Discurso de todos los diablos: 030

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


A estas razones se oyó grande alarido, y llegándose a Lucifer un hombre blanquecino, desangrado, viejo y venerable y digno de respeto, dijo:
—Parece que hablan conmigo esas razones de la esponja, por los muchos tesoros y riquezas que tuve. Yo soy Séneca, español, maestro y privado de Nerón. Los desperdicios de su grandeza cargaron mi ánimo, no le llenaron. En recibir lo que me dio sin pretenderlo no fui cudicioso, sino obediente. Quiere el príncipe en honras y haciendas mostrarse magnánimo, generoso y agradecido con un privado. Contradecir al príncipe tales demostraciones es desamor y atención a la utilidad propia; pues rehusarlas es querer que el acto de virtud sea el suyo, y preferir la admiración de la modestia y templanza del criado a la esclarecida generosidad del príncipe. Recibir el valido lo que el príncipe le da es querer que se vea su grandeza antes que la virtud y humildad propia, y dar luz a la virtud del príncipe es el más reconocido vasallaje que puede darle un vasallo. Dióme Nerón cuanto es decente a tal príncipe: el precio y mérito desto fue la enseñanza; permitía tantos bienes no la demostración de premio, no la presunción de hacienda ni el desvanecimiento de patrimonio; no emperezó el tesoro darme conocimiento del séquito que tiene forzoso en la invidia, que ejecutiva me procesaba por las calles, afirmando que persuadía a otros el desprecio de los tesoros por desembarazar de competidores la sed mía de riquezas. Yo vi adolecer mi opinión y enfermar mi buena dicha, no mi culpa, sino mi crecimiento, porque el escándalo no está en el que priva, sino en todos los que no privan; y nunca puede ser bienquisto de todos quien tiene puesto que los que son como él desean para sí, y los que no, para otro en quien tengan más afianzada la medra.


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