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Discurso en las Cortes españolas del 31 de Octubre de 1871. Defensa de la Internacional - Parte I

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Discurso en las Cortes españolas del 31 de Octubre de 1871. Defensa de la Internacional - Parte I: Defensa de la Internacional - Parte I (1871)
de Francisco Pi y Margall

El Sr . PÍ Y MARGALL: Siento, Sres. Diputados, teneros que arrancar de las encumbradas regiones de la filosofía para traeros á las humildes regiones de la política.

Yo no vengo á discutir aquí ni el sistema de la inmanencia ni el de la trascendencia; no vengo á sostener ni el socialismo ni el individualismo: vengo tan solo a examinar si la sociedad Internacional está ó no fuera de la Constitution, está ó no dentro del Código.

Comprendereis, Sres. Diputados, que el terreno que escojo es mucho más difícil aun que el de la filosofía cuando recordeis cuántos y cuán grandes oradores lo han escogido. Afortunadamente este debate toca á su término, y no extrañareis que no os traiga nuevas ideas; no extrañareis que no sea más que el eco débil de las ideas que se han vertido, débil no solo por lo escaso de mi voz, sino por lo escaso de mi inteligencia.

Grandes proporciones ha tomado aquí la cuestion de la Internacional. La cuestion era en sí grave; pero le ha dado todavía más gravedad el hecho de que todos los partidos, no solo el republicano, sino tambien el conservador y aun el carlista, hayan visto por debajo de esta cuestion la de los derechos individuales, cuestion importantísima que constituye toda la revolucion de Setiembre.

Permitidme, Sres. Diputados, que empiece extrañándome de que se haya traido en este momento la cuestion de la Internacional. Debo sobre este punto haceros una breve historia.

La Internacional, segun todos los que aquí han hablado, data por lo menos del año 64. Del año 64 al 68 dejó sentir su mano casi en todas las naciones de Europa. En esos cuatro años publicó periódicos, promovió grandes y numerosas huelgas, celebró Congresos europeos, en los cuales tomó acuerdos de gran trascendencia, y sin embargo pasó casi desapercibida á los ojos de casi todos los Gobiernos de Europa. Solo llegó á fijarse en ella el ojo receloso y suspicaz de Luis Napoleon Bonaparte. Sobrevino aquí la revolucion de Setiembre, y la Internacional no tardó en dejar sentir su mano en nuestra misma Pátria. Organizáronse asociaciones en Madrid, en Barcelona, en Palma, en distintos puntos de la Península; publicáronse periódicos internacionalistas y celebróse el año 69 en Barcelona un Congreso internacional, donde se tomaron tambien acuerdos de importancia. La Internacional, con todo, no produjo alarma tampoco en el país ni en el Gobierno, que al paso que perseguía con cierto encarnizamiento la prensa federal y la carlista dejaba casi tranquila la prensa de los internacionales.

Pero el año pasado de 1870 surge, como todos sabeis, una guerra entre Francia y Prusia. Francia pierde en un mes sus brillantes ejércitos. Derrotado y prisionero Napoleon en Sedam, se proclama la república. París se encuentra cercada por los prusianos, y cede más bien por la fuerza del hambre que por la fuerza de las armas. Despues de una capitulacion nada agradable para Francia, estalla otra revolucion en París, que, come todos sabeis, acabó por una de las más sangrientas catástrofes que registrará la historia.

Se levanta entonces en Europa la voz de Julio Favre, Ministro de Estado en Francia. Despues de haber reseñado ese hombre á su manera aquellos grandes acontecimientos; despues de haber declinado sobre el Imperio una responsabilidad que debió aceptar en gran parte para sí y sus compañeros de Gobierno, llama la atencion de los Gobiernos de Europa sobre la Internacional, suponiéndola autora y origen de la revolucion de 18 de Marzo .

Los Gobiernos de Europa apenas hicieron caso de la voz de Julio Favre, primero porque vieron en su circular más el lenguaje de la pasion que el de la razon, luego porque vieron en su autor más el hombre de partido que al hombre de Estado, y finalmente, porque sabian á que atenerse respecto de un hombre que despues de haber echado la necia bravata de que bajo el Gobierno de la defensa nacional no perdería la Francia ni una pulgada de su territorio, ni una piedra de sus fortalezas, iba pocos dias despues, como una mujer cobarde, á implorar la paz á Bismark con lágrimas en los ojos, y terminaba firmando un tratado que entregaba a los prusianos con la fortaleza de Metz toda la Alsacia y toda la Lorena.

