de enfrente, al del oloroso maletín. Un hombre recio, tosco, para cuya facha de pasmado buey parece que los ojos grandes de su hermosa mujer piden disculpa. Ella, peripuesta y presumiendo con su abrigo bronce y sus enormes perlas, probablemente falsas, debe ser la que le fuerza a la tiesura del cuello blanco y brillador contra el cogote peloso; ella debe ser la que le ha surtido del maletín, de las babuchas bordadas y de los flamantes estuches de peines y tijeras que luce en el camarote.

Participo estos detalles, y los reímos. Sin duda van a poner tienda de chorizos en Oriente. Se le advierte a la gallarda esposa su estirpe de pescadera a quien le duele parecerlo lejos del mostrador...

Estas bromas, a costa de algún desdichado, estrechan la confianza que acaba de pactarse entre nosotros al descubrirnos una suerte de comunidad de relaciones: Lucía es amiga de marinos a quienes yo traté en Cádiz; su marido, Alberto, hijo también de militar, amigo de generales a quienes el coronel y yo conocemos de Madrid; Charo, la cubana, que halla modo de decirnos, apoyada en el heráldico camafeo de un broche, su calidad de condesa de Fuentefiel, trató en la corte gentes aristocráticas (Berta, Lulú, Margot...) de la intimidad de Lucía...

Y son sobre todo encantadores, dislocantes, esta Charo, esta condesa de Fuentefiel pintadísima, y su genial marido, que todo lo toma a beneficio de inventario, incluso los desplantes y las pinturas de su cónyuge. Cuenta ella su vida, sus correrías en la Habana, sus largas villeggiatures en un fresco ingenio del Norte...

-¡Del Norte!... ¡del norte de Cuba! -comenta él-, ¡fresco propiamente como el Sahara!

-¡Bueno, bien! ¿qué sabes tú?... que diga Sarah...

-¡No, si digo el Sahara!

-Y yo digo nuestra hija.

-Pues tampoco. No es tuya. Es mía y de aquella negra del ingenio... ¿La ven ustedes? mulata; ¡comprenderán cuán imposible es que proceda de esta rubia mitad mía, y cuánto tendría aquel sol de corruscante!

Reímos. Charo, sin descomponerse, se incomoda conmigo porque no tuteo a Sarita, como el coronel, como los demás... ¡digo, una chicuela de trece años!...

-¡No, mamá!, ¡diez y seis!

-¡Niña! -riñe el papá cómicamente; -¡a tu mamá no le conviene! ¡trece!

Haciendo bocina al corro con las manos, añade:

-¡Ha cumplido veintiuno!

Y como parece disponerse a computar las fechas de su boda, «Pasados ya por Charo los cuarenta y no habiendo tenido él de la negra esta niña hasta seis después...»; según lo cual le van resultando a Charo cerca de setenta años... Charo acaba pellizcándole y mandándole a buscar su partida de tresillo. Él lo está deseando, y se larga.

Todos lo sentimos. Pero este hombre, que va de gobernador a Manila, sabe motivar hasta sus antojos, por lo visto, en gentil con deseen delicia. Es alto, de barba rala, de cara ictérica y triste, de ojos grandes, melancólicos, con mucho blanco sobre el párpado inferior, en los que su eterna broma adquiere por contraste mayor fuerza. Lleva con desgarbada soltura un amplio chaqué, y posee, a no dudarlo, don de gentes. Antes de diez minutos, volvemos a verle cruzar con el doctor de a bordo y otros dos señores, que ha buscado a escape, sin saberse a dónde, para la partida.

Queda a sus anchas la condesa, y continúa relatándonos con su lengua semiandaluza y su volubilidad deliciosa, lances de su vida, a propósito del buen humor de Pepe, Don Lacio, como en festiva venganza le llama. Contará ella, efectivamente, sus cincuenta años; mas no quiere representar por encima de treinta y ocho o treinta y nueve, de seguro. Sus labios, carmín auténtico; sus mejillas, bermellón; su pelo, seda de oro gracias a la alquimia...; y sus ojos negrísimos, parecen más ardientes en el exagerado blancor albayaldesco que seguramente tapa la cara de aquella negra del ingenio, pequeña y desmedrada, sin que contra esto le valgan mañas. Fina y no muy alta tampoco, Sarah, la vivaracha chicuela, es linda e intensa de rostro, con su verdosa tez y sus sombríos ojos profundos -todavía la blusa suelta en el talle, la trenza a la espalda y la falda a media bota.

¿Qué edad tiene, por fin?... lo han dejado en el misterio; mas aunque pase de los trece, que desea su madre, y no llegue a los ansiados diez y seis años, harto se advierte en ella, con la precocidad de América y con ese bajo mirar de coquetería púdica, a la mujercita pesarosa de su apariencia infantil. Cuando yo insisto en que debo llamarla de usted, me lo agradece con una mirada apasionada, inmensa.

Enciéndense las eléctricas bombillas en la tolda.

Charo continúa embelesándonos con sus cuentos peregrinos. Una vez, a ella ¡tan rubia! ¡tan blanca! le dio por ponerse negro el pelo, morena. Parecía otra. Salió con Pepe por la Habana y poco después recibió un anónimo ella misma «advirtiéndola que Pepe la era infiel»...

Los demás, reímos, callamos. Sólo el capitán y el coronel y Lucía le hacen el juego. El marido de ésta quiere intervenir de tiempo en tiempo, pero torna a dejarse caer en su sillón y a cerrar los ojos; no es su silencio, indudablemente, hábito de poco hablar, como en la grave familia del ingeniero; sino restos de mareo, aún. Le va a ser muy poco grato el viaje.

A ratos, cuando su agradabilísima mujer, sin perder el dominio inteligente de sí propia en el ambiente jovial, dícele a Charo bromas, o con respecto de Charo cruza con el coronel o el capitán algunas que a él le parecen excesivas, yo le observo mirarla severamente y removerse y quererla llamar al orden con toses y con gestos.

Es un feroz celoso, de fijo. Además, recojo bastantes detalles para poder afirmar entre ambos una diferencia de educaciones lamentable. Lucía ostenta la firme despreocupación de una mujer habituada al gran mundo. Alberto parece en cambio resumir todos los burgueses conceptos de conveniencias y de virtud, hechos en la clase media de hipócritas limitaciones. No recién casados, sino casados hace un año, según han respondido a ingenuas preguntas de Charo, tal vez ha bastado el breve plazo para que le pierda ella la estimación. De todos modos, un hombre inferior, absolutamente vulgar, junto a una mujer de alto mérito. No tienen más que equivalencias externas: sus gallardías, sus estaturas, la misma belleza diferenciada viril y femeninamente en los trazos de sus caras...

Y llaman al comedor, la campana... los timbres.

No se piensa más que en comer, todo el día. Una obsesión. A las siete, desayuno. A las diez, almuerzo fuerte. A las dos, refrescos y fiambres. A las cinco y media, la comida. A las nueve, ahora, té con pastas...


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Capítulo III
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Del frío al fuego Felipe Trigo


El mar se calma. Es más llano y más azul. Lo he visto por el ventanillo sentándome en la litera.

Se mueve el camarote menos. Mi vecino el húsar saluda, sonríe y habla. Se ha vestido, intentando salir, pero torna a tenderse. Confía en que el día de hoy concluirá de habituarle al buque.

Yo desatornillo el vidrio y lo abro. Entra una brisa primaveral, que renueva el aire confinado. El señor del equipaje flamante está en mangas de camisa, jabonándose las manos, y tengo que cerrar.

-¿Cómo? ¿Hoy tampoco piensa usted salir? -le dice casi hosco al húsar.

-Tampoco.

El húsar, informado por mí, ya conoce la tribulación matrimonial de nuestro huésped. Le ha contestado con cierta sequedad burlona.

Cuando sale, contristado, comentamos su intención. Proyecta indudablemente traer a su mujer aquí, en nuestra ausencia.

-¡No, pues eso no! ¡Vive el cielo!

-¡Pondremos vigías!

-Se lo diremos al mozo, a la camarera, al capitán; no debe estar permitido.

-¡Que se aguanten!

-Así como nosotros, pobres pecadores, nos aguantamos, amén Jesús. ¿Y es guapa ella?

-Muy guapa. ¡Salga usted, hombre, y ve el mundo!

-¡Pero, qué diablo, si por allí fuera se echan los hígados! ¿Qué hacen ustedes para no marearse?

-He oído preconizar varios remedios; el más cierto ponerse a la sombra de un olivo.

Luego me pregunta por la andaluza, Purita.

-Es más valiente que usted; no ha vuelto a marearse. Ahora come a su lado el teniente de Cazadores. Le ha ganado el puesto.

¡-Amigo! En la guerra como en la guerra.

Nos parece muy loca la niña e imbécil la madre.

Hija de un médico titular de Zamboanga, van a reunírsele. Todo esto, y la posesión en Filipinas «por más de cien mil pesos en fincas», y el deseo de casar a Purita con un militar, para que no se encerrase en un pueblo ¡la hija de su alma!, habíaselo referido la mamá al húsar aun antes de zarpar de Barcelona.

¡Oh, infelices! Forman entre las dos, probablemente, una de esas conjunciones femeninas de la estultez y la belleza, amasadas a un poco de malicia donosa, e irremisiblemente destinadas al fuego...

Vuelve el convecino. Sintiéndole toser, háceme seña el teniente y lee, como si ya estuviese leyendo, en un cuadernete que saca del bolsillo:

-Artículo 127. De los matrimonios a bordo: Queda rigurosamente prohibido a los señores pasajeros entrar bajo ningún pretexto en los camarotes de señoras, ni aun teniendo en ellos a sus cónyuges. Igual se entenderá a la inversa, para las señoras, en los camarotes donde se alojan sus maridos, castigándose la contravención con cepo o multas y separación indefinida, según las circunstancias y los sexos.

-¿Cómo?... ¿qué es eso? -pregunta el recién llegado, que ha prestado atención prontamente.

-¿Esto?¡Horrible, tiránico, cruel, amigo mío!... el reglamento de a bordo. Conviene tenerlo, a fin de no meter la pata; todo restricciones; por menos de nada, al cepo. Ni se puede fumar, ni puede uno emborracharse, ni puede...

-¡Cómo!... ¿el reglamento del... Reus?

-¡Sí, señor, del Reus!

-¿Y lo tiene el capitán?

-¡Claro!

Parte. Va a buscar al capitán. Le pedirá el reglamento. Le consultará su caso (es hombre para ello) concretamente, y obtendrá una respuesta parecida que libre de malévolos designios nuestro casto camarote. Porque si no existe, debe existir este artículo que ha leído el compañero en un... Escalafón del Arma de Caballería.

No me parece tan serena el agua cuando subo a la cubierta. Sin embargo, lo está más que en los días pasados. A babor cruza un navión enorme...

-Es esto babor, verdad? -asesórome de don José, del saladísimo don Lacio.

-¡Sí, hombre!... ¡todavía! -replica admirando mí torpeza.

Porque ha notado mi perenne confusión sobre este punto.

A babor cruza lejos por enfrente de nosotros, con rumbo opuesto, el enorme naviote, dando tumbos con su complejo y gigantesco velamen desplegado.

Un acontecimiento en la vasta soledad. En su honor han vuelto a relucir los anteojos.

Bajo por el mío. -Póngome a mirarlo.

Negro, breoso y sucio, brillando al sol con sus pingajos de jarcias y rodeado de espumas, con su brava tripulación solitaria escondida bajo su alcázar laberíntico de hinchadas lonas, yo lo contemplo como a un salvaje del mar.

Pienso durante una hora en los asesinatos feroces, en los odios de las largas travesías, en piratas, en hachas de abordeje..., en toda la trágica leyenda.

Nuestro esbelto y velocísimo Reus, empenachado de humo, se me antoja como una correcta continuación del tren lanzado desde Madrid sobre las olas.

Allá va, allá va esfumándose, perdiéndose, perdiéndose el fragatón ciclópeo, cargado de algodón, de café, de sus hombres tétricos y rudos, viniendo a su albedrío de todos los puertos del mundo... Es por último algo así como una tela de araña en el tul del horizonte... Se pierde...

Y una cosa aún más simple nos admira. Pasan dos gaviotas... ¿Tierra, entonces?... ¿Cuál?

-¡Sicilia! -nos dice a don José y a mí un marinero. -Se ve ya. Por la otra banda.

Don José, tira de mí, cantando:

-¡A estribor!... ¡a estribor!... las aves marinas con rumbo hacia allá...

Al límite del cielo dibújase la costa en cinta de nieblas.

Todos nos van siguiendo, enterados poco a poco.

Surge como un sueño la tierra, tras el hondo abandono de estos días, en que nos creyéramos perdidos. Se duda de ella. «¡Son nubes!»... «¡Es bruma!»... Y cada cual pone en la exclamación el ansia de engañarse, como si fuera indispensable certificar con el corazón, con los ojos, la increíble y maravillante cosa de que los marinos del Reus puedan seguir prefijadas rutas en el camino sin camino de las aguas. Como yo, todos se estarán acordando de Colón; y es una especie de Colón este capitán nuestro que ha descubierto a Sicilia.

El observatorio queda establecido a estribor. Las señoras, según van levantándose, senos reúnen -frescas, vaporosas, elegantes, con su leve primaveral elegancia de céfiros y tules. Presenta la borda aspecto de la hilada de tribunas de un Hipódromo.

-¡Es tierra! ¡Es tierra!

-Se ven velas. ¡Allí!

La costa se va destacando con sus altos y sus tonos. Empieza a verdear. En algunas puntas descubrimos faros. Seguimos acercándonos, pero habremos de sesgarla sin tocarla, según el rumbo. Los vaporcillos y las lanchas marcan la extensión del mar, ahora que la pierde. Flotan palos y hortalizas que nos dan más la sensación de esta tierra.

A la hora del almuerzo, distinguimos sin anteojo la franja verde interminable, sus promontorios, las arenas de sus playas..., mas hay que bajar al comedor, aunque se almuerce de prisa.

Citando volvemos a subir, la costa se divisa con todos sus accidentes panorámicos. La vamos corriendo a lo largo. Es siempre una franja de verdor ondeada por colinas y sembrada de blanco caserío.

Querríamos ver a las poéticas gentes felices de este paraíso; los anteojos no alcanzan a detallar más que tal cual poblado, tal cual grupo de árboles..., y nos figuramos a los sicilianos con sus gayas vestimentas de teatro, en pleno baile, al son de las arpas y las flautas.

De tiempo en tiempo las níveas viviendas dispersas por la fronda, se acercan, se agrupan, se aprietan en aldea, en ciudad..., y de una de éstas, respaldada en un desfiladero, distinguimos las torres monumentales de un templo... ¿Caltagironte?... ¿Girgenti?... Está no cerca del mar, tal vez a un par de leguas... Mis conocimientos geográficos no alcanzan a más que tales dudas. Me consuela que hay quien espera descubrir por esta parte sur el Etna.

-¡Oh, Sarah!... ¡Vea!

-Qué.

-¡Qué lindo juguete!

Le doy mis gemelos. Entre festones de bosque se alzan los minaretes de un chalet, que queda atrás.

Ella lo mira, y luego me mira con su intenso mirar apasionado.

-Sí, ¡oh, qué lindo! ¡Me quedaría de buena gana!

El coronel dícela lo bien que la caería «para poner sus muñecas».

Sarah se vuelve a mi lado.

-La muñeca de esa casa -dice-, sería yo. En una novela de mamá...

Se interrumpe con uno de sus fáciles rubores de triste mujercita. Únicamente añade, bajando los ojos:

-¿Verdad que usted también se quedaría, señor Serván?

-Oh, señor Serván..., ¡por Dios, Sarah! ¡me hace usted un viejo!

-¡No!... es que... ¡es que yo soy tan pequeña!

Calla. Torna a dirigir los gemelos al chalet, que queda atrás.

Yo me limito a contemplarla. Debe sufrir, la pobrecilla criatura a quien nadie da importancia. No vienen jovencitos de su edad en cuyos ojos pueda encontrar su misma interrogación ansiosa de los misterios del amor... de la vida...

Una hora más tarde, vuelve a encontrarse otra vez a mi lado, y me nombra Andrés... con voz dulce, llamándome la atención hacia unos torreones.

No acaba esta costa de Sicilia, plana y monótonamente bella, y acabamos por sentarnos, mirándola a intervalos de la conversación. La vemos con suave frescura de color, en la distancia, como a través de un velo tenuísimo de brumas... El mar se corta a lo lejos en franjas verdes que hay quien dice que son desembocaduras de ríos... que hay quien dice que son volcánicas corrientes...

A las doce, citando un oficial toma en el puente la hora del sol, miramos los relojes, confirmando el diario retraso de casi veinte minutos. Tres días de navegación nos han enseñado muchas cosas; y entre ellas, ésta de ir ganando tiempo hacia levante. Aplicados a los pequeños detalles queremos comprobar su exactitud. Se espera con afán el medio día. Cada uno lleva su reloj según salió de Barcelona, para estimar la diferencia total al fin del viaje.

Sabemos asimismo que mientras haya palomitas, esto es, que mientras las olas rompan en espuma, no obstante la quietud del aire, sigue la marejada de fondo -la de los mareos y los balances odiosos. Y observando siempre en la rueda alta del timón a un marinero que la mueve sin cesar, fijo en la proa, desde su avanzado observatorio del puente, aprendemos que hay que afrontar ola por ola a fin de que no batan al Reus de costado. El vigía se nos antoja, pues, la providencia, y su misión algo sagrado de cuyo descuido dependemos todos.

No paran aquí nuestras tareas, en esta vida de holganza como la de una playa, como la de un flotante hotel de balneario -hasta el punto de que no he vuelto a coger el alemán. Don Lacio, pasajero reincidente, nos habitúa a consultar cada noche el cuadro de la marcha colgado sobre el buzón de petitorio; y varios llevan su carnet de apuntación. Día tal... Singladura... 340 millas... Consultamos los barómetros, los termómetros, los higrómetros del comedor, en horas fijas, siendo cátedras de náutica los grupos, a menudo, donde se empieza a apreciar el valor justo de un nudo, de una milla, de la extensión del mar que se descubre, del tiempo que tardan en perderse de vista los barcos...

-¡Babor, derecha; estribor, izquierda! -termina siempre don Lacio, dirigiéndose a mí-. Y además no siempre se dice el mar, sino la mar..., es más marinero.

Hacia las tres de la tarde se hunde Sicilia en lejanías, confundida con las brumas.

Otra vez «la mar», redonda y solitaria, que nos concentra nuevamente en la extraña intimidad de desconocidos que ya nos sonreímos, nos queremos, nos odiamos...

¿Quizás no estoy viendo al señor del maletín junto a su esposa, torvo y triste, pensando en el teniente y en el capitán del Reus, y en la maldita y ridícula tesitura del Reglamento de a bordo?

Ha consultado, en efecto, al capitán, que le ha quitado la esperanza.

Y en tertulia, oyendo al capitán, nos hemos burlado del infeliz.

«¡Oh, ya ve usted, capitán -le argüía últimamente-, hay temperamentos, hay temperamentos... que no se pueden pasar... sin caer uno hasta malo!... No la señora, que le da igual, al fin como señora... Por mí..., los médicos...»

El viaje heroico se me va transfigurando, pues, en una especie de sainete, y el barco en una gran casa de vecinos.


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Capítulo IV
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Del frío al fuego Felipe Trigo


El Reus marcha por un mar finamente abullonado de huecos de olas como conchas. Se mece de un modo imperceptible. Los niños juegan por la cubierta, y la alegría va renaciendo en las caras, gratamente abanicadas por Ia brisa, debajo de la espaciosa toldilla, a la sombra de un sol casi estival.

Se han dejado completamente los abrigos y abundan los trajes claros, ligeros. Es sorprendente cómo pasamos de Diciembre a Julio en breve tiempo.

Yo he tirado mis apuntes de la marcha, mandando al diablo las náuticas ocupaciones, ante la grata amenidad de la tertulia, donde suelen hablar las damas de todo menos del mar.

Debemos ir cruzando al Sur de Grecia. Trato de imaginar el gris del agua como el tono en que se tintan los mares de los mapas, y trazo en largas y quebradas curvas a ambos lados las tierras y las islas que no veo. Recuerdo una gran carta del colegio en donde Grecia era rosa, azules la Anatolia y Gandía y Chipre, y el Egipto heliotropo...; así me los figuro aquí.

Se ha hablado del vino de Chipre, de las rosas de Alejandría, en la mesa. Un erudito ha resucitado el tiempo helénico. Esto es inevitable. La gallarda serenidad del buque ha devuelto a cada uno sus manías, sus mezquindades, sus vanidades. Gentes humildes, con traza de no haber comido en fonda jamás, sino por fiesta, y que no vendrían en este lujo de viaje si no lo pagara el Gobierno, hallan detestables los asados, y las salsas, puestos a no asombrarse del festín que vienen a ser las comidas. Unos, alrededor nuestro, con el hambre sana de a bordo, se reservan para cualquier título del francés rimbombante del menú -y encuéntranse sorprendidos con sesos fritos... Otros, presumiendo de avisados, llenan de una vez con el tinto macón la batería de copas que tienen por delante: la del agua, la del vino, la del jerez, la del champaña, la del coñac... Nosotros, entre tanto, el grupo distinguido nos reímos... con una distinción que oculta un poco de la misma torpeza vanidosa.

Al fin es esta vanidad de distinción lo que nos une, y la escondida fuerza que sigue deslindando entre rabias y entre envidias las jerarquías que preví al embarcar. No basta entre el pasaje de primera el común derecho a lo mejor del buque que da el billete: hay que conquistarse derechos de clase dentro de la clase. Y las delimitaciones son tan fijas, en pocos días, que igual que a la generalidad sublevaría ver venir a nuestras cámaras y a nuestra cubierta pasajeros de la popa, enojaría en nuestra pequeña tertulia un intruso.

Han sido los primeros títulos para tal preeminente conquista, los dientes blancos, las uñas bien pulidas, los trajes bien cortados, las joyas... los brillantes en los dedos de los hombres y las grandes turquesas orladas de brillantes en las orejas de las damas. Felices los que desde luego contamos, además, con un uniforme respetable.

Alrededor de este núcleo, constituido en aristocracia de a bordo, y que ha quedado como alto otorgador de la admisión de «nuevos íntimos», se ha ido aumentando la tertulia con pocas personas más: unas abonadas por la belleza, como Purita y su madre; otras por su canto, por su música, y aun por una vieja miss de compañía, como una india señorita y su papá, de netos tipos malayos, europeizados en Francia.

El húsar, tendido en su silla, apenas ya con mareo, mira de soslayo a Pura, que habla con el teniente de cazadores... joven menudito, simpático, posesor de una pitillera de frac, con monograma...

Sigue admirándome la perfecta separación que marca hacia nosotros la entrada de la escalera. Del lado allá, nos miran como elegidos los otros grupos. Podría jurar que hay uno intermedio cuya ambición es nuestro trato. Uno contiguo, inseguro de sí mismo, casi disperso, formado por varias familias y señoras y señores que no cesan de comparar en hostil silencio sus blusas y sus topacios con nuestros brillantes. Figuran los más próximos en él mi vecino el del maletín y su hermosa pescadera (convenido que lo es, hasta probar lo contrario), siempre engalanada. -Y, por lo menos, todos ellos se sienten y se saben, a su vez, bien diferenciados de aquella extrema izquierda -según don Lacio-, cuya amontonada instalación empieza en la oficina del sobrecargo, y que le da a la cubierta, con sus madres lactantes y sus niños corretones, a quienes reparten galletas y frutas y aun trozos de tortilla salvados del comedor, aspecto de romería.

Charo charla, junto a Pura, que háblale bajo al teniente; Lucía sigue leyendo su voluminosa novela junto a mí... Y de pronto Charo dícele algo, muy quedo, a la señora del coronel, y continúa charlando. Pero lo que Charo ha dicho, breve, misteriosa, hurtadamente -pasa el corro deboca a oído y llega al mío en una musitación de Lucía:

-Se hablan de tú. ¡Son ya novios!

-¡Oh!

No sé qué me ha hecho lanzar la exclamación, la noticia o el pelo de Lucía que me ha rozado.

El marido la contemplaba rencoroso, tendido en su sillón, más marcado que el húsar. Ella ha vuelto a leer, en descuido de su acto indiferente.

Esta mujer me causa respeto y simpatía. Yo querría ser su amigo antiguo. Por un instante, trato de estudiar en su faz lo que hay de noble: es un serenísimo resplandor de inteligencia. Comparo a Lucía con Pura, indudablemente más guapa, y convénzome de que todo el deseo que podría encender con facilidad en mi sangre la andaluza, por una hora, tiene un no sé qué en mi alma, hacia Lucía, de ansiosa estimación fraternal.

Pura es incomparablemente más guapa, Lucía es incomparablemente más bella.

Pura es una de esas carnalísimas beldades que se encuentran alguna vez en los cafés-concierto y en las postales de nuestra exportación a París. Cuanto puede y vale, lo tiene en el brillo negro de los ojos, en la blanca piel, en la húmeda gracia roja de la boca y en las curvas airosísimas del cuerpo. Su gallardía, como la de los caballos, está fuertemente acentuada por una inconsciencia de brava brutalidad. No costaría gran pena creer que es maciza, y asustaría pensar lo que quedase de ella en los brazos de un amante, fatigado, apagados los deseos... Contacto de fuego, los de esa cara, los de esa boca... soportados pronto después como contactos de una libra de carne de la plaza.

Lucía tiene la frente alta, pálida, y nace sedoso en ella el cabello obscuro con una idealidad casta y limpia. En la arcangélica paz de su semblante, miran sus ojos con franca valentía, seguros de sí propios, responsables, y las líneas delicadas de sus labios muestran un tic de amargor y de piedad al jugar a la sonrisa con sus dientes grandes, blancos, blancos..., muy blancos y firmes y levemente desiguales... Yo dudo que el marido sepa los tesoros de amistad que hay en estos ojos; los tesoros de pasión que hay en esta boca... Y al mirarle noto que me está mirando amenazadoramente, y comprendo mi imprudencia. No tengo el menor derecho a crearle a su mujer una de estas historias de murmuración que ya corren por el barco. -Sonríole y le ofrezco un cigarro con toda cordialidad.

Porque es cierto. Las murmuraciones empiezan a volar impías en la sociedad naciente, en la diminuta ciudad flotante que cruza apretada en un casco por las aguas solitarias. El comandante de Estado Mayor se dice que le inspira a Charo preferencias; él es un hombre de cuarenta años, fino, feo, con la fealdad simpática de un japonés. Se dice también que el capitán de a bordo mira a la pescadera, y que ella no se cansa de mirar al capitán. Y es lo raro, sin embargo, que tales imputaciones de injuria, positivas probablemente, no disminuyen la consideración a la condesa, y antes se la dan que se la quitan a la bien plantada pescadera, salvada en galantería. Le ocurre igual al rico filipino, admitido, más aun que porque su desmedrada hija cante y hable el francés y el inglés y traiga una miss, porque él trae en segunda, respetuoso con la niña, una querida francesa, una cocota, que es sin duda la que vi en mi excursión del otro día... Pronto ha corrido la nueva por el Reus, dándole al indio bravo las de la ley para alternar en la «distinguida sociedad».

Charo ha promovido discusión acerca del papel social de la mujer. Excitado el marido de Lucía contra una intervención oportunísima de ella, a quien apoyó el comandante, discute ahora con éste en forma descompuesta, absoluta, rígida como su criterio fósil...

-¡Éstos se pegan! -me dice el capitán del buque marchándose-. Ya verá usted: al término del viaje, llevo diez o doce duelos concertados.

Por no oírlos, me levanto también y bajo al fumadero, entreteniéndome en ver jugar al ajedrez, cerca de la mesa donde actúa de tresillista don Lacio.

Además -debo confesármelo-, me ha hecho bajar, también, Sarah, la cubanilla. Me inquieta con su atención. No cesa de mirarme. Le inspiro una curiosidad, una gratitud extrañas... ¿Qué le pasa a esta criatura?... Soy el único que le dice de usted, y que en la duda de tratarla como a niña o como a dama, le acerca en la mesa los dulces, los sorbetes, parándose en las puertas para dejarla pasar... ¡Bah, ella, la pobre, me admira y me agradece esta consideración que ve formalmente en mis estrellas de capitán por vez primera!

Hoy, al verme de paisano, lo expresó ingenua:

-¡Oh! ¿por qué se quitó el uniforme? ¡Le hacía tan bien!

-¡Pero me ahogaba, Sarita! -respondí.

-¡Todo lo van ustedes cambiando! ¡Qué lástima! ¡qué lástima! -añadió ella.

He creído, sin embargo, observarle un rencor hacia Lucía, como si advirtiese y le doliese que sea la mujer a quien hablo con agrado. ¿No resulta una fiscalización fastidiosa?

Llega el húsar. Tráeme con picaresco alborozo una noticia. ¡La pescadera acaba de ser sentada en nuestro corro, por el capitán!

-¡Venga! ¡venga!

Subo, picado de curiosidad, y hállolos, efectivamente, en nuestro corro.

Por esta novedad, o porque se agotó de sí, la discusión ha terminado. Tiene la pescadera la palabra. Cuenta (no habla el marido) que es salamanquina, sobrina del senador señor Montes no sé qué, y casada hace año y medio; Pascual, que estaba en la Diputación de la provincia, va a Manila, ascendido, en Hacienda, protegido por el tío. -Sus finas maneras afectadas y sus deseos de agradar, la dejan pronto bien recibida por Charo, por la pasiva señora del coronel, por la misma Lucía -que la observa y la interroga un rato con la especie de curiosidad de estudio que parece todo inspirarla. Yo confirmo que Lucía tiene un temperamento de artista. Tal vez llegase a ser una sutilísima escritora, sin Alberto, cuyo juicio intransigente quedó manifiesto hace poco. Cuando lee novelas, tiene entre los dedos un pequeño lápiz de marfil y anota a menudo en las márgenes. Inspíranme gran curiosidad esas notas.

Pascual queda a un extremo de la tertulia, en actitud involuntariamente respetuosa de guardia civil licenciado. Bien le lleva quince años a su mujer. No fuma más que cuando el húsar, que se ha sentado entre él y ella, le ofrece susinis. Como el capitán no suele pasar largo tiempo en la reunión, frecuentemente reclamado por los servicios de a bordo, el húsar procura serles grato a la pescadera y a Pascual. Ella se llama Aurora, pero le hemos dicho el apodo demás para que ya lo pierda. Muéstrase gozosa y amable; agradecida al capitán, de quien ha ganado el honor de hallarse entre nosotros, este joven con rubio bigote káiser y uniforme de platas, plácela como un lazo afectuoso más que la afirma el triunfo.

De sobremesa, esta tarde, hasta después de encender las luces, fórmase al piano un concierto improvisado donde canta la india el che faró senza Eurídice. Acuérdase Pascual de un joven relojero paisano suyo y consumado violinista, que viene en segunda. Absuelto en gracia a ello de su categoría de clase, instase a Pascual a que lo llame -y toca en efecto diestramente trozos de ópera, acompañado por Charo y por Lucía.

Se me antoja que disgusta a Aurora esta llamada..., tal vez porque descubre la índole de amistades de su esposo..., tal vez porque la hace perder a ella, desventajosamente con respecto a los demás, la calidad de posibles personajes enigmáticos que afectamos todos. A cada nombre ilustre, famoso, nos es posible sonreír con un «¡Ah, sí... fulano!»... que haga pensar a los demás: «¿Será pariente?»...

Oímos, al fin, por la hilera de ventanas abierta al mar, y a pesar del ruido trepidante de la hélice y del agua, un tumulto de cantares y guitarras que cae de la cubierta. Al subir hallamos grande animación. El cielo es de una transparencia mágica. La luna traza espléndido camino de argenterías sobre las olas y contrasta a lo largo de la borda su dulce fulgor con el rejozo de las eléctricas lámparas derramado bajo el toldo. Dos o tres guitarras, tañida una por manos femeniles, acompañan malagueñas que entonan alternativamente algunos jóvenes con aguda y grata voz. Y todo el mundo se agolpa en torno, depuestas las animosidades, cediendo por primera vez aquí, más que abajo, al poético encanto de la noche, de la música, del mar...


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Capítulo V
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Nos hemos dormido al fresco, don Lacio y yo. Nos despiertan marineros. Por la cubierta no luce más que un farol, y la luna alta sigue plateando las aguas. Indícasela claridad del alba por la proa.

El baldeo va a empezar, ya apercibidas las bombas y amontonadas las sillas; y don Lacio propone una ducha. Lo más cómodo. Diariamente podremos tomarla aquí, ahorrándonos los cuartos ardientes y estrechos vaporados por cien cuerpos. No hay más que bajar al camarote a ponerse las chinelas y un trajecillo de hilo.

Hallo práctica la idea, y cuando volvemos a subir veo que no somos dos, sino varios los fantasmas blancos que acuden al remojón: el médico, los oficiales de guardia... Don Lacio está, pues, informado de las costumbres marinas.

Brilla lejos una luz, contra el fulgor del oriente. Es otro buque, por el vigía señalado, según dice el doctor, desde las once de la noche. Marcha menos; lo habremos de alcanzar... Pero las bombas funcionan y recibimos la lluvia que sueltan los mangueros a todos lados. Herméticamente cerradas las portañuelas, las escotillas, inúndase la cubierta de verdaderos torrentes que en sábana tornan al mar por las bandas.

Yo bajo a continuar mi sueño, fresco. Es singular: a bordo se está dispuesto a comer siempre, y a dormir. Antes me he tomado un cok tail de piperman, ron y huevo, y no despierto hasta las diez... con perfecta hambre.

Se habla en la mesa del buque a la vista. Es inglés, el Ophir: uno de los mejores trasatlánticos que hacen travesía a la Australia; pero el capitán quiere dejarle atrás con nuestro Reus, que tiene corte de quilla excelente. En Port-Said, adonde fondearemos a las cinco, hemos de entrar primero. Da su palabra.

Anímase el almuerzo, y hablamos de Port-Said. Se hará carbón. Habrá ocho o diez horas para visitar la ciudad, para comer en hotel y dormir en tierra quien lo desee, como descanso del barco. Óyelo Pascual, y desde su sitio, en otra mesa cercana, por encima de toda una fila de cabezas, trata de asegurarse, ansiosamente, en diálogo con el capitán..., Aurora, enojada de la ridícula ingenuidad, le pincha, le toca el codo, le calla...

Se sigue hablando regocijadamente de barcos, de puertos, de cosas marítimas. Se acuerda don Lacio y apuesta diez pesos a que yo no sé cuál es la banda de estribor... No acepto -y del pasillo, junto al piano, procedente del camarote, sale Charo hecha una flor. Trae falda seda perla, cinturón de gran broche, blusa amapola, y la cabeza de oro ruiselante, espléndidamente renovado el tinte entre ondas y entre rizos. ¡Bien tarda por adornarse! Se la recibe con plácemes, que ella acoge esponjada. Sus labios no son menos rojos que la blusa. Es otra inversa forma del ridículo matrimonial; pero don Lacio, a diferencia de la pescadera, sopórtala con tino, anticipándose a la comedida zumba de los... íntimos. Apenas se ha sentado ella, y tras un silencio en que aparenta cómicamente digno abandonarla al asombro de belleza en los demás, se inclina y la dice respetuoso al oído, para que lo oigamos todos:

-Charo, me parece... ¿permites?

-Qué.

-Me parece... que te has dejado algo más negra la ojera de babor.

-¡Vaya usted al cuerno, don Lacio! -contéstale Charo dominando la general risotada, riéndose ella más que nadie.

Y como siempre, estas chirigotas sirven para que la famosísima Charo se desborde en decires y alegrías. Es notable el polo de contacto en que han hallado su armonía los dos esposos, los dos caracteres tan opuestos.

El comandante de Estado Mayor la lisonjea. Va tomándola a broma también, mientras más ella se le muestra tierna. Lucía duda que el rizado del pelo suntuoso no sea hecho a fuego, igual que el de la negra cabeza de Sarita; pero ambas niegan. ¡Oh, alcohol en el camarote! A Lucía la obligó a tirar el de su maquinilla Alberto.

Pasamos la mañana con la caza del Ophir. De hora en hora, pierde distancia. Aprendemos que pertenece a la Oriental Steam Navigation Company. Marcha delante, a la izquierda de nuestro rumbo.

El capitán, obstinado en su empeño, no deja el puente.

Este espectáculo de fuera, y la proximidad de un puerto, nos harían hoy olvidar los chismorreos del pasaje, si no fuese porque Charo, sentada en un balancín y meciéndose violenta enfrente del grupo de la borda que formamos varios, nos enseña a cada vaivén las medias rojas. El viento de la proa ayuda alguna vez a su intención y le revuela la falda y la celeste enagua a la rodilla. Ella sabe que tiene bonitos el encaje del pantalón, la pierna, el tobillo, el pie, bien calzado en el gualdo zapatito... Si no enciende esto al comandante, ¡adiós! Todo un teatro.

Por lo menos anima al húsar, a Enrique, como le llamo en camarada, correspondiendo a su efusión. Me torna el brazo y me lleva a pasear a la otra banda, desierta siempre, ya por puro hábito, sin duda. -Ha hecho descubrimientos notables. El joven del violín, paisano de la pescadera, le ha contado ¡oh!.. que no hay tal sobrinazgo de senador del Reino.

Huérfana ella de un protegido del senador, había sido la querida de éste, quien, al dejarla en cinta, la casó con Pascual, conserje de la Diputación de Salamanca. El conserje apechugó con la boda a pleno conocimiento; pero llegó a trascender al público que, habiéndole cobrado a su mujer cariño, soportó luego su «menaje a tres» con tristeza, y que muerta la recién nacida y compadecido o medroso el senador de aquella torva sumisión irritada para con él y con las gentes (porque Aurora daba además mucho que hablar, aparte de ambos), había decidido alejarlos, con este empleo de Ultramar...

-Total, un amigo como hay tantos, este simpático violinista, y ella una chai, ¿sabe? -díceme Enrique.

Y con una agudeza de práctico y tenaz observador somático de las mujeres, que yo no habría sospechado en su aturdimiento donjuanesco, confiésame que se alegra de que el tenientito de Cazadores le haya evitado el peligro de la andaluza, muchacha de rápido compromiso en su condición de señorita sensual, apasionada y tonta.

Aparecen como evocados, allá abajo, Pura y el tenientito.

Buena moza, le lleva al novio la cabeza o poco menos. Se reclina en la borda, debajo de un blanco bote que pende de sus garfios.

Por no espantarlos, nos asomamos al mar igualmente en este extremo.

Cree el húsar que el mucho comer y el mucho holgar y el trato de mañana a noche en el barco, con aquella madre imbécil, podrán serle funesto a Pura... Al contemplarla tan guapa, de espaldas, ceñida en su traje blanco de piqué que acusa espléndidas redondeces, no estimo tan sincera la conformidad de mi amigo...; pero él insiste en razonarla, hombre, además, según veo, incapaz de concebir quince días de su vida sin aventuras amantes:

-Vale más la pescadera, ¡qué diablo!... para un viaje. ¿Dónde andará? ¡No ha subido esta mañana!... Tal vez bañándose... Aun en un fugaz lance con ella, sin contar la enorme diferencia de responsabilidades, puede uno al menos quedar tranquilo de eso tan terrible que consiste en dejar desencantada a una inocente... por culpas de lo veloz...

¡Oh, en esto tiene Enrique desabridas experiencias! Es un sensual «a fondo»... Se explana. No comprende que se burle la pasión fuera de sus grandes escenarios de reposo -y él se apasionaría tal vez demasiado de Pura. La otra, en cambio, la no pura, con arrestos para el capitán y para diez en amigable concierto, es sin duda una de esas impasibles lanzadas a todos los trances de la galantería con la frialdad de un maniquí que no supiera qué hacerse en otro caso de sus galas...

-Lo juraría! -añade- ¡es un leño! ¿No ve usted aquellos ojos grandes, apagados, de estúpida seriedad de ídolo cuando ya...?

Alguien llega, interrumpe... Son Pascual, el señor indio y el relojero-violinista.

Yo dejo al húsar con ellos, estrechando relaciones.

Pero la tertulia no se normaliza hoy, con la esperanza de tierra y la atención al buque inglés.

Lo alcanzamos, lo alcanzamos. A las doce leemos con gemelos claramente sus doradas letras en el casco: Ophir.

Entre él y nuestro buque chispea menudamente el mar lleno de sol.

El capitán sigue en el puente. Me entero al fin. No es por pasar al Ophir, sino porque no abandona jamás la vigilancia en las cercanías de costa. Habíame parecido un tanto pueril tal regata.

Entro a escribirle a mi madre en la camareta de señoras, convertida en escritorio general ya que aquéllas no la ocupan, y encuentro por excepción a Charo y Sarah con Lucía. Quiero dejarlas, pero me instan y escribo en la mesa del rincón. Esta pieza aseméjase a un tranvía, con sus divanes grises, con sus ventanas altas a los cuatro lados de la cubierta, armadas de persianas y cristales. Hay en las mesas papel y tinteros, con el escudo de la fastuosa Compañía. -Sarah no cesa de observarme, y me distrae. A mi pesar oigo frases sueltas. Me invade un terror. Había yo advertido de sobra que todos tienen a bordo cerillas, menos yo, y que el húsar, contra no importa qué prohibiciones y prudencias, fuma en su litera. Ahora resulta que la condesa confiésale a Lucía que se riza el pelo con tenazas, efectivamente, y que le brinda «un poco de alcohol para las suyas...» Este alcohol ardiendo con su llamita azulada junto a las ropas y las camas y las cortinas del estrecho camarote, acaba de hacerme reír de todas las ordenanzas del mundo. Si hemos de achicharrarnos por una punta de cigarro o porque una mujer se embellezca... ¡aún esto es preferible!

Cierro la carta. Ya estoy solo. He llenado dos pliegos. Empiezo otra para alguien... que no lo merece -y la rompo. Mas... no, no estoy solo; al salir veo a Sarah que ha permanecido en el diván detrás de mí, leyendo un libro.

-Dispense... ¡oh, Sarah!

-¡Ah!

-¿Qué lee?

-Mire.

Me muestra. Un espanto. Del amor, del dolor, del vicio, por Gómez Carrillo.

-¿Es de usted?

-De mamá.

-¡Bah, por Dios... no lea esto!. ¿Lleva mucho?

-¡Empezaba!

Cambia su color.

-¿Es malo? -pregunta.

-¡No... ea!... pero fuerte para una... para usted!

Cambia más su color, más no al rosa, al pálido.

Yo, saliendo, me planteo la duda de si empalidece porque la descubro leyendo un libro que ella no creería tan poco inocente, o al revés, porque la creo por demás inocente para el libro... ¡Eh, lo primero! ¡pobre chiquilla!... Sin embargo, que no lo juzga el Fleury, demuéstralo su lectura aquí esquivada de la madre.

Sorpréndeme el Ophir, casi emparejado con nosotros.

Con los gemelos se descubre su pasaje, que a su vez nos contempla.

Se descubre mal, por la distancia -aun con un anteojo marino que me da don Lacio: blancas y pequeñas figuritas de misses, entre la confusión blanca de los toldos.

-¡Tierra! -grita Lucía, bajando el catalejo, indicando el horizonte, gozosa de ser la primera en descubrirla.

Es la misma cinta lejana y tenue que en Sicilia. Miro el reloj. La una. A las cinco ha dicho el capitán que estaremos en Port-Said.

Don Lacio saluda con un chapurrado y berreado de la Africana a la costa egipcia:


spettácolo divino.....
... sognata terra....


Apenas bajamos media hora al refresco de las dos, nos encontramos al tornar sobre cubierta con el Ophir más apartado de nosotros, pero atrás, sin duda atrás... Un ¡hurra! vencedor estalla... Y a continuación, a fiesta de alegría, las guitarras surgen y empieza como en la pasada noche un gran tumulto de canciones...

¡Oh, los ingleses!

Aquel buque blanco, fantástico, grande, silencioso, que marcha recto con sus palos hacia el cielo, debe llevar un cargamento de tiesos autómatas... de aburridos... de spleen ¡esta es la frase!- Nos damos cuenta, en efecto, de que nuestro escandaloso y español Reus, desbordante de peteneras y de tangos, lleva los mástiles un poco inclinados, con cierto aire de calavera que debe ser una gracia desde lejos..., especie de ómnibus que vuelve de los toros brindándole juerga y salero al mundo... ¡viva España!

Mas ¡oh!... sin duda cada cosa requiere su escenario, y debe ser la noche azul el de la guzla y la dulce malagueña. La juerga ha saltado al sol chulesca, aguardentosa, desgarrada en las gargantas... Y muere pronto por fortuna, ahogada de sí misma... El último tango canalla de zarzuela es disipado por el extraño espectáculo de la costa a que nos vamos acercando. Una barrera larga y tendida a flor de olas, al otro lado de la cual divisamos claramente otro mar maravillosamente tranquilo. El nuestro es plomizo. El de allá, azul, de un azul de zafiro, terso como el cielo.

Esta costa parece una escollera tortuosa, interminable. El Reus marcha perpendicularmente a ella como para estrellarse. Dijérase que el capitán se ha vuelto loco -que hace bien en venir ya atrás, muy lejos, el Ophir con toda su pausa...

No es costa, en suma. Es una lengua de arena que nos cierra el paso en mitad del mar. Lo vemos según nos acercarnos. Por último, el doctor, único hombre de a bordo que no está ocupadísimo en esta aproximación al puerto, nos dice que aquella agua tranquila es el lago Manzaler, en cuya estrecha entrada de perforación está Port-Said -y el canal empieza... sin canal... o lo que es lo mismo, sin orillas...

Una hora después, entre barcos, entre vueltas, tras un recodo de peñascos, se nos aparece la ensenada de Port-Said. Una población como casi todas las marítimas, sencillamente, en herradura hacia la playa. Apenas un airón de palmeras, entre las casas blancas, entre los hotelitos levantados en la arena alrededor, nos hablan del África ardorosa.

El sol, sí, nos tuesta. Y en cambio, tan pronto como enfilamos el puerto, una turba de piraguas nos acoge, nos sigue, con negros muchachos desnudos que gritan y gesticulan pidiendo que se les arroje dinero al mar.

-¡Peseta! ¡Peseta!

-¡A la mer! ¡a la mer!

-¡A la mer! ¡Un franco!

-¡Peseta! ¡Peseta!

-¡Capitano, un franco!

Les dicen capitano a todo el mundo. Ven como linces, nadan como peces. Si la moneda no es de plata, es inútil, no se sumergen tras ella. Acá y allá vuelven con la peseta entre los dientes, ganando las piraguas, que se vuelcan.

-¡A la mer! ¡a la mer!

-¡Capitano, un franco!

-¡Peseta! ¡Peseta!... ¡a la mer!

Los hay de todas las edades, en igual ágil competencia. De cinco años, de doce años, de quince años. El liviano guiñapo que estos talludos se lían a la cadera, cae y se desliza a cada instante en la furia del gritar, del nadar... Cerca de mí está asomada Pura, que ríe y chilla algunas veces tapándose el rostro con los dedos... Igual hacen otras damas a lo largo de la borda, Charo, Aurora, Sarah, Lucía, la india y otras, y otras... Únicamente las niñas del coronel miran serias, impávidas.

-¡La naturaleza es inmoral! -dice gravemente don Lacio.

Y como las damas recogen en absolución su sentencia, añade:

-¡Y sobre todo, de viaje!

Hemos parado en mitad del puerto. Con el bote de sanidad nos rodean y nos asaltan muchas barcas pintorescas cuyos tripulantes convierten la cubierta, a escape, en una feria oriental. Son negros no mucho más vestidos que los chicos, y que venden mongolias, plumas de avestruz y pedazos de marfil; moros con colorinescos bombachos y turbantes, que ofrecen joyas y sedas carmesíes; judíos de cómica caperuza de palma que cambian duros por dollars; lavanderos mecánicos que nos devolverán limpias y planchadas en dos horas las camisas... Y entre todos, saludando compatriotas, garantizando servicios, el cónsul de España escoltado por un gigantesco abisinio en cuyo turco uniforme de oro y cobalto cae terrible el combo alfanje...

No nos hemos dado cuenta de que el buque ha vuelto a andar, de que se para, de que está abarloado en el muelle hacia el cual tiende desde el portalón sus pasarelas.....


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Capítulo VI
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Dan las seis en no sé qué náutico edificio del puerto, cuando lo dejamos en pandilla la condesa, su hija, Lucía y Alberto, el coronel con su familia, don Lacio y yo. Contra la claridad del crepúsculo el gas, empieza a lucir en la recta calle larguísima a cuyo frente está el Reus.

Debe de ser la más importante de Port-Said completamente europea, llena de tiendas de griegos.

Antes de recorrer dos tramos, ya las señoras han sufrido la tentación de algunos comercios, y bajo su dirección realizamos compras. Trajes de hilo, por medias docenas, baratísimos -ventaja de puerto franco. Nuestro poco de francés nos sirve a maravilla. Los horteras van enviando paquetes al buque, tomando nuestros nombres y entregando en garantía sus tarjetas.

Dos horas en compras. Yo me aburro. Sospecho que no veré la ciudad, por acompañar a estas damas. Me distraigo a las puertas, donde me acompañan Sarah y las hijas del coronel. Están llenas de gente las aceras. Por todo «exotismo» lucen los hombres, con chaqueta o con chaquet, gorros turcos. Tal cual negro, tal cual moro, pasan por la calzada con cargas, o vendiendo dátiles y cocos. Pocas señoras. Abundan tipos que, si son indígenas, no lo dicen más que en su morena tez y en sus negras cejas finas -que me empeño en ver oblicuas. Nuestros compañeros de barco han ido pasando a bandadas. No ha debido de quedar uno a bordo.

Por fin arrancamos. A los cien metros, nos detienen los frescos stores de un restorán que place a Charo. Entramos a cenar. Cocina inglesa, mucha salsa picante, carne cruda... Charo, como siempre, trinca mucho. Creo que esta célebre condesa se pasa la vida chispa. Se encuentra a gusto. Han entrado y han comido y se han largado dos caballeros morenos, y no acabamos nunca nosotros. Al final champaña, y charteux con el café exquisito -esto sí. Los cigarros son de paja.

