Discurso de todos los diablos: 063

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


Preguntó a un portero el Soplón que cómo se entraban aquéllos sin dar razón, y respondió:
—Éstos son los de mi alma con la suya; y así, vienen en racimos: gente que se ofrece al infierno en vida; en viendo uno con la cabeza torcida, con un tarazón de diciplina, seguido de muchachos aunque sea mulato, hocicado de viejas aunque sea judío, obedecido de beatas aunque sea puto, luego dicen: Mi alma con la suya. Concédeseles la petición, y vienen en romería, asidos unos de otros.
Maniatado y asido, con grande alarido y empellones, que llama el Calepino de los corchetes, traían muchos espíritus malos al diablo de los ladrones: grandemente acriminaban su delito. Lucifer se mesuró, y un relator dijo:
—Señor, este diablo no sabe lo que se diabla, ni vale un diablo, y es vergüenza que sea diablo, porque no trata sino de hacer que se salven los hombres.
Estremecióse todo el tribunal en oyendo la palabra salven.
Resfrescáronse las llagas, mordieronse los labios, y dijo el supremo maldito:
—¿Y eso es cierto?
Y replicó el fiscal:
—Señor, éste no gasta el tiempo sino en hacer que roben y hurten los hombres: llévanlos a la cárcel, ahórcanlos, o, si son monederos falsos, quémanlos: predícanlos, previénenlos, confiésanse; sálvanse. Y éste no pensaba que, por la horca y por el fuego se podía ir al cielo, y en ahorcados y quemados ha usurpado infinito patrimonio a los tormentos.
—No hay que aguardar: eso no tiene respuesta —dijo el presidente.


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