Discurso de todos los diablos: 068

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


—¿Eso dudas? —dijo la Dueña—. y acabarás con él, y él con el mundo.
Si es ruin, ponle con honra,
—¿Dijera más el diablo? —dijo el Soplón.
Respondióle el Entretenido:
—Pues, ¿qué le falta a la Dueña?
El Soplón, que andaba en forma de cañuto aventando culpas, dio en un rincón con un haz de diablos viejos y llenos de telarañas y mohosos: dio cuenta dello; no los podían despertar, Preguntáronles qué demonios eran y a quién estaban repartidos y cómo no hacían su oficio, y respondieron bostezando que eran los diablos de los enamorados: y que desde que el dinero cayó más en gracia a las mujeres que su honor ni los requiebros, se habían venido allí, porque la moneda suplía sus faltas, y que antes embarazaban, pues una tentación de talego vale por mil de diablo, y caen mucho antes en una dádiva que una tentación, y antes consienten en un toma que en un pensamiento. Otro demonio estaba roncando y el ruido propio le acusó. Asiéronle, y preguntando cómo dormía sueño de cornudo, dijo:
—Tres días ha que me acosté. Yo soy el diablo de las Monjas, y quedan eligiendo abadesa. Y, en tratándose deso, no hay sino descuidar, que todas son diablos; y en el torno se hilan, y en las redes se ciernen; y antes estorbara yo, porque las ambiciosas tienen por punta de honra que el diablo presuma en este tiempo de hábil.
Cuando acá falte desorden y alboroto y parcialidades y bando, y si la paz se aventurare alguna vez a asomarse acá, no hay sino arrimar al infierno una elección de superiora, y no nos conoceremos todos.


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