Diario Militar de José Miguel Carrera: Capítulo IV. 31 de Marzo de 1813 - 15 de Mayo de 1813

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 Capítulo IV. 31 de Marzo de 1813 - 15 de Mayo de 1813
Diario Militar de José Miguel Carrera José Miguel Carrera


IV. Proyectado viaje a Concepción. Desembarco del Brigadier Antonio Pareja en San Vicente e inicio de las hostilidades. Aprestos militares. Relación de Rafael Sotta relativa a la captura de Talcahuano por los realistas. Relación de Pedro Barnechea sobre la ocupación de concepción. Arribo de Carrera a Talca. operaciones militares en abril de 1813. Relación del Teniente Zorrilla relativa a la ocupación de Concepción. Sorpresa de Yerbas Buenas. Operaciones en la primera quincena de mayo. Pareja envía un parlamentario. Pareja se retira hacia Chillán. Combate de San Carlos.

El 31 de marzo de 1813, a las seis de la tarde llegó un extraordinario de Concepción, en tres días de camino, con pliegos del Intendente don Pedro José Benavente, avisando al Gobierno que el 26 de marzo había desembarcado en San Vicente una expedición enemiga que parecía fuerte. Que se tomaban las me­didas de precaución, y se disponía a la defensa con las fuerzas de su mando, para lo que hacía reunir todas las milicias.

En el acto cité al Gobierno a su sala, se avisó al Senado y se citaron [citó a] los jefes militares. Se acordó po­ner en mis manos la defensa de Chile; y para ello dio el Gobierno un decreto, nombrándome General del Ejército de la Frontera. El Senado cedió al Gobierno sus facultades para que hiciese la guerra como le pareciese. El vocal [José Santiago] Portales estaba enfermo y [Pedro José] Prado, amistosamente, me dijo: “Haga usted cuanto guste, yo lo acompaño en todo“. Llamé a los secretarios y empezamos a trabajar.

Se convocó [a] toda la milicia del país; se mandó asegurar el puerto de Valparaíso; se embargaron los buques de Lima, tanto del Estado como de los particulares; se declaró la guerra a la hora de la retreta; se puso la horca en aquella hora y se doblaron las guardias protegidas por cuatro piezas volantes; se publicó bando con pena de muerte al que se opusiese a la justa defensa que emprendíamos, o procurase entibiar los ánimos con expresiones maliciosas o indiferentes. Se formó una lista de todos los sarracenos y se decre­tó su expatriación; se olvidaron los resentimientos; se empleaba al hombre útil y todos respiraban vengan­za. A la diez de la noche oficié a [Pedro José] Benavente, avisándole que en la media noche marchaba en su auxilio. Cuando me retiré a casa a preparar mi viaje, quedaba todo hecho y los correos volaban en todas direccio­nes.

En casa del Obispo [Andreu y Guerrero] se reunieron muchos vecinos y respiraban temor e inacción. El pobre Obispo se fue a casa a decirme lo poco que esperaba de aquel pueblo lleno de temor y que sería mejor mandase otro en mi lugar; lo reanimé, haciéndole algunas reflexiones, para que las dijese a aquellos pobres hombres; de ellos la mayor parte eran Larraines, porque la tertulia era en casa de don Diego Larraín, en la que vivía el Obispo.

Con anuencia y por instancia del Senado, se nombró en mi lugar a Juan José; no querían los aman­tes de la libertad, digo los facciosos, que se comprometiesen otros; temían los resultados de la campaña. Se impuso por mí una contribución de 400.000 pesos a los godos, y mandé que entregasen todas sus armas en el término de tres días.

Me negué a fuertes empeños a [en] favor de los desterrados, y repetí al Gobierno que para nuestra segu­ridad era indispensable aquel paso; que creía traidor de lesa patria al que lo entorpeciese.

Abril 1º de 1813. A las seis de la tarde salí para Rancagua con Mr. [Joel R.] Poinsett, el Capitán don Diego José Benavente, algunos oficiales y una escolta de catorce nacionales. Dormimos en la hacienda de don José Agustín Jara, a ocho leguas de la capital.

El 2 de abril de 1813, a las nueve de la mañana, recibí parte de que el enemigo había tomado a Tal­cahuano, el 26 de marzo a las doce del día. Inmediatamente lo avisé al Gobierno por medio del Comandante de la Guardia Nacional don Juan Antonio Díaz Muñoz. Oficié pidiendo los cuerpos de Granaderos y Nacionales y doce piezas de artillería con la correspondiente dotación.

A las doce seguí mi viaje. Encontré en la Angostura al Asesor don Manuel Novoa, que había fugado de Concepción luego que en Cabildo Abierto, decidieron entregar la ciudad al jefe del ejército invasor, Gene­ral [Antonio] Pareja; él me dio una idea del modo con que fue tomado Talcahuano, de las intrigas que habían prece­dido a la capitulación, y de la fuga de algunos patriotas y tropa con los caudales de las cajas de Concep­ción.

Llegué a Rancagua a las cuatro de la tarde, y oficié a todos los jefes de los cuerpos de milicia, para que se replegaren a Talca donde hallarían una fuerza respetable, y la recompensa de su lealtad y servicios. Di las órdenes convenientes para proteger los caudales y [a] los emigrados. Todos mis pliegos fueron conduci­dos por correos muy bien pagados. Mandé a don Bartolo Araos para que pasase a Los Ángeles a hablar con don Bernardo O’Higgins, Teniente Coronel de uno de los cuerpos de la Frontera, para que se retirase a Tal­ca con toda la gente que pudiese reunir, advirtiéndole que avanzaría un cuerpo a Chillán para protegerlo.

Nombré en Rancagua un comisionado para aprontar víveres y cabalgaduras para el transporte de las tropas de la capital. Activé la reunión del regimiento; oficié al Gobierno; di mis instrucciones a los jefes de los cuerpos que iban a marchar. A las dos de la mañana concluí mi correspondencia.

Averigüé por los patriotas [los nombres de] todos los sarracenos capaces de perjudicar, y mandé a la capital, en cali­dad de reos, a don Juan Carrasco, don Pablo Mendoza, don Baltasar Ramírez, al cura don Manuel Ro­dríguez y al padre Fray Tomás Martínez.

Abril 3 de 1813. Salí para San Fernando a las doce del día y llegué a aquella villa a las seis de la tarde; practiqué las mismas diligencias que en Rancagua; socorrí a varios oficiales emigrados; entre ellos se hallaba el Coronel don Rafael Sotta, que mandaba la plaza de Talcahuano cuando la atacó el enemigo; me hizo la siguiente relación del modo con que fue tomada.

“Tenía la plaza cien fusileros, pocos artilleros y dos lanchas cañoneras, cuando se avistaron los bu­ques de la expedición, el 25 de marzo a las cuatro de la tarde; pedí auxilio a Concepción; fui reforzado con ochenta infantes y dos piezas de artillería volante. Coloqué sobre las alturas que dominan el campo de San Vicente cuatro piezas, y tomé todas las medidas de precaución que juzgué oportunas. A las siete de aquella noche se presentó como parlamentario don Juan Tomás Vergara, y lo remití a Concepción con una partida a las órdenes de don Ramón Freire; el 26 por la mañana estuvo de vuelta y se fue a San Vicente. Fui atacado a las doce del día y después de tres horas de fuego me vi obligado a clavar la artillería, y a reti­rarme por Penco, para unirme a las tropas de Concepción; la tropa se portó con fidelidad. El Teniente Coronel don Manuel Serrano me ayudó con entusiasmo y valor, su hijo don Gregorio trabajó con actividad; don Vicente Romero fue hecho prisionero al pie de su cañón. Varios oficiales fugaron a Penco en una lancha cañonera. Cuando me presenté en Concepción fui nombrado para acompañarme con el jefe de las tropas de Concepción, don Ramón Jiménez Navia. Apenas llegué a la Alameda, donde se hallaban, se pro­clamó al Rey por la tropa advertida por Jiménez; se retiraron y patearon las escarapelas de la patria. Fui insultado y procuré escapar para no seguir la suerte del Capitán don Juan José Benavente, que al reconvenir a su compañía le dieron de culatazos, y le hicieron quitar la escarapela; el más insolente en este atenta­do fue un Granadero llamado N. Leiva, alias Trinquiloco”.