Un escándalo -salimos a las once. Cuando Charo rindió a todos con su hablar, se puso con los mozos, la han informado de que es el ropero del mundo Port-Said. Hacia Europa, los pasajes de los buques compran abrigos, lanas; hacia el Asia u Oceanía, telas leves. Es raro el día que no pasan veinte correos de todas las naciones, afluyendo al Canal o del Canal. -Esto me explica, otra vez en la calle animadísima, el cosmopolitismo y la falta de carácter de la población, nada antigua -centro de mercaderes.

No hay coches. En una cruz de esquinas vemos parejas de enormes burros blancos, con sillas de montar, tenidos por beduinos, del diestro.

Un bazar fotográfico invita al grupo a comprar vistas. Tiemblo; pero, menos mal, veré el país en estampas. Charo parla y revuelve a sus glorias; le ha dicho al comerciante que somos una compañía de Circo que va a Manila. -Des femmes! ¡des femmes! -pide. -Des costumes de l'harem! -Muestra el dependiente algo perplejo una reservada puerta, y nos lanzamos...; pero Alberto vuelve a salir con los brazos en cruz, deteniendo a las señoras...

Hemos visto de una ojeada el harem bien el harem...

-¡Oh, el Egipto es inmoral, señoras mías! -lamenta don Lacio calle arriba, guiando.

A matemáticas distancias, otras calles rectas, menos alumbradas, cortan la que seguimos interminablemente, sin fin, que se pierde de vista con sus tiendas y sus luces. Los edificios, de dos, de tres pisos, tienen poco de monumentales. Sin duda lo selecto de esta plutocracia habita en los sueltos hotelitos de la playa.

Nos llaman siempre la atención en las esquinas los beduinos, con sus parejas de grandes burros. Reparamos que, indefectiblemente, de cada dos asnos, uno está con silla de jinete, otro de amazona. Nos los brindan, mas no comprendemos para qué; preguntamos, mas no nos entienden. Como no hay coches ni rastro de tranvías, suponemos que sean el medio urbano de transporte.

¡-Burros de junto! -dice don Lacio.

La animación continúa, como de artesanos que saliesen del trabajo en tanta sastrería. Deslúmbranos la blanca iluminación eléctrica de un chato palacete con balconaje de piedra, con atrio de columnas, en cuyo piso alto suena música. Subimos los hombres, exploradores, escarmentados del bazar, y hallamos una especie de salón de Alhambra lleno de mesas vacías, con discretos camarines al fondo, con ancho estrado en el frente donde una orquesta femenina tañe violines y liras y harpas. Al golpe de vista nos parece que hay en las artistas caras y trajes de todos los países. Únicamente nuestros combarcanos el húsar y el tenientito (-¡Adiós!- saludamos con los dedos) en un rincón, y un presunto alemán, en otro, toman refrescos en las sendas compañías de dos turcas, de una georgiana... Y en tanto, sonando un vals, las dulces orquestistas de trajes y pelos y senos de todos los matices, nos sonríen...

-¡Horror!!! -reniega don Lacio, reaccionándose de un desmayo para bajarme de estampía por la escalera.- ¡Esto clama al cielo!... Será preciso ¡vive Dios!... dejar las damas a bordo.

Tal designio le domina -al aire libre otra vez, tras de haber alarmado el pudor de las señoras con la misma exclamación. Nota Charo su prisa por hacerlas recorrer la calle, a fin de retomarlas por igual camino al Reus, y le pellizca. No importa. Él sigue, sigue, las fatiga. No hay teatros, no hay nada, no hay más que ese antro del mal..., «¡horror! ¡furor!»... Y esta calle infinita en Port-Said. Se queja del corazón. Desea descansar, en su querido barco... Estamos a un kilómetro. Tenduchos miserables, ya, no más, de cordeles y babuchas...

Encontramos a Pascual con su mujer y el paisano relojero. Él trae arte de dado al diablo. Ella se alegra de hallarnos, simplemente; no muestra el menor asomo de contrariedad por la compañía del amigo. Y nos volvemos juntos. Es la ocasión de desandar lo andado.

Tornamos a tropezar con los grupos de aburridos compatriotas. No se ve un carruaje siquiera en la incesante animación. Pero de improviso, por el centro de la vía, un tropel se nos acerca. Es una charanga que anuncia con gran farola de papel un baile.

Algo más abajo, otro tumulto de cosas rápidas nos sorprende y nos repliega a la acera. Son los burros blancos a todo galope, con los beduinos detrás a palo limpio. Diez, doce, veinte... seis más..., y encima de cada burro gigantesco un rubio inglés o una blonda miss elegantísima cuyas gasas y flores del sombrero vuelan entre risas y algazara...

El pasaje del Ophir.

¡Oh!

Nos dejan estupefactos, a los alegres españoles, a los juerguistas de los tangos, sobre todo, que no cesan de pasar, de dos en dos, de tres en tres, como quintos.

-¡Qué estúpidos! -comenta uno.

Es su venganza. Ganarnos hasta en zambra y buen humor los sajones, es ya ganarnos en todo.

Gente que lo entiende. Lucía recuerda que este sport lo puso en moda en París el rey Eduardo, siendo príncipe de Gales. Daudet lo alude en Les rois a l'exil.

Llegamos al puerto. El Reus aparece negro de carbón, rodeado de acarreadores que entran y salen por dos profundas escotillas de su panza. El Ophir está amarrado al pie, asaltado también de polvo y de hombres negros. -Acaso un poco entristecidas las damas, por la española educación que no las consiente las inglesas expansiones, van subiendo a encerrarse.

Pascual, desde hace rato, no se separa de mí, con ganas de decirme algo difícil.

-¡No, mira, espera! -le grita a su mujer.

Y a un ademán, me aparta, y... no se atreve. Guarda un papel y un lápiz que traía en la mano y cruza la pasarela tras de Aurora, cabizbajo. Yo, comprendo. El desdichado ha venido indagando qué idioma se habla aquí, mirando rótulos, preguntando cómo se escribe fonda en francés y en inglés... Juraría que habría querido que yo le escribiese una petición de cuarto para algún hotel por algunas horas. El relojero antes, y ahora el miedo de no hacerse entender o de quedarse en tierra, le traen desesperado. Son las doce. El Reus, según el cartelón de aviso, debe zarpar a las tres de la mañana.

Sin saberse cómo, yo, que quedo el último en el muelle, me siento embrazado por don Lacio... «¡horror! ¡horror!» que tira de mí... «¡horror!»... que me arrastra. Le ha dado el quiebro en el mismo portalón a la condesa, refugiada dentro a escape con todos los demás, huyendole al carbón...

Toma dos burros, de los que acuden al Ophir, salta, salto, picamos... Y bien pueden correr los beduinos al alcance.

-¡El rapto de los pollinos! -grita don Lacio, calle arriba otra vez, apartando gente, tratando inútilmente de guiar con los brazos, porque las cabalgaduras no tienen bridas ni cosa que lo valga.

Torcemos, o tuercen ellos, los burros, y nos llevan a placer por otras calles, por plazas, por plazuelas, en vertiginoso desfilar de cosas y de casas... Algo de barrio egipcio hemos debido cruzar, en el laberinto soledoso donde la luna platea arcos y ajimeces..., con los beduinos detrás echando el hígado. De tiempo en tiempo, las caravanas de ingleses, siempre a la carrera. Don Lacio califica a su burro de burro-exprés. Ya que no puede guiarlo, lo espolea.

Vamos por donde ellos quieren... Ahora nos pasan junto a una mezquita. Enseguida por una fortaleza... Otras calles, más calles... gente de nuevo. Por fin la calle principal, tomada por arriba, y los compatriotas que un si es no es nos reconocen asombrados... Sólo que pasamos, pasamos como sombras... Y he aquí que los burros se plantan, en seco, y nos admira ver a nuestros beduinos... ¡en el portal de la orquesta! esperándonos. «¡Mesié! ¡Mesié!»

Han debido de atajar, ciertos de que aquí darían los burros con nosotros. Se nos acercan, mano tendida:

-¡Mesié! ¡Mesié!

Después de pagar, bajamos, habiendo podido bajar por las orejas. La carrera ha terminado. Debe de ser siempre igual, sabiamente seguida por los burros.

Y puesto que la carrera itinerariamente acaba aquí, en este bar, o music-hall, o café-tocante o lo que sea ello, bien animada al fin su terraza, sospechamos que sean los del Ophir los que arriba suenan.

En efecto, cada mármol nos muestra a los rubios ingleses y a las blondas misses en torno a la cerveza y la soda. No tienen ellas en verdad traza de cocotas, con sus castas y rosadas caras audaces que me retraen la de Lucía; no tienen, no, sino muy señoril aspecto amable, aunque sean harto perdidas de todas las tierras ardientes estas artistas de trajes bizarros. Hay música, y se limitan a escuchar. Se guarda la forma del decoro, y les basta. Don Lacio cae en un instante de seriedad y de amargura para lamentarlo inverso de la educación de nuestras mujeres. Son gazmoñas, por culpa nuestra, ignorantes, hipócritas, incapaces -aun los más capaces de toda grosería recatadamente-, de afrontar en público con esta conciencia de ausencia, de dignidad, la más leve apariencia de pecado ajeno. Yo sonrío, pues no me parece el problema tan sencillo. Pero vuelve otro vals. Descubrimos al húsar y al tenientito. Nos sentamos. Las dos turcas llegan, se sientan. Toda la nube de griegas, persas, tártaras, armenias, circasianas, indias, chinas, japonesas, egipcias... recorren la concurrencia con bandejitas donde caen monedas. Si se las invita, aceptan frutas heladas, refrescos; si no, pasan... Don Lacio convida a una linda y pequeña macaca de «ojos de almendra». Yo a una odalisca azul con aljófares al cuello y ajorcas en las manos y en los pies... Dice «Cairo». Será del Cairo. Se quedan. Vuelven a volver... el juego es conocido. El tenientito se obstina en hacerle hablar a su turca el caló, creyendo que todas estas orientales pueden ser falsificadas con chulas madrileñas..., ¡que es creer en Port-Said!

A plazo casi justo, tres y cincuenta, pues el capitán nos confidenció que había tiempo hasta las cuatro y sólo anticipamos diez minutos -llegamos al buque un poco derrotados. Está en zafarrancho de baldeo y lo aprovechamos para cambiar de ropa y recibir la ducha que nos purifica de orientalismo. Todos duermen, menos la tripulación, lista a zarpar. Nos ha reanimado el agua y resolvemos esperar a ver la entrada del canal famoso. El calor, en la calma clara de la noche, es asfixiante. El pantalón, la chaquetilla, las chinelas, se nos secan en el cuerpo.

Ha desamarrado el Reus y empieza a marchar.

El lago nos recibe. Vamos a media máquina. No hay canal... pero el espectáculo es magnífico; -lo marcan balizas, y del agua inmóvil de plata surgen focos voltaicos de trecho en trecho. Una fantasía de luz en mitad del lago. La línea de blancos focos piérdese infinita delante de nosotros, detrás de nosotros, en la noche alumbrada más pálidamente por la luna. A espacios, se quiebra rectilíneamente, y a ambos lados, luces rojas, verdes, de pontones de señales, forman perspectivas de una iluminación fantástica, sin fin en el plano inmenso del mar. El agua hendida suavemente, cruza ondulando dulce por las bandas, abierta en hidras de fulgores nacarinos...

En las lejanías, fuera del apoteósico trayecto marcado en luz como para una cabalgata de nereidas, no se ve más que confusión azul, donde a ratos parecen esfumarse costas bajas sembradas acá y allá de dispersas luminarias. Luego las percibimos más distintamente, se acercan, se buscan, se angostan, y acaban por encerrarnos en verdadero canal donde apenas coge el buque. Son bordes de arena, que se ostentan bien al vívido resplandor no interrumpido de los focos -desesperadamente uniformes, desesperadamente iguales, que no se sabe además si asoman del lago como bancos, pues se siguen con líquida planicie los horizontes hasta la línea del cielo, tras ellos, a uno y otro lado.

No sabemos, en fin, cómo vamos, ni por dónde vamos, ni cómo está hecho todo esto. De rato en rato una linda casa flotante, con un apartadero donde una draga se recoge, déjanos pasar... Sin duda el alba, que ya clarea, nos lo podrá decir bellamente; pero... nos caemos de sueño y de fatiga...

-¡Oh por Dios, no subamos juntos! -pide el tenientito, que se siente, con póstumo pesar, novio infiel.

Y se lanza el primero a la cubierta.

Hemos ido llegando a la mesa a las once, en almuerzo extraordinario, él, Enrique y yo.

Cuando subo con Enrique, nos sorprende el mar... un mar opaco... arena, los desiertos... el canal todavía, que ya creeríamos bien pasado. Un asombroso paisaje de sencillez austera. ¡El mar, el desierto, todo lo grande aparece tan sencillo!... Arena..., el ruedo inmenso de una plaza de toros sin plaza, cortado al medio limpiamente con una cinta de agua por donde va el buque... El canal, al sol, sin las fantasmagorías nocturnas, se parece, pues, a los regatos que hacen los chiquillos en la calle después de una tormenta.

El desierto... ¡ah! el desierto es una cosa harto simple en su desolación monótona. Echo mis cuentas... babor, estribor... izquierda...: es éste el de la Arabia, entonces. Y al ir a ver el africano, al lado opuesto, me encuentro a don Lacio que me recibe delante del grupo de señoras:

-¡Hombre! ¡Perdido!... ¡Conque han tenido que retrasar anoche la marcha por esperar a ustedes!... ¡Moritas! ¡moritas!... ¡qué juventud! ¡horror! ¡horror! Y así...

Le corta y me anonada el chaparrón de medias frases y de sonrisas punzantes... Yo, callando, recuerdo «la inconsciente osadía de las mujeres» comentada anoche por don Lacio; pero estoy por darle a él un bofetón, al informarme: «Se ha levantado, como siempre, a las nueve; jugó al tresillo y durmió en la cubierta, como siempre»... Y capaz ha sido de hacérselo creer a su mujer -y como siempre, el color bilioso de su triste faz, ni da ni quita sospecha, ¡al rapto de las rabinas! -como enmendó a última hora.

Me defiendo, y es tremenda la carga de bromas y de pullas... por Charo, por Aurora al frente... Consuélame ver que no está Lucía...

-¡Sí, sí, sí! -falta Pura-, ¡como aquél!

Señala displicente al tenientito, que está más lejos, mirando los desiertos con cara de fastidio.

Le ha despedido del grupo. Le ha mandado a paseo, como él anoche se fue, dejándolas a la madre y a ella en el barco. Por suerte, este resquemor de novia agraviada desvía de mí la atención. Pura se queja asaz ingenuamente. ¡Señoras solas, no tuvo el... buen amigo! la cortesía de invitarlas a Port-Said. Las únicas que no lo han visto. Y luego por... por... Jura con los dedos en cruz no volver a hablarle en la vida... por... por...

-¡Ejem!... ¡Oh miren! -tose el coronel.

Señala una draga; pero todos le entienden y se habla de la draga -yo el primero. La bellísima, Purita iba trocando la sonrisa en franca ira. Es capaz de desbocarse...

Mas no había yo juzgado cuerdamente el canal: tiene su hermosura, y sobre todo, su tipo. Llega una de estas lindas casitas alzadas al borde en cada trecho y vemos en su verandah, bajo el volado alero chino, unas damas que nos miran, de blanco, rubias. Un pequeño macizo de palmeras procúrale sombra detrás, derramadas encima airosamente. Las dragas trabajan. Nos entera el doctor de que jamás cesan. El paso de cada buque basta a desmoronar las orillas, donde apenas en cortos espacios su misma infijeza permite muros de contención, sobre los cuales arrojan igual oleadas de arena los vientos del desierto. Y es tan importante mantener franco el paso, dado el perjuicio que un simple estorbo de días causase al comercio mundial y a la Compañía propietaria, que buque que embarranca y no sale en pocas horas, se le vuela, Cada buque de alto bordo viene a pagar por cada tránsito cuarenta y cinco mil duros, en oro, en cheques sobre Londres, al entrar, como ya en Port-Said lo pagó el Reus.

Surge como una aparición un beduino, por la orilla, aullando. Mal cubre su carne obscura una corta y sucia chilava de lienzo. Los demás, ya deben saber, porque veo que empiezan a dispararle desde la borda manzanas, naranjas, pedazos de pan... que él recoge. Corre y nos sigue -tan despacio marcha el buque. Su mechoncito de pelo en la cabeza rapada, flaméale en la coronilla. Va depositando las provisiones en haldada del balandrán, que sostiene con una mano, enseñando ya demasiadamente las zancas. Grita siempre, y canta, y ríe y hace piruetas y zalemas. Nos acompaña una hora, infatigable... Y poco después, otro aparece... Salvajes mendigos del canal, a quienes se les arroja la comida como a fieras... Tal vez sus huellas marcadas en la arena, como de feroces plantígrados, son las que muchos nos vamos empeñando en creer de tigres y leones.

Mas, esta vez, es clásica la perspectiva. Alcanzamos a una caravana. Veinte o treinta árabes con camellos. Un poco más adelante, mientras penosamente remolcado con cables desde una lancha para y se entra el Reus en un apartadero, para dar paso en contraria dirección a un crucero francés, vemos otras caravanas acampadas en la orilla. Van ganando la opuesta en balsas. Por el lado asiático se pierden otras en la llanura amarillenta que ahora, al menos, nos deja ver al final siluetas de montes.

Vamos contando los buques que encontramos, siempre ellos apartados, exceptuando el de guerra, por ser correo el nuestro. A la una, yo he visto cinco. A las dos, creemos llegar al mar, y no son más que otros lagos, los Amargos. Me dicen que se pasó otro esta mañana, viéndose de lejos Ismailia, donde está el palacio de Lesseps. El joven relojero y violinista, que resulta pintor, además, va sacando apuntes con su caja de colores.

Por fin, a las tres y media llegamos a Suez, en cuya enorme rada fondea el barco para dejar el práctico del canal y tornar el del mar Rojo y fogoneros árabes. Parece que junto a la caldera harán falta estos hombres habituados al fuego y al clima infernal. Hacemos la breve escala tan lejos del puerto, que apenas éste se divisa. Y ahora sí, se advierte que estamos en la mar. Ya se mueve, dejando sentir su ancha bravura. Los gemelos quieren descubrir el Sinaí en cada lejano pico de una sierra.


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Capítulo VII
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Han inducido a cambios muy notables la escala de Port-Said y estos días de mar Rojo.

En primer lugar, todos los hombres vamos de blanco, de un verano reducido a la más mínima expresión de indumentaria, con la chaqueta de tira cerrada en el cuello sobre la camisa sutil -gracias a las compras realizadas.

En segundo lugar, podrá no ser rojo este mar, pero no le cede al golfo de Lión en bailadito. Las olas vuelven a rizarse. Los niños, los mareómetros de a bordo, yacen pálidos y serios por las sillas. El baile, hoy principalmente, es tal, que nos hemos encontrado, la no mucha gente reunida al almuerzo, con los platos casillados en cajones, en «pesebreras», para que no se vuelquen. Aun así, la mayor escoradura causada en el Reus por toda la carga de carbón a una banda, nos ha echado encima alguna vez las copas, las botellas, en los balanceos furiosos.

Por suerte cae la molesta danza tras de aquel ensayo de «aclimatación» del principio, y los mareos redúcense, en la mayoría, al vago malestar que trasciende en displicencia a los cuerpos y a las caras. Sólo los propiciatorios permanecen tumbados en los camarotes, con perfecto desdén del Universo..., el marido de Lucía, el húsar, Pascual, que yo sepa. Sólo los fuertes y probados persistimos en casi nuestro dominio: yo, Lucía, la pescadera, Charo, Sarah, don Lacio, el comandante... sin perjuicio de marchar muy mal por las galerías o la cubierta lejos de los pasamanos -cosa que nos hace preferir estar quietos, leyendo.

El mar, revuelto, azul, fuertemente azul contra la serenidad del cielo.

Todos leemos, a este extremo de la proa de la desolada cubierta. El aire es cálido, con silíceas aristas de los inmensos arenales -que cortan. De tiempo en tiempo divisamos una punta, un ribazo de costa muy distante, y volvemos a leer. A ratos pasan algas bermejas, destejidas por las olas: son, según el capitán, las que hacen a este mar digno de su nombre cuando abundan por la serena superficie. Pocas veces se ve agitado, pero nos ha tocado así.

El mareo, causa cósmica aquí bien ostensible, como otras causas ambientes invisibles en todas partes, rigen sin duda buen puñado de grandes acciones humanas que se achacan a la altiva voluntad. La hermosa pescadera, que vino por los lagos contenta de las cortesías de Enrique, bajo el pabellón protector del marido y en la ausencia del capitán reclamado por el puente, está hoy entregada a los flirteos de éste en la plena libertad de aquéllos -que echan tal vez abajo las tripas. Pura, la bella Pura gentil, que ayer ya empezaba desde largo a perdonar al novio, consuélase y véngase a un tiempo de él, también mareado, hablando amarteladamente con el relojero-violinista. ¡Hacen tan mal acorde las náuseas y el amor!...

Y al fin de cuentas, con este igualitarismo del blanco traje, que ha borrado rangos de sastrería, el relojero está bien más elegante y airoso que el tenientito chic, que todos, con su fina barba rizosa y su arrogancia de atleta. Pura y él son las dos bellezas del barco.

Se han juntado.

¡Cuántas duquesas preferirían herreros a príncipes si se escogiese en pelota!

Leemos. Incluso Sarah, versos de Rubén Darío. Incluso el comandante, allá solitario junto a la borda y un poco despegado de Charo desde hace días... (creo que desde uno en que se la vio en el cogote las raíces canas de su pelo mal teñido). Un poco sueltos y apartados los lectores del grupo del amor que forman la pescadera y Pura, con la madre de ésta entre ambas, silenciosa, y en los lados el relojero y el capitán, los miramos y nos miran malignos de cuando en cuando. Yo estoy cerca de Lucía, que lee la insípida Niña Dorrit, de Dickens. Pasa hojas. El marido no la consiente otros libros; pero la he visto algunas tardes, en ratos ausentes de él, uno de Mirbeau: Journal d'une femme de chambre. Yo estoy concluyendo Mirella, de Mistral, y lo cierro al fin.

-¿Qué es eso? -pregúntame plegando con fastidio el suyo.

-Mirella.

-¡Ah!

La exclamación es casi un bostezo, también hacia Mirella.

Hemos hablado ya muchas veces de literatura, y he podido admirar cuánto ama la vida esta mujer tan mal amada. Ella no comprende los idílicos o plácidos libros pasados, en nuestra época. Gusta de psicologías y problemas hondos, y detesta, más que nada, de los exquisitos del arte por el arte que no saben encarnar un corazón -en odios, en pasiones, en todas las modernas recónditas fierezas que surgen por las entrañas detrás de los aspectos escépticamente sonrientes. La he oído frases que no olvidaré: «Lo que más necesita un escritor es un concepto total y firme de la vida...» «Escribir novelas debe ser el arte de saber todo aquello que no debe ser escrito»... «Una novela que no encierra toda la vida aplicada a un caso particular, vale poco».

Me mira. Ha vuelto de nuevo la cabeza hacia mí y está mirando la admiración de ella en que caigo tan fácilmente; pero la ve tan alta, tan llena de noble fraternidad, que la acepta amiga y confiada en sus serenos ojos valerosos. Habla:

-¿Quiere usted prestarme la Lea, de Prevost, que leía ayer?

-Sí -contesto- y usted deme Mensonges, si la acabó; no la conozco.

-Sí -responde.

Y se levanta, con su gracia ágil, y me levanto, y bajamos.

El barco se mueve de tan horrible modo, que a pesar de la baranda, en que ella apoya la mano izquierda en la escalera, me parece cortés darla el brazo. Lo acepta, y dice abajo desenlazándose:

-No diga a Alberto que el libro es mío.

Sigue ella bajando hacia el comedor; yo tuerzo a mi camarote. Cuando volvemos, salvadas con paso igual distancias equivalentes, nos encontramos en el arranque de la escalera. Cambiamos los libros. Abre Lucía el que le doy, y detiénese sobre la alfombra a mirarlo. Yo abro el suyo y noto que es imposible que ella pueda leer a la luz difusa que cae de lo alto. Entonces sospecho que querrá que no nos vean volver aparecer arriba juntos.

-¡Sí! -digo-. ¡Subo!

Pero no comprende mi confidencial resolución; y simple, sencilla, con una completa seguridad de su amable indiferencia, que me avergüenza un poco, me sigue, me coge del brazo, que ofrezco maquinal al esperarla, y cruzamos así la cubierta delante de la gente.

No sé qué altiva diadema hay en la ancha y pura frente de Lucía, que nadie se permite la menor sonrisa... Sólo Sarah, fingiendo un lento ademán de sueño, tras una fulguración del rostro, gira a un lado de la poltrona y lo esconde sobre el brazo entre los suyos cruzados...

Así permanece. ¡Oh, la chiquilla! La observo desde mi sitio. De pronto levántase, se marcha..., juraría que la he visto en la puerta llevarse aprisa el pañuelo a los ojos al desaparecer.

Pero olvido esto. Leo Mensonges.

Lucía lee ávidamente. Se ha arrellanado en el sillón japonés, lleno de grecas y rizados de bejuco, que ocupa ordinariamente su marido, y apoyándose en los codos, sostiene el libro con ambas manos, delante de la cabeza recostada muy bajo en el respaldo.

Yo leo -hago que leo. No veo su cara. Huyo los ojos de este cuerpo esbelto lleno de gracias, moldeado bajo la blusa de espumilla blanca y la sencillísima falda de seda plomo. Huyo también; procuro huir de la delectación que me produce el tener un libro, algo de la secreta propiedad de ella entre las manos.

Pero en vez de entender los pensamientos de Bourget (¡pobres autores de novelas, si supiesen cómo a veces se leen sus obras más queridas!), atroquelo en una voluntad de generoso descuido, que corresponde al de Lucía, este juicio hecho de todos los infinitos y menudos contentos miserables donde tal vez quiso alzarse perversa mi esperanza: «Su advertencia de que le oculte a Alberto que la novela sea de ella, y que envuelve para él un matiz de traición y de ridículo involuntarios, amargos, es prenda de intelectualísima amistad: ha comprendido que adivino su alma y que no concederé más que su justo valor noble a un ruego que tanto tiene de confesión».


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Acércansenos el capitán, el cura y el médico. Vienen a darnos una noticia que nos parece absurda en esta vida de pereza y de regalo. «Ha muerto uno en tercera»; deja a su pobre mujer desamparada, y trátase de que iniciemos una suscripción en su favor. Las señoras van a ver a la viuda; nosotros, un grupo de hombres, al muerto. Se nos unen varios. Entre ellos un doctor Roque, cuyo nombre sé por la tarjeta cosida a sus sillas, y con quien yo no he hablado nunca. Amigo del filipino, sabemos de él, nada más, que ejerce en Manila hace tiempo, que es su mujer la rica india feísima con la cual y con un hijo pequeño retorna de España, y que permanece casi siempre aislado de todo trato, al lado de su esposa, bien porque su experiencia de pasajero contumaz le haga aborrecer estas chismosas tertulias de a bordo, ya por orgullo. Trátase, en efecto, de un hombre alto, seco, rígido, no viejo aún, de vivos ojos altaneros, en su rostro antipático y cetrino como de enfermo del hígado.

El espectáculo del muerto, tapado sobre el lecho aún con una sábana, en el camaranchón destartalado de la enfermería de tercera, me sorprende, me contraría, como algo extraño a mis gustos.

Hay sin duda un terrible egoísmo en nuestras vidas. Imaginamos que el universo está dentro de nosotros, acordado con nuestras míseras emociones.

Yo, que me había forjado la idea de ir registrando en mi atención cada latido del alma de este pequeño mundo que forma el Reus, sin más que mirar y recoger de alrededor sencillamente, veo ahora que apenas miraba y veía sino el archirridículo sainete de nuestro «grupo distinguido». ¡Cuántas pasiones, cuántos dramas e íntimas tragedias de harto mayor interés no irán dando tumbos por las olas en estas gentes de la popa -ocultas en cada corazón de estos rudos luchadores a quienes no dejan tregua el rigor y la miseria!

La viuda, una rubia casi bella en el dolor de su desesperación, de su desamparo, es arrancada al fin de junto al muerto. Su pena me hiela. El doctor Roque, a pretexto de auxiliarla, vase con las camareras y las mujeres, que la acompañan llorando. Descubro en la cara antipática del doctor yo no sé qué repugnante piedad que enmascara lúbricos instintos de bruto, de fiera...

¿Y quién es esa muchacha?... Ya lo sabemos: una honrada. Su cara no miente. El candor, el pudor, pueden fingirse. La honradez, no tiene un semblante de modestia que se extiende a todo el cuerpo. Sus dedos están picados de la aguja.

El capitán, después que la hemos visto partir junto al doctor Roque, aléjame de la cama del muerto y me dice efusivamente, con un nobilísimo afán de purificar sus intenciones de aquellos otros vanos galanteos de nuestra cámara:

-Nada hay, capitán, más despreciable que una mujer estúpida; pero no hay nada más respetable que una mujer honrada. ¿Quiere usted iniciar la suscripción entre el pasaje, para ésta?... Su marido, ese infeliz, iba de maquinista a la Colonia de San Luis, en Joló. Ella tal vez querrá volverse a España desde el primer puerto.

Acepto la idea con entusiasmo. El capitán, tal vez, ha visto, como yo, las ansias de lujuria de tantos hombres como encontraría en Manila esta infeliz. Es preciso, en efecto, que se vuelva a España, o que no se encuentre al menos entregada al egoísmo miserable de las gentes, sin recursos al desembarcar hasta que pueda valerse por sí propia. Busco inmediatamente a Lucía y la intereso y la asocio a mis trabajos. Don Lacio se nos une; y antes de una hora tenemos dos listas.

Lucía y yo vamos a ver a la viuda a media tarde. Está en la cubierta de segunda, entre otras mujeres mareadas. Alberto, totalmente mareado también, confinado en su camarote, no ha podido seguir ayudándonos en la cuestación, que ya asciende a ciento trece pesos. Ha vuelto el mar a alborotarse horriblemente, más que nunca, y el cielo está surcado de anchas nubes densas, que el viento arrastra.

Sostiénele a la joven el dolor, con harto feroz privilegio, el dominio de sí misma, entre las demás mareadas. Nos mira con la mezcla de conmovida gratitud que le ha dado el anhelo de un cariño y el recelo de ver un poco hollado su tormento por extrañas curiosidades. Nos sentamos, y pregúntanos por el capitán. Querría saber dónde tienen el cadáver... querría que la consintiesen verlo...

-¿Le han vestido ya? -prosigue-. Le habrán puesto su ropa... Yo desearía que llevase un traje nuevo que tengo en el baúl. Díganle al señor capitán que nosotros traemos diez y ocho duros... que pueden pagar con ellos la caja...

La tranquilizamos. Ignora totalmente los detalles de un entierro en el mar, y sostengo su ilusión con mentiras: «La caja la ponen a bordo por cuenta del buque; son de cinc y ya está soldada, a fin de que pueda esperar el desembarco en Aden; no podrá verla; la colocan desde luego en un cerrado camarín, junto a la capilla». -A seguida dícele Lucía que es a mí a quien debe agradecer el trabajo de la cuestación, y ella me contempla entre lágrimas, exclamando:

-¡Ah, gracias!... ¡gracias!

La emoción de estas palabras me compensa. Interrogada por Lucía, nos cuenta que es la mayor de nueve hermanos que abruman a sus padres, arrendatarios de una pequeña huerta en Murcia. Preferiría continuar a Filipinas y trabajar en la costura. La vuelta a su casa, a su campo, no haría más que aumentar la carga de familia hasta que encontrase otra vez ocasión de ejercer en la ciudad su oficio de modista. Pudo hacerse en poco tiempo clientela al lado de su marido, y ahora iban llenos de esperanza, porque les habían afirmado que en Manila escaseaban las modistas españolas.

Llora desconsoladamente.

Es la convicción de la forma de soledad más horrible; la que impone el destino en medio de la esperanza de queridos seres a cuyo amor ha de llevarse el aumento de fatigas y de angustias.

Es bella esta muchacha; es dulce. La contemplo, la contempla también absorta Lucía, respetando su pena... y... ¡horror!... siento de improviso la vergüenza del vil pensamiento que me ha cruzado con el disfraz de piedad... ¡como el doctor Roque! He pensado que de tantos hombres como querrán hacer de la desamparada linda una querida, en la gran ciudad adonde ella llegará tan sola, yo podría ser el que la encanallase menos, el que la respetase más... con mis caricias. ¡Oh, sí! ¡como el doctor Roque! ¡como todos éstos del grupo distinguido que no han cesado de venir a ver a la viuda rubia con pretextos compasivos, comentando luego picarescamente su suerte!... Parézcome brutal, grosero, asqueroso..., de una iniquidad sin fin en esta momentánea ansia de besos de lujuria y de dolor de dolores. Y una convicción tremenda, horrible, que me inunda de algo repugnante, háceme ver en mis entrañas el cieno de los demás. ¡Todos pensamos lo mismo... Y ellos sin tanta interna hipocresía, que es la más abominable!...

Lucía tira de mí. Hay en su faz una sorpresa. Ha adivinado tal vez mi intención, mi maldad.

Alejándonos por la cubierta, del brazo, me para de pronto hacia el mar y me dice:

-¡Eh! ¡no, no!... Pensaba, Andrés, una cosa que no debe realizarse: llevarme a esta infeliz. Es modista; pudiera serme útil... mas yo no le daría en mi casa la ganancia que ella obtendrá sin duda..., y obligada a mí por gratitud, sería mi acción en suma un egoísmo envuelto en generosidades.

Como yo no respondo, sorprendido, asombrado de no sé qué vagas semejanzas entre mi intención y la de Lucía, ella insiste:

-¿No le parece?

Yo invito a continuar marchando.

-¡Ah, Lucía! -exclamo al fin- ¡Es usted altiva, hasta para ser bondadosa! ¡Es usted de sobra exigente consigo misma, hasta para la caridad!... ¡Un egoísmo... por Dios!

-¡Oh! ¿qué? -me responde-, ¿cree usted?... Pues, es cierto. En el fondo, un egoísmo. La caridad lo ha buscado, como siempre..., y dudo si doy a usted el derecho a dudar si no se hubiese mi caridad desvanecido como sombra inútil de no encarnar en conveniencia. Ciertamente que no debo llevarme a esa muchacha. Su porvenir está en Manila, y mi marido y yo iremos a Iligan, a provincias.

Sonríe, y su sonrisa tiene un hermoso color de humildad, como de perdón a su egoísmo pasajero. Herido yo de esto tan dulce y arrogantemente humano que me explica a mí propio súbitamente, siento el impulso de decirle que la admiro... que «es cierto», que yo también soy el mismo miserable que ella se siente en el fondo, y no más, ni menos, aunque hayan nacido con un disfraz de egoísmo más vivamente pasional hacia la pobre rubia mis piedades...

Al bajar la casi vertical escalerilla, yo primero, para dar la mano, la falda corta de Lucía se prende en un peldaño, y ella luego la hace caer con un movimiento naturalísimo... He visto la esbelta pierna perfecta estrechada en la media de seda oscura. El aplomo de esta mujer para todo, vuelve a admirarme; creeríase que una invisible coraza de alma la redime de torpes intenciones y la absuelve de encogimientos. ¡Qué diferencia de esta íntima elegancia severa, que he visto como pudiera haberla visto el brazo enguantado, y aquellas otras piernas colorinescas que lucen sin cesar en los balancines de la proa Charo, Pura, Aurora... en verdadero teatro de encajes y sensualidad!

Seguimos silenciosamente por la baja borda de entre las dos cubiertas, y una ola se estrella y nos salpica. Parece un bautismo de nuestra fraternidad, quizás poblada de fantasmas de todas las pasiones.

Piedad, sí -pienso sintiéndola el brazo y más cobarde que ella para darla el pensamiento. Ha dicho bien, «piedad encarnada en egoísmo». Y veo la enorme diferencia entre mí y los otros. Feliz el egoísmo que desde los antros de la vida, donde rebulle en los demás guardando su furia de apetito, pudo en la mía subir y extenderse en glorias de piedad. Belleza y dolor, en su colmo, en su fuego, en su llama, la pobre rubia esa... ¿qué mucho que pudieran encenderme la divina compasión perdida y dilatada en ansias de dar besos?... ¿quizá no es el amor el beso así perdido en tules de alma?

Me encuentro, pues, hermosamente miserable, restituido por la serenidad de esta mujer a la justa humanidad. No tengo ya que huir de la idea de que a pesar de mi purísimo desinterés por la linda rubia, yo la besaría la boca..., de que besaría con inmensamente más agrado, con fe de eternidad, la de esta gentil amiga tan castamente robada a mis deseos. -Sé que puede ser bruta mi sensualidad, pero que no ha realizado jamás en nombre del amor ninguna villanía.

Llegamos a la subida de nuestra cubierta. La amiga se despide hasta después. Va por la baja galería a su camarote.

- ¡Gracias! -exclamo con tal vehemencia, que ella se detiene.

-¿De qué?

-Del bien que me ha hecho. Estaba juzgándome implacable, a propósito de nuestra protegida, un egoísta... harto más egoísta que usted!

Ella divaga la vista en breve reflexión; se acerca:

-¡Oh, a ver!... ¡dígame!

-¡Oh, no!... ¡Adiós!

Soy yo el que la deja. Subo la escala.


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Capítulo VIII
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Del frío al fuego Felipe Trigo


El resto de la tarde lo empleo en mi cuestación caritativa, en compañía del capitán y don Lacio, pero al anochecer, la mucha mar obliga al capitán a retirarse al puente, y el fuerte mareo del pasaje entorpéceme no poco.

Contamos el total, a las nueve de la noche, don Lacio y yo, en el comedor: quinientas ochenta pesetas. Pero es un horror el barco; se mueve y cruje por todas partes como desencajado a los furiosos vaivenes. El calor nos ahoga. Don Lacio, en fin, no es capaz de continuar dictándome la cuenta de justificación que yo escribo, y se retira al camarote... Prosigo solo, sacando fuerzas de flaqueza, por no ceder a este girar de luces y de cosas, y últimamente termino, encontrándome tan mal, que voy en demanda también de mi litera...

No hay nadie por los pasillos. Tengo que asirme fuertemente a cada instante, para no dar contra las paredes. A través de las pequeñas puertas de caoba, oigo gritos, lamentos... Ha sido un desastre la comida de esta tarde -diez personas. La vajilla no ha cesado de romperse, a pesar de las dichosas pesebreras... Botellas que rodaban de las mesas, rimeros de platos y bandejas de copas que se hacían añicos al caer los camareros de columna a columna, lanzados por los balances.

De lejos, a lo largo del alumbrado pasadizo, que más bien parece una ardiente cañería cuadrada de calefacción, veo alejarse la silueta de otro pasajero, que resulta diagonal en su verticalidad, con respecto al suelo y al techo, en la gran inclinación que ha aumentado el Reus desde Port-Said.

El camarote está imposible. Tumbados sin desnudarse Pascual y el húsar, ni siquiera hablan. Cierran los ojos en las caras lívidas. Es un horno, sofoca, asfixia. No hay que pensar en abrir el ventanillo; al revés, tengo que atornillarlo más exactamente...: lo bate el agua sin cesar, y por los resquicios de su circunferencia se ha ido infiltrando pared abajo. Sea de esto, o de improvisadas fregaduras de aquellos hombres que se multiplican por el barco con cubos y escobones, el suelo se ve húmedo; y de vez en cuando lo cruzan las maletas de extremo a extremo, resbalándose en los más fuertes balanceos..., en los que diríase que se agarran y retuercen también las entrañas... haciéndonos de paso afirmarnos al borde de ataúd de la litera, para no caer... Se inclina tanto algunas veces, que llego a creer que se me vendrán encima desde la pared de enfrente, convertida en techo, el húsar, Pascual... En suma, salto de la estrecha cama, no pudiendo soportar más tiempo esta atmósfera limitada y pesadota en el cerrado cajón que sube y baja desniveladamente como el de una montaña rusa...

Vuelta atrás en el pasillo. Llego como puedo al fumadero. Unas señoras chillan, o tras yacen acá y allá por los divanes, desajustadas, enseñando alguna vez en contorsiones más de lo que convendría al recato, entre hombres que vomitan sin maldito aprecio alrededor... La pescadera y Pura con su madre, rezan con fervor junto a una mesa, donde todavía se muestran esparcidas las barajas. No hallo más conocidas, al aislarme en un rincón. Lucía sabe hurtarse, la primera a estos cuadros lastimosos.

Me explico la concurrencia aquí. Al menos, por la lumbrera, cuyas compuertas están abiertas, baja aire. De rato en rato caen también por ella chispas de agua; y una vez, a un hundirse y volcarse todo que se creería parar en el infierno, cae una verdadera rociada de gotas que aumenta el chillar de las chillonas... Son éstas un grupo de rebeldes más ganadas que por el marco por la rabia del terror... Sueltan cosas estupendas, contra el capitán, contra el buque:

-¡Pero esto es una barbaridad! ¿a qué seguir?

-¡Que se acerquen a una costa!

-Al revés, señora -ha dicho un oficial-; que conviene separarse para evitar los escollos.

-¡Pues que me lleven a mí y sigan si les parece!

-¡O que vuelvan para atrás; dicen que vamos con tra el viento! ¡Vaya unos marinos!

Las infelices creen de buena fe que bogamos por un río en cuya orilla podríamos esperar mejor tiempo. -Y a las once, cuando nos cierran desde arriba la lumbrera a causa de los más frecuentes golpes de mar, vuelve a aumentarse mi angustia con el calor, y siento, en verdad, la irritación de protesta instintiva que ellas contra esta fatalidad de no poder sustraernos en modo alguno al danzar furioso del buque, que todo se mueve igual por todas partes. En un teatro, en un templo, si alguien se desvanece de luces y perfumes, se sale; en un coche, se apea... Aquí no hay más que «seguir, seguir»... esto que horroriza a estas mujeres..., seguir a través de la negrura del horror mismo de lo inquieto, sin un momento de reposo...

Hay una idea que llega a atribularme. Siéntome desvanecido, y escuché días atrás al capitán, en admiración mía, que resisto más que él propio... ¡Si él se hubiese marcado y su gente también, en el puente, dejando sin gobierno al Reus!... Mas como la rápida noción del peligro me serena, pienso inmediatamente que más a ellos les dará fuerzas el espectáculo de la lucha y la conciencia de la responsabilidad. Entonces me levanto y subo a la cubierta, prefiriendo igualmente el cuadro del airado mar a esta angustia orgánica peor que todo.

En la escalera, la boca siniestra del exterior, que se abre y se cierra un segundo para dejar paso a un marinero, me aterra. Entran el agua y el huracán en bocanada. Dudo si, aun afirmándome con fuerza, no seré barrido por el viento y por las olas. Sin embargo, el alivio material que he sentido, me impulsa, y salgo a probar fortuna.

Me aferro a los pasamanos. Nunca como ahora se me justifican estos pasamanos que yo juzgué prodigados con exceso por el buque. Mis ojos, habituados a la luz, no ven sino tinieblas sacudidas en un fragor de infierno... El cielo está obscuro, el mar está obscuro, en la cubierta no hay más que alguna linterna mortecina... Y aunque el viento lleno de agua y de espuma sigue batiéndome, me doy cuenta al fin de que exagero precauciones... Se puede incluso marchar suelto sin más riesgo que una desviación o una leve caída, porque si bien son enormes las subidas y bajadas del buque, son lentas, muelles, casi previstas...

Pronto acomódanse mis ojos a la sombra, y veo. Es algo que participa de lo hermoso y lo espantoso. El Reus parece avanzar entre gasas voladoras; las luces de los mástiles, y la triple hilera de ventanillos de los camarotes, a todo lo largo del costado, alumbran en su torno un romper de olas y de espumas curvadas en láminas luminosas remolinadas sin cesar y siempre cambiantes en fantástico aleteo de danza serpentina... Se hunde, se alza, se yergue gracioso y lento..., es el barco una agilísima funámbula que va bailando su serpentina por la brava negrura de la noche...

El viento le cubre algunas veces de las gasas, de los blancos tules desgarrados...

Recorro la cubierta, afianzándome en la borda. Voy hacia la popa, procurándome el resguardo del vendaval en lo posible. Una sombra se destaca, inmóvil. No me siente, en el estruendo horrísono de todo. Veo relucir en su mano un arma... Y esto me detiene. ¿Quién es?... Ya me ha divisado. Estamos a tres pasos.

-Hola, capitán, qué noche, ¿eh? -me dice.

Es un hercúleo oficial reservista cuyo nombre ignoro. Ha tratado de ocultar la enorme navaja albaceteña; y no pudiendo, decídese a mostrarla y explicarse:

- ¿Eh?... No creo que está demás. Se lo aconsejo. La cosa está para un tumbo... Si el caso llega... ¡zis! ¡zas!... oportunamente. Éste es mi salvavidas: el 30.

Leo el número, efectivamente, en la blanca rosca amarrada a la baranda. El buen hércules ostenta un ademán resueltamente egoísta que me hace sospechar si la navaja no le serviría para defender también su salvavidas de hombres y mujeres... contra toda previsión de aquel reglamento que ya veo que no he leído solo. Háblame enseguida de que él podría salvarse sin bote, que no ve para qué sirva con olas como montañas...; es nadador y confía en que no será muy ancho este mar Rojo que recuerda de los mapas.

Paréceme la caricatura de mí mismo. Hay, en efecto, en mí, larvas de las mismas intenciones... Y yo no sé, quizás, si llegado el caso, defendería también mi vida insulsa a coces y a mordiscos... Sólo que no creo el asunto para tanto, y me despido, agradeciendo los consejos. Dígole que, como liado poco, prefiero los salvavidas de chaleco que hay en los camarotes también.

Confortado con tal forma original de cobardía, vuelvo hacia la proa, despacio. Durante un rato me distrae esta sensación de subir y bajar un poco dislocada como si estuviera en el extremo de un largo balancín. Al fin, me tiendo, pescando al paso un sillón que va y viene con los demás en dulce deslizarse, a cada vaivén, como los trastos del camarote. Por si acaso, lo sitúo no lejos de un asidero.

Y sí, rueda un poco todavía, no obstante mi peso, en los rudos balances. Los demás sillones no dejan de ir y volver desde la borda, acompasadamente, a cada tres o cuatro bamboleos, que viene uno mayor. El calor es fuerte, pero la salpicadura de las olas va compensándome la ducha. Estoy bajo el puente y diviso la baja borda delantera. La cruza el mar, incesantemente, por encima de los portalones. Las olas llegan, saltan, se extienden... vuelven a verterse en torrente por ambos lados. Las pobres terneras y gallinas de nuestra provisión deben ir medio anegadas. El viento me azota con salvaje ira, rugiendo, silbando, en una sinfonía a que se juntan, con el estallar de las aguas, los crujidos del buque y el rechinar de hierros y poleas por las alturas...

Algunas veces, entre la espuma pulverizada que viene más terrible abierta desde la proa como las dos blancas alas de un sudario que hubiesen al fin de envolvernos, el barco se inclina, se inclina contra el mar que sube en montaña monstruosa y que remonta la banda en abismo. Luego sube, sube la banda, baja el hinchado mar, y es la proa la que cae de un tremendo zarpazo, puesta al aire por la ola... Otras veces se siente como en una angustia del corazón el girar lejano y vago de la hélice en vacío...

El agua me moja. Hay unos instantes en que adviérteme la intuición que si esto no es una tempestad, puesto que ni llueve ni luce relámpagos el cielo en cerrazón por todas partes, tampoco las celestes furias harán mucha falta para ponernos en real peligro por sólo cuenta del mar, a nada que ya fuerce su furia. Marchamos contra el mar, contra el viento, efectivamente, según dijeron abajo...; y sea una ola por el timonel mal tomada, sea que fue más grande que ninguna la sima que abrió a su pie, y que iluminaron verdosa y horrible las luces de la banda, he visto al buque acostarse con una pesada pereza de indecisión y de cansancio cual si no fuera más a levantarse...

Es imponente este rodar en las tinieblas. Más allá de la zona débilmente alumbrada por el barco, donde alternan los combos antros cristalinos con los juegos formidables de las madejas de espuma, nada ven los ojos sino sombra, lejos, encima... inmensa... Creo a ratos que la quilla rasca rocas..., que el Reus va hacia un lado, rendido y suelto... Pero las dobles campanadas cada media hora, tranquilízanme; garantiza las demás esta vigilancia del reloj que sigue realizando un marinero, tan exacta.

No una borrasca -pienso-; un poco de marejada que el mar me brinda cortés, ya que lo cruzo. Y aun dándome cuenta de esta positiva pedantería íntima y enorme de mi realeza, «cortejada y festejada por el mar», me abandono a ella, por no ceder a esa más enorme cosa que consiste en el anonadamiento de uno mismo ante las grandezas espantosas, fundido a ellas como un átomo del aire, como una gota más de agua. ¡Con qué tremenda indiferencia me tragaría este mar, como a un gallo arrebatado del jaulón, como a una paja..., a mí, con mis dolores, con mi universo de cosas en la frente! Me finjo entonces que el Reus es un colosal hipocampo que me lleva sobre el lomo, que me hace sentir el fuerte subir y bajar de su carrera por las crestas de las olas, que me da el placer de mi destreza en ceñirle cuando se alza, cuando se alza, cuando vuelca hacia abajo y me falta... como un caballo de flexibles piernas poderosas galopando por montes y barrancos en medio de la noche.

Y me duermo..., persuadido de la firme triunfal seguridad de este galope que me mece más suave... Me duermo...


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Una como parada repentina del buque, me despierta.

¡Oh!... alborea... Amanece, mejor dicho. ¡Cuán cambiado todo! Del cielo, apenas franjeado por pabellones heliotropo, le caen al mar casi sereno, cansado, luces de plata.

Yo, olvidado del pobre muerto que debieron arrojar anoche, soñaba ahora que acababan de arrojarlo por la borda...: mis ojos le seguían hasta el fondo, en gran transparencia del agua, sombrío, envuelto por el saco, arrastrado por las pesas de hierro, seguido de tiburones...

