Discurso de todos los diablos: 065

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


Diósele toda satisfacción y fradiabla como fraterna, a los acusadores, y dijéronle que no cesase, que no era tiempo de retirarse; fuera de que a un pretendiente antes era tahona que alivio.
—Yo obedeceré, mas yo me entiendo; que con un pretendiente un diablo se está mano sobre mano y la boca abierta aprendiendo diabluras dél, sin ser menester para nada. ¡Pues qué, si es pretendiente de obispado, cosa que dicen los cánones y Padres que no se deben dar a los pretendientes et nihil tale cogitantes! Es ir a recreación asistir a uno, y a la escuela de diablo, pues enseñan éstos la cartilla de demonios a todos nosotros, y allí no hay sino aprender y callar.
Allí llegaron el diablo del Tabaco, y el diablo del Chocolate, que aunque yo los sospechaba, nunca los tuve por diablos del todo. Éstos dijeron que ellos habían vengado a las Indias de España, pues habían hecho más mal en meter acá los polvos y el humo y jícaras y molinillos, que el rey Católico a Colón y a Cortés y a Almagro y a Pizarro; cuánto era mejor y más limpio y más glorioso ser muertos a mosquetazos y a lanzadas que a moquitas y estornudos y regüeldos y a vaguido y a tabardillos; siendo los chocolateros idólatras del sorbo, que se elevan y le adoran y se arroban; y los tabacanos, como luteranos, si le toman en humo, haciendo el noviciado para el infierno; si en polvo, para el romadizo.


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