Averigüé de don José María Vivar, Subdelegado del partido, los [nombres de los] sarracenos perjudiciales que debían separarse, y por su informe mandé a disposición del Gobierno a don...

Abril 4 de 1813. Salí de San Fernando a las doce del día, y llegué a Curicó a las oraciones; allí en­contré en casa del Subdelegado don José Antonio Mardones a los emigrados siguientes: Don José Jiménez Tendillo,

Tesorero de Concepción, con 36.000 pesos de aquellas cajas, escoltado de catorce Dragones y un Tambor. Don Marcelino Victoriano, Oficial de la tesorería. Don Manuel Serrano, Teniente Coronel de milicias. Don Pedro Arriagada, Teniente Coronel de milicias. Don Pedro José Eleizegui, Capellán de Dragones. Don Isidro Pineda, Cura de Valdivia. Don Laureano Díaz, Presbítero. Fray José Silva, Franciscano Don Rafael Anguita, Teniente y habilitado de Dragones. Don Pedro Trujillo, Teniente de Artillería. Don Lucas Melo, Teniente de Asamblea. Don José María Manterola, Teniente de milicias. Don Fernando Vásquez, Alférez de Artillería. Don Francisco Javier Molina, Alférez de milicias. Don Enrique Lasales, Teniente de Infantería veterana. Don José Ignacio Manzano, Cadete de Dragones. Don Manuel Benavente, Cadete de Dragones. Don Juan Noya, Visitador de Tabacos. Don Francisco Noya, hijo de don Juan. Don Juan de Dios Garay, Capitán de milicias Don Pedro Barnechea, Capitán de milicias.

Este último me hizo la siguiente relación de lo ocurrido en Concepción y presenciado por él:

"Apenas se avistó la expedición enemiga el 25 de marzo, a las cuatro de la tarde, se tocó generala en Concepción y se pusieron sobre las armas todos los cuerpos de la guarnición. El Comandante del batallón de infantería veterana hacía dos días que se decía enfermo, fue llamado por el Gobernador y se presentó; a él se le dio el mando de toda la fuerza que debía oponerse al enemigo, que constaba de su cuerpo, del de Dragones y de una división de doce piezas de artillería con doscientos hombres del mismo cuerpo, incluso algunos milicianos; en la noche salió a la cabeza de su columna y llegó al cerro del Corral, distante una legua de la ciudad. Talcahuano había sido reforzado en la tarde por ochenta infantes, y aquella fuerza, situada en tan buenas posiciones con la de Jiménez, bastaba para haber acabado con los piratas si no hubiese obrado la traición. La tropa de Jiménez clamaba por avanzar, pero Jiménez se opuso diciendo que era muy superior la fuerza enemiga. Ofició al Gobernador avisando que el enemigo había desembarcado, ponderando la fuerza que traía, y proponiéndole retirarse sobre la ciudad cuya posición ofrecía mejor defensa. Accedió el Gobernador y la fuerza amaneció en la Alameda.

La noche del 25, vino de parlamentario don Juan Tomás Vergara, y fue recibido en el palacio por el Gobernador y su Secretario, don Santiago Fernández. Pedía Vergara que la plaza se rindiese, que recibirían los habitantes toda la consideración del General Pareja, respecto de propiedades, conservación de empleos, olvido de todo lo ocurrido en la revolución, etc., etc., etc., con cuanto acostumbran en tales casos los señores godos. Benavente pidió diez días para contestar, pero el parlamentario se negó, diciendo que en tal caso se apelaría a la fuerza. El Gobernador dijo que era preciso avisar al Cabildo, y que en la mañana del 26 sería despachado. Se retiró a dormir en casa del Gobernador. Nosotros vimos perdida toda esperanza de defensa en la ciudad, y aquella noche procedimos a empaquetar los caudales para retirarnos, lo que verificamos al amanecer del 26; lo mismo que doce piezas volantes [de artillería] de a 4 y 6 con sus correspondientes municiones.

Quisimos tentar todos los medios de salvar aquel infeliz pueblo. Temíamos con fundamento de la lealtad de Jiménez y creímos que en Cabildo Abierto podíamos quitarle el mando, y ponerlo en manos más seguras. Se reunió [reunieron] el Cabildo, las corporaciones y el pueblo, y pedimos que para contestar a la intimación se nos manifestase la fuerza que nos atacaba y la que nos defendía. Resultó que el Gobierno y Jiménez aseguraron que los piratas traían 2.000 veteranos muy bien armados y equipados. Jiménez hizo ascender la fuerza de su mando a 870 y tantos hombres. Pedimos entonces los estados de los tres cuerpos veteranos y conocimos que era exacta; pero Jiménez quería minorarla y fue contradicho por su Ayudante don José María Manterola. Hicimos presente que los 870 unidos a 180 de la guarnición de Talcahuano, a 485 del Batallón de Milicias que yo mandaba y estaba formado en la plaza, con buen armamento y mejor disposición, componían una fuerza de 1.535 hombres con excelente tren, abundantes municiones, y por consiguiente, capaz de obtener una victoria completa, y cuando no se quisiese exponer la fuerza a una batalla decisiva, podía retirarse para esperar los refuerzos de Santiago, y engrosarla mientras con los regimientos de caballería, que en la provincia tan sólo presentarían más de 6.000 soldados disponibles.

El Cabildo Eclesiástico se componía del Deán don Mariano Roa, Canónigo don Bernardo Ruiz y el Arcedeán don Ramón Andrade; no asistieron a él ni el Canónigo don Juan de Dios Avoy, ni el Obispo [Diego Antonio Navarro Martín de] Villodres, ni el Canónigo Urrejola, que estaba en Lima. Todos eran opuestos al sistema a excepción del benemérito patriota Andrade; clamaba éste por la retirada, pero Roa y Ruiz, porque se entregase la plaza. Roa aseguraba que el Gobierno de la capital sería muy gustoso en la capitulación, y particularmente los Carreras, quienes mandaban las fuerzas de Santiago. Don Juan de Dios Mendiburu se exaltó por la explicación, sacó el sable y le tiró un golpe que le habría sido muy desagradable, si no le hubiese impedido el Coronel Rafael Sotta, que acababa de llegar, perdido ya Talcahuano.

Por final de la sesión se ordenó la retirada, y a petición nuestra se nombró a Sotta segundo de Jiménez, para que estuviese a las miras de ese hombre sospechoso y cobarde. Los dos salieron juntos para la Alameda; al llegar hizo llamar Jiménez [a] un Sargento de cada compañía de su batallón, y les ordenó que proclamasen al Rey y tirasen la escarapela, negando desde aquel momento obediencia al Gobernador. In­mediatamente escapó Sotta, y don Juan José Benavente fue insultado y preso.