Pero el barco da una vuelta, ciertamente... ¡Qué!... Miro. Nadie en la cubierta... Vuelvo al otro lado la cabeza. Del castillete de proa baja un grupo... Y el cura revestido y con la cruz delante...

¿Acaban de arrojar el muerto?

Cierro los ojos por no verlo hundirse, pasando... Mas ya lo vi ¡oh ensueño y realidad!... Me doy cuenta de la maniobra; es la que explicó el capitán: el buque para, se lanza el cadáver y se vira en redondo para darle tiempo a sepultarse sin cogerlo con la hélice. Sin embargo, el capitán me dijo que sería el entierro a la una.

No habrán podido.

Es igual. Todos deben dormir en el barco, tronchados por la noche cruel.


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Capítulo IX
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Todo pasó. Estamos leyendo con la misma indolencia de siesta bochornosa que antes de morirse nadie y de haber estado a punto de hundirnos con el muerto. La pobre rubia no es sino una pasajera más que ha tenido la rarísima fortuna de ganar categoría con su desdicha: tercera preferente -cámara y cubierta de segunda- gracias al capitán. Por las tardes van a acompañarla algunos ratos Lucía y otras señoras. Acaban departir. Con su pañolillo de luto, con su humilde compostura, sin el desaliño trágico y las sombras del dolor, su cara no es tan bella... tiene algo de abultada rudeza campesina. -Sin embargo, con ocasión de su desgracia, de la peregrinación que hubo al día siguiente hasta su cámara, y ya que mi intervención y la de Lucía no dejaron que el doctor Roque pudiese averiguar el éxito de su dinero contra la honradez de la muchacha, el doctor Roque conoció, a la cocota francesa que trae su amigo y casi compatriota el filipino; y parece que en la noche última ha debido intervenir la vigilancia de a bordo: el filipino y el doctor llegaron casi al revólver, por no se sabe bien qué intentos o sorpresas en aquellas apartadas galerías... Madama está castigada a no salir en ocho días del camarote.

¡Oh, los amigos!

Cuando se habla de anteanoche, se dice mirando con horror las olas, aún inquietas: la noche de la tempestad. Abundan los tafetanes por las narices y las frentes, encima de los chichones. Además, el mar arrancó del barco algunos bocoyes y dos jaulas de gallinas. He tenido que inclinarme a la evidencia de estos resultados, y sobre todo después de haberle oído ayer al capitán, en el almuerzo: «Oh, sí, sí, una decente pelea. ¡Hubo sus ratos muy serios!»...

Vuelvo a leer, dejando recuerdos. Vuelvo a alzar delante de los ojos Las vírgenes de las rocas. Cerca de mí, tres sillas al medio, ha quedado solamente Pura, dormitando, bostezando... esperando al relojero...

La novela es de Lucía y está en italiano; las notas en inglés. Pero he realizado dos descubrimientos: adivino el italiano, sin más que mis recuerdos de la ópera y de las compañías dramáticas que van desde Roma a Madrid, y he ido además testarudamente traduciendo el inglés, valiéndome de mi poco de alemán, mejor que el alemán mismo. No teme igual, duda, Lucía, de su marido, a quien le esquiva preferencias literarias y sus más sutiles pensamientos con estas políglotas habilidades.

Voy repasando las notas manuscritas.

Dice aquí:

«¡Oh, soberano artista que me irrita!»

Aquí es el pasaje de la irrupción de aguas en la fuente:

«¡Admirable! ¡Admirable!... No es posible fundir más el alma y la vida y el agua y la piedra. Así la palabra inimitablemente dominada puede lograr, etéreamente, más armónica fluidez, y plásticamente, más riqueza de color y de relieve, que la música, que la pintura, que la escultura.»

Sin embargo, es cierto: le irrita. Parece concederle una violenta admiración rabiosa de no poder dejar de concedérsela:

«Ni con todo el talento de D'Annunzio se tiene derecho a una ignorancia tan completa del conjunto de la vida.»

Hay en estos rápidos juicios de ingenuo rigor un aplomo indiferente... de mujer dulcemente indómita, que me aturde. Parece que estoy oyendo su voz en el mismo ritmo pausado con que la oí hablarle a Charo, el otro día, del alcohol de los rizados; con que la he oído conversar acerca de los jaires de las faldas de campana... ¿Y acaso suponen más las maravillas del arte que los lazos y los rizos?

He aquí, en efecto, otra nota que confunde gentilmente ambas cosas:

«Clara Mill, elegante neoyorkina, discurrió vestirse siempre de verdes, ya que nadie usaba este color; para ir como ninguna, según mi Moniteur de la Mode. Gustó en París, y al año estaba de verde media Europa. Clara se volvió a su tierra dispuesta a vestirse de negro y amarillo. Debe de ser terrible esto para un artista que no pueda igual mudarse de arte que de frac.»

Pregunta ahora, con llamada al pie de estos renglones: y yo, después de haber calmado cada día con cualquier acto mi necesidad de predominio sobre los hombres, iría a tu amor...

«¿No es ésta la cruel incertidumbre de superioridad, teniendo que reafirmarse cada veinticuatro horas?»

Otras notas concretan, enlazan:

«Parece un extraordinario original y no es casi constantemente más que un extraordinario ejecutante de Wagner y de Nietzsche. Es el supra-artista que corresponde al superhombre ridículamente genial.»

Otras se refieren a la técnica, en sorprendente relación inesperada, al pie de la más exquisita e ideal divagación:

«Labor al revés de inventarismo zolesco. Persigues en tu interior - tu universo- la vibración sensible, hasta dejarla agotada en un analicismo científico de sutil psico-fisiologista que te quita sugestionabilidad, quitándole al lector toda emocional colaboración. ¡Ah, si Zola y tú no fuerais los contrarios prolijos prodigiosos!»

Otras, largas, con mayor rencor, se extienden y se cruzan por las márgenes:

«Insuperablemente conciso y exquisito cuando hunde su hipersensibilidad en las bellas cosas directas que se la enfrenan y objetivan (las aguas de Venecia y los galgos, en El fuego, y la fuente en este libro) es majestuosamente insoportable cuando se desborda él mismo de sí mismo o sobre aquello que no le domina la imaginativa exuberancia en gracia y naturalidad -como en el discurso del palacio de los Dues y en la romería de mendigos del El triunfo de la muerte. La Vida: esto es lo que no ha vivido jamás, intensamente, sino en el viejo arte de los otros, el supra-artista. Tal mujer es la resurrección orgullosamente confesada de tal mito, de tal dantesca visión, de tal gesto de Leonardo; tales manos, no son como esto o aquello que pueda ver cualquiera en los cielos o la tierra, sino «como los de la virgen de Rafael que está en el rincón tal de la sala cuál del Vaticano» o «como las de las de la estatua de Fidias que yace sola en el murado jardín de...»


Oigo:

-¡Qué antipáticos se ponen ustedes con los libros!

Es Pura, sola, no lejos de mí, tres sillas al medio, bostezando.

-¡Cómo! ¿No le gustan?

-¡Bah!

-¿Cuáles ha leído?

-¿Yo?... Ninguno. Estaba deseando a los doce años salir de la escuela por tirarlos.

-¿Y entonces, en qué se distrae usted?

-¡Yo! -dice asombrada de que yo venga como a juzgar necesarios a su distracción, los libros...¡toma!.. pues... ¡mire!... pues... ¡bah!... Ni que acaso Dios no hubiese...

Vuelvo la cabeza, porque la he visto iluminarse súbitamente de alegría.

Es que llega el relojero. Se sientan. Se hablan. Yo me marcho y me pongo a pasear.

Esta muchacha ha hablado también en nombre de la vida con la ingenuidad de sus bostezos. Acaso muchos le concedemos una importancia excesiva al arte de los libros.


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Capítulo X
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Han barrido las olas. Se las ha llevado consigo el viento y no queda más que el patio infinito de suelo de cristal en que ellas juegan a las niñas o a las furias.

El mar está vencido, dormido bajo el aire quieto, bajo el cielo de cúpula translúcida de horno cuyo sol ardiente triunfa inmóvil en el cenit. Yo no había visto ni concebía siquiera el mar así. Y todo es de color de tersa plata clarísima, el mar y el cielo -un chinato lanzado al agua engendraría el perfecto círculo creciente que en un estanque.

El buque va dejando a los costados la ondulación que dejaría el paso suave de una mano en una tina.

Teníamos la esperanza de algún alivio de frescura en la salida del Rojo, y es más grande el fuego aquí, la llama fluida del ambiente, a pesar de llevar navegando muchas horas por el estrecho de Badel-Mandeb, cuya tórrida costa septentrional divisamos, de tiempo en tiempo, peñascosa y seca.

Hoy da lo mismo el interior que la cubierta. Está todo penetrado por igual de calma y de bochorno. Las ropas parecen recién acabadas de pasar por una plancha. Se toca un hierro a la sombra, buscando su consuelo, y está más caliente que la mano. Hay que tener los brazos separados del tronco, las piernas una de otra. Se querría sudar y no se suda; la piel parece urticada; yo creo que encima de ella, los hombres, las damas, llevamos nada más las blancas telas salvadoras de Port-Said: cuando menos, de mí estoy seguro -y a través de una batista sutilísima de Pura, habríamos jurado Enrique y yo que la hemos vislumbrado por la espalda el tono limón del corsé directamente sobre el tono rosa de la carne.

No se levanta ni el más leve soplo de contramarcha, a pesar de que, según el capitán, corremos a veinte millas. Un fósforo encendido en nuestra eólica región de junto al puente, ha mantenido recta su llama, casi invisible en el aire flemoso, como al sol. Lo hemos apagado antes de lanzarlo fuera del barco, que se diría que iba a encenderse como yesca; antes de lanzarlo al mar, que se diría que puede arder como una balsa de petróleo.

¡Tierra! ¡Tierra!... otra vez.

Sí; una punta gris, roquiza, perdida en la calma. Ni una gaviota, ni un pájaro.

Nos hemos bañado dos veces, y puede afirmarse que medio pasaje espera al turno por las galerías. Sensación harto africana. Los tresillistas no han tenido valor para seguir. La cubierta está llena de mesitas, adonde no cesan de pedirse helados. Don Lacio lleva seis, con éste que se bebe de un golpe. Propone al fin que nos tiren a los pasajeros al mar, con calabrotes amarrados a la banda.

-¡Eso que tocan es fresco! -grita después oyendo música abajo.

Descendemos. Está Charo al piano, acompañando al relojero. Lucía canta, y al poco Sarah, él titiritando de frío... de La leyenda del monje, a petición del auditorio.

Sirven poco las mangueras, puestas en las filas abiertas de ventanillas del comedor. Los abanicos mariposean con furia, y creeríase que no son capaces de alterar la sofocante pesadez del aire. Yo oigo que Pura le explica al relojero que ella ha tomado tres duchas... «recibe el chorro en la cintura, donde tiene brasas...» Claro es que se tutean: son novios.

¡Tierra! ¡Tierra otra vez!... a las tres de la tarde.

La vemos por las ventanas, armadas de las mangueras como anteojos. Es una monótona muralla de rocas color de cinc. No está largo. Sus grietas se divisan.

Y el caso es que el relojero toca el violín con maestría. Ahora es la siciliana de Itgen, que la india le acompaña... ¿Cómo puede tocar con tanta dulzura un necio?... porque lo es, no cabe duda.

La pobre india tiene los dedos llenos de brillantes, y una sonrisa muy dulce cuando mira al relojero -que mira a ratos más a los brillantes que a las notas. Ella es la única que no se queja del calor. Empieza a hallarse en su elemento.

A las cuatro estamos nuevamente en la cubierta. Empiezan a cruzarnos, por delante del torvo acantilado, que parece reseco y gris la escombrera de un mina donde fueran echando las escorias encendidas, pequeños buques, bergantines; lanchotes de grandes velas que indican la proximidad del puerto.

Efectivamente, entramos media hora más tarde en Aden.

Vamos llegando en silencio. Vamos acortando en silencio la marcha, sin apenas curiosidad en nuestro ahogo. Tan sólo despiertan alguna, mezclada de recelo, los ejercicios de cañón de un fuerte inglés, que domina lo más alto de las broncíneas rocas. El blanco es una boya que está del lado opuesto a nuestra ruta. Los proyectiles le caen cerca, a cada disparo, levantando surtidores de agua. Piensan muchos que esperarán mientras cruzamos, y hay un momento de ansiedad al ver la nubecilla de humo en el fuerte, precisamente cuando pasamos su línea...: el proyectil cruza zumbando por encima de nosotros...

Y nada más. Atrás, se queda el fuerte... sigue la cadena de rocas combándose en un anfiteatro que nos muestra la ciudad.

Paramos -lejos, muy lejos, en la abierta rada. No reina entre el pasaje el gozo. -El calor y la advertencia que se nos ha hecho a todos de las piraterías de los árabes, nos hace mirar al puerto siniestramente. De noche resulta temerario volver al buque en las lanchas, y aun de día suelen los lancheros, a despecho de la vigilancia inglesa, pararse en la mitad exigiendo triple o cuádruple del alto precio convenido.

Por lo demás, ni a tal riesgo creo que habría modo de visitar la población, tendida enfrente cuesta arriba por los áridos peñascos y debajo de otros fuertes. Han sonado las cadenas de las anclas y no se ve un barco hacia nosotros. Apenas un vaporcillo distante, contra la tétrica valla petrosa de bronce obscuro a cuyo pie llega el mar muertamente. Una decoración dantesca. Si hay algo en la tierra capaz de recordar un desolado infierno, es este paisaje. Barcazas monstruosas, con grandes velas negruzcas, que caen plegadas, se deslizan a remo al pie de la costa horrible como por un lago de fundido plomo.

Diríase que el calor, que aún nos parece más grande en tales quietud y abandono, nos concentra en una rabia sensual que nos haría mordernos desesperadamente unos a otros. Pura, a pretexto de abanicarse, va ensanchándose con la otra mano el improvisado escote del matiné; y mucho será si el relojero no está viendo curvas vivas. Charo, en un momento que la encuentro por la otra cubierta mirando al agua, se queja de la soledad:

-¡Ha visto usted, capitán!... ¡qué escala!

-¡Oh, condesa!

-¡Aquí ni siquiera vienen esos chicos a la mer!... a la mer!... ¡Ha visto usted, capitán! ¡qué desdicha!

Sonríe, mostrando la dentadura igual y blanquísima entre los labios secos, muy rojos. Parece siempre esta mujer una de esas viejas partiquinas de ópera que aún resultan gentiles jovencitas a cien pasos. Por no responderla otro calamburesco disparate, contesto una tontería.

Bajamos a comer. El capitán, con gran contrariedad de Pascual, sigue aconsejando que nadie desembarque. La ciudad, con sus casas blancas y sus calles en cuesta, no tiene de particular más que cuarteles, un cementerio y los grandes aljibes descubiertos, que recogen y guardan como tesoro, pues no hay otra, el agua de las lluvias. Suele llover cada tres años. Las nubes, aun las más ligeras, son entre tanto la más rara novedad por este cielo desesperadamente limpio... desteñido y pálido de tanta luz. El poblado indígena, situado al lado opuesto del abrupto valladar, sólo puede visitarse a caballo, con peligro de ser robado en el camino.

¡Oh, Arabia deliciosa, decididamente no invitas al viajero! ¿Por qué entonces parar? Nos faltan provisiones, carbón... este carbón maldito que tragan a toneladas las máquinas.

Y se engañaba la condesa.

-¿Eh?... señora -le digo-, ya están ahí... a la mer!...

«¡A la mer!»

«¡A la mer!»

Lo oímos por las ventanillas. En una aparece como un tití un chicuelo, que mira adentro y desaparece, tirándose al mar de espaldas.

Una especie de Abraham inmenso, vestido con una rayada túnica verde, asoma y se detiene en la escalera, ofreciéndole al comedor estuches de joyas en las manos extendidas...

-¡Jup! -grita desde el frente el capitán lanzándole arriba, como a una bestia.

Y se oyen gritos, barullo, en el exterior. Es la invasión mercantil que ha empezado.

Las señoras abandonan las mesas, pronto.

Encontramos, efectivamente, en la cubierta la misma feria que en Port-Said, sólo que más abundante y definitivamente instalada, contando sin duda los mercaderes con la costumbre de los pasajes de no desembarcar.

Hay animación. Fuera, rodean la escala los lanchotes cargados de repuesto y la flotilla de buzos... «¡Peseta! ¡Peseta!... A la mer!...» Dentro, sobre telas extendidas, han puesto los árabes sus racimos de dátiles y plátanos, sus marabúes, sus grandes plumas de avestruz rizadas y blancas. Más allá, siguiendo la borda, son los hieráticos judíos que cambian plata inglesa y brindan collares y sortijas de oro, cajitas llenas de zafiros, de jacintos, de esmeraldas. Luego, negros estatuarios que venden abanicos tejidos de Palma en hoja de corazón, cestos, sillones de bambú, largos canapés que van izando con cordeles, según realizan, del depósito que flota afuera.

Estos negros nos admiran. No entran en tipo alguno etnológico. Cubiertos por un calzón que les llega a las rodillas, tienen los dientes de un color pulido y puro de caoba, y las largas cabelleras rubias, rubias, de un rubio claro y limpio de llama de oro que deja tamañito al de nuestra espléndida condesa. La trae don Lacio precisamente a que se informe...

-¡Vaya usted al cuerno, caray! -repróchale la condesa tropical singularísima.

Pero escucha al sobrecargo, que explica cómo los negros cambian su negra lana enmarañada en esta suave seda luminosa. Se cubren la cabeza con cal. Nos muestra algunos, jovencillos, que todavía conservan blancos pegotones en su pelo en transición, horriblemente jaspeado de obscuro y de lívidas mechas.

-Un tocado de una vez, ¿eh? ya lo oyes -dice don Lacio-. ¡Dura siempre!

Sólo que Charo se ha alejado a un tenderete de abanicos. En este artículo se carga. Una hora después, todos los tenemos a manojos.

Recorro los grupos. Lucía ajusta un boa de marabú. Su inglés le hace ser solicitada como intérprete forzoso en varias transacciones.

Pascual, en un rincón, trata por señas, con un judío, cambios de alhajas; mientras, su mujer, valiéndose de la fácil mímica de Enrique, discute el precio de una gran pluma archiduquesa, que puesta en un sombrero le llegará a la cintura... Enrique, para entenderse, se sirve de monedas de distintas clases mostradas en la mano.

¡Dollars! ¡Dollars!... ¡peseta!... dos, tres, quince, indicados con los dedos...; es lo único que dicen los bizarros comerciantes.

Gritan, procurándose público, a la otra banda, los pequeños nadadores. Realizan prodigios y acaban por tenerlo todo al anochecer, cuando empieza la feria a disolverse. Por piraguas traen pequeñas balsas de troncos atados, y reman con astillas. Gatean inverosímilmente, subiendo por el casco hacia la borda, cogidos como no se sabe a los pequeños relieves de las cuadernas y los remaches de los clavos, para lanzarse después en arcos maravillosos desde enorme elevación.

Cuenta el sobrecargo que, en el viaje anterior del Reus, uno de estos pequeños buzos no salió más, cogido por mi tiburón...: sólo volvió a la superficie una manchita de sangre...

Yo me estremezco, pero la compasión va más a mi ridículo dile al muertecillo infeliz. Miro a los compañeros suyos, a los negritos de rubias cabelleras que siguen sonrientes sumergiéndose sin miedo a tiburones... En mi viaje heroico... he aquí lecciones infantiles de heroísmo detrás de una peseta... -y se me ocurre dudar si no estaría Nelsón pálido siquiera delante de Trafalgar.

Hace señas uno que acaba audazmente de arrojarse desde un mástil, adonde le persiguió un marinero. Porques estos héroes, roban si pueden, por lo visto -«golfos de mar»: al bajar al camarote mis compras, he sabido que están cerrados los huecos que dan afuera, a causa de que los osados chicuelos entran hasta por las redondas ventanas, como lampreas... Hácele entender el muchacho, a su público, pronto fatigado de tirar monedas, que por una peseta cruzará ahora nadando bajo el barco. Se la echan... se sumerge tras ella... corremos a la opuesta banda, y tarda el chico...; es casi de noche... se ve mal... por último rompe el agua tranquila su cabecita dorada, su carita negra, sonriosa...

Más he aquí otro extraño espectáculo que se acerca por la perlina penumbra en que se ha borrado la ciudad y que hace sentenciar nuevamente a don Lacio, después de fijarse un poco:

-¡El Oriente es inmoral! ¡Ah, señoras!

Trátase de tres enormes gabarras lentamente conducidas en reata por un remolcador. Tres flotantes montañas de carbón, mejor dicho, encima de las cuales vienen cientos de negros desnudos.

Afortunadamente la semiobscuridad es púdica, y sólo algunas que otras siluetas se recortan contra los rojos llamarazos de unas luminarias que trenzan sus lenguas de humo. Trae cuatro de estos fuegos, cada gabarra, que pronto sueltas en rápida maniobra que se realiza entre aullidos, lanzan cables a la borda, como serpientes polvorientas... ahuyentando a las señoras...

Parece un fantástico abordaje, por el gritar, por la febril agitación de los demonios negros armados de sus palas, en hormigueo incesante entre las rojas lumbres... Parecen las barcas de Caronte. Pronto también los marineros cogen las maromas y arrastran hacia las carboneras de ambas bandas las diabólicas embarcaciones... El remolcador se va. Hay tarea para la noche.

El humo de las fogatas nos atosiga, el creciente y furioso chillar nos ensordece, y nubes de polvo de carbón empiezan irremisiblemente a envolvernos por todos lados.

La noche cierra. Brillan las estrellas por el cielo inmenso como enérgicos tachones. Brillan más, aquí, que en parte alguna; de tanto fulgor no son redondas, y el mar, en su quietud soberana de espejo, las refleja todas limpiamente. Es salvaje, la noche, pero es en la ficción de la luz y las tinieblas hermosamente oriental. La ciudad muestra también a lo lejos sus luces, sus estrellas glaucas; y las vemos reverberarse en el agua con las rojas y verdes linternas de los barcos.

Mas, ¡oh, qué sonata, Dios! Cerca de nosotros, al centro del Reus, entre los flameantes braseros suspendidos, de hulla y brea, cuyo vivísimo fulgor traspasa el polvo fingiéndoles a los carboneros una maga apoteosis, es donde está el intenso foco de gritos fieros y sangrientos resplandores del soberbio panorama. Las diablescas siluetas, en su rojo antro vaporoso de polvo y humo, no cesan de cruzar en doble e inversa procesión la pasarela -unos cargados, al interior del buque, otros con las seras vacías, saliendo a hacérselas llenar por las palas y tridentes que atacan por todas partes la montaña negra...; todos deprisa, todos al trote, los que van y los que vienen... un trote perfectamente rimado, como una danza de fieras, en un canto salvaje que llega a ser casi dulce con su estruendo, saliendo de todas las gargantas a compás:

«¡Ala-cok... ala-cak! ¡ala-cok... ala-cak! ¡ala-cok... ala-cak!...»

Dicen -subiendo y bajando sólo, en cada frase, la segunda nota.

¡Oh, qué sonata!... Media hora, una hora, otra hora... Y siempre igual.

«¡Ala-cok... ala-cak! ¡ala-cok... ala-cak!...»

Pero el polvo acrece. Nos surmonta, nos envuelve. Mi blanco traje es gris. Se escribe con el dedo en el antepecho de la borda. Y el calor, el polvo, nos asfixian.

A las doce, no puedo más; bajo a mi camarote como la mayoría, echada de la cubierta. No hay nadie. Es tostarse, en el aire confinado. Huele como nunca a sus barnices, a sus resinosas maderas guardadas. Abro el redondo ventanillo y entra polvo y no entra aire. Vuelvo a cerrar... ¡Un martirio!

Por último prefiero tragar carbón bajo el cielo. Subo otra vez y arrastro mi canapé lo más que puedo hacia la proa, bajo el puente. Veo dormir a otros, en los suyos, acá y allá...

Me acomodo en la almohadita.

«¡Ala-cok... ala-cak!... ¡ala-cok... ala-cak!... ¡ala-cok... ala-cak!»...

Este estribillo me duerme.

«¡Ala-cok... ala-cak!.. ¡ala-cok... ala...


Separador1.jpg


-¡Eh! ¡eh!... ¡mi capitán!

Despierto... ¡un negro!

¿Qué quiere?... ¿por qué me zarandea?...

Amanece...

-¡Arriba, mi capitán!... ¡Ala-cok, ala-cak! ¡ala-cok! ala-cak!...

Un negro, sí... un negro con toda la barba... ¡Don Lacio!

Se agita don Lacio como un perro al salir del baño y desprende nubes negras que flotan y caen pesadamente al suelo.

-¡Hombre, que va usted a llenarme, don José!

-«¡Quítate, que me tiznas!»

¡Horror!... ¡otro negro, yo mismo!...

-¡Ahora puede usted ir a todas partes! -me dice.

-¿Por qué?

-¡Porque tiene usted ropa negra, amigo!

Me levanto. Despréndese de mí el polverío... Todo es negro alrededor. Una nevada negra que ha caído sobre el buque. Sólo es blanca la huella de mi cabeza en la almohada. «Mi retrato, vaciado al carbón -un camafeo; o si se quiere una cama fea, negra, cochina, asquerosa...» -según don Lacio. Por suerte han desaparecido las balsas con sus demonios, y una ligera brisa riza el mar.

-¡No es ducha la que nos van a dar esta mañana!


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Capítulo XI
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Es nuestro tercer domingo de a bordo, y oímos la misa, en la ancha entrecubierta del palo mayor, frente al altar improvisado bajo un velacho a medio arriar en sus cordajes, formando baldaquino. Gran concurrencia y caras alegres, gracias al mar bien humorado. Es un tirano el padre mar, que se extiende ahora planamente rosado al infinito: si ríe, todos gozosos; si se entristece, no hay más remedio que imitarle.

Pero la francesa no ha acudido, defraudando al grupo de «señores de misa de una», como disculpa humorísticamente el capitán a estos que no vienen a oírla jamás, «porque es temprano». No habrían venido hoy tampoco en no siendo por madama. No la vemos; sigue, pues, la reclusión del camarote.

-Grave debió de ser la falta -comenta don Lacio-, ¡ah, ladrón de doctor!

Sólo que mira al húsar, al decirlo -porque como en el mar y en la tierra, según él, unos cardan la lana y otros se llevan la fama, estamos ya más de tres en la evidencia de que el pobre doctor Roque se pudo calzar el tiro por cuenta de Enrique..., más y más anticipadamente aprovechado en el misterio de la noches...

Acaba de confesármelo, él propio, antes de venir a misa -viendo que ya algunos le hacíamos objeto de indirectas a cargo de otras del capitán, entre amenazadoras y afables, siempre que nos quedamos «los íntimos» hablando del suceso... o lo que es igual, riéndonos del doctor.

-Bien cuando vuelva a marearse, le haremos la guardia, querido -insiste don Lacio- ¡Da mucho de sí el mareo bien administrado!

Enrique tira de mí, cuando bendice el cura.

¡Oh portento!... es el hombre de las indagaciones. Hay a bordo incluso apartments garnies todo reservados para el amor. Su diablo de mareo, que le va quitando las conquistas, primero Pura, luego Aurora, le sirve al menos, mal que bien administrado, para observar y resarcirse como puede. Me ha traído, seis más acá del nuestro, ante un camarote de preferencia que nadie ocupa, ancho, lujoso, con dorada cama. Él tiene un llavín que lo abre. ¿Por qué lo tiene?... secretos de tanto o cuánto toma a un camarero, al mayordomo... Se guarda de abrirlo y limitase a decirme enseñándome el llavín:

-¡A su disposición, mi amigo! A usted le luce más... ¡no se marea!

¡Oh! me inmuto. Habrá pensado que Lucía...

Siento impulso de hablar, sincerándola; pero advierto la imprudencia de nombrarla ni aludirla. Además, él pasa a su asunto:

-¿Ve usted?... éste, ése, aquél: son los tres de preferencia de esta banda; usted lo sabe... ¿eh? van desocupados... Mas, ¿por qué, entonces, vi una mañana, al pasar, que hacía la camarera la cama, en el 15?... A la segunda vez que me ocurrió lo mismo, entré, como por verlo... Entre las sábanas descubrí... ¡ah! ¡uf!

-¿Qué descubrió?

-Ah, horquillas, querido!... ésta entre otras.

Sacándola del bolsillo, me la muestra.

Una horquilla de concha, corrida en su curva por una metálica cintita en espiral.

-Pero vámonos de aquí -añade con misterio-. ¿Es imprudente, verdad?

Y después de tirar de mí, corredor adelante, hacia la proa, donde me detiene junto al jaulón de los pavos, como mirando al mar, me da un susini, encendemos, y sigue:

-Comprenderá que era un encuentro precioso: algo más que el hilo de la intriga... ¿a quién pertenecía la horquilla?... Yo he advertido que mi zapatero de San Sebastián, siempre que me encontraba, me miraba las botas...; pues, yo he estado convertido algunos días en peluquero, mirándolos peinados... Estas horquillas se usan por pares, por juegos de cuatro, de seis... Un día llegué a sospechar que fuesen de Charo... Otro, ¡ah, la misma espiral metálica!... Y no dudé más... ¡de Lucía!

-De...¡ella!

El asombro me trastorna.

-La misma cinta, el mismo color caramelo -prosigue el húsar, en quien advierto ahora que me está hablando con cierta burlona insinuación-. ¡Qué horror de impaciencia la mía!... Estaba sentada contra la lumbrera, en medio del grupo, y no podía descubrir su cabeza sino a semiperfil, según la giraba hablando, ni me era dable observarla por detrás... ¡Lucía! ¡Lucía!... la altiva y bella Lucía ¡bocato di cardinali!... mas ¿quién el mortal feliz?.. ¿su marido?... bah, ellos tienen un camarote igual, solos, en la cámara baja... Y además se ve a cien leguas que le apesta...

Yo sufro. Estoy decididamente nervioso, inquieto. Recuerdo efectivamente haberle visto horquillas semejantes, a Lucía... El húsar se ha contenido; ve mi emoción y trata escrutadoramente de interpretarla. Teme acaso haberme contrariado, sólo que puede más su aguda curiosidad y entre ansioso y receloso pregúntame de pronto:

-¿Era Lucía?

Me estremezco.

Su intención se me ha clavado como un dardo. ¡Oh, ella... ella!... La imagen del capitán me cruza odiosa. Es, después de mí, la única persona con quien habla siempre amable. Creo absurda, de todo punto absurda, no obstante, mi sospecha y la de Enrique.

-Perdóneme, capitán -continúa él cortés, pero serio-; aunque estas dulces historias de un viaje no merecen gran reserva, tratándose de esa singular mujer de ese ente ridículo de Alberto..., tratándose de usted, además, la he guardado...

Ha debido de inmutarse mi gesto nuevamente en una vibración que detiene a Enrique; mas no es por él, sino de ira contra mí, contra Lucía, por aquel concepto de excelsitud en que la he tenido... Una rabia canalla desbórdaseme:

-¡Ah, Lucía!... ¡Tal vez... no sé!... Pero tiene usted razón, si es... ¡no el marido... ciertamente!... Acaso el capitán... ¿no interrogó a la camarera?

-Temí ser indiscreto, si estaba en papel de tercería... Me he limitado a observar... a observar...

Yo medito. Él me observa, no convencido todavía de que no le juego la comedia. Me cree quizás apasionado... Y no lo estoy, el hecho de pensar que lo está pensando, me serena... ¿qué me importa Lucía?... Y no está convencido Enrique; sigue con tiento, como midiendo y calculando mi impresión de sus palabras:

-Me he limitado a observarle... a usted, mi dulce amigo: anoche durmió sobre cubierta, es verdad, junto o mí... Y despertó junto a mí, junto a don Lacio... ¿quién juraría, sin embargo, que no tuvo usted su hora de dichosa ausencia durante el sueño general?... Porque esta mañana, esta mañana, caro Serván, ha sido la última que he visto hacer la cama del 15!

Sí, me es indiferente Lucía. Lo conozco en la misma miserable vanidad que vuelve a invadirme cuando se me confirma su amante afortunado... Una vanidad llena de ira y desprecio a mí, y casi justa, porque en realidad yo he podido ser su amante si no hubiese sido un generoso imbécil con ella al brazo buque abajo y buque arriba...¡cuánto ha debido reírse de mis delicadezas!

No ceja Enrique:

-Bien. Esta horquilla... es usted el primero que la ve en mis manos... el único. Le pertenece si la quiere.

Me la alarga, voy a cogerla, por no sé qué complejidad de sentimientos y ambiciones... Y la rechazo al fin:

-¡No!... Será de otro... ¡del capitán!... Désela.

-¡Oh! -hace Enrique, guardándola, con fastidio-; ya ve que no debe dudar de mi discreción. Estas cosas me sirven para aprovecharme, solamente: usted descubrió esos camarotes deliciosos, yo descubrí que usted los descubrió, y me he limitado a agenciarme el mío y a traerme a la francesa un par de noches... ¡lástima que me la tengan prisionera!... ¿No quiere usted la horquilla!... ¡Bien, como si fuese del capitán... del otro pobre viejo capitán!... ¡qué capitán ni qué diablo!

-¡Cómo! -pregunto- ¿Cree que no?

Porque vuelve a parecerme absurdo todo esto.

-¡Quia!

Su incredulidad me consuela. Enrique, además, ha dicho que no pudo verle bien a Lucía el peinado, de frente, desde lejos.

-¿Llegó usted a comprobar, al menos, que fuese de ella la horquilla?

-Casi no. Casi sí, por lo mismo -responde maligno en la idea de que le burlo-. Confiésole que fui torpe..., que a pesar de su despreocupada amistad con usted, yo había pensado en todas menos en Lucía... En todas; en primer término, claro es, en la pescadera; en Charo, en Pura, en la india, en la mujer incluso del coronel, hasta en la francesa por último..., una a una en las mujeres del pasaje... Precisamente tal investigación perpetua, llegó a hacerme sospechoso, al punto de advertirse pronto reparada

Lucía en aquella tarde queme llamaron sus horquillas la atención... La vi escamarse, llevarse la mano al pelo, atenta a mi fijeza..., darse cuenta quizás del peligro y hundirse las horquillas en los bucles... Cuando anocheció, bajó a cambiarse de peinado... Y no ha vuelto a ponérselas.

El detalle, recogido por Enrique, que es en efecto un puntual observador, torna a irritarme.

-¡Hace falta averiguar quién la despeina! -digo.

-Pero... ¿no es usted?

-No.

-¿Que no?

-Que no.

-¿Palabra?

-De honor.

-¡Caracoles!! -exclama, no teniendo más remedio que creerme.

Reflexionamos. Por si se las vuelve a poner, debo conocer la horquilla. Me la deja. Es amarillenta, de color carameloso y veteada de obscuro. La espiral dorada tiene a todo su largo una guirnalda de diminutos pensamientos en relieve.

-¡No es de Lucía! -profiero queriendo recordar que las de ella tienen enroscado un áspid.

-¡Pues a mirar, a indagar... será de otra!

-¡A indagar! -digo menos intrigado.

Y viendo en este instante a Juan, nuestro camarero, le llamo:

-¡Juan!¡Juan!

Trae jarros de agua. Los deja en una puerta y acércasenos por la galería.

-No será éste el que ha dado a usted el llavín... -asegúrome antes.

-No es éste.

-Bien, acaso nos es más expedito oír que mirar. El caballero de la dama que pierde horquillas, debe tener cierto derecho al camarote 15, puesto que hacen la cama de día a vista de la gente.

-¡Posible! -accede Enrique- ¡la mía me la hago yo!... fue condición al recibir la llave...

Sospechaba esto, que corresponde a mi idea de la pescadera y el capitán en el departamento contiguo, contra la creencia del húsar.

Juan llega.

-Dime, Juan...

-Señorito.

-He visto que hay ahí tres camarotes grandes, seguidos, vacíos...; el nuestro es para ahogarse, y además, don Pascual nos es a don Enrique y a mi antipático. ¿No podrías tú mandarnos nuestros trastos a uno de ellos?

-Ah, son primera preferente, señorito... No puede ser.

-Tendrás tu propina, hombre.

-No puede ser. Ya ven los señores que van des ocupados, no obstante la apretura del pasaje,

-¿Desocupados?... En el 15, Juan, duerme alguien.

-Sí, señor, el capitán. Aunque el suyo está arriba, contra el puente, prefiere ese algunas noches.

El húsar y yo hemos cambiado una mirada rapidísima.

-¿Y sabes por qué lo prefiere? ¿No es más cómodo el suyo? -pregunta Enrique a su vez.

-Sí, señor, más grande, más fresco... Digo yo que sea por el ruido. ¡Como arriba siempre hay charla!

- Está bien, Juan. Anda con Dios.

Se aleja. Vuelve a coger sus jarros.

-¿Eh?

-¡Oh!! -contesta Enrique,

Y añade, en consigna:

-Ahora... a saber... ¿quién es ella?... ¡Podría auxiliarnos don Lacio!

-¡Nunca! ¡Nada de casados!... Y que luego resultase la condesa...

-Verdad. En todo caso, no hemos de quedarnos en peinados -díceme deteniéndome al partir. La vigilancia discreta. Si usted ayuda, nos dividirnos la noche, de una para arriba. Éste será el gran observatorio, a obscuras, entre estas cuerdas... con todo el pasillo a la vista, alumbrado...

Cuando anochece, hoy, hemos revisado de proa a popa todos los peinados de mujer, inútilmente.

Y no esperamos la una. Antes de media noche está Enrique de guardia.

Me gana en afán..., aun persistiendo en mí más o menos vaga la duda de la amiga noble cuya alta estimación sintiera tanto ver derrumbada en grosería...

Hemos visto incluso a la francesa, ya puesta en libertad... Mi compañero se ha apartado a saludarla y ella le ha pedido rápidamente por todos los santos de Francia que no vuelva a hablarla nunca... ¡hay por parte del indio la amenaza de abandono, en seco!...

Y por injurias de la suerte, aunque sea blanco el húsar y el indio color de ciruela, no puede el primero permitirse, como éste, el lujo de un trasplante de amor del bulevar a la Oceanía.

-Pas plus! Jamais... je vous en prie! -ha dicho carrément madama tornándole la espalda.


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Capítulo XII
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Resulta Pascual un reflexivo que tiene su originalidad. No ejecuta un solo acto sin compulsar su entera ramificación de consecuencias. Revolviendo en la exuberancia de sus chismes de tocador, de la mitad de los cuales desconoce el uso, evidentemente, ha tirado de no sé qué estuche, en la perchilla de red de sobre su litera, y ha hecho caer tres bayas de unas frutas que compró en Aden. Coge dos, galante, y me las brinda. Yo estoy aún tumbado en mi colchoneta, recibiendo con placer la fresca brisa que me enfoca la manguera del redondo ventanillo. Pero Pascual contiene su ademán de morder la fruta que se ha reservado para sí.

Está en camiseta, en babuchas. Tiéndeme el brazo:

-Oh, no coma... ¡no sé!... guárdelas... Con este diablo de no hablar nadie español, no pude preguntarle al moro si hacen daño con la leche.

Queda perplejo. Su mayor tormento es que nadie le entiende por los puertos. Luego dice:

-Hemos tomado café con leche... más leche que café... Y esto es agrio... Parecen guindas gordas... aunque no son guindas... El hueso, más bien de níspero... ¿Harán daño con leche?... ¡Tal vez no hagan daño!

Viendo que ya he tirado al mar los huesos de una y que la emprendo con la otra, continúa:

-Encima de la leche, menos mal... es peor tomar antes lo aceo...; sin embargo, no las como, por si acaso... Yo soy fuerte... mas ¿quién dice que una in digestión en estos climas no traiga detrás la fiebre, el mal del hígado... ¡Oh! ¡oh!... he visto en Salamanca a un primo que volvió de Cuba hinchado, de comer bananas y aguardiente... ¡Era más fuerte que yo!

Tira la fruta a la percha. Quítase de los dedos los anillos, para enjabonarse.

Mirando uno de los anillos, pienso que vale más que las reflexiones de Pascual le estorben casi siempre decidirse, porque cuando se decide, es peor. Tras dos horas de imposible y regateado ajuste por señas, le dio en Aden al judío quince duros y el mazacote medallón de la cadena, en forma de caja de caudales, que bien valdría otros quince, por esta sortija de oro que luce un grueso topacio. Es tan incoloro, que él lo creyó un brillante. Vale seis duros, a todo tirar. Cuando se lo dijimos al día siguiente, Pascual se desesperó. No hay mañana que no hable del anillo.

En efecto, al enjugarse y ponérselos, se acerca:

-¿Pero de verdad, capitán, no es brillante?

-Reluciente, nada más. Un topacio.

-¡Caramba!

-Han engañado a usted.

-¡Me caso con el moro!... Y la cuestión es que... él no me engañó... él no me dijo que fuese brillante... Fuí yo que... ¡con este no hablar español!

Hace en seguida un fragmentario discurso entre dientes, acerca de la ventaja que reportaría el que hablasen español todos los franceses, los ingleses, los moros... (para él son moros cuantos vamos encontrando en el camino)... Saca brocha, polvos de jabón y navaja, y pónese a afeitarse. A cada movimiento, pide perdones. Va llenando el diván, su litera, la de Enrique, de trastos. Es respetuoso como un guardia civil, limpio como un guardia civil, torpe como un guardia civil.

Y en el fondo un infelizote que se cae de bueno. Aunque los dos compañeros hemos simpatizado con él, Enrique es quien cultiva predilectamente su amistad. Convencido éste de que no puede ser sino Lucía la dueña de la horquilla, dedícase a la pescadera con empeño. En efecto, el capitán, desocupado a todas horas por este golfo de Bengala, que no obstante su fama hallamos tan amable después de haber cruzado una noche entre la isla Socotora y el faro de Guardafuí, permanece en la tertulia largos ratos sin cuidarse de la hermosota Aurora..., cruzando apenas con ella tal sonrisa y cuál mirada en recuerdo de los pasados flirteos -más bien atento a conversar y a parecerles cortés a Charo y a Lucía.

No muestra la más leve inquietud al ver al húsar junto a Aurora... ¡No es ella, pues!... La idea de que sea Lucía, sigue pareciéndome absurda, sin embargo... ¿por qué no Charo...?

Charo cuádrale al fin mejor a su edad, a su responsabilidad del orden, a su probable deseo de no empeñarse en aventuras de posible escándalo... -Charo es la mujer más libremente suelta del Reus.

¿Por qué no, Charo?

Hemos hecho con rigor nuestro servicio de espías, en las dos últimas noches, Enrique y yo. Al camarote 15 no ha bajado nadie. Ni el capitán.

Sí, sí, ¡absurdo!... Mirándole yo en la mesa, no he podido concebir que una mujer como Lucía se le entregue -con sus cincuenta y tantos años, con su pelo gris... no obstante sus finas maneras y sus restos de una pasada arrogancia.

«No es, no puede ser Lucía» me he afirmado mirándola también tan descuidada y noblemente serena cerca de él. Por mucha maña que quepa en el talento de una hembra, es imposible reprimir en todo momento un gesto, una furtiva mirada de gratitud, de recelo..., de afecto disimulado en la galante sonrisa con que se acoge otra pequeña galante atención de un dulce, de un helado... Y yo respondo de haberla observado bien... Lo sabe Sarah... ¡qué chiquilla!... Sí, ¡oh, qué chiquilla!, me odia, no me miran ya más que con odio sus sombríos ojos de eterna silenciosa...; ¡no podrá perdonarme jamás mi olvido, por cualquier cosa, de aquellas mis pasadas cortesías que le daban en sí misma honores de mujer!...

He visto a Sarah, a la triste niña de trenza larga y falda corta, saltársele las lágrimas..., partir repentinamente de la mesa, estar leyendo sola y esquivada en cualquier rincón sin que nadie la haga caso. -Ni yo mismo. Ayer, encontrándola alejada en la cubierta, según iba yo en mi inquisición de los peinados, la he dicho inadvertidamente: «¿Qué haces, Sarita?».. Advirtiéndolo, corregí tardíamente llamándola de usted y pidiéndole disculpa... «¡Oh no, no, por qué... soy tan niña, señor Serván!...» -me replicó...

Yo seguí mi busca. Pura tenía horquillas de carey, la mujer del coronel, también... pero, ¡bah!... distintas, ¡y por diversas razones, es tan necio pensar que una u otra...!

Tras una conferencia, cansados, le propuse a Enrique enseñar la horquilla por los corros. Diciendo que acabábamos de hallarla, preguntaríamos de quién pudiera ser, y no tardaría alguna en decir ¡mía! -que fuera como si nos dijese: «¡Yo!»... ¿No era un medio bien sencillo?... Pero Enrique aborrece en estas cosas lo sencillo y me hizo notar su riesgo: si la propietaria, que harto habría advertido la pérdida, había advertido además nuestras investigaciones, callaríase y daríase únicamente por avisada para multiplicar en adelante sus secretos... ¡sus secretos ya no pocos ni insagaces para haber podido lograr tanto misterio en la estrechez del Reus, en perfecta ignorancia del marido, de la gente que lo llena todo a todas horas!

Así se supo la intención de este torpe Pascual apenas meditada; así se supo la aventura de la francesa, de máscara mejor o peor la verdad, apenas realizada.

Y lo cierto es que, por exclusión, vuelvo también a la sospecha de Lucía. Desde que está llano el mar, hase revelado en el celoso Alberto un defecto más grande aún: es jugador; pero jugador ambicioso. La partida de tresillo, cara, haciéndole perder cerca de dos mil pesetas, le absorbe en el desquite. Antes, a las once subía por su mujer e iban ambos a acostarse. Ahora también, pero la deja abajo y vuelve a su partida con don Lacio hasta el baldeo... Pura condescendencia del capitán esta del tresillo, pues está prohibido jugar desde las once.

¡Oh!

Al menos, la mujer de este guardia civil a quien sigo aquí viendo afeitarse está descontada. Toda la torpeza de él y todo el pasado descoco de ella con el capitán, no destruyen el hecho: Pascual, que no la deja a sol ni a sombra en el día, aunque sólo sea para hacerle la muda guardia junto a Enrique, a las once y media, cada noche, con puntualidad militar, la levanta, la acompaña hasta su celda, espera a sentir que suene por dentro el picaporte, y viene a su vez a encerrarse.

Fue la última observación de Enrique. Bajando anoche por la escalilla del antepuente, mientras ellos por la escalera, y apostados contra la jaula de los pavos, los vio llegar pasillo adelante y dejarla en su camarote, quince o veinte más allá del nuestro, en la misma banda. Un cuarto de hora después, Pascual, que había llegado hasta éste mohíno y cabizbajo roncaba con la rica variedad de órgano que nos ha hecho a nosotros, más todavía que el calor, preferir el sueño en la cubierta. Lo comprobó Enrique; había tenido la bizarra ocurrencia de pensar si el buen Pascual nos la estaría dando de bobo, incluso al capitán, usurpándole su cámara de alternativa preferencia, sin más cuidado que volver la pescadera a hacer la cama antes de salir y sin perjuicio de dejarse en ella alguna horquilla.

¡Ah, pobre Pascual! Todo reglamentista, no ha vuelto a pensar el desdichado en más intentos de aventura con su mujer a bordo... Si no hubiese sido suficiente aquel célebre artículo que Enrique le leyó, habría sobrado el escándalo y la reclusión de la francesa.

Helo aquí, que acaba de afeitarse, que limpia sus trebejos, y que suspira todavía:

-¡Qué demonio, no hablar todo el mundo español!... créame usted, es un demonio para los que no sabemos otra lengua.

¿Qué ha estado pensando en tanto pasaba por su cara la navaja?... El tocador es sensual; yo apostaría que en su mujer. -Además, hay indudablemente una sugestión hipnótica del pensamiento en el silencio, y he debido transmitirle el mío. Quiero cerciorarme:

-¿Piensan ustedes bajar en Colombo?

Se vuelve, con el estuche en la mano:

-Oh, sí... no... No sé, sí, ¡ya veremos!... Precisamente lo ando meditando. Con tal que arrime el capitán... Pero ya ve usted, luego en Port-Said... tanto francés... después de costarle a Colón conquistar a estos salvajes... ¡Si yo supiese francés!

Me acude la idea del papel y del lápiz que no osó entregarme aquella noche este geógrafo.

-Hay vocabularios -le digo-, diálogos de conversación, con respuestas...

No me entiende. Tengo que explicarle. Él ve el cielo abierto... pero en sus ojos se nubla la súbita esperanza cuando sabe que yo no puedo darle un 1ibro así, que no lo tengo.

De pronto, conmovido, abierto ya para mí en sus más caras y hondas ansiedades, siéntase en la litera de Enrique, y exclama:

-¡Sí, sí, señor!... es intolerable, insoportable; tiene cosas tremendas, como decía nuestro amigo el húsar, esta tiranía con los casados... ¿Por qué razón?... Ustedes, jóvenes, libres, llegan a un puerto y... ¡vamos!, no es que yo sea un vicioso, usted dispense... pero un matrimonio es un matrimonio... Y uno... Y hasta por la misma señora... ¡usted dispense!.... ¿Comprende usted?

-Comprendo, amigo Pascual.

Por el ventanillo veo un buque que cruza. En fuerza de repetirse, el espectáculo no me llama la atención. Además, me divierte y me da pena Pascual, que continúa:

-Y usted dirá: «¿por qué no aprovecharon Port-Said?»... En primer lugar, por el tonto del relojero, que se nos pegó... Mire que no le di una trompada por milagro... ¡gentes que no se hacen cargo de nada!... luego, porque... ya ve usted, pensaba yo: ¿cómo decir en un hotel por señas... ésta... yo... un rato... acostarnos?... ¿Nos entenderían?... ¿Y si el hotel no era más que simple restorán?... ¿Y si se reían de nosotros?... vaya, parecía feo... ¡una cosa, sin embargo, tan natural!... El hotel, por lo demás, podían cerrarlo de noche, y dejarnos sin salir... El barco podía marcharse antes si acababa la carga de carbón... Y qué canastos, nosotros en Port-Said y nuestros baúles y maletas por estos mares danzando! ¿Podría servirnos siquiera el billete al paso de otro vapor?... Ya ve usted, perdido el pasaje del Gobierno... ¡mil durazos por un gusto, la señora y yo!

