Diario Militar de José Miguel Carrera: Capítulo V. 16 de Mayo de 1813 - 9 de Agosto de 1813

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 Capítulo V. 16 de Mayo de 1813 - 9 de Agosto de 1813
Diario Militar de José Miguel Carrera José Miguel Carrera


V. Persecución de las tropas realistas. Movimientos de las fuerzas revolucionarias hacia Concepción. Rendición de esta ciudad. Reconquista de Talcahuano. Sitio de Chillán.

Mayo 16 de 1813. Al amanecer se dio orden de marchar. Salió la guerrilla de Molina destacada de la vanguardia, y siguió ésta a las ocho de la mañana. Poco había marchado cuando me dieron parte [de] que el enemigo se había marchado en la noche, burlando la vigilancia de la Guardia Nacional; su dirección era al [hacia el] Ñuble, río bastante crecido en la estación de invierno, a cuatro leguas de San Carlos, en el camino de Chillán. Se aceleró la marcha y se activó la salida de la segunda y tercera división. Pintar el desorden de aquella tro­pa al tiempo de su formación, el atolondramiento de la oficialidad, y la total confusión de todo y en todo, sería exponer la verdad; sólo diré que en aquel momento juzgué infalible la derrota de nuestro ejército, y por consiguiente la de Chile. Después de las diez de la mañana salió toda la fuerza.

Me adelanté a la vanguardia y supe que el enemigo se había retirado a las diez de la noche, dejando en el campo de batalla una pieza [de artillería] de a 4, y pocos pertrechos y que desde el amanecer estaba pasando el río. Avisó Molina lo mismo y que se defendía en posición. Se mandó a las divisiones que acelerasen la marcha para lograr la ocasión de acabar con el enemigo; mas acortaron el paso. Al incorporarse a la vanguardia el Comandante General de la segunda división, el Cuartel Maestre [Juan] Mackenna, el Coronel Mendiburu y otros muchos oficiales me pidieron con mucha instancia que me retirase al [río] Maule para reorganizar el ejército. Me asegu­raban que la tropa estaba aterrada y minorada; el Brigadier don Juan José Carrera me dijo que se le había dispersado mucha tropa de Granaderos con los capitanes Portales y Tuñón; que la caballería tenía una ba­ja escandalosa; que no había suficientes municiones y últimamente que no había de seguir un paso adelan­te sin hacer Junta de Guerra. Traté de convencerlos, haciéndoles entender que el enemigo se retiraba ate­rrado, porque se creía incapaz de contenernos; que se le había dispersado toda la caballería; que había mostrado su ineptitud, y que debíamos aprovecharnos de las circunstancias, ya que se presentaban favorables. Que mi plan era entretener al enemigo encerrado en Chillán y tomar con la vanguardia a Concepción dejando el centro al sur del [río] Itata y una división de observación en San Carlos. Concluí asegurando que mi plan lo llevaba adelante, y que no importaba que me abandonasen algunos; que no hacía Junta de Guerra, y que echaba sobre mi toda la responsabilidad.

Seguí mi marcha con todo el ejército y llegué a las inmediaciones del [río] Ñuble a las cuatro de la tarde, y ya el enemigo había pasado el río.

Se alojó la vanguardia cerca del río, y las dos divisiones a una legua de distancia; la guerrilla de Mo­lina se situó en el mismo paso por donde se había retirado el enemigo, y avisó que éste había dejado algu­nos pertrechos y cañones dentro del río, pero que se mantenían del otro lado en las casas de doña Toma­sa Santa María. Dispuse que el oficial García fuese a hacer fuego con dos carronadas a las casas; así lo eje­cutó, y resultó que el enemigo huyó a [hacia] Chillán perdiendo la esperanza de sacar su artillería.

Nuestras tropas dieron nuevas muestras de su mal estado. Sólo la vanguardia seguía contenta, resuel­ta y ansiosa de gloria. Cuando oyeron los Granaderos y las milicias los tiros de las carronadas, se desertaron una porción de ellos, creyendo que era un ataque del enemigo; tal era el terror que habían concebido por el mal ejemplo y mala comportación [mal comportamiento] de los oficiales.

Mayo 17 de 1813. Salió la vanguardia con dirección a Concepción aumentada con algunos fusile­ros y cuatro piezas de artillería; durmió en Changaral a cinco leguas del centro. Mandé que la caballería de milicias de los regimientos de la capital y Melipilla, se retirasen conduciendo los prisioneros, la artillería inútil y la tomada al enemigo, que eran cinco piezas de a 8.

El Coronel don Luis [de la] Cruz fue nombrado jefe de las tropas que debían formar la división de observa­ción; en el cantón del Ñuble se le entregaron los Voluntarios de la Patria, algunos Pardos, la compañía de Voluntarios de Talca, y se le ordenó reuniese los regimientos de Linares, Parral, San Carlos y Quirihue.

Se escogieron y agregaron a los Granaderos algunos infantes y Voluntarios. Los oficiales de Volunta­rios se retiraron a la capital por inútiles. Propuse al Comandante Cotapos si quería permanecer en el ejér­cito hasta concluir la campaña, para no exponerlo a la nota con que iban recomendados al Gobierno sus subalternos, que quedaría en calidad de Ayudante mío; no admitió y me dijo que quería ir a Santiago a cuidar a su madre. Así se lo avisé al Gobierno, quien [el que] me pidió que las tales acusaciones las hiciese en ofi­cios reservados, y separados de otro cualquier asunto, para no descubrir las faltas de los oficiales. Así cas­tigaba el Gobierno a los que vendían el [al] Estado por su bajo comportamiento.

Mayo 18 de 1813. Personalmente fui al [río] Ñuble a hacer sacar la artillería y los pertrechos que había dejado el enemigo y no se había conseguido lo hiciesen los que habían sido encargados de este miserable servicio. Protegía esta operación la guerrilla de Molina. Después de concluir, se unió Molina a la guerrilla del Capitán Prieto y fueron sobre Chillán para observar y distraer al enemigo, mientras la vanguardia se­guía a su destino.

Me fui a San Carlos a disponer la organización de aquella división, y la retirada más ordenada de los heridos, artillería, milicias y algunas otras cosas de primera necesidad. No había andado dos leguas, cuan­do me alcanzó el Coronel Ureta, avisándome que la guerrilla de Molina y Prieto había sido derrotada por el enemigo que se acercaba con fuerzas sobre la segunda división; constaba esta guerrilla de cien hombres. Vol­ví al campamento y tuve el gusto de ver falsificada la noticia. Nuestras guerrillas atrevidas y poco adverti­das, se acercaron tanto al enemigo en Chillán que les persiguió con cuatrocientos hombres bien montados; pero nada consiguieron, porque dos prisioneros que nos hicieron escaparon la misma noche, y uno de ellos me dio la noticia de la grave enfermedad de Pareja.

La vanguardia durmió en el portezuelo de Durán, en la hacienda de don Felipe Lavanderos, [ubicada a] seis leguas de Changaral.

Mandé una guerrilla a las órdenes del Coronel Vega y de don Bartolo Araos, para tomar posesión de Cauquenes y apresar algunos malos vecinos que tenían aquel pueblo subordinado a Pareja.

Don Francisco Barrios, con otra guerrilla, fue destinado a Quirihue con el mismo objeto y oficié a ambos partidos anunciándoles los triunfos del ejército.

Mayo 19 de 1813. La vanguardia caminó cinco leguas y llegó al Membrillar, y empleó toda la no­che en pasar la artillería el [río] Itata.

Seguíamos tomando las medidas de precaución y aumentando y reorganizando la segunda división y la del cantón del Ñuble.

Era tanta la escasez que casi no podíamos movemos por falta de víveres y bagajes. El día antes ofi­cié al Gobierno en los términos que se ven en el [documento número 32]. Esperaba con impaciencia las municiones de fusil que había pedido a principios de abril para la guerra y ejercicios doctrinales. Todo se hacía muy despa­cio.