Yo caminaba a Puchacay con la tropa y recibí orden del señor Gobernador de volver a la plaza a defenderla de Jiménez; esta orden me la llevó don Esteban Manzano. Volví y aseguramos la plaza con cañones en las bocacalles. Tuve orden de mantenerme así mientras despachaba algunos asuntos precisos. Cuando ya montaba a caballo el Gobernador para retirarse, llegó [llegaron] Roa, don Javier Manzano y el Canóni­go Ruiz a persuadirlo que no se expusiese con aquella poca fuerza, porque Pareja se uniría en pocas horas más con Jiménez. Le pregunté qué pensaba hacer, y como conocí que se quedaba por el temor que le hacían concebir los que he nombrado, le dije que yo me retiraba; me contestó que lo hiciese luego y que dijese a don José Miguel Carrera cuanto había sucedido.

Los godos hicieron de las suyas; el Tesorero don Pedro Lafita, se negó a entregar 6.000 pesos que el Gobernador ordenó se repartiesen en el batallón de mi mando.

Jiménez Tendillo caminaba con los caudales y Eleizegui lo protegía con los pocos Dragones que pu­dieron escapar. Arriagada sacó de Chillán los ciento veinte fusiles que tenía el batallón para su disciplina.

Jiménez escribió una carta a su mujer, para que le dijese a Pareja que lo llevaban por fuerza; lo supieron algunos patriotas, y vinieron don José Ignacio Manzano, don Manuel Benavente y don Juan de Dios Martínez, con orden fingida del Gobernador para que siguiese la marcha con los caudales, hasta ponerlos libres de todo riesgo. Pareja, según sé, arrancó al Gobernador una orden para detener y volver a Jimé­nez; el conductor era don Melchor Carvajal, a cuyas órdenes venían veintidós Dragones y las milicias de Quirihue. Hemos podido escapar por la mucha actividad de los que nos acompañaban. En Talca nos fortificamos, temerosos de los Dragones que han quedado del otro lado del Maule”.

Esta misma relación fue confirmada por todos los emigrados; y examinada posteriormente en Concepción, no discrepó en lo menor.

Abril 5 de 1813. En la mañana di las mismas órdenes que en los anteriores partidos, y por los in­formes del Subalterno don José Antonio Mardones, mandé a la capital por sarracenos a don...

A las once del día salí para Talca y llegué a aquella ciudad a las ocho de la noche. Observé que los principales vecinos, que me recibieron con el mayor cariño en la campaña con [en contra de Martínez de] Rozas, estaban muy tibios y prestaban pocos auxilios; los amonesté indirectamente y vivía cauteloso de su conducta.

Encontré a don Bernardo O’Higgins, que escapó solo de Los Ángeles, y me aseguró que lo habían se­guido con empeño. Dijo: “Había reunido los regimientos en virtud de la circular de Benavente, y cuando marchaba con ellos en auxilio de la ciudad, recibió la noticia de la rendición. El obispo [Diego Antonio Navarro Martín de] Villodres estaba también en Los Ángeles, y aseguran que estaba de acuerdo con los invasores, dando desde aquel destino avisos por tierra a Valdivia”.

En la tarde del mismo día, al llegar al Camarico, recibí [los] pliegos de [que desde] Concepción del [remitía el] Gobernador Benavente, incluyéndome las capitulaciones que había celebrado aquella capital, en la que había entrado [el General] Pa­reja con sus tropas el 28 de marzo; la columna de aquel bandido constaba de mil seiscientos a dos mil hombres, y se componía del Batallón Veterano de Valdivia, del Veterano de Chiloé y de milicias, con una brigada de Artillería de ambas plazas; al entrar Pareja en la ciudad formaron entre sus filas las fuerzas que teníamos para la defensa, y que dice Barnechea en su relación.

Según tengo presente, las capitulaciones contenían lo siguiente: la entrega de la ciudad, con toda su guarnición, pertrechos, almacenes completos, etc., etc., etc.; olvido de lo pasado y que nadie sería castigado por su anterior opinión o conducta. Que se jurase la Constitución es­pañola. Que permanecerían en sus empleos políticos o militares todos los que voluntariamente quisiesen servir. Que no se obligaría a los militares a tomar las armas contra la provincia de Santiago, a no ser que de ella se les provocase a la guerra. Que habría comercio con todo el reino sin cortar por un momento la comunicación; que así se avisase a la provincia de Santiago por su Gobernador.

Tomé en la noche medidas de seguridad muy necesarias en aquel pueblo que no tenía más de seis patriotas; mandé reunir las milicias y oficié a los partidos de la provincia de Concepción y a los jefes de los regimientos para que no tardasen en reunírseme; los animaba con grandes fuerzas y caudales.

Abril 6 de 1813. El enemigo tenía en Linares (dieciséis leguas de Talca) veintitrés Dragones a las órdenes del Sub Teniente don José María Rivera, que vino en persecución de los caudales; aquella poca fuer­za impedía en gran parte la reunión de las milicias. Dispuse que O’Higgins con doce Nacionales, diecisiete Dragones y cincuenta milicianos, acompañado de ocho oficiales, los sorprendiese al amanecer del 7; salió de Talca a las siete de la noche.

Don Juan Felipe Cárdenas, acompañado de don José María Guzmán y de cuatro o seis soldados de Asamblea, fue destinado a Cauquenes a sorprender y apresar a varios individuos que descaradamente se habían declarado por el ejército real.

Escribí al Gobierno, asegurándole del buen éxito que debía esperar de la campaña, siempre que se decidiese a armar en guerra el [al] bergantín Potrillo y otro buque más respetable para destruir [a] los corsarios de Lima y tomar la boca de Talcahuano, a fin de llamar la atención del enemigo y no dejarle retirada.

Abril 7 de 1813. Al amanecer fueron sorprendidos y hechos prisioneros los veintitrés Dragones y el Sub Teniente Rivera, al que hice remachar una barra de grillos luego que me lo presentaron. (Véase el parte de O’Higgins [documento Nº 26]). Se acopiaban víveres y disponían cuarteles para ocho mil hombres. Oficié a O’Higgins para que avanzase al Parral luego que hubiese reunido el [al] regimiento de Linares.

El objeto era sorprender a Chillán que se manifestaba decidido por Pareja.

Tuve aviso que Pareja se disponía a marchar al [río] Maule, y para ello mandó comprar caballos y mon­turas para toda la campaña. En Quirihue fue apresado por el Coronel don Antonio Merino y por el Subdele­gado don Raimundo Prado, el Sargento Juan Félix Arriagada, del cuerpo de Dragones mandado con seis soldados y 600 pesos para la expresada compra en aquellos partidos.

Abril 8 de 1813. Trajo de Cauquenes, el Ayudante Mayor de Lautaro don Juan Felipe Cárdenas, [a] todos los enemigos del sistema que pudo apresar y fueron: don Alejandro Pinochet, Coronel del regimien­to de Chanco; don José Verdugo, Coronel de otro de aquellos cuerpos; don Manuel Vallejos, don José Ca­llejas, don Cruz y don Julián Montero.

Ya se había fijado en aquella villa el bando de Pareja para hacer reconocer su autoridad; lo quitó y puso en su lugar otro a mi nombre, imponiendo penas terribles al que obedeciese o ayudase a los piratas.

Se supo que en Chillán el Subdelegado nombrado por Pareja, don José María Arriagada, había dado a reconocer a éste; que aquellas milicias se reunían en contra del ejército restaurador y que ponían avanzadas sobre el [río] Ñuble. Lo mismo había hecho don Francisco González, nombrado por Pareja Subdelegado por [de] Quirihue. Reunió este godo un escuadrón del regimiento que está ubicado al sur de [del río] Itata; lo tituló Húsares de Abascal, y cubrió de guardias el río. Merino las puso de su parte y reunió con empeño el regimiento pa­ra retirarse a Talca. González ofició a Pareja pidiéndole fuerzas veteranas y artillería para destruir a los in­surgentes. El influjo de Carvajal ayudaba mucho a González.

