Discurso de George Washington (1812)

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DISCURSO DE GEORGE WASHINGTON AL PUEBLO DE LOS ESTADOS UNIDOS,
ANUNCIÁNDOLE SUS INTENCIONES DE RETIRARSE DEL SERVICIO PUBLICO


AMIGOS Y CONCIUDADANOS,


ESTANDO ya cerca el periodo de la nueva elección de un ciudadano, que administre el poder ejecutivo de los Estados Unidos, y debiendo ya emplearse vuestros pensamientos en designar la persona sobre quien ha de reposar tan importante confianza, me parece oportuno manifestaros mi resolución de retirarme, si me considerais en el número de los que pueden ser electos.

Yo os suplico me hagáis la justicia de estar seguros de que no he tomado esta resolución sin considerar todas las relaciones que ligan a un obediente ciudadano de este país; y de que en esta tierna despedida que pronuncio con dolor, conservo las intenciones de influir en vuestros futuros intereses, y guardare siempre la memoria de vuestra antigua amistad, llevando una convicción plena de que pueden unirse la amistad y el respeto.

La aceptación y continuación hasta aquí en el oficio a que me han llamado dos veces vuestros sufragios, han sido un sacrificio uniforme de mi inclinación a la opinión de mis deberes, y una diferencia a vuestros deseos.

Hubiera yo querido que hubiese sido posible, sin desatender a graves razones, volverme más temprano a aquel retiro de que me separé con dolor. La fuerza de mi inclinación había antes de la elección pasada preparado un discurso en que os declaraba esto; pero una madura reflexión del estado dudoso y crítico de nuestros negocios entonces con las naciones extranjeras, y el parecer unánime de personas de mi íntima confianza, me impelieron a abandonar aquella idea.

Las impresiones con que el primero de todos tomé sobre mi vuestra ardua confianza, se expusieron en su ocasión propia. Al exonerarme de esta confianza, quisiera que dijesen todos si con buenas intenciones he contribuido a la organización y administración del gobierno, exceptuadas las faltas de que es capaz un juicio falible. La experiencia de mi mediocridad, grande a mis propios ojos, y tal vez a los ojos ajenos, ha mantenido los motivos de desconfianza de mi mismo; y el peso de los años, que crece con los días, me amonesta más y más que la sombra del retiro me es tan necesaria como deseable. Llevo la consolación de creer que mientras la elección y la prudencia me invitan a abandonar la escena política, no lo desaprueba el patriotismo.

Contemplando el momento que esta señalado para terminar mi vida pública, mis sentimientos no me permiten suspender la manifestación del reconocimiento profundo de aquella deuda de gratitud, que debo a mi país por los muchos honores con que me ha decorado; mucho mas por haberme conservado su confianza, la que me ha proporcionado ocasiones de mostrarle mi inviolable afecto por servicios fieles y continuos, aunque siempre inferiores a mi celo. Si de ellos resultaron a nuestra patria algunos bienes, recuérdense siempre para vuestra gloria, como un ejemplo instructivo en nuestros anales de que en circunstancias en que las pasiones, agitadas de todos modos, exponían al engaño, en medio de apariencias a las veces dudosas, en situaciones de fortuna a las veces desolantes, en vicisitudes en que la falta de suceso favorecía la censura, la constancia de vuestro apoyo sostenía mis esfuerzos, y los planes que los dirigian.

Penetrado profundamente de esta idea, la llevaré hasta el sepulcro, y su memoria me hará siempre rogar al cielo que continue a favor vuestro las más preciosas demostraciones de su bondad, entre las cuales es la primera el que vuestra unión y cordial afecto sean inalterables: - el que la liberal constitución, obra de vuestras manos, se conserve religiosamente :- el que su administracion en cada departamento se haga con sabiduria y virtud :- el que en fin, la felicidad del pueblo de estos estados, bajo los auspicios de la libertad, sea tan completa, que por el uso prudente de esta libertad se adquiera este beneficio la gloria del aplauso, y el afecto y adopción de las naciones que no la conocen todavía.

