Discurso de todos los diablos: 053

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


»Siendo yo niño me acuerdo que por el procurador frecuentemente, y por el concilio, se miró si un viejo de noventa años estaba circuncidado.
»¿Qué culpa tenía yo del exceso de los ministros inferiores y de la demasía, y que me suceden príncipes que consientan tal libro contra mí, que gasté mi tesoro y mi caudal y el tiempo en reparar las librerías que se me quemaron? »
No lo hubo dicho, cuando con voz casi enterrada y acentos desmayados, dijo Suetonio:
—Si eso fue bueno, también lo dije. Mas, ¿qué replicas tú, que dictando una carta para dar una orden, dijiste de ti propio: «Vuestre señor y Dios lo manda así?» Del divino Augusto y del gran Julio y de Trápano, ¿qué virtud callé, qué acción no encarecí? Si fuistes pestes coronadas, ¿qué pecado es acordaros vuestras obras? De vosotros tenéis horror y asco, y no queréis ser contados los que fuistes padecidos.
—Nadie se puede quejar dese verdugo de monarcas sino yo —dijo un hombre de mala cara, feo, calvo y espeluznado, zancas delgadas y mal puestas, color pálido, talle perverso.
Y por las señas fue conocido por Calígula.


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