Discurso de todos los diablos: 020

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


En esto salió un maridillo, que parecía cabo de hombre como de hacha, muy cercenado de carnes, con unas barbas de orozuz mascado, la habla entre ladrido y cinfonía, que parecía que había comido gozques, y dijo:
—¡Voto a N, infame, que me has de desempadrar! Yo he sido ayo del hijo de mi negro; un real sobre otro me han de volver mi legítima. Y yo, que nunca entendí que hiciera la infame pecados tintos, teniendo tanto mozuelo moscatel en qué escoger, echaba la culpa a los frailes, de que estoy arrepentido. Y era que la bellaca, para encantusarme, todos los días se iba al convento: decía que a confesar. Yo me volvía loco, y al mismo negro le decía: «Domingos, voto a N., que yo no sé dónde peca tu ama esto que confiesa cada día, ni con quién lo peca.» Y el negro, riéndose, con una jeta de un palmo, respondía: «Mi alma con la suya.» Y esto sonaba alabanza, y era pulla.
—Bien mirado, bueno es —decían todos los padres güeros—, que un hombre pasase su vida sufriendo una preñada regalando una parida, tragando un niño, pagando un bautismo, sufriendo amas, oyendo taíta, llorando de risa por las barbas abajo de que dijo coco, mama; y desto estamos corridos, que andábamos contando por las casas: «Mi hijo dijo hoy putenor pare. ¡Hay tal cosa! Ha de ser grande hombre.» Y vive Dios, que pareciéndose a bulto nuestros hijos a sus padres, nos decían las malditas: «A fe que no niegue a su padre.» Hijo de padre si lloraba, hijo de padre si reía.
Y nosotros, la boca abierta y el moco tan largo, comprando babadores y dijes, y ahora nos hallamos en los infiernos condenados cuquillos. No ha de pasar así.


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