¿Por qué surtieron efecto acá en España las indicaciones de Julio Favre? Esto es lo que por de pronto importa averiguar.

No tomen á ofensa las fracciones de la Cámara á que voy a referirme, lo que intento decir. Es indudable que entre las fracciones que hicieron la revolucion de Setiembre las habia encarnizadas enemigas del absolutismo de los derechos individuales. Nosotros hemos reñido con ellas grandes batallas sobre esta cuestion. Aceptaron los derechos individuales porque se los imponia la revolucion y se hallaban comprometidos en ella por la expulsion de los Borbones; pero como no creian en el absolutismo de esos derechos, como los creian condicionales, trabajaban naturalmente por limitarlos y darles las condiciones conformes a sus doctrinas. Esperaban una ocasion oportuna, y la encontraron en la indicacion de Julio Favre. Se creó desde entonces cierta atmósfera contra la Internacional: y como ocurriera á poco una crisis ministerial y se marcaran dos tendencias, una hácia el sosten de la conciliacion y otra hácia el advenimiento al poder de un partido homogéneo, de un partido radical, los que estaban por la conciliacion se presentaron al Rey con un programa en que figuraban sino en primero, en segundo término, la persecucion de la Internacional.

Venció la tendencia que queria el advenimiento de un solo partido al poder, y en los meses en que duró el Ministerio Ruiz Zorrilla ni hubo, ni se intentó siquiera perseguir á los internacionales. ¿No os parece raro que desde el momento en que ha caído el Sr. Ruiz Zorrilla haya venido á tocarse aquí la cuestion de la Internacional? Si nosotros diéramos ahora el voto de confianza que el Gobierno pide, ¿no es verdad que vendríamos á decir que las Cortes estaban por la tendencia do los conciliadores, y no por la de los radicales? ¿Qué puede, por lo tanto, traer consigo el voto de confianza? ¿El advenimiento al poder del Sr Sagasta? No : el advenimiento del general Serrano. El general Serrano era el que presentaba en su programa la persecucion de la Internacional, y él es á quien vendrian á dar la razon las Cortes con el voto de confianza . Él, y no el Sr. Ruiz Zorrilla, habria sido la expresion genuina del Parlamento español .

Que no so trata tan solo de la cuestion de la Internacional, y sí tambien de la existencia de los derechos individuales, nos lo confesaba hoy el mismo Sr. Moreno Nieto, diciendo que no cabían en la Constitucion ni los internacionales ni los que pretenden derribar la dinastía . Harto sabido es que aquí pretendemos derribarla, no solo los republicanos, sino también los conservadores y los carlistas. ¿Qué resulta de aquí? Que la tendencia de la proposicion que se discute es eliminar y poner fuera de la Constitucion a todos los partidos que no acepten la dinastía de Saboya.

Pero ¿es posible, se nos dice, que creais que los derechos individuales son absolutos? El Sr . Moreno Nieto nos ha hecho una division de derechos en sociales, políticos é individuales. No disputaré sobre este punto. Voy simplemente á deciros á qué clase de derechos me refiero cuando hablo de derechos absolutos.

Yo me he referido siempre al hablar de absolutismo de derechos, á los que se refieren al pensamiento y á la conciencia ; es decir, á los que se refieren á lo que constituye la esencia del hombre .

Ahora bien: esos derechos ¿son ó no son absolutos? Yo temo que aquí haya una mala inteligencia de parte de ciertos señores de la mayoría.

¿Qué entendeis por absoluto? ¿Entendeis acaso lo que no tiene condiciones ni limites de ningun género? En este sentido no hay nada absoluto en el mundo, no es absoluto ni el Dios que adorais. Porque Dios, si es Dios, no puede obrar el mal ni incurrir en error, ni hacer que yo no haya pronunciado las palabras que acabo de pronunciar, ni conseguir que el cuadrado sea circular, ni que el círculo sea cuadrado, ni destruir las eternas verdades de las matemáticas, ni hacer que una cosa sea á la vez verdad y error, luz y tinieblas. ¿En qué sentido se dice que Dios es absoluto? En el sentido de que no tiene condiciones ni límites sino dentro de sí mismo, dentro de su propia naturaleza. En este sentido decimos y sostenemos que son absolutos los derechos que se refieren á la esencia del hombre. Nosotros damos por base y asiento de esos derechos la personalidad humana, y como límite de esos derechos esa misma personalidad.