Aquí debia tal vez terminar mi discurso : pero la solicitud por vuestra seguridad, que solo se acabará con mi vida, y la aprehensión del peligro, natural a esta solicitud, me impelen en la ocasión presente a ofrecer a vuestra solemne contemplación, y a recomendar a vuestra memoria algunos sentimientos: ellos son el resultado de la reflexión y de una larga experiencia, y me parecen sumamente importantes a la conservación de vuestra felicidad como un pueblo. Os los expondré con tanta mayor libertad, cuanto está mas al descubierto ser los desinteresados avisos de un amigo, que se despide, en cuyos consejos no pueden influir motivos personales.

Hallándose el amor de la libertad tan profundamente esculpido en vuestros corazones, no son precisas mis palabras para fortificarlo.

Amáis la unidad del gobierno, que os constituye un solo pueblo; y la amáis justamente, por que es la principal columna del edificio de vuestra real independencia, el sosten de la tranquilidad doméstica, y de la paz exterior, de vuestra seguridad, prosperidad, y de aquella libertad que apreciáis tanto. Pero como es facil prever, que por diferentes causas, y por varios lados se trabajará mucho, y se emplearán muchos artificios para debilitar en vuestros ánimos la convicción de esta verdad; como en vuestra fortaleza política este es el punto contra quien se dirigirán las baterias de vuestros enemigos interiores y exteriores con constancia, y actividad, aunque a las veces oculta y cautelosamente; es de un momento infinito que estiméis el valor inmenso de vuestra UNIÓN nacional para vuestra felicidad individual y colectiva: que abriguéis a favor suyo una adhesión cordial, habitual é immutable ; acostumbrandoos a mirarla como el paladium de vuestra seguridad y prosperidad política; desvelando por su conservación con una ansiedad celosa, y cortando aun la sospecha de que en algún caso pueda abandonarse; y mirando con la mayor indignación aun las apariencias de los atentados cometidos para separar una porción de nuestra patria de lo restante, o para debilitar los sacrosantos vínculos que a todos nos unen.

La simpatía y el interés nos convidan a esta union. Ciudadanos de una patria comun ó por elección, ó por nacimiento, el amor de esta cara madre concentrar nuestros afectos. Es nombre de AMERICANO, que lleva cada uno, y todo el pueblo en general, debe exaltar siempre el corazón y el patriotismo mucho más que todas las denominaciones derivadas de las diferencias locales. Con corta diferencia nuestras opiniones, y costumbres son las mismas, y seguimos unos mismos principios públicos. Peleásteis por una misma causa, y triunfásteis juntos; la independencia y libertad, que poseéis, son obra de vuestros consejos y esfuerzos reunidos: corristeis una misma fortuna, sufristeis unos mismos trabajos, lográsteis juntos un mismo suceso.

Mas aunque estas consideraciones hacen por si mismas una profunda impresión en vuestra sensibilidad, adquieren nueva fuerza por otras que se fundan en vuestros intereses.- Cada porción de nuestra patria tiene poderosos motivos para amar y guardar la unión de todo el cuerpo nacional.

El norte en su ilimitado comercio con el Sud, protegido por las iguales leyes de un gobierno común, halla en las produciones de este último grandes recursos para negociaciones marítimas, y materiales preciosos para sus manufacturas. En el mismo comercio el Sud aprovechándose de la actividad del Norte ve a el incremento de su agricultura y tráfico. Se alentará la navegación del Norte, y mientras de varios modos contribuye a aumentar la masa de la navegación nacional, promueve la protección y fuerza marítima para la cual no tiene en si suficientes disposiciones.- El Levante en el comercio con el Occidente hallará en el adelantamiento progresivo de las comunicaciones interiores por mar y tierra un expendio mas útil de los efectos que importa de fuera, y los de su propia industria.-El Occidente recibe del Levante subsidios para su incremento y fuerza. Todo reunido contribuye a dar peso, influencia y fuerza marítima a las costas Atlánticas, con tal que se dirija por una unión indisoluble de intereses como una nación. Qualquiera otra ventaja que pudiera esperar el Occidente o por el uso de sus propias fuerzas, o por las alianzas con Poderes extranjeros seria intrinsecamente precaria.

