Discurso de todos los diablos: 015

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


Parecióme a mí que lo daba todo por perdido
Calló un rato, y luego dijo:
—¿Ermitaño, letrados, médicos, tiranos? ¡Qué confección para reventar una resma de infiernos con una onza!
En esto que iba a visitar su reino, vio venir a sí el Entremetido.
—Esto me faltaba —dijo Lucifer—. ¿Qué quieres contra mí? Y empezó a mosquearse dél con toda su persona: mas él venía vaciándose de palabras y chorreando embustes. Díjole muy allá lo de que algunos trataban de huirse del infierno, y que otros querían dar puerta franca para que entrasen unos mohatreros y hipócritas, con que el mundo estaba rogando a los demonios, y otras cosas, que si no se huye por no le sufrir, lo anega en embelecos y en cláusulas.
Viendo Lucifer el alboroto forastero de su imperio, y advertido destos peligros, con su guarda y acompañamiento (que le sobran tudescos y alemanes para ella después que Lutero y Calvino ladraron las almas de los ultramontanos), empezó la visita de todas sus mazmorras, para reconocer prisiones, presos y ministros.
Iba delante el Soplón, haciendo aire, que atizaba y encendía sin alumbrar.
La Dueña, en zancos de fuego, se siguía, atisbando (como dicen los pícaros) todo lo que pasaba.
El Entremetido, mirando a todas partes, no dejaba anima sin gesto y reverencia.


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