Discurso de todos los diablos: 042

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


Item más, si me muero, niego todas mis deudas (¡y sólo considerad, demonios, cuáles andarían los mohatreros por resucitarme a mí!).
Al esclavo, si muero, mando que cada día le pringuen tres veces. Al dotor que me curó, que mi mujer se muestre parte y le pida mi muerte. Y a mi heredero, que haga tasar lo que justamente vale el haber acabado conmigo, porque me ha encarecido el ser calavera, como si yo se lo rogara, y me lo ha hecho desear, y pido a todos que lo apedreen. Y voto a N, que sólo estoy sentido aquí del dotor, que no solamente me persiguió sano, me mató enfermo, sino que pasa la ojeriza de la sepoltura; y en expirando uno, por disculparse dicen dél mil infamias: «Dios le perdone, que el mucho beber le acabó; ¿cómo le habíamos de curar, si era desordenado? Él era insensato, estaba loco, no obedecía a la medicina, estaba podrido, era un hospital; él vivió de suerte, que le ha sido mejor; esto le convenía (¡miren qué «convenía» éste a mi costa!); llegó su hora» ; pues tomen el dicho a la hora de todos los difuntos, y ella dirá que ellos la llevan y la arrastran, y que ella no se llega. ¡Oh, ladrones! ¿No basta matar a uno y hacerle que pague su muerte, costumbre de los verdugos, sino tener la disculpa de la ignorancia en la deshonra del pobre difunto? Aprended a saber hacer testamento y llegaréis los mozos a viejos, y los viejos a decrépitos, y moriréis todos hartos de vida, y no os podaran en flor las hoces graduadas y el dotor Guadaña.


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