Discurso de todos los diablos: 056

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


Mala municián es fiereza para tentar apetitos: una madre flechando hijas enherboladas, una tía disparando sobrinas como chispas, una niña con ojos enristre, una moza asestando meneos, una vieja armada de moños en naguas, como de punta en blanco; un adulador, que es sí perpetuo de todo lo que se quiere y amén de la letra vista; un chismoso, ques polilla de la quietud, y por cada maravedí da un cuento; que vive de llevar y traer como arriero, trajinador de mentiras, que dice lo que no oye y afirma lo que no sabe, y jura lo que no cree; un maldiciente, picaza de las honras, que sólo se sienta en las mataduras; un hipócrita, que haciendo mortificación la comodidad, y éstasis los ahitos, y penitencia los mofletes, y revelaciones los chismes, y oratorios las mesas, y desiertos los estrados, y milagros las curas, adivinando lo que le dijeron, y resucitando los vivos y haciéndose bobo para el trabajo, negociando con Deo gratias y empreñando con la sombra, vive a costa de todos y muere a la de Dios; pues pierde su parte en un pícaro destos conventuales de la calle, que tienen por superior al vicio, la obediencia entre las sábanas, la castidad entre los manteles, la pobreza en el entendimiento. Dicen que dejan lo que tienen por Dios, y no es mal trueque, pues es para tener lo que todos poseen por el diablo. Éste es el diablo y éstos son los diablos que me condenaron; y tú, maldita vieja, me los has de dar, que con esas tocas eres epílogo de demonios. No había desengañafarle de la Dueña, hasta que le mandaron callar, diciéndole el Entremetido, de parte de Lucifer, que se le habían subido las penas a la cabeza, pues las colas y los cuernos y las tetas y el humo y el hedor de los diablos no le sabían a madre y a hijas, y a tía y a sobrina, y a adulador y a hipócrita. No bien acabó estas palabras, cuando se oyó gran ruido de quicios y gran rumor de gente en infinita cantidad. Venían delante unas mujeres muy afeitadas, presumidas, habladoras y melindrosas, riéndose y mostrando gran contento. Acusólas el Soplón de que pasaban la alegría hasta la jurisdicción del infierno. Túvose a gran delito.


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