Discurso de Augusto Pinochet de despedida de la Presidencia
10 de marzo de 1990
Chilenas y chilenos:
Hemos llegado a un momento verdaderamente histórico para los destinos de la patria. En breves horas más, el gobierno que me honro en presidir hará entrega del poder político a las nuevas autoridades elegidas democráticamente por el pueblo chileno. Se inicia así un nuevo período en la vida de nuestra nación.
De ahí que esta noche he querido dirigir a todos y a cada uno de mis compatriotas, un sentido saludo para expresarles, en nombre de las Fuerzas Armadas y de Carabineros, nuestra satisfacción y legítimo orgullo por la histórica oportunidad que nos brindaron de conducir al país cuando los intereses más sagrados de la patria lo exigieron.
Más allá de las diferencias que a veces nos apasionan y separan artificialmente, tengo el convencimiento de haber contado durante toda nuestra gestión con un respaldo significativo de parte de muchos compatriotas. Ellos supieron unir sus esfuerzos a de los hombres de armas para salvar la libertad y reconstruir la democracia, y hacer de Chile una nación crecientemente próspera y justa.
En horas difíciles para la patria, estuve dispuesto —y lo estaré siempre— a enfrentar a los enemigos de la libertad y la democracia sin temores ni vacilaciones, teniendo como fundamento permanente el juramento de honor con que inicié mi carrera militar, y me obliga a entregar hasta mi último aliento por amor a la patria que me vio nacer y crecer.
Hoy quiero agradecer a todos los que han colaborado con entusiasmo, lealtad y entrega en la tarea de recuperar la paz, la libertad y la democracia, así como haber sentado las bases que posibilitaron el progreso que nos enorgullece.
Especialmente quiero testimoniar mi gratitud a los mandos superiores de la defensa nacional; con los que pudimos cumplir la magna tarea asumida en septiembre del año 1973, fortalecidos en la cohesión granítica de nuestras instituciones.
Deseo asimismo, manifestar mi sincera y profunda gratitud a todos ustedes, chilenos y chilenas, que han sido los protagonistas de una etapa sin precedentes en nuestra historia nacional, demostrando al mundo entero que el pueblo chileno ejerce con dignidad su independencia —que obtuvimos en los campos de batalla— y que sabemos ser los mismos dueños de nuestro propio destino. Anhelo lo mejor para mi patria y, por el amor que siento por ella, estaré siempre dispuesto a servirla.
Les pido que mantengamos la unidad entre nosotros, el respeto a las instituciones que nos rigen y a los derechos de cada uno de nuestros compatriotas. No olvidemos que los chilenos que viven en las regiones más alejadas, hacen soberanía en nombre de los demás y proyectan el Chile del mañana. Nunca olvidemos tampoco que los chilenos menos favorecidos requieren la ayuda de todos, y no pueden ser calificados en función de intereses sectarios o particulares.
Les pido que unamos nuestros esfuerzos al de las nuevas autoridades, pues el gobierno que se inicia bajo la presidencia del señor Patricio Aylwin deberá llevar adelante importantes responsabilidades para consolidar y proyectar todo el avance que hasta hoy hemos obtenido, y cuyos frutos de bienestar son percibidos por todas las familias chilenas.
El bien del país debe estar siempre por sobre los intereses partidistas, por legítimos que estos sean. El presidente que asume tiene derecho a esperar de cada uno de nosotros una actitud responsable y consecuente con los principios que profesamos.
No nos confiemos en los logros alcanzados durante estos últimos 16 años, pues las obras humanas suelen ser frágiles y destruirse con sorprendente rapidez. Para avanzar hacia nuevos y mejores horizontes, debemos mantenernos constantemente alerta frente a los siempre dispuestos a socavar las bases del crecimiento y de la convivencia pacífica.
Compatriotas, finalmente quisiera en este último saludo como presidente de todos los chilenos, encomendar a cada uno de ustedes a la bondad de Dios Todopoderoso, para que ilumine vuestra sabiduría y vuestros corazones.
A través de mis constantes visitas a las diversas regiones del país, aprendí a conocer la generosidad de este pueblo maravilloso. En consecuencia, estoy cierto que ellas se volcarán una vez más, a unirnos en un solo esfuerzo conjunto que asegure el éxito del gobierno que se inicia, en bien de toda la familia chilena y el destino promisorio que se merece.
¡Por ello, los invito desde ya a fundirnos en un solo gran abrazo fraterno y a gritar con toda la fuerza de nuestros corazones y voluntades!
¡VIVA CHILE!