Asi pues, mientras cada parte de la patria recibe de la unión un interes inmediato y particular, todas unidas no pueden dejar de hallar en la combinacion de medios y esfuerzos un gran poder, grandes recursos, y por consiguiente seguridad, y la esperanza de una paz inalterable.- De la unión se deriva otra ventaja de incalculable precio, y es no estar las provincias expuestas entre si a disensiones y guerras, lo que sucedería si faltase un gobierno central.- Esto mismo las libertades de la dura necesidad de mantener grandes cuerpos militares, estableciendo que bajo todas las formas de gobierno es funesto a la libertad, y principalmente a la libertad republicana.

Estas consideraciones hablan un lenguage persuasivo a todo ánimo reflexivo y virtuoso, y le muestran la continuación de la unión de las provincias, o Estados, como el objeto primario de los deseos patrióticos.- ¿Pero un gobierno central puede convenir a tantos Estados, puede abrazar una esfera tan grande? Resuelva la experiencia esta cuestión. Aun oír estas especulaciones es un crimen. Estamos autorizados para esperar que la perfecta organización del gobierno central, con el auxilio de los gobiernos de los Estados respectivos ha de tener el éxito mas feliz. Esta experiencia es hermosa, y capaz de hacer venturoso al género humano. Con tan poderosos y obios motivos para la unión, que tocan a todas las partes de nuestra patria, mientras la experiencia no descubre que un sistema semejante es impracticable, debemos siempre mirar con la mayor desconfianza el patriotismo de aquel, que en cualquier Estado solicite debilitar los vínculos de la unión.

PARA la eficacia y permanencia de vuestra unión es indispensable un gobierno central.- Las mas estrechas alianzas entre las partes componentes no se le pueden adecuadamente subsistir. La experiencia de todos los tiempos ha manifestado infracciones e interrupciones en todas las alianzas. Sensibles a estas verdades elegisteis el gobierno actual, obra de vuestra elección, sin que nadie os hubiese violentado, despues de una investigación plena, y de una madura deliberación; gobierno completamente libre en sus principios, y distribuciones de poderes; que une la seguridad con la energía, y que en si mismo tiene los medios de reformarse: por todo esto tiene derecho a vuestra confianza, y a su conservación.- El respeto a las autoridades, la observancia de las leyes, son deberes que imponen las máximas fundamentales de la verdadera libertad. La base de vuestro sistema político es el derecho que tiene el pueblo de hacer y alterar la constitución y forma de gobierno.- Pero la Constitución existente, mientras no se varie por la voluntad explícita y auténtica de todo el pueblo, es religiosamente obligatoria para todos. La verdadera idea del poder y derecho del pueblo de establecer su propio gobierno, presupone la obligación de cada individuo de obedecer al gobierno establecido.

Todo lo que impide la ejecucion de las leyes, todas las combinaciones y asociaciones bajo cualquier motivo plausible con designio de turbar, oponerse, violentar las regulares deliberaciones de las autoridades constituidas, son destructivas de los principios fundamentales, y de una tendencia peligrosa. Ellas dan nacimiento a las facciones, y les prestan una fuerza extraordinaria. Ellas colocan en lugar de la voluntad delegada de la nación la voluntad de un partido, y las miras pequeñas y artificiosas de unos pocos, y siguiendo los alternativos triunfos de las facciones diferentes, dirigen la administración pública por mal concertados e intempestivos proyectos, no por planes consistentes y saludables, dirigidos por consejos comunes, y modificados por intereses reciprocos.- Por ahora no tenemos tan tristes acasos, pero en la serie de los tiempos y de las cosas, pueden aparecer hombres astutos, ambiciones, y sin principios, que logren trastornar el poder del pueblo, y usurpar las riendas del mando, arruinando despues a aquellas mismas máquinas que les proporcionaron elevarse a una injusta dominación.

