Discurso de todos los diablos: 016

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


A cuál decía:
—Bésoos las manos.
A cuál:
—¿Es menester algo?
Voseábase con los precitos, llamábase de tú con los verdugos y los dañados; a cada cortesía de las suyas decían: «Oxte», más recio que a la llamarada. —Más quiero fuego —decía una.
Otra le llamaba añadidura a las penas; otra, sobregüeso del castigo.
Estaba un testigo falso entre infinita caterva delios, en lugar más preeminente que todos, hecho maestro de falsos testimonios como de capilla.
Llevábales el dicho como el compás, y todos juraban a un son. Tenían los ojos en las faldriqueras, mirando, lo que no vían, y en la cara por los ojos dos bolsas de fuego.
Y así como vio al Entremetido, dijo el maestro:
—Por no verte me vine al infierno; y si advirtiera en que éste había de venir acá, fuera bueno, no por salvarme, sino por ir donde no podía entrar.
En esto estábamos, cuando oímos gran tumulto de voces, armas, golpes y llantos mezclados con injurias y quejas. Tirábanse unos a otros, por falta de lanzas, los miembros ardiendo; arrojábanse a sí mismos, encendidos los cuerpos, y se fulminaban con las propias personas.
No se puede representar tan rigurosa batalla.
Uno andaba disparándose a todos; parecía emperador: la cabeza tenía coronada de laurel; el cuerpo, lleno de heridas; el cuello, lleno de sangre.


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