Mayo 20 de 1813. La vanguardia pasó el [río] Itata y durmió en lo de doña Mercedes Mardones, a cuatro leguas del Membrillar. Intimó rendición a Concepción el Comandante General don Luis Carrera, por medio de don Juan Esteban Manzano. Se presentaron porción de patriotas que estaban escondidos por las mon­tañas.

La segunda división se puso en movimiento para pasar el [río] Itata y ocupar la posición que iba a dejar la vanguardia, para atacar o tomar a Concepción. Al marchar dejaba abandonados porción de pertrechos y hasta las carpas; fue necesaria mi presencia para salvar aquellos intereses; no sé en qué consistía el desgano o indolencia que reinaba en toda la división. Durmió en lo de Lavanderos.

La división de observación tenía orden de no empeñar acción y de replegarse a Talca si lo exigían las circunstancias. En esta ciudad mandaba el Coronel don Juan de Dios Vial, a quien oficié para que reforzase a Cruz y para que le mandase armamento recompuesto, municiones y toda clase de auxilios; debiendo entender que en caso de que el enemigo tomase el loco partido de irse sobre la capital, debía replegarse hasta el punto en donde el Gobierno dispusiese la defensa, en la firme inteligencia que el ejército se movería rá­pidamente sobre su retaguardia luego que tomase a Concepción y Talcahuano.

Llegó don Prudencio Riquelme a avisarme que las municiones de fusil venían en marcha de [desde] Santiago; me desesperaba esta culpable tardanza, que exponía al ejército y al Estado a su última ruina.

Me adelanté a [para] alcanzar [a] la vanguardia, y sólo llegué a dormir al Membrillar; el enemigo tenía guerrillas de la otra parte del [río] Itata, y aún no comprendía nuestro movimiento sobre Concepción.

Mayo 21 de 1813. Protegido por una guerrilla de la vanguardia, me uní a ella a las diez de la ma­ñana. El entusiasmo de esta división, unido al patriotismo perseguido, es inexplicable.

Intimé a Pareja haciéndole entender que era la última insinuación. Que Concepción sería ocupada por mis tropas. Que nuevas fuerzas marchaban de [desde] la capital y que no tenía otro recurso que apelar a la ge­nerosidad americana. El parlamentario fue don Diego José Benavente, Capitán de Húsares Nacionales.

Se puso en marcha la vanguardia y durmió en lo de Ormeño, distante seis leguas. Dejé entre El Roble y la hacienda de la Mardones, una guerrilla de sesenta Granaderos para proteger el paso de la segunda división, y la comunicación de ambas. La segunda división llegó al Membrillar.

El Capitán Prieto con sesenta Nacionales marchó a tomar posesión de la Florida, acompañado de algunos patriotas para reunir el [al] regimiento de aquel partido y aprontar víveres.

Mayo 22 de 1813. Al amanecer llegó don Juan Esteban Manzano con contestación favorable. La plaza se entregó. Para saber los acontecimientos de este día véase mi oficio Nº 33, copiado del Monitor [Araucano] del 29 de mayo.

El Capitán Benavente volvió sin respuesta. Fue recibido por Sánchez y lo despidió, diciéndole que se contestaría y que no se podía ver a su General Pareja. Supimos que estaba agonizante.

Siguió la vanguardia a la Florida, distante ocho leguas. La segunda división pasó el [río] Itata. El Coronel [Bernardo] O’Higgins con treinta veteranos fue destinado a Los Ángeles.

La vanguardia en Curapaligüe (seis leguas). En la noche durmió en El Troncón. La segunda división se si­tuó en la hacienda de la Mardones.

Se me avisó por el Coronel Mendiburu que el enemigo que vino de [desde] Talcahuano a pretexto de retirar los cañones y pertrechos había saqueado algunas casas, y se había retirado con la noticia de la aproxima­ción de nuestras tropas.

Contestó el Comandante de Talcahuano a mi intimación, que cuando se acercasen mis tropas deter­minaría. El Obispo estaba embarcado y contestó muy humilde y santamente, sin admitir el parti­do que le propuse de volver a su silla. Tenía muchas ganas de verlo en mis manos.

Mayo 25 de 1813. En la mañana tomó posesión de la plaza el Coronel Mendiburu con cien hom­bres. Si el 22 lo hubiese hecho el Capitán don Joaquín Prieto, que se hallaba con órdenes para ello, habría evitado el saqueo y hecho prisionero a aquellos piratas.

A las doce del día llegué a la plaza y empecé a tomar medidas para reunir [a] la milicia y alguna tropa veterana de la provincia, que se había dispersado y huido del ejército real. Examiné los almacenes y los en­contré llenos de cuanto necesitaba.

Avancé una guerrilla sobre Talcahuano y publiqué un bando, ofreciendo diez pesos al soldado de in­fantería que se presentase armado, y dieciséis al de caballería. En la noche contaba ya con doscientos pre­sentados y cuatrocientos fusiles corrientes. Llegó la vanguardia a la chacra de Novoa (seis leguas).

Mayo 26 de 1813. Al amanecer se me presentaron cien soldados penquistas de los que tenía el enemigo en Talcahuano.

Intimé rendición al Coronel Tejeiro que mandaba en aquel puerto, por medio del parlamentario don José María Benavente, y contestó que para capitular necesitaba ver las tropas sobre Talcahuano. El Mayor General don Ignacio Justis, Monreal, el traidor Jiménez Navia y toda la oficialidad trataron cariñosamente a mi parlamentario, y hacían muchas protestas de amistad por si no podían escapar.

Llegó la vanguardia a Concepción (dos leguas) y se disponía para el ataque [en contra] de Talcahuano.

Mayo 27 de 1813. Se enarboló en la plaza mayor la bandera tricolor con salva de veintiún cañonazos. El digno patriota don Salvador Andrade celebró misa de gracias.

Mayo 28 de 1813. Fue a Talcahuano el Cónsul [Joel Roberts] Poinsett a reconocerlo, protegido de cuarenta fusi­leros a las órdenes del Capitán Prieto. El enemigo presentó sobre las alturas de la izquierda sesenta hom­bres que hicieron fuego con una pieza [de artillería] de a 2.

Cuando nos retirábamos, nos alcanzó en la plaza de San Vicente el Sargento de milicias Tadeo Vi­lugrón. Este buen chileno estaba preso a bordo de uno de los buques, y logró escaparse. Me informó del estado de Talcahuano y de ser la Bretaña (corsario limeño mandado por Pareja) la que se decía entre noso­tros la Essex.

En la noche se puso en marcha la vanguardia fuerte de setecientos hombres de infantería, trescientos de caballería y cuatro piezas [de artillería].

Mayo 29 de 1813. Al amanecer estaba la división a la vista de Talcahuano. La Cometa, fragata in­glesa, apenas nos descubrió hizo señal de dos cañonazos, lo mismo que ejecutó el día del reconocimiento. En el momento se vio que de todos los buques bajaba gente a tierra.

Formé la línea de batalla, avancé las guerrillas a las órdenes del Teniente don Ramón Freire e inti­mé a la plaza. Contestaron pidiendo cuatro horas de término para resolver en junta de guerra. El objeto era ganar tiempo para embarcarse.

