Discurso de todos los diablos: 057

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


Fuéles hecho cargo, y preguntado que cómo venían entretenidas, y no llorando, a la condenación.
Una de ellas, vieja y flaca, pellejo en zancos, dijo por todas:
—Señor, nosotras veníamos tan tristes como se puede creer de mujeres traídas, a quien no ha quedado sobre los güesos sino excrementos de los años y lacras del tiempo; y condenadas a heder de nuestra cosecha y a oler de acarreto. En la pila nos bautizamos, y el libro del bautismo nos hizo desbautizar; pero como vimos al pregonero que está a la puerta decir gritos, señalando este reino:
Ibi erit fletus, et stridor dentium (Allí será el lloro y el rechinar de los dientes), dije yo: ¡Buenas nuevas!, que esto no se dice por nosotras, que no los tenemos, ni muelas.
—¿Han quedado raigones? —dijo la Dueña—. Pues eso basta, y la parte se toma por el todo, y desengáñense las de la boca desempedrada, que no las ha de valer esta vez.
Fueron arrebatadas para yesca y encender con ellas de puro secas; y dábanlas leña a narices como humo.
Mucho fue de ver, al irse a entrar, gran diversidad de gentes de todos los estados y oficios y dignidades. Se les pusieron delante muchos licenciados con bonetes de pez y sotanas de humo, arrebozados con manteos de hollín hasta los pies, de manera que se echaba de ver que escondían algo.
Era una clerecía de tinieblas y un acompañamiento del humero.
Detúvolos la novedad y el horror, y ellos, muy cabizbajos, con voces muy agraz, dijeron:
—¡Ah, caballeros! ¿Quién trae libranza de misas? Díganlo primero que pisen el umbral.


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