No cesaban mis órdenes estrechas y enérgicas para replegar a Talca todas las fuerzas de milicias del norte de Itata, y se retiraban los ganados y todos los recursos.

Los sarracenos que se encontraban y conocían por su conducta anterior, eran presos y remitidos a Santiago.

Se decretó y puso en planta la organización de dos cuerpos de caballería, con el nombre de Guardia General, a las órdenes del Capitán de Húsares Nacionales, don Diego José Benavente. Se completó este cuerpo con los regimientos de Rancagua, San Fernando, Curicó y Talca.

Se supo que el enemigo había mandado disponer cuarteles en Chillán, y que tenía muy adelantadas las disposiciones de su viaje a la silla de Santiago.

Abril 9 de 1813. Llegó el Obispo de Santiago escoltado por ochenta Nacionales armados de fusil a las órdenes del Teniente don Manuel Cuevas; su Ilustrísima había exhortado a los pueblos del tránsito. Los Na­cionales eran los primeros que daban alguna seguridad al Cuartel General establecido en Talca desde el 5.

Avanzó O’Higgins al Parral, doce leguas de Linares. Apresó al cura don José Urrutia. Trató de reunir el [al] regimiento de Caballería, pero los soldados estaban tan prevenidos que huyeron al monte. El Coronel don José María Vallejos se hizo enfermo de miedo, y su ejemplo desanimó a la tropa, y se dispersó. Don Juan Urrutia, hermano del cura, se pasó a los enemigos y les ayudó con mucha actividad; todo su influjo, conocimientos y recursos los empleó aquel inicuo chileno en hacernos la guerra. Le acompañaban en su proyecto don Félix Ibáñez, su hermano don Julián y don Mateo Vallejos, hermano del Coronel; don Juan Urrutia recibió de Pareja el despacho de Coronel en el regimiento de Vallejos.

Abril 10 de 1813. Llegó el Teniente Coronel don Femando de la Vega con mil ochocientos hom­bres de los regimientos de Cauquenes; lo había nombrado su segundo, el Coronel don Juan de Dios Puga. Peroró su Ilustrísima en la Iglesia Matriz; el entusiasmo de la tropa fue grande, a la que exhortó con el mayor pa­triotismo.

Continuaron las reconvenciones a Merino para que no retardase su retirada a Talca.

El Alférez de caballería don Jerónimo Villalobos y el de igual clase don José Ignacio Manzano fueron a la hacienda de don Javier Manzano y a las inmediatas, de donde sacaron más de cuatro mil vacas. Se ex­traerían de la provincia cinco mil vacas, muchos caballos, mulas y carneros.

No había un momento de descanso: la instrucción de las milicias, la organización del ramo de hacienda, la creación de una provisión general y los acopios para ella, la colección [recolección] de caballos y de toda clase de bagajes, el reconocimiento de un campo del que no había ni croquis debiendo ser el teatro de la guerra, la correspondencia con los comisionados, jefes de partidos, [y el] Gobierno, la secreta para intrigar con el ene­migo, y la persecución a los facinerosos que abundan en aquellos campos, ofrecía un trabajo muy pesado; mayormente no encontrando muchos auxiliares útiles.

Recibí aviso de que estaban de camino para Talca los cuerpos que debían formar el ejército. Todo se encontró hecho, y así se vio salir de Santiago antes del 9 de abril una fuerza capaz de contener los progre­sos del enemigo, con todos los útiles necesarios en campaña. Un año antes quisieron asesinarme mis enemi­gos por sarraceno, y lamentaban pública y amargamente los gastos que emprendía en la organización de fuerzas. Decían aquellos bárbaros ¿para qué tiendas de campaña, cañones, tantas balas, etc., etc., etc.? No se vio an­tes de la guerra imponer contribuciones, ni gravamen al público en cosa alguna. La buena administración del tesoro y la actividad en el trabajo impidió que Pareja hubiese sido dueño de Chile en abril de 1813.

Abril 11 de 1813. Llegó [un] correo ordinario de Concepción. Quería Pareja reducir a burla su invasión y aprovecharse de nuestra credulidad. Toda la correspondencia se ocultó, [y] entre ella se encontró una carta del Conde de la Marquina a mi padre, aconsejándole siguiese a Pareja y persuadiese a sus hijos a lo mismo. Don Juan de Dios Tirapegui me escribió dos anónimos, dándome un aviso exacto del estado del enemigo y sus determinaciones.

Abril 12 de 1813. Llegó a Talca la Guardia Nacional, fuerte de 230 hombres armados de espada, que con los 80 de Cuevas y 14 de la Escolta, ascendían a 324. Su Comandante era don Juan Antonio Díaz Salcedo.

Abril 13 de 1813. Se alarmó toda la guarnición. Se tocó generala porque se me avisó que dos co­lumnas enemigas se dirigían por el oeste del río Claro, a tomar la artillería que estaba en el Camarico. A pesar que los caballos estaban en potreros, no tardaron media hora en formarse los cuerpos de caballería, y buscaban al enemigo con entusiasmo. Las dos columnas eran de vacas, y volvieron nuestros soldados a descansar.

El Capitán Urra, Comandante ([nombrado]por don Juan [Martínez de] Rozas) de la infantería de Cauquenes, se me presentó con doscientos de sus soldados. Según dictamen del Coronel Vega (ascendió a esta graduación el día de su llegada) y otros oficiales de igual penetración, eran los doscientos bravos tan ladrones como su jefe; para todos había destinos en aquellos momentos.

Abril 14 de 1813. Llegó la artillería. El tren consistía en dieciséis piezas muy mal montadas para el servicio de campaña. Éstas, las municiones y demás pertrechos se condujeron en setenta carretas y cuatro­cientas mulas. Su jefe era el Coronel don Luis de Carrera. Artilleros eran doscientos. Don Bartolo Araos y don Manuel Vega fueron comisionados a prender una partida de asesinos que cruzaba las orillas del río Teno.

El Coronel O’Higgins (ascendió en aquellos días) se retiró a los altos de Bobadilla, en donde quise ha­cer una fortificación que nos asegurase del paso del [río] Maule, cuando estuviese retirada la fuerza. Mandé de auxilio los ochenta Nacionales fusileros.

No puedo menos que criticar la conducta del Gobierno; quitar los fusiles a los Nacionales, cuerpo que tenía instrucción, aunque poca fundada en los mejores principios, era subordinado como el mejor y estaba más adelantado en un año de disciplina que lo que podía estar cualquiera de los batallones de mili­cias. Los dejaron sin fusiles para darlos a los Voluntarios de la Patria (batallón de milicias de la capital); fue un mero pretexto para quitarme aquella fuerza que dirigía y educaba con esmero; había despertado ya la emulación de algunos ignorantes. Era dueño de la fuerza, pero sufrí en silencio aquel insulto, en los mis­mos momentos que parecía necesaria, y casi indispensable, mi asistencia para sacudir el yugo. Hasta el mejor servicio se perjudicaba; armé de lanzas a los doscientos treinta Nacionales y con ellas fueron más útiles que algunos fusileros.

