Discurso de todos los diablos: 019

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


Tornáranse a embestir si Lucifer no mandara con amenazas que César se fuera a padecer los castigos de su confianza, despreciadora de avisos y advertencias, y a Bruto y Casio invió a que fuesen escándalo de las almas políticas, y a los senadores repartió entre Minos y Radamanto, para que fuesen asesores de los demonios.
Y nombrando infinitos buenos consejeros en todos los tiempos, los atormentaban, y cada letra de sus nombres era un tizón para aquellos malditos senadores, serpientes que, a imitación de Lucifer, dan a los cudiciosos lo que Dios les vedó y ya ley les niega; y dividió en chancillerías el infierno.
Cuando entendieron que todo estaba acabado, asomaron por un cerro unos hombres corriendo tras unas mujeres; ellas gritaban que las socorriesen, y ellos decían:
—Ténganlas.
Mandólos Lucifer asir.
—¿Qué es esto? —preguntó.
Y uno dellos, muy asustado, dijo:
—Somos los padres sin hijos, y estas bellacas...
Díjole un diablo sumiller dellas que hablase más bien criado y verdad, que padres sin hijos no podía ser. Él replicó:
—Pues todos nosotros somos padres, que fuimos en el mundo casados, hombres de recato, de los de «en mi casa me como», y otras hidalguías celosas, cartujos de alojamiento, atusados de visitas, calvos de amigas, que son todos los calzadores con que una frente calza el cuerno que la revienta en las sienes. Con esto nos echamos a dormir; cada año nos nacen hijos que criamos; por sustentarlos rozamos nuestras almas, y, a pura condenación, arañamos qué dejarlos. Y ahora, habiendo muerto ellas, se ha sabido que los hijos fueron concebidos a escote entre los criados y los amigos, y algunas concibieron, como comadrejas, por el oído.


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