Para la conservación de vuestro gobierno, y permanencia de vuestra actual felicidad, se requiere no solo que estorbeis las oposiciones a la autoridades, sino que resistáis con celo el espíritu de innovación acerca de nuestros principios, sin deslumbraros con pretextos espaciosos. El plan de asaltaros será alterar la constitución, para debilitar el vigor del sistema, ya que no puede combatirse al descubierto. En todas las alteraciones a que se os invite, debeis acordaros que el tiempo, y el hábito fijan el verdadero carácter de los gobiernos, y de todas las instituciones humanas : -que la experiencia es quien descubre la tendencia de la constitución de un país : -que la facilidad y ligereza en hacer variaciones, fiándose de opiniones hipotéticas, expone siempre a que no haya nada estable, nada cierto, según la variedad eterna de las hipótesis y de las opiniones : -acordaos especialmente que tanto para un país tan extenso como el nuestro, como para la seguridad y libertad general, es indispensable un gobierno enérgico. La misma libertad, y los poderes bien distribuidos, son los garantes de ella misma. No existe mas que el nombre de libertad, cuando el gobierno es tan débil que no puede impedir los atentados de las facciones, contener a cada uno en los límites señalados por las leyes, y conservar a todos el seguro y tranquilo goze de los derechos de los individuos y de las propiedades.