Las personalidades humanas, se nos dice, son muchas, y desde el momento en que dos se encuentran, se limitan . Esto no es exacto : lo que hacen al encontrarse dos personalidades, es reconocerse, respetarse y completarse. Indudablemente desde el punto en que mi personalidad tropieza con otra igual á la mia, comprendo que no puedo injuriarla, ni calumniarla, ni ultrajarla, es decir, violarla; pero ¿quita esto que yo pueda discutir sus ideas, sus sentimientos y sus creencias? ¿Implica esto ninguna limitacion de la libertad del pensamiento ni de la conciencia?

El Sr. Alonso Martinez nos decia que el pensamiento y la conciencia no tienen por límite la personalidad humana individual, sino el derecho del Estado.

Creo que el Sr. Alonso Martinez , cuando habló del derecho del Estado , quiso decir una cosa muy distinta de la que dijo . Es imposible que tan ilustrado orador crea que el Estado es una personalidad . El Estado no es un sér ; es el organismo de un sér ; y como decia muy bien el Sr. Salmeron, no tiene derechos propios; tiene solo poder y deber. Tiene el poder y el deber de ir convirtiendo en leyes las sucesivas evoluciones del derecho en el entendimiento de los pueblos : tiene el poder y el deber de cubrir las atenciones generales de la sociedad, y buscar los medios de cubrirlas ; tiene el poder y el deber de mantener en su integridad el territorio y la honra de la Pátria. ¿Pero tiene el Estado pensamiento, tiene conciencia? No ; no tiene más que los derechos derivados de su representacion.

Asi entiendo yo que el Sr. Alonso Martinez al hablar del derecho del Estado, nos queria hablar de los derechos de la personalidad social.

Esa personalidad social no puede ser tampoco un límite al pensamiento ya la conciencia del individuo sino en el sentido que antes he expuesto . Al verla enfrente de mi, tengo el deber de reconocerla y de acatarla : no puedo injuriarla, calumniarla, violarla. Pero ¿quita eso tampoco que yo discuta sus ideas, sus instituciones, sus sentimientos, sus dioses? Tampoco hay aquí, por lo tanto, limitacion de ningún género para mi pensamiento ni para mi conciencia.

Comprendo que el Sr. Alonso Martinez y los que con él están, consideran esa personalidad social como una personalidad más alta que la individual ; pero aquí está para mí su yerro . No ; la personalidad social no está más alta que la mia : así como yo necesito de la personalidad social para completarme, así la personalidad social necesita de la mia para completar la suya. ¿Hay quién lo dude? Véase cómo se han realizado todos los progresos humanos . ¿Acaso no se han realizado todos por la negacion individual de una idea colectiva? No se puede hacer una revolucion en el órden político, en el órden económico ni el civil, sin que un individuo empiece por negar una idea ó creencia general de la sociedad, y que se promueva por ahí un movimiento político que venga á dar por resultado el triunfo de la idea contraria. ¿Puede, por otra parte, alguno de vosotros poner en duda la supremacía de vuestra razon individual sobre todo lo que se somete á vuestro juicio? Aquí estamos reunidos hombres de diferentes ideas, de distintos partidos ; estamos debatiendo la cuestion de la International; unos han hablado en un sentido, otros en otro; cada uno de vosotros formará, luego su juicio ; ¿será vuestro juicio, ni el mio, ni el de otros oradores? No; será el juicio que forme vuestra propia razon en vista de lo que unos y otros hayamos dicho. De modo que vuestra propia razon es la que, en último grado de apelacion, falla sobre todas las cosas.

