Discurso de todos los diablos: 027

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


Llamó un ministro, y dijo:
—Lleva ese demonio, y ponle pupilo de algún juez, donde aprenda a condenar: que éste se debe de haber alquilado en los autos para diablo.
Grande rumor y vocería se oyó algo apartada; parecía que se porfiaba entre muchos sin orden y con enojo. Estaban en diferentes corrillos; en algunos eran modestas las réplicas, en otros se mezclaban injurias y afrentas. Había quien, encendiendo la pasión, acompañaba con armas sus razones. Víanse golpes, heridas, y cuanto más se llegaba la visita, más de cerca se conocían los movimientos precipitados del enojo.
Esto puso más cuidado en los pasos; mas no fue tan apresurado, que cuando llegamos ya la ira lo había mezclado todo, y sin orden se despedazaban unos a otros. Las personas eran diferentes en estado, mas todos gentes preeminente y grande; emperadores y magistrados y capitanes generales.
Suspendiólos la voz del príncipe de las tinieblas; volvieron todos a él, padeciendo tormento en no ejecutar unos el odio y otros la venganza.
El primero que allí habló fue un hombre señalado con grandes heridas, y alzando la voz, dijo:
—Yo soy Clito.
—Más honrado soy —dijo otro que estaba a su lado—, y he de hablar primero. Oye al emperador Alejandro, hijo de Dios, señor de los mundos, miedo de las gentes, magno y máximo.
Y no acabara de ensartar epítetos y blasones de su locura, si no le dijera el fiscal que callase: que ya aquel papel le había representado en la vida, y que, acabada la comedia del mundo, era yo reo acusado.


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