Expresado ya el peligro de las parcialidades dentro del Estado, especialmente las que se fundan en distinciones geográ­ficas, trataré ahora con más extensión de cómo debéis preservaros contra los inconvenientes del espíritu de partido en general. Por desgracia, dicho espíritu es inseparable de nuestra natu­raleza, pues tiene sus raíces en las pasiones más fuertes del corazón humano. Bajo diversas formas existe en todos los gobier­nos, más o menos sofocado, y más o menos contenido. Sus vicios se descubren, en toda su extensión, en los gobiernos po­pulares, de los cuales es el peor enemigo. La dominación alternativa de las pasiones políticas, agitadas entre sí por el espíritu de venganza y las disensiones de partido es causa del espantoso despotismo que ha cometido los más ho­rribles excesos durante muchos siglos en diferentes países. Esa dominación conduce a otro despotismo más visible y perma­nente, pues los desórdenes y miserias de aquél predisponen el espíritu a buscar seguridad y descanso en el poder absoluto de un individuo; y, tarde o temprano, el jefe de algún sector domi­nante, más hábil o más afortunado que sus rivales, acaba por aprovechar esa inclinación de los ánimos para elevar su poderío sobre las ruinas de la libertad pública. Sin contraer nuestras previsiones a extremos tales que, sin embargo, nunca deberán ser perdidos de vista totalmente, los continuados y generales males que trae consigo el espíritu parti­dista son lo bastante dolorosos para que un pueblo prudente mire con interés la obligación de contener sus estragos. El espíritu de partido trabaja constantemente por desorien­tar al pueblo y corroer la regularidad de los servicios públicos; agita la opinión con celos infundados y falsas alarmas; enardece las animosidades de unos contra otros; da ocasión a tumultos e insurrecciones; y abre los caminos por donde fácilmente pene­tran hasta el mismo gobierno las corrupciones e influjos extra­ños a través de las pasiones facciosas, sujetando a la política de otros la voluntad del país. Muchos opinan que los partidos que actúan en países libres son un freno útil para los gobiernos y contribuyen a conservar el espíritu de libertad. Esto es quizá verdad hasta cierto punto. En los gobiernos monárquicos el patriotismo puede mirar el es­píritu de partido, si no con favor, al menos con indulgencia. Pero en los de carácter popular, en los gobiernos puramente electivos, no se debe fomentar ese espíritu, porque a la disposi­ción natural de los mismos nunca faltará el espíritu de partido suficiente para todos los efectos en que sea laudable. Y como siempre hay peligro de que traspase sus límites, debe ponerse un discreto empeño en disminuirlo y mitigarlo mediante la fuerza de la opinión pública. El espíritu de partido jamás debe apagarse del todo; pero deberá ser objeto de una vigilancia constante para que no devore con sus llamas en lugar de caldear. Importa igualmente que los hombres encargados del gobier­no de un país libre limiten su acción a las respectivas esferas constitucionales, evitando que en el ejercicio de los poderes ningún departamento usurpe las funciones de otro. El espíritu de usurpación tiende a concertar los poderes en uno solo, y crea de tal modo un verdadero despotismo, sea cual fuere la forma de go­bierno. Está demostrado por la experiencia, tanto de los tiem­pos pasados como de los nuestros, y aun en nuestro mismo país, la necesidad de sujetar el ejercicio del poder político, divi­dirlo entre diferentes depositarios que se vigilen recíprocamente y que cada uno se constituya en protector del bien común contra las invasiones de los demás poderes, porque su conservación es tan importante como la institución del poder. Si el pueblo encuentra viciosa la distribución de los poderes constituciona­les y desea modificarla, dejad que se corrija por el procedimien­to que señale la Constitución. Jamás debe hacerse la reforma por medios ilegales, ni por usurpaciones que aunque pretendan el bien, destruyen a los gobiernos y causan el mal permanente de su ejemplo, superior a cualquier parcial o pasajero beneficio que reporten. La religión y la moral son apoyos necesarios para fomentar las disposiciones y costumbres que conducen a la prosperidad de los estados. En vano se llamaría patriota el que intentase derri­bar esas dos grandes columnas de la felicidad humana, donde tienen sostén los deberes del hombre y del ciudadano. Tanto el devoto como el mero político debe respetarlas y amarlas. Para establecer las conexiones que tienen con la felicidad privada y pública necesitaríamos llenar un tomo entero. Pero únicamente preguntaré: ¿Dónde hallar la seguridad de