Abril 15 de 1813. Avisos de este día confirmaron los que anteriormente había recibido y las car­tas de Tirapegui. Pareja hizo salir su vanguardia de Concepción el 4, y con toda la fuerza disponible siguió el 8. Ascendía su ejército a tres mil treinta y cinco fusileros y artilleros, y se reforzaba con todas las milicias de caballería de la parte sur del [de los ríos] Ñuble e Itata. Toda esta gran fuerza estaba en Chillán, y yo no podía contar en mi Cuartel General más que con ciento once fusileros y doscientos artilleros. Por esta causa no salí para Chillán y ocupé la ribera del norte del Itata. Si no había de sostenerla, adelantaría solamente haber comprometido unos pueblos inermes, para entregarlos después al sacrificio. Mis soldados se hubieran desa­nimado.

Abril 16 de 1813. Mandé espías a los pueblos que ocupaba el enemigo y escribí a varios patriotas para revolucionar la provincia y tomar una idea del poder de Pareja. Hice salir a don Hipólito Oller, Sargento Mayor de artillería, con tres piezas volantes, para fortificar las alturas de Bobadilla. El Comandante Urra lo acompañaba con sus honrados para emplearse en el trabajo.

Don Luis Carrera fue nombrado jefe de aquella división, quedando a sus órdenes el Coronel O’Higgins. A éste había mandado a don Nicolás y a don José María Carrera oficiándole para que los colocase en parte donde hubiese mayor peligro, para que pagasen con sus vidas un hecho atroz que habían cometido en Santiago: el Gobierno los mandó a Talca sin mi consentimiento, y seguramente muy a mi pe­sar.

Don Juan Esteban Manzano y don José Tadeo Benavente mandaron a O’Higgins avisos del estado del enemigo, que en número de doscientos fusileros, se dirigían de Coelemú a Cauquenes.

Abril 17 de 1813. Llegó al Parral la primera guerrilla enemiga en cuya observación había otra de la división de Bobadilla que se había situado en Las Trancas de Longaví.

Se me notició que Merino había sido sorprendido en su retirada por don Matías Alarcón y su Gobernador, quitaron los tabacos, el dinero y revolvieron la tropa.

Destiné al Capitán don Pedro Barnechea a que fuese a protegerlo con una partida de Nacionales; lle­gó hasta Villavicencio, y supo allí que era irremediable la prisión de Merino. Llegaron el Teniente Zorrilla y el Alférez don José Almanche, que habían fugado de Concepción. Zorrilla me hizo la siguiente relación:

“Añadió a la de Sotta la entrada de Pareja en la ciudad de Concepción, con general aplauso de los sa­rracenos, que hicieron demostraciones públicas, porque creyeron muy seguro el proyecto de subyugarnos. Se halló en el juramento prestado a Fernando y a la Constitución; para este acto formó el ejército en la pla­za. Pareja hizo subir sobre un tabladillo al Gobernador Benavente con el escribano don Ignacio Herrera, para que prestase su juramento. Como observase Pareja que Benavente no había vitoreado al Rey, subió acompañándole e hizo que lo ejecutase. A la cabeza del batallón de infantería se presentó Jiménez Navia; a la del cuerpo de Dragones don Pedro Lagos; a la de la Artillería, don Ramón Bek y a la de la infantería de Milicias, don Andrés [del] Alcázar, Conde de la Marquina.

Don Pedro José Benavente, que obligado por bayonetas hacía cuanto quería Pareja, tomó el partido de renunciar. Quedó en su lugar el Obispo don Diego Antonio Navarro [Martín] de Villodres. Se han formado compañías de infantería de milicias con el nombre de la Concordia; jefe de ellas es Pareja, Sargento Mayor, el Conde de la Marquina, Ayudante don Francisco Fajardo, [y] Capellán, el Obispo; encerrando estas compa­ñías lo más escogido del sarracenismo.

Ha levantado un empréstito de 80.000 pesos y es el único dinero con que cuenta para la campaña que han emprendido, hasta que lleguen los auxilios de Lima.

Pareja tiene todo el orgullo e ignorancia de un buen marino; es dirigido por el Intendente don Juan Tomás Vergara, hombre de talento y empresa. Su Mayor General, don Ignacio Justis es también marino”.

Llegó [llegaron] Vega y Araos con cuatro o seis de los salteadores de Teno y se entregaron [fueron entregados] al Auditor de Guerra don Manuel Novoa para que les siguiese causa.

Abril 18 de 1813. Se retiró Barnechea de Villavicencio, y me confirmó con cuanto se ha dicho de la prisión de Merino, añadiendo que Alarcón había obrado con órdenes de Carvajal y de González.

Entró a las órdenes de su Sargento Mayor, don Carlos Spano, a las once del día, el batallón de Granaderos, fuerte de seiscientas plazas. Se mandó escoger doscientos soldados para reforzar el punto de Bobadilla.

Abril 19 de 1813. El Coronel don Fernando de la Vega, con algunos destacamentos de milicias, y con los doscientos Granaderos marchó a Bobadilla.

Abril 20 de 1813. Llegó el Brigadier don Juan José Carrera, a tomar el mando de los Granaderos, y el Coronel don Juan Mackenna con despacho de Cuartel Maestre del ejército. Era la primera vez que veía a Mackenna después de la conspiración de noviembre de 1811; lo recibí con un abrazo y, ni en mis he­chos ni en mi modo, acredité otra cosa que un total olvido de lo pasado, y la mejor amistad.

Juan José renunció al Gobierno, porque vio que se realizaba la defensa de Chile. Quiso hacerse par­tícipe o dueño de las glorias del ejército restaurador. La facción en la capital se exaltaba, y como viese en Juan José un obstáculo a sus maquinaciones, procuraron electrizarlo para que eligiese el Campo de Marte para su engrandecimiento: le ofrecía el Gobierno hacerlo su Plenipotenciario cerca del General, para evitar de este modo que estuviese a las órdenes de un hermano menor. No admitió este partido, porque sabía que no me había de conformar con semejantes trabas, y que si me disgustaba, el resultado sería mi renuncia, en cuyo caso no se atrevía a tomar por sí la dirección y trabajo de aquel naciente ejército.

Se conformó con venir a mis órdenes sin conocer el objeto a donde se dirigía la intención del Gobierno. Como Mackenna lo acompañase, procuró este antiguo enemigo seducirlo con la más refinada in­triga. Juan José llegó a entregarse a Mackenna antes de ocho días de trato, después de su llegada del destie­rro que sufrió porque trató de asesinarnos. En una de sus conversaciones dijo Juan José a Mackenna “José Miguel tiene ambición y es preciso contenerlo para que no se haga un déspota“.

Abril 21 de 1813. Avanzaba el enemigo sobre Linares, y como tuviese ya la fuerza de Granaderos, quise hacer resistencia a la vanguardia enemiga y posesionarme de Linares, antes que Elorreaga lo ocupa­se con su división. Para esto hice que O’Higgins avanzase con la división de Bobadilla (don Luis Carrera es­taba en Talca arreglando el tren de artillería), y yo, acompañado del Coronel Mackenna, con la Guardia Ge­neral y parte de la Nacional, me dirigí por el Duao (uno de los vados del [río] Maule) para proteger a O’Higgins, y, si me era posible, batir [a] la vanguardia enemiga, trasladar el Cuartel General a Yerbas Buenas, o al mismo Linares. Esta noticia me comunicó la guerrilla de observación cuando estaba yo tres leguas al sur del Mau­le. Mandé que O’Higgins se replegase sobre Bobadilla; en este momento se unió Luis [Carrera] a la división, refor­cé algo más aquel punto y me replegué a Talca para seguir la organización del ejército. Sabedor de la mucha fuerza que traía el enemigo, mandé a Santiago al Coronel Mendiburu, para que representase al Gobierno la necesidad de mandar al Cuartel General el Batallón de Pardos y el de Voluntarios, sin los que me ve­ría en la precisión de abandonar Talca.

