Discurso de todos los diablos: 064

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


Mas el pobre diablo (que por éste se dijo) replicó, pidiendo que le oyesen:
—Óigame —dijo a grandes gritos—, que aunque dicen: «El diablo sea sordo», no se dice por vuesa majestad.
Callaron entonces todos, y él dijo:
—Señor, yo confieso que se me salvan los ahorcados; mas recíbanseme en cuenta los otros que se me condenan por condenar a estos, y no a sus compañeros ni a sus ministros. Yo, con un ladrón que me ahorcan y se me salva, condeno al alguacil que le prendió y se suelta a sí; al escribano que escribe contra el que hurtó a uno, y no contra sí, que hurta a todos; al procurador, que le defiende menos que le imita; y al otro que le condena, no porque no haya ladrones, sino porque no haya otro; no porque no haya muchos, sino por quedar sólo a la república, que por quitar los ladrones, trae muchos otros. Sucede lo mismo que al que por limpiarse de ratones trae gatos, que si el ratón le roía un mendrugo de pan, un arca vieja, un poco de madera, un pergamino, viene el gatazo, y hoy le come la olla y mañana la cena y esotro día las perdices; y en poco tiempo suspira por sus ratones. A mí se me debe esta treta, y yo trueco un ahorcado a doscientos ahorcadores y a tres mil viejas hechiceras que van por soga y muelas y mal entendido y peor agradecido. Yo estoy cansado, encomiéndenlo a otro, que yo me quiero retirar a un pretendiente.


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