Discurso de todos los diablos: 069

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Discurso de todos los diablos Francisco de Quevedo y Villegas


 


—Yo soy el diablo de los Juzgamundos, de unos bellacos acechones, que tintos en políticos, son el pero de todo lo que se ordena. Bien fue mandarlo, pero se debía mirar. Bien mereció el oficio, pero... Gente que siempre acaba en peros lo que discurre.
Son unos invidiosos de buena capa, y una carcoma confitada en estado. Y como éstos para condenarse no aguardan sino que los príncipes manden algo, sus validos lo propongan o los consejos lo determinen, fiado en su maldita contradición a cuanto no ordena su malicia, me duermo, y los aguardo y los recibo, porque ellos no se duermen en venirse y en sonsacar a otros para que vengan.
Gente tan infame, que para ser bienquistos dicen mal de todos, y para tener buenos días desean a todos mal; pues como son más las desdichas que los gustos, siempre andan recibiendo parabienes de ruinas y desgracias. Bien le pareció a Lucifer esta advertencia, y por remediarlo todo y prevenir los mayores aumentos de su dominio, mando juntar las comunidades, repartimientos de sus prisiones; y obedeciendo a su señor, se vio junta una gran suma de espíritus infames.
Entonces, abriendo por boca una sima, aulló este razonamiento:
—Unión desesperada, pueblos precitos, los que cobraste en muerte los estipendios del pecado, aquí se ha pretendido entre tres demonios el título de máximo. No le he dado a ninguno, porque entre vosotros hay una diabla que lo merece mejor que todos.
Miráronse unos a otros; empezaron a discurrir con murmurio.
—No os canséis —dijo—, llamadme a la Buena dicha, que por otro nombre se llama la diabla Prosperidad.
Y luego, de lo último de todo el cónclave, salió ella muy presumida y descuidada.


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