Lo dicho. Pascual llega siempre a la última consecuencia. Está en perenne diálogo de ingenuidades consigo propio, cuando no puede con cualquiera -y con su mujer, ni delante de su mujer, no puede jamás. Ella le violenta en esta ficción de señorío, y me ha dicho Enrique que estuvo a punto de arañarle porque una vez aludió ante ella a su conserjería de Salamanca.

-Si usted quisiera ponerme en un papel... para Colombo... -me dice de improviso, levantándose.

Es práctico, a más de ingenuo. Me está mirando con la fervorosa súplica que a Dios Todopoderoso. Le aturde mi sonrisa. Se ha mirado las manos. Tal vez duda y medita si ganar mi suprema voluntad con la ofrenda del topacio...

-¡Sí, hombre, sí! -le digo decididamente.

Y se lanza a su cartera, y me da el papel, el lápiz... Yo escribo bilingües preguntas y respuestas, que él lee y guarda al fin como un tesoro -cogiéndome después ambas manos:

-¡Gracias, capitán, mil gracias!... ¡y usted dispense!... Es por la señora mayormente, ¿sabe?... aunque también a uno... Pero no es que uno sea un vicioso, ¡créalo, capitán!... Y perdone si las circunstancias me han hecho suplicarle una intervención algo... ¡vamos!... algo indecente... ¡Por la señora más que nada!

¡Oh!.. estoy por quitarle el papel. No habría querido estimar así mi oficio. Ya está hecho. Allá se las avenga Pascual.

Aprecio, mientras él con los brazos abiertos se mete la camisa, cómo hay injurias que son el colmo de la admiración o el encomio. No estoy cierto de que un libro es excelente, hasta que plegándolo un momento contra los dedos, me obliga a exclamar del autor:

«¡Qué bárbaro!»

Mentalmente le he aplicado a Pascual con plena admiración este mismo elogio mío, reservado para los genios...

«¡Qué bárbaro!»


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Capítulo XIII
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Vuela el buque.

Como mirando al estribo en la ventanilla de un tren parece que es la tierra la que huye bajo el coche trepidante, paréceme también, mirando a ras del casco, que es el Reus una mole quieta y temblorosa en mitad de una viva corriente de molino...

Corre, pasa veloz y ondulada el agua rasando el casco, que armado de mangueras en todas las ventallas, semeja ahora mejor un fuerte labrado en un peñón y erizado de cañones... Trescientas veinte, trescientas cincuenta millas cada singladura... cien leguas por día... Y nunca, en este tremendo correr, vemos que avanzamos. Constantemente el breve círculo de mar cupulado de cielo, que nos tiene al centro. Son las olas, son las islas y las costas, es España la que se ha ido alejando de nosotros, hundida ya a mil quinientas leguas... ¡andando una, yo sentí mayor entre fatigas y jarales la sensación de distancia en mis cacerías de muchacho!

Cruzamos por el Índico. A la otra banda, siento como cercana el Asia en el horizonte igual. A ésta, tiendo la mirada por la extensión redonda y pienso con asombro cuántas otras vastas rodelas solitarias tendríamos que encontrar abiertamente hasta salvar el Ecuador, hasta salvar el paralelo de la punta de África por sus orientales costas, hasta llegar al polo Sur por el líquido desierto formidable...

¡Oh, el mar!... qué pequeño en su grandeza; qué vario en su monotonía. Gris opaco en Barcelona, azul plomo en Sicilia, azul cielo en los lagos, en Aden, luz de calma de plata... -y aquí azul intenso, un bello, azul de talco que el sol cayente riega de oros.

Tienen inmensa fuerza de oración estos morires del sol sobre el mar. El sol del Asia es un viejo rey poeta decadente: muere con más pompa que nace.

Ya empiezan las nubes bajas a formar el suntuoso pavés que él pronto tintará de púrpuras. Mientras, derrámales sus miríadas de áureas flechas al mar -al mar azul, azul de talco, llano, redondo, corrido por las brisas... corrido también por sus tandas golondrinas en esta suerte de primaveral estío que nos ha brindado tras los hornos de la Arabia.

Salen a bandadas sus golondrinas. Surcan ligeras, rectas, el aire, por la arista de las olas. Unas veces surgen del agua como espantadas del buque, y se alejan volando, volando al confín, para hundirse nuevamente. Otras veces chocan contra el buque. Una nos cayó ayer en la cubierta a los pies... ¡Pez con alas!

-¡Jámala-ja!, Pontífice. ¡Ala-cok!

Es don Lacio. Salúdame con palabras del ángel persa. Yo he logrado con mi fe formar la religión del sol, a bordo, y se me ha aclamado entre los heliófilos gran Pontífice. Lucía es la gran sacerdotisa selénica.

Entre ambos exaltamos un culto sabeísta, cuyo rito se realiza cada tarde, cada noche, en esta batida abandonada. Gracias a los nuevos canapés como camas que hemos venido comprando en los puertos, aleccionados por la necesidad de dormir bajo estrellas, no hay que transportar los de la tertulia diurna para la yacente adoración a este otro lado.

Van llegando los fieles.

-¡Buena puesta esta tarde!

-¡Buena puesta!

Lucía. Charo. -Se tumban.

Ha confesado al fin la cubana que no hay en Cuba tan espléndidos crepúsculos. Ha comprendido, como hemos comprendido todos, que pueda adorarse al sol en este oriente donde reina tan soberbio.

Empieza el astro a ocultarse en el borde de las nubes.

Van llegando el coronel y su familia, Aurora, Enrique, Pascual... el comandante...

Éste ocupa el canapé inmediato a la condesa. Hablan. Han parado los dos en una amistad de cascabeles, descontados poco a poco sus lúbricos inicios. Diríase que el comandante, desde sus cuarenta y ocho años, le habla en juego de recuerdos a los cincuenta de Charo... Deben contentarse, a cierta altura, con nadas de sombra de pecado las pasiones... -porque eso sí, diríase también que son amantes satisfechos de haberse dado en intención. Inocencias de retorno. Don Lacio funda en ellas sin duda su descuido con la esposa. ¿Por qué no entrar por un limbo infantil en la vejez, estas mujeres que han sido niñas siempre?...

Mas, si tal ante el feo y fino comandante piensa don Lacio de su cónyuge, a pesar de todo el pelo de oro y todas las medias encarnadas, tampoco y menos deberá de ser la electa misteriosa del capitán... ¿De quién la horquilla, entonces?

Llega el capitán, precisamente marcial, con su traje blanco, con su gorra de anclas:

-Ala-cok?

-Ala-cok! -le contestó.

Se sienta. A bordo es un rey, y sabe llevar su cetro mundanamente afable. Yo no sé que tienen sus ojos, algo rojos y oftálmicos del sol, del mar y del yodo de las brisas, que cuando miran a una mujer creyérase que la penetran como a las nieblas, creyérase que la desnudan...

Ayer. ¡ah, el viejo lobo galante!... ayer me ha expresado bien una rara sensación que estaba en mí sin forma, y que me convenció, por lo tanto. Mirábamos desde la borda al húsar, junto a Aurora y Pascual, en una parte, y a Pura, entre la madre y el novio, más lejos... Es decir, miraba él a Pura, con su mirada singular.

«¡Lástima de muchacha -exclamó-, con esa madre! Yo, relojero, no podría casarme con ella y abrazarla sin pensar que abrazaba a la mamá... ¿Se ha fijado usted?... un parecido estupendo, en caricatura, en herpético, en ridículo... ¡Oh, no, no podría besarla sin figurarme a la madre!... Recuerdo que tuve así que dejar de chico, en Málaga, a una novia que era propiamente su hermano el mayor -un chulo antipático!»

Sorprendido quizás de explicarme la vaga repulsión que me ha inspirado Pura desde luego, aproveché la oportunidad para mis indagaciones, no sin recordar, a mi vez, que una magistral caricatura de un periódico me tornó repugnante para siempre a cierta actriz famosa (y no eran más que los levísimos defectos, gracias en ella, exagerados como los de Pura en su mamá, grotescamente); señalé a la pescadera y me permití decir:

«No así aquélla, sin hermanos, sin mamá.»

El capitán la miró y su gesto fue incoerciblemente nauseoso:

«Aquélla... Tiene por otro estilo una cosa peor de ovocaciones: el marido. ¿Cómo olvidar a ese pedazo de gaznápiro?... Yo me lo imagino... un burro... un burro... ¿sabe?...»

«¡Ah, capitán!... A cuántas hartas de gaznápiros...» -le repliqué.

«¡Ah, querido!... ojos que no ven...» -me contestó.

Y yo no dudo, no eludo ya: explícame el desdén actual del capitán, a Aurora, el desencanto adquirido en la breve intimidad pasada, según él fue despojando del engaño de los cuellos la estampa bruta del conserje.

Pero estas sutilezas del capitán, esta sonrisa de Lucía, que las estima indudablemente, que le oye ahora encantada contar cómo en un viaje llevó fuego en la bodega desde Quito a Río Janeiro, sin que se lo dijera al pasaje por no alarmarlo, y teniendo al fin que inundar el estanco del latente incendio con un barreno, en el puerto; estas sutilezas, esta sonrisa en que hay un poco de admiración a la serena valentía del casi viejo de barba gris mantenido heroico y ágil como un joven por su brava lucha con los mares, fúndensele esta vez en sospecha vehemente a luces menos absurdas.

¿Podrá ser?... ¡Ella!... ¡Lucía!... ¿Por qué no?... Habría en ello la infamia que se quisiese, más dueña esta mujer de sí misma que otras, más consciente y responsable; mas no por eso tosca la aventura con un hombre capaz de haberla conducido romancescamente... con este romanticismo legendario y bravo de los mares...

Despójome de mis rencores, pensándolo, claro es -no puedo hacer más.

Sólo que mientras ella sonríe, escuchándole, a la luz perla del crepúsculo, que se acentúa esplendoroso -yo me esfuerzo vanamente por hallarla en la sonrisa, en la mirada, algo que yo no haya visto igualen sonrisas y en miradas para mí... Serenidad, confianza, tranquilo imperio,... ¡imperio que tanto le sirve tal vez para esconder su alma!... Y lo mínimo que puedo disculparle a mi rencor, es que hierva hondo en el pecho viendo el bello cuerpo, al menos ostensible, tendido en el canapé con elegancia y lineado por las ropas.

Apoya un pie en la cubierta, y otro suspéndese en el aire, un poco. Córrele de uno a otro, al borde de la falda, una ligera fimbria de sedas pálidas, de encajes. Sus muñecas finas concuerdan con sus tobillos finos, y recuerdo su pierna esbelta. Dibújale un muslo vigoroso la batista. La he oído ponderar su afición al ciclismo en larga temporada, en París...

Debe ser gentil hechicería cada tono y cada trazo de este cuerpo. Yo, imagino. Tiene sin duda la clave de todos sus escondidos encantos la cara de una mujer. La curva dulce y audaz de su mejilla, de su mentón, afirman en ésta la dulce audacia del pecho; sus cejas decisas y arqueadas, sus labios, su breve nariz, su ancha frente, el suave y limpio nacimiento del cabello en la sien... ¡qué de otros tesoros de gracia y de pudor no pregonan!

Ella corta mi observación de improviso, señalando al occidente:

-¡Ah, miren, qué hermoso!... ¡Gran teatro esta tarde!

En efecto, deslumbra el resplandor, nos sume en su luz refleja como un escenario esplendente en un gigantesco teatro. El buque no es más que un palco en el fondo. El mar llano, la vasta sala vacía -y arriba el cielo, la bóveda limpia y colosal del cielo en un mimoso azul de turquesa.

El cortejo del sol son nubes como liladas banderas rotas que lo velan de trofeos. Nubes flotantes en gloria de oro, densas y celosas ante el ígneo disco, que las rompe y cruza con la abrasante explosión de sus rayos, de sus lanzas encendidas... Síguenle por lo alto, a su descanso triunfal, otras nubes tenues, tímidas en la magnificencia del oro polvillado, como coros de almas heliotropo, como almas de vírgenes esclavas... Y abajo, sustentando y esperando toda aquella etérea apoteosis de brillanteces que rasgan en transparencias que tiemblan, extiéndese enlazada sucesión de cortinajes, de morados terciopelos que pliegan acá y allá sus cayentes y pesadas puntas tras el mar, mostrando infinitos interiores de alcázares en nacáreas claridades de naranja. Morada, sucesión de pesantes colgaduras que se tiende, que se abre en despilfarro de sedas por la línea redonda de las aguas..., que se dirían recta y uniformemente prendidas todas ellas en la barra fulmínea y apenas vacilante con que el astro las frangea rasándolas en lumbre.

Formas que no se sabe de dónde acuden, que se condensan y crecen como arcadas de la ignota lejanía profunda, van juntando poco a poco las siluetas de un violáceo ejército de guerreros vistos de frente con sus potros y sus cascos..., inmóviles al fin y más negros, recortados en clarores ambarinos de una fluidez infinita. El sol sigue descendiendo tras su trono de lilas festoneado por sus llamas... Es una fastuosidad insolente que llena el cielo.

Asoma aún, más abajo. Vemos su paso de dios grande y borracho de victoria, desde el dosel al pavés. Se oculta. Los morados terciopelos, ondeados de oro, toman delante carmíneas traslucencias, purpúreos pliegues, velos de amatista.

Debajo sangre, hoguera, en el alcázar. Ya se ha hundido el sol. El trono se deshace en velos en rojas pedrerías... -contra el lago de gualdas magias de alga en cuya serena infinitud las almas heliotropo de vírgenes esclavas se han vuelto cisnes, y el ejército de violáceos caballeros cárdenas rocas y tritones y monstruos... Suelta guirnalda majestuosa y lúgubre por encima de la cual es de otra verde diafanidad fantástica el cielo que derrama hacia la altura sus palores en azul.

Dura poco todo esto. Son breves los asiáticos crepúsculos.

Minutos después no cuelgan del horizonte de ópalo más que los negros crespones.


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Capítulo XIV
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Del frío al fuego Felipe Trigo


No soy el hombre de las observaciones -lo es Enrique; pero he observado que Lucía, no baja al té algunas noches... precisamente estas en que su marido, ciego con el tresillo, olvídase de subir por ella a la cubierta... ¿Disgusto a tal descortesía..., o es que con el capitán aprovecha allá arriba la propicia soledad para cambiar acuerdos?

El capitán no viene nunca a estas horas al comedor; desde que anochece, hasta lo menos las diez, se eclipsa, ocupado en organizar los relevos; y más en las proximidades de tierra. Debemos llegar mañana a Colombo, bien temprano; hemos cruzado esta tarde junto a las islas Maldivas; los camareros han quitado las fundas a los divanes, a los muebles; han colgado en las portadas los terciopelos con las cifras de la Compañía y los visillos nuevos en las ventanas de la saleta de señoras; han puesto, en fin, al Reus, de puerto.

Tomo el té frente a Pascual, que devora mortadela mientras charla a su lado Aurora con Enrique. Esto marcha. Ver a la pescadera tan totalmente despreocupada del capitán, me mortifica... ¡Oh, acaso arriba, ahora mismo conversan también!...

¿Qué me importa? ¿qué deber ni qué derecho tengo para mezclar mis enojos a extraños?... Extraños; hace diez y nueve días no sabíamos los unos de los otros ni los nombres...; hace veinte, ni la existencia...

Se van ladeando las tazas, las pastas, los fiambres... De otra mesa (yo las he huido esta noche) trasládase el grupo de al piano. El comedor está fresco, relativamente cruzado de aire por las mangueras... Canta Sarita. Son canciones siempre, las suyas, de amor:

«¡Ay de mí! ¡ay de mí!
si acabaré llorando,
yo que siempre reí...»


Pascual se acerca y me levanto también, dejando en la mesa al húsar con Aurora.

Mas..., no, puedo estar. Detrás de la infantil cantante, que sabe dar un diablo de emoción a su queja, pienso en Lucía, en el capitán deslizándose tal vez un segundo por el puente para cambiarle rápidas palabras, la cita... ¡Ah, sí, sí! ¡yo vigilaré toda la noche!

He sido un necio. Dispuesta a una aventura de viaje, me hubiese preferido... ¿Por qué la he respetado así?... ¡cuánto ha debido rabiar y reírse! Ahora me odia, sin duda. Desde hace muchos, días no he vuelto a procurar con ella nuestra intimidad.

Noto que lo que me atosiga, principalmente, es que tenga de mí y haya yo de dejarle el concepto de un estúpido, de un botarate espiritual... La frase aparéceseme sangrienta.

¿Y por qué?

Me levanto, otra vez. Un pensamiento me ha cruzado: probarle lo contrario... Será inútil ya, para alcanzar favores...; pero al menos me oirá entre rabias, con palabras dulces, la intención de lo que pude haber ido insinuándola pleno de esperanza.

Subo. No concibo cómo pude concederle a Lucía el título de consciente virtuosa sin haberla obligado siquiera al rechazo de la más leve tentación, de la más vaga invitación -nunca envuelta en mis palabras. Cruzando ante el fumadero, sólo hallo otro que me gane a «idiota complicado»: Alberto, que juega su partida rodeado de mirones. ¿De qué le sirven sus celos?... Harto ha debido contar el capitán, para sus noches, con que a un vicioso lo clavan en la silla.

Llego a la cubierta.

Está Lucía en la penumbra de entre dos bombillas distantes. Inmóvil, medio tendida en un canapé, su blanca figura se alumbra y se obscurece a la luna velada y desvelada alternativamente en los estratos de las nubes. Allá abajo no veo en esta banda más que al doctor Roque y su mujer, siempre aislados... ¿Duerme o piensa? Tiene suavemente tendidos los brazos, cerrados los ojos. Si piensa, su meditación es reposada como un sueño. Si duerme, su sueño es noble como una meditación.

¡Me impone su sueño reverencia! Traía la saña de odio bastante para haber podido despertarla con un beso..., y no siento de la fugitiva impulsión sino su bellaquería... Un afán de contemplarla me invade -una ansia de deplorar los errores de mujer en tan bella y delicada figura, al fulgor argénteo. Pero al reclinarme cauto en mi sillón, crujen los bejucos, y ella abre los ojos:

-¡Oh, deja usted el concierto!

Se han abierto sus ojos sin sorpresa, sin la menor contrariedad.

-Sí. Hace calor. Creí que estaba usted con Charo.

-No, no he bajado. ¿Quién canta?

-Sarita.

-Ah, Sarita... ¿y usted se sube?... Pobre niña.

No quiero ver la relación entre su piedad hacia Sarah y mi alejamiento. Alude Lucía por vez primera a la tristeza singular de la chiquilla. Moléstame la idea de que haya podido pensar que me divierto sandiamente en turbar a una criatura.

El canto, en las notas del piano, nos llega confuso por la banda. Lo rima el sordo estruendo del agua y de la hélice. En un fuerte, se oye:

«...si acabaré llorando
yo que siempre reí.»


Parece que sube del mar.

-¿Dormía usted? -pregunto acabando de apartar de Sarah nuestra atención.

-No, meditaba -respóndeme Lucía fijándose en la luna-. Dos problemas, los dos arduos... Uno, de cielo.

-¿Y el otro?

-De la tierra...; tonto, grave... también irresoluble. Mire, ¿ve las nubes?

Cruzan en grandes bandas paralelas, lenta, diagonalmente.

-Son blancas allá, -dice Lucía abarcando con un movimiento de la mano la mitad de la bóveda infinita-; fíjese: tan pronto como pasan de la luna, se obscurecen. Medio cielo blanco, otro medio obscuro. ¿Por qué?... Era mi problema.

Reflexiono... Y confieso que me sorprende. Yo tampoco me lo explico. Cada franja nueva que va entrando en la luz, se entenebrece, sin embargo, y marca con perfecta rectitud por todo el cielo, hasta que otra llega a aumentarla, la sombría zona.

Callamos -contemplando el espectáculo que muda por instantes. Son iguales los estratos vaporosos, anchos, como hechos de igual acumulación de fofas huatas, y de bordes deslenachados que dejan entre sí veladas cintas de azul.

Miramos, fijamente... sin decir nada. A ratos está la luna oculta por las masas densas, cuya sombra se nimba de plata vívida...; otros, queda en los espacios libres con clarísimas rompientes que casi lastiman los ojos... Velos níveos, más altos en el boquete siniestro de profundas claridades, la envuelven y la dejan, la van fugaces tapando, con sus labores de encaje sutilísimo, la boca, la chata nariz de espléndida burlona, la frente... Pequeñas briznas de otro celaje más alto, que se ennegrecen también cruzando por delante, la fingen crespones luctuosos, bigotes, luengas cabelleras de harpía...

Juega, juega al clown, con una inclinada caperuza..., a una diosa calva que se baña rodando su oval cabeza bruñida detrás de tétricos canchos; y el lago es azul encima, diáfano, purísimo... Y sale sin cuerpo, jocosa... se esconde, aparece, viajera silenciosa entre nubes que hubieran de decirse entristecidas con sus burlas al pasar.

Intriga a Lucía decididamente la súbita mutación de claro a obscuro.

-Oh... ¿por qué? -vuelve a excitarme.

Nótaseles la opacidad a las nubes, por singular contrasentido, desde que van entrando en la zona de máximo esplendor. Forman un tinte tostado, que alcanza a ser casi un fulgor cobrizo, en algún punto del halo luminoso, cuando está detrás el astro... Yo imagino, me esfuerzo... Las bandas blancas vienen uniformemente de frente a la luna y así la cruzan, así la pasan... negras en seguida. -Comprendo al fin.

-¡Oh, sí! -exclamo, mal disimulando el triunfo.- ¿Ve?... Penden las nubes oblicuas, casi verticales, sin duda... ¡las bambalinas de un teatro!... Un solo foco de luz colgado encima, en el centro, haríaselas ver al espectador, por las caras que muestran, la mitad de atrás en luz, la mitad de delante en sombra, si no son transparentes...; y suponiendo que marcharan todas a un mismo impulso del telar...

Ríe Lucía. No me deja acabar, comprendiendo.

-¡Ah, sí, sí!... ¡qué simpleza!... ¡qué simpleza!

No deja por eso de sentir el gozo de una pequeña verdad descubierta, ni de concederle a mi perspicacia su admiración.

En el silencio que sigue, gustando a toda alma la inocencia del propósito que nos ha entretenido un rato, yo, como el cielo, siento mi expandido ser dividirse en dos: uno alto, etéreo y claro, que parece envolver en amistad infinita a esta mujer tan audaz de voluntad y de pensamiento y tan niña de emociones; otra -que ella no ve ni siente, que está debajo de mí como hundiéndose en el mar-, hecha de miserias de hombre. Todavía, en esta torva parte de mi ser, para proclamar monstruosamente necias sus pasadas dudas, tiene que concretar mi conciencia con palabras: «No, nunca ha ocultado liviandades su gentil despreocupación, ni hacia ti, ni hacia ninguno. Su voz no te hiere con los dardos de reserva y de desprecio que la inspirarían un estúpido. Te habla como siempre, más amiga».

Ni siquiera el otro problema «de la tierra», que llegó a infundirse desconfianza, me la da ya. Cierto de que será digno de ella, sea el que fuere, digo con llaneza:

-Venga el otro problema. Uno, lo hemos resuelto.

-Lo ha resuelto usted.

-Por usted propuesto. Ver un problema, es más difícil que comprenderlo, frecuentemente. ¿Y el otro?

Vuelve a reír.

-El otro... ¡ah! Más simple, más difícil, como tantas simples cosas de aquí abajo... Un antojo de mero agrado de mis ojos, que es a bordo todo un secreto horrible y formidable... ¡Y especialmente para mi marido!... Perdóneme si lo guardo.

Cállase, en efecto, cambiando perezosamente de postura.

Yo callo también, en súbita seriedad que no sé si es de espanto o de delicia. ¿Será capaz esta mujer de llevar sus franquezas serenas y divinas hasta...?

Mírame ella, extrañada de mi silencio casi hosco. Comprende la involuntaria osadía o el equívoco de su frase, y desvanécelo pronta, no vacilando, con tal de lograrlo a gran amplitud, en hacerme partícipe de una de sus delicadísimas frivolidades de mujer.

Y hay un sólido valor de estética en la confesión, estimada según sabe Lucía.

-Mi marido -dice-, confía demasiado poco en mi prudencia; y siendo para mí un tormento la fealdad, como para los antiguos griegos, no me gusto sin rizados en el pelo. Cuando embarcamos, descubrió el alcohol de mis tenazas, y lo tiró al mar. Ha resultado, al fin, que lo tienen todas. Charo me salvó dándome un poco de sus reservas, pero se me concluye. Pensaba, pues, cuál de los camareros tiene más cara de ser capaz de traerme un poco, de Colombo, sin descubrirme y delatarme al capitán como presunta incendiaria...

-¡Bah! Déjeme el encargo: el mío. Juan... Yo mismo, ¡si no! -atrévome a decir maravillado.

-¡Oh!

-Acépteme de cómplice para esta incendiaria traición al buque... Pienso también comprarme cerillas, Lucía.

Va a protestar, y la enmudece una especie de blanca visión que se desprende no lejos de la borda. Hemos reconocido a Sarah, torva, rígida, cruzando, sin mirarnos, hacia la escalera, cerca de nosotros... Estaba oyéndonos tal vez. La distancia de su escondite de espía, tras la blanca boca de un ventilador, no es tan corta, al menos, que haya podido escuchar íntegra nuestra conversación en su insignificancia. Acaso ha entendido solamente mis sueltas palabras de... «cómplice»... «traición»... o las antes pronunciadas por Lucía de «marido»... «secreto formidable»...

La amiga nobilísima concédele también al incidente la misma atención recelosa. Luego lo desprecia; pero juzga preferible conmigo, sin embargo, otra jovial franqueza, antes que verse forzada a penetrar la significación de la escena con más personales e inútiles si no imprudentes comentarios.

-¡Pobre criatura! -dice-. ¡Es usted con ella cruel!

-¿Yo? ¿Cruel?

-Sufre.

-¿Por... qué?

-¡Oh, bah!... ¡por usted! -replica dulce a mi asombro-. Usted lo sabe... Está enamorada... ¡pobrecilla!

-¡Lucía!

Se ha vuelto a contemplarme, en una fraternal acusación de esquivez a sus franquezas. Mas, es tal la espontaneidad de mi estupor y de mi enojo, que acababa por vacilar.

-¡Cómo!... ¡De veras, Andrés, no lo había usted advertido!

-¡No! -contesto ganado por su acento-. O al menos no había podido explicármelo...

Detállola en seguida, con afán de entrega, lo que he imaginado con referencia al afecto y la tristeza de Sarah muchas veces: mis cortesías, su gratitud por verse tratada en mujercita... Veo entonces, contento, que Lucía ha ido interpretando igual desde el primer momento todo ello, y que no me agravia ni con sombras de creer que he tenido el propósito de ilusionar a una chicuela. Y vibran en sus frases tal solidaridad con mi hidalguía y tantas hondas piedades al hablarme de la pobre Sarah con la madre imbécil, a la cual habrá tenido que dejar por imposible don José, con todo su mundo y su talento, que empiezan a convertírseme en congoja los absurdos de tanta injuria como ha podido hacerme pensar de Lucía una horquilla despreciable...

-Tengo la evidencia -afirma-, de que el hombre más sabio y de mayor tenacidad fracasará en la educación de una hija si la madre es tonta, a menos de separarlas.

Llegan los concertistas, Charo, Pura, el relojero, Aurora, Enrique... No muestra Lucía inquietud de que nos encuentren solos, ni aun después del siniestro paso de Sarah -que no vienen con ellos.


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Capítulo XV
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Boga tranquilamente el Reus, como por un anchuroso lago, frente a las costas paradisíacas que desde el amanecer nos envuelven en perfumes. Son siempre un bajo y mullido bosque de vegetación asombrosa, cuyos festones de fronda rompen airosamente penachos de cocos y palmeras. «Un bosque de nardos, de gardenias, de magnolias, según se aroma el mar» -ha dicho Lucía. Y hemos comprendido el pleno Oriente, aquí.

Del lado del agua, jalonan la extensión, con espaciados enormes, un monitor... un vaporcillo... un transatlántico italiano que nos muestra su bandera verde, roja y blanca... otro pequeño buque que apenas se distingue... una fragata que pierde en el azul la mancha leve de sus velas... Por tierra, grandes aves de purpúrea pluma pasan entre las gaviotas, y una ondulación suave de los festones verdes, más distantes cada vez, juega con dilatada gracia a ir fundiendo sus intensos tonos con el diáfano amatista de una barrera de montes que apenas destácase del cielo.

Volvemos los gemelos a la proa, hacia Colombo.

Hunde su blancor en una curva inmensa de tranquilas aguas llena de embarcaciones. Lucía busca el pico de Adán. Alberto no duda, como afirma un libro de la vieja y menguada biblioteca de a bordo, que aquí estuvo el Paraíso.

-¡Si no estuvo, debió estarlo! -dice ella.

Hay efectivamente algo de pérfida inocencia que emborracha de vida y de perfumes en esta isla encantadora. Conforme nos acercamos, vamos viendo a la ciudad desbordarse de sí misma en villas sepultadas por la tropical frondosidad... Y un enojo se nos causa: paramos y echamos anclas a lo mejor del camino. Esperábamos que atracaría el Reus a los muelles, llenos de buques. Pero explica un oficial: no tendremos que tomar carbón, embarcado en Aden abundante: sólo víveres, frutas frescas, agua... El espectáculo nos place. Todo es nuevo. No se parece el puerto a los europeos. El olor a limos y mariscos, es fragancia de azucenas; los barcos empiezan a acudir, así que parte la vapora sanitaria. Son estrechas piraguas de obra muerta primorosamente construida sobre un labrado tronco, que lanzan esbeltas de una banda el flotador y curvan inclinadas su vela puntiaguda. Parecen heridas aves que arrastran un ala por el mar y alzan la otra a la brisa.

Trato de instalarme en una, aprovechando la confusión de mercaderes que ya invade la cubierta. He decidido visitar a Colombo sin la traba de Port-Said con las señoras. Nos colocamos treinta, de proa a popa, uno a uno en cada tabla de las que cruzan la estrecha nave como cristales de un tímpano... Parte la ringlada de viajeros.

La piragua vuela. Nos cruzan otras como flechas. Son simplemente conocidos, los que me acompañan. Mis rodillas, contra toda voluntad, van dando en la cintura de la gruesa señora de un teniente; es una mujer que sería guapísima si no fuese un monstruo de gordura. Lucía la llama Boule de suif, en honor de física semejanza con la célebre de Maupassant. Y debo confesar que otra de las principales razones de mi afán de venir solo, estriba en comprarle a Lucía el alcohol.

Bajo un desembarcadero cubierto, donde parece fuerza que concurran las piraguas, un policeman vigila para que no cobren los barqueros demás ni un penique. Es talludo y grave, este inglés, con su casco blanco. Cuando yo he puesto las monedas necesarias en la mano del barquero, él limita, con el extremo de su pequeño látigo..., y el negro recélase a la proximidad del látigo como una bestia.

Dejo a mis combarcanos partir. Contemplo la explanada. Un ancho quai de palacetes rientes, separados por jardines. La Custom-House aduana, a juzgar por los fardos y bocoyes, bello edificio monumental, da buena idea de Colombo. Rehúso un charolado car, que me ofrece un negro sirviéndole a un tiempo de cochero y de caballo, y sigo la afluencia de gente, de ingleses, de blancos ingleses con casco y cogotera, hacia una ancha calle perpendicular al puerto,

No es la calle de Port-Said, cuajada de sastrerías, sino una avenida hermosa, con filas de árboles, donde la luz reverbera en la británica limpieza de las fachadas. Las casas, poco altas, lucen en sus arquitecturas modernas graciosas concesiones a los estilos de Oriente.

Éntraseme, como en la carne, una sensación del imperio de comodidades. Entre las cornisas de áticos templetes y las torretas chinas, corren verandahs cubiertos con tapices persas; y los egipcios ventanales y los ajimeces moros, se cubren lo mismo de europeas persianas que de toldos y voladas cortinas japonesas, turcas... Son tantas, que hace la ancha vía el efecto de estar engalanada con gallardetes y banderas esperando a un rey...

Chocan el orden y el silencio. Dijérase que la amplitud de las aceras respétase para los ingleses. Los orientales, con sus vestimentas teatrales, marchan bajo los árboles, al borde de la calzada en que corren libremente los cars y las gentes que llevan carga.

Juzgando por los pasantes, no sabría decir en cuál país estoy: árabes todavía, de peladas testas y enfajadas túnicas; turcos de vistosos zaragüelles y encarnados gorros; nubios gigantescos; hércules abisimos con turbante; fofos, hinchados chinos... Pero la raza..., la raza ¡oh! ¡sin duda es ésta de los negros casi en cueros! Negros que no son negros, sino sencillamente morenos de un moreno de cocido barro y de una belleza de cuerpo y de rostro escultural.

Me sorprende, sobre todo, en las mujeres. Poco aficionado a geografías ni crónicas de viaje, no es talmente crasa mi ignorancia, sin embargo, que no pueda memorarme de que me hallo en la tierra de las bayaderas, en este Ceilán indostánico donde es fama que alcanza la línea humana su máxima perfección. Quisiera recordar, además, dónde he visto delicadísimas muchachas como éstas, alguna vez, con sus telas leves y colgantes que les dejan descubiertos los senos y las piernas... ¡Sí! ¡en todos los escaparates de Madrid! ¡en estatuillas!. Yo he tenido una en mi despacho. Mas, ¡qué diferencia cuando las estatuillas andan y enseñan los blancos dientes al reír!

Veo algo que me irrita; que me hace, no obstante, comprender por qué los ingleses dominan, reciamente dueños lo primero de sí mismos: una de las estatuillas, que trae a la cabeza una arandela de plátanos, ha rozado leve con una hoja colgante el hombro de un policeman... que le ha dado un latigazo; la infeliz ha huido al centro de la calle con terror de esclava, y le ha dado un nuevo fustazo otro inglés que a poco la atropella con su Lady en un car.

Daría por una de estas muchachas... ¡Londres!

Tienen una admirable singularidad: todas parecen jóvenes y todas se parecen, igualmente finas y bonitas -como las alondras de un bando. Ellas serían las diosas si fuésemos los amos de Ceilán los latinos -los españoles, los portugueses, los franceses, los italianos... ¡oh carinas!

Pasan, pasan... con el nudo alto de su pelo y sus túnicas ligeras que les dejan libres los senos, las piernas.

En un bar, los stores de junco medio levantados déjanme vislumbrará los ingleses que se emborrachan con cerveza guardando al fresco un silencio panteónico. Miran simplemente hacia la calle, meditando sus negocios, a los efluvios del alcohol...

Y no, aquí no hay sastrerías. Por las puertas, por las cornisas, por los entrepaños de las ventanas, abundan las muestras de cristal y los dorados letreros que pregonan el industrialismo de Colombo; pero son, las que voy viendo, ricas vitrinas de joyistas, lujosas sederías y suntuosos bazares donde los turcos queman en pebeteros de bronce resinas perfumadas. Detrás de los grandes vidrios con el rótulo en inglés, se tienden pieles de tigre y de pantera, jarrones, kakímonos con ibis, maques con deliciosas figurillas de marfil, elefantes de macizo ébano, sombrillas...

La calle, el aire... todo huele a sándalo, a gardenia.

Un gótico templo protestante se alza a la mitad de la vía. Los cars, ocupados por sires, por parejas de ladyes, siguen cruzando al trote de los negros. Son sin duda los burros de punto, que dijo en Egipto don Lacio.

He llegado a una gran plaza que se abre hacia mi izquierda. Su paseo central, adornado con gazón, a la inglesa, naturalmente, sombréase de cactus colosales, de palmas y de tamarindos. El olor a gardenia sigue, embriagador. Bajo la espaldera de un helecho, donde hay un banco cerca de un cuartel de flores, descansa en el suelo, sin embargo, una familia cingalesa compuesta de un matrimonio y un niño. Me siento en el banco, a fumar y a ver las flores y el niño. Tiene tres años y está en cueros. Al acercarme se ha enfoscado, dejando de jugar para acogerse a su madre.

Es bello, gordito, con una delicada belleza de hoyuelos; su rizada cabellera se enmaraña en cortos bucles alrededor de su noble frente, de su cara dulce. Pienso que habríalo modelado un escultor copiando en clara plombagina el más lindo angelillo. Forma con la madre gentil grupo.

Me mira. Sonríole y se esconde más, sin quitarme ojo. Pero tengo afán de darle un beso, y me acerco. Llora y se oculta, aterrado. Le doy el beso, que recibe últimamente serio y suspenso, a un grito imperativo del padre, mientras pugna la morena mujer por alzármelo en sus brazos...

Dejándole una moneda, me alejo, para ahorrarle susto... ¡pobrecillo! Como a nosotros nos espantaban de chicos: «¡que viene el negro!», a ellos les dirán: «¡que viene el blanco!»... Mas no sé por qué me ha parecido leer en la sonrisa de la hechicera muchacha que no se amedrenta de un blanco como su hijo.

Plaza atrás, tomando luego por otra calle que cruza a la que he traído, camino lento, pensando que estos negros, que estas negras, tienen facciones de griega corrección. Si aquí nació Eva, y fue, india, no hemos tenido los caucásicos mala suerte en perdurar siendo también sus nietos predilectos. Quédome con este consuelo bíblico de parentesco ceilanés, ya que no me consienten mejores disquisiciones mis etnologías... Al tenderme el muchacho, irguiendo rectamente la joven madre el busto, he visto por su escote, como una hechicería de perla plomo, su cintura fina y sus pechos estatuales. Una tristísima saudade de las cingalesas me quedará toda la vida. Los rectos ingleses inspíranme ahora un sombrío rencor con la rigidez de sus costumbres, que no consienten siquiera la orquesta de Port-Said. Vale más olvidar, no mirar...

Trato de comprarle a Lucía el alcohol. Empiezo a revisar comercios.

Ninguno tiene traza de droguería... Salvo calles al azar, sin cuidado de extraviarme: un puerto se encuentra siempre; además, me gusta andar a la ventura en una desconocida ciudad. Un comercio de jabonería y perfumes, me invita. Entro. Dos pebeteros arden junto al mostrador.

-¡Alcohol! -digo suponiendo que la palabra es de todos los idiomas.

El turco respóndeme en inglés.

-¡Alcohol! -repito yo, involuntariamente más alto-. Un frasco... un flacon d'alcohol.

No comprende. No dice nada. Parece en realidad un sordo. Hago todas las posibles variaciones de chapuz políglota con mi francés, con mi alemán, cada vez más fuerte... de l'alcohol... esprit du vin, sabe?..., spiessglas... haben Sie?... ¡fú, fú, que flambe!

Inútil. Tengo que salir.

Encuentro en otra calle otra tienda parecida donde despacha un griego. Debe de saber francés, como aquellos sastres; pero no habla más que inglés y repítese la escena. Ganoso de complacerme, saca peines, cepillos, frascos de esencia... según yo indico la cabeza o la pomería, haciendo juegos con las manos...

Nuevamente en las calles, cerciórome con horror da que todos los letreros son ingleses, de que todas las bocas silban o emiten acentos extraños. Mi poco de francés, que yo creía universalmente salvador; mi menos de alemán, no sirven para nada. Me acude a la memoria Pascual, rodando seguramente por Colombo con su inútil cuestionario... Creerá que le hablan gabacho y que me he burlado de él. ¡No, no, bien sabe Dios que mido por mí mismo su triste condición de aislado entre la gente!

Menos mal; tropiezo al paso el edificio del correo, reconocido por sus buzones -en un chaflán. Deposito las cartas, que no había querido dejar en el del buque.

De todos modos, mi oferta a Lucía constituye un empeño de honor que habrá de realizarse. Dejo atrás calles y calles. En una explanada que da al campo, encinturada a lo lejos por el perenne boscaje de arbustos, deténgome a ver maniobrar un regimiento de Infantería. La mitad ingleses, la mitad indígenas, con iguales uniformes y cascos blancos. Algunas humildes casas de palo, acogidas en los senos de la fronda, indícanme que empiezan quizás aquí dispersas las indias barriadas.

Vuelvo atrás. Colombo es grande. Si las calles no aparecen siempre suntuosas, tienen esta recta y limpia espaciosidad de avenidas de jardín. Son frecuentes los edificios aislados por verjas, entre flores. -Bendigo luego la fortuna de leer en un tendido transparente: «Pharmacy»... Ya dentro, deploro mi olvido del latín; este farmacéutico inglés lo sabrá, puesto que rezan las verdes etiquetas: «Acquae fontis»... «Oleum serpentorum terrarum»...

-¡Alcohol!... un demi-litre d'alcohol!

¡Pas plus, mon Dieu! -reniego en lengua de Zola. Un infiernillo me salva...: lánzome a su lamparita y señalo: ... «de ça... voilá... alcohol... fú, fú!»

-¿No basta? «¡Alcohol! ¡Alcuail!» -varío la frase por si se pronuncia como el jai lai de mi dominio.

-¡Eh, yes... veriguell... Antimoni!... ¡spirits of wain! -le escucho.

-Yes, yes... spirits of wain! -me apresuro ansioso a recoger.

-¡Yes, yes... alcohol!... yes...

El hombre va al estante, coge un frasco... Y me pasma leer en él, sin que le falte una letra: «ALCOHOL»... ¿Por qué, pues, no me entendían? ¡oh!... Con otro frasco bien taponado y envuelto en coquetón papel flordelisado tórtola, vuelvo triunfal a la calle. Miro el reloj; las nueve. Temprano para almorzar. Hemos madrugado a bordo con el alba.

Sigo Colombo adelante. Tomo la probable dirección de la playa, que vi por una esquina poco ha. Mas no he caminado cien pasos, cuando oigo a grandes voces roncas, cual podría gritársele a un buey desmandado:

-¡Eh! ¡mi capitán! ¡mi capitán!

Trátase del fornido teniente de la reserva que en la noche de la tempestad le hizo guardia de navaja al salva-vidas. Con la contera de un garrote, toca el hombro del negro. Va en un car. 1o para, ya pasado.

-¡Hola mi capitán, a la orden! Digo que si no ha almorzado usted, pregunte por el... Hotel Europa. ¡Tenga la tarjeta!... A mí no me la vuelven a dar de misas, ¿sabe?... Le pregunté al sobrecargo. Intérprete y todo. ¡Da gusto! Aquí me tiene usted como un inglés, de vuelta al buque. ¿Se viene?

-Gracias. Es temprano. No zarparemos hasta la tarde.

-Sí, a las cinco. Pero en fin... vi antes pasar como hacia el puerto unas vaquitas, que milagro no sean para nosotros, muy cucas, con joroba... ¡yo me voy! ¿Quiere que le lleve eso?

-¡Hombre! ¡al pelo!... ¡sí!.. procure que no se rompa. Es cristal.

-Venga.

Le entrego mi frasco, y toca al negro con la contera del garrote, arreando tras un chasquido de lengua;

-¡Arsa!...

Mi buen teniente se bambolea, en efecto, alegre como un inglés. Continúo. Tiro la tarjeta. Nada de Hotel Europa, que estará probablemente invadido por gentes del barco; riada de intérpretes en la bella desconocida Colombo. Querría encontrar ya, sin el estorbo del alcohol, a mis amigos, a Lucía... en cualquier restorán confortable... pero ¿en cuál?

Poco después, doy en la playa. Muchas caseta-sillas, y pocos bañándose. Advierto que se halla recogida la elegante concurrencia en el amplio verandah de un TEA-HOUSE, según dice bajo el chinesco tejado. Entro y pido vermouht, ya que tiene en la mano la botella el camarero. El sitio es grato. Estoy, no obstante, harto del mar -y preferiría otro para el almuerzo. Viejas inglesas beben groods, fumando cigarrillos; otros grupos de jóvenes, charlan. Son feas en general. Largas, distinguidas... con una sosería de efebos en los rostros. Pago, salgo, y tomo a la puerta un car diciéndole al indio con el brazo en dirección a la ciudad... «¡por ahí!»

El hombre-caballo ha comprendido y me interna al centro. Suda su espalda. De rato en rato cambia el trote por el paso -cuando cruza ante un cuartel, ante una pagoda india, ante un paseo... y en uno de éstos, yo, que desespero al fin de hallar al grupo de mi gente, que busco nada más algo con traza de aceptable fonda, hágole parar ante una verja que muestra detrás de la arboleda un palacete y encima este letrero repetido en dos faroles y en el arco:


ALEXANDRA HOTEL


No me ha engañado, en cuanto a confort, su risueña perspectiva. El piso bajo, dividido en tres salones, tiene un comedor grande y fresco. Temprano aún; nadie está en las mesas. Forman tertulias y leen periódicos los huéspedes, en las otras dos salas del fondo. Almuerzo. Mi hábito del barco tiéneme con hambre. Los pankás no cesan de abanicar, sobre mi cabeza. Como frutas, especialmente bananas, piña, chirimoya... Paso luego a tornar el café en la tertulia.

Acomodado en el hueco de una ventana, miro a dos señoritas y un caballero que juegan al billar. Tantas veces como ellas tienen que estirarse un poco sobre la pequeña mesa, enseñan las pantorrillas con una casta despreocupación que me recuerda a Lucía. Serán estas inglesas elegantes... pero ¡oh! no son guapas... como Lucía, que lo reúne todo, como Pura, como Aurora, como Sarah... ¡como estas cingalesas ideales! Una acaba de cruzar el jardín.

De éste, llegan rubias damas, señores solos, o parejas, paseando. Todo un parque, todo un bosque. Oigo pequeños disparos y creo entrever por el ramaje un tiro al blanco. Como hay también veladorcillos fuera, indícole al negro camarero, cuando llega con la taza, que me sirva en los jardines.

Quedo instalado en una especie de enorme glorieta cenador abovedada de follaje, a cuya sombra una familia inglesa distráese tirando con carabina de salón contra cascarones de huevo que danzan en surtidores de agua. Un cerco de sillas y veladorcitos los rodea, al borde de los troncos. Entre algunos de éstos se ven hamacas, y desde una contempla el tiro una miss.

Pocos estacionan en las sillas. Van desfilando al edificio, bien porque se les acerca la hora del almuerzo, ya por que la brisa ha cesado y el calor es bochornoso aun en la tupida sombra. Rato después no queda nadie, aburridos también los tiradores de no hacer blanco jamás. La jovencilla de la hamaca bájase, ríe, corre y cae con la punta de la sombrilla los cascarones, burlándose de sus hermanas, yéndose tras ellas.

Han dejado una revista ilustrada en un velador. Me levanto, la cojo yo, voy a una hamaca, miro los grabados... fumo... creo que me duermo...


Me despierta un vuelo de catalas. El silencio es imponente, una vez que cesa el ruido de alas en los árboles. El calor, tremendo en la siesta. Huele a pantano, a flores, a selva, en veneno delicioso. Una bandada de mariposas voltigea sobre mí.

Parece que duerme el parque, el hotel, el mundo. Y además estoy desorientado. Creyendo ir hacia la casa, encuéntrome, al cruzar por la espesura, frente a un lago que tiene en la opuesta orilla un pabellón arabesco. A sus bordes bajan del ramaje velos de verdor por todas partes, velos como de sauces, de enredaderas, en picadas hojas, cruzados de bejucos. Está llena el agua de juncos, de espadañas, de... lotos... ¡lotos!

¡Oh el auténtico indio loto azul!

Él hace a los extranjeros olvidarse de su patria.

Su fama detiéneme a mirarlos. Realmente, son, robando su matiz al cielo, los nenúfares de España; pero en su decoración grandiosa de selva tropical. Álzanse con místico embeleso, del lago quieto, sobre el pavés de sus hojas, entre las que las pompas del fondo rompen sonoras el silencio.

El loto duerme, el lago duerme; duermen las alagartadas sanseviras en sus bordes; duérmense por las grutas de ramaje los laureles, los rosales, las latanias, las plicatas, a la sombra de los plátanos; duermen las parásitas orquídeas en los altos troncos de los ébanos, en las flecosas lianas... Lléganme a mí no obstante algunas flechas de sol, y quiero ir a contemplar los lotos desde un banco rústico de enfrente, donde es más densa la umbría.

Al ir dando la vuelta, una india se aparece... ¿otra? ¿la de antes?.. ¿por qué son todas lo mismo?... Viene descalza, sin ruido, con un ánfora de carmíneo barro. Ha surgido entre la fronda, y viéndome, se detiene, tuerce su ruta, se acerca... me habla, sonríe... ¡no la entiendo! -Tal vez me dice que no se puede pasar... Tal vez son estos cuartos del pabellón los de los huéspedes... Los ha señalado, como preguntando si vengo a alguno.

Se aleja. Es como las demás, divina. Yo no he hecho más que admirar su menuda boca, sus dientes blancos, sus hombros desnudos, ideales... Lleva en el pelo un loto. Aturdido, pienso que acaba cruelmente el loto de herir de sortilegio al extranjero para que olvide su patria, el buque, el mar... todo menos este rincón letal de paraíso cruzado en su sombra y su silencio por el amor sin esperanza. Siéntome en el banco. Miro con odio los azules lotos.

Pero... ¡vuelve!... La estatuilla reaparece en los colgantes velos de la fronda. Su ánfora mojada, que brilla en los claros del sol, gotea en la túnica heliotropo que hincha su cadera cayendo en pico que le arrastra por la arena junto a un pie... La otra pierna descúbresele hasta la rodilla. Se acerca, pasa... parece que quiere aún hablarme... Advierte mi muda adoración, y sigue con los ojos bajos.

La llamo y le pido agua.

«¡Oah!»... Comprende mi gesto, y corre por una copa de cristal. En el breve instante que abrió una puerta, he visto que son cuartos de baño los del pabellón. Echa el agua en la copa, mas yo la deseo en el ánfora, sostenida por sus manos... Y humilde, pasiva, amable, lanzando grifillos un poco medrosos de pájaro, accede... Mientras bebo, veo la luz extraña, acérea, de sus ojos, su sonrisa -atenta, a no mojarme...

Saco un dollar..., y ella lo rehúsa, sorprendida..., con aire dulce de inocencia que no quiere comprender.