Mandé entonces que las guerrillas cargasen, y que por el camino de la izquierda subieran a tomar las alturas (que estaban defendidas por ciento cincuenta hombres y un cañón); el Teniente Coronel Muñoz Bezanilla con doscientos fusileros, el Capitán Gamero con una carronada y el Alférez Vidal con un cañón de a 4. En poco tiempo obligaron al enemigo a replegarse a la plaza. Doscientos de nuestros fusileros ocupa­ron las alturas de la derecha, y se colocó en ellas un cañón mandado por el Capitán Morla. La Guardia Na­cional y la caballería formaban la reserva. El enemigo hacía un fuego vivísimo y era sostenido por las lanchas cañoneras. Nuestra artillería correspondía con ventaja. El Capitán Morla echó a pique un bote armado, y el Capitán Gamero hizo bastante estrago en una de las lanchas. Después de cuatro horas de fuego mandé atacar el pueblo, en el que estaba atrincherado el enemigo con bastante artillería, y fue tomado en el momento por nuestros bravos. Se distinguió en este ataque el padre fray Manuel Benavides, con algunos Granaderos que en aquel momento capitaneaba; se colgó de la bandera real y, no viéndose libres aún del peligro, emplearon un rato en despedazarla. Siguieron sobre el enemigo que ya se embarcaba en los botes; pero se metieron los nuestros al mar con el agua al pescuezo y sacaron a todos los que huían, menos dos botes que pudieron escapar con varios oficiales y jefes de la plaza que se embarcaron a bordo de la Breta­ña.

Como este pueblo se mostró tan poco adicto en la entrada de Pareja, y los intereses que encerraba eran de sarracenos [6], de los primeros que traidoramente entregaron la provincia, ofrecí y permití el saqueo a la tropa. Esta me entregó ciento cincuenta prisioneros, entre los que se hallaban siete oficiales. La generosidad de nuestros soldados llegó al extremo de no matar a uno solo de los rendidos, a pesar de la obsti­nada resistencia que tan injustamente hizo la guarnición.

Cuando vio el enemigo que era inútil la resistencia mandó de parlamentario al Alférez de las tropas de Concepción don Diego Baeza, pidiendo dos horas de término para capitular; el parlamentario no qui­so volver con la respuesta, y cuando llegó el soldado de caballería que la llevaba ya habían escapado los je­fes. El Teniente don Nicolás García se embarcó en las lanchas, las disponía a gran prisa para atacar [a] la Bre­taña. Los cañones de los fuertes los había quitado el enemigo, y la mayor parte estaban clavados y quema­das las cureñas. Por más esfuerzos que se hicieron no fue posible poner algunas piezas en el fuerte San Agustín, para batir [a] la Bretaña. Intimé a su Comandante para que se rindiese, y cuando llegó a bordo el parla­mentario [se] dieron [a] la vela sin permitirle que entregara el oficio; el viento norte era muy duro y le obligó a anclar en la bahía fuera de tiro. Dispuestas las dos lanchas salieron a atacarla, pero nada hicieron de prove­cho en los dos días que se mantuvo anclado el buque, que encerraba a Jiménez Navia y otros de esta clase.

Los salitres que tomamos en la fábrica de Tumbes eran más de diez mil quintales y su valor no baja­ba de 200.000 pesos. La fábrica era excelente.

Hice bajar a tierra [a] los prisioneros de Yerbas Buenas que estaban a bordo del San José, eran 150; de ellos 60 Granaderos, 30 Nacionales y 30 Milicianos. Estaban aquellos infelices reducidos a un estado bas­tante miserable. Era imponderable la alegría de todos ellos; a sus jefes y oficiales los abrazaban, y hacían demostraciones del mayor contento. Véase mi parte al Gobierno, copiado del Monitor [Araucano] de 5 de junio, y señalado con el Nº 36.

No se conoció una sola desgracia; el saqueo se limitó a las casas de los sarracenos, y los soldados lo repartieron a la plebe del mismo pueblo.

Mayo 30 de 1813. Se retiraron las tropas a Concepción y dejé el mando interino del puerto a don Santiago Muñoz Bezanilla, y di orden para que no se enarbolase en la costa otra bandera que la española, para que los buques de Lima entrasen sin recelo.

Fray Francisco García fue comisionado para formar el inventario de la fábrica de salitres, y don Manuel Vásquez Novoa, para el de los buques y su cargamento.

El Cónsul [Joel R.] Poinsett se encargó de establecer las baterías de San Vicente y de arreglar las de las fortifi­caciones de Talcahuano, fabricando las cureñas, etc., etc.

Yo me volví a Concepción a tratar de la organización de las fuerzas que debían atacar a Chillán. A excepción de esta ciudad, todos los pueblos de Chile reconocían al legítimo Gobierno y prestaban auxilio contra los piratas. La frontera estaba sumisa.

He aquí recuperada la hermosa y poblada provincia de Concepción en una campaña de veinte días y en jornadas de cien leguas por caminos trabajosos, cubiertos de ríos caudalosos, en la estación más rigu­rosa del invierno, y luchando con [contra] un enemigo muy superior en fuerzas.

Desde el 1º de junio se disponía la fuerza para atacar a Chillán. Artillería, municiones, víveres, mon­turas, recomposición del armamento, etc., eran ramos de toda nuestra atención.

El Coronel don José Samaniego, asociado de fray Francisco García, fueron comisionados para in­ventariar los bienes del Obispo [Diego Antonio Navarro Martín de] Villodres, con intervención de su mayordomo, don Pedro Rodríguez.

Se observaban algunas quejas contra varios comisionados que, olvidados del honor, robaban a los vecinos de los campos. Se publicó un bando para que ocurriesen a los jefes de los partidos, o al General mismo, para castigar a los culpados y satisfacer a los agraviados. Don Raimundo Prado, antiguo Subdelega­do de Quirihue, fue preso en aquel partido y entregado al Coronel Merino para que le siguiese causa por queja de los señores Sumosas y otros, a quienes había despojado de varias prendas. Todo ladrón era casti­gado sin la menor indulgencia.

Ordené una recluta de seiscientos hombres para completar los cuerpos.

En las plazas de la frontera y en todos los partidos puse jefes de confianza; los mejores que pude en­contrar. Véase la lista [en el documento Nº 37].

Todos los que ayudaron con decisión a Pareja, fueron presos para formarles causa, luego que el tiem­po lo permitiese. Véase la lista [en el documento Nº 38].

Reconvenía constantemente al Gobierno, por auxilio de caballos, dinero, vestuarios, no menos que porque cooperase al aumento de la provisión general, que estaba en Talca y debía servirnos para el sitio. Sus contestaciones eran de llanto por la pobreza del país y por lo mucho que se gastaba. Hasta entonces no había mandado más que 200.000 pesos de los que 92.000 no llegaron a Concepción hasta mucho después.

Junio 7 de 1813. A las once de la noche recibí aviso del Gobernador de Talcahuano, avisándome que había desembarcado en Tumbes el oficial don Felipe Villavicencio, quien con toda su marinería y botes quedaba preso; y que había declarado que la fragata que estaba a la vista era la Thomas del dominio de don Javier Manzano, que traía a su bordo oficialidad y víveres para el ejército real. La presa se hizo en los términos que se ven en mi parte al Gobierno [documento N° 39], copiado del Monitor [Araucano] del 15 de junio. A continua­ción está la lista de los prisioneros. 50.000 pesos en efectos, y otros tantos en pesos fuertes fue el producto de la presa. Los prisioneros recibieron un trato generoso; sólo se les quitó [quitaron] libros y armas; todo lo demás fue respetado. Los oficiales de mayor graduación y aquellos que mostraron educación eran admitidos entre nosotros, fueron a la capital bajo su palabra, y recibieron auxilios pecuniarios según lo pidieron. Entre es­tos prisioneros se encontró don José Vildósola, Capitán del batallón de Voluntarios de la Patria, que fugó de Santiago, para venir a hacernos la guerra. Este traidor, su padre y su hermano han recibido en Chile un trato que no merecían, y han adquirido comodidades a que no estaban acostumbrados. Vildósola no fue remitido a Santiago porque lo destiné entre los reos de Estado que debían ser juzgados por la comisión.

[Bernardo] O’Higgins me ofició acompañándome un estado de mil cuatrocientos hombres de que se componía su división que yo había reforzado con cien Dragones a las órdenes de don Esteban Manzano, y con algunos artilleros para el servicio de una pieza y dos o tres pedreros.