los bienes, el fundamento de la reputación y de la vida si no se creyera que son una obligación religiosa los juramentos prestados? Sólo a base de una gran cautela podríamos lisonjearnos con la suposición de que la moralidad pueda sostenerse sin la religión. Por mucho que influya en los espíritus una educación refinada, la razón y la experiencia nos impiden confiar que la moralidad nacional pueda existir eliminando los principios de la religión. Es una verdad, que la virtud o moralidad es un resorte necesario del gobierno popular. Esta regla se extiende ciertamente con más o menos fuerza a toda clase de gobierno libre. Siendo amigo verdadero de éste, ¿cómo se podrá ver con indiferencia las tentativas que se hagan para minar las bases de su establecimiento? Promoved, pues, como un objeto de la mayor importancia las instituciones para que se difundan los conocimientos. Es esencial que la opinión pública se ilustre en proporción de la fuerza que adquiere por la forma de gobierno. Es también condición importante para el sostenimiento de un gobierno conservar el crédito público, manantial de fuerza y seguridad. Uno de los medios para conseguirlo es usar de él lo menos posible y eludir gastos innecesarios, procurando mantener la paz, pero sin olvidarse de que haciendo algunos de­sembolsos para conjurar el peligro, se ahorran luego mayores gastos para repelerlo; también evitar que se acumulen deudas, no sólo huyendo de las ocasiones de gastar, sino haciendo vigorosos esfuerzos en tiempo de paz para pagar las deudas que hayan ocasionado las guerras inevitables, y no cargar a la prosperidad, de un modo poco generoso, con un peso que nosotros debemos soportar. Si bien la ejecución de estos principios corresponde a vuestros representantes debe sin embargo cooperar a ello la opinión pública. Para que puedan estos cumplir con sus obligaciones con más facilidad es indispensable que tengáis presente siempre, que para pagar deudas se necesitan rentas, que para tener estas son necesarios impuestos; que no hay impuesto que no sea más o menos incómodo o desagradable; que la dificultad intrínseca que acompaña la elección de los objetos que se han de gravar (elección siempre difícil), debe servir de un motivo decisivo para juzgar con prudencia de las intenciones del gobierno que la hace, e igualmente para reposar en ella y soportar los medios que las necesidades públicas pueden exigir en cualquier tiempo, a fin de obtener rentas para obtenerlas. Observad con todas las naciones los principios de la buena fe y de la justicia. Cultivad la paz y armonía con todas ellas. Es la conducta que ordena la religión y la mora; ¿y sería posible que no la ordenase igualmente la buena política? Digna será esta conducta de un país ilustrado y libre, que no está muy dis­tante del momento en que ha de ser grande, y que debe dar al género humano el ejemplo magnífico de guiarse constantemen­te por la justicia y la benevolencia más elevadas. ¿Quién puede dudar de que, con e curso del tiempo y las cosas, no compensasen los frutos de un plan semejante los perjuicios pasajeros que resultasen se su adopción? ¿Será posible que la Providencia no haya vinculado la felicidad de una nación a su virtud? Los sentimientos que más ennoblecen a la naturaleza humana nos aconsejan al menos hacer la experiencia. ¡Ah! ¿La hará tal vez nuestros vicios impracticable? Nada sería tan esencial para la ejecución de semejante plan como cultivar unos sentimientos justos y amistosos hacia todas las naciones extranjeras, excluyendo toda clase de antipatías y ciegas pasiones. La nación que quiere o que aborrece sistemáti­camente a otra es de algún modo esclava de ella. Es esclava de su odio o de su afecto, lo cual basta para desviarla de su interés y de sus obligaciones. La antipatía entre dos naciones las predis­pone con mayor facilidad a insultar y agraviar, a ser altivas e intratables cuando sobreviene alguna disputa, por leve que sea. De aquí resultan choques frecuentes y feroces guerras, envenenadas y sangrientas. Una nación dominada por el odio o resentimiento, obliga a la vez al gobierno a entrar en una guerra opuesta a los mejores cálculos de la política. El gobierno participa unas veces de esta propensión nacional, y adopta por la pasión lo que la razón repugnaría; otras veces instigado por el orgullo, la ambición u otros motivos siniestros y perniciosos hacer servir la animosidad nacional a los proyectos hostiles. Por esta causa muchas veces la paz de las naciones se ha sacrificado, y acaso también, en algunas ocasiones su libertad. La pasión excesiva de una nación a otra produce una variedad de males. El afecto a la nación