En efecto, me ha cruzado como un fuego la intención, y ella lo ha visto, de darla un beso, ocurra lo que ocurra en mi exabrupto..., ¡por no tener toda la vida el dolor de haber pasado sin un beso por la tierra de las mujeres más bellas de la tierra! Pero su actitud me contiene y guardo avergonzado la moneda...

Entonces, la divina criatura me perdona, interrogándome respetuosa, con su mímica vivaz y expresiva, que siempre acompaña de leves gritos, si vengo a bañarme... Digo que sí. Trato de preguntarla dónde está el bañero... si lo es ella... Engendran nuestros gestos algún equívoco, al señalarla yo, al señalarme y señalar el pabellón... Y debo de tener en la faz tal grave, nerviosa expresión contrariada, que veo a la seductora muchacha ante mí con un miedo esclavo de entrega de voluntad que me recuerda los latigazos de la calle a aquella otra...

Invadido de compasión, me levanto, brusco..., y ella se estremece... Espera quizás el latigazo... Ha cruzado las manos, y aterrada, «antes que le pegue», me brinda el beso... Yo...

¡Se lo doy! Ah, sí, sí,... ¡Se lo doy!... ¡Es un largo beso de amor y de piedad! ¡Lo siente la infeliz en la ternura de mis labios y mis ojos! Los suyos van cambiando el espanto en gratitud... Y como la dejo de pronto, alejándome en sentido opuesto al pabellón, ella lanza otro pequeño grito de hechizo que me para y que me vuelve.

La veo ahora sonreír con alma..., la veo explorar la soledad mirando alrededor las frondas sobre el lago...

Dícenme sus ojos de maga de la selva, que quiere amar al primer hombre que no toma a latigazos sus caricias.

Sonríe.

Me guía al baño...


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Capítulo XVI
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Del frío al fuego Felipe Trigo


¡Colombo!... ni una bruma ya siquiera en que fingirte. ¡Otra vez el buque, con su limpia azotea de la cubierta y sus blancas redecillas, con su ruido de palacio en marcha huecamente rimada por la máquina, por la hélice, allá como en los sótanos; otra vez el mar desierto.

Yo llevo un loto azul en el bolsillo.

Vamos a cinco grados del Ecuador, por este golfo de Bengala; abrasa el sol. Y sin embargo, hoy, durante el almuerzo, nos ha dado el capitán una noticia estupenda: dentro de muy poco será la Nochebuena!!!... Oh, Noche-buena... con tal furioso y torrefante julio, con estos trajes blancos, con este dormir sin paz de los abanicos de palma la noche entera bajo el cielo!... Y ha sido preciso rendirse a la absurda razón del almanaque: 19 DE DICIEMBRE.

Alguien ha propuesto que la festejemos, y una comisión ha surgido... La comisión, de la cual se me ha conferido la presidencia, nos hemos quedado, completamente a la española, sin saber qué hacer, sin que se nos ocurra qué elementos diversivos podamos aportarle al pasaje, de las olas y los aires...; pero pronto el relojero ha hablado de concierto, de baile el tenientito, y de representación teatral un señor aficionado que trae en su maleta todo un repertorio, y con ello, más el festín organizado por la cocina del barco, hemos caído en la evidencia de que se basta y sobra el Reus, de que lleva un mundo en sus entrañas.

En tres horas puede decirse que hemos planteado y empezado a realizar todo el programa. Habrá de pintarlo, para mayor fausto, el relojero en un cartón, orlándolo de alegorías. Sarah, Lucía, Charo y la joven filipina cantarán, Pura hará con su ex novio el tenientito Los monigotes; y Chateau-Margaux, otra de las obritas que trae el aficionado, correrá a cargo de éste, como gallego, de Sarita, que lo ha hecho en la Habana, y del húsar y del comandante. La única dificultad ha estado en la característica... Y se la hemos endosado al fin a la filipina. Se están sacando los papeles. Empezarán los ensayos por la noche.

A espera, cumplidas por esta tarde mis tareas de presidente, paseo barco arriba y barco abajo, meditando aún algo original para el programa. La pescadera no ha querido tomar parte. Es una de esas mujeres burras absolutamente para todo, inhábiles..., y ella misma lo comprende y está tristona ahora cerca de Enrique y Pascual. He hablado con éste, anoche. Efectivamente, mi cuestionario francés le fue inútil..., y no porque lo entendiesen o dejaran de entenderlo, sino porque Enrique... «este buen amigo que tanto los distingue -palabras del salamanquino-... pero que... ¡vaya, no se hace cargo de las cosas! se empeñó en acompañarlos.»

El buen hombre añadió:

-¡Le digo a usted, señor Serván, que si como es don Enrique no es don Enrique... ¡le doy una trompada!

El buen hombre añadió todavía:

-Y luego... ¡qué quiere usted, señor Serván..., no me explico a mi señora!... Verdad es que ella es... ¡vamos! fría..., pero podía hacerse cargo de que uno... desde España... ¿Por qué tanto palique en vez de callar y que don Enrique se aburriese y nos dejase?... Le digo a usted que si como es mi señora no es mi señora... ¡le doy una trompada!

Enrique me lo ha dicho también, burlándose. Fue propósito de fastidiar a Pascual; fue, más que insinuación, casi un ruego directo de Aurora... que está si cade o non cade...: cuestión de acabar de decirla al camarote 15. -Por cuanto a la del capitán, está convencido el húsar, cansado pronto de espiar, igual que yo: ni es Aurora ni es Lucía; probablemente la francesa..., no habiendo significado todo aquello de su encierro más que un ardid para reservársela mejor de todos durante el viaje entero... ¡ah cuántas de éstas puede hacer a bordo un capitán, con su autoridad de rey!...

Da pena la cara de Pascual. Vuelto al buque a las doce, «rabia y venganza de ver a su señora tan distraída con Enrique», se dedicó a sus cambios, a sus compras. Pero hoy, sobre este extremo, háseme mostrado victorioso: a unos vendedores de piedras finas que habían cobrado a bordo el día anterior cada ojo de gato en seis pesetas, le tomó él por tres, a última hora, docena y pico.

Me siento.

La joven india lee alto, y lee bien, una de las piececitas que van a ser representadas. Sarah, que la conoce, distráese con un novelón de folletones. La trae a mal traer su madre con las lecturas. No la dejó aquel Del amor, del dolor, del vicio y le arrebató también hace pocos días de las manos El jardín de los suplicios... Claro es que hizo bien, dada la edad de la muchacha. Fundábase en haber leído en los periódicos que la novela es inmoral.

Pero yo observo que Sarita lee los folletones por el revés, toda atenta; es decir, por la parte correspondiente a las planas de anuncios. ¡Bizarro gusto! ¿qué la intriga?...

Un poco más tarde, que ella va a no sé dónde, soltando, sobre la silla el cuaderno, yo lo tomo y miro esos anuncios.

¡Ah, la prensa moralista!

Un horror.

Un horror que me explica por qué la mayor parte de los grandes y pulcros periódicos «de familia» que no admitirían folletines de Mirbeau, son devorados ávidamente por las señoritas en sus cuatro planas.

Dicen los folletones, acá y allá, por el revés, castamente:

MATRIMONIOS. Todas se casan. Gran reserva. Se contestan todas las cartas. Hay viuda con seis mil duros. Una joven rubia, agraciadísima, aceptará un señor con algún capital, sin reparar edad ni achaques. -R. Pérez. Nueva 17. De 12 a 2.

SEÑORA JOVEN, de excelente presencia, entrará casa señor solo o sacerdote. Lista de correos, cédula número 13.741.

EXTRANJERO, busca señora guapa, morena, andaluza preferible, para compañía viaje verano. Ofertas con fotografía: J. H. -Hotel de Rusia.

¿FLUJOS, sífilis, enfermedades venéreas?... Cura en tres días. Cápsulas Armengol. En todas las farmacias.

FROU-FROU gomas higiénicas. -Fotografías alegres. Se remiten catálogos enviando sellos. Gato, 3 duplicado. Despacho permanente.

Estrella, alma mía, supongo no pudiste anoche, ¡cuánto sufrí! Sabes te adoro contra obstáculos. Coche sitio aquél, malo. Mejor detrás iglesia, frente entrada sacristía. Ya sabes. Hasta mañana, corazón, no vivo sin tus ojos. H... pasó dos veces. Prudencia, prudencia, rica. ¿Quieres llevar pantalón celeste? -Zaratustra.


Separador1.jpg


Preside todo esto la efigie de un señor sentado en un retrete y con cara de pascuas que demuestra cómo las Píldoras Pun le están causando su grato efecto laxante... -y gracias a que otro periódico desde la barba a las rodillas le oculta desnudeces que sólo se ven un poco por los lados...


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Capítulo XVII
Pág. 18 de 27
Del frío al fuego Felipe Trigo


Cuando hoy bajamos del baldeo don Lacio y yo, veo una silueta femenina que nos huye, escondiéndose en el fumador... ¡Oh!... Don Lacio no la ha visto; yo nada le digo... Pasamos... Nos separamos, cada uno a nuestro camarote. El interior del buque yace en noche todavía, con luces por los pasillos.

¿Quién es? ¿Por qué se esquiva?... No puedo saberlo. La blanca visión ha sido rápida, al fondo de la escalera. Parecía subir, su intento. -Deténgome en mi puerta..., y entro al fin; la intención que me ha cruzado de ir a descubrirla, aparéceseme villana... No importándome, no iría, en efecto, si en vez de una mujer fuese un hombre dispuesto a castigar la indiscreción a puñetazos. Además, estoy calado de agua como un perro acabado de bañar.

Múdome de ropa. Me acuesto. La roja cortina, en la ventana, basta para ocultarme el fulgor del alba. En la sombra ronca Pascual. Me impide el sueño, y envidio a Enrique, que duerme.

¿Quién... ella?... ¿nuestra misteriosa?.. Podría jurar que llegaba del comedor, y no de este pasillo del camarote 15...; iba como a la cubierta.

Cierto que en la cubierta está la cámara del capitán...: ¡pero fuese audacia inverosímil buscarle al rayar el día!

Cuento. Una, dos, tres... Trato de dormirme.

No puedo admitir que sea Lucía... ¡jamás! Por esta negación pondría la vida.

Aparte de que Alberto, como siempre, ha bajado a acostarse desde que dejó al baldeo don Lacio el tresillo.

Ciento uno, ciento dos, ciento tres...

No logro dormirme, aunque llego a los dos mil... He dormido anoche desde las diez, arriba, profundamente, según se duerme a bordo a cualquier hora. El mar mece y arrulla. Pasa el agua en un sordo correr de molino. Chirrían siempre los mismos hierros. Dicen perpetuamente igual los ruidos de la máquina, de la hélice, allá en el sótano, tendidos a todo el Reus: -Lo-renzo... Lo-ren-zo... Lo-ren-zo...

Sí, preciso; esto, y no otra cosa: Lo-ren-zo... Lo-ren-zo...

La frase, justa, gangosa, rítmica, dijérase que cae de lo alto, cual si fuera repitiéndola la misma voz lejana en un mástil.

Lo-ren-zo... Lo-ren-zo...

¿Por qué no ha de ser Fe-li-pe... Fe-li-pe?... ¿o Ma-rí-a... Ma-rí-a...? No, señor: Lorenzo.

¿Eh?... me fijo... Lo-ren-zo... ¡está dicho!

Cuento las veces que lo oigo.

Pienso en los millones de veces que lo habré oído al silencio de las noches desde que salí de Barcelona.

En la llegada a los puertos, a media marcha el buque, lo expresa más despacio... pero lo expresa con toda decisión: Lo-ren-zo... Lo-ren-zo...

Salto de la litera y vuelvo a vestirme un leve traje; estas estúpidas obsesiones me irritan. No tengo sueño.

Subiendo, a pesar mío miro a las tinieblas del fumador. ¡Bah! La fugitiva estará ya a salvo. No hay nadie. Cae por la lumbrera, sobre las mesas llenas de ceniza de cigarro, una claridad azulina.

No hay nadie tampoco en la cubierta, mojada, donde los marineros han dejado en orden las sillas y canapés. Los veo ahora limpiando por la proa los bronces de las escalillas, de los pasamanos. -Tiene esto algo de sorprendente y ancho como un café por la mañana. Un fulgor suave de crepúsculo, donde brilla todavía un gran lucero blanco, llena desde el oriente limpio y terso el barco, el mar... el mar tendido como otro cielo.

Es una extraña transparencia sobre el mar esta del alba. Parece que va el barco hendiendo luces de perla, aire de perla, agua de perla. Parece que nos vamos deslizando por una bruma de suavidad, donde nada es límite, donde todo es fondo y extensión de una gloria de inocencia...

Parece que vamos infinitamente perdidos por un alma...

Un alma debe ser algo así tan dulce, tan grande, tan simple, tan lleno de calma y de paz como este mar y como este cielo.

Y el cielo y el mar y el buque, parecen míos, a esta hora. Nadie. Es la hora del misterioso nacer de la alegría.

Alba con trinos. Las pobres aves rojas de Colombo vuelan por las jarcias. No han muerto aún desfallecidas. Nos siguen. Tienden contra el palidísimo azul sus alas escarlata... Trazan círculos, medrosas de quedarse atrás en el líquido desierto. ¡Pobres aves rojas! ¡ellas morirán, mañana, otro día, antes de llegar a nueva tierra! ¡Ellas serán los tristes juguetes de los niños a cuenta de migajas, puestas por el hambre entre la esclavitud o la muerte -en este bosque flotante que no advirtieron que las arrastraba al Océano!

Paso, lentamente, mirando el ondular de estanque de las turbadas aguas. La estela se abre atrás como un abanico inmenso; le riza plumas el batir rumoroso de la hélice. El humo de las chimeneas, tendido recto como un dosel, como un suave toldo encima de la estela, tiene también el color de tórtola -de alma- de la aurora.

Hay a mitad de la cubierta un saliente de la borda, en balconcillo circular, que domina más el horizonte. Se halla casi oculto entre las poleas y los blancos amarres de una verga del trinquete... Pero al acercarme... veo que alguien lo ocupa... ¡oh! una mujer... blanca, entre los cordajes blancos... negro su pelo, de un negro audaz inconfundible... es... ¡chiquilla!... ¡es Sarah!... ¡Oh! la pobre niña me dio la ilusión de aquella ignota pecadora...

Mi impulso es desviarme, pasar y partir de la cubierta. No he hecho sin embargo más que detenerme. Estoy demasiado cerca para que no me haya estado viendo, para que deje de darle a la muchacha una confusión más con mi fuga.

¿Qué hace aquí? ¿De dónde viene?... ¿Es que al divisarme en la cubierta ha querido volver a esconderse como abajo antes?... Quieta, la sien en la mano y en la borda el codo, mira al mar, sin esquivar de mi lado la faz pálida -como para no decir demasiado su voluntad de ocultarse-, en la actitud dolorosa de este encuentro que no deseaba ella, sin duda. Revélame, no obstante, su indolencia triste, que estaban en su pensamiento mi imagen y mi recuerdo... Simple cambio, pues, de ilusión por realidad, que la ha sorprendido poco.

Sigo acercándome, esperando en su mirada un saludo. Está peinada, con su peinado de jovencilla que ella disimula anudándose en la nuca el pelo con un broche, y tiene sobre los negrísimos bucles flojos de la frente una roja anémona, y otra sobre el blanco crespón de la blusa. Entre las dos bermejas y anchas notas de sangre, su cara luce bellísima lividez morena de enferma, acentuada por la sombra lirio de los párpados, de los ojos que arden en seca fiebre de pasiones... Me aterra la chiquilla. Me aterra su mirada baja, fija en el mar, y su enorme palidez en que le tiemblan los labios. No puede por menos de estar viéndome, ya a seis pasos, y espera, espera..., espera crispadamente quieta, pronta a la amargura de quedarse convencida de que soy, capaz de pasar disimulando haberla visto... Esta ostentación singular de mudo reto hay en su quietud.

Yo, llego. Temo no encontrar la frase frívola que nos conviene a los dos.

-Ah, Sarah... ¡buenos días! -digo por último.

Y me detengo, sin pasar al balconcillo.

-Oh, Andrés... ¡buenos días! -exclama sin sorpresa, sin mirarme, con violenta indiferencia.

Dejando caer el brazo al antepecho y pasándose con fuerza los dedos de la otra mano por la frente, por las sienes, cual si apartase entre los negrísimos rizos árido ensueño, quiere decir algo, y no lo dice.

Queda seria. Me ha mirado. Mira al mar. Yo he doblado los codos en la borda, y miro también al mar.

Luego, saco un cigarro y lo enciendo. Inspírame agria curiosidad la espontaneidad del sentir de la muchacha. Querría oírla cómo explica su presencia aquí, a tal hora; mas no habla ni parece sentir la tirantez del silencio. Los dos vemos alejarse en la ondulación del oleaje, que promueve el buque, la envoltura del paquete de cigarros que, al sacar el último, yo he arrojado.

Últimamente es más cobarde mi callar, y lo interrumpo -un tanto dominado por el suyo:

-¡Ah, Sarita!... ¿No ha dormido, aún?

El diminutivo la hiere. No he debido emplearlo. He podido notar en sus labios la fulguración del desagrado.

-Sí. He dormido dice escuetamente.

Me lanza el odio fugaz de una mirada, y añade:

-He dormido. Yo madrugo... ¿sabe usted... señor Serván?

Vacilo. ¿A qué, no obstante, recogerle su ironía?

-¡Gran madrugadora! ¡oh!... ¿Todos los días lo mismo?

-Lo mismo. Todos los días.

-¿A qué hora se acuesta entonces?

-A las diez. Ya lo ve..., es decir, ya hubiera podido verlo... anoche... si en mí reparase nadie... Cuando acabó el ensayo, quedeme en la saleta..., durmiendo... hasta que bajó mamá. Igual siempre.

-¿Hábito suyo?

-¡De... niña! Es la hora a que los niños se acuestan.

-¡Oh, Sarah!

Calla, arráncase la anémona del pecho; la huele, la rompen sus dedos, la tira...; vémosla también marchar como en busca del paquete de cigarros.

En seguida, dice:

-Hábito mío... del barco. Es ventaja que tenemos las chiquillas..., podemos hacer cuanto nos place. Ustedes, Lucía también, adoran al sol cuando se pone...; yo al salir... Subo, cada día. Tengo sola también mis oraciones. Son gustos. A mí me encanta la soledad... ¡señor Serván!

Va pronunciando todo muy despacio. Me da miedo. Su boca tiembla, sus manos tiemblan. Veo inmenso, feroz, el odio de sus ojos.

-Ustedes -continúa-, no saben de mí... ¡Sarita!... cuando yo me sentaba de tertulia... ah, los chiquillos!... Ahora que no me ven... no advierten que no estoy... Leo por los rincones... juego...; mamá me dice que tengo trastrocado el sueño... Verdad, señor Serván, que...

Se interrumpe, en ira:

-¿A qué ha subido usted?... ¿por qué diga, si es la hora en que duerme?

Vuelve a interrumpirse en un desfallecimiento de sonrisa de martirio:

-¿Verdad, señor Serván, que, usted también lo cree? ¿que soy una chiquilla?...

-¡Ah, Sarah! ¡Por Dios!... Yo no creo...

Pero el dolor, súbito, horrible, la ha agotado los enojos; y huida, de bruces sobre la banda al lado opuesto del pequeño balconcillo circular como un púlpito, llora... llora...

Una desolada humildad de mártir hay en toda la niña blanca, que muéstrame, abrumada entre sus brazos, la espalda, el negro pelo en el broche de oro, el borde corto de la falda canalado y oscilante sobre las botas de lona, marcando el ritmo sin ritmo del sufrir que retuerce su cintura de muñeca...

Mi silencio la mata; mas yo no sé realmente qué decirla, ni sé acercarme... a mentirle un...

-¡Sarah!...¡Oh, chiquilla! ¡ahora sí!... ¿qué tiene? Su lloro aumenta. Aumentan sus sollozos, en suma desesperación.

-¡Sarah! ¡Sarah!... ¿por qué llora?

No responde. Se retuerce, recogida en sí misma. Y llora tanto, y gime tanto, convulso y ahogado su pecho, que yo, movido de piedad, paso a su lado, en el balcón, y sigo dulce y obstinado preguntándola, preguntándola..., tocándola al fin un codo con los dedos para excitarla a que me hable.

-¿Qué tiene? ¿Qué le pasa?, Sarah... ¡Diga! ¿qué tiene?

El ligero contacto hácela erguirse, electrizada..., quedándola doblada atrás contra la borda, don los hombros fuera, con los codos fuera, mirándome entre las lágrimas súbitamente contenidas... Está apartada de mí, cuanto la estrechez de la baranda le consiente... Pero yo, que he dejado el paso franco, a mi vez recogido de polo a polo frente a cha, contemplándola en una sumisa y lamentable indecisión, no sé aguantar el rayo de sus ojos sino con la misma pregunta necia:

-¿Qué tiene? ¿Qué tiene?... ¿Qué le pasa?

Me estremezco. La veo salvar al ímpetu de un pie el breve diámetro que nos separa y quédaseme delante, rígida, con las manos abiertas y convulsas hacia atrás... ansiando y no pudiendo proferir, tan cerca de mis ojos, lo que rompe su garganta...

-¿Qué tengo? -dice al cabo bajando en fe de esclava la mirada y llevándose una mano al corazón- ¡que me muero!... ¡¡QUE LE ADORO A USTED CON TODA MI ALMA!!

Parte, en seguida. Déjame asombrado, inmóvil. Su trágico ademán, que me pasma y me fulmina de centella; su trágico ademán bellísimo y terrible, en que ha puesto la niña nuevas y enteras su alma y su vida y su carne de mujer... se ha resuelto en una huida llena de calma loca y de mortal vacío que la aleja tronchada y lenta, llorando esta vez callada y abundosamente hasta salir de la cubierta...

Ni ha vuelto la cabeza al desaparecer por la escalera.

Nadie.

Los marineros allá, descalzos, limpiando cobres con sus negras pellas de cotón.

El mar desierto. El sol iniciando su aurora de roja lumbre en el oriente.

Nadie ha visto esta otra violenta aurora de mujer.

Pronto estimo en la fuga de ella su mejor rasgo de alma ingenua, de alma franca... Yo no habría sabido qué hacer si espera... yo no habría sabido qué decirla...; y yo habría hecho acaso una vileza dándola por instantáneo consuelo el beso de compasión o vanidad que vibra ahora en mis labios.

Inútilmente permanezco quieto cinco, diez minutos, en tregua a mi pensamiento. No pienso nada.

Sin saber si quiero o no encontrarla, recorro al fin la otra cubierta, la escalera, el comedor... Sí, sí, he de hablarla, yo no sé tampoco qué cosas formidablemente amigas... formidablemente nobles y sinceras...: mi gratitud invádeme de una gran serenidad...

Y vuelvo a mi camarote y me duermo al fin arrullado por el agua, por la máquina... por la alegría divina de la vida que da el saberse rey en otra alma... ¡aun siendo tan pequeña! ¡tan pequeña!


«Sarah está enferma». Lo ha dicho su madre. No viene al almuerzo.

¡Oh, si se muriese Sarah!

Y como me ha cruzado este afán, al oír a Charo, con una tentadora intensidad casi voluptuosa, como en mi relámpago de yo no sé cuáles hondas bondades -bajo la cabeza sobre el plato y quiero profundizar mi extraño sentimiento.

No puedo. Distráenle Alberto, dándole a Pura bromas con el novio. Los de las comidas son los únicos ratos que el bello relojero, en su condición de pasajero de segunda, no está junto a la joven. Luego, ella me pregunta si me gusta el modo que tuvo anoche de recitar su papel. Desconfía. Se cree sosa... Y no le falta razón. Por frecuente paradoja, las más cómicas, las más espontáneas y graciosamente cómicas en su decir y accionar habituales, son las peores actrices... Dijérase que tienen la gracia inconsciente de los gatos.

¡Si se muriese Sarah!

No he vuelto a pensarlo, pronto comprendiendo lo que su mal signifique; pero recuerdo que lo pensé, antes con todo el ímpetu de un deseo, y aquí, ahora, he venido a aislarme en el castillo de la popa, resuelto a desentrañar lo que pude guardar en mi crueldad de generoso.

Me inspiran curiosidad estas recónditas razones de «la alegría del mal ajeno» que me asalta algunas veces. Recuerdo, por ejemplo, haberla sentido al saber que había muerto un ministro general a cuyo influjo iba a deberle un comandante amigo mío el acta de diputado. Mi comandante ya no sería diputado... ¿Por qué mi regocijo?... sí, llegué a saberlo... por algo noble... Mi comandante, absoluto cebollino, sería en el Parlamento una vergüenza más entre tanto cebollino de la huerta de las leyes.

Me he sentado en un ruedo de jarcias, a la sombra del cañón. Este pobre cañoncito de salvas enfundado, me fastidia. Querría que lo hubiésemos tenido que emplear defendiéndonos de piratas y ballenas... ¡Viaje heroico!... Antójaseme que los humanos empequeñecemos un poco lo grande, la tierra, el mar cuerda de la corredera sigue arrastrando en la estela, como un rabo de burla que le hubiesen puesto al Reus en Barcelona...

¡Hala, el Reus!... ¡Allá vas, relleno de ridículo, con tus novios, con tus fieles tresillistas, con tus Charos y exconserjes... debajo de tus humos y tus palos y tu aspecto de ambulante y terrible fortaleza!

Bien, digo que Sarah... Sí, lo pienso y lo comprendo: ¡debía morirse!... Algo muy hermoso ha habido en su libre arranque hacia el amor, en la libertad de sus instintos, en la libertad del abandono de su madre, en la libertad de la explosión de sus ansias de mujer bajo los cielos... Tigrecilla de América, ha sabido saltar fiera y gentil hacia la vida... ¡Debía morirse!... yo ganaría con ello, el bellísimo recuerdo singular e inolvidable de un alma brava, y ella habría de ahorrarse ¡la infeliz!... todo el calvario de tristeza y desengaño que está detrás de una pasión que nace ancha como el mar y que tendrá que romperse o que infiltrarse o infectarse en hilos de arroyo subterráneo por los aludes de sociales conveniencias...

Ya es sabido, tales conveniencias: fango de joyosa hipocresía... de hipocresía cínica, no importa... si sabe enseñar las ligas al descuido como Charo, si sabe siquiera como Aurora procurarse un Pascual.

Y en mí el primero -lo hipócrita, el respeto al qué dirán... Olvido el gesto de ingenua gladiadora, y veo no más en este instante su falda corta, su trenza suelta a la espalda...; y veo no más esta tarde, mañana, en los días que hubiese de venir sin que el Reus siguiese conduciéndonos por un alba infinita a ella y a mí solos, la ridícula pareja de novios que hiciesen frente al relojero y Pura, frente a la pescadera y Enrique, frente al comandante y Charo, ¡esta morena bebé con todo un capitán de Artillería!...

¡Oh!... Y huyendo del ridículo, únicamente quedaría la senda oculta de lo infame...

¡Pobre Sarah!

-¡Don Andrés!

-¡Ah! Hola.

-¡Digo!... es usted don Andrés Serván... ¡dispense!...

-Yo soy. ¿Qué desea?

Es una camarera que he visto rara vez por las galerías del comedor.

Sonríe y saca una carta.

-Dispense. La señorita Sarah me da esto para usted.

Cojo la carta. El sobre no tiene escrito.

Lo rompo en cuanto veo descender a la camarera por la escala, y leo -en letra firme, igual, con lápiz:

«Me creería una niña. Me creerá una loca. No me importa; esto último, por usted. No estoy mala, y estoy tan mala que me ahogo. Sin embargo, creo ahora ¡qué rareza!... que no estoy tan mala ni tan loca como he estado hasta amanecer el día de hoy. Parece que me alivia el que usted sepa ya mi mal y mi locura, y al mismo tiempo me da miedo que lo sepa, porque yo estoy casi convencida de que en estos días que lo ignoraba usted, en que Sarah no era para usted más que la chiquilla triste y tonta que para todo el mundo, no me he tirado una noche al mar por rabia de pensar que el barco seguiría sin mí y sin mi recuerdo y sin la pena y el remordimiento en usted, siquiera, de haber sabido que por usted se ahogaba una chiquilla rezando como una última oración: te adoro... te adoro... te adoro... ¡y recoge tú el suspiro de mi alma!...

»Ahora, no me tema. No volverá usted a verme. Le digo que soy casi feliz con sólo haberle dicho que le adoro. Me estoy mirando a un espejo, y veo que no hay nada en mí que no sea de usted... pero como usted ya lo sabe, parece que cada pedazo de mi carne y de mi alma podrán ir muriéndose y dejándole la vida a su alma y a su vida, para siempre, como en un abrazo. Si le estorba, si le enoja la chiquilla enamorada, no me tema; enferma para el médico no volveré a salir del camarote; enferma, para usted, de cariño y de vergüenza. Si no le enojo, dígamelo, escríbame por la camarera..., mande a la que le adora, a la que le adora, a la que le adora...

»Déjeme decirlo una vez más, todavía... ¡a la que le adora!...

SU ESCLAVA.»

Guardo el pliego.

Me ha invadido una emoción enorme.

Trato de examinarme, y no puedo. Sobre la vibrante sacudida de mi ser, flota sólo una idea fría y suelta, desprendida de todo lo demás:

«Sarah... ¡la chiquilla!», como Lucía, sería capaz, es capaz, ha escrito esta carta como un artista escritor. ¿Es una artista?... ¡Oh, bah, a sus quince anos -¡ni con sus veintitrés Lucía, en su inexperiencia!... Sarah, y Lucía, son dos mujeres de corazón, y el corazón escribe siempre en artista del gran arte. Es sin duda que los grandes artistas lo son porque son siempre y para todo lo ideal mujeres de corazón apasionado.

Y lo raro es que la adquisición de esta verdad sobre la carta de Sarah, déjame tranquilo en una tranquilidad de idiota que no sabe, que no sabrá resolver nada acerca de ella.

Ni lo intento, de sumo persuadido de mi torpeza.

Durante un rato, veo el cordel de la corredera dando vueltas en las olas.

Alzo los ojos y veo las pobres aves rojas de Colombo posadas en las crucetas, cansadas de volar.

Voy, llego a la borda, y miro el humo de un buque de dos palos que apenas se divisa hacia el oeste. El sol brilla en el mar, casi redondo, de tan serena el agua, como en un charco.

Diviso dos mujeres, Conversan reclinadas en la borda de la cubierta de segunda. Una es la dulce rubia, la pobre viuda; otra Lucía. La reconozco en su inconfundible gentileza, a pesar de la distancia. Mi corazón (también lo tengo) díceme de un golpe que Lucía, la amiga hermana, la mujer de corazón que tiene además tesoros de bondad y de inteligencia, es la única que podrá darme un consejo de nobleza y de bondad para esta otra pobre mujer niña que tiene nada más en su locura vehemencia y corazón.

Bajo la escala, cruzo la entrecubierta y subo al lado de Lucía.

Ella advierte pronto mi preocupación, y deja a la rubia, alejándose conmigo, paseando...

-¡Es de Sarah! -la he advertido.

Al lado de una ringlada de anchas trompas enhiestas de ventiladores, donde la cubierta de segunda se estrecha con un servicio de grúas y de botes salvavidas plegados y amarrados bajo manchas de aceite y polvo de carbón, nos detenemos.

Le doy la carta. Antes que la lea, le cuento la escena del amanecer.

-Y bien, ¿qué piensa hacer? -pregúntame cuando ha leído, llena de una grave admiración por la lectura.

-No lo sé. En absoluto, no lo sé.

-¿Usted la quiere?

-¡Ah, Lucía... por Dios!... ¡una chicuela!... Además, yo... ¡una niña!... casarme, pensar en casarme... ¡tengo acaso!...

-Sus afectos.

-¡Es posible!

Sonríe, pero con una sonrisa triste. La he dicho una verdad, y no sabría contestarla si me preguntara en dónde, en quién... Tal vez ella adivina esta misma vaguedad mía.

-Bien, Andrés. Hay tres modos de contestar a esta carta: dos honrados, sinceros; el otro... disculpable al menos en su farsa... Usted puede escribirla y decirle que tiene novia, en España, en Filipinas mejor; que le esperan para casarse...

-Sí, sí, ese.

-No, no -me corta-, el peor, el más cruel. Una mujer, una muchacha, no se hace cargo de previos compromisos; y vería antes la rival... Y habría usted aumentado inútilmente su martirio. El segundo sería hablarle sencillamente a su padre, si usted creyese que Sarita podría llegar a ser su mujer algún día... Mas como no lo piensa, no queda, por exclusión, sino el más falso, pero el más humano también y compasivo.

Calla, y yo tiemblo ante esta mujer capaz quién sabe si de toda clase de indulgencias en sus francas visiones de la vida. Tiemblo, porque su consejo siento que va a ser la sentencia de Sarah, sea cual sea.

Maga peregrina, adivinadora, como siempre, deshace mi confusión -honrada, dulce, firme, formidable en su bondad:

-Usted, ya que no puede alzar a sus treinta años a esta niña que tiene, después de todo, tesoros de ternura, debe, Andrés, bajar un poco a jugar con ella a los chiquillos. No se mata, no, aunque usted la diga no te quiero: pero ¿a qué tormentos, la infeliz, si tantos le guardan los años con esa madre y esa alma?... ¡quién sabe si usted no le dará a su vida, toda pasión abierta a usted, el asombro de altezas y delicadezas que no vio en su madre nunca... y que sirviérala al fin para guiarla ennoblecida en respetos de sí propia!... Yo creo que la primera página, en la historia emocional de una mujer, decide de su suerte.

-¡Oh, Lucía!

-Escríbala. Dígale que quiere verla, que la adora. Que ha sufrido más que ella... Y que se lo hubiera cien veces confesado, ante todo el mundo, sin el miedo de sus padres... Dígale que esconda su pasión, que se escribirán los dos cada día...; y luego, al término del viaje, ellos a su capital, usted... a otra; algunas cartas más, con tierra al medio... Y acabó el idilio; teniendo la chiquilla su ilusión calmada y un montoncillo de pliegos color rosa por noble devocionario inolvidable del amor... ¿No, mi amigo?

-¡Oh, mi amiga! -exclamo oprimiendo con mi alma entera, en mis manos, la suya al entregarme la carta.

Y hay una sonrisa y un grande y valiente mirar de sus ojos nobles... que yo no diera por todos los besos de todas las mujeres del Reus.


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Capítulo XVIII
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Del frío al fuego Felipe Trigo


En verdad que se ha animado el barco, con la fiesta. A la mesa se habla siempre de música y teatro, y empiezan los ensayos en cuanto anochece. Siendo mi cargo el de director de escena, aquí en la saleta de señoras, Sarah no me deja bajar al comedor, ni aun cuando ella canta -teniendo que atender a ambas secciones -su Seade melancolique:


Ma fenétre, helas, est fermée,
et ne s'ouvrira que pour lui...
pourquoi ne t'emue point ma tendresse?
elle-est si grande, mon chéri!...
Bien aimé
ne t-en fuis!


En cambio, de que Lucía termina abajo su aria Il riso, y sube a vernos, Sarah, mi novia... ¡mi novia! háceme salir. ¡Oh, tirana microscópica!

Aquí estoy, fuera, temeroso más que obediente a sus gestos. Me aterra la histérica muchacha. Sería capaz de delatarle a Alberto toda su fantasmagoría celosa. Es el único peligro que tendré que conjurar: yo no puedo renunciar a mi amistad con Lucía. Domaré a la fierecilla.

En sólo veinticuatro horas, resuelta, antes que por mi deseo expreso, por su antojo, al secreto de nuestro amor, ha sabido encontrar el modo de escribirme cinco esquelas, de hablarme, de tutearme lanzándome un «¡te adoro!» en el cruce de un pasillo, de estrecharme la mano contra su corazón... Y vive Dios que encima de él, ingenua o hábil, debajo de su blusa de chiquilla, supo también hacerme instantánea advertir elástica blandura cual dulce y no dudosa fe de bautismo de sus diez y seis años.

¡Ah, Sarah! Es una actriz nerviosa, punzante, harto expresiva. Anoche, a pretexto de ensayar en carácter su dama del Chateaux Margaux, desapareció de la mesa y se nos presentó luego vestida de mujer, con un traje de su madre. Fue un triunfo. Yo mismo la desconocí con su peinado alto, con sus botas de tacón, con su talle mórbidamente moldeado en el corsé. Fue admirable cómo nos pareció a todos más alta, tan alta como cualquier señorita de regular estatura..., más alta que Charo... fue admirable la suelta coquetería con que manejó la falda... Y Charo, al fin, corrida un poco de que la bebé de trece años llenase mejor que ella el vestido, le prohibió terminantemente volver a ponérselo... hasta la fiesta, si acaso... ¡Qué importaba! Ya Sarita había podido sonreírme, triunfadora de la prueba solemne y terminante que me daba de no estar siendo una muñeca sino «por capricho de mamá»...

-¡Bravo! ¡bravo... condesita! -habíala saludado también en dama el capitán, entrando a última hora.

Hoy ha vuelto a su melena a la espalda, a su floja blusa de niña, a sus reíres aturdidos de alegría infantil que no habíamosla escuchado desde el principio del viaje. Está contenta. Luce y vuela sus ropas de martirio con el callado triunfo gozoso y casi perverso de saber que sé que dentro tiene un cuerpo de esbelteces y elegancias... No la inquietan, pues, estas sobrias y castas plegaduras de túnica de ángel, de peplo, con que cae su traje, ni la morena y pálida enjutez bella de su cara engañadora.

Y a mí, en cambio, me inquieta toda esta diestra osadía con tanto de rebelde, de pérfidamente violento, de misterioso... porque dudo de si me será posible hacer recibir a tal indómita vida concentrada, ardiendo sólo en sus instintos, la benéfica influencia de calmas y delicadezas recomendada por Lucía. Tal vez ésta se engañó. Al menos, el papel de educador de alma que me ha conferido, es superior a mis fuerzas... Mi última carta a Sarah, de esta tarde, ha sido insípida, llena de vulgaridades, por cumplir, en rápida renuncia del afán de noble dominador con que llené ayer mismo para ella dos pliegos -en desorientada respuesta a su 1arga esquela última, tan viva de voluptuosidad, de carnal voluptuosidad, más encerrada en la intención y el sentimiento que en el valor mismo de las frases, que la rompí, por no tener que mostrarle con ella a Lucía mi derrota.

¡Claro está que lo mismo le oculté el encuentro del pasillo!... Pero mi empeño persiste. No es por Sarah, es por Lucía, que ha puesto en mí para la muchacha una empresa digna de Lucía. El fracaso hubiera de humillarme ante la alta amiga que también lo juzgó digno de mí.

Medito, vuelto al mar. Es la borda el eterno balcón de todas nuestras preocupaciones. El pasaje está repartido entre el comedor y la saleta, en cuyas abiertas ventanas se agolpan los que no caben. Me llega al oído el recitado de Sarah... de mi novia... (¡oh, no me acostumbro!... ), en diálogo que Enrique no lleva mal. Abajo, por las mangueras del comedor, suena el violín del relojero.

Distráenme las fosforescencias del mar. Son de llama, son de plata encendida en cuanto se las hiere, estas aguas del golfo de Bengala. -Pero noto que ha cambiado al gallego la voz que dialoga con Sarita, y veo a Enrique, que se acerca:

-Director, ¿y Aurora?... ¿la ha visto?

-No, querido. Yo no la dirijo.

-Sí, por eso; porque no tiene ella papel ni dirección en estas direcciones. ¿Dónde está?... ¿Ha visto usted al capitán?...

-Tampoco.

Hace un ademán de querer partir escapado. Se detiene.

-¡Bien, bah! ¡que los zurzan! -dice invitándome a un cigarro.

Y tan pronto como le doy fuego, se apoya junto a mí, y prosigue:

-Ese Pascual está ahí hecho un asno... Hay novedades, ¿sabe?... Pues, sí, más valía que buscase a su señora el bueno de Pascual.

Chupa. Suelta el humo. Cerciórase alrededor de que nadie nos escucha, y sonriese maligno:

-¡Hay novedades!... Pero novedades, ¡qué diablo!... ¿Dónde estuvo usted ayer, y hoy todo el día, que no hemos podido echar un párrafo?... Paréceme... que vais chalando a Lucía...

-¡Ah, Enrique, por favor! -le suplico...

-Bueno, bueno, sí... merece la reserva. ¿Ve?... inconvenientes de picar tan alto... ¡yo nada digo!... ¡Pues, sí... en cambio!... ¡qué caramba, Andrés... de estas cosas la mitad es que lo sepan los amigos!... se convenció... se convenció la dulce pescadera... Camarote 15, anteanoche, caro.

-¡Demonio!

-Y es una bestia, Andrés: ni siente ni padece... ¡vale que me importa un pito!... mejor... Hasta el alba... fue de ver. Ya sabe que ella tiene el camarote también en el pasillo... el 18. Todo convenido. Todo bien. Mi compaña al matrimonio, hasta el de ella, a las once...; quédase; ¡adiós, que ustedes duerman!...; Pascual y yo, al nuestro. A las once y media, Pascual roncando... a pleno órgano. Yo que salgo, yo que me cuelo en el 15..., y ya mi Aurora, a quien di el llavín, en el tálamo dorado... esperándome, desde las once y diez, sin más que fingir con las señoras del suyo haber bajado por un pañuelo... si es que las halló despiertas. ¡Y éste es el primer capítulo, la primera entrega de la historia!

-Bravo, bravo... mi húsar vencedor... Buscaba sin duda ahora la segunda entrega...

-¡No!... fue lo gracioso... la segunda, anoche, que si segunda con respecto a la mía, quién sabe la cuántas para... para... En fin, Andrés, un horror... ¡una chai!... ya se lo dije....: yo también, si no fuese mirando a que es... tan pescadera... Sólo que viene mejor callarse. ¿Qué más da?... Anoche, anoche... Verá usted: estábamos esta mañana sentados allí los tres: Aurora, Pascual y yo...; de pronto aparece por la puerta esa Rosario del teniente... esa señora gorda...

-Bola de sebo.

-Bola de sebo, es verdad..., que es compañera de camarote de Aurora. Creyó ésta, por lo mismo que nunca se reúne con ellas, y por si acaso, que debía decirle cualquier amabilidad, y la saludó sonriendo: «Muy buenas, Rosario!... ¡qué calor! ¿ha visto?»... «¡Sí, qué calor!... es ahogarse -contestó bola de sebo-; bien hizo usted anoche en no bajar hasta el día». -¡Cuadro!... -«¡Cómo, hasta el día?» -inquirió cuernos en alto el marido, tan pronto como pasó la otra y viendo turbarse a la señora... Por suerte, impulsivo, más sereno, yo acorrí: «¡Oh, hasta el día!..., ¡pobre tenienta... se duerme con las gallinas de la jaula!... cuando bajamos a las once se le debe figurar que sale el sol!»... -Mi observación pareció bastarle al minotauro, que hizo un «¡ah!» tragando saliva... Mas he aquí que cuando ya, satisfecho de mi maña, recibía la gratitud de la mirada de Aurora, caigo en la cuenta ¡rediós!... de que mi noche con ella no había sido anoche, sino anteanoche...; y como no había que soñar que Pascual hubiese sido el agraciado... ¡zás, un rayo!... bajo, tomo la horquilla, la famosa horquilla subo otra vez y se la presento: «Perdón, había olvidado que la otra tarde, Aurora, encontré y guardé esta horquilla de usted»...

-¿Y lo era?

-¡Oh, Andrés!... «Gracias -me replicó tomándola-, precisamente estaba loca de buscarla, por no poderme poner la compañera»... Le digo a usted que, si como está Pascual delante, no está Pascual -lo que él dice-, le suelto una trompada. ¡Grandísima... raposa!

-¡Hola!... ¡ella, la del capitán!...

-¡Gran zorro, también... camarote 16... Y mucho aparentar que no le tiene con cuidado que hablemos... ¡tapándole!... Por supuesto, que yo le largo a ella la trompada, por Pascual, antes de Manila... Así como así, mejor... ¡dos engañados! ¡ésta tiene para veinte!... Nuestro viejo capitán no se pensaría que yo iba a llegar a mayores... La torna como yo ¡de viaje!

-Señorito -nos interrumpe un mozo-, que vaya usted, de parte de la señorita Pura, que va a ensayar.

Parto en cumplimiento de mis artísticos deberes. Esta Pura es torpe y sosa de verdad. Antes de alejarme, me dice Enrique:

-Fíjese, luego, cuando suba la interfecta... si no están ahora de 16 y vuelven a perdérsele... ¡Tiene puestas las horquillas con toda la gracia del mundo!

Efectivamente, las tiene, muy requetepeinada, aquí mirando el ensayo en un diván, entre Charo y las simples y borrosas y angélicas hijas del coronel. No estaba, pues, de 16. Los celos, de mi loco amigo son un poco injustos. Es ella ahora la que me pregunta por el húsar... En tanto, Sarita, cambiándome una rapidísima mirada, en que me da, con toda su pasión, todas las seguridades de su sagacidad increíble para esquivarla de las gentes, cesa de hacer un papel que está haciendo para que lo aprenda la andaluza, y viene a mí cándidamente, echándose atrás la negra melena lanosa con ambas manos, vuelta niña:

-¡Usted, señor Serván! Yo dirigía en su ausencia.

-¡Vaya! ¡si es usted una profesora! -reclama Pura bobamente.

-¡Cuando no está el profesor! -replica la cubanita con una humildad llena de gracia, yendo a sentarse junto a Lucía.

Tomo el libreto. Frente a la mesa tengo a Pura y el teniente. Prefiero apuntar, por darle siquiera a la detestable actriz el tono. En ademanes no hay que pensar. Sus brazos son cosa muerta. Quiere abanico, por tener algo entre las manos, y se lo dejaré, aunque la escena finge un frío con chimenea de mil diantres... Únicamente cuando se acerca al maridito, al tenientito, para hacerle mimos, cobra una sindéresis y una verdad extrañas...

-¡Así! Así... ¡bravo!... ¿no ve usted? -la aplauden en uno de esos momentos.

-¡Si no hay más que ser natural! ¡Como si fuera cierto que usted se muere por besarle!

Esta observación de don Lacio hace sonreír a todos, incluso al tenientito, que abre los brazos replicando... «Bien, venga el beso... déjame estudiar»... Yo veo, sin embargo, detrás de ellos, una figura torva: el relojero... Ha subido, al concluir abajo la música, y está en otro diván del fondo, junto a la joven filipina.

-«¡Pepito!»

-«¡Qué!»

-«¡Pepitoóo!»

-«¡Qué, mujer!»

-«¡Tú no me quieres, Pepito!»

-«¡Mucho, mujer... más que a mis ojos!»

Igual que en tantas comedias, se juega en ésta, debajo, otra de realidad. ¿Por quién han empezado los celos? ¿son las miraditas aquellas de la india al violinista en el piano..., las miraditas del violinista a los claros diamantes de la india, en comparación (y repeso de posibles bodas) con las pobres amatistas de a diez pesetas de la novia..., o son en la linda novia despertadas preferencias al salado y desdeñoso tenientín de cazadores?

Probablemente todo junto, sin que los mismos interesados puedan ya darse cuenta más que de sus mudas rabias...

-«¡Pepito!»

-«Qué.»

-«¡Nada, Pepito... ya debías figurártelo... que quiero un beso!»

-«Bueno, mujer... otro...; es que tengo que estudiar...»

-«Pues no haberse casado...; pues no haberse escapado conmigo... ¡Jí... jí...!»

-«Bueno, mujer... allá voy... No llores. ¡Toma!...»

Y esta vez, yo creo que se lo planta en la oreja, el truchimán del teniente, -según está Pura fingiendo llorar de bruces contra el velador.

Yo no lo he visto, porque ha tenido el actor buen cuidado de volverse hacia la sala... pero lo han visto, han debido verlo aquellos dos de atrás, a juzgar por su impresión: el relojero se ha levantado y ha salido de la saleta, bufando; la filipina ha abierto el abanico delante de la cara, y ríe, o no sé qué.

El público aplaude.

-¡Bravo! ¡bravo!

Continúa el ensayo.


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Capítulo XIX
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Esto ya ni es barco, ni ir por la Indochina, ni más que un patio de conferencias que igual podría estar en el Congreso hirviendo comentarios...

La francesa tiene la culpa de la sorda tempestad que llevamos dentro, sobre el mar sereno. Despierto el pasaje más temprano, por la campanilla del sacris, para la misa de domingo, yo, en vista de que la Noche-buena se acerca, había propuesto a mi sección dramática un ensayito antes de almorzar. En la saleta, rebosante de matinales alegrías, prodújose de pronto un movimiento de estupor: la francesa entraba... ¡la francesa, con una humilde vieja que le tiene para su servicio el indio! La francesa, con uno de sus más llamativos trajes de sedas y de blondas, ¡llena además de brillantes!... El estupor tradújose en protesta, y aunque siguió el ensayo, fueron desfilando las damas y apenas si entre las del público quedó otra, con la intrusa y con la vieja, que Lucía, hasta el final.

Lucía, sí, permaneció..., enfrente, en su diván, indiferente a la pintada y llamativa mujer de escándalo, con la cual, y contra lo que pensábamos de los miramientos del indio a su hija y a la tiesa miss, la miss y el indio han formado grupo.

Y al salir..., al volverse madama hacia su cámara, acompañada del indio... ¡oh, esto es un huracán de indignaciones!... Por lo pronto hallo un corro de hombres, en que todos los de nuestro pasaje se agolpan, oyendo acaloradamente discutir a Alberto contra Enrique y el tenientito de cazadores. A gritos. Las rígidas intransigencias de Alberto irritan y extreman también las respuestas de los otros. Sostiene el uno en redondo, así, que no ya entre las señoras, que tú en el barco debían admitirse mujeres de esta laya. Forman raza aparte... aparte de la sociedad. Pues, allá ellas: si quieren venir a Filipinas, que se formen una línea regular de navegación de... niñas, o que se vengan nadando! -Contéstanle que... Nada de sociedad aparte, ni de razas... desde el punto en que el gobierno las regula y las hace pagar contribución. Un oficio, como otros. Llevan su dinero, ganado legalmente, y no hay Compañía que pueda negarles el billete, como se lo negaría a un ladrón... Y luego allá privadamente cada uno con su moralidad de su capa un sayo... No tienen los Gobiernos que ver con sus moralidades, sino con conveniencias: el ladrón no le conviene a las gentes, y lo suprime; la ramera sí... base social... Alguien lo ha escrito y lo ha leído el húsar: la prostitución es la salvaguardia de las familias. Alberto, vivo, replica: -Justo, porque ellas no son familia; ¡a su vez... las rameras! -Pues si lo son, recoge el tenientito -mal se hace en creerlas raza aparte! Pues si no lo son -chilla Alberto -vean ustedes que son ustedes los que las creen ahora de otra raza!...- ¡Cómo! yo no digo... -¡Es usted! -¡Yo no soy!...