La división del Ñuble se había aumentado considerablemente y el Teniente Coronel don Francisco Calderón había llegado a Talca con trescientos hombres de los diferentes cuerpos veteranos del ejército.

El Comandante del cantón del Ñuble me ofició quejándose de la deserción de los voluntarios, y pedí al Gobierno que los remitiese al ejército para castigarlos, advirtiéndole que si seguían tolerándolos en la capital se acabaría el ejército. Contestó ofreciendo hacerlo así, pero no mandó uno solo, y se aumentaban los desórdenes. Di a Cruz órdenes muy estrechas sobre el particular, y sentencié a muerte a uno de sus sol­dados que dirigió un motín contra los oficiales.

Dispuesto todo para continuar la guerra, mandé que la división de Talca saliera a reunirse con la de Cruz, tomando el mando en jefe el Coronel Vial; unidas estas fuerzas componían una división respetable; la de Cruz constaba de seiscientos milicianos y ciento cincuenta fusileros. Repetidos oficios dirigidos a Vial con órdenes terminantes para que verificara su marcha, no bastaron para que obedeciera este mal jefe. To­da la fuerza de Granaderos que se hallaba en Concepción salió a unirse a su cuerpo, que estaba sobre el [río] Itata.

Se sospechó que el enemigo trataba de atacar a O’Higgins y la segunda división le auxilió con algunos fu­sileros.

Salió la Guardia General a situarse en Coyanco, con orden de incorporarse a la primera división luego que llegase ésta a aquel punto.

Los prisioneros de la Thomas fueron mandados a la capital, a las órdenes de Vega y Araos, con su correspondiente escolta. Colmenares y Villavicencio, con el Coronel Samaniego; Olaguer Feliú, Rábago y Montuel a las órdenes de dos oficiales.

Nombré interinamente una Junta compuesta de tres individuos que mandase en la provincia durante mi ausencia. Se componía del Deán don Salvador Andrade, Gobernador del Obispado, el presbítero don Ju­lián Uribe y de don Santiago Fernández. Se le[s] dieron instrucciones para su comportamiento.

Los reos de Estado se destinaron a la Florida con buena escolta. Don José María Victoriano, Subdele­gado del partido, fue el encargado de su seguridad; no se presentaba otro punto más a propósito. En la frontera, era peligroso porque podían insurreccionarla y escaparse; en Concepción, era más expuesto porque tenían sus familias. Mandarlos a la capital era lo mismo que perdonarlos, y no podía conformarme con la libertad de hombres tan perjudiciales a la gran causa; elegí la Florida por tenerlos más cerca del ejército y ordené terminantemente a Victoriano que los pasase a cuchillo si se sublevaban, o por algún accidente intentaba quitarlos el enemigo; la orden fue oficial y quedó archivada en la secretaría de Concepción, porque estaba satisfecho de la necesidad y de la justicia.

O’Higgins se acercó al Diguillín con su división. La división de Concepción se puso en marcha el 20 de junio; anteriormente había salido la artillería de campaña y dos piezas de a 24. El 22 siguió el Comandante don Luis Carrera acompañado del Cónsul [Joel R.] Poinsett.

Junio 23 de 1813. Temiendo la falta de orden en la división de observación del Ñuble y en la de Talca, cuya tardanza se hacía sospechosa, me decidí a ir a Talca y ponerme a la cabeza de ella. Salí a las doce del día con el Capitán don José María Benavente, Barnechea, cuatro ayudantes y seis ordenanzas, por el camino de la costa; dormí en Rafael, catorce leguas de Concepción.

Recibí oficios del Gobierno, pidiéndome encarecidamente que acabe [acabara] con los de Chillán para acudir con mis tropas a la defensa de los pueblos del norte amenazados por Osorio, que había intimado al Huasco; y por Pezuela, que se esperaba por Valparaíso. Contesté ofreciendo concluir muy luego; hasta las tres de la mañana me llevé escribiendo para explicar a S.E. las medidas de seguridad que debía tomar.

Entre algunas cartas que conducía el mismo propio, vi una para el Coronel [Juan] Mackenna, de letra de su primo don Francisco [Antonio] Pérez. Las sospechas y la curiosidad me movieron a abrirla en presencia de Benaven­te; el contenido se reducía a darle las gracias por el plan que había meditado. Mackenna era autor de los planes que antes le hemos visto poner en ejecución.

En otra carta me pide el mismo Pérez que mandase el armamento sobrante para organizar cuerpos. Sabía muy bien el destino de estos cuerpos y le contesté en términos que le hicieron comprender que es­taba yo al cabo del plancito, por lo que daba las gracias. De aquí dimanó la renuncia que hizo de vocal de la Junta, que sustituyó [siendo sustituido por José Ignacio] Cienfuegos.

Junio 24 de 1813. Dormí en Quirihue (quince leguas de Rafael). Ordené a Merino que aprontase todo lo necesario para la división de Talca y para el ejército, etc., etc., etc.

Junio 25 de 1813. Llegué a Cauquenes (catorce leguas). Vial no pasaba aún el [río] Maule y mi descon­fianza se aumentaba. Mi última orden desde Concepción fue extendida así: “En el momento de recibir esta orden, se pondrá V.S. en marcha con la división de su mando, y en el caso de no poder moverla toda, ni la artillería gruesa por falta de bagajes, lo verificará V.S. aunque sea con un solo hombre y se dirigirá a Longaví, etc.”. ¿Quién que conozca los recursos de Talca, Curicó y San Fernando no acusará a Vial de negligente, ignorante y cobarde, o de sospechoso [de ser] enemigo de la causa, cuando vea que con órdenes termi­nantes de quince días no pasó el [río] Maule, y miraba con serenidad que la división del Ñuble abandonaba con­tinuamente sus posiciones, porque no podía oponerse a las fuerzas enemigas que la provocaban y perse­guían?

Oficié a Cruz, avisándole mi destino, encargándole la vigilancia, y ofreciéndole auxilios para antes de seis días.

Recibí oficio de [Bernardo] O’Higgins, acompañándome parte de la acción que comprometió la guerrilla de Mo­lina en la hacienda de San Javier, a ocho leguas de Chillán. Molina tenía treinta Dragones a sus órdenes, y sobre Larquí atacó a otra enemiga de más fuerza; la destruyó completamente haciéndole quince prisio­neros. Molina salió herido en una mano y seguramente se comportó muy bien.

Nuevos oficios del Gobierno me hicieron conocer que no se realizaría la invasión del norte.

Junio 26 de 1813. Se quejaron los vecinos de Cauquenes de la conducta del Coronel Vega y [de] su hijo. Habían hecho robos de consideración al tiempo que ejecutaban sus comisiones. El Coronel había salido ya a incorporarse a la segunda división con alguna tropa; su hijo siguió a Santiago con los prisioneros. Procuré averiguar si había tenido el mismo comportamiento don Bartolo Araos, y me dijeron que no; ignoro si esta negativa dimanó de la consideración que en aquella época creían necesaria por un primo mío; bastante trabajé por darles confianza para que lo acusasen.

Salí para Talca (veintiséis leguas) y llegué a esta ciudad a las once de la noche. En el campo de la Ovejería encontré a la división de Vial. No había andado más que dos y media leguas en quince días. En época más o menos crítica habría sido puesto en el banquillo un jefe tan perjudicial.

Junio 27 de 1813. Ya no hubieron [hubo] más motivos de tardanza. Siguió su marcha la división y durmió en el paso del Barco de Maule, dejando la conducción de los cañones de a 18 encargada a don Hipólito Oller, Sargento Mayor de artillería; este oficial era europeo, y por no exponemos a una intriga se [le] dejó en Talca, para que construyese un barco para el paso del río; lo concluyó y fue muy útil. También dirigió el trabajo de puentes volantes, cureñajes, explanadas y cuanto se necesitaba para el ejército. Ojalá que hubie­se estado en sus manos la división.

