Discurso de todos los diablos: 017

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


Estaba cercado de consejeros, que, con almaradas afiladas en leyes, mal se defendían de su rabiosa furia y cruel enojo.
Llego a él Lucifer, y dando un trueno que hizo temblar todo el infierno, le dijo:
—¿Quién eres, alma, aún aquí presumida?
—Yo soy —le respondió— el gran Julio César; y después que se desbarató y mezcló tu reino, di con Bruto y Casio, los que me mataron a puñaladas con pretexto de la libertad, siendo persuasión de la invidia y cudicia propia destos perros, el uno hijo y el otro confidente. No aborrecieron estos infames el imperio, sino el emperador. Matáronme porque fundé la monarquía; no la derribaron, antes apresuradamente ellos instituyeron la sucesión della. Mayor delito fue quitarme a mí la vida que quitar yo el dominio a tos letrados, pues yo quedé emperador y ellos traidores; yo fui adorado del pueblo en muriendo, y ellos fueron justiciados en matándome.
—Perros —decía la grande alma de Julio César—, ¿estaba mejor el gobierno en muchos senadores que lo supieron perder, que en un capitán que lo mereció ganar? ¿Es más digno de corona quien preside en la calumnia y es docto en la acusación, que el soldado gloria de su patria y miedo de los enemigos? ¿Es más digno de imperio el que sabe leyes, que el que las defiende? Éste merece hacerlas, y los otros estudiarlas. ¿Libertad es obedecer la discordia de muchos, y servidumbre atender el dominio de uno? ¿A muchas cudicias y ambiciones juntas llamáis padres, y al valor de uno tiranía? ¡Cuánta más gloria será al pueblo romano haber tenido un hijo que la hizo señora del mundo, que unos padres que la hicieron con guerras civiles madrastra de sus hijos! Malditos, mirad cuál era el gobierno de los senadores, que habiendo gustado el pueblo de la invención de la monarquía, quisieron antes Nerones, Tiberios, Calígulas y Eliogábalos que leyes y senadores.


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