Discurso de todos los diablos: 033

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


—No, no, ni pasará adelante de aquí a la fin del mundo; que así dejamos tomada la palabra a nuestros sucesores y encargada esa acusación a la invidia.
—¿Qué tengo yo que ver con eso —dijo Seyano—, que supe y disimulé menos que Tiberio, y habiéndole obligado con mis servicios, me mandó adorar y me hizo estatuas y las concedió privilegios sagrados? Fue mi nombre aclamación del pueblo romano, mi felicidad lisonja de todo el imperio; mi salud voto de las gentes y ruego común; y siendo el privado de mayor dominio en el alma de su señor, este maldito y siempre abominable Tiberio me hizo prender y despedazar, siendo mérito en el furor de los amotinados traer en los chuzos algún pedazo de mi cuerpo. Con garfios me arrastraron de las quijadas por las calles, y la crueldad infanda no se detuvo en la sepoltura: más allá pasó, que a mis hijos hizo morir afrentosamente, y una hija, que por el privilegio de la virginidad no podía morir justiciada, mandó que el verdugo la violase primero y que luego la degollase. Testigos tengo de mi abono: Veleyo Patérculo encarece mi valor, mi ingenio, mi maña y mi asistencia; y Tácito, que con la malicia se hizo bienquisto de los letores a costa de los difuntos, él tampoco me niega las alabanzas. Nadie me dijo verdad; y con ser tantos los que acababan con mi caída, nadie se enojó de mí ni tampoco me osó enojar. Mi ruina empezó desde que quise prevenir todos los hados, quitar a la fortuna el poder, burlar sus diligencias a la providencia de Dios. Entonces, más sacrílego que prudente, me fortalecí contra la maña de los hombres, haciendo morir los buenos y los atentos, desterrando a los ociosos y advertidos, y provoqué por enemigo al cielo, a quien quise excluir de mi causa.


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