Junio 28 de 1813. Pasó el [río] Maule la división y alojó en la Vaquería.

Junio 29 de 1813. Llegó la división a los Carrisalillos.

Al Coronel don Rafael Sotta dejé de [lo nombré] Gobernador en [de] Talca. En este pueblo estaban de vuelta muchos de los que mandé a Santiago, presos por sospechosos, antes de la campaña.

Procuré arreglar todos los ramos de guerra y di providencias enérgicas para asegurar la tranquilidad y proveer el ejército en el tiempo que ocupase en el sitio de Chillán, que iba a ponerse en lo más rígido de la estación y en campos desamparados y sin recursos.

Le pedí al Gobierno con instancias las tropas de Concepción que habían llegado o estaban por lle­gar de Buenos Aires, y le manifesté que la campaña era cruel por la estación y que sólo los muchos auxilios podían asegurar el éxito.

Junio 30 de 1813. Salí a alcanzar la división a las doce del día. Dormí en la Vaquería, en casa de la Prado.

[Hipólito] Oller probó pasar los cañones en balsas, por las juntas de Longomilla, y le fue imposible por la mu­cha corriente. Este día pasaron por el barco [del Maule], y emprendió el camino para la Vaquería, obra bastante tra­bajosa.

Julio 1° de 1813. En el momento que oficiaba a Cruz, para contestar a algunas peticiones que me había hecho, recibí la noticia que había sido sorprendido con toda la división, y que era prisionero del enemigo. Golpe terrible, primer fruto de la criminal conducta de Vial.

Mandé al Ayudante don Juan Felipe Cárdenas con pocos soldados, para que avanzase velozmente y averiguase la verdad.

En la tarde alcancé [a] la división en los Carrisalillos. Por una corta lluvia [la división] estaba metida en sus carpas y los oficiales entregados al juego.

Hice separar [a] los Nacionales que llegaban (100) y los puse a las órdenes del Capitán don José María Benavente; marchó con ellos hasta Purapel en donde pasó la noche. Yo dormí en las casas de Barrera.

Vial quedó con orden de alcanzar al día siguiente, a lo de don Dámaso Vega, al otro lado del río Cau­quenes.

Julio 2 de 1813. Llegué con toda la división a lo de Vega. Recibí aviso de Cárdenas confirmándo­me la derrota de Cruz. La división estaba expuestísima, porque la oficialidad era inútil y viciosa, y [esto] gracias a los oficiales que a prevención llevaba conmigo.

Julio 3 de 1813. La división durmió en casa de don Cristóbal Belmar. Encontramos aquí doce heridos que escaparon de la división de Cruz. Se acercaba el peligro y era preciso redoblar el cuidado. Todas las grandes guardias se encargaron a los oficiales que parecían mejores; uno pedía carpa para la tropa, otro encendía fuego, y todos se dormían; lo vi en repetidas rondas que hacía, y me vi obligado a dar una orden del día bastante dura para evitar los progresos de la mala disciplina de los oficiales.

Julio 4 de 1813. Llegó la división a Huillipatagua, hacienda de don Ramón Merino. Cárdenas me contó el modo como fue sorprendido Cruz. Don Matías Alarcón, el que sublevó el [al] regimiento de Quirihue en tiempo de Pareja, fue el que logrando la confianza de Cruz, pudo entregarlo a Elorriaga, que mandaba la fuerza enemiga que verificó la sorpresa del 30 de junio al amanecer. Se ejecutó de modo que no escapó ninguno, a excepción de los heridos que no quiso el enemigo llevar a Chillán. Acompañaron a Alarcón en esta empresa don Juan Manuel Arriagada, Coronel de San Carlos, su Capellán Fray Francisco Serrano, don Juan Acuña, don José Bustos, don Ramón Moreno y don Julián Cerda.

Victoriano, que se portó con honor y valor, y Cruz, fueron llevados [por el enemigo] a Chillán desnudos, llenándolos de insultos en el camino; luego que llegaron los encerraron en calabozos; la tropa en la cárcel sufría mar­tirios.

Formé el campamento en una pequeña altura, que dominaba las avenidas del enemigo. Destiné dos guerrillas a las órdenes de Cárdenas y del Capitán don Ignacio Quesada, para recorrer la campaña, recoger víveres y apresar [a] los enemigos de la causa.

Apresaron al Capellán de Arriagada, a un tal Monroy y tres hijos suyos y a un tal Fuentes: los remití a Talca después de formado el correspondiente sumario. A Fuentes se le dieron antes cien azotes a un cañón.

Se presentó Lopetegui, fugado de Chillán, y lo remití al Coronel Merino para que estuviese a la mira de su conducta, encargándole al mismo tiempo que lo auxiliase con lo necesario.

Se me olvidaba decir que don José Ignacio Quezada y su guerrilla era parte de la división de Cruz; es­capó esta pequeña fuerza que no pasaba de treinta hombres, porque al tiempo de la sorpresa se hallaba de servicio en el campamento. Se retiró a Quirihue y se incorporó a nuestra división en Huillipatagua.

Recibí noticias del ejército después de muchos correos que hice para conseguirlo. El Coronel [Juan] Mackenna me ofició, acompañándome un croquis de los terrenos que hay entre el [río] Ñuble y el [río] Itata hasta la cordillera, copia mal sacada del que formó [el Cónsul Joel Roberts] Poinsett. Me decía en su oficio que le parecía que mi división, fuerte de 250 hombres, y 4 malas piezas [de artillería] de a 4 y de a 2, debía situarse sobre el [río] Ñuble, para que el ejército pasase el [río] Itata. No sé si atribuir a ignorancia o mala fe este desatinado consejo. [El río] Ñu­ble dista dos leguas de Chillán, por la parte que debía pasarlo y en Chillán estaba todo el ejército enemigo, que podía en una noche caer sobre la división, destruirla y volver a encerrarse. El ejército tenía 2.500 soldados, famoso tren y distaba 9 leguas de Chillán; así quería Mackenna que protegiese con mis bisoños al ejército, y no éste a mi. Siento que esta obra de Mackenna, la única hasta esta fecha, la tomase el enemigo cuando fui prisionero; la guardaba con esmero para presentarla al Gobierno que lo mandó de Cuartel Maestre.

Julio 5 de 1813. Pasó el ejército el [río] Itata por el Roble, según mis órdenes.

Julio 6 de 1813. Llegó a Larquí, distante tres leguas de Chillán.

El Capitán Quezada alarmó nuestro campo con la noticia de estar el enemigo muy cerca. Una espe­sísima niebla que hubo aquella noche nos impedía observarlo; era muy expuesto esperarlo en un campo del que debían estar enterados, y mis soldados no eran aguerridos, ni habían visto las balas. Una altura que do­minaba nuestro campamento, por la parte del oeste, nos ofrecía el mejor asilo y ventajas para sorprender al enemigo si nos atacaba. Abandoné el campamento, dejando en él los fuegos y centinelas para aparentar que lo poseíamos toda la división. Se colocó silenciosamente toda la división en la altura y pasó así la no­che sin que ocurriese novedad.

Julio 7 de 1813. El ejército caminó una legua y acampó en las casas de Fonseca. José M. Bravo (alias Bocanegra), que me acompañaba desde Talcahuano con recomendación de pariente, hizo un robo de 40 pesos a una infeliz mujer. Pagué el robo, y el señor Bravo pagó cien azotes al cañón.

Julio 8 de 1813. El Cónsul [Joel Roberts] Poinsett, los coroneles [Luis] Carrera y [Juan] Mackenna, con una escolta de 180 fusileros, reconocieron a Chillán desde una altura que domina el pueblo al sur del río. El enemigo hizo salida y perdió 4 hombres: dos muertos y dos prisioneros; uno de ellos era un armero que vino de España con Medina.