favorita facilita la ilusión de un interés común imaginario donde verdaderamente no existe, e infunde en la una las enemistades de la otra y la hace entrar en sus guerras sin justicia ni motivo. Impele, también, a conceder a la nación favorita privilegios que se niegan a otras, lo cual es capaz de perjudicar de dos modos a la nación que hace las concesiones; a saber, desprendiéndose sin necesidad de los que debe conservar y excitando celos, mala voluntad y disposición de vengarse en aquellas a quienes rehúsa este privilegio. Da también a los ciudadanos ambiciosos, corrompidos o engañados (que se ponen a la devoción de la nación favorita), la facilidad de entregar o sacrificar los intereses de su patria sin odio y aún algunas veces con popularidad, dorando una condescendencia baja o ridícula de ambición, corrupción o infatuación con las apariencias de un sentimiento virtuoso de obligación, de un respeto recomendable a la opinión pública o un celo laudable por el bien general. Tales pasiones son temibles particularmente al patriota ilustrado e independiente, que ve en ellas innumerables entradas al influjo extranjero. ¡Cuántos medios no proporcionan para mezclarse entre las facciones domésticas, para ejercitar las artes de la seducción, para desviar la opinión pública y para influir y dominar los consejos! Un afecto de esta clase de nación pequeña, o débil, a otra grande y poderosa irremediablemente la constituye su satélite. Conciudadanos míos: Les suplico que me creáis; la vigilancia de una nación libre debe estar siempre despierta contra las artes insidiosas del influjo extranjero, pues la historia y la experiencia prueban que este es uno de los enemigos más mortales del gobierno republicano. Mas esta vigilancia debe ser imparcial para que sea útil, pues de otro modo viene a ser el instrumento de aquel mismo influjo que intenta evitar. El afecto excesivo a una nación, así como el odio excesivo contra otra, no dejan ver el peligro sino por un lado a los que predominan, y sirven de capa y aun ayudan a las artes del influjo de una u otra. Los verdaderos patriotas que resisten las intrigas de la nación favorita, están expuestos a hacerse sospechosos y odiosos, mientras sus instrumentos y aquellos a quienes alucinan, usurpan el aplauso y confianza del pueblo cuando venden sus intereses. La gran regla de nuestra conducta res­pecto a las naciones extranjeras, debe reducirse a tener con ellas la menor conexión política que sea posible, mientras extendemos nues­tras relaciones comerciales. Que los tratos que hemos hechos hasta ahora, se cumplan con la más perfecta buena fe. Pero no pasemos de aquí. La Europa tiene particulares intereses que no nos conciernen en manera alguna o que nos tocan muy de lejos. De ahí el que se vea envuelta en disputas frecuentes que son esencialmente ajenas a nosotros. Sería, pues, imprudente mezclarnos a las vici­situdes de su política o entrar en las alternativas y choques in­herentes a su amistad o enemistad sin tener nosotros un interés directo. Nuestra situación geográfica nos aconseja y permite seguir un rumbo diferente. No está distante la época en que podamos vengar los ataques anteriores, si permanecemos bajo un gobierno activo en que podamos tomar una actitud que haga respetar escrupulosamente la neutralidad a que nos hubiésemos determinado; en que las potencias beligerantes, imposibilitadas de hacer conquistas sobre nosotros, no se arriesgarán con ligereza a provocarnos; en que podemos elegir la guerra o la paz, según lo aconsejare nuestro interés dirigido a la justicia. ¿Por qué perder las ventajas nacidas de nuestra especial situación en el globo? ¿Por qué unir nuestros destinos a los de cualquiera parte de Europa, comprometiendo nuestra paz y prosperidad en las redes de las rivalidades, intere­ses y caprichos europeos? Nuestra política debe consistir en retraernos de alianzas permanentes hasta donde seamos libres de hacerlo, sin que por esto patrocine yo la infidelidad a los tratados existentes. Tengo por máxima, igualmente aplicable a todos los asuntos públicos o privados, que la honradez es siempre la mejor política. Teniendo cuidado de impulsar las medidas y los establecimientos adecuados a fin de mantenernos en estado de defensa, podremos luego apelar a momentáneas alianzas en los casos de apuro extraordinario. La política, la humanidad y el interés común recomiendan la buena armonía y amistosas relaciones con todos los países. Nuestra política mercantil se debe apoyar en la igualdad e impar­cialidad, sin solicitar ni conceder beneficios especiales ni prefe­rencias: consultando el orden natural de las cosas difundiendo y diversificando