Discurso de todos los diablos: 047

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


El culto, con dos piras de ayuda entre construyes y eriges, se fue a matar candelas, digo las luces de todos los escritos de España, y a enseñar a discurrir a buenas noches; y desde entonces llaman al culto, como a vuestra diabledad, príncipe de las tinieblas.
El poeta de los pícaros se fue concomiendo de chistes a festejar la boca de noche, y el miedo de los niños, y a revestirse en el cuerpo de los poetas mecánicos, ingenios cantoneros y musas de alquiler como mulas.
Con gran risa quedó la vista; mas sucedióla no menor espanto en la tabaola (así la llaman los contracultos) que se oyó.
Todo era voces y gritos; los que los daban parecían gente de cuenta y puesto, diferentes en los trajes y en las edades.
Unos andaban encima de otros; víase una batalla desigual: los unos herían con puñales desnudos; los otros, viejos y caídos se adargaban con libros y cuadernos.
—Tenéos —dijo un ministro.
Suspendieron su ejecución violenta, no sin enojo, y la obediencia no disimuló el motín, respondiendo:
—Si supiérades quién somos y la causa y razón que tenemos, sin duda os añadiérades al castigo.
Y cuando menos vi a Nino y a Yugurta y a Pirro y a Darío, todos reyes; y, siendo infinitos, todos eran majestades y altezas.
Iba Lucifer a satisfacerlos, cuando se levantó un hombre viejo, y con él otros muchos, que arrastrados de los príncipes, tenían el suelo lleno de canas y de sangre.


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