Discurso de todos los diablos: 058

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


Un hombrecillo, tan chico que parecía cabo de hombre, con una cara anegada en barbas y unos ojos búzanos de vello, que apenas podían salir a nado de la avenida de bigotes y cejas, dijo a los demás :
—¡Misas piden aquí? A buen lugar venimos: purgatorio me fecit.
Todos empezaron a repetirlo, cuando un dotor en cisco, de los de la carda, dijo:
—No purgatorien, que éste es el infierno, y esotra casa se les queda ahí a mano derecha.
—¿Pues cómo, si es el infierno, piden misas aquí?
Yo se lo diré —dijo muy corto de razones uno de los padres vizcaínos de tizne—. ¿Viene ahí algún ladrón?
—Sí —dijeron más de ochocientos.
—Pues oigan. Cuando contaban los hurtos que hacían, ¿no se los reprehendieron muchas veces, y ellos respondían: «¿Qué hemos de hacer? ¿Aguardar que se nos venga a casa lo que todos guardan? ¿Cómo se puede un hombre pasear, y tener amiga y dineros, y juego y vicio, sin servir ni oficio?» Y a esto, ¿qué les decía el bien intencionado que los reprendía?
—Decíanos —dijo uno de ellos—: Allá se lo dirán de misas.
—Pues, hidalgos, esas misas son las que se dicen aquí. El infame que en casa de su amigo le paga la confianza solicitándole su mujer, y reprehendiéndoselo respondía: «¿Qué hé de hacer? ¿He de ir donde me aguardan con un lanzón a la puerta, sino donde me la abren y me estiman, y me regalan, y me llaman, y se fían de mí?»


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