por medios suaves los manantiales del comercio, sin forzar cosa alguna; estableciendo para dar al comercio una dirección estable, definir los derechos de nuestros comerciantes y proporcionar al gobierno los medios de sostenerlos, reglas convencionales de comunicación, las mejores que permitan las actuales circunstancias y la opinión mutua, pero momentáneas y susceptibles de variarse y abandonarse según lo exigiesen las circunstancias; teniendo siempre presente que es una locura esperar de otra nación favores desinteresados; que lo que acepte bajo este concepto será preciso que lo pague con una parte de su independencia; que admitiéndolos se ponen en precisión de corresponder con valores reales por favores nominales, y aun a que se les trate de ingratos porque no dan más. No puede haber error mayor que esperar o contar con favores verdaderos de nación a nación. Es una ilusión que la experiencia debe curar, que un justo orgullo debe arrojar. Cuando os ofrezco, paisanos míos, estos consejos de un viejo y apasionado amigo, no me atrevo a esperar que hagan una impresión tan duradera como quisiera, ni que contengan el curso común de las pasiones o impidan que nuestra nación experimente el destino que han tenido hasta aquí las demás naciones; pero si puedo solamente lisonjearme que produzcan alguna utilidad parcial, algún bien momentáneo, que alguna vez contribuyan a moderar la furia del espíritu de partido, a cautelaros contra los males de la intriga extranjera y preservaros de las imposturas del patriotismo fingido; esta esperanza compensará suficientemente mi anhelo de vuestra felicidad, único móvil que me ha estimulado a dictarlos. Los archivos públicos y otras pruebas de mi conducta acreditan hasta qué punto los prin­cipios que acabo de recordaros me guiaron en el desempeño de mi cargo. Por lo que a mí me toca mi conciencia me asegura que por lo menos he creído haberme dirigido por ellos. Con respecto a la guerra, que todavía subsiste en Europa, mi proclama del 22 de abril de 1793 es el índice de mi plan. El espíritu de esta medida sancionada por vuestra aprobación y por la de vuestros representantes en ambas salas del congreso continuamente me ha gobernado, sin que haya influido cosa alguna para obligarme a abandonarlo. Después de un maduro examen auxiliado de los mejores conocimientos que pude adquirir, me persuadí de que en todas las circunstancias del caso, nuestro país tenía derecho y estaba precisado por la obligación y el interés a tomar una posición neutral. Habiéndola tomado resolví mantenerla con moderación, constancia y firmeza. No hay necesidad de exponer aquí los pormenores y consideraciones relativas al derecho de guardar esta conducta. Sólo diré, que, según mi modo de entender en la materia, lejos de habérsenos negado este derecho por algunas de las potencias beligerantes, ha sido reconocido virtualmente por todas. La obligación de tener una conducta neutral, se deduce sin buscar otras razones, de la obligación que la justicia y la humanidad imponen a toda nación que se halla en libertad de determinar y de mantener inviolables las relaciones de paz y amistad con otras naciones. Los motivos de interés que tenemos para esta conducta será mejor dejarlos a vuestra propia reflexión y experiencia. Una razón dominante para mí ha sido el ganar tiempo, a fin de que se consoliden en nuestro país sus instituciones todavía nuevas, y que progrese, sin interrupción, el grado de fuerza y consistencia necesarias para que disponga, hablando humanamente, de su propia suerte. Aunque revisando los actos de mi administración, no me parece haber cometido ningún error voluntario, sin embargo, por conocer bastante bien mis defectos, reconozco que acaso incurrí en muchos yerros. Cualesquiera que fuesen, ruego al Todopoderoso que mi­tigue los males a que puedan haber dado lugar, y aun abrigo la esperanza de que mi país se mostrará en esta parte indulgente conmigo. Los servicios que por espacio de cuarenta y cinco años le he prestado con el mayor celo y rectas intenciones, me inducen a creer que se legarán al olvido mis involuntarias cul­pas, al retirarme de la vida pública. Confiando en esa bondad de mi país, y poseído de un ar­diente amor hacia él, tan natural en el hombre que en esta tie­rra tuvo su cuna y la de sus padres por muchas generaciones, me regocijo anticipadamente al pensar en el tranquilo retiro donde pienso entregarme al reposo, a fin de disfrutar, entre mis queridos conciudadanos, de la benéfica influencia de sabias leyes, bajo un gobierno libre, objeto favorito de mis constantes deseos y la más dulce recompensa que puedan alcanzar nues­tros mutuos afanes y peligros.