Gritan, gritan, liados... no se entienden. Yo me alejo, pensando que ninguno y los tres tienen razón -admirado una vez más de cómo una polémica mal puesta, frente a los absurdos criterios hechos de la moral antigua y del pretendido «indiferentismo positivo y práctico» moderno de los Gobiernos, de los Estados, tortura a la lógica. Es el mismo embrollo que vi cien veces en el casino de mi pueblo; la misma rabiosa escaramuza de que salían exasperados e igualmente vencidos, sin confesión, los rivales, roncos de gritar, diciéndose sin duda cada uno para sí, camino de su casa: ciertas cosas no cabe razonarlas, cada cual su ley en paz!... -Sin perjuicio de volver a la carga al día siguiente.

Veo, en cambio, otro gran grupo de señoras hacia la proa, en discreto cónclave de pudores alarmados. Como éste de los hombres ha venido a discutir con libertad aquí junto a los ventiladores, al dirigirme a aquél, picado de curiosidad, tengo que pasar de nuevo ante la saleta..., y frente a ella, en la borda, disimulando con el libreto de Chateau Margaux en la mano, veo a Sarah, que me llama con seña imperceptible.

-¡Hola, Sarah! -le digo.

Y luego, bajo:

-Adiós, vidita. ¿Qué haces?

-Te espero.

-Hoy no te he escrito, ¿sabes?...

-¡Bah, qué tontería!... a mí me gusta oírte. Hablaremos por las noches. ¿Quieres, Andrés?

-¡Oh!... ¡cómo!... ¡dónde!...

-Mira, fíjate... -dice mostrándome Chateau Margaux, con tal naturalidad que yo me fijo en el verso que marca con la uña. Y ella añade, en el mismo acento, sin alzar la vista de la página. -No; es por si nos miran. Digo que te fijes... ahí enfrente..., en ese hueco que está entre la saleta y la lampistería.

Me fijo, mientras ella finge con sonrisa y ademanes de enterada leer el verso. Es admirable, es casi monstruosa la cantidad de disimulo que cabe en la chiquilla. Confirmarlo, una vez más, me tranquiliza y me espanta.

-¿Ves? -prosigue dándome con hábil descripción indicaciones, ya que no puede con la mano ni los ojos-: por el lado acá lo cierra ese torno de grúa, por el lado allá, cuerdas... Ahí cae una pequeña ventana de la saleta, la del testero; entra luego y la verás... Y la lampistería, desde el anochecer, la cierran y no vuelve nadie... Tú, a las once, cuando ya la gente se duerme por los canapés, a pretexto del ruido, del aire, de dormir más solo en la cubierta, puedes traerte ahí dentro el tuyo... Podemos hablar más de una hora, hasta que mi madre baja.

-¡Ah, Sarah!... ¡tú ahí!... ¡si nos viesen!

-¡Quita, tonto! -continúa volviendo una hoja. Desde luego, nadie te verá: a esa hora no se ocupan más que de estar tendidos; y si te viesen, ya tienes las disculpas.

-Pero, alma; ¿y tú?

-¿Yo?... -exclama mirándome un instante. Y con la vista en el libreto otra vez, añade en su son de rezo-: Toma, ¡qué tonto! A mí menos me verán. Repáralo después: el ventanillo, con un cristal que no se corre, tiene encima y debajo dos tablas de persiana, para la ventilación; por estas hablamos, por el cristal nos vemos; da la luz precisamente del farol de la lampistería..., a mí me gusta verte ¿sabes?...; y está todo eso tan bajo, que tú podrás estar echado, fuera, y yo también, dentro, en el diván de la saleta... En cuanto concluimos el ensayo apagan y la cierran, pero sin llave... ¿sabes?...

Me aturde. Quiero disuadirla. Quiero replicar... encuentro un argumento:

-¡Pero si eso es tan chico que no coge el canapé!

Rápida, responde:

-Coge. Está visto. Y sobra. ¿No ves que pueden entrar y salir con la percha de las linternas, que es más grande, por el otro lado?... Adiós, vete. ¡Hasta la noche!

-¡Adiós, hasta la noche! -replico alejándome como un autómata.

No comprendo por qué me domina así... ¡la chiquilla! Me traigo un poco la sombra de sus ojos, en un rencor, en una honda caricia erótica de oculto fuego... como un remordimiento anticipado...

Por lo menos, pláceme, de la singular entrevista, el que no me haya hablado de Lucía. Lo temí, al llamarme. La carta mía esta mañana iba entera dedicada a convencerla (evitando nombres, naturalmente), de que nuestras relaciones, para que no sean descubiertas, no deben inducir cambio alguno en mis hábitos de a bordo. Accede, puesto que calla. Puedo en trueque complacerla...; mas no sin el enojo de que, de cosa en cosa, esta chicuela me vaya así imponiendo sus caprichos, distanciando por minutos nuestro trato, más cada vez, de aquel dominio mío de purezas proyectado.

¡Cómo le diré a Lucía tampoco estas citas! Afortunadamente no está, en el corro de señoras. Ha sabido digna y piadosa restarse, como de los cuadros lamentables del mareo. Tiene el perfecto instinto de lo noble.

Me acerco. Me siento, no incompatible -puesto que está el comandante junto a Charo, y Pascual con su mujer.

Pero me limito a escuchar.

Por lo demás, no me hacen caso. Hállanse harto unánime y sofocadamente alarmadas por sí mismas. Pura, las hijas y la mujer del coronel, escuchan. La madre de Pura, Charo, Aurora y el comandante, llevan la voz.

Dice Charo, con un acento en que no puede borrarse a pesar de ella la sonrisa de su qué se me da a mí del Universo:

-Y luego, parece que han tratado de humillarnos con sus joyas. Más le tiene que a su hija. ¡Él es un desahogado de lo que anda poco!

-No, condesa -replica el comandante-, ¡es que no tiene sentido común!

-¡Ni vergüenza!

-¡Ni vergüenza!

-¡Vaya, que ponerse a hablarla delante de la hija... y de todos! -insiste el comandante, afirmado en las dos apoyaturas de la mamá de Pura y de la mujer de Pascual.

Y ésta, agrega:

-¡Ya ve usted, aquí en una cáscara de nuez donde todos venimos en familia!... Desde luego hicimos mal en no quejarnos de dejarla oír la misa entre nosotras.

-¡Eso!

-¡Justo!

-Bueno, pero la misa -intercede Charo- ¡en misa no es igual!

-¡Es verdad! -conviene Aurora, siempre al tono de la condesa.- ¡La misa no se le niega a nadie!

-¡Bah, señoras, por Dios! ¿y el ejemplo? ¿y nuestras hijas? -arguye la mamá de Pura más independiente-; ¿y quieren decirme, además, qué misa de mi vida una mujer así?

Miro, en este momento, sin escuchar el largo discurso que el comandante empieza, bajando un poco la voz; el tenientito, harto de discusión sin duda en el otro corro, llega en amor y compaña de Pura -y se sientan solos en un banco, juntos, hablándose amarteladamente. Ya me pareció a mí que el relojero en la disputa aprobaba a Alberto por el tenientito... Recóbrale éste la novia, a no dudar.- Luego, sin entender al comandante, que me da la espalda, sigo el efecto de su plática en los grandes ojos serios y en la cara impávida, grave, de esta otra jueza del tribunal de la opinión que se llama Aurora.

-¡Sí, sí, por escrito! -la oigo exclamar definitiva cuando acaba el comandante-. Tiene más fuerza la protesta por escrito, al capitán, que volverá a encerrarla... Y a él... ¡yo la primera la firmo!

Y como el capitán acaba de aparecer en la cubierta, Aurora, con una decisión y una actitud de romana, se levanta, se le acerca, y pide -sobre el silencio general:

-¡Capitán!... En nombre del pasaje de primera, ruego a usted que le ponga una corrección a esa mujer francesa que ha osado subir aquí!... ¡En nombre de todos! ¡Yo lo espero!

¡Ah, debilidad!... La buena pescadera no ha sabido evitarse, hacia el final, la sonrisilla de su íntima y orgullosa influencia sobre el capitán... que ha sonreído también, haciendo sonreír a todos.

-¡Se la amonestará, se la amonestará, señoras! -dice el capitán con su indulgente y poderosa autoridad de rey.

Luego, ha seguido hacia el puente, adonde iba; y Aurora, con su arrogancia, feliz y pomposa de haber podido servir ella sola como una protesta llena de firmas, va a sentarse al lado de la condesa de Fuentefiel, que la felicita amiga y calurosamente estrechándola ambas manos.

Terminado el incidente.

Surge a continuación una charla candidísima acerca de las pobres aves rojas que van hambrientas en los palos... las palabras, las sonrisas cobran una infantilidad toda nimia y toda santa... como en el susto aún y la reacción de la racha de impureza que ha pasado con madama por esta limpia cubierta de blancas redecillas y de caobas y brillantes tiradores de metal...

Pero Alberto viene, con el coronel -todavía rojo y jadeante de su lucha. Preséntale la condesa a Aurora, como embajadora heroica que acaba de obtener del capitán la satisfacción oportuna; y ambos, en paladines también de la moral, la estrechan la mano efusivamente.

Ella recibe el homenaje severa y dulce, con su inmóvil faz en sonrisa y sus grandes ojos hacia el suelo... Es una actitud de magnánima emperatriz cuya realidad, cuya profunda sinceridad me admira; cuya serena verdad admira a Pascual contaminándola de orgullo... Contémplala el exconserje pasmado, adorando sorprendido con sus ojos francos de buey este prestigio y esta rígida estampa de virtud que se le muestra y que conságranle las demás señoras y señores a... su señora. Yo podría jurar que en tal instante de señorial triunfo consorte, da por bien llevada hasta su abstinencia, Pascual.

Más. Yo podría jurar -y asómbrame en ello la perspicacia de Enrique- que tengo delante, en Aurora el símbolo de toda una forma singular de prostitución menos rara de lo que podría creerse. Vibra toda, ahora, esta hermosa y estupidísima hembra, de un placer de vanidades recóndito e inmenso... Sus provocaciones, sus descaros, el don insensible de su carne al viejo senador de la historia y al capitán y al húsar... Y a tantos que Dios sepa, son para esto, nada más..., para lograr categoría, para introducirse y estar entre los categorizados bajo no importa que equívoca bandera protectora... Sí, equívoca, ¡qué importa!... Y así se la acepta aquí..., incluso por la inocente mujer del coronel... ¡El equívoco tiene una gracia infinitamente perdonable... casi amable, casi afable!... Yo podría jurar, aún, que esta mujer que se ha dado al capitán y al húsar porque cada cual por su estilo son a bordo verdaderos personajes..., no se daría ni por todas las lisonjas del mundo al relojero! -¡Ah, Pura, Aurora, bestias tan hermosas... qué de enormes diferencias a poco que se ahonde en vuestra aparente igualdad!

Pero se acerca don Lacio, detiénese y escucha el nuevo flujo de irritaciones contra el indio, contra la francesa «llena tan insolentemente de brillantes»..., y su simple presencia, que ya ha bastado para amenguar la indignación en todos, menos en su saladísima condesa, que sigue entre agrios y chanzas los dicterios, acaba con los catonismos festivamente cuando se le ve tender un brazo, solemne, exclamando:

-¡Basta! Se cumple la justicia. Allá, frente a esta cubierta, al indio, a la francesa, bajo el pantalón, alta la falda, amarrados de popa hacia nosotros, en pública reparación y, por orada superior, se les están dando cien azotes. ¡Pueden ir a verlo!

Una carcajada y un cosquilloso chillar de las señoras echa estruendosamente a rodar las frágiles severidades.

Y yo río también, pensando si no vale más tomar a risa el mundo... a lo condesa..., a lo don Lacio...


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Capítulo XX
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Del frío al fuego Felipe Trigo


¿Me quieres?

-Mucho.

-¿Cuánto?

-Como... desde aquí a Barcelona.

-¡Bah! Yo a ti, como... desde aquí a Barcelona dándole seis vueltas al mundo. ¿Cuántas veces piensas en mí al día?

-Muchas. ¿Y tú?

-Una.

-¡Oh!

-Sí, no interrumpida, dormida y despierta. Sueño contigo. Si vieses anoche, ¡qué sueño!

-Cuenta.

-¡Cá! ¡imposible!... ¡loco el sueño!

Alza los ojos en una traviesa evocación. Coqueta, espera mi curiosidad -que yo domino. Temo sus escapadas de anoche a lo osado (con que en ésta empieza) en el diálogo que quise eterizarle de alma... La veo tras el cristal, alumbrada por el reflector de aceite de la lampistería. El sitio es toda una elección de experta, como cuanto piensa, como cuanto dice -dándose el caso de parecer yo el inocente conducido por sus mañas.

Tumbado en el canapé, sin más que retrepar un poco la cabeza al respaldo; tumbada o sentada ella en el diván del interior, hablamos por las dos listas de persiana, viéndonos por el vidrio desde las narices. Menos mal que he comprobado que el vidrio no se puede descorrer; es un ventanillo poco más grande que el del fondo de los coches, donde encuádrase la faz de Sarah como un vivo retrato fantástico.

La veo languidecer de su emoción dichosa y dejar pegada al vidrio la mejilla. En seguida, vuelve la boca y aplasta sus labios al cristal...

Es un beso... son largos besos mirándonos... Así se me despidió anoche también.

-¿Ves?... -díceme luego- ¡A través del cristal, ¡sin romperlo ni mancharlo!

Y suspira.

Pide más -liberada de impurezas con el catecismal recuerdo. Yo consiento. Juego nuevo -besos nuevos que tienen una infantil travesura digna de una excitadora exquisita. ¿Cómo no confesar que me marean?... El vidrio se entibiece entre las bocas mientras los ojos se clavan..., parece que tocan en él, los labios, otros labios entregados y prohibidos... que tocan en su tersura marfil de dientes...

Pero una vez, cuando ella aguarda con los rojos labios en capullo, ávidamente pegados al plano diáfano, tras de haberlo limpiado los dos del velo de aliento que acaba siempre anublándolo, al ir a acercarme retírase lenta y queda sólo en el cristal el pico agudo de la lengua, más roja que los labios...

-¡Ah!... ¡Sarah!!

Un desencanto indifinible se apodera de mí, haciéndome abatir al respaldo la cabeza. Una ilusión, nacida apenas, ha muerto: la de este juego que me estaba al menos pareciendo el de la espontaneidad de los instintos en una vida salvajemente virgínea...; y han roto mi encanto la voluptuosidad aprendida..., lo artificioso, lo perverso, lo monstruoso en una niña de falda corta...

Ella toma mi esquivez por un desfallecimiento de dulzores, y bajando a la persiana, me habla. El ruido del agua, del barco, se confunde con el soplo de su voz. Yo no sé lo que me dice, y la corto al fin:

-Tú... Sarita... ¿has besado muchas veces?

-¡Oh! ¡yo!! -respóndeme enojada, al exabrupto.

Sorprendida de la pregunta -enojada y sorprendida más, acaso, del diminutivo del nombre que he vuelto a darla en una rabia.

Y en otra rabia, en otra inverosímil e histérica violencia irritada, dulce sin embargo su irritación, como resarcida de antemano por el daño que va a hacerme, como contenta si no ¡yo qué sé!... de darme un argumento contra su puerilidad... me arroja:

-Pues, sí... ¡he besado!... tú podrás creerme siempre una chiquilla... ¡Sarita!

Enmudece, y una exasperada curiosidad me invade por esta alma extraña; le pregunto y... pónese a referirme en dulce tono, que tiene fierezas mal ocultas en el gesto humilde por hacerse perdonar, una historia cínica. Miro casi espantado sus ojos inclinados, caídos al borde del vidrio mientras cuenta... fue hace un año. Al salir de Cuba. Un francés -dueño de un ingenio inmediato a la finca donde vivían ella y su madre, en tanto el padre en Madrid. Observaba Sarah que miraba él desde el balcón de su casa, con gemelos. Además, era visita. Cuando iba a verlas el francés, frecuentemente, la madre, obstinada sin cesar en seguir tratándola como muchacha por no vestirla de largo, la echaba de la sala..., y ella marchábase a esperarle al jardín... Así, poco a poco, se fueron encontrando... se hablaron... se besaron...

-Besos al pasar -concluye Sarah-; porque mamá no quería que yo quisiese al francés, que era un hombre como tú, de treinta años... Y además porque... porque... ¡yo no sé!... ¡él iba siempre en las siestas!... porque tendría celos...

-¡Tu madre!

-...¡Sí, yo creo que aquel francés era el «novio» de mamá!

Este final, me aturde más que si la hubiera oído que se dio al francés ella misma. No he visto tal afable carencia de sentido moral en nadie.

-Sí, lo creo -insiste-, ¡mamá me odia desde entonces!... ¡si tú supieses cuánto sufro!

Múdame el asombro en rápida piedad el asomo de dolor. La desgracia de la niña sin ternuras, con esta condesa arlequina, háceme pensar cuánto en su vida pasional concentrada podría una dulce dirección haber creado una alma hermosa. La figura del padre se me aparece en su perpetuo sarcasmo de burla, como la de un vencido..., como la de un vencido por la idiotez de Charo. Es la niña con quien hablo un híbrido engendro monstruoso..., sí, sí, decididamente monstruoso -del gran corazón de don José y de la nunca bien reída muñeca con medias escarlata... Y cae en mi mente con plena imposición el tremendo error de los hombres que desdeñan y aun condenan toda intelectualidad en la mujer, en las madres que han de darles a sus hijos herencias de educación bien fatales. ¡Cuánta razón siempre Lucía!

Sólo que está Sarah demás hecha a su desgracia para que puedan inquietarla sus dolores, y plácida, contenta, diríase, de la oportunidad de confianzas lascivas en que la ha lanzado la confesión del francés, díceme volviendo a nuestros besos:

-Díme, Andrés... ¿y por qué me preguntabas eso?... Ya ves, a ti ¡por el cristal!... Se conoce que eres listo.

Sonríe en la sombra. Mi curiosidad se cruza del afán de recorrer la extensión de arrestos de este espíritu, al que no podrán llevarle ya los más feroces diletantismos del mío ninguna perversión.

Doy por sabida de ella mi respuesta, e interrogo, nada más, sencillamente:

-Oye... ¿no hicisteis el francés y tú... más que besaros?

-¡Oh!

¡Qué me oyó!

Brusca, se ha separado del cristal, en el ímpetu que fulminan su boca, sus ojos. Ha sido tremendo el efecto. Llora. La veo casi perderse en las tinieblas, agobiarse sobre el blanco pañolillo que sus manos alzan... Y veo por último acercarse al vidrio el pañuelo delante de sus ojos, mientras se lamenta herida:

-¡Oh! ¡Andrés!... ¡tú no me quieres!... ¿Por qué, di, entonces, me lo has dicho? ¿Por qué subiste aquella mañana a buscarme?... ¿te llamaba yo? ¡Pudiste haberme dejado en paz con mi pena... y no para decirme ahora eso... eso!... ¡como a una sinvergüenza!!

Llora más, agitada de sollozos, sin mirarme... Siento remordimientos y empiezo una sentida arenga de idealismos, entre disculpas y protestas, gozoso de haber tocado un átomo de alma bajo la concreción horrible de indiferencias rotas de un mazazo. Mas, cuando mi fe se inflama en su silencio, juzgándolo dominio mío logrado al fin; cuando mi discurso va llegando casi a una sentimental elocuencia, la faz de Sarah reaparece sonriente en el cristal, y escucho:

. -¡Comprendo que hubieses pensado eso por ti, porque te adoro! ¡te adoro!... ¡Ah, qué listo tú!.. pero al francés... y mira, te voy a decir una cosa que se me ocurrió esta mañana. Verás. Como me gusta hablarte viéndote los ojos, y como con tanta gente en la cubierta tú no podrías entrar sin peligro aquí (donde además estaríamos a obscuras, y no debe ser, claro está), pensé que podremos hablar solos de día en la biblioteca. No sé si habrás reparado: la biblioteca cae al frente del pasillo de mi camarote... el de la izquierda del piano, ¿sabes?... Nunca hay nadie. Un cuchitril. Tu puedes ir a buscar libros cuando mi madre esté arriba. La camarera, ya ves, nos guardará; es la que nos lleva las cartas... ¿quieres?

¡Ni me atendía! Mientras yo peroraba elocuente, dialogaba ella con sus antojos de niña-mujer que se muere por besos de unos labios sin estorbos de cristales. Me invade entonces la rabia del ridículo, y la persuasión absoluta de mi impoderío para el bien; y me gana al mismo tiempo, desde el corazón a la frente, el ansia de ser malvado, de ser feroz en lo perverso, de ser la esencia misma de la monstruosidad canalla ante lo inocentemente monstruoso. -A partir de aquí, yo no sé ni lo que hablo ni de qué hablo, ni qué demoniaco espíritu me presta su charlar de fácil seducción que hechiza a Sarah. Sólo sé que, entre palabras muy dulces, galantísimas, bien sonoras, hemos rehusado ella y yo, por baladíes, las entrevistas en la biblioteca, y hemos hablado del camarote 15... cuyo llavín tendré yo. Sólo sé que, al separarnos esta noche, ella me despide con este coloquio de llanezas estupendas:

-Y dime, ¿no es mejor anochecido? Por la siesta nos verían.

-Sí. Tienes razón. Anochecido. Entonces, pasado mañana, cuando hayamos pasado Singapoore.

-¡Ah!... Y dime, ¿piensas bajar en Singapoore?

-¿Por qué no?

-¿Como en Port-Said? ¿como en Colombo?... ¿por tu cuenta?... Pues no, niñito.

-¿Por qué no? ¡Qué tontería!

-Sí, tontería. Te lo prohíbo. Si bajas, con nosotras. Tú te piensas, Andrés, que no oí...: la orquesta, la egipcia de Port-Said..., la tú sabrás qué de Colombo... ¡Tontería! y en tanto ¡justo!, nosotras en el vapor, como de palo... ¡Buena tontería nos dé Dios, y qué... poca tenéis los hombres!

Pone un beso en el cristal, y escapa. No sé por dónde. Ni la siento abrir, ni pasar por las cubiertas.

Salgo poco después de mi escondrijo, y como veo gente en tertulia hacia el puente, acércome a la borda, dando tiempo a que partan las señoras... El espectáculo del agua, batida por la marcha, me distrae... las fosforescencias magníficas de este golfo de Bengala.

La noche es obscura, pero el mar se alumbra por sí propio. Flores de plata suben de su fondo, y tiemblan y se deshacen en estrellas. Arde en cada arista del oleaje una llama. Salta luz. Parece que el mar, tranquilo, sereno en torno, es un manto negro que va rasgando a su marcha el Reus..., rasgándolo en jirones que descubren antros de fantástica y ardiente argentería... Las madejas de luz surgen, flotan, se destejen a los lados... A veces toda la banda corre por una onda de lívido fuego azul, que da la ilusión de un buque salamandra corriendo por un incendio de luna...

Las damas se han marchado. Sigue insólitamente la tertulia de hombres. -Decídome a ir en busca de mi ancho canapé de sueño, recordando que el capitán nos anunció, a la salida de Colombo, el cruce con otro trasatlántico de la Compañía, el Isla de Mallorca, próximamente para la media noche, antes de la llegada a Singapoore. Sin duda esperan éstos comprobar hasta qué punto fue preciso el augurio del capitán.

Les oigo hablar, cuando llego; mas no de barcos... El camarero me tiene solícito la almohada en un canapé, y yo me tumbo, escuchando. Es un picoteado de frases agrias entre el relojero y el tenientito, de frente uno a otro en el corro de sillones donde veo también al indio, al comandante, al doctor de a bordo, al señor que hace el gallego del Margaux, a Enrique tomando un chin-cocktail. Por la lumbrera sube la claridad de los que juegan al tresillo. Se habla de Pura. Se habla de la madre Pura.

Se habla de las dos con un cruel desgarrar de tigres.

-¡Por supuesto, la dio usted el beso! -dice el comandante.

-¡Oh, no, no! -salta en galán el tenientito, que encuentra un poco fuerte el descaro-; me va usted a perdonar, mi comandante, pero no la di el beso. Es que así, en el velador, al doblarme... como ella tiene tan hueco el pelo en la oreja...

-¡Vaya, señor!... Y como la madre no estaba...

-Que no, mi comandante.

-¿La madre?... ¡Bah! -vuelve a intervenir el relojero mortificado aunque habla en la alegre confidencia-. La madre no estorba, ¡qué diablo!

El tenientito se agita, intranquilo... Se tose en el corro. Hay aquí lo que suele en los corros darse con frecuencia; dos impulsivos y uno que se divierte en excitarlos -y es éste el comandante. Aprovechando el silencio hostil, por malignidad o curiosidad, o por ambas cosas juntas, anima al relojero:

-La chica debe ser también de oro..., y nadie como usted para saberlo, amigo.

-¡Regular! -responde el aludido petulantemente.

-Una mañana -insiste el comandante- le he visto a usted vagar por junto a su camarote.

-¡Sí... recuerdo!...¡me saludó usted!... Pero, no, ¡nada! -añade importante y perdonador el relojero-, en los camarotes de señoras solas... no se entra... no debe entrarse... está prohibido.

-Hombre bueno, ¡no digo que... tanto!

Vacila, el novio desdeñado. La duda le enardece, en la atención general. Prorrumpe últimamente:

-¿Tanto?... Mire usted, quizás no...; pero, quién sepa por quién; en Colombo comimos juntos... la madre, la niña y yo... Y admitido que la madre... ¡igual que una marmota!... En fin, a qué hablar, mi comandante..., ¡me da asco, asco... lo que se dice asco, de las dos!

Ha hecho un movimiento, tirando la punta de un puro, cuya lumbre se esparce al choque en la cubierta, y se ha vuelto con arrogancia en el sillón, como quien definitivamente huye de indiscreciones molestas... Mas, no ha contado con que, lento, extrañamente firme y amenazador en el tranquilo aspecto de su figurita menuda, se ha levantado el teniente y le toca el hombro con dos suaves palmadas:

-Conque, asco, ¿eh... amigo relojero? -le dice.

-Pues, oiga... mal se compagina -añade calmando con un ademán el de los demás de levantarse-, mal se compagina, que la señorita Pura... tan despreciada por usted... le hayan mandado a freír espárragos en cuanto se me puso en la frente. La señorita Pura... Porque ha de saber usted que ella es una «señorita», en toda la extensión de la palabra, y usted... ¡un perfecto mamarracho, querido relojero!

Ahora sí, nos hemos levantado todos, al insulto proferido seco y fuerte...; todos, menos el relojero... que aplanado en su sillón y pálido como la paja... limítase a balbucir:

-¡Ah, usted!... ¡oh, usted... dice!... no sé a qué viene... ¡yo!...

-Digo -termina el tenientito retirándose-, que no le doy a usted una bofetada, porque me da asco... asco... así, literalmente.

Entonces, al tornarse el jovencillo a su asiento, es cuando el relojero hace, siquiera por mínima respuesta a la indignación de los demás ante tanta vileza y cobardía, una leve intención de irse a él...; pero basta a contenerle el brazo del indio, que interviene con bufas recomendaciones de paz...

Calla la reunión, vuelto cada cual a su sitio. El tenientito saca con tranquilidad la conversación del Isla de Mallorca, que va, por lo que advierto, debían de estar viéndolo éstos en el horizonte, rato hace.

Mi mudo entusiasmo por la conducta de mi colega en armas, se entristece un poco, luego, cuando la trama del pensamiento me lleva a imaginar que, ciertamente, tendrá más que temer la honra de Pura en las probables contingencias de sus relaciones con este defensor audaz y caballeroso, que si las hubiese seguido con el hueco e inhábil relojero y a pesar de sus difamaciones estúpidas... Brota ante mí la triste sombra de la mujer padeciendo igual escarnio bajo el tiránico poder del caballero y del canalla, y veo por un segundo al tenientito como un símbolo de la horrenda confusión social en muchas cosas. Esto que ha mentido en intención el uno, de la hija infeliz de la madre inocente, lo hará el otro sin mentirlo y sin decirlo -y todos le seguirán estrechando la mano, allá, en Manila, cuando ellas lloren...

Una congoja de menosprecio a mí mismo se me alza en el pecho con la imagen de «mi novia», y me prometo respetarla, contra toda su procacidad maligna, no menos cándida, en el fondo, que esta ingenua «pesca del marido» de estas Purita y su madre. Las citas de la biblioteca, y menos las del camarote -¡ah!, ¡qué intentaba yo!-, no deben llegar nunca, pese a mis arranques necios de ganarle en ceguedades locas a tal loca criatura. Habrá de conformarse con la lampistería, y habrá de seguir siendo una inversa conquista difícil, original, la mía en Sarah: la de la pureza forzosa a través de todas sus ansias insensatas por dejar de serlo.

Y otra imagen aún se me aparece en resplandores: ¡Lucía! -Lucía, que podrá haberse equivocado al elegir al hombre de su amor, que podrá quizás, quizás, no haber podido elegir, en la social limitación femenina, al que en realidad la mereciese...; pero que es la mujer noble, la mujer inteligente, la mujer fuerte, dueña de sí propia y de su suerte y en sí propia consolada en su desdicha..., ¡nunca por sus instintos a merced de los demás!

Media hora más tarde, desfila ante nosotros el Isla de Mallorca, como un castillo agujereado de luces.

El Isla de Mallorca y el Reus se saludan con sirenas, con faroles que suben y bajan allá por la obscuridad del mar...


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Capítulo XXI
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Gran oficina de memorialistas, el Reus. Dondequiera hay gentes escribiendo, por el comedor, por el fumadero, impidiendo las partidas de tresillo y de ajedrez; por la cubierta, en sillas, con tinteros de muelle, no bastando los de a bordo. Al arribo de los puertos se impone la breve comunicación con los ausentes queridos, cuyo recuerdo nos renueva y embuenece a todos en la misma onda de ternura. Tengo en el bolsillo mis cartas, y veo desde la borda, a través de una ventana de la saleta, cómo escribe Enrique. Su enérgica faz de rubio domador, creyérase que va a inundarse de lágrimas. Yo medito cuán lejos de él estarán aquellas sus teorías de «práctico sensualismo», entregado ahora el corazón a su madre, a sus hermanas...; y sin embargo, también ellas son mujeres que parecían incluidas en su generalidad. Con sólo que adivinase que pienso esto determinadamente, me daría una bofetada, y se la daría yo a él en caso inverso... ¡Pobres mujeres! ¡Cuánto tiene de irreflexivo y salvaje el modo como os tratamos!... para cada uno, santas su hermana, su madre; brutas de pechos y muslo de lujuria las otras... que son, no obstante, madres y hermanas de los demás...

Huyo del pensamiento volviendo a contemplar el maravilloso espectáculo de fuera. El más bello del mundo -según el capitán. Encanta, efectivamente, como una magia. Conforme navegamos hacia Singapore, nos van rodeando y estrechando los islotes, los flotantes vergeles de tierra roja de coral y de fina y varia vegetación de parque. Los lagos, es decir, las extensiones de mar en que se ensanchan los canales, son verdes, verdes en su calma dilatada, verdes de un verde lívido y fantástico, como las fosforescencias de los ojos felinos. El cielo es verde, decididamente verde en su pálida transparencia de ensueño. Acá y allá, por las islas, cerca, lejos, se ven floridas colinas de la tierra de coral, por cuyas faldas bajan, entre fronda, las casitas de madera, hasta grupos de ellas sumergidos en el agua, sobre estacas... Aldeas divinas... Rústicas Venecias deliciosas.

Doblamos una punta, y un buque hundido asoma su bauprés y las crucetas inclinadas de los palos. Tiene por señal de aviso faroles encendidos, aunque no ha hecho el sol más que ponerse. Está así hace años. Ya había hablado de él el capitán en la mesa. -¡A su vista voy figurándome los Pascuales, las Auroras, las Charos que yacerán dentro del casco inmenso dignificados por la muerte! ¡Cuántas veces el morir nos torna respetable una vida estúpida!

«Excelentísima señora condesa de Fuente-Fiel»..., leería entre los nombres de los náufragos cualquier lector de periódico si nos hundiésemos; y soñaría, antes que esta bufa partiquina repintada, cualquier augusta heroína de leyenda, como D'Annunzio en sus retratos del Vinci.

Vuelvo los gemelos a la proa. La rada enorme de Singapoore se desenvuelve, rodeada enfrente por más islas. Vamos siempre entre piraguas, entre blancas velas, entre vaporcitos que cruzan por todas partes. Un mar bien animado.

-¿Vas con nosotras, eh?

¡Oh, Sarah!

Póneseme cerca, y asesta sus gemelos. Detrás llegan las damas, Alberto, don Lacio, que suben engalanados para el desembarco. Lucía trae un traje malva de crespón, y un sombrero lleno de gasas y rosas, que la hace elegantísima. Son del grupo también Pascual, Aurora y Enrique, y Pura y su madre con el teniente. Fue Sarah esta mañana en el almuerzo la que decidió pérfidamente la comida en restorán... «¿Qué, mamá, no comeremos en tierra? -lanzó- ¡estoy hastiada de esta mesa de conservas!» -«¡Sí, sí!... ¿quiénes iremos?...: ¡guerra a los pavos! ¡suscripción!» -clamó al punto don Lacio. Y no pude menos de suscribirme.

Consiste la pena de don Lacio, y lo dice ahora relamiéndose, en no comer pescados frescos... ¡en el mar!

El puerto es vasto. Lo enfilan los anteojos. Se pierden en el crepúsculo sus muelles lineados de grandes, buques, de grandes navíos de vela, sin fin... Es indudablemente el más importante puerto comercial de la Malacea, acaso del extremo Oriente, el de esta ciudad que asoma tras las frondosas colinas, aquí saltadas por chalets, por pequeños reductos, por observatorios marinos... Fondeando en medio de las aguas verdes descubrimos un crucero español...

-¡Allí, allí, miren... la bandera nuestra! -dice Lucía.- El Don Juan de Austria.

Y este nuestra ha saltado orgulloso en sus labios; y esta bandera roja y amarilla, tan lejos de la patria, crúzanos de una devoción de patriotismo casi santa... Don Lacio, Alberto y el comandante se descubren. Yo también -todos los hombres; saludan las señoras con los pañuelos, mientras se dan el bienhallados el Austria y el Reus, de largo, con gallardetes que izan y arrían en los mástiles... Conoce Lucía los buques, en su calidad de hija de almirante y cosmopolita gaditana que ha vivido en Francia y Nueva-York, amiga de los mares... Ha visto en mis ojos una lágrima y se enjuga otra al descuido... ¡Cómo se quiere a España, fuera de España!... Y fuese un miserable quien creyese que yo no abrazaría a Lucía, en este instante, como a una hermana predilecta... La efusión y la pureza del abrazo se han donado en nuestros ojos.

Nos tapan el Austria otros buques. Minutos después, estamos atracando en un estrecho hueco que dejan en la muralla dos barcos de alto bordo. Vemos pronto la amenaza de los cerros de carbón, cargado aquí por chinos..., por chinos altos, macilentos, obedientes al látigo del capataz. A la derecha, en la explanada, entre la multitud, pasean inglesas; y de pronto, entre ellas, divisamos una bellísima dama cuya gracia inconfundible nos hace exclamar:

-¡Española!

En efecto, vémosla dirigirse a un bote del Austria, con el señor que la acompaña. -El cónsul, tal vez, y su mujer.

Poco después, tres coches, cuyos cocheros nubios nos dicen a todos «papá», nos llevan a Singapoore, por anchas carreteras bordeadas de arbustos y que tienen a su izquierda los frondosos cerros de las villas, y a su derecha las dársenas y no sé qué otras invasiones muradas del mar. Al subir, barqueros chinos, con sus piraguas cargadas bajo un puente, nos han ofrecido nácares y caracoles de todas formas, y cajas y lindos armaritos de maque, a buen mercado... Esto motiva una pequeña detención para que Charo y Pascual, que todo lo compran, lleven a bordo sus conchas y armaritos.

Cuando llegamos a la población, a pesar de estar cerca, se ha encendido la luz eléctrica. Los crepúsculos son tan claros como cortos en estas latitudes. Dejamos los coches, con el deseo de andar. Hemos embocado a Singapoore por el barrio indígena. La calle, tortuosa, está formada, por tenduchos desastrados en los bajos de las casas estrechas, altísimas, viejas, sucias -perforadas sin orden por míseras ventanas. Un olor a fiera, a menagérie, llena el aire. La mayor parte de las tiendas son zapaterías, cordelerías, y muchas familias chinas comen arroz a las puertas.

Todo le choca a Pura. La bella muchacha es imprudente, con sus risas locas, con sus entretenimientos y su verdadera falta de educación, que trae asombrada a Aurora. Primeramente se ha acercado a un grupo de chinos para verlos comer con los palitos, inclinándoseles materialmente en el hombro, riéndoseles en las narices. Luego se ha detenido a ver a otros que fuman opio en su largo tubo y su anafrillo de ascuas, tumbados como cerdos, y nos ha mostrado entre los dedos la coleta de uno, llamándole el Guerra... El chino, incorporado, la mira fosco, sin atreverse a protestar...

-¡Qué bruta! -me dice al lado Sarah, en su condición de comedida hija de condesa que sabe tratar a las gentes.

Mas no paran aquí los desafueros de Pura, que ya empiezan a alarmarnos. Bajo un globo voltaico está adosado a la columna, inmóvil, un policeman vestido de blanco, un gigantesco nubio como vez y media don Lacio, que es el más alto de nosotros. Todavía aumenta su estatura una especie de peludo y monumental chacó de medio metro. Atraída Pura por su talla enorme y por sus rizosas barbas, pónese a decirle a gestos que es guapo, que le gusta... El nubio, grave con su gravedad britanizada, al principio, sonríela pronto... Y yo estoy viendo al fin que abraza a la muchacha, despierto, dentro de su uniforme, en africano por las carantoñas andaluzas... y estoy viendo que mi bravo y minúsculo teniente de Cazadores, interpuesto al cabo cuando ya el nubio se anima, vuela por los aires sin que le valgan para el coloso los arrestos con que dejó tamañito al relojero...

Mediamos oportunamente, y una regular reprimenda del novio y de la madre templan a la revoltosa.

-¡Qué bruta! -díceme Sarah otra vez.

Y don Lacio corrígeme al oído:

-¡No! ¡qué... consonante con menos letras!

La involuntaria ironía que le resulta, para su hija, múevenle a piedad.

Por un momento dudo si este frecuente ridículo del lado serio de los hombres nace de una falsa posición nuestra o de una real insensatez de las mujeres. A tratarse en vez de un policeman de una policewoman, aun sin ser tan arrogante, cualquiera de nosotros hubiese hecho más que Pura...; más, bastante más..., lo que en Port-Said, lo que en Colombo -a ser posible. Y súbitamente, la reticencia que anoche estimé en Sarah de repugnante osadía, se me aparece con un sentido nuevo de queja justa y terrible que me aturde...: «...Y mientras, nosotras al vapor..., ¡como de estuco!»... Igual en la inconsciente boca podía significar: «...¡sedlo vosotros! ¡sed honrados! ¡si hemos de serlo nosotras también!»...

Cuando menos, bajo ahora la cabeza y niégome el derecho a abominar de Sarah, de Pura, si son abominables. ¡Lástima que no pueda transferírselo a estas incoloras vírgenes del coronel, que aun antes que buenas parecen tontas!... ¡lástima que... Mas, no: ¡Lucía! ¡Siempre Lucía!... la buena, la noble, la virtuosa inteligente en plena conciencia del bien y del mal, y de su amable desprecio a todos.

Nos guía, nos sirve, nos salva Lucía de la humana vergüenza de no entendemos entre humanos -con su inglés. Háblasele a unos chinos que nos ofrecen cars como los de Colombo. Útil y dulce, bella y audaz, perpetuamente flotando sobre lo tosco en un indulgente sonreír de diosa resignada, la ven mis ojos en verdad como la diosa-mujer de ignoro cuál nueva religión que habrá de redimirnos a los hombres de impureza, de tiranía, de hipocresía, de vandalismo...

Dos a dos montamos en los maqueados y ligeros cars. Conmigo ha subido don Lacio. Parten los chinos al trote, entre las varas, tirando, por la gran plaza que tiene en sus lejos de jardín de encanto la amplitud inglesa, francesa, rusa... desconocida en España, como si siempre al construir nos faltase tierra. Hermosa, la población europea; pero sin carácter. Aleccionado por Lucía, a la cual acompaña Alberto, su car, seguido de todos los otros, recorre las principales calles... pasa ante los mejores edificios, la Iglesia protestante, la Logia masónica, el Palacio del gobernador..., y por el Botánico, un paseo como el Retiro, abandonado ya, a las nueve de la noche... El aire diáfano se agita en brisa entre las risas de la leve y charolada cabalgata sin caballos. Asómbranos cómo los chinos, largos y enjutos, trotan tanto, resisten tanto. No se duelen de sus piernas, trotan, trotan, lanzándose también entre ellos gritos jubilosos como relinchos.

Es que el olor de las flores, el aroma plástico y meloso que ni en el buque desde Colombo nos ha vuelto a abandonar, embriaga a todos. Piensa don Lacio que están estos jacos indo-chinos compensados de la fealdad de sus mujeres con la espléndida hermosura de sus noches. Las estrellas lucen a miríadas, infinitas, como tachonazos de lumbre. Los árboles olorosos, a nuestro alrededor, están aureoleados a millones por luciérnagas con alas, como estrellas fugitivas...: el fulgor que forma este polvo volante de estrellas sobre las copas de algunos es tan fuerte, que da sombra a los coches... Y óyese el rumor del mar.

Por último, entre los esteros que fórmanle al parque como estanques las saladas aguas, nos vuelven a la población los chinos y nos dejan ante la escalinata de un Hotel.

Todo facilidad, con Lucía. La mesa se nos sirve en un salón donde las aspas de un gran ventilador eléctrico, debajo de la araña, sustituyen con ventas: al viejo típico panká. Comemos frutas, mangostanes de una deliciosa pulpa en corona de ajos dentro de una especie de casco de granada...; lanzones como perfumados bombones de una goma exquisita... Luego, durante la cena, se alegra Charo, de champaña..., y junto a ella, frente a mí, admírame ver tan niña, tan cándida, tan absolutamente despreocupada de su Andrés, al diablito de Sarah -que bebe también, no obstante, como si se quisiera ahogar algo de la misma ansia de besos y de abrazos que me ha encendido a mí en la sangre la noche voluptuosa...

La trata en pitusilla el comandante, que ahora no la enoja:

-¿No has comprado una muñeca?

-No. No la he comprado. China. ¡Con este correr!... Y cuando salgamos será tarde.

Apártase atrás las melenas, de la sien, diciéndolo -tan inocente con el dolor de la muñeca no comprada, que nadie pudiese sospechar qué otro juego de muñeca soñaba conmigo anoche.

La larga sobremesa, aquí encerrados, pasada un poco la explosión alegre de los vinos, empieza a fastidiarnos. No hay que pensar en el buque. Es la una. Saldrá al amanecer. Debe encontrarse aún en el trajín de los carbones... Y como Pura, que antes ha venido siempre en el car con el novio y que ahora vuelve a sus sandias imprudencias, vagando a su lado «distraída» se lo lleva a un gabinete contiguo, la rígida pescadera tose, y Enrique propone pasear la población, hasta la vuelta al barco. Se acepta.

Otros chinos de otros cars nos toman a la puerta. Enrique monta conmigo. Sin embargo, no tratándose esta vez sino de matar el tiempo, bajamos a menudo, a ver jardinillos, fuentes..., y trocamos las parejas en los coches. He ido en un trayecto con el coronel, luego con la famosa pescadera, mantenida al lado en la perfecta corrección de su ya bien ganada señoría... Últimamente llegamos a una pagoda... Y está abierta, pese a la hora.

Es un recinto de murallas, llenos sus lienzos de letras chinas. El lienzo principal rómpese al agobio de una portada en atrio que soporta una gran torre cuadrangular de cuatro cuerpos en disminución, de pura arquitectura indígena muy recargada de adornos y relieves, y separados los cuerpos entre sí por voladas cejas. Nos recibe el guardián. Dentro hay un espacioso patio donde crece a su sabor la hierba, y un templete central sobre cuadradas columnas que dejan entrada por todas partes. Sin embargo, hay que descalzarse para pasar, y renunciamos, en gracia al pudor de las señoras... no sin grandes risas de Charo al imaginar el cuadro del descalzamiento general... Y «medias también»... por el suelo, pues no hay bancos. -Vamos dando la vuelta en el interior de la muralla, investigando lo que más podemos en el obscuro laberinto de columnas, y no logramos divisar más que una cabra sagrada que come en una espuerta.

Don Lacio, reclinado, le improvisa la oración:

«Virgen cabra, madre de Brahma; virgen rabuda, madre de Buda, venga a nos, el tu pienso...

La cabra hace:

-Béeee...

Entonces don Lacio se sobrecoge: ¡cómo! es cabra y bala como borrego... Las cabras, según él, hacen estremecidamente:

-Bé, bé, bé...

Entáblase discusión, entre risotadas -temiendo yo que vamos a dar todos en la cárcel por irreverentes. Gracias a que le pone fin Pascual, imitando el trémulo -Bé, bé, bé... de las cabras, tan a la perfección, que la divina cabra le contesta con toda claridad:

-Bé, bé, bé...

Una ovación a Pascual termina el incidente; y salimos -orgulloso don Lacio de lo que llama nuestro diálogo con los dioses, para calmar la iniciada irritación de Aurora por haber hecho la cabra, «el burro», Pascual... En cambio, Pura, a quien la oración le ha caído en gracia, no cesa de repetir...

«Virgen cabra, virgen cabra...»

Sigue el paseo, barrio chino adelante. A mitad de una calle, igual que todas desierta, por tres altas ventanas oímos música... música singular, sartenera, del país... Ya ha hecho parar don Lacio, que marcha al frente; y están las damas alarmadas, creyendo en... la orquesta de Port-Said. Pero si lo es, vive el cielo que indecente -en tal casucón cuya fachada se inclina roñosa y sucia para hundirse. Baila, alguien, arriba; una silueta salta proyectada por la luz en la pared frontera; la curiosidad de lo indígena en su propia salsa nos excita; pero es el caso que estos chinos de los cars no saben más inglés que dos docenas de palabras para uso de las calles, y Lucía no los entiende. En vista de ello, repítese la previa indagación de Port-Said. Se destacan don Lacio y el húsar..., vuelven a bajar...

-¡Un baile!

¡Bravo, a él!... Realizada con pena la tenebrosa ascensión por un recto y larguísimo tramo de escalera poco más cómoda que la de un albañil, invadimos un miserable camaranchón colgado de telas rojas y dividido en dos por una mampara de petates... Los chinos nos reciben con un silencio estupefacto. Descansan ahora. Uno, en medio, viste túnica y caperuza de augur y le llegan a mitad del pecho las guías lacias del bigote. Además, las chinas están detrás de los petates y sólo asoman por encima las cabezas.

Inquirimos. El asombro de ellos y el asombro nuestro es igual, en el silencio de intimidad perturbada. Mas, puesto que si no nos invitan a nada tampoco nos echan, permanecemos, en pie, en grupo, esperando.

Arde en una cazuela una especie de aceite nauseabundo, delante del augur. Suena a golpe de gong-gong la música, que no vemos; coge el chino dos puñales, y después de rociar el piso de borujones de papeles rojos, pónese a danzar a grandes saltos.

-¡Juegos de manos! -opina alguien en el grupo.

-¡Sí, sí, un juglar!

Pero las risas, la gozosa posesión que pronto establecemos sobre la siempre severa y silenciosa concurrencia, tórnase luego en un histérico terror de las señoras, de Purita sobre todo... El augur, furioso ya como un energúmeno, agita a cada brinco los grandes puñales por el aire, cae sobre los papeles rojos, clavándolos de un golpe sobre el piso de madera, y los va encendiendo en la cazuela, sin dejar de bailar, sin dejar de saltar, frenético, espantoso... Luego los agita encendidos, y es milagro que no ardan cien veces las túnicas de los concurrentes, el techo de reseca nipa, el suelo de viejas tablas que botan bajo los pies como teclas de piano...

Y su furor aumenta. Los agudos puñalones pasan descompuestos cerca del grupo...; y una congoja, un casi desmayo de susto, al fin, de Pura, nos obliga a partir... a tomar de nuevo la escalera alumbrándonos con fósforos... Sólo ahora logra entender Lucía a los cocheros, con gran esfuerzo, ¡horror!... que es un agonizante a quien exorcisan, según el culto búdico... Debió de hacerles una gracia muy grande nuestra gozosa irrupción de turistas.

Vamos subiendo a los cars. En el barullo, siento de pronto a Sarah en el mío. Un abanico que, apenas en marcha, ella deja caer hábilmente, nos detienen lo preciso para que nuestro cochero-caballo tenga ya que ir siempre tras de los otros. La orden se ha dado, al Reus, en retirada; y el designio de la chiquilla lo veo bien claro..., es decir, lo siento en plena boca (ya que no puedo verlo bien en la semioscuridad de la carretera), con el calor de la suya al beso largo, mortal, interminable... en que sus brazos me ahogan sin obstáculos de vidrio...

Ésta es nuestra salida de Singapoore, siguiendo a los otros cars algo distantes, mientras trota el indio entre las varas, advertido o no advertido de los besos... ¡qué importa!...

Del beso, porque no es más que uno, ansioso, sin término, en que Sarah contra mi hombro se muere...


