Discurso de todos los diablos: 040

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


Él es un pino de oro, más aplicado que otro tanto; jugar, ni por sueños; otros vicios, ni por lumbre; en la condición es hecho de cera; muy rico; ya se ve, con el etcétera de las expectativas (que es la hojarasca que gastamos los casamenteros, y todo para en pino de oro, ni por sueños, ni por lumbre y ya se ve, hojaldre de bergantes), antes la triste diera con su doncellez en unas tocas que embodarse. ¡Pues verme prometer infinito y no traer nada, diciendo muy flechado de cejas: «Señor, vuesa merced no repare en hacienda, pues Dios se la ha dado; calidad, harta sobra a vuestra merced. Pues hemosura, en las mujeres propias antes es cuidado y peligro. Cierre vuesa merced los ojos y déjese gobernar; que yo le digo lo que le conviene!»
—¿Hay ladrón como éste? —dijo el Soplón—. Pues demonio, ¿qué me traes, si ni tiene calidad, ni hacienda, ni hermosura, y quieres que cierre los ojos?
Embistiera con él, sino que la Dueña se puso en medio, diciendo:
—No hay tal hombre: por otra relación como ésta me tragó a mí por mujer quien se casó conmigo.
—¡Maldito sea yo —decía un testador—, que me veo desta suerte por mí culpa! Voto a N —decía (y llamaba a todos)—, que si sé hacer testamento, que estoy vivo ahora, y que no me he condenado.
La enfermedad más peligrosa, después del dotor, es el testamento: más han muerto porque hicieron testamento, que porque enfermaron. ¡Ah, vivos! —gritaba—, sabed hacer testamento, y viviréis como cuervos. ¡Desdichado de mí, que enfermé de mi exceso y peligré de mi dotor y expiré de mi testamento! Dejáronme los médicos, mandándome prevenir; yo, con mucha devoción y mesura, ordené mi testamento con mi In Dei nomine, Amén, lo de su «entero juicio», «el cuerpo a la tierra» y las demás cláusulas del boquear. Y luego (nunca yo lo dijera) empecé los Item más;


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