Discurso de todos los diablos: 028

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


Hable Clito.
Y él, que tenía gana, despejando mal la risa de su sentimiento, dijo:
—Yo, señor, fui gran privado deste emperador; que para ver cuán poco caso hacen los dioses de las monarquías de la tierra, basta ver a quién se las dan. Hicieron a este maldito insensato, de quien la soberbia aprendió furores, señor de todo, con título de rey de los reyes. Persuadióse que era hijo de Dios; a Júpiter Ammon llamaba padre, y por autorizarse con el sello de Júpiter, se introdujo en esta de carnero y se rizó de cuernos, y no falta sino torearle en las monedas y llamarse Alejandro Morueco. En balde porfiaban en él las pasiones naturales, tan doctas en desengañar la presunción humana: dióle lo que tuvo la fiereza, hízole grande la temeridad, creció del robo, no era capaz de advertencia. Presento por testigo al filósofo envasado, vecino de una tinaja, que le tuvo por bufón y se rió de verlo, y para la vuelta le dijo, estorbándole el sol que le calentaba: «No me quites lo que no me puedes dar.» Yo le serví en lo que me mandaba, y no me dio la privanza mi obediencia diligente, sino el entender él que yo sería partícipe de sus insultos, séquito de sus locuras y aumento de sus adulaciones. Yo ( ¡desdichado de mí! ) quise tener lástima dél; atrevíme a ser leal al tirano (esto que no es nada), y viéndole desacreditar las cosas de su padre Filipo y desnacerse, con la lengua y las obras, de tan gran príncipe que le dio el sér, desengañábale de la divinidad. Traté de que descornase su descendencia: referíale los esclarecidos hechos y virtudes de su padre, entre muchos que adorándole con incienso, le decían que era hijo de Dios; y había adulador que le aseguraba de vista la generación divina, y consejero que por línea recta de varón le hallaba mayorazgo del cielo y heredero forzoso del rayo y el trueno. Yo le hacía tales recuerdos de las cosas de su gran padre, que le decía: «Poco le falta a esta decendencia para divina. »


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