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Capítulo XXII
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Con el ajetreo de anoche, que nos salvó siquiera del carbón, ha habido sujeto que no ha dado rumor de sí (como llámale Pascual al despertar) hasta las tres de la tarde. El relojero pinta el cartel de la función -rodeado de un grupo de mirones- en tertulia con la india y con el indio y con la miss, con la otra india del doctor Roque y con éste, quienes han formado rancho aparte desde el día de la francesa; Lucía y yo acabamos por sentarnos con ellos, lejos del grupo de la proa, donde está Sarah leyendo folletines -Lucía por hablar en inglés con la miss, yo por ver pintar... y por oírle acaso el inglés a Lucía.

No, no, pinta bien este relojero. Tiene el cartón orlado de alegorías, con los felices apuntes que ha ido tornando de Singapoore, de Colombo..., bajo una vista de aquellos anchos lagos del canal. ¿Por qué, si es un demostrado badulaque, pinta bien y toca no mal el violín?... Sin duda la pintura, en la categoría de copista, y la música en la de ejecutante, son artes inferiores.

Se tutean, él y la india, en voz baja: son novios...

¡Ah, el amor en veloz competencia con las máquinas!... recuerdo aquello de Campoamor, también en viaje: «... era tuyo en Valdemoro y en Aranjuez ya eras mía»... De rato en rato ella tiende la mano sobre la caja, que él tiene delante de una silla, para indicarle el matiz de las letras que va haciendo... «Esto en azul»... «Esto en rojo»..., y los brillantes chispean en sus dedos amarillos, flacos... Tal vez hace él combinaciones de tisis y de brillantes, que le infundan corteses y halagadoras esperanzas. Lo indudable es que entre la dulce fealdad gualda de la joven, la presencia de su padre, los diamantes gordos «sin trampa ni cartón» (don Lacio) y la rociada del teniente, han hecho del bello relojero una segunda edición de novio correctísimo con vistas a la iglesia.

-¡Esto en negro! -dice la joven.

Es el nombre de Pura. Odio femenil de rivales satisfechas en que ha venido tranquilamente a reducirse la escena de la otra noche, tras dos días de comentario general... En efecto, hasta el relojero y el teniente se hablan, después de una sumisa explicación, ayer mañana, dada por el primero, y que fue para él una nueva rastrería.

Queda terminado el programa a la hora de comer, y se cuelga encima del piano. Hay últimos ensayos sueltos de música, entre la comida y el lunch de las ocho, e inmediatamente se procede, en el comedor, al ensayo general.

Vemos con asombro que el programa es enorme, cinco números de canto, dos de piano a cuatro manos, dos con el violín, las dos piezas y unos juegos de manos que ha brindado el doctor Roque.

Concluidas las piezas a las doce, todavía falta que ensayar la romanza de la india y el número que Charo le acompaña al violinista... La concurrencia sigue, pues, en el salón, por las mesas, cuando Sarah pasando junto a mí, me desliza:

-¡Sube!

Y se filtra a la cubierta.

No mucho después, subo.

Tal vez llevaba ella la esperanza de que nos encontraríamos solos, como media hora antes, en que pudo, al menos, darme un rápido beso feroz, de los suyos; pero hay gentes, dormitando, aquí y allá, y me espera donde siempre.

No hago falta yo, abajo, ni ella. Quiere pues la charla del cristal. Mas apenas he instalado mi canapé en el hueco de la lampistería y nos hemos saludado, siento dos que llegan, cubierta abajo, por estribor. Se sientan.

Pero se han sentado tan cerca, en dos mecedoras allí encontradas, que no los separan de mi cabeza más que las cuerdas del torno. No los conozco, a la semisombra, mas sí por la voz: Pascual, Enrique.

-Quiero hablar con usted largamente -ha dicho fúnebre Pascual.

Y mientras ellos, en un grave silencio de espera, durante el cual el exconserje ofrécele un cigarro de picado al húsar -cosa que me tranquiliza respecto a la buena armonía de la entrevista; y mientras ellos lían y encienden despacio el cigarro, en prólogo de mayores lentitudes, oigo tras la persiana la voz de Sarah, que los ha oído también:

-¡Maldita sea!... ¡Adiós, Andrés... ¡es tarde!

Yo no puedo imitar a Sarah (que se salva por la puerta del otro lado), sin que al moverme me delate... Además, intrígame qué cosa tenga que decirle a Enrique el buen Pascual, que empieza así:

-He tenido un anónimo.

-¡Ah!

-O mejor dicho, dos. Uno en Colombo. Otro que me han entregado hoy, de la correspondencia de Singapoore. Yo digo que serán de a bordo, porque ¿quien me conoce a mí en estos pueblos?

-¡Claro hombre!... Y ¿qué dicen?

-No, no, traen el sello... mire, de color ladrillo -Enciende un fósforo y lee en el sello, con trabajo-: Straits Settlements-Singapoore. -Ahora que yo también creo que puede haberlo escrito alguno del Reus. Porque ¿quién me conoce a mí...?

-¡Pues! ¿quién duda, Pascual?... ¿y qué dicen?

-¡Oh, don Enrique, una infamia!... Verá usted... de mi señora.

Suenan torpemente los gruesos dedos en la caja de cerillas. Pascual, a pesar de nuestra grande amistad con él, no ha podido prescindir de llamarnos don Andrés, don Enrique, por un sentimiento invencible de «clase», de respeto, de guardia civil licenciado. Enciende y lee:

-El de Colombo: «Vigila a tu mujer, animal.» ¿Le parece a usted, qué palabra?...

-¡Vamos, siga, que va a quemarse!

-No, si no dice más. Y éste el de hoy: «El querido de tu mujer es el capitán, ¡ah borrico!». Tampoco dice más. ¿Le parece a usted, Don Enrique, qué palabrotas?... Vamos, le digo que más le vale a éste que no descubra quién es, porque lo tiro al agua de cabeza como tres y dos son cinco.

Enrique respira y ríe... Ha cogido los anónimos y examina la letra a la luz de otro fósforo.

-¡Yo digo que sea el relojero! -dice Pascual como en consulta.

-Cá, hombre... ¡Y sea quien sea!... ¡no haga caso! Chismes y cuentos. Rompa usted eso. ¿Usted no ve cómo se habla de Pura, de la condesa...? ¿eh?.... de la condesa de Fuentefiel, nada menos... ¡nadie está libre!

-Bien, pero... mi señora... ¡Ah, don Enrique!... soy muy desgraciado... Por eso le digo a usted que es el relojero... que sabe naturalmente cosas de mi señora... como paisano... Y mire, como luego aquí le han echado de la tertulia porque le quiso pegar el teniente..., el hombre...

-Justo,... envidias... rabias... Sin embargo; eso fue anteayer... Y en Colombo...

-Ya traía la mala sangre de Port-Said, créame usted, don Enrique. Allí bajó con nosotros... por estorbarme... ¡Y mi señora le despreció! no le hizo caso maldito... ¡él se imaginaba!

-¿Ve?... Eso debe de satisfacerle con respecto a su señora.

-Ah, sí, mi señora... pero es la cuestión que mi señora... ¡Ah, don Enrique!... ¡soy muy desgraciado!... Mi señora ya tenía una niña cuando... cuando... ¡Son historias, don Enrique!... ¡Yo soy muy desgraciado!...

Está qué rabia por hablar del senador, por expansionarse con alguien, a plena confidencia, a plena alma, este bruto de recónditas ternuras. Pero Enrique, hábil en su extraña situación, le contiene:

-Oiga -dice rápido fingiendo no haber apreciado sus anhelos-: más bien el indio... ¿sabe?... ¡El indio! La cosa está muy clara...: una invención en que lo toman por instrumento de venganza contra el capitán..., rabioso el indio desde lo de su francesa... y también por él, a quien le tocó del capitán un rapapolvo... ¡Sí, el indio!

Pascual repite súbitamente persuadido:

-¡Sí, el indio!

Y yo también exclamo en mis adentro sin dudarlo: «¡sí, el indio!». Y cuando no sé qué admirar más, si la sagacidad de Enrique o la buena fortuna que le depara un hecho sobre que apoyar con toda lógica para Pascual una desorientación, me admiran aún hasta el colmo su aplomo, primero, y en seguida la inconcebible y sandia ingenuidad del exconserje.

-¡El indio! -ha repetido triunfante el húsar-. ¿No se lo dice a usted el hecho de mezclar en el cuento al capitán?... El relojero, otro cualquiera, me hubiese indicado a mí..., que al fin soy amigo de ustedes. ¡Bah, bah... el capitán que apenas si les dice buenos días!... Rompa usted eso, ¡y allá que el indio se las vea si le duele su francesa! Todavía la llevan encerrada.

Pascual no está convencido. Masca, mueve su gran cabeza bobina dolorosamente. Y es ahora cuando él lleva al otro polo mi estupefacción:

-Mire usted, don Enrique..., si aquí dijesen que usted... ¡pse!... no me importaría, que bien sé que es nuestro amigo, y que está el día entero con nosotros, y que baja al mismo tiempo a acostarse tranquilo en mi litera de encima...; porque bien sé que usted, en fin, no tiene en el barco escondites, como los puede tener el capitán... cuando mi señora baja a bañarse, por ejemplo, quedándonos a usted y a mí esperándola hechos unos papanatas.

Una risa que Enrique disimula entre toses, oculta la mía. Si no, me descubren.

-Mire usted, don Enrique -insiste con su voz terneril de bajo el exconserje-; mi señora... mi señora... ¡ella es fría, en verdad... pero, caramba, que tanto, desde Barcelona!... ¿Es que... el capitán... Y mi señora... ¡porque si no, no se explica! Mejor fuese que no le hubieran mentado, y así no hice caso del primer anónimo... Pero al decir el de hoy «el capitán»... Verá usted: yo había observado cosas del capitán, de mi señora... aunque se creen que uno es tonto: en Aden ¿se acuerda?... fue donde compré este anillo del topacio...; pues, bueno, yo quise comprarle al mismo, para mi señora, unos aretes de perlas, y pedían caro...; seguí al moro, esperando que bajase el precio cuando no le diesen más, y advertí que el capitán, aquí detrás de la saleta, le tomaba los aretes... «vamos, para su señora» -pensé; y figúrese mi pasmo de que al otro día veo salir... a la mía con ellos. «Vamos, una fineza» -pensé; y como se lo dije un poco escamado, y ella me aseguró que los traía de España... Y además no volvieron a juntarse ella y el capitán, que por entonces no nos dejaba, me quedé contento... siquiera... de haber evitado... ¡Y figúrese usted, don Enrique, ahora mentarme al capitán, después de aquello!... al capitán, precisamente... Y no a usted, que bien sé que es nuestro amigo.

Hace punto el narrador.

Enrique exclama:

-¡Hombre! ¡hombre!

Pascual añade convencido:

-El capitán y mi señora lo que han tomado a usted es por tapadera... ¡y nos la están dando de primo, creáme!

Sin duda Enrique muérdese los labios, por no romper a carcajadas. Yo, al menos, me los muerdo. Además, algo de aquella rabia fugaz contra Aurora, contra el capitán, que me mostró el día de la horquilla, debe volverle, puesto que le oigo abandonar a Pascual en su creencia, en su ira mansa ya vista inofensiva:

-¡Demonio, demonio!... Y tal vez sea cierto!... y... ¿cree usted... que estamos haciendo los primos?... ¡Ah, las mujeres!

-¡No me cabe duda! -contesta el infeliz transportando su ternura hasta casi un remordimiento por la extensión del ridículo al amigo incauto.

Y la comunidad de desgracia, que se diría que consuela, llévale a la confidencia francamente:

-¡Yo soy muy desgraciado, don Enrique!... Yo me casé con mi señora por salir de ruinas y por sacarla a flote, cuando mi señora tenía una niña... de un senador..., de otro... naturalmente... ¡historias, qué quiere usted!... Y ahora que esperaba verla cambiada con este viaje... para vivir como Dios manda y con cariño... ¡mire usted!... ¡igual que en Salamanca!... ¿Y qué hago yo? ¿No estoy atado?... Porque, sí, es muy sencillo en los dracmas del teatro: «ésa te engaña ¡hala con ella!...» Porque, sí, yo podría haberme casado por... conveniencia..., pero llegué a quererla, ¡se lo digo!... Y si usted viese cómo cambian las cosas cuando uno quiere... ¿Qué hago?... ¿la cojo?... ¿le doy de trompadas?... Ni, ¿qué hago con el capitán, tampoco? ¿lo cojo?... ¿lo tiro al agua de cabeza?...

-¡Hombre, no!

-Ah, si no tuviese más trabajo uno que agarrarle y tirarle como a un gato... Y esta tarde, él allí... ¡allí!... solos los dos... mire usted, lo pensé... ¡y crea que a no haber sido por la idea de que hace tanta falta a bordo... de que quizás sin él nos romperíamos todos la crisma contra algún peñón!...

-¡De seguro! -dice Enrique-. O iríamos a parar a las Quimbambas, en vez de a Filipinas.

-Pues la otra -sigue Pascual-, ¡peor!... Que le pego... que me aparto de ella... ¡y llego a Filipinas, y cesantía al canto... en cuanto se entere el senador, y heme aquí sin oficialiduría en Manila y hasta sin conserjería en Salamanca..., ¡que cualquiera vuelve a aquella Diputación con aquél, no siendo para darle de trompadas!

-Oiga, Pascual, estas cosas hay que tomarlas con calma ¿sabe?... O la tremenda, y salga por donde quiera el sol, como en los «dracmas», o callarse y yo qué sé y aquí no ha pasado nada...

-¡Eso mismo digo yo! -corta Pascual, que más que consejos ha venido buscando, sin duda, alivios y la aprobación a sus conformidades. Hay gentes que necesitan dialogar, oír a otro para no embrollarse y poder oírse a sí mismos en sus mentales conflictos- ¡Eso mismo he dicho yo!... Después de todo no cabe mejor cosa que callarse, que aguantarse... ¡y fuese preferible que uno no pensase las cosas si las ha de hacer!... Aparte el cariño a mi señora, que es guapa y fina como una marquesa, aunque me esté mal el decirlo..., ¿quiere usted ayudarme a sentir, don Enrique, si la dejo... si yo encuentro en Manila un destinillo... por misericordia de Dios... por misericordia de ustedes los amigos...? ¿quiere decirme qué vida la mía, teniendo otra vez que buscármelas en casas de pendonas, como antes de casarme...? Claro, uno es fuerte, robusto... y joven aún... ¡ya comprende!... ¿Qué?... Va uno a ésas, y allá van pesetas, y a ver dónde están cinco pesetas cada día. ¡Dios sabe a cuenta de qué!... Toma uno una criadita... le roba..., se le hace a usted el ama... Se echa una querida... pero ¿y los cuartos?... Esto es caro, amigo..., y en fin de cuentas, ninguna que sirva para descalzará mi señora..., que es después de todo mujer propia, y guapa y fino su cuerpo como habrá podido repararle por las manos... ¿se ha fijado usted?... ¡Oh, oh, don Enrique, en cuanto a eso!...

Viene la gente del ensayo. Es lástima -iba entrando la confidencia en un cómico divertidísimo... Este Pascual es «un temperamento» que me explica ahora su modo de ser, a toda luz... El hombre ¡qué diablo!... es fuerte, robusto, joven aún... y...

Oigo a Aurora:

-¿Eh?... ¿Dónde se meten? La una y media... ¿No dormimos esta noche?

-Vamos, vamos, hija mía. Sí, ya es tarde. ¿Se viene usted, don Enrique?

-Sí.

-¡Vamos!

No sé cómo se aleja Pascual, pero apostaría a que le haya tomado el brazo a «su señora» por irse deleitando a través de la batista con su piel incomparable.


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Capítulo XXIII
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Diciembre 24. -Nochebuena -nos ha dicho hoy el almanaque.

Y es preciso creerlo, ahogado, aquí, viendo este blanco y sutil celaje inmóvil de tormenta, viendo correr por el agua quieta las manadas de delfines que también parecen salir a respirar mientras aguardo como un ansiado bien mi segunda ducha de antes del almuerzo.

El cielo tiene una luminosidad siniestra de amenaza, sobre la calma del mar.

-¡Señorito!

-Hola, Juan. ¿Ya?

-Sí, señorito. No está compuesta la avería, pero pueden bañarse los señores en un baño de señoras. Lo ha dicho el sobrecargo.

Bajo, delante de Juan. Entro en el camarín que se me indica, y cierro. Esto de refrescarse lo solemos tomar despacio, el que le toca, con desesperación de los demás. Noto, sin embargo, que está el cuartito hecho un desastre. Los carpinteros y plomeros han interrumpido su obra, y yace el suelo lleno de aserrín, de clavos, de tacos de madera, hasta de herramientas. Arrancada la percha, sin otra silla, no sé dónde poner las ropas.

Fumo. He colgado la chaqueta en el extremo retorcido de un tubo roto, y no tengo donde soltar el cigarro. De pronto paréceme que la ducha se abre..., vuelvo la cabeza, y no: es en el cuartito vecino; veo sobre la pila, al lado de mi ducha, junto al techo, un boquete de paso de otros tubos arrancados.

Al mismo tiempo siento el resoplar de impresión de quien sufre el agua, y una femenina tos que juraría que es de Aurora... La idea de verla me asalta... a ella... ¡qué demonio!... no hay grandes traiciones de pudor con tal mujer... Y dicho y hecho, velo un tanto con la cortinilla la ventana, subo al borde de la pila y miro...

¡Ah!... está enfrente..., ninfa deliciosa... ¿quién es?... ¡No es la pescadera!... es menos gruesa... ¿Pura?... No, tampoco... menos gruesa, ésta, asimismo... cubre su cara con ambas manos. Una idea me cruza de verdadera traición... Y luego, apártome a un lado del boquete...

Mas, no, no, gran Dios... no es tampoco Lucía... ¡Lucía es más alta!...

Y como ha sido divina la visión... Y como el mal de indiscreción ya estaría hecho... vuelvo a mirar, pensando que será cualquiera de aquellas mujeres o muchachas humildes del pasaje de quienes no ha hecho aprecio nuestro orgullo... Hay, en efecto, una modesta hija de un ex-sargento, de un teniente, vestida de percales, que bien puede tener debajo de ellos esta escultura ideal.

No se mueve la figurita linda, acogida entre los líquidos hilos de la lluvia, entera y recta alzada sobre los pies muy juntos al centro de la pila, como una bella columna simétrica, como una cariátide de fuente. Goteante el pelo en obscuras sierpes que el cristalino varillaje sacude por detrás de los costados, aplástasele a la cabeza erguida para recibir en plena frente el agua, siempre protegida por ambas manos la faz. Las puntas de los codos, separados hacia mí y a la altura de los hombros, déjanme ver y ofrecen también a la frescura las puntas altivas de sus senos...

Me invade la casi casta adoración de la belleza pura, de la belleza intacta y virginal de esta ignota hija del ex-sargento, del teniente...; la noble adoración de la humana forma, en diosa de inocencia, no manchada en mí esta vez ni siquiera por aquellas vagas perspectivas de amantes proyecciones con que fuí por fin envileciendo mi admiración a la rubia desdichada... ¡Oh tú, bella modesta de quien no tengo otro recuerdo que el de tus ojos dulces, sencillos..., nunca sabrás con cuál celeste admiración ha contemplado tus hechizos un hombre!

Feliz pereza de edén, esta delicia de diosa en el baño. Su cuerpo, maravillosamente lineado, maravillosamente azul a la luz que entra oblicua y directa del cielo por la redonda ventana; su cuerpo lavado en gracia, absuelve sin embargo a la mujer que es, bien mujer, la hechicera, sumiendo sus rincones de amor, tocados de obscuro musgo, en discretas sombras que le dan la limpia pureza morena de una estatua. Sin la negrura intensa del cabello, sería perfecta la ilusión.

Ya que les quitan uno, para nosotros, han tenido al menos en el barco la atención de guardar para las damas los cuartos menos trastornados en la obra. Aquí no hay martillos por el suelo. Todo en orden. La roja colgadura de la puerta, frente al ventanillo, refleja su fulgor de sangre sobre la mitad izquierda del cuerpo gentilísimo, así repartido entre dos caricias de luz... Y humilla ahora la frente, ella, curvada un poco a recibir 1a lluvia en la espalda. Sus manos adelantan soñosas el pelo por encima de un hombro, y durante un segundo le oculta el vientre un roto velo de madejas deshechas y temblantes en el raudal de agua... Un seno de éstos, que no son en el marmóreo busto más que leves gracias henchidas, parte una de las guedejas negras, negras, que se ciñen a la carne al erguirse ella otra, vez, y queda asomando... Y... y... ¡qué veo!... ¡oh qué miro!... ¡por Dios!... ¡ella!... ¡ella!!

¡¡Es Sarah!!

¡Es Sarah!

La magia, el escamoteo en mis ojos, resulta incomprensible... ¡Sarah!... ¡Sarah!... y sí, bien, Sarah... la niña... ¡esta mujer!... La estoy viendo sonriosa, con los labios apretados, con los ojos cerrados, entregada libre ahora la faz a la violenta frescura... Su cuerpo harto me ha dicho con rizosas falacias de inocencia cuánto es flor, madura fruta su joven carne tropical..., cuánto es injusto el tormento de máscara infantil a que la tiene forzada por no confesarse declarada vieja la condesa.

¡Ah, cuerpo de lumbre, linda y pequeña ninfa ardiente por mitad celeste, por mitad encarnada, cómo te besa enamorada la luz de arriba abajo con pálidos clarores azules en las sombras purpúreas de las rosas! ¡Cómo me enciendes al fin todo en llama del fuego recordado de tus besos!

De pronto, Sarah... ¡mi novia!... cierra la ducha. Salta de la tina.

Yo he huido la cabeza... temiendo ser visto.

¡Mi novia!

¿Por qué dice el corazón la frase de otro modo?

Cuando vuelvo a mirar, la veo envuelta en un esponjoso ropón como un manto de níveos crisantemos. Con los brazos fuera, se enjuga el pelo en la toalla. Luego, veloz, se coge, se anuda el pelo, como quien espera en su camarote arreglarse más despacio; tira el ropón, se ciñe el blanco y breve corsé sobre la carne, mojada en perlas: se pone por toda ropa una falda, sin camisa, sin enaguas, y en seguida una blusa de batista..., y sale.

Bajo yo.

Mis ojos, mi sangre están fulminados.

No debo ver más hoy a esta chiquilla... a esta preciosa mujercita... ¡ya sí que no lo dudo!... si no he de invitarla yo mismo a... un disparate.

Poco después, alguien pasa, al contiguo baño.

«¿Aquí, señora?»

«Aquí. Ésa es el agua caliente. Y la ducha.»

«No, no, Yo quiero baño, a placer... Hasta luego.»

El gran Pascual.

Maldita la gana que tengo ahora de asomarme.

Me desnudo todo lo aprisa que puedo; tomo mi ducha, todo lo larga posible, para calmar mi interna y loca sed de Sarah- y voy a mi camarote.

El húsar, que acaba de despertar, quiere referirme el coloquio de anoche, y yo le corto manifestándole que lo escuché... Tengo una gana rabiosa, cuando él me pregunta qué hacía detrás del torno, de contárselo y de contarle la visión del baño..., pero me domino.

En la mesa encuentro a Sarah, niña en su disfraz infantil, que ahora hasta con la expresión la place completar... Tiene aún el pelo húmedo, suelto desde un lacito verde en la nuca... -Se ríe, se charla de cien cosas, y ni me mira... Sólo al final habla de que siendo la fiesta esta noche, esta noche sí, tendrá que vestirse de mujer... la dama del Chateau Margaux.

Y yo no sé qué chispa de sus ojos parece suplicarme que la quiera así, prometiéndome que así habré de tenerla, con galas de mujer, en el camarote 15, esta noche...


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Paso el día más inquieto de mi vida. He recorrido el barco diez veces, de proa a popa. He ido observando cómo poco a poco se turba la serenidad del mar, se trueca en conchas, en espumas, en un movido oleaje, al anochecer, que nos mece bajo el cielo lleno de cirros.

El viento que iba levantándose, se calma; pero el leve balanceo sigue, a la hora de la colación con que, a ruegos del capellán, se ha sustituido la comida, a fin de celebrar la función hasta las doce, y servir después el banquete sin pecar comiendo carne.

Sarah viene a la mesa «de mujer»... Está provocadora, bellísima con su artístico peinado y su gran bata de encajes... Es tal su aspecto, que involuntariamente la llaman de usted algunos..., el capitán... Alberto... -Perdónala su madre en gracia a que se le ha ocurrido ponerse sobre el pelo una diadema de brillantes de la cual se hacen elogios... Es de Charo, también; sin esto no hubiéramos sabido que tiene tan rica joya, tan rica bata... «para andar por casa en Cuba»...

-¡Ah, yo podría vestir con mis baúles diez comedias!...

Y sin embargo, un desastre, la función. Menos a la francesa, se ha invitado al pasaje entero, que desborda en la cubierta donde se está celebrando... porque al ir esta tarde a quitar las mesas del comedor, se vio que había que desatornillar además las sillas, y prefirió el capitán que se subiese el piano. El mar se mueve, y hay mucha gente que, si no mareada, está angustiosa. Además, en el escenario improvisado con lonas junto al puente, y adornado con banderas, arrojan los balances a los actores y actrices unos contra otros.

Unido esto a su torpeza y sosería, no se puede oír a Pura. A lo mejor se interrumpe para quejarse en alta voz de los balances... Viene después la parte lírica. A Sarah se le aplaude la intención de su

«Ma fenêtre, helas, est fermée,
et ne s'ouvrirá que pour lui...»


Yo, pienso que esta ovación picaresca es una sanción anticipada de todos mis insensatos antojos... Decididamente hay una idiotez general que nos empuja a lo enorme. -Luego aplauden a Lucía calurosamente. Gusta también el relojero. Y se entra en la segunda parte con Chateau Margaux, deslucida, a pesar de la gracia infinita de Sarah, por Enrique, medio mareado... Yo detrás de la escena, donde hago las veces de transpunte, según van subiendo las actrices vestidas por la escalilla de proa, siento de pronto que Sarah, al salir, me da un beso ávidamente, en un momento de propicia soledad...

Vuelve la segunda parte musical y duran todavía al dar las doce los pobres juegos de manos del doctor... del doctor Roque, que aburre a todos, y a quien se abandona al fin, camino del banquete. Y es aquí, es ahora cuando el buque se serena, lo cual al fin desborda la alegría mal tenida en la función... ¡Todo un festín!... Se vota un pláceme al jefe de cocinas... Los corchos del champaña, saltan... Se bebe, se brinda, se grita... Al amanecer hay alegres grupos por todos lados, por el comedor, por el fumadero, por la cubierta en plena extraordinaria iluminación... allí también, junto a la saleta.

No ha podido Sarah decirme su rabia de no hablarnos esta noche, más que con una frase del brindis de Traviata, copa en alto, cantándola y llenándose de espuma..., entre la confusión de alegrías:

Il segreto per esser felice
so io per prova
Pinsegno agle amici...


¡Ah, la osada!... Mas, ¡qué importa!... de quienes la escuchamos, de quienes la aplaudimos... dos nada más la hemos comprendido su audacia; Lucía y yo, que nos miramos de un modo singular... de sorpresa... de vergüenza...


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Capítulo XXIV
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Del frío al fuego Felipe Trigo


El mar de la China recobra sus fueros de mal genio y mueve nuestro barco, dejando de ser el cristal inconmovible que hemos corrido casi sin cesar desde la Arabia. Sin embargo, lo mueve discretamente, como para advertirnos nada más, como para volver al bello azul cobalto de Sicilia diciéndonos que siempre es uno y el mismo. Los celestes presagios de tormenta, se han borrado, y el sol traza su senda de luz en las olas.

He vuelto yo también esta tarde a desear lo sencillo, tras el sueño inquieto de la mañana entera en que ha rendido la fiesta al pasaje. Enrique acaba de contarme que a las tres «durmió a Pascual, y que terminó la noche... con aurora». Hubo además sus borracheras, sus escándalos, sobre cubierta -lo supo él, que es el hombre de las observaciones: dos se pegaron, y en la saleta, a obscuras, parece que llegaron a entrar Pura y el tenientito, encontrándose allí dolorosamente sorprendidos con un durmiente que había vomitado las trufas y el champaña...

He vuelto a desear lo sencillo con el instintivo asco profundo que en la fatiga de vinos y deseos dejan las báquicas lascivias de los demás. Casi una repugnancia de cada átomo de mi ser en ansia de purificaciones..., y huyendo de las gentes, de Sarah, de la niña-mujer que fue asimismo en la hipócrita bacanal mi tentación y mi martirio, he buscado en este extremo de la popa, junto a mi limpio cañón enfundado, al pie de la corredera que sigue dando vueltas en la estela, otras castas y anchas compañías de las verdaderas almas de niña que son las olas en sus rumorosos juegos del silencio... Ellas bullen, saltan, se tocan, se lanzan espumas...

He traído tal vez la esperanza de Lucía, en sus diarias visitas a la rubia. Algunas tardes las he visto juntas aquí, mirando cómo el sol despliega sus crepúsculos grandiosos. Me hiciera bien hablar con ambas de las aguas y del cielo..., me hiciera bien hablar con ella noblemente de lo que ella ¡la humana! querrá quizás reprocharme del brindis de Traviata...

Y me admira, viendo cómo la corredera da vueltas, sin haber perdido una mientras marcha el Reus, mientras dormimos nosotros, como igualmente según su condición son inmutables e incesantes las tendencias en las almas: la misma, Lucía, a través del medio corruptor del buque, que el día que la vi arribar en el blanco esquife en Barcelona: la misma, sonriosa y gentil... imperturbable -como esta corredera, como esta hélice tampoco fatigada en su girar, como este pobre corazón que todos llevamos en el pecho y que late segundo por segundo en sueños y en las vigilias desde el nacer hasta la muerte... ¡La misma, como un cuerpo de alma que guarda en sí propio la firmeza de su fin y su destino!

¡Pobre corazón!... tú lates... lates... en tanto cruza el alma los mares varios de la vida... Yo querría verte ahora y tocarte con mis labios, diciéndote que sigas, que no te canses aún, que no haces vivir en mí completamente a un miserable...

Doblo hacia él la frente y quédome pensando, aquí abrumado sobre el ruedo de maromas, que no me será ya muy difícil eludir, en los cuatro días que de viaje restan, la estúpida provocación de Sarah. Cáusome a mí propio el efecto, en el vuelo de pesares nobles, de la cansada ramera que resiste por hastío y por una mezcla de desprecio y de piedad la testaruda invitación de un jovencillo al cual puede darle desdicha sin recibir nada nuevo... ni la poesía de su pudor. -Sarah, ese jovencillo; y su pasión, vicio procaz bien limitado, bien exaltado por mi indiferencia de hombre, de «ramera», a su aparente niñez... Son iguales nuestras ansias cuando ella me las infunde con la boca... Y ambos quedaríamos probablemente en el mismo tedio después de los abrazos... Sí; noto ahora, con horror de ese alma de muñeca, que ni un momento hase preocupado del porvenir..., de boda..., de adónde iré... de todo eso que teme y trata de afirmarse siquiera en juramentos la amorosa que se entrega...

Oigo la hélice, y veo su palpitación de espuma. Percibo con mi mano diestra mi corazón. Mi corazón y la máquina van moviendo en mi ser y en el buque la misma monstruosa confusión de cosas y de almas... Yo también llevo un rincón de Lucía, de altezas, en el pecho casi ridículo entre tanta escoria de la carga.

Éntrame el afán de ver las máquinas, ya que no puedo mi corazón. Una curiosidad que no había tenido en veinticinco días de a bordo, cuando tantas necedades me absorbieron.

Bajo a la entrecubierta.

Entro en la galería.

El foso de las máquinas tiene frente a un almacén su acceso, cerca de las cocinas. Paso a él.

En la baranda de la escalera de hierro que va descendiendo adosada a sus paredes de cisterna, deténgome a considerar la negra profundidad. La inflada manga de lona de un ventilador baja oscilante por el hueco, desde la lumbrera de la cubierta de segunda. Abajo, entre el rojo resplandor de luces artificiales, veo una biela poderosa que hace girar un volante...

Y vuélvome de pronto. Me llaman desde el pasillo. Llega a mí la vieja camarera de las cartas... con otra.

-¡De parte de la señorita!

Vase furtivamente la camarera, y rompo el sobre:

«Esto es horrible. Ni ayer ni anteayer hablamos. Ven a la biblioteca».

¡Oh, Dios!

Una impresión francamente repulsiva me toma con la idea de esta chiquilla errante y sola por el barco como una gata atormentada de lujuria.

Mi impulso es no ir.

¡Sarah! ¡Oh, escondido cuerpo grácil de estatua... ¿qué importa tu material pureza si te faltan la gracia del amor y la inocencia..., si aun para ser aquella otra india estatuilla te faltan hasta su docilidad y su dulzura cuanto te sobran el descaro y la doblez?...¡Ah, sí, sí tú me haces sentir, rara virgen, la infamia de la ramera -que al menos tiene una moneda por disculpa-, con tu limitada solicitación de placer en mi carne!... Siento bien lo que es ceder sin voluntad, en tu asedio repugnante..., y debes conformarte, sin saberlo, con haberle dado a un hombre, acaso la primera, esta extraña sensación!

Pero... ¿por qué sin saberlo?... La imagen de Lucía pasa en niebla llamándome cobarde... Al menos realizaré este empeño, de la empresa alta, en la biblioteca... ¡Sabré decirle a Sarah cómo es horrible, esto sí, una flor de virginidad abriendo en vicio!...

Desisto de las máquinas. Salgo y cruzo galerías. Está arriba todo el mundo. Huele siempre en nuestra cámara a las flores que enloquecen... sampaguitas. -Vacilo en el comedor, tomo el pasillo de la izquierda del piano y reconozco la biblioteca enfrente, por dos pequeños estantes.

Las tres puertas de camarotes del pasillo están cerradas. La «biblioteca» es un tabuco a cuyas cuatro paredes se aspa con los brazos. Tiene como una docena de libros. Los miro: El arte de creer, de Augusto Nicolás, ¿Se opone la fe a la razón?, por X, La Europa salvaje, por Flit... Comprendo que los pasajeros la ignorásemos. En otra tabla están las obras de Julio Verne, y al lado ¡menos mal! una lujosa edición de La Divina Comedia... Alcanzo el tomo del Infierno y hojeo los magníficos grabados de Doré: el texto, a dos mitades, está en español y en italiano...

Un ruido, me torna; una puerta, del camarote de al pie, ha sido abierta... Y Sarah, de un salto cae en mi pecho.

-¡Mi Andrés!

No me ha dejado decir ni su nombre..., me estrecha, me estruja, me busca la boca... se muere estremecida en el beso ávido, largo, interminable...

-¡Sarah!... por... Dios... que pueden venir...

-¡No! ¡Nadie!

Y en la huida de mis labios, los busca otra vez, con los suyos, colgada de mi cuello... sin término, sin fin... Luego, a su peso y a la dulce cobardía de que va llenándome el ardiente contacto de su cuerpo, caemos desfallecidos en el beso sobre el pequeño diván... Artera, o realmente por la violencia desbrochada, veo su garganta y la curva de su seno moreno y firme... Me doblo y lo muerdo..., y entonces grita, en grito ahogado, quedándose desmayada en abandono...

-No, mira, Sarah... -digo de pronto levantándome, trémulo, frenético-, arriba, en el camarote, ¿sabes?... Tengo la llave en el mío... ¡Sube después de comer!

Ella, solloza y suspira, la espalda contra el respaldo... Tiene el pelo en madeja, y un blanco peinador lleno de gasas la cubre.

-¿Sabes? -insisto.

Y cogiendo el tomo del Dante, por precaución de disculpa, salgo.

Pero me alcanza, ligera, y me da otro breve beso de dominio, diciéndome aprisa en seguida: -Baja la llave, y ponla en un candelabro del piano. Avísame tocando el vals que tocas tú... ¿Qué número es?

-El 15.

En cuanto cierra el camarote, donde he visto una dorada cama igual que la del de arriba, subo a la cubierta en busca de Enrique, que está con un grupo de hombres. Llámole aparte y le digo que «han soltado a la francesa... en furia»; que vengo de hablarla y de quedar con ella para la alta noche en el... si el... «¡Buena guardia!» -me interrumpe en lenguaje militar, dándome el llavín. Vuelvo a bajar y lo pongo en el piano... en un hueco del dorado candelabro cuyos colgantes de vidrio vibran unas notas de mi vals...


No pienso..., y sin embargo, existo. Todo para lo brutal, ciego y loco, sin que haya otra reflexión que me dé vueltas sobre las vagas impresiones de las láminas del Dante, que hojeo aquí en el solitario sitio de nuestras tertulias de la noche, más que ésta: «¡Qué más da!... Selo tú, si ha de ser alguno el primero fatalmente»... Y una confusa y baja conciencia en donde está también desnuda Sarah, según la vi en la ducha, como estas bellas condenadas de Doré, me afirma ahora con bestias complacencias que ella intacta vale más que la francesa, que Aurora, que Pura, que la estatuilla de Colombo y que la egipcia de Port-Said... Bastante más que todas estas hembras de placer del Reus y de los puertos... en la gama tan diversa de mujeres en cuyo centro están las vírgenes tontas del coronel y en cuyo extremo de idealidad y excelsitud está Lucía. De una mujer a una mujer hay, pues, más diferencia que de un sapo a una Diosa. Por eso se puede decir de ellas todo lo necio y lo grande con razón.

«Lasciati ogni speranza».


¡Oh! ¡Es simbólico para mí también ahora el libro de los símbolos!

Bien, sí: io lascio... -buena o mala, he aquí la aplicación de mi acústico italiano a la boca de otro infierno de indignidad.

Y sigo mirando los santos del Infierno. Compláceme también mentalmente con escarnio el calambur.

La campana.

A comer.

Llego el primero. Van llenándose pronto las mesas.

Sarah no está. Nadie hace caso... Claro, oh... «la chiquilla!»... Pura, enfrente, muestra hoy singular melancolía al lado del teniente. Esto, de ésta, sí, parece preocupar a las amables malicias.

Yo pienso que tal vez las dos vírgenes locas del pasaje han venido en misteriosa competencia por dejar de serlo..., ¡y que no se han ganado mucha delantera!

Sarah, llega. Nadie la hace caso. Solamente el comandante la coge en mimo por la barba.

-¿Dónde andas?

-Oh... ¡ahí!... acabando de arreglarme.

Sonríe, con los ojos bajos, dejándose agitar la barbilla por el paternal comandante. Por mucho que sea de éste el perverso agrado en su paternidad, no podrá comprender el sentido del «acabando de arreglarme»... dicho para mí. Viene tan perfumada, que desde el frente de la mesa me ha dado el olor de su chipre, de su ilán, aun en este comedor que sofoca de perfumes. Y no la miro, por complacerla no viéndola más en traje de chiquilla; por seguir imaginándola como en la ducha; por recordar mejor la brava esquela que volvió con la camarera a enviarme hace un rato:


«He visto el camarote. Tarda tú un poco en ir. Yo estaré dentro, encerrada. Para no exponerme a contestar o abrirle a otro, llama con las uñas. Quiero que me encuentres de mujer, para que hablemos sin que te parezca más la chiquilla. Llevaré ropa de mamá, y la diadema... como en Chateau Margaux. ¿Te gusté?... Tendré que vestirme dentro: por eso te digo que tardes..., pero no mucho. Rompe esto.»


Sin mirarla, la observo, la siento: no cesa de beber agua con hielo. Siento además a Lucía, como si me contemplase grave a intervalos: me ha dirigido la palabra y he debido contestarla torpe...

Pasa junto al piano el doctor Roque al terminar la comida, con dos botellas, una copa y tres cucuruchos de papel, anunciando que va a hacer el escamoteo del agua y el vino, y otros que no le salieron anoche. Hay quien desfila, pero queda, entre muchos, la gente de nuestra tertulia, invitada con predilección... Unos minutos después, no veo a Sarah. Y yo me escamoteo también y voy a esperar en la cubierta.

Pésame en seguida, porque dudo si la reunión del comedor la entorpecerá al tener que pasar ocultando la bata del Chateau Margaux, o si ya la habrá subido esta tarde... En la duda, aguardo un rato más. Estoy realmente temblando como un ladrón. Nunca he sido hábil para estos subterfugios..., temo que van a vernos... Y llega don Lacio, renegando del doctor y de sus juegos y hablándome después de la cuestión del día: Purita. -Sus bromas tienen la amarga compasión inmensa con que parece cruzar por la vida, jocoso y resignado..., tienen en esta hora para mí, sobre todo, un filo de acero que me toca el corazón... Afortunadamente vienen a llamarlo de parte del doctor que quiere que le vea sus juegos.

-No le invito... ¡Feliz, querido!-me dice. -¡Pídale a Dios que acorte mi tormento!

Va.

¿Es que en las situaciones horribles hay frases con un sentido de adivinación dolorosa o es que mi angustia se lo encuentra a lo insignificante?... El ruego en broma, me llena de amargor... Yo puedo, en verdad, librarle de posibles tormentos harto más reales que el del médico... Mi voluntad parece que va a determinarse al asesinato de una honra de más valía que la de Sarah..., al frío y aleve asesinato de la honra de un vencido donde yo asestaré la puñalada final.

Y sin embargo, me levanto, marcho, voy al fin... aunque no va ya en mi cuerpo tembloroso el amante... más que debajo del miedo y la ignominia del ladrón y el asesino. Llego a la puertecilla de la escalera...

-¡Oh!!

-Qué... ¡Andrés!

Lucía y yo acabamos de encontrarnos.

Nunca sabré decir por qué he tenido este pánico de sorpresa... ante ella... Nunca sabré decir qué ha leído en mi semblante... Ella, en la puertecilla, yo un paso atrás, en la cubierta, nos miramos. Luego sonríe indulgente, investigando alrededor cualquier otra silueta fugitiva, adivinando mínimamente lo que le sería imposible concebir en toda su inverosímil realidad.

-¡Oh, Andrés!... ¿qué tiene?... Diríase que soy... una conciencia.

-¡Lucía!

Ella sigue, con su alma valiente y generosa:

-... aquélla... ¡a quien no ha querido usted continuar hablándole de Sarah!... Adiós -añade buena aún, amiga, hermana, consejera; déjela bajar... hay ya ojos en el salón que echan a ustedes de menos.

-¡Ah!... ¡yo... Lucía...! ¡Sarah no está aquí!

Y como ella se encamina a los sillones donde con pérfida alegría veo aún, abierto bajo la ampolla de la luz el tomo del Dante, yo la sigo, y nos sentamos.

He logrado recogerme a la astucia, en el trayecto breve.

-Mire -digo-: leía esto.

La admirable mujer, serena siempre, no estima mis palabras. Yo no oso insistir, en vergüenza que háceme bajar los ojos... Va a decirme algo y le temo..., le temo a su solemne pausa de compulsaciones.

-Andrés... perdóneme si intervengo en cosas cuya mayor responsabilidad es al fin mía, determinada por mi inducción en la voluntad de usted hacia una chiquilla insensata... Sería yo mala amiga si no le advirtiese lealmente lo que ni usted ni ella pueden advertir; lo que nunca advierten hasta el momento irremediable aquellos a quienes les importa; lo que no han advertido tampoco de ellos Pura y su novio, aunque como usted sabe lo comenta en torno de ambos todo el barco... Pues, bien, el escándalo del día, no es uno, son dos, a bordo: Sarah también... Anoche, tras el telón del fondo, alguien les vio a ustedes... la vio a ella tomarse confianzas excesivas...

-¿Quién?

-La india, desde la escena misma, donde Sarah retrasó su entrada. La que hoy se lo ha dicho a todo el mundo.

Un bochorno inmenso me invade. No me queda otra mental actividad que la memoria, para recordar que ella me dio efectivamente el beso al salir, junto a la bandera replegada de la puerta... Por no caer ante Lucía de rodillas, por no decirla si no en una brusca confesión dónde y cómo me está Sarah esperando, prefiero confiarme a un expiativo silencio, y exclamo, anonadado, extinguido:

-¡Lucía!... ¡Oh, Lucía!... ¿me cree usted muy despreciable?

-No -responde amarga-. Antes yo la imprudente, que le lancé a una empresa imposible con una chiquilla loca... ¡con una loca indomable! Sin mí, Andrés, ella habría rabiado a su solas, mas no estaría en evidencia: quiso usted no hacerla caso... ¡Y habría sido mejor!

Alzando la frente, que se ha inclinado también hacia su pecho, me mira dulce y pregúntame, recogiendo para sí la misma desolación de mi alma:

-¿Me cree usted muy imprudente, Andrés?

-¡Oh!

No he podido contestar más, con un calofrío de asombro a la inmensa bondad y a la amplísima comprensibilidad de esta mujer. Con mi exclamación ha ido mi mano a coger la suya, estrechándola, de dorso, sobre el bambú del sillón que ella tiene empuñado... No me doy cuenta del contacto, más que como de una caricia infinita y apasionadamente fraternal que ella acepta con llaneza... Sólo después de algunos segundos desliza de bajo la mía la mano, y dice vaga:

-Por fortuna la edad de ella, y el respeto quizás a su padre, y a usted mismo, Andrés, han contenido la murmuración en los límites de una pueril ligereza..., de una precoz perversidad de la muchacha frente a la pasiva perplejidad de un hombre puesto por la inconsciencia en situación difícil... Sin embargo, me atrevo a aconsejar a usted que no prolongue estas dobles ausencias de usted y de Sarah entre las gentes... La maledicencia está ahora mismo allí abajo más despierta contra Sarah que para las prestidigitaciones de doctor.

Nada digo.

Lucía insiste:

-¡Haga usted, Andrés, que Sarah baje!

-¡Oh, Lucía!... Sarah... no estaba aquí... no está en la cubierta- ¡Y como es la única parte de verdad que puedo decir de lo indecible, lo he dicho firmemente!

-Baje usted, al menos. Es lo mismo.

Voy a obedecer... pero vuelvo a sentarme. He tenido el impulso de pedirla que me acompañe también... como guardia de la débil voluntad y de la vida miserable que bien podrían torcer su marcha desde el comedor al camarote... ¡Ah, únicamente al lado de esta luz de alma podré sustraerme a la atracción del cuerpo en fuego que va de cierto sufre y llora en su misteriosa prisión! Sí, yo querría ir siquiera a avisarla... ¡Y no sabría resistir sus besos mi débil voluntad, mi vida miserable!...

-Lucía... ¿quiere usted que no nos preocupemos más de esa chiquilla?... Ni para forzarme yo ahora mismo en dar inútiles satisfacciones... ¿a qué? Yo estoy con usted... con Aquélla a cuyo lado se está siempre en ambiente de respeto... Y mire, me están viendo: también hay gentes aquí... allá... allá...

Confía en mi decisión, después de lo que ella cree fracaso de las suyas, y yo, míseramente dichoso del alto concepto que de mí conserva con sólo haber sabido callar, la oigo en triste y sencilla complacencia hablarme del mar, de la luna que vemos por tercera vez menguante en nuestras noches del viaje, como un arete que no alumbra, perdida entre luceros. Luego conversamos del término del viaje mismo: hemos visto pasar tantos pueblos y tantas gentes y tantas cosas desde la borda, que se diría que estamos en otro mundo... en otro mundo fabuloso de este extremo de la Tierra adonde vamos llegando, habiendo en suma andado menos, que en cualquier tarde madrileña de paseo por el Retiro. La paradoja de lo simple nos abruma, y adquirimos la noción de que le hemos tornado afecto al barco, que tendremos que dejar ya dentro de tres días... Hay una melancolía de todo lo que acaba, que nos lleva, pudiera decirse, con sorpresa, a reparar en nuestros destinos diversos... ella va a Iligan, en la isla de Mindanao, no a Ilo-Ilo como me dijo no sé quién en Barcelona...: yo iré a las órdenes del general Rey, a quien vengo recomendado, no, sé adónde... mas ¿por qué no quizás a Mindanao, centro de la guerra también con los moros y los indios?... Nos hace callar no sé qué dilatada visión de tristezas, de guerra, de peligros... de lo terrible y lo heroico que veo por fin en este instante ante la proa del Reus.

La campana de a bordo da las siete y media. Crúzame lejana, hundida, la imagen de la desesperada esperando. La había olvidado ya.

¡Sarah!

Partió de la mesa a las seis. Llorará... se habrá cansado... En el comedor suena música hace rato. A nuestra espalda, por la lumbrera del fumadero, sube alguna vez el tintineo de las monedas del tresillo.

-¿Qué leía usted? -díceme Lucía rompiendo su abstracción y tomando del inmediato canapé el enorme libro abierto.

Bajo el papel de seda que protege cada lámina, veo el hermoso grabado en que Doré presenta plenamente desnuda una mujer.

-¡Oh, Dante! -dice Lucía volviendo el transparente para mirar el pasaje de Francesca.

He dominado un ademán de volver las hojas, cual si la contemplación del blanco cuerpo, que coge toda la plana, pudiese revelarle cómo evocaba yo el de Sarah en la ducha... La artística desnudez de los amantes está impregnada todavía, para mis ojos, de lujuria; pero no la contempla Lucía así, en su alma altísima: le evoca a ella arte, nada más.

-He visto en París -la oigo- el famoso cuadro con este mismo asunto, de Archer Ary. Paolo toca más delicadamente aún a Francesa, ante el negro torbellino que arrastra sus desesperaciones... Aquí también está, precisamente, la estrofa más hermosa del poema.

-Sí... «Caí como un cuerpo muerto cae».

-¡Oh, pero en italiano!... Oiga. Usted lo entiende:

«Cuando leggemmo il disiato riso
esser bachiato da cotanto amante,
questi, che mai da me mon fia diviso,
la bocca mi bació tutto tremante:
Galeotto fu'l libro è chi lo scrisse:
quel giorno piá non vi leggemmo avante
Mentre che l'uno spirto questo disse,
l'altro piangeva si, ché di pietade
i'venni men cossi com'io morisse
è caddi, come corpo morto cade.»


-¡Ah!! -he exclamado alzándome del libro, casi del hombro de Lucía, casi de haber sentido su aliento, en el encanto del nada sentir; con la avidez también de aquellos versos pronunciados en tutto tremante canto de entusiasmo por la boca divina que no he visto...; y al reclinarme atrás llevando en el corazón en congoja un dardo de arte... del arte del poeta, y del arte de la intérprete de su sentir, maravillosa..., otro ¡Ah! de una brusca emoción indefinible arranca en mi garganta la blanca y calma silueta diabólica que está detrás mirándonos a ambos... ¡Sarah!!