Abril 22 de 1813. Llegó a Talca el Coronel don Estanislao Portales con los regimientos de caballe­ría [del] Príncipe, [de la] Princesa y Maipú, fuertes de mil quinientos hombres. Se formó la segunda división, a las órdenes del Brigadier don Juan José Carrera. Se componía del batallón de Granaderos, del regimiento de Maipú y cuatro piezas volantes con su correspondiente dotación.

Abril 24 de 1813. Llegó [llegaron] Carvajal y González Palma a unirse a Pareja con la división de su mando.

Abril 25 de 1813. Mandé que la división de Bobadilla se replegase al norte del [río] Maule, y que toma­se posesión del paso de Paredones, al este de Duao. Este punto fue ocupado en la tarde por la segunda división.

Abril 26 de 1813. En la noche quedaron ambas divisiones en sus respectivos destinos.

Abril 27 de 1813. La tercera división, compuesta de la Guardia Nacional, Guardia General y regimien­tos [del] Príncipe y [de la] Princesa, con cuatro piezas volantes, salió hacia el [río] Maule y se situó como cuerpo de reserva a una legua a retaguardia de la segunda división.

Abril 28 de 1813. El enemigo avanzó sobre el Maule una división con cuatrocientos hombres, a las órdenes de don Idelfonso Elorriaga, con el objeto de reconocer nuestra línea. Era imposible semejante reconocimiento sin que pasasen el río que está cubierto de bosques, entre los que se escondían nuestras tro­pas. Al mismo tiempo se presentó el Sargento Mayor don Estanislao Varela, del regimiento de Rere, con un oficio de Pareja, intimándome la rendición y ofreciéndome a nombre del Virrey [Abascal] grandes ventajas. Cuando lo estaba leyendo, me avisaron que en el paso de Bobadilla las guerrillas enemigas me habían muerto dos centinelas del regimiento San Fernando. Me acaloró bastante este ruin procedimiento y determiné no con­testar a Pareja hasta haberle vuelto la mano, pasándole a cuchillo la primera partida que pudiese sorpren­derle o, si era posible ejecutar este castigo en la misma división que vino al reconocimiento. A Varela lo mandé a Talca donde dije le daría la respuesta.

Dispuse se aprontase una fuerza de trescientos milicianos, doscientos Granaderos y cien Nacionales, a las órdenes del Coronel Portales, que debía ser el jefe de la empresa. El objeto era sorprender y no dar cuartel a la división de Elorriaga, que debía dormir en unos cerrillos [a] una legua al sur del [río] Maule. Sabía que todo el ejército enemigo estaba en Yerbas Buenas, siete leguas al sur del río, y bajo este concepto im­partí mis órdenes. A las oraciones me fui a Talca.

Abril 29 de 1813. Antes de aclarar se ejecutó la sorpresa. No la presidió el Coronel Portales, y sí el de igual clase don Juan de Dios Puga. No entendió, o no supo, o no quiso obedecer lo que le mandó el Comandante General de la primera división. No habiendo encontrado Puga [a] la división de Elorriaga en los cerrillos, debió volverse; pero se avanzó hasta Yerbas Buenas, a donde se había replegado Elorriaga, sospechoso de nuestro intento. Puga se echa sobre el ejército enemigo sin la menor disposición; se dis­persó la milicia, y los que cuidaban los caballos de la infantería huyeron con ellos. Los mismos Granaderos se hirieron unos a otros porque el Comandante Bueras no supo dirigirlos. Sin embargo, el resultado fue ventajoso como se verá en el parte que di al Gobierno y está señalado con el [documento Nº 27]... [sic] y es copia del que se publicó en el Monitor Extraordinario del 2 de mayo. El Coronel Puga fue herido y prisionero pero escapó y a los pocos días volvió a nuestro campo. El enemigo nos hizo prisioneros cien veteranos y algunos milicianos. Nuestra pérdida fue considerable por el saqueo a que se entregó la tropa escandalosamente. Los heridos que llegaron a Talca serían veinticinco. El enemigo se puso en retirada, creído de que sería atacado por nuestro ejército. Para proteger la retirada de Puga, se presentó a la vista del enemigo el Coronel don Luis Carrera con alguna milicia, lo que fue bastante para imponerle; no se atrevió ni a avanzar.

Abril 30 de 1813. En la tarde se acercó el enemigo al [río] Maule, y amenazaba pasarlo por el andari­vel. Se dieron órdenes para retirar todos los víveres, municiones y pertrechos de Talca, con dirección a San Fernando, a cuyo punto quería replegar las tropas para engrosar el ejército con las que esperaba de la capital.

Como conociese alguna intriga en el parlamentario Varela, lo mandé preso a la capital, y ésta fue la única respuesta que di a la intimación de Pareja. Para obrar así tuve los motivos siguientes: 1º que Varela, conociendo nuestra resolución de defendemos, pidió quedarse a mi lado; era oficial de las milicias de Con­cepción y protestaba que a la fuerza lo hacían venir; por consiguiente pude dejarlo; 2º Varela, de buena o mala fe, entretuvo con su comisión, para que Elorriaga se acercase al reconocimiento en el que me mataron dos soldados; 3º Varela en Talca se informaba con mucho interés de nuestra situación y difundía noticias perjudiciales con todo sigilo; 4º la opinión general y los informes reservados, me lo dieron a conocer por un hombre caviloso y de mala disposición por el sistema.

No pasó, ni intentó pasar el enemigo y durmió frente a los altos de Cueri. En la noche salió don Luis Carrera, con la primera división, para aquel paso, con el objeto de incomodar al enemigo en cuanto fuese posi­ble, y retirarse a Talca si [así] lo exigían las circunstancias.

Mayo 1° de 1813. Pasó el [río] Maule una guerrilla de la primera división, mandada por el Teniente don Fran­cisco Molina; sólo constaba de treinta Dragones y Nacionales; burló al enemigo, alarmó su línea y le quitó porción de vacas y caballos.

Los distintos movimientos del enemigo hacían trabajar demasiado [a] nuestra caballería en los pedrega­les del río, y la poca disciplina de mis tropas prometía mal éxito si se empeñaba acción. Lo boscoso del te­rreno no dejaba maniobrar [a] la caballería, y si el enemigo quería, podía muy bien pasar el río y envolvemos.

Mandé en la tarde que se retirase el ejército al campo de la Rayada, una legua de Talca al [río] Maule, que ofrecía comodidad y ventajas.

Es necesario olvidar esta noche, porque el desorden con que se retiraron las tropas, por la mala disposi­ción y abandono de muchos jefes, que nos expuso a ser víctimas del enemigo, si éste hubiese sido menos tímido, y no se le hubiese escarmentado en Yerbas Buenas.

Mayo 2 de 1813. Al amanecer se reunieron las tropas, y se formó el campamento en la Rayada, cuya nueva y hermosa posición nos ofrecía ventaja. Se cubrieron los pasos del río con guerrillas de obser­vación y la primera división se disponía para salir.

El enemigo creyó que nuestra retirada era para aprovechar [una] mejor posición y cortarle la retirada en caso de una derrota. Pareja no se prometía más que desgracias por el abatimiento de su tropa.

Mandé al Cuartel Maestre (único ingeniero en el ejército) que formase un croquis de nuestro campo. Por primera vez descubrí que no sabía agarrar el compás ni el lápiz. No supo hacerlo y fue necesario que Mr. [Joel R.] Poinsett se tomase este trabajo.