El Capitán Benavente con 100 fusileros salió para San Carlos, con orden de poner el mando de aque­lla villa en manos de un sujeto patriota, para que reuniese las milicias y acopiase víveres; no se nombró por mí porque ignoraba quién lo fuese en aquel partido. Arriagada y Moreno habían extendido su doctrina con empeño. Ojalá que estos infames pudiesen algún día responder con sus pescuezos.

Julio 9 de 1813. Se hizo segundo reconocimiento sobre Chillán por el Brigadier don Juan José Ca­rrera.

Salió la división de la Huillipatagua y durmió en Collipeumo.

El Capitán don Juan Silva, que estaba agregado a los Granaderos, y que formó cuadro en 1811 cuan­do se reformó el cuerpo que llamaban Húsares-Dragones, fue separado de la división y remitido a Talca porque en repetidas ocasiones lo encontré dormido en las guardias de campo; era ya viejo, inútil y abandonadísimo.

Los cañones de a 18 quedaron una jornada atrás, y se les auxilió con víveres y bueyes.

La división llegó a Changaral el 10, y el Capitán Benavente pasó la noche sobre el paso de Cocharcas.

Julio 11 de 1813. Dispuse que la división se situase en las casas de Ortega, citas al norte del [río] Ñuble, y me adelanté por este mismo vado, para llegar al ejército que estaba acampado desde temprano en las al­turas de Coyanco. El Capitán Prieto, con una guerrilla de Dragones, me esperaba de la parte del sur. El Teniente Coronel don Manuel Serrano, con pocos soldados, vino a encontrarme. El Coronel [Luis] Carrera mandó al Coronel [Bernardo] O’Higgins con alguna caballería y dos piezas para formarse en batalla a media legua de la ciudad para protegerme. No hizo movimiento el enemigo sobre nuestra línea, y llegué al campamento general a las once del día. De allí me dirigí a ver a O’Higgins y a todos los jefes que estaban con él observando la ciudad; el enemigo presentó una fuerza de 300 hombres en el camino, pero a las pocas cuadras hizo alto. O’Higgins retiró sus tropas a descansar.

Julio 12 de 1813. En la tarde llegó la división de Talca, saludó al campamento y fue correspondi­da; la tropa fue destinada a sus respectivos cuerpos, y los oficiales agregados a los mismos o al Estado Ma­yor.

Julio 15 de 1813. Llegó el Sargento Mayor [Hipólito] Oller con los cañones de a 18, escoltados por alguna ca­ballería.

Diariamente había escaramuzas de nuestras guerrillas. El Teniente Molina trabajaba empeñosamente en este destino. Solía comprometerse demasiado, y era protegido por otros cuerpos que siempre estaban prontos con este objeto.

Ningún auxilio recibíamos de [desde] Talca; Concepción únicamente nos auxiliaba, pero no en cabalgaduras y granos porque no los había en la provincia. De Los Ángeles solíamos recibir estos renglones.

Esperaba los cañones de a 24 para acercar mis tropas a la plaza. La intemperie y la escasez eran igua­les, tanto que estaba arrepentido de haber emprendido el sitio en esta estación. Las lluvias no cesaban y los fuertes vientos no dejaban una tienda en pie.

Supe que el Gobierno no pensaba mandar más tropas; la caballería se minoraba muchísimo por la deserción y por la falta de forrajes. Se observaba que la frontera se disponía a favor del enemigo, particularmente por Tucapel, Yumbel, etc., etc. Espinosa, su hermano y otros, sorprendieron a unos Dragones que bus­caban caballos. Se los llevaban amarrados para Chillán, y fueron libertados por una partida que trajo a los Espinosas presos. Inmediatamente se les siguó causa; el uno fue pasado por las armas, el otro llevó 200 azotes y prisión durante la guerra.

No quise esperar por más tiempo los cañones de a 24, y determiné acercarme a la plaza para blo­quear y fatigar su guarnición.

Julio 22 de 1813. Verificamos nuestro movimiento de Coyanco (estas alturas distan como una le­gua de la plaza y corren como dos millas de oriente a poniente). Considerando como frente a Chillán, está cubierta su retaguardia por el río de esta ciudad y por una fuerte posición en las márgenes del Este. Entre ésta y las alturas de nuestro campo, hay una llanada en esta forma. Las guerrillas y la división de [Bernardo] O’Hig­gins con dos piezas [de artillería] presentaron su línea de batalla sobre el Maipón a 20 cuadras de la plaza. La primera división, a las órdenes del Coronel [Luis] Carrera, siguió en columna, en el centro el parque, cubriendo la reta­guardia la segunda división. Nos alcanzaba la noche y no alcanzábamos a tomar las alturas que están al... de Chillán y a tiro de cañón, porque los barriales hacían muy pesado el camino. Retrocedimos un cuarto de legua y acampamos en el llano en dos líneas, cuya derecha estaba protegida por una altura que ocupa­mos con un cuerpo, y la izquierda y retaguardia por la caballería. Al sur del río sobre Chillán, se mante­nía una guerrilla de observación. En las alturas de Coyanco manteníamos siempre nuestros pobres almacenes.

En la noche, que era oscura, ventosa y lluviosa, se alarmó nuestro campo por el Alférez de caballe­ría en Asamblea don Domingo Álvarez: estaba este oficial de gran guardia, y al ruido del viento se le anto­jó que venían enemigos, y corrió con su gente a dar parte al Comandante de la primera división. Se tiró un cañonazo y se puso el ejército sobre las armas; al poco rato se mandó retirar.

Julio 24 de 1813. La guerrilla de observación avisó que el enemigo en número de 100 hombres ha­bía escapado en la noche para el [río] Itata, y un espía confirmó esta noticia, añadiendo que se dirigían a sor­prender y tomar los cañones de a 24, que estaban en Larquí. El Coronel Carrera con alguna fuerza salió a protegerlos.

Julio 25 de 1813. Llegaron al campamento los cañones. Esta obra es de bastante consideración. Caminar 30 leguas, en el rigor del invierno, por una montaña que ofrece dificultades aún para la artillería volante, y atravesar el [río] Itata sin más auxilios que unos carretones cuyas ruedas no tienen más de una vara de alto, y con sólo balsas de pequeños palos, es debido solamente a la actividad de sus conductores, la robustez de nuestros chilenos, y al interés con que se manifestaban todos entonces. El Teniente don Ber­nardo Barrueta fue el conductor.

Julio 26 de 1813. Se puso en movimiento nuestro ejército y se formó sobre el Maipón. Reconocimos las alturas que debíamos ocupar, y fue tomada por las guerrillas. En la media noche se situaron en ella las divisiones y la artillería gruesa, para la que se empezó a trabajar una batería con salchichones.

Por medio del Teniente Coronel Calderón, intimé al Cabildo [de Chillán] para que cooperase a entablar las capi­tulaciones. Como [Juan Francisco] Sánchez no contestase la última intimación que hice a [al Brigadier Antonio] Pareja, y que él recibió por estar expirando su General, no quise intimarlo, y sí al Cabildo, anunciándole que destruiría la ciudad si se man­tenía en ella por más tiempo el ejército real, que no tenía otro arbitrio que rendirse. A Sánchez le decía únicamente que fuese humano.

Julio 27 de 1813. A las tres de la mañana empezó una fuerte lluvia y aún no habíamos podido pasar a la altura toda la artillería.

Volvió Calderón sin respuesta, que ofreció Sánchez mandar después. La tropa sufrió mucho este día y a pesar del agua adelantó bastante la batería, y quedó al concluirse.

Julio 28 de 1813. Contestó [contestaron] Sánchez y el Cabildo. No accedieron a mi intimación; pero el parlamentario me provocó disimuladamente a una compostura. Estaba demasiado satisfecho del poder de mi ejército, y dije que no admitía otra composición que a discreción.

