Discurso de todos los diablos: 061

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


En esto empezó a alborotarse la caldera y a hacer espuma; víase un figurón danzando entre el caldo y chirirando.
Asió el cucharón, y encajándole en el brodio, dijo:
—Aún no está en su punto.
Dióle con él dos empellones, y zambullóse dando fieros gritos.
—¿Quién es ése?
Y él respondió: —le preguntó la Dueña.
—Este es un Bienquisto, que está el más desabrido del mundo, y no le puedo guisar con ninguna cosa.
Y ello era así, porque de lo hondo de la caldera daba unos gritos
temerosos, y decía:
—Yo soy el más necio, maldito y desdichado hombre del mundo. Puedo enseñar a majadero a un preguntador, y estoy por decir a un porfiado. ¡Que creyese yo que toda mi felicidad era ser bienquisto, cosa que aconsejan siempre los bribones y emprestilladores!
Yo convidaba por ser bienquisto, y gastaba en tragos y bocados mi patrimonio con alabanceros meridianos, que alaban al paso que mascan. Yo prestaba cuanto me pedían sobre la nota de un billete sacabocados, por ser bienquisto. Yo pagaba por todos, por ser bienquisto. En alabándome la espada, la gala, la presea, la daba por ser bienquisto; y entre la hojarasca de: «es un príncipe; no hay tal caballero ni tal mesa; no se habla en la corte en otra cosa sino en el plato; todos si no es vuesa merced, son piojosos»; y las dolencias de caballero badea, llamando despensero al lacayo y cocinero a la ama, y mayordomo a un pícaro que me servía con mesura de compañero; sólo por ser bienquisto vine a quedar sin hacienda, sin qué comer y hecho andrajos por ser bienquisto.


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