Otro tanto sucede con la conciencia. Cuando vuestra conciencia encuentra bueno lo que la sociedad encuentra malo, ó encuentra malo lo que la sociedad encuentra bueno, vosotros podreis oir las razones en pró y en contra de cuantos os rodeais, las razones de la sociedad de que formeis parte; pero en último término, será siempre vuestra conciencia la que falle. Esto es precisamente lo que constituye la grandeza del hombre; esto es precisamente lo que en momentos dados nos hace héroes, Cuando vuestra razon afirma lo que la sociedad niega; cuando vuestra razon encuentra malo lo que la sociedad encuentra bueno, á pesar de los murmullos de las muchedumbres, de las prescripciones de los Códigos, de los anatemas de las iglesias, del griterío universal de la humanidad, ¿no es verdad que vuestra razon sigue diciéndoos: «tú eres, sin embargo, el que estás en lo cierto,» y vuestra conciencia: «tú el que estás en lo justo?»

¿Qué sucede en estos casos? Sucede, no pocas veces, que la sociedad ó el Estado, su representante, valiéndose de los medios coercitivos que tiene, nos quiere arrancar la abjuracion de las ideas que hemos emitido. Si somos cobardes, si no tenemos valor para arrostrar los tormentos y la muerte, hacemos esa abjuracion, pero, notése bien, solo con los labios. En el memento mismo que las abjuramos, nuestra razon sigue diciéndonos : «las ideas que abjuras son las verdaderas. «El e pur si muove de Galileo, cierto ó falso, es la expresion viva de esa autonomía de la razon humana.

Este me conduce, como por la mano, á considerar la cuestion de los derechos individuales bajo otro punto de vista.

Yo he sido siempre gran partidario de esos derechos, no solamente por ser inherentes á la naturaleza humana, sino por considerarlos como condicion obligada de todo progreso. Por la misma razon que todo progreso empieza por la negacion individual de un pensamiento colectivo, por esa misma razon toda idea nueva que se presenta en la razon de un individuo, si esta idea representa un progreso humano, está destinada á realizarse, si no por la paz, por la guerra, si no por la ley, por la violencia . Ahora bien, ¿qué sucede? Que si esa idea se desenvuelve en el entendimiento de un individuo que vive en una sociedad donde no existen los derechos individuales, esta idea se desenvuelve en las tinieblas, en vez de desenvolverse á la luz del dia; auna las voluntades en secreto; forma en secreto las sociedades destinadas á realizarla, y al fin termina por una série de combates, á mano armada, contra la sociedad, en los cuales sale por de pronto vencida, pero que más ó menos tarde queda vencedora. El progreso se ha realizado entonces con grande estrépito, con sangre, con grandes catástrofes.

Si la idea se desenvuelve, por lo contrario, en el entendimiento de un individuo miembro de una sociedad en que existen los derechos individuales, esa idea se desenvuelve á la luz del dia, se depura en la contradiccion y en la lucha, auna en público las voluntades, y al fin se abre paso al poder por medio de la asociacion libre y del sufragio libre. Entonces el progreso se realiza sin perturbaciones, sin estrépito, sin sangre.

Hé aquí por qué soy tan partidario de los derechos individuales; hé aquí por qué en el año 54 escribí yo un libro que tenia por lema: La revolucion es la paz: la reaccion es la guerra; lema que pareció entonces paradógico, pero que no lo fué desde el momento en que se comprendió mi idea. Al decir que la revolucion era la paz, creia yo que llevando la revolucion consigo los derechos individuales, nos traia el progreso pacífico, al paso que la reaccion, tratando de limitarlos, y en cierto modo de destruirlos, no podia traer más que el progreso violento, es decir, la guerra.

Os he dicho antes que no venia a tratar la cuestion en el terreno filosófico, y temo haberme apartado un tanto de mi propósito. Convengamos, se dice, en que los derechos individuales son absolutos. Lo cierto es que no están consignados de un modo tan absoluto en la Constitucion del Estado. Lo cierto es que en la Constitucion del Estado, y en el Código el derecho de asociacion es un derecho que tiene sus condiciones y sus límites. Esto es verdad, ¿cómo he de negarlo? Nosotros podemos, segun la Constitucion, asociarnos para todos los fines humanos, menos para aquellos que sean contrarios á la moral pública. Podemos asociarnos; mas si nuestra asociacion, por su objeto ó por sus medios, compromete la seguridad del Estado, puede ser disuelta en virtud de una ley. Podemos asociarnos, pero no para cometer ninguno de los delitos consignados en el Código. Podemos asociarnos; mas si alguno de los asociados llega a cometer delitos por los medios que la misma asociacion le suministra, puede nuestra asociacion ser suspendida por la Administracion, y disuelta por los tribunales. Me parece que os he expuesto todas has limitaciones que tiene el derecho de asociacion.

