Discurso de todos los diablos: 038

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


Hondas gemidos daban los monarcas, y alaridos bestiales y espantosos.
Formáronse a mezclar con amenazas y heridas; mas Lucifer mandó que los privados se fuesen al cuartel de la perlesía, y los príncipes, reyes y monarcas entre las mujeres hermosas, hasta en tanto que se averigüe quién escoge peor y es más mudable y más desagradecido. Todos apelaban; mas ejecutóse, sin embargo.
Los períátícos decían:
—Nosotros tenemos cura; lleven a los privados, por temblones, con la hoja en el árbol.
Las mujeres gritaban «que llevasen a los monarcas con la loba; que ellas en el escoger tenían disculpa, pues en vida huían de los señores hacia los mercaderes».
Y en ninguna parte los querían, y unos a otros se despedazaban.
En esto estaban ocupados todos, cuando vimos un hombre que en las insinias parecía herrador; con un silencio podrido estaba embolsado en sí propio, muy cerrado de campiña: conocíase en la atención y los gestos que hablaban allá dentro dél.
—¿Quién eres —dijo el fiscal—, con ese yunque y ese martillo y esos clavos?
Él, con voz de grito por azote, en tono de ox, dijo:
—Yo me entiendo.
Salió la Dueña hecha otra dueña, por no decir un rejalgar, y dijo:
—Entendido para ti mismo: habla claro; que aunque no te entienda, te chismaré todo. Di tu nombre, y qué hierras aquí, donde no hay bestias; y dilo luego, que si no lo dices luego, te pondré otra dueña buida a los pechos hasta que lo digas.


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