Discurso de todos los diablos: 051

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 



No hubo fulminado esta postre ponzoña, cuando levantándose Crysippo, dijo:
—Por eso no quise yo ser rey, y respondí a los que me lo preguntaron con estas palabras: «Si gobierno mal, enojo a los dioses, y si gobierno bien, a los hombres. No quiero oficio que de todas maneras se yerra.» Galba, que estaba limpiándose unas babas, muy aterido, con gran melancolía, dijo:
—Algo de la lición se verifica en mí. Estábame yo, cuando se ardía el mundo, con tanto flema como devoción sacrificando a los dioses, y Othón saqueando a Roma y usurpándome el imperio; yo asistía a la religión para ser emperador: él al robo vino por el atajo y siguió la verdad del oficio; y yo acabé, como se ha leído, con más desprecio que sentimiento; él se quedó monarca y yo babera.
Hízole callar Domiciano, que traía arrastrando por una pierna al miserable Suetonio Tranquilo, y a grandes voces decía:
—¡Cuánto peores son estos infames historiadores y coronistas, que aguardaban detrás de la vida de un emperador, y con su deshonra hacen lisonja a sus descendientes!
—Ahí se ve quién sois vosotros —decía Suetonio con sollozos mal formados—, que os es sabrosa la ignominia de vuestros antecesores, como si para la vuestra no diera licencia el aplauso que hacéis a la ajena.
—Señor —decía Domiciano—, estos malditos coronistas no dejan vivir su vida a los reyes, y les hacen tornar a vivir entre su malicia y su pluma, como le conviene al lucimiento de su malicia.


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