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¡Sarah, rígida, terrible con su impasibilidad violenta, a un paso de nosotros!

Lucía se ha apartado de mí con un instinto de terror.

-¿Leyendo? -dice Sarah.

La chiquilla nos domina. Se acerca y mira, sobre la falda de Lucía, la estampa de Doré.

-¡Oh! -hace a su vez cubriéndose púdica la cara entre las manos.

Y sin decir nada más, absolutamente nada más... gira, marcha lenta el poco espacio que hay a la escalera, en su actitud de niña avergonzada... Y desaparece...

Yo la he seguido en la sombra de los ojos todo el odio... todo el odio de su impávida faz sonriente, de trágica, de cómica increíble...

-¡Oh, Andrés! -exclama Lucía solamente, interrogándome, aterrada de mi espanto, más que del suyo.

-¡Sí!... -le confieso; ella esperaba... me esperaba. ¡Ah, la chiquilla!...

-¿Dónde?

-Me esperaba, me esperaba... Desde que usted llegó... cuando yo iba miserable a... ¡me esperaba!

Y mientras yo callo y lucho y voy tal vez a resolverme a contar dónde esperaba, para darle a Lucía la franca idea de mi situación, y acaso del peligro de calumnia para ambos por los celos de la horrible..., oigo vagamente la voz de Sarah, por la lumbrera abierta, entre los ruidos del buque... Me levanto y miro...: está de pie, junto a la mesa donde juegan Alberto y su padre... Le habla a éste desde enfrente... Y no puedo entender... La indiferencia del diálogo en las sonrisas, en el seguir don Lacio mirando y echando sus cartas, podría tranquilizarme, pero... De pronto ha dicho ella algo a Alberto, y sale. -Algo muy astuto y tremendamente inocente... puesto que él se ha alterado... Y termina trémulo su baza... Y se levanta al fin...

-Oh, Lucía... ¡Adiós!... Viene... ¡viene!

-¿Quién? -pregunta la que ha seguido con desorientado afán mis ansias.

-¡Él!... ¡Alberto!... ¡su marido!

-¡Ah!!

-Ella le habló... no sé qué maldad... que haya... ¡adiós!

Pero Lucía me detiene, casi por el brazo:

-¡Siéntese!... ¿qué nos importa?

Yo obedezco... Oírnos en la escalera pisar. Se ha inclinado ella al libro y vuelve a leer, serenamente, con una tranquila dignidad a la que en vano querría restarle un ápice lo que tiene de mañoso, esta repetición de la lectura:

«...questi, che mai da me non fia diviso, la bocca mi bació tutto tremante...


Y se interrumpe para mirar a Alberto, para decirle «¡hola!»... Y termina:

«Galeotto fu'l libro è chi lo scrisse:
quel giorno piu non vi leggemmo avante.»


-¡Qué lees!

-Dante. El Infierno.

Él se inclina tratando de comprender en lo escrito el sentido que no pudo coger del todo en la voz. En seguida ve el grabado, y clava en mí una mirada rabiosa.

-Oh, qué estampas... ¡qué libro!... ¿De usted?

-No, del barco -respondo. -¿No lo ha leído?

El simple hecho de no ser mío, parece calmarle un poco.

-De todos modos -dice en severa reconvención a su mujer, desdeñando contestarme- no me parecen estas láminas las más propias para... para... Ven, Lucía; haz el favor... ¡con el permiso de usted!

Quítale el libro, que deja en el sillón; la alza, y llévasela del brazo por la escalera.

«¡Con el permiso de usted!» -ha repetido ella poniendo en la frase toda la digna cortesía que él me trocó en desprecio.

Esto, al menos, me confía en que confía ella en su honradez y en su altivez para no temerle...; me borra al instantáneo impulso de seguirlos... ¡ah, porque si este hombre tocase a esa mujer... no sé... yo no sé...!

Sólo sé que sé ahora, como Bécquer, «¡por qué se muere y por qué se mata!»...


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Capítulo XXV
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Días vanos -ayer, anteayer. No ha podido Sarah hacer mejor. No he vuelto a verla: mareada (¡ella!) en su camarote. Sigue mareada, en su prisión voluntaria de odio -aun hoy que quiere el mar despedirnos menos bravo enfrente de las tierras filipinas.

Mareado Alberto (él sí), pidió a sus celos ridículos la fuerza para estar constantemente al lado de Lucía; y sigue constituido en tardío y fosco vigilante que la irrita, dentro de la inalterable cortesía con que ella le habla a todos... a mí también.

Un barco que llega es una casa en mudanza. Se despierta y no se piensa más en ese arraigo de profunda intimidad que está en la habitación. Han hecho las camas, las camareras; mas por las puertas abiertas las he visto inundadas de cajas, de maletas, de cabás que aguardan allá abajo mientras aquí arriba esperamos con el espíritu fuera del mar.

Se recoge cada cual a su egoísmo. Las caras y los trajes son otros. Diríase que otra vez la mayoría nos desconocemos, relegada anticipadamente a recuerdo transitorio esta familiar comunidad de un mes, ante la vida nueva presente a nuestros ojos.

Sólo restan los afectos mantenidos de esperanza: la india con su relojero -que ya han hablado de boda, casi; Aurora junto a la condesa, cuya amistad quiere sin duda conservar para Manila... Amistad de la gobernadora... nuevo afán de otros capitanes de a bordo y de otros Enriques que la afirmen «en la buena sociedad», puesto que éstos irán el uno a España, el otro, a la isla de Joló. Han terminado afablemente «sin trompada», la pescadera y Enrique: él no charla hoy con Pascual, sino acá y allá con el grupo volante de hombres donde ahora está don Lacio.

También, más triste, la pobre Pura, sola con su madre, se da cuenta de cómo a cada instante los arreglos de equipaje apartan de su lado al tenientito; en el grupo de don Lacio brinda ahora cigarrillos el despierto tenientito, de su pequeña pitillera de frac, con monograma... Hay cosas de un viaje de un mes que no puede olvidarse en una vida.

Yo, igualmente las llevo: ardientes y penosas como la de esa Sarah infeliz, que allá abajo llora y odia mis noblezas, y vagas e infinitas como las de esta mujer con el nombre de Lucía, que ha pasado por mi lado en fantasma de intangible felicidad...

Acércaserne el comandante. Estalla de risa. Viene de donde don Lacio, con fúnebre gravedad, le está proporcionando una maravilla de negocio a un comerciante, excompañero de tresillo. El comandante me lo cuenta interrumpiéndose con carcajadas. Consiste en explotar la producción de lanas, sin dehesas, ni ganados ni pastores... «Una ganadería de perros de lana». Sabe don Lacio que abundan en Manila, y no tendrán más que comprar... quinientos, seiscientos... poniéndoles un local donde acudan por la noche... soltándolos de día a fin de que se mantengan al merodeo por las calles...: y cada tres meses... ¡zas! la esquila.

Voy con el comandante, que no cesa de reír.

Don Lacio informa a su interlocutor, que escucha como un bobo.

-El toque en los negocios, don Cástor, es inventar... ¡lo nuevo! y esto no se le había ocurrido a nadie... El huevo de Colón. ¿Me quiere decir por qué no ha de aprovecharse en trajes la lana de los perros?

-Tendrán ustedes que sacar patente -interviene el tenientito.

Las risas acaban de escamar al comerciante, y se escurre, se nos deshace la reunión... Se desliza con su calma figurita de besugo y su gorra de ensaimada y su negro bigotito de caricatura tudesca.

Pasamos con frecuencia cerca de islotes desiertos, llenos de bosque, como macetas flotantes, que no nos llaman la atención. Apenas si distraen un rato nuestro afán del término del viaje en que empezará otra vida...

La campana llama al comedor. Última comida la de esta tarde, triste como todo lo último.

Bajo. No falta un pasajero, y adviértese no obstante esa disociación de los espíritus que no anima las conversaciones. El capitán llega a la mitad. Yo observo. Pura apenas toca los platos, junto al novio: he visto una lágrima en los ojos de ella... Es Aurora la que está posesionada de toda su importancia, llevando el tono de la charla alrededor nuestro, con aires de princesa de zarzuela. Hasta Pascual se permite sus intervenciones.

De pronto se mueve una de las colgaduras cerca del piano y aparece Sarah..., llega, se sienta. La hablan, y responde con su niña melancolía de enferma, con los ojos bajos. Yo me inquieto, pero acaba por parecerme su presencia menos violenta que su sillón tétricamente vacío. Luego come ávidamente, sin haberme mirado ni una sola vez. La chiquilla... ¡la mujer tan horriblemente desairada! se engañó... ¡oh, comprendió! al encontrarme con Lucía. -¡Comprendió quizás en su horror y en su instinto de celosa más de lo que nosotros comprendíamos de nosotros mismos!

¿He inspirado realmente a Lucía... -¡Oh, cómo su serenidad me desorienta! He creído aún que mira si miro a Sarah... ¡prohibitiva, ansiosa!... y no hace más que sonreír su faz tranquila y cortés igual que el día aquel que aquí comimos la primera vez al salir de Barcelona.

El coronel, Alberto, el comandante, se informan de hoteles. El capitán da como indiscutiblemente mejor el Hotel de Oriente, en un hermoso barrio de extramuros, y luego, mas ya en inferior categoría, la Fonda de España, al extremo de la Escolta. Todos muestran, naturalmente, preferencia hacia el mejor.

-¿A cuál irá usted, capitán? -pregúntame Alberto.

Su pregunta es tan inopinada, tan brusca..., que yo sorprendo las más secas y toscas tenebrosidades de sus torpes celos. Quiere saberlo para ir a otro. Podría jugar fácilmente con su argucia, pero la idea de forzar a Lucía a una mala fonda, o de aparecer en la de ellos prolongándole esta mortificación casi injuriosa del marido en mi proximidad, me hace contestar sincero, ante la atención un punto a mí suspensa de Sarah, de Lucía -que me están ambas mirando:

-A cualquiera, menos al de Oriente.

Paréceme en seguida haberme ceñido con sobrada displicencia, casi de menosprecio, a la fiscal pregunta del fiscal, y explico:

-¡La misma concurrencia excesiva suele hacer incómodos los grandes hoteles!

He acertado con una sonrisa de indiferencia o de humildad que place a Alberto.

Dícenos el capitán que vamos cruzando los promontorios de entrada de la bahía... Muchos van a las ventanas, otros a la cubierta. No se espera al fin el café, por ver Manila. Solo que a dos o tres, que no nos hemos movido, nos noticia el capitán que aún no veríamos nada: la bahía es enorme, y habremos de navegar horas todavía antes de descubrir el puerto, y aun las costas de estribor...

-De la derecha; ¿sabe? -búrlaseme don Lacio.

Como Sarah permanece, retardándose en los postres, después que han partido su padre y el capitán, yo hago tiempo, tomando café a cucharaditas. Desea sin duda una explicación que yo no debo esquivarle sin rayar en lo implacable..., tal vez una reconciliación... Mas, no. He aquí que parte hacia su camarote sin mirar, saludando sólo al comandante con una inclinación de cabeza.

¡Me odia! Es cuanto deseaba decirme, y me lo ha dicho así.

No volvería jamás a obtener sus amabilidades.

¡Y qué extraña cosa tiene este absoluto de lo jamás que ahora me entristece!

Sin embargo, subo a la cubierta, y mi pena, de la misma laya pero enormemente más honda y ancha, se me aumenta a la vista de Lucía. Casi no he osado acercarme a la fila donde la hace centinela Alberto...; me he quedado a la otra punta. Quiero hablarla, oír un rato su voz por última vez, y no hallo la frase de trivial galantería que pudiese disculpar mi aproximación, un tanto expresa, por detrás de ambos en la hilera de la borda... Esta necesidad de buscar motivos, disculpas, ¡oh! revélame al fin que siento por esta extraordinaria mujer más que amistad... ¡sí, sí, de una vez y bien sentido con mi dolor de arrancamiento!... ¡que yo la adoro!! -¿Atorméntala quizás la misma lucha?... No habla apenas. Llévase a los ojos con frecuencia los gemelos, como para esconder ternuras de llanto... Me interesa vivaz la observación y veo efectivamente ante nosotros la línea desierta de las aguas, en la bahía extensísima...; sólo detrás quedan ya lejanas las costas de su acceso; una pregunta, un problema -de tortura: -«¿alza tanto el anteojo por ocultar en realidad ternuras de sus párpados... o es que sencillamente se busca más aquello que aún no se ve y que se espera?» Por la justa respuesta a la pregunta simple creo que daría años de mi vida..., y no puedo encontrarla, y me atormento... Y veo volar el buque por la bahía tranquila donde le quisiera parar... ¡Ah Sarah, Sarah, si sufres... ¡harto te está vengando el amor!

Parto de aquí. Me alejo por la cubierta. Un premioso antojo de adiós a estos sitios que he recorrido con ELLA, me lleva a bajar escalas, a subir escalas, hacia la popa... Por aquí la he conducido del brazo... Ya no está la joven viuda en la cubierta de segunda, sino allá, en la nuestra, esperando el desembarco al lado de la condesa de Fuentefiel.

La pobre corredera, sigue; sigue dando vueltas, y la hélice, y también mi corazón. El cañón está desenfundado, y un marinero al pie, dispuesto al disparo de arribada en cuanto divise el puerto. Contemplo largo rato cómo izan las grúas, de las bodegas abiertas, los racimos de baúles. Ya no es para volverlos a guardar, como los sábados, cuando los sacaban a fin de surtirnos de ropa las maletas.

Recuerdo repentinamente que en la mía debo de haber encerrado el libro de D'Annunzio anotado por Lucía en inglés, y miro al cielo en gratitud del motivo que por fin me proporciona para hablarla. Parto como un rayo. Cruzo el barco. Llego al camarote y pierdo justa media hora en revisar el equipaje. Últimamente, hallo el libro, en la caja del ros.

Subo. Es tal vez la última vez que subo esta escalera... ¡Ah, cómo me persigue horrible el concepto último... su sensación!

Lucía y Alberto se han sentado con los demás, por última vez, en el sitio habitual de la tertulia. Lucía está en el centro, con la condesa y Aurora.

-¡Oh Lucía! Un libro de usted. He estado a punto de robarla.

Me mira, y yo no sé qué sorpresa y quizás qué miedo de doble sentido halla en mi frase ingenua. Ha sido un instante de íntimo terror de gratitud en que me ha pasado su alma. Baja los ojos y dice:

-¡Ah! ¡era igual!... Gracias, Andrés.

Suena en sus labios mi nombre... a caricia.

No dice más. Yo me siento. Alberto le coge el libro y lo hojea. En el semblante de Lucía sigo mientras sus emociones... si no es la ilusión de las mías lo que sigo: ha temido un instante ella que yo pueda haber puesto algún imprudente papel entre las hojas; ha confiado inmediatamente en mí, y hase puesto a hablar con Charo de trajes... perfectamente dominada, serena... No tengo luego ni tiempo de reprocharme esta estúpida tendencia mía a pensar que tenga ella que dominarse... Como Charo háceme intervenir en su conversación de modas, Alberto se levanta y toma casi brutal a Lucía del brazo:

-¡Ven, hay que acabar de arreglar las maletas!

Y se la lleva.

El húsar, en cambio, me lleva a mí.

-¡Tiene celos! -me dice. -¡Vamos, que la francesa de aquella noche!...

-¡Por Dios, Enrique! -le atajo. -No he dicho jamás a esta mujer nada. Palabra de honor ¡mi palabra! -repito golpeándome el pecho, según me ha parado el disgusto.

Y él no duda. Ha visto brotar en mis labios nuestro juramento militar, por segunda vez, como bajo una bandera.

Pensando a continuación que hallamos podido también Lucía y yo ser la hablilla del buque, se lo pregunto:

-No. Nadie. Antes Sarita... ya sabe, con su beso. Y habríasela yo computado al 15... si no fuese una bebé.

-¡Bah!

Descubrimos las costas, por los faros.

Media hora después, suena el cañonazo..., que conmueve y pone al pasaje en movimiento. Hay quien sube sobre cubierta sus maletas, como si se tratase de bajar de un tren en cuanto pare.

Las luces de Manila se divisan, y los barcos anclados... Es una hermosa noche, soberana, de estrellas como fuegos, de aromas como mieles. Cuando suenan las cadenas del Reus, y nos dejan inmóviles, suben de las lanchas, en vez de aquellos mercaderes del camino, jóvenes y señoritas españolas, cuyos trajes, completamente blancos, les da una elegancia ligera, de mariposas... Sólo traen a la cabeza, ellos, sombreritos de paja o gorras blancas, también, según no son o son militares; ellas pamelas adornadas con rosas... Son las diez. Vienen a recibir el buque de España, paseando, sin conocer a nadie... Apenas algunos saludan al capitán, y un grupo a don Lacio y su familia... en cortesana recepción del gobernador que ha vuelto a la respetabilidad de su saqué negro, como los demás a nuestros uniformes. Le veo serio por primera vez, grave... Y son los primeros que desembarcan, en bote especial, con algún carruaje que les espera para conducirlos al Gobierno...

-¡Adiós! ¡Adiós!

En la prisa, en el barullo, en mi permanencia de estatua junto al portalón, insensible a cuanto no sea volver los ojos en busca de Lucía..., noto tarde, cuando ya el bote se aleja de la escala, que no sé cómo Sarah habrá pasado junto a mí sin saludarme, sin que sea la suya una de estas manos que yo he estrechado maquinal.

Espero. Los agentes de desembarco van reclutando gente. No quiero ser yo el que se separe de Lucía como de mí Sarah. He de verla. «¡Adiós! ¡adiós!»... Y estrecho manos. «Se queda aún... ¡adiós, capitán!»... La india, el relojero... Dos tenientes... el tenientito... «¡Adiós!»... Arriba he visto a Pura abrazando a su padre. Sale otro bote. Va en él la familia del coronel. La afluencia crece. Las cajas y maletas lo entorpecen todo, alrededor, por la escala... Miro enfrente los faroles del muelle, del río... el Pasig. El doctor de a bordo me dice que son de la Luneta, un hermoso paseo de la playa, las hileras de luces que contornean la ciudad.

-Hasta después, hasta mañana, hasta pronto -me dice Enrique, que al partir me abraza, en este buque de nuestra afectuosa amistad- ¿se empeña usted en no ir al Oriente?

-No sé. ¡Veremos! -le digo. -Realmente tengo ganas de soledad, tras el barco.

Baja Enrique.

En la portada de la galería aparecen Lucía y Alberto. Ella mira, buscándome entre la confusión. He elegido mal sitio. Van a pasar al otro lado de la gente. ¿Debo ir?... ¡Ah! de pronto me ve Alberto y vuelve la cabeza; su ademán, casi su tirón de fuga, advierte a Lucía de mí... Es ella ¡brava!... la que se ha desenlazado del marido y se me acerca... serenísima, tendiéndome la mano:

-Adiós, ¡Andrés!

-Adiós, ¡Lucía!

No hemos dicho más, antes que llegue el marido, pero su mano, mi mano, se han estrechado... ¡oh, Dios mío, con qué rápido afán de angustia se han estrechado nuestras manos!

-Capitán, ¡hasta más ver! -díceme en seguida Alberto con una frialdad que me subraya el cariño... la amistad valerosa de Lucía.

Miro, y aún la veo abajo saludarme con el pañuelo, breve.

El bote sale. Un bote expreso para los dos.

¿Por qué la sombra de la noche me la roba tan pronto?...Veo en el agua la silueta obscura del bote... confúndese con otras después... Miro y ya no sé dónde está... dónde estará nunca... ¡nunca!


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-Adiós, capitán... y usted perdone si en algo hemos faltado.

No es a mí, es al del buque... es Pascual que se despide. Mi capitán ha tenido la atención de acompañar al portalón a Aurora. Pascual añade:

-Ya sabe usted: Hotel de Oriente... por si nos quiere mandar.

No me ha visto, y quédome envidiando a este idiota Pascual que va al Hotel de Oriente... que aún podrá mirarla... que aún podrá comer en la misma mesa que ELLA algunos días,...


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Capítulo XXVI
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Del frío al fuego Felipe Trigo


Por la regia escalera de un palacio de madera de un rey de este país... donde parecen todos reyes y todo provisionalmente magnífico, llego al salón. Tocan el piano; otros leen, otros charlan... Y siento el horror de encontrarme alguien del barco, y, aun sin esto, el de ser recibido por ELLA... en visita. No entro; despido al bata. Iré a la habitación, cuyo número le escuché al portero... ¿Imprudencia?... ¡oh!

-¿18? -cerciórome- De este piso.

-Sabe, señor.

Doy vuelta a la galería, siguiendo la numeración descendente; llego..., toco con tanta timidez que no se me contesta. ¿Se habrá acostado?... Miro el reloj: las diez... El desierto corredor, más alumbrado por la clara luna del patio que por las discretas lámparas, lleno de puertas, me hace el efecto de pertenecer a otro buque colosal. Por un instante, dudo. ¿No es gran indiscreción la mía?... Mi corazón late... Vuelvo a llamar.

-¿Quién?

¡Su voz!... ¡Sus pasos!...

La llave suena. La puerta se entreabre... ELLA, un poco inundada de sorpresa, tarda en acabar de conocerme, con mi blanco uniforme, con mi blanca gorra de galones.

-¡Andrés!

-¡Lucía!...buenas noches.

Su acento ha sido franco, apenas tocado del asombro; pero, mi aspecto debe de ser de tal torva emoción cobarde, que vacila, que casi ha hecho leve el ademán de cerrar. Y no se mueve, ni para salir al salón ni para dejarme paso.

-¡Oh, usted!... ¿cómo le va?... Creí no verle... He leído en El Comercio que partía mañana para Imús, con su batería... ¡Creí no verle y lo habría sentido!...pero... mi marido... ¡Alberto, no está!

-Ah, Lucía... perdón. No he querido partir sin saludarla. Perdone mi imprudencia. No he podido antes ni a otra hora. Sólo quería esto: decirla adiós. Y tiéndole la mano. Su mano esta yerta..., suelta la mía y abre y me invita a entrar con resuelto acento que es ya el suyo:

-Pase, Andrés.

Y apenas he obedecido, hallándome en la penumbra de la especie de gabinetillo que forman a este extremo de la vasta estancia dos biombos, por cuya cima nos llega un suave resplandor, añade, parada, tras la puerta:

-¡Ya ve usted! A veces complácese la fatalidad en prestarle equívocos aspectos de recato a la amistad! Charo y don José acaban de marcharse. Me han dicho que al venir, en el Puente de España, encontraron a usted y le hablaron de nosotros... Ellos le han dicho que Alberto embarcó anteayer para Iligan, en el Lezo...; y yo le mentiría a usted si le ocultase que temía y esperaba su visita.

-¿¡Temerla!?

-Sí. ¡Habría de tener por fuerza este viso de imprudencia peligrosa, para los demás, en su modo de buscarme, en mi modo de recibirle... si no he de arrostrar la imprudencia aún mayor, y cierta desde luego, de recibirle en el salón, ante conocidos, o de no recibirle dejándole alejarse con la idea: de que estas cuatro paredes y esta soledad hubieran bastado al fin para hacerme desconfiar de su hidalguía y de mi nobleza!

-¡Oh, Lucía! ¡Lucía!!

Me estremece, me fascina de sacratísimo respeto.

-¡Ahora, ni aun aquí!... ¡no hay luz! -dice indicando al techo, y guiándome.- Pase. A toda intimidad... ¿qué importa?... Dispensará un poco este desorden de hotel... Está hecho e instalado con los pies: un camaranchón donde podría efectivamente haber el gabinete y el dormitorio y el ropero que simulan los biombos; y vea la lámpara en la alcoba... no pensando quizás que se haya de recibir a nadie desde que anochece.

Es tan honda la estancia, en verdad, ampliamente ventilada por tres ventanas donde penden stores de paja y seda, que el octógono fanal de vidrios perla no envía sino muy débil su luz al lado allá de los biombos ni a este opuesto extremo a donde hemos entrado y donde hay un libro, sobre una de las mecedoras situadas en el cuadro de luna de la última ventana que tiene alzado el stor.

Yo he visto al pasar una bañera de jaspe artificial llena de agua y de pétalos de flores..., un tocador lleno de pomos... Y sigo viendo a la luz del fanal, una de estas aparatosas camas imperiales filipinas, cuya blanca gasa recogida en el testero muestra sobre las sábanas blanquísimas los almohadones y los cilíndricos rollos también enfundados de blanco y tendidos desde la cabeza a los pies...: un no sé cuál perfume de hermana envíanle a mi corazón el lecho cuyo cuadrado dosel semeja el de un altar de pureza..., el traje, la falda de Lucía, que es toda a la luna de una casi quimérica blancura azul.

-¡Qué noches! ¡qué espléndidas! -la oigo.- ¡Qué país éste de terror y de hermosura!... ¡cómo lo encontramos! En un mes, de España a aquí, hemos podido arribar sin saberlo al extranjero. ¡La guerra dicen que se extiende aún más de cuanto se dice!... El martes llegó el Álava, de Mindanao, con la mujer y los hijos de un capitán herido en Fuerte-Briones. Están en el hotel... Cuentan cosas terribles: los rebeldes sitian a Iligan, y las familias españolas se han refugiado en la costa. Por eso, Alberto, sin más remedio que marchar a su destino, no ha podido llevarme. ¿Y usted embarca mañana?

-A las nueve -respondo apartando los ojos de la ventana, donde he reconocido la gran plaza de la fachada principal. Al frente, por encima de los altos edificios, piérdese la vista en marismas de esteros y boscajes y en un plano horizontal al fin como de agua. Luces rojas, verdes, blancas, de barcos sin duda, brillan en el fondo de la noche.

-A las nueve, repito -a las siete habré de estar en el cuartel: vea que no hubiese podido mañana despedirme. Yo no volveré a Manila.

Guardo silencio, y ella dobla la frente. Pensamos ambos sin duda en la guerra, en lo ignoto del destino.

Por unos instantes oímos el gritar de los niños que juegan en la plaza cuidados por las malayas, el rodar de los minúsculos coches de esta ciudad de los innúmeros coches y caballitos de juguete. Algunos alitactacs de los que circundan a miríadas las copas de los árboles, voltijean con su fosfórea luz en la ventana. Quiero volver a nosotros, apartando al mismo tiempo de las tristezas de la guerra el pensamiento de Lucía.

-No han salido..., no la he visto, en la Escolta, en la Luneta...

-No. Apenas.

-Menos a usted, cien veces he encontrado a todos los del barco. También a Alberto, una mañana en Malacagnan... cuando fue sin duda a presentarse al general.

-¿Se saludaron? -pregunta vivamente.

-No; fingió no verme. Fue en la antesala. Había varios. Yo lo hubiese deseado por... por ganarme en su confianza la venia de esta visita..., que no ha tenido más remedio que tener por último un sarcasmo de traición y de secreto... ¡tiene usted razón; qué ironías de la suerte!

Sonríe con un gesto de forzada clemencia a su marido. Luego dice, amable:

-Lo he sentido, aunque se lo agradezca a usted, por la violencia que le ha impuesto... ¿donde se aloja?

-Hotel de Australia.

¿Confortable?

-Pasable. Intramuros. La ciudad vieja es una cárcel. Aquí al menos tiene aire, espacio... lo menos que se le puede pedir al espléndido país de la hermosura.

-Oh, eso sí. Aquí me gusta estar, a esta ventana, de noche... Mire -dice alzándose- no podemos quejamos por cielo.

En la ventana, a donde me asomo también, señala con largo ademán del brazo la inmensa bóveda azul llena de luna y de estrellas. Aspiramos brisa, infinito. Es un aire que emborracha de tibiezas y perfumes. Los árboles de la plaza tienen cada uno su aureola movediza de luciérnagas, que van, que pasan, se juntan, se dilatan, tejiendo velos de luz. Durante un rato charlamos de esta obsesión de los aromas. Yo no sé qué flores, qué plantas las tienen; las rosas, las magnolias, las sampaguitas, los cafetos... Cree Lucía que todo, los plátanos, las piñas, las mangas... hasta el vino que nos traen quizá de España en toneles olorosos...

-¿Se ha fijado?... se bebe y se respira esencia. Habrá comido un plátano dacatán, color de oro, pequeñito... tan fuerte, que hay que acostumbrarse...: duda una si está mascando cold-cream... A las mujeres, aquí, yo creo que nos sobran los perfumes: huelen siempre las ropas a sándalo sin más que los roperos...

Alza su antebrazo en un fugaz movimiento de comprobación para oler la sedilla de su blusa, y percibo, también en los volados encajes el olor a sándalo, a limones, a ilán, a té... a toda esta orgía cálida y perpetua de aromas orientales... Un beso, que yo no he dado aún en Filipinas, debe causar la ardiente sensación de otros labios de ascua -y diríase que hay una avidez de besos en las bocas de todas esas pálidas y abrasadas españolas que yo he encontrado en los lindos cochecillos...

Mas... ¿por qué he pensado esto? ¿qué ha podido en mi pensamiento, en mi faz, adivinar Lucía, que sonríe piadosa, como perdonadora, y se entra de la ventana?... Un reloj da las once, cuando voy también a sentarme junto a ella, y me detengo...: es acaso tarde para prolongar la visita... Sólo que ella, sin contar la hora, antes de concluir las campanadas, dice con tal indiferencia de descuido: «las once» como en respuesta a mi inquietud, que cierto ya de que no la contrarío, me siento.

Hay un silencio. Ambos queremos indudablemente interrogarnos de aquello que evitan nuestras curiosidades...; estamos mirándonos, en el espacio de las mecedoras frente a frente..., y ella se resuelve:

-¿Y Sarah?

-¡Ah, Sarah!

-¿Ha vuelto a verla?

-No. ¿Usted sí?

-Tampoco. Han estado aquí dos veces la condesa y don José; Alberto y yo otras dos en el Gobierno. No ha venido, no ha salido... Pregunté a su madre: -«¡Oh, no sé!... jugando... ¡una criatura!»... la mandó buscar, no pareció...

-¡Pobre Sarah!

Mírame fija Lucía, con su dominado gesto inescrutable en la sonrisa.

-¿Qué pena le queda de Sarah, Andrés? -pregúntame de pronto.

Y no sé responderla. Ni yo podría concretar en una frase la resultante emocional de mis recuerdos, asaz recientes y aún mezclados en odios y piedades a actuales impresiones, ni Lucía pudiera comprenderme sin conocer en toda su verdad la historieta inverosímil. Un afán de referírsela me invade en ansiedad de absoluciones, en plena restitución de sinceridades de la alta amiga... Pero se me ha secado la boca; tengo sed, tengo sed, tengo casi amargor en la lengua, y únicamente acierto a suplicar:

-Oh, Lucía perdóneme... ¡yo he sido un miserable!

-¿Eh? -gime ella de sorpresa.

He alzado la frente, a su queja, y advierto el excesivo rigor con que me he calificado. La lleva a juzgar demasiadamente...

-¡No!... ¡escúcheme!... ¿Quiere, Lucía? ¿Quiere oírme detalles... detalles de mi relación con Sarah, que yo le oculté a usted... ¿por vergüenza? Sí, sí, he sido al menos un poco miserable!

Sin responder, esquiva el semblante tras el abanico de palma.

Querría callar; ya no puedo. Ni ella quiso dejar de recibirme en esta absoluta intimidad, casi en este abandono, porque no me llevase para siempre la falsa idea de sus temores a mi hidalguía y a su nobleza ante un poco de soledad no mucho mayor que las de nuestras horas del buque, ni yo puedo querer dejarla con la vaga impresión de que haya sido más malvado que lo que he sido.

-¿Quiere oírme, Lucía?.... Se lo ruego. De los hechos inferirá, mejor que el juicio mío pudiera resumirla, mi respuesta a su pregunta «¿qué pena le deja Sarah?»... -No lo sé: pena de mí; pena de ella... En lo que en ella hubiese de tormento de mujer, hace falta ser mujer para juzgarlo.

-Hábleme -me invita soltando en la falda el abanico, mostrando ahora sin reservas su bella faz de espera llena de serenidades.

-Hábleme -repite dulce, sutil... con una sutil dulzura que me toca el corazón como una punta:

-¡La historia me corresponde de derecho... ¡recabo mi parte de pesar!...

Y aún termina, amarga y seria repentinamente:

-Sarah es perversa... ¿quiénes no lo somos?... Yo misma, Andrés, usted mismo... ¡no podríamos tal vez decir ahora, en nuestras conciencias, si estamos más altos que los demás o... no tan alto, contra todas nuestras voluntades y arrogancias!

Vagan sus ojos en el cielo, y yo no he comprendido... no comprendo esta súbita impresión de tristeza y ansiedad. En mi pecho, a un hachazo de franqueza formidable, se han movido mis pasiones..., mis impulsos de gritarla que la adoro. Por no coger su mano y romperla de pasión entre las mías, me las oprimo yo, violentamente...

-¡Lucía!... ¡explíqueme esa duda!! -casi la impongo.

Pero ella se recobra, y vuelve a mí los serenos ojos que dan la paz:

-¡Andrés!... una duda no tiene explicación... o no lo es. Ha pasado y se ha escondido y se ha perdido en el tumulto de ideas contrarias levantadas en mi ser, como si en todo mi ser estuviese el pensamiento al instantáneo chocar de cuanto pensarían los demás y lo que sabemos nosotros de esta amistosa entrevista. ¡Ha cruzado! ¡se ha perdido!... Ya no dudo, pues, ¡vuelta a nosotros!... ¡Hábleme, de Sarah!

Reposo y la obedezco.

Sin temor alguno al tiempo, seguro de Lucía, seguros de nosotros, empiezo lento mi narración por el beso que Sarah me dio en la mano, el día de las primeras cartas... Fue el primer secreto que esquivé a la amiga. Le cuento sus procacidades, nuestros íntimos coloquios de la noche en el cristal, y ella me cree no puede menos de creerme, y se asombra con idénticos asombros que a mí me iban invadiendo ante la íntima Sarah inconcebible... Nada reservo, ni el incidente de car en Singapoore, ni la escena de la ducha... Estoy sintiendo y pensando en alta voz, sin evitar los desprecios de mí mismo... «Sí, sí, una mujer plenamente... ¡no una niña!»...

-Un momento huí los ojos... ¡creí que fuese usted! ¡jamás me hubiese perdonado!

-¡Oh!! -hace Lucía, a un instintivo impulso de pudor que la recoge los brazos cual si en realidad yo la hubiese visto desnuda... cual si ahora lo estuviese.

Luego sonríe, vuelve a abatirse al respaldo, vuelve a entornar los párpados, y desde la sombra de la luna, más alta en el cielo -que ya le coge a cabeza, me invita:

-Siga.

Sigo. -Lento, intensamente calmoso, porque hay en toda la aparente ajena historia una honda dedicación a Lucía, y va cayendo a su alma abierta, -sin palabras de mis labios. Evoco cada acto, cada hecho, con una fuerza de relieve como no tendrían mayor por sí mismos cuando fueron sucediendo. Mi tarde de la proa, mis luchas, en la rara tentación de la osada voluntad y de la «escondida mujer en linda estatua», con los «extraños respetos a la amiga altísima, a la noble consejera»... «pura y dulce en sus vagares de fantasma por mi espíritu como un arcángel de la guarda, aun para aquella que la odió»...

Hemos oído una hora y otra hora. Ignoramos la que sea, y no nos importa. Lucía, inmóvil, atrás siempre en el respaldo, con los ojos cerrados siempre, para recoger mejor el concepto de mí que vacila en su conciencia, me escucha. Yo hablo, y hablo, y estoy inclinado adelante en la luna, y miro bien cerca, al hablar humilde, las manos de ella, inertes, abandonadas como lacias azucenas en la falda. -Es el momento en que me aguardaba Sarah en el camarote -en que yo había sufrido en la cubierta la breve presencia de su padre como un remordimiento anticipado de la inicua voluntad de ladrón y de asesino que me alzó por último, que me empujó a bajar con sarcasmo impoderoso a detener mis pies... -Detengo en cambio ahora mi narración, cruel con Lucía, pues quiero que sienta mi misma emoción casi horrible, casi deliciosa de aquel minuto..., y sólo después de comprobar, aun en la sombra, la trémula palidez de espanto de su cara, termino leve, muy bajo:

-Fue la noche, Lucía..., fue el instante aquel providencial, en que usted quedó asombrada de mi asombro y mi terror a nuestro encuentro inopinado en la escalera... ¿Recuerda bien?... Hablamos... mucho tiempo, mucho tiempo... luego me leyó la estancia que he aprendido...: «questi, che mai di me non fia diviso, -la bocca mi bació tutto tremante»... ¿Se acuerda?... eso me leía, y no hallé que fu galeotto il libro e qui lo scrise, porque besé con besos de mi alma por mis manos a sus manos, a sus alas..., ¡todo crispado de ver cómo el arcángel con un canto de amor y del infierno salvaba a aquella que tremante y disperata en otro infierno me esperaba!... ¡Yo no fuí!

-¡Ah!! -grita Lucía, triunfal..., oprimiéndome las manos, vehementísima, con sus manos que he cogido como muertas azucenas en su falda.

-¿Comprende ya la extensión de mi terror..., la demoníaca extensión, más tarde, del odio y la ira de Sarah... al sorprendernos?

-¡Oh! ¡Andrés! -gime erguida clavándome en los ojos la alegría inmensa de sus ojos; la alegría de la vuelta a la vida en su congoja mortal.

Y yo me inclino, me doblo, beso sus manos, y las suelto.

Hemos caído los dos cada cual a su respaldo. Callamos. Está entre ambos quizás el mismo sobrecogimiento repentino de una sustitución total de imágenes, de impresiones: Sarah ha desaparecido...; la luna desde el traje blanco de Lucía -de una blancura azul casi quimérica- hasta mi traje blanco; desde su frente a mi frente; desde su alma a mi alma, hace flotar la gloria desierta y blanca de claridades en que diríase que va a brotar OTRO AMOR... Todo lo anuncia: nuestra sorpresa augusta y vaga de terrores, el reposo divino de la noche, el vasto silencio de la enorme plaza desierta ya y en sombras, del hotel, de la ciudad, del mundo... No vive, con su vida profunda y misteriosa, más que lo que siendo del cielo o de los aires, anuncia los naceres de grandezas...: la luna, las estrellas y las luciérnagas de plata que tejen y destejen en los árboles sus velos nupciales de luz.

De pronto, la del fanal, se apaga.

-¡Ah! -dice Lucía irguiéndose primero, levantándose después- ¡Las dos!

La campana: del ignoto reloj da las dos.

Ella indica el eléctrico fanal, y explica:

-Siempre cortan a esta hora la corriente.

-¿Debo marchar?

Y puesto que no me he movido al decirlo, amargo, suplica ella hundida en la penumbra que la luna refleja por el cuarto:

Oh, Andrés... Sí. Los amigos nos hemos despedido: además, aunque nunca lo dudé, sé mejor desde esta noche su generosidad y su nobleza... hacia esa Sarah. Valen más, al fin, probadas, la dignidad y la honradez. Pero debe partir. Es tarde.

-¡Tarde!... ¿Tarde... con respecto a qué respetos o etiquetas, debidas a quién, por nosotros? -digo despacio, levantándome más despacio, en obediencia, sin embargo.

Y el pensamiento de que voy a salir, de que un segundo después no la veré, de que no volveré a verla más en mi vida, me da un frío de miedo que me hace arrojarle a su turbación:

-¡Olvida usted, Lucía, que habría sido igualmente tarde a las diez, que no sería, más tarde al alba, cuando yo la hubiese oído de Alberto cosas que me importan por la amiga, como a ella las de Sarah por mí; olvida que diciéndonos estas cosas, de alma a alma, estamos, un minuto igual que muchas horas, bajo la fatalidad que para las gentes condena al secreto y casi a la traición nuestra entrevista!

-¡Ah! ¡Cierto, sí! -conviene acercándose.

Mas como el asenso está en su acento y no en la voluntad, ni en el ademán que sigue temeroso sin vol ver a invitarme a que me siente, yo la miro suspensa de irresolución al lado de su mecedora..., y yo siento, profusas y no sé qué evidencias, por mi ser entero, de que si nos separásemos en este instante nos dejaríamos los dos no sé cuáles impresiones de insinceridad, de falsía, de cobardía.

Me ahoga el ansia de como ella antes a mí su vaga duda audaz perfumada de pureza... Calla, e ignoro yo adónde va a llevarme el impulso, pero me entrego a él -con rabia;

-Eran en verdad, amiga mía, un poco más grandes que yo, que usted misma, nuestros abandonos de gentil ingenuidad y de franqueza... Debían hallar un límite, y ya lo ve... acaban de encontrarlo..., ¡en lo más nimio y punto menos que previsto..., en un poco más de sombra, en un poco más de hora en el reloj, en un poco más de soledad en esa plaza!

Deténgome, porque tengo que ir recogiendo en fondos profundos de mí mis sensaciones. Separándonos tres pasos, y ella escucha con la cabeza baja, con la mano en el respaldo... un poco también en la abrumada actitud que si oyese a una conciencia,... -como ella me dijo aquella noche. Parécela, indudablemente, que lo que digo, que lo que haya de decir, lo arranco también de su carne, de su alma...

Y digo -sin más que trasladar de mi alma y de mi carne sus lamentos:

-Yo partiría, y partiría ahora con una imagen rota en mezquinos miedos: la de usted. Aquella mujer impávida que yo hubiese tenido siempre en la memoria como admirable y raro femenino paladín de todas las gallardías... ¡de todas!... de todas... incluso la de saber escuchar dueña de sí y dominada y sin turbarse ni de pasiones ni de espantos (como cualquier Sarah o como cualquier tímida) que yo, que yo, Lucía, la... la adoro...

-¡Ah! -gime, tendiendo, como a acallar mi voz, una mano y doblando a la otra la frente.

Gime... y llora. Ha caído pronto el brazo que me tendía, a lo largo de su cuerpo.

Y eran otros gemidos más de mi ser los que iban a proferir mis labios, y no renuncian:

-Aquella mujer, hubiera de quedar en mi recuerdo humana y débil, torpe o artera ella misma, para sí misma, dudando o aparentando no saber que yo no fui generoso con Sarah por nobleza y honradez... ¡No Lucía! ¡no quiero a mi vez quedar en su recuerdo con falsas galas... que usted supiera que son falsas! ¡no quiero dejar picada de hipocresías, que en la mía y en su reflexión tardasen poco en volverla odiosa, esta inolvidable entrevista de amistad... de amor, si usted lo quiere... pues que no es el amor sitio la amistad completa de toda una vida a toda otra vida... Y esa amistad total, absoluta, de cada átomo de mi carne y de mi alma, para los de su alma, y su ser... fue lo que ya en aquella noche, y más en presencia de usted, no me dejó ninguno para Sarah!

Llora. Solloza. Esconde su amor o su dolor contra el pañuelo.

-Ahora, ya me ha oído... lo que usted sabía. Ahora ya puedo alejarme seguro de que dejo en su alma con más verdad la impresión de mi nobleza, de mi grandeza... ¡Adiós!...

Parto, y mi propósito de no mirar atrás, siquiera, se entorpece, en la semisombra perfumada, por la incerteza de en cuál silla dejaría mi gorra antes. Miro, pues, a pesar mío, y veo en el cuadro de luna la silueta blanca del fantasma de mi amor vuelta hacia mí...

-¡Oh, Andrés! ¡amigo mío! -oigo que suspira.

-¡Adiós!

Es su voz su confesión -una caricia.

Entonces, voy a ella, más lento... Llego a ella, y con sólo coronar sus hombros con mis brazos, ella cae muerta de llanto en mi hombro... mientras yo beso su pelo..., santo y religioso, como se besan las reliquias... como se besa una ilusión... -porque son las almas nuestras que se abrazan y se lloran...

Las almas nuestras que sienten estrechadas un segundo la eternidad de la ausencia...; las vidas nuestras que contemplan desde un instante de horrible felicidad toda la felicidad que habrían vivido perteneciéndose, toda la felicidad de paz que no tendrán jamás robándola al marido..., que no podrían ya robarle siquiera al celoso más que esta noche quedándola en llama del horrendo no verse más desesperado...

El alma arde, y el abrasado cuerpo desfallece contra mí. Lloran los ojos silenciosas lágrimas de amor y de amargura que humedecen mi hombro, cayéndome como al corazón en espantable consuelo..., y yo siento el súbito y bien preciso afán de amarla toda y morir después... ¡esta noche!... Mis labios buscan su frente, sus ojos, bebiendo llanto..., buscan su boca, y tocan mis labios a sus labios... Es un aliento de fuegos, es un beso mortal, y yo la siento, su pecho, su busto, toda ella, y yo la ciño y la llevo borracho no sé adónde...

-¡No, Andrés!... ¡no! ¡por Dios!... Y luego... ¡mañana!... -gime, parada y crispada como en una evocación de horror.

-¡Sí, Lucía!... Mañana... ¡qué importa!... morirse de tristeza...

-Morirse de la pena que no mata... de la ausencia en el martirio de los años... ¡qué horrible!

Y en mi brazo su cintura se dobla atrás, y ve mi alma en su cara cubierta con la mano el positivo horror de esta vida enérgica y divina que no irá, en efecto, con la pena, más que a vivir de muerte sin morir..., de muerte de sombra eterna de alegría. -¿Y por qué? Mi ansia se rebela.

-¿Y por qué? ¿por qué alejarnos? -pido- Nos hizo Dios para nosotros. ¡Mañana... partir los dos!

-¡Ah! -lamenta en un lamento que me muestra la locura, lo imposible..., su esclavitud de un hombre, mi esclavitud de una patria.

-¡Si no, yo volvería... a VER-TE!... ¡A vernos siempre..., donde mi BIEN, donde Alberto!

-¡Ah, con él! -dice, y se desenlaza de mí...

Siempre dulce, siempre amarga, vuelve a la mecedora y déjase caer. Mirando la luz de la luna, que ya apenas toca al borde de su falda, insiste,

-¡Más imposible!

Y al acercarme yo, continúa:

-¡Siéntese... USTED! ¡oh!... Seamos lo que fuimos. Esté el amigo a mi lado cuanto quiera... en esta noche, de amor... ¡de amor que nunca olvidarán nuestras memorias!... ¿verdad, Andrés?...

-¡Lucía! ¡Lucía!

Rechaza mis manos, cogiéndolas suave dándolas un beso, y parece que un aura de las suyas me envía a sentarme enfrente. En seguida, bella dominadora sobre mi docilidad, sigue:

-Esté a mi lado cuanto quiera el amigo amante de la amistad inmensa de amores..., en esta noche de traición para el ausente, y que habría sido de doble traición para nuestras sinceridades, para nuestras noblezas, para nuestros sentimientos, si nos hubiésemos obstinado ya inútilmente en ocultarlos. Yo sé, Andrés, que no le haría más traición a mi marido entregándole a usted mi cuerpo. Ni es el respeto a Alberto, ni es mi afán quien lo estorba... ¡quien lo estorba! óigalo bien... quien hubiera hasta de impedirlo violentamente si yo al acogerle aquí no hubiese estado tan cierta como estoy de que usted no necesita mis violencias...: es el respeto de... a ... mí, y a ¡nuestro AMOR, sí!, un respeto muy extraño que, dándome el orgullo de una gloria esta noche entre sus brazos..., ¡darla ya siempre después a mi carne una vergüenza de traición a usted, prostituida cada vez que se sintiera en los de Alberto!... Hoy, como ayer, el alma que usted se lleva, que mi marido aborrece, Andrés, puede y pudo estar bien lejos de la «esposa acariciada»...; déjeme, Andrés, que pueda mañana mi carne, en su deber de pasiva cariciosa, estar lo mismo, sin sentir, esclava ella, que le roba y le traiciona al amor... lo que al amor no le diese por no sentirse impura en el lecho de la esposa, no en el lecho de la amante... ¿Comprende ya cuánta más completa donación a NUESTRO AMOR hay en esta esquivez que en mi abandono?... ¡Oh, diese! Andrés, ¡yo querría que usted lo comprendiese! ¡qué usted partiese esta noche de mi lado para siempre, puesto que todo lo demás es imposible, creyéndolo... ¡creyéndome!... ¡Yo juro a usted que soy tan suya, con todas las voluntades de mi alma y de mi carne, como lo sería si juntas mi carne y mi alma lo hubieran sido!

Lucía parécele a mis ojos asombrados, a mi ser hundido en anonadamientos infinitos -que resplandece en la sombra, de sí misma. Es su resplandor de inmensa paz, de inmenso amor, el que me alza y el que me hace llegarme a ella miserable con mis miserias de hombre, deslumbrado de MUJER, de la única mujer divinizada en la plena posesión del humano pensamiento que han visto hasta ahora mis ojos; el que me hace cogerla una mano, cayendo de rodillas, y decirla como a un Dios:

-¡Creo en TI!

Luego me levanto, y sé que cuanto pudiera querer saber mi curiosidad del marido de esta esposa, lo sabe mi corazón sin que ELLA tenga que bajar del pedestal para contarlo..., del pedestal, del trono de divina en que está ahora y en que debo haberla visto por vez última al separarnos para siempre.

Beso su mano, su frente... besa ella mi frente como en un beso de idea... Y me alzo, y ya no miro... ante ella:

-Adiós, Lucía. El amigo de usted parte. El amante... te jura no volver a buscarte, a verte jamás... si jamás quiere el destino que puedas ser solo para mí. ¡Él, de lejos, seguirá la sombra de tu vida!

Giro. Salgo. Ella no se mueve.

Todavía, al desaparecer, vuélvome un punto y la saludo:

-Adiós, Lucía.

-Adiós, Andrés.

Ha dejado caer a la diestra mano la cabeza, en la penumbra de la luna.


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Un minuto después me encuentro en la gran plaza desierta, poblada nada más de luna y de perfumes, y donde suenan contra la acera mis pasos como en un inmenso panteón de toda la tierra bajo el cielo.

No me atrevo ni a parame ni a volverme para ver quizás en la ventana una forma blanca que es mi alma... que es mi vida...


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