Ahora bien: debo empezar por formular al Gobierno el mismo cargo que le dirigia el Sr. Escosura. ¿Cree el Gobierno que la asociacion llamada la Internacional es contraria a la moral pública? Pues nada tenia aquí que hacer ni que declarar. Los tribunales son los únicos que pueden perseguir las asociaciones contrarias a la moral; porque como decia muy bien el Sr. Salmeron, donde acaba un derecho, no empieza la accion del poder ejecutivo. Vuestras declaraciones están aquí demás, y son ilegales, porque con ellas vais á ejercer sobre los tribunales una presion que no os consiente el espíritu de nuestras leyes. Viendo además el Gobierno que la Internacional lleva ya tres años de existencia, que el Código reformado lleva un año de existencia, que la Constitucion lleva dos años de existencia, y que á pesar de eso los tribunales no han perseguido á la Internacional, ¿no deberia naturalmente deducir que los tribunales no la han creido contraria á la moral pública, ni han considerado que tenga por objeto cometer ningun delito de los consignados en el Código?

Voy ahora al otro punto del Sr. Escosura. Si creeis, os decia, que la Internacional por su objeto ó por sus medios pone en peligro la seguridad del Estado, lo que deberiais haber hecho es traer aquí un proyecto de ley para disolverla; y sin embargo, no lo habeis hecho. Y yo añado: si la Internacional lleva ya años de existencia, y ningun Gobierno ha venido á traer ese proyecto, ¿no prueba esto que la Internacional no pone en peligro la seguridad del Estado? Ningun tribunal ha obrado en contra de la Internacional; los agentes del poder ejecutivo han aprobado sus estatutos en todas partes, y no habeis traido vosotros ni vuestros antecesores ningun proyecto de ley. ¿Qué política es, pues, la vuestra? Una política rara, una política anormal, una política contradictoria.

Yo, Sres. Diputados, me veo sorprendido cada vez que oigo de labios de los Gobiernos ciertas declaraciones. Todos vosotros recordareis que el Sr. Jove y Hévia anunció su interpelacion siendo todavia Gobierno el Sr. Ruiz Zorrilla; todos recordareis tambien que aquel Ministerio cayó y entró á sustituirle el del Sr. Malcampo; todos recordareis tambien que el Sr. Jove y Hévia repitió su interpelacion apenas constituido el nuevo Gobierno ; ¿qué contestó el Sr . Ministro de la Gobernacion al anunciar por segunda vez su interpelacion el Sr. Jove y Hévia? Que no tenia datos ni antecedentes bastantes para juzgar la Internacional, que no podia contestar de pronto, que estudiaria la cuestion y luego manifestaria cuál era el pensamiento del Gobierno. Ocho dias despues vino el Sr. Ministro de la Gobernacion teniendo ya examinados todos los datos y antecedentes de la Internacional, y diciendo clara, y terminantemente que la Internacional estaba fuera de la Constitucion y dentro del Código. Yo no digo que ocho dias no sean bastantes para estudiar una cuestion, sobre todo tratándose de inteligencias tan claras como la del Sr. Candau; lo que á mí me parece raro y dificil es que en ocho dias se pueda estudiar una cuestion tan compleja cuando se lleva sobre los hombros una carga tan pesada como la gobernacion del Estado; así que no puedo menos de creer que fuera por lo menos lijera, y prematura la declaracion del Sr. Ministro. ¡Declarar de pronto que la Internacional está fuera de la Constitution y dentro del Código penal! Esto es grave. Imposible parece que los Gobiernos sean tan lijeros que incurran siempre en los mismos errores, que no escarmienten nunca en las lecciones de lo pasado.