Trajo el mismo parlamentario don Antonio Adriazola, un oficio para el Cónsul [Joel Roberts] Poinsett, en el que le reconvenía Sánchez por la parte que tomaba a nuestro favor. Nada le contestó y se volvió a la plaza.

Al poco tiempo rompió la batería los fuegos que cubrían y pasaban el pueblo. El 26 se tiraron dos cañonazos desde el Maipón, uno de ellos se llevó el rollo y el otro quitó el brazo a un carretero que trabajaba en la plaza.

Julio 29 de 1813. Seguían los fuegos sin ningún provecho; nuestros artilleros eran muy bisoños, y el servicio del tren estaba desarreglado.

Julio 30 de 1813. Se observó algún daño en un fuerte (San Bartolomé) que había construido el enemigo al sur de la ciudad. En la noche debía ser asaltado y se dieron órdenes para el intento; pero me arrepentí luego porque conocía que las tropas no servían aún para esta clase de servicio.

Julio 31 de 1813. No ocurrió cosa particular. En la noche mandé al Coronel [Bernardo] O’Higgins con 300 hombres, dos piezas volantes, y al Capitán don José María Benavente con 80 fusileros a que incendiasen el pueblo por la parte del sur y del norte. Benavente hizo arder algunas casas y lo mis­mo O’Higgins.

Agosto 1° de 1813. Cuando se retiraba, [el Coronel Bernardo] O’Higgins cargó sobre el enemigo, y hubo un tiroteo muy mal dirigido. Se me avisó que la guerrilla de Molina estaba envuelta por fuerzas muy superiores. Mandé salir algunos cuerpos para auxiliarla y fui a examinar la verdad. Vi que todo era obra de abandono y poca inteligencia; Molina no estaba envuelto ni en peligro, y la tropa de O’Higgins se batía en una parte cuando él estaba en otra, mirando con la boca abierta, los subalternos donde querían, y todo en el mayor desorden. Se retiraron sin novedad.

Agosto 2 de 1813. En la noche mandé avanzar un cuerpo de 500 fusileros y cuatro piezas a tomar posesión de una altura que estaba al norte de la que ocupábamos, y sobre la misma ciudad. La infan­tería era mandada por el Coronel [Carlos] Spano; la artillería por Oller y Gamero, y todos a las órdenes del Coronel [Juan] Mackenna.

Agosto 3 de 1813. Al amanecer estaba ya en nuestro poder la altura, y defendida por una batería construida de sacos de cuero, saquillos y salchichones. La batería fue mal situada.

A las siete de la mañana se vio venir sobre la batería [a] una columna enemiga corriendo y con los fusi­les a la espalda. Creyeron algunos de los nuestros que era tropa que desertaba para entregarse, y vacilaban para hacer fuego. El Coronel [Juan] Mackenna se había vuelto al campamento y mandaba [Carlos] Spano, quien mandó hacer fuego y se trabó una acción viva. Mandé inmediatamente parte de la caballería que cargara por El Te­jar, en ademán de tomar la retaguardia del enemigo, y al Coronel Carrera con 400 infantes para que flanquease y destruyese la columna. Todo se verificó en el mejor orden. La infantería cargó con mu­cha arrogancia, se unió a ella Mackenna y pasó el Maipón con el agua a medio muslo y a tiro del enemigo. Este se retiró precipitadamente sobre la plaza, y los que defendían la batería siguieron en su alcance hasta ponerse sobre los fosos de la bocacalle de la plaza. El Coronel [Luis] Carrera se posesionó de la batería y mandó en orden algún auxilio a los que por ignorancia perseguían desordenadamente al enemigo. Había sido un momento favorable para tomar la plaza, pero ¿cómo hacerlo en medio de la confusión y la inobediencia [desobediencia]? Hice tocar llamada y mandé incendiar todos los ranchos que estorbaban nuestros fuegos en frente de la batería y las primeras casas del pueblo.

El Brigadier [Juan José] Carrera, con alguna caballería, infantería y cuatro piezas [de artillería], formaba el cuerpo de reserva a una milla al oeste de la plaza.

La guerrilla de Molina y la caballería batían sobre El Tejar. La derecha de nuestra posición era cubierta por el Capitán Benavente. El fuego duró tres horas.

Murió el Sargento Mayor [Hipólito] Oller, el Capitán don Joaquín Alonso Gamero, de artillería, y el de milicias don J. J. Ureta. De todos los cuerpos entre heridos y muertos fueron...

Pensé descansar este día la tropa y prepararlo todo para atacar al amanecer, después de haber toma­do en la noche algunos puntos necesarios a nuestro plan.

Se enterraron los muertos, y los heridos fueron conducidos al hospital de sangre que estaba al sur del río Chillán, y al cargo y dirección del cirujano don Manuel Grajales, hecho prisionero en la fragata Thomas. Jamás olvidaré la humanidad y cariño con que este buen español atendía a nuestros heridos. Posteriormen­te dio pruebas de sus buenos sentimientos.

La reserva se situó sobre el Maipón, entre El Tejar y la batería, por si el enemigo intentaba [una] nueva sali­da. Las guerrillas de Benavente hicieron algunos prisioneros por la parte del este. Estaba tomándoles al­gunas declaraciones e intimando a [Juan Francisco] Sánchez, que sabía estaba muy consternado, cuando me avisan que el enemigo se presentaba con toda su infantería y caballería. Monté a caballo y vi que pequeños cuerpos de caballería avanzaban lentamente, y que la infantería, formada en línea sobre El Tejar, tendría 600 hombres. La reserva nuestra, apenas vio que avanzaba hacia ella un pequeño número de caballería, abando­nó los cañones y se refugió a la batería, por lo que se habría apoderado de ellos el enemigo si el constante y valiente Barrueta no lo hubiese defendido con unos pocos soldados. El Capitán Morla, con dos cañones y cien fusileros, fue encargado de la posición que tenía la famosa reserva.

El fuego de San Bartolomé sobre nuestra batería, reforzado con dos cañones de a 18, no cesaba. El enemigo no quería pelear. En estas circunstancias una gran desgracia puso fin a nuestra campaña. Se incendiaron todas las municiones que encerraba la batería; tocó una bala en un armazón y el fuego de éste originó toda la pérdida. El enemigo, que sintió el gran estruendo y veía las espesas y altas humaredas, se reanimó y puso en movimiento sobre nuestra batería. En medio de la confusión y espanto que causaba aquel horroroso suceso, nuestros valientes salvaron el [al] ejército, [a] su patria y se cubrieron de gloria. La artille­ría, a las órdenes de Morla, hacía un fuego vivísimo y bien dirigido; los oficiales artilleros Millán, Laforest, Cabrera, Vásquez y Zorrilla, en medio de la quema hacían un fuego terrible. El Teniente Barrueta, con los pocos soldados a quienes no se les quemaron los cartuchos, corrió al enemigo hasta las mismas calles. En mucha parte de la oficialidad se notó una [sic] alma superior a estos golpes.

La caballería de nuestra derecha se puso a cubierto por los tiros de la artillería de 24 que estaba aún en la primera batería, y no dejó de aterrar a la enemiga que se retiró a la ligera.

En la quema perecieron cien hombres, incluso el Coronel [Carlos] Spano, Teniente Rencoret y el Alférez Cu­rrel. Esta desgracia causó bastante desorden en los más tímidos; huyeron algunos de la batería y se desertaron.

En la tarde murió el Alférez Zorrilla y el Cadete Fernández de la Guardia Nacional.