Mayo 3 de 1813. Salió la primera división a situarse dos leguas a vanguardia de la línea, en una posición que llaman el Fuerte. En la tarde se me presentó como parlamentario de Pareja don José Hurtado, Teniente Coronel del ejército real, conduciendo el oficio de su General. [Documento Nº 28]. Comió Hurtado con nosotros y fue tratado con franqueza y generosidad. Procuró por todos medios imponerse de nuestro estado y de nuestras ideas: nada pudo sacar y sólo observaría en nuestros semblantes una decisión imponente. Yo supe por él la muerte del Intendente Vergara en la sorpresa del 29, y que el General de la segunda división, don José Ber­ganza, que fue prisionero por los nuestros, se había podido escapar; no habría sucedido así si los oficiales del ejército restaurador hubiesen sido más precavidos y no tan generosos en momentos tan críticos.

Por la relación de Hurtado de cuanto pasó en la sorpresa y le convenía decir, conocí que don José María Benavente fue el oficial que ejecutó y vio con más serenidad lo sucedido en la madrugada del 29, día que pudo ser para Chile el más glorioso.

Mayo 4 de 1813. Regresó Hurtado con mi contestación [Documento Nº 29]. Se observa en ella alguna suavidad, porque era preciso entretener y dar tiempo a que llegasen los cuerpos de fusileros que venían en marcha.

Supe que el ejército enemigo estaba muy descontento y lleno de necesidades; que la insubordinación era escandalosa.

Mayo 5 de 1813. Llegó el batallón de Infantes de la Patria, fuerte de doscientos cincuenta hombres a las órdenes del Teniente Coronel don Santiago Muñoz Bezanilla. Esta tropa y su oficialidad era muy re­cluta; los más apenas sabían hacer fuego.

Volvió el parlamentario Hurtado, con contestación a mi oficio, admitiendo o accediendo a nuestra entrevista en el [río] Maule, pero exigía en [calidad de] rehenes al Coronel don Luis Carrera. Me fue muy sospechosa esta elección; estaba ya más fuerte, y conocía la debilidad de Pareja. Hurtado vio mudado el semblante de las cosas, y no pudo ocultar el temor que le acompañaba.

En la noche se me avisó que el Capitán de Lautaro don José Cruz Villalobos, que con una guerrilla de veinticinco hombres guardaba el pueblo de la Nueva Bilbao, había sido sorprendido por los vecinos de orden [, según órdenes] de Pareja. Concurrieron a este atentado don Eugenio Verdugo y sus hermanos, un inglés avecindado en aquel pueblo, don Manuel Astaburuaga, Mardones y no recuerdo qué otros.

Mayo 6 de 1813. Contesté a Pareja el oficio número 30 que se publicó en el Monitor Araucano de 13 de mayo.

Mayo 7 de 1813. Se me avisó que Pareja se retiraba a Yerbas Buenas, y esto era bastante para co­nocer el efecto que le había hecho mi último oficio. Era seguro que abandonaba el proyecto de pasar a la capital; bastante dolor le causaría al marinerito volverse por los pueblos que le vieron pasar pocos días antes con la certeza de ir a ocupar la silla en la capital. A los vecinos del Parral se les dijo: “Parece que la Providencia detiene las aguas, para que con la comodidad de un paseo, y por medio de mis fieles pueblos, llegue a libertar a la capital de la opresión a que la han reducido algunos insurgentes infames. Tres horcas fijaré en Santiago para castigar a los autores de tantos males”.

Mayo 8 de 1813. Se activaban las disposiciones para que el ejército pasase el [río] Maule en seguimiento de Pareja.

Tuve nuevo aviso del estado del Capitán Villalobos. Don Eugenio Verdugo le había remachado una barra de grillos y lo tenía oculto en un bosque. Ordené al Ayudante don Juan Felipe Cárdenas que saliese con catorce fusileros a poner en libertad a Villalobos y castigar a los que lo oprimían.

Mayo 9 de 1813. Llegó el batallón de Voluntarios de la Patria, fuerte de doscientos hombres, a las órdenes del Teniente Coronel don José Antonio Cotapos. El desgreño de este cuerpo, que jamás había hecho fuego y que estaba mandado por oficiales inexpertos, no ofrecía otra ventaja que la de abultar en la línea. En la noche les entregué los fusiles correspondientes en buen estado, todos corrientes.

Di nuevo arreglo al ejército, minoré la caballería, reduciéndola a cuatro brigadas de seiscientos hom­bres cada una, sin incluir en ellas la Guardia Nacional ni la General. Véase el estado del ejército [en el documento Nº 31]. La caballería reunida en Talca, antes del último arreglo, incluso el regimiento de Melipilla que llegó pocos días antes de pasar el [río] Maule, ascendió a cerca de siete mil hombres, y fue pagada con exactitud. Era in­necesaria en tanto número, y ocasionaba grandes gastos, por lo que la reduje a dos mil cuatrocientos hom­bres solamente.

Mayo 10 de 1813. Se me avisó que el 9 había salido de Linares con dirección a Chillán una división enemiga, y que este día seguía Pareja con todo el ejército. A sus tropas les dijo, para no desanimarlas, que se retiraba por haberlo tratado así con el jefe del ejército restaurador. Tuvo consejo de guerra para acordar si convendría más la retirada a Chillán o a Cauquenes. Los frailes de Chillán le hicieron muchas ofertas y lo redujeron a cuidar el convento.

Recibí oficios del Gobierno, en que me anunciaba la pérdida de la Perla y el Potrillo, batidos ambos el 2 de mayo en la bahía de Valparaíso por la corsaria limeña Warren. Ya perdía toda esperanza de cerrar el puerto de Talcahuano. Era necesario que la actividad supliese aquella gran falta. Las iniquidades que cometieron los que entregaron nuestros buques debíamos vengarlas en el ejército real. Silencié este desagradable acontecimiento, y ordené la marcha del ejército para el día siguiente.

Mayo 11 de 1813. La primera división pasó el [río] Maule y llegó a Linares; la segunda y tercera durmieron en Duao y en Paredones.

Mayo 12 de 1813. La vanguardia llegó a Longaví, [distante] ocho leguas de Linares, y avanzó un cuerpo de doscientos cincuenta hombres a las órdenes del Capitán don Diego José Benavente, que alcanzó a tomar dos mil vacas que llevaba el enemigo y fueron devueltas a sus dueños, y además veinte prisioneros vetera­nos.

La segunda y tercera división pasó [pasaron] el [río] Maule y durmió [durmieron] en Linares; el día fue lluvioso y la tropa y el ar­mamento sufrieron mucho. Los jefes de ambas divisiones se adelantaron en el camino, y al llegar éstas al pueblo iban enteramente dispersas; era menos temible Pareja que el desorden de la tropa, que no [se] podía contener por falta de auxiliares. Toda la noche la empleé en acuartelar, ordenar y proveer las divisiones. El General en Jefe pasó a caballo y en vela cuando los demás oficiales dormían a su placer.

Don Gaspar Monten, Zamora y Acevedo fueron apresados por sarracenos y remitidos a Talca; a Zamora se le pusieron grillos porque se fugó; el Capitán Barnechea lo apresó después.

Mayo 13 de 1813. La segunda y tercera división salieron en la tarde, para Longaví, donde pasaron la noche.

La vanguardia salió de Longaví, marchó todo el día y la noche, y amaneció el 14 sobre el estero de Bulí, en donde tomó al enemigo sesenta prisioneros y un carro de equipajes. El enemigo se encerró en San Carlos, [a] dos leguas y media de Bulí y [a] veinte de Longaví.

Recibí cartas de [del Cónsul] Mr. Poinsett, dándome noticias de todo y pidiéndome perdón para don Juan Urru­tia, que con su hermano había sido tomado en el Parral por el Capitán Benavente; aseguraba Poinsett el arrepentimiento de Urrutia quien ofrecía sus servicios y que haría desertar del ejército enemigo a todos sus amigos. No pude negarme a la insinuación del mejor chileno (Mr. Poinsett) y ofrecí por mi honor que no se les seguiría perjuicio.

El día fue lluvioso y crecieron los ríos.

Mayo 14 de 1813. Salieron las divisiones de Longaví y caminaron todo el día para unirse a la van­guardia, que se mantuvo todo el día en Bulí.

Intimé a Pareja que se rindiese a discreción, ofreciéndole un trato generoso y que sería pasado a cu­chillo si se tiraba un solo tiro.

El conductor de este oficio fue don Manuel Vega, Ayudante Mayor del jefe de la vanguardia. Fue recibido con agasajo y cariño: procuraban persuadirlo y se mostraban dispuestos a una composición. La res­puesta no fue favorable, pero manifestaba temor.

Me adelanté a las divisiones y llegué a Bulí a las diez de la noche. Vega me dijo que el Intendente del ejército real, don Matías Lafuente, y muchos otros oficiales querían hablarme. Por esta razón mandé nue­vamente a Vega, haciéndoles propuestas más razonables. Que entregaran las armas y serían embarcados pa­ra Lima. Estaban ya de otro semblante y a nada accedió Pareja.

Mayo 15 de 1813. A las cuatro de la mañana llegó la segunda división, que había sufrido bastante por el agua, y la rápida marcha de dieciocho leguas en menos de veinte horas. Si no hubiese tomado en Linares la determinación de desmontar [a] las milicias para dar los caballos a la infantería, no habría andado con tan­ta rapidez.

A las nueve de la mañana llegó el Coronel [Juan] Mackenna con la tercera división.

Como supiese que el enemigo no tenía caballería, mandé que saliese la vanguardia a situarse entre San Carlos y el río Ñuble, para cortarle la comunicación con Chillán. Cuando llegó ésta a San Carlos, el enemigo se retiraba y siguió en su alcance. No había andado una legua el enemigo cuando fue alcanzado por la vanguardia, que, a pesar de su poca fuerza, no trepidó un momento en empeñar la acción. El enemi­go estaba demasiado aterrado, y esto hizo que no continuase su retirada, como pudo hacerlo burlándose de la vanguardia. Formó su línea de batalla sobre una pequeña altura y colocó su artillería del modo que le pareció mejor. La vanguardia llevaba dos piezas de montaña de a 4, que se desmontaron a los primeros ti­ros. A pesar de esto no se retiró y se mantuvo bajo los fuegos del cañón enemigo.

Antes [de] que se me hubiese prevenido, ya estaba avisado por los fuegos de la artillería; hice avanzar la segunda división y mandé que siguiese la tercera inmediatamente. El batallón de infantería salió a retaguardia de los Granaderos, por estar pronto. Me adelanté a observar los movimientos de la vanguardia, y la encontré en buena formación y llena de entusiasmo. La poca caballería que quedaba al enemigo se escapó a los prime­ros tiros; la victoria se brindaba al ejército restaurador.

Antes de entrar la columna de la segunda división bajo los fuegos del cañón, mandé personalmente a su jefe que echase pie a tierra, formase en batalla y diese de beber a la tropa. La brigada de caballería de la segunda división, por mi orden, fue a amenazar [a] la retaguardia del enemigo, impedirle la retirada y aumentar su confusión. Parte de la artillería fue destinada a sostener la vanguardia.

En este estado no necesitábamos de otro esfuerzo; la intimación bastaba para rendir al enemigo; pe­ro aún no era tiempo, ni merecían los chilenos semejante triunfo. El Comandante General de la segunda división era celoso de los honores de la vanguardia, y creyó que yo detenía su marcha para que triunfase la vanguar­dia sola.

Lleno de ignorancia e insubordinación, apenas formó en batalla y me separé de él, cuando mandó a los Granaderos cargar a la bayoneta a toda carrera; no habían corrido doscientos pasos y empezaron a re­vivir las descargas de la artillería, cuyo estruendo unido al cansancio, los dispersó en una quebrada que esta­ba al pie de la posición del enemigo.

Los Infantes de la Patria, que formaban la izquierda de la línea, hicieron lo mismo. La artillería de la segunda división, mandada por el Capitán Gamero y el Teniente García, se desmontó e inutilizó como la de la vanguardia; la acción presentaba en este momento un aspecto poco lisonjero. La infantería, aunque disper­sa, mantenía sobre la fila enemiga un fuego arbitrario pero vivo. Gamero y García, sentados sobre sus inú­tiles cañones, miraban con serenidad el peligro. La vanguardia se mantenía con constancia y la brigada de milicias unida.

La tercera división marchaba con pies de plomo; repetidas órdenes daba a [Juan] Mackenna para que apresura­se la marcha. El enemigo sostenía el fuego con veinticinco piezas de buena calidad y regularmente servidas. Llegó a las oraciones la tercera división. Mackenna, con los Voluntarios de la Patria, amenazaba el flanco dere­cho del enemigo, y la caballería, que ya era muy poca y venía dispersa, se acercó sin exponerse, sin recibir órdenes y, por consiguiente, sin provecho alguno. La Artillería sirvió con oportunidad a las órdenes de Gamero y García. Los Voluntarios se presentaron sin oficiales porque todos se habían enfermado, a excep­ción de Cotapos que seguía como máquina, y de Cruz que fue muerto por casualidad por uno de sus soldados. Aunque cinco días antes se les había dado en Talca todos los fusiles buenos, apenas pudieron servir aquel día dieciséis.

En vano se procuraba reunir [a] la infantería; los oficiales eran muy bisoños, y, si no me engaño, inútiles. Anocheció y cesaron los fuegos de una y otra parte. El aterrante desorden y el cansancio de una tro­pa que había caminado en tres días cuarenta leguas, atravesando ríos, esteros caudalosos, y sufriendo una lluvia continua y trabajo de todo el día, me decidieron a retirarme a San Carlos para refrescarla, dejando sobre el enemigo [a] la Guardia Nacional y la General para que observasen sus movimientos.

La vanguardia y la caballería del centro hicieron doscientos prisioneros, que se pusieron aquella noche en la cárcel de San Carlos. Yo estaba satisfecho de la exactitud con que cumplían su encargo los dos cuerpos de observación.

Mandé retirar [a] los heridos, y se les atendió lo mejor posible; setenta entraron aquella noche en el hos­pital.

Se dispusieron los fusiles y se trabajó toda aquella noche en arreglar [a] la tropa, para atacar al amanecer. Nuestro armamento era tan malo que en pocas horas de fuego se inutilizaba; el del día 15 duró seis horas; así es que se inutilizó la mitad. La caballería quedó absolutamente cansada.

Los víveres y los forrajes eran escasísimos en aquel pueblo, que acababa de abandonar el enemigo; no había hospital ni casas acomodadas donde colocar [a] los enfermos. No había otro cirujano que don José Olea, de escasísimos conocimientos en la facultad.

Examinada la artillería, se conoció que no había más de cinco piezas de buen servicio, y tres para poco fuego, y que todas las municiones de fusil apenas alcanzaban para dos horas de fuego.


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