Trasladémonos por un momento, Sres. Diputados, á los primeros tiempos del Imperio romano: suponed que este Parlamento es el Senado del tiempo de Augusto ó de Tiberio. Corre de improviso entre nosotros un rumor vago y siniestro. Se dice que en el seno del Imperio se están formando ciertas asociaciones con carácter religioso; que esas asociaciones pretenden nada menos que derribar de sus aras a nuestros dioses y establecer el culto de un Dios desconocido; que pretenden arrancar de la frente de los Emperadores la corona de los Pontífices, y levantar enfrente del poder temporal otro poder espiritual, dando al uno los cuerpos y al otro las conciencias; que proclaman la igualdad de los hombres ante Dios, y sostienen que el Rey no vale más que el último de sus súbditos, ni el señor más que el último de sus esclavos; que pretenden que el hombre puede ser absuelto de sus más grandes culpas y de sus más sangrientos crímenes por el solo hecho de su arrepentimiento y la subsiguiente bendicion de sus sacerdotes, que tienen el derecho de atar en el cielo lo que aten en la tierra, y desatar en el cielo lo que en la tierra desaten; que condenan nuestras leyes sobre el divorcio, y llegan á considerar como adulterio hasta al que mira con ojos de codicia la mujer ajena; que para colmo de aberraciones se reúnen en banquetes misteriosos, donde bajo las formas de pan y vino dicen que toman el cuerpo y beben la sangre de su propio Dios. Nosotros todos nos levantamos á condenar esas asociaciones por inmorales, por absurdas, por subversivas, por anárquicas, por peligrosas para la seguridad del Estado, por contrarias al órden social.

El Gobierno, haciéndose eco é instrumento de nuestras miras, persigue a los nuevos sectarios, inventa contra ellos suplicios, los entrega á las fieras de los circos para que los despedacen, y alumbra con sus cuerpos encendidos los jardines del Emperador. La moral de esas asociaciones reina, sin embargo, en el mundo durante siglos, y como nos decia el Sr. Nocedal, ejerce todavía sobre nuestras almas una influencia casi irresistible.

Aprended, señores, en esa leccion de lo pasado. ¿Es que las doctrinas de la Internacional pueden pareceros hoy más inmorales, más anárquicas, más subversivas que lo parecieron á los ojos de los antiguos Senadores las ideas del cristianismo?

La cuestion, como veis, Sres. Diputados, tiene dos extremos. Se ataca á la Internacional primero como contraria á la moral pública, y despues como peligrosa para la seguridad del Estado. Como veo que la hora va avanzando, y sé que la primera parte es la más larga, empezaré por la segunda.

«La Internacional, se dice, es altamente peligrosa por su objeto y por sus medios para la seguridad del Estado.» En primer lugar, debo hacerme aquí cargo de una grave contradiccion en que ha incurrido el Sr. Candau. El Sr. Candau decia: «Nosotros, los individualistas, somos aquí los verdaderos liberales; los socialistas son los enemigos de la libertad. ¿Por qué? Porque pretenden hacer desaparecer el individuo en el seno del Estado.» A renglon seguido decia que los internacionales eran socialistas, y á renglon seguido añadia que esos socialistas quieren la destruccion del Estado.

¿En qué quedamos? Si los internacionales quieren la destruccion del Estado, y dar armas al Estado es ser socialista, ¿los internacionales son socialistas? Cuando he buscado las razones y los argumentos que se han aducido para probar que la Internacional es peligrosa para el Estado, la verdad sea dicha, no he sabido encontrarlos. El Sr. Alonso Martinez recuerdo que trataba de probarlo diciendo que para saber si la sociedad Internacional es peligrosa, no teniamos más que volver los ojos a lo que ha pasado en París. «Alli estaba la Internacional, decia; allí podeis ver cuáles son sus obras, allí podeis ver cuáles son sus tendencias, y cuáles son los medios de que ha hecho uso pare llegar á su fin: por lo que allí pasó, podeis juzgarla; y pues habeis visto que los medios que ha empleado son peligrosísimos, de ahí podeis deducir si es ó no peligrosa para la seguridad del Estado.» Nosotros habíamos dicho que no se podia considerar peligrosa para la seguridad del Estado la Internacional, como no se probara que apelaba á la conspiracion, que trataba de alzarse en armas contra el Gobierno, que procuraba hacer triunfar por medio de la violencia todas sus doctrinas. Y como precisamente la Internacional es una de las sociedades más públicas que han existido, como es una sociedad que lo hace todo á la luz del dia, como es una sociedad que celebra en público, no solo sus congresos, sino las más insignificantes de sus reuniones, nosotros sosteníamos, creo que con razon, que no comprometia la seguridad del Estado. Pero el Sr. Alonso Martinez vino á recordarnos lo de París, y yo tengo que entrar sobre este punto en algunas consideraciones.

