Discurso de todos los diablos: 059

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


Cuando respondía esto, ¿no le dijeron: Allá se lo dirán de misas? Pues aquí es allá, y tenemos acetadas las misas. Canalla descomulgada, ¿hay entre vosotros algún hombrón de pecados que no teniendo hacienda bastante para sustentar su mujer y sus hijos se andaba de puta en puta y de alcagüeta en alcalgüeta, pagando a costa de su familia los adulterios, y cuando les decían: «Acudid a vuestra mujer, mirad por vuestros hijos y familia», replicaba: «Mi mujer de casa es, y a mis hijos y a los demás no les faltará la merced de nuestro Señor; quiero holgarme.» ¿No le dijeron: Allá se lo dirán de misas; y perseveró? Pues ea, malditos, entren, que es hora. Y diciendo esto, sacando tizones, empezaron a oficiar sobre ellos una paliza de difuntos, y en tanto que ellos se quejaban, sirviendo de órgano los alaridos de sus blasfemias, acompañado del tenor de un cuerno, un hombre gordo, cantando triples desde un coro de fuego, decía:
—Allá se lo dirán de misas.
Respondía una lechuza vestida de monacillo, con unos trancos de garganta por pasos, entre sorber aceite y cantar; y luego toda la capilla de horno, en tono de carretas de bueyes, con regüeldos por ajos, y gangosos por chirimías, dijo:
—Que éstas son nuestras misas y sus penas.
Fue tal la armonía de palos, y gritos y cuernos, y ronquidos, que parecía hundirse toda la fábrica maldita de los reinos dañados. Víase allí cerca un hombrón muy magro cercado de mucha gente, atenta a muletas, traspiés y tropezones y casi pinitos.
Estaba gobernando los hervores de una gran caldera.
—¿Quién eres —preguntó el Entretenido—, pupilero de achaques, sobrante de tizones, guisandero frisón?


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