Anocheció, y no tanto nos incomodaba la poca gente dispersa y la que en este día quedó inutilizada, cuanto la falta de municiones. Examinadas las que salvaron, resultaron 11.000 cartuchos de fusil, poquí­simos de cañón, y los más de grueso calibre; de éstos se hicieron para la artillería volante. Al ver el entu­siasmo de la tropa, aunque escaso de víveres, determiné hacer un ataque de sorpresa para tomar la plaza, o retirarme en el momento si no lo conseguía. Por otra parte, esperaba auxilios de Talca y Concepción, y en tal caso podíamos continuar la obra, esperando en las mismas posiciones o replegándonos a las altu­ras de Coyanco. No era poco inconveniente para hacer cualquier movimiento la escasez de caballos y baga­jes. La caballería de milicia había desertado en mucho número, o estaba desmontada por la mucha mortandad que ocasionó la falta de forrajes.

El proveedor don Domingo Pérez se portó muy mal, y se encargó [su labor] a don Ramón Lantaño, creyendo sería más útil por los muchos conocimientos que tenía en aquella campaña; si aquél fue malo, éste era pé­simo. La necesidad era intolerable.

Agosto 4 de 1813. No me atreví a nada por la escasez de municiones y caballos. Mandé a Concep­ción a mi Mayor de Órdenes para que trajese 200 fusileros, 100 artilleros y muchos renglones de que carecíamos. Con el mismo objeto fue a Talca el Coronel Mendiburu.

Desde el [río] Itata me avisó Calderón que Esteban Carrasco con una partida habían tomado, al pasar aquel río, las municiones y víveres que traían de Concepción para el ejército. Yo no podía proteger nuestros convoyes por falta de caballería.

Agosto 5 de 1813. A las dos de la tarde atacó a nuestra batería, mandada por el Coronel [Luis] Carrera, una columna enemiga como de 400 hombres. Toda la caballería salió por El Tejar y atacó a la guerrilla de Molina que se hallaba por aquella parte. Nuestra artillería en muy breve tiempo hizo entender al enemigo que no podía asaltarla, y nuestra caballería encerró a la enemiga escarmentándola regularmen­te. Duró la acción cuatro horas.

No puede haber acierto donde no hay subordinación; aquel nuevo choque presentaba ventajas que desaparecieron porque nuestros soldados se metieron al pueblo en seguimiento de los que huían. No ata­caban o perseguían en orden. Cada oficial, cada soldado hacía su antojo; unos entraban a pelear, otros a robar (hablo de [los] soldados). El enemigo asegura que mataron a uno estando en la calle en acto con una mu­jer; no obedecían las órdenes de mis ayudantes; la llamada era inútil y, como entraron por diferentes pun­tos y no se conocían, se hacían fuego unos a otros. Gritaban “a tomar la plaza”, y no advertían que era im­posible en aquel desorden. La batería quedó casi sola y fue preciso que el Capitán Benavente desmonta­se su gente y fuese a recibir órdenes del Comandante. Lo mismo hice con 100 infantes de Concepción, que había situado frente a la calle de Santo Domingo.

La caballería de milicias, a las órdenes de Vega, siguió imprudentemente a una partida enemiga que huía hacia la cordillera. En este momento el enemigo, reanimado con la prisión de algunos bisoños que se avanzaban hasta sus fosos, salió y tomó veinte milicianos.

El enemigo tuvo mucha pérdida y se habría aterrado del todo si no toma los prisioneros. De nuestra parte fue poca la pérdida. A la oración estaba todo tranquilo. Véanse mis oficios al Gobierno fecha 6 de agosto, insertos en el Monitor [documento N° 40].

Agosto 6 de 1813. Intimé últimamente a [Juan Francisco] Sánchez por medio de mi parlamentario don Raimundo Sessé, ofreciéndole que le dejaría embarcar [a] todas las tropas de Chiloé y Valdivia, proporcionándoles trans­portes, con la condición de entregar las armas en el campo de Chillán. La contestación, después de un buen recibimiento, y de haberle mostrado 2.000 hombres (reunió para esto indios de Guambalí, huasos y vecinos a los que ponían gorras, único distintivo de sus soldados) fue mandarme a su Secretario, Fray Juan Almirall, para que me propusiese retirarme con todas mis fuerzas al [río] Maule, dejándole la posesión de la pro­vincia de Concepción por seis meses, en cuyo tiempo el Gobierno de Chile trataría con el Virrey de Lima para concluir la guerra, debiendo conducirnos durante los seis meses con la mayor amistad, y sin inte­rrumpir el libre comercio entre ambas provincias. Fray Juan procuró halagarme y persuadirme de lo ven­tajoso de su proposición. Yo le contesté asegurándole que debíamos despreciar toda amistad con el Vi­rrey y con Sánchez, si se fundaba en sostener los derechos de Fernando [VII]; que los pueblos de Chile trabaja­ban por su independencia, y que, lejos de acceder a la entrega de la provincia, no perderíamos un palmo del terreno restaurado por las bayonetas; que ellas solamente podían allanar los obstáculos que se pre­sentaban a nuestra justa empresa. Se volvió el fraile y quedó de contestarme si accedía Sánchez a mi pro­puesta de embarcarse para Lima con tropas de Chiloé y Valdivia cuyas plazas debían ocupar las mías.

Antes de las doce de la noche trajo la respuesta el Teniente Coronel Carvallo en oficio de Sánchez. No pasa por mi propuesta y me amenaza, diciendo que me aprovechara del parlamento para adelantar el atrin­cheramiento de mi campo. Díjele a Carvallo que su General estaba loco y que no había más que hacer.

Agosto 7 de 1813. Las municiones eran ya tan pocas que, a comprometer una acción que pasase de dos horas, se concluían y con ellas el ejército. No tenía recursos para continuar por más tiempo el sitio de Chillán, a pesar de la constancia y valor de mis oficiales y tropa. Mandé que en el momento se replega­se la división y la artillería de la batería avanzada a nuestro campamento que la dominaba.

Toda la mañana de este día se presentaron guerrillas por El Tejar y otros puntos, mas no hicieron el menor ataque.

Agosto 8 de 1813. A las ocho de la mañana se acabó de retirar la división avanzada, dejando ti­rada en el Maipón una pieza [de artillería] de a 6 de fierro, porque no tenía municiones y sólo servía de estorbo.

Se presentó el enemigo, en gruesas partidas, para quitarnos los caballos y mulas que pacían en el campo por falta de forrajes. La artillería gruesa dirigida por Morla les acertó algunos tiros; no podía oponérseles fuerza montada por falta de caballos y los pocos que quedaban se caían solos; los soldados preferían andar a pie. El enemigo tomó la altura que ocupaba nuestra batería; pero la dejó a los primeros cañonazos.

Di orden para retirarnos en la noche de nuestro campamento a las alturas de Coyanco, y se princi­pió a conducir pertrechos.

Agosto 9 de 1813. Al amanecer estaba la mayor parte de la artillería en las orillas del Maipón, ca­mino de Coyanco. Toda la caballería útil a las órdenes del Capitán don José María Benavente, con una pie­za [de artillería] de a 4, protegía nuestra retirada. Nuestra infantería desfiló, formó en batalla a retaguardia de la artillería, armó pabellones y descansó; apenas se atrevió el enemigo a acercarse a la caballería de Benavente, pero fue rechazado y burlado. Todo el día [lo] pasamos en aquel lugar, porque era preciso retirar sucesivamen­te la artillería y pertrechos por falta de bagajes que no alcanzaban a la cuarta parte de los precisos.

El Mayor General Vial fue destinado a [para] llevar [a] los heridos a Quirihue o Cauquenes. Toda la Asamblea tuvo este destino. La milicia desmontada los conducía en custodia. Vial por temor no alcanzó a sacarlos todos del hospital. Los que dejó los llevé en el ejército.

Se dispersaron en la noche del 8 algunos soldados que, creyendo que la retirada del ejército era [hacia] San Carlos, tomaron aquel camino; los que caían en manos de los huasos eran degollados.

En la noche se acabó de pasar todo a las alturas de Coyanco mediante el entusiasmo de la tropa, que tiraba las piezas de calibre al brazo.


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