¿Cual fué el origen de la revolucion del 18 de Marzo en París? El Gobierno de la defensa nacional para las necesidades de la guerra habia tenido que armar á los obreros, y tenia puestos en pié de guerra 265 batallones de Guardia nacional. Al concluir la guerra, el Gobierno de la defensa nacional creyó ver en esos 265 batallones un gran peligro, sobre todo cuando esa Guardia nacional estaba armada de gran número de cañones. El Gobierno de la defensa nacional se propuso desde luego ver de atenuar la fuerza de esa Guardia, y al efecto empezó por mandar al general D'Aurelles de Paladine, hombre que entró en Paris con la amenaza en los labios y trataba de sujetar la Guardia nacional á la bárbara ordenanza del ejército. A poco la Asamblea, que estaba reunida en Burdeos, temiendo la presion de las ideas republicanas y la de las bayonetas de la Guardia nacional, se negó á trasladarse á París. Tras esto, el Gobierno de la defensa nacional encargó a uno de sus generales que de noche, por sorpresa, y de una manera inusitada é indigna de un Gobierno, fuese á apoderarse de los cañones que tenia en su poder la Guardia. La Guardia nacional, temiendo ya la couducta del Gobierno de Versalles, habia tenido el cuidado de retirar los cañones á Montmartre, y apercibiéndose de los planes del Gobierno, su Comité, nombrado poco antes de la conclusion de la guerra, hizo la revolucion del 18 de Marzo.

¿Cuántos internacionales figuraban en ese Comité? De tres á cuatro. El Comité de la Guardia nacional, al dia siguiente, convocó á elecciones para el municipio de París, y solo cinco dias despues se presentó por primera vez en escena la asociacion Internacional de trabajadores. ¿De qué manera? De una manera sumamente pacífica y sosegada, previniéndose contra los ataques que podian dirigirles sus mismos adeptos por querer mezclarse en una cuestion política, y tratando más bien de prevenir esos ataques que de tomar una parte activa en el Gobierno de París.

Vinieron las elecciones. ¿Cuántos internacionales creeis que entraron en el municipio de Paris? Entrarian de 15 á 20 cuando más. Y bien, esos internacionales ¿podian ejercer una grande influencia en el municipio de París, que se componia de 90 concejales? Así, si examinais todos los decretos de la Commune de París, apenas encontrareis uno en que pueda hacerse sentir la influencia de la Internacional. Casi todos son decretos políticos; hay muy pocos que tengan un carácter social, y esos pocos no desenvuelven ninguno de los principios de la Internacional: intentan, preparan la realizacion de algunos; no realizan ninguno. Es más: cuando ya el Gobierno de París se encontraba en lucha con el ejército de Versalles, cuando ya estaban casi tomados los fuertes de París, sabeis que hubo una excision dentro de la municipalidad. Se retiraron nada menos que 27 individuos, protestando que no querian de ninguna manera cubrir su responsabilidad con el Comité de salud pública, y añadiendo que no podian seguir en una municipalidad que habia abdicado su poder y su autonomía.

Entre esos 20 ó 22 concejales ¿sabeis cuántos internacionales habia? De 10 á 11. La parte verdaderamente sensata de la municipalidad, la que no queria aceptar las terribles represalias tomadas contra el Gobierno de Versalles fueron los internacionales . ¿Podrá decir despues de esto el Sr. Alonso Martinez que por lo que sucede en Paris debe juzgarse á la sociedad Internacional de trabajadores?

El Sr. Ministro de la Gobernacion tomó otro camino, y nos dijo: «La Internacional compromete la seguridad del Estado porque tiende á destruir el Estado mismo.» Para probarlo nos leia un programa que S. S. creia ser el de la Internacional, y no era, sin embargo, más que el de una seccion de la federacion madrileña. Este programa decia á la letra lo que voy a tener el honor de leer á los Sres. Diputados: «Destruccion, dice ese programa, por medio de la reduccion progresiva de funciones, de todos los Estados políticos y autoritarios actualmente existentes, reduciéndolos cada vez más á simples funciones administrativas de los servicios públicos en sus países respectivos, hasta lograr su desaparicion en la union universal de las libres asociaciones, tanto agrícolas como industriales.»

¿Es eso la destruccion del Estado, Sr. Ministro de la Gobernacion? Lo que pretenden, pura y simplemente los obreros es limitar gradualmente las funciones del Estado hasta llegar á hacerle desaparecer en la nueva organizacion económica que han concebido; lo que pretenden es continuar nuestra misma obra. ¿Qué otra cosa hemos hecho cuando hemos declarado ilegislables los derechos individuales; cuando hemos entregado al municipio y á la provincia una porcion de funciones que antes correspondian al Estado; cuando hemos abandonado á la actividad particular multitud de servicios públicos? ¿Qué otra cosa pretendemos hacer separando la Iglesia del Estado, declinando en los municipios y las provincias el pago del clero? La novedad está solo en que los internacionales quieren que el Estado venga á perderse en la nueva organizacion económica. ¿Y qué? ¿Es esto acaso nuevo?

La anarquía de Proudhon no era más que esto; la anarquía de Prouhdon, que no daba á esta palabra el sentido que se le da vulgarmente, no era más que un sistema donde el Estado se componía de las sumidades de las diversas categorías sociales, la industria, el comercio, la agricultura, la ciencia, la religion, el arte. Ni pide tampoco á otra cosa cierta escuela alemana que vosotros teneis conocida, escuela que no acepta la actual organizacion constitutional porque las Cámaras, segun ella, no son más que la expresion de los sentimientos generales, cuando deberian serlo de las diversas clases de que la sociedad se compone.

Y esa idea, ¿podrá ser peligrosa para la seguridad del Estado? Advertid que ha existido hace mucho tiempo en España, advertid que ha sido una de las aspiraciones de los mismos trabajadores en 1855.

En 1855 recordareis muchos de vosotros que las Cortes Constituyentes trataron de hacer una ley sobre la industria manufacturera, ley en la cual se establecian jurados mistos que entendieran en las cuestiones industriales. Todos vosotros recordareis que la comision de las Cortes Constituyentes oyó diferentes veces a una comision de obreros que vino de Cataluña.

Aquella comision de obreros escribió entonces unas observaciones sobre la ley proyectada, y en ellas, defendiendo la libertad absoluta de asociacion y la manera como la habian practicado en Cataluña, se hacían cargo del terror de que, organizadas en toda España las asociaciones jornaleras, viniese el Estado á desaparecer dentro de un nuevo organismo económico. Desvanecian ese terror diciendo que precisamente este resultado seria la mejor consecuencia y el mejor resultado que podrian dar las asociaciones industriales.

Para que no os quepa duda sobra este punto, traigo aquí las observaciones, y voy á leeros lo que de ellas se decia. «La organizacion de las demás clases, á imitacion de la obrera, tendria efectivamente lugar dentro de un tiempo dado . ¿Pero acaso no ganábamos tambien en que la entidad Gobierno se perdiese en el seno de ese nuevo organismo económico? El Gobierno seria entonces el de las mismas clases: las sumidades de estas, reunidas, compondrian un gran centro directivo. Se realizaria así el bello ideal político de los eminentes pensadores de Alemania.»

Los obreros de aquel tiempo habian concebido ya la idea de un nuevo Estado; pero adviértase bien: ni aquellos obreros ni los de hoy pretenden, ni pueden pretender la destruccion del Estado mismo. El Estado, como he dicho antes, no es mas que el organismo del ser social. ¿Concebís un sér sin organismo? ¿Cabe una sociedad sin Estado? Han creido algunos, por cierto conservadores, que el Estado podia desaparecer algun dia; pero esto no era más que una ilusion, un verdadero sueño.

No es posible que desaparezca nunca el Estado: tendrán siempre las sociedades necesidad de una institucion que por lo menos vaya convirtiendo en leyes las evoluciones del derecho. Y si concebís vosotros mismos que el Estado es indestructible, ¿cómo la Internacional podria ser peligrosa para el Estado aun cuando pidiera la destruccion del Estado? ¿Tendríais acaso por peligrosa una sociedad que se organiza para alterar las leyes de la naturaleza?

Señor Presidente, me encuentro algo fatigado, y pues es aun muy largo to que me queda por decir, agradeceria mucho que S. S. me reservase el uso de la palabra para la próxima sesion.

El Sr. PRESIDENTE : Se suspende esta discusion.