Discurso de todos los diablos: 034

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


También es verdad que yo me valí y acompañé de gente ruin: del médico para los venenos, del sedicioso para la venganza, del testigo falso y del mal ministro ventero de las leyes; mas no fue elección de mi voluntad, fue necesidad de mi puesto. Yo usaba de los que son siempre trastos del poder; y como sabía que, en cayendo, así me habían de faltar los malos como los buenos, usaba de los malos como de cómplices, huía de los justos como de acusación. Cada virtuoso para el que puede es un dedo a la margen, y cada entendido un espía y un testigo en buen lenguaje, que si habla, persigue, y si calla, culpa. No inventé la tiranía, ni sus malas costumbres. Tiberio las aprendió de mí, que más las padecía aprobándolas lisonjero, que en las cárceles y el cuchillo los sentenciados. Si dicen que yo le aconsejé crueldades para quitarle el amor del pueblo y disponer mi levantamiento, ¿quién le aconsejó las que hizo conmigo? El caso es, Lucifer, que los príncipes tienen por disculpa de lo que permiten, la ruma del medio que para ello escogieron, y que nuestra culpa es ser sola. mente la suficiente satisfacción de los odios nuestras muertes; y al cabo, reyes, la nota cae sobre vosotros y vuestra inconstancia, y la lástima sobre nuestros castigos. Las historias, contando nuestras caídas, dicen siempre: «Este fin tienen los que se llegan al favor de los reyes y príncipes»; y nuestra desdicha en cada corónica es advertencia de un mal paso. Hacer un privado poderoso, rico, es mostrar el poder; conservarle es acreditar el juicio que dél hiciste y tu elección; deshacer es desdecirte y darte a partido con los mal